«Algo murmura, algo rezonga la noche. Desde la orilla de su poder sin medida. Mala señal que las tinieblas musiten sombra. Y el agua no responda una sola palabra.» José Emilio Pacheco.


Ciertamente ser el Hokage era agotador. Pasar la mayor parte de su día confinado a una silla en aquella oficina no era alentador.

Cumplía su deber como si estuviera a gusto con el cargo. Recibía, leía y aceptaba peticiones, como si le preocupara de verdad lo que ocurría.

De vez en vez, cuando no hallaba qué hacer sacaba su colección favorita de Icha Icha, como si con eso lograra olvidar el infortunio de su día a día.

Luego, ella se colaba en sus pensamientos. Él sacudía la cabeza como si con eso se desechara la lúcida imagen de su deseo. Trataba de pasar de ella, como si al intentar ignorarla mitigara su instinto de carne. Lo cierto era que ese cerezo se había vuelto su más perniciosa fantasía.

Fantasías. Su habitación se llenaba de placeres etéreos que le estremecían las entrañas. Cuando se quedaba a oscuras con sus fantasías, su virilidad crecía, latiendo e hinchándose en su mano como si tuviera vida propia.

El bombeo de su mano le regalaba satisfacción a Hatake. La velocidad del auto-placer aumentaba si recordaba esos carnosos y rosados labios diciendo:

«Kakashi sensei...»

Como si al descargar su semilla dejara de desear estar clavado en el núcleo de esa flor.

Y volvían las apariencias. Como si mostrar su actitud despreocupada minimizara la osadía de sus actos secretos.

Las personas lo veían como si la imagen loable fuera merecida. Su honor había quedado sepultado bajo las sábanas.

Aceptaba resignado la etiqueta impuesta, como si no tuviera otra alternativa, y continuaba su rutina.

Y luego estaban las mujeres a las que dejaba complacidas. Como si con eso él se llenara pero, solo se vaciaba de semilla, se liberaba del peso del día, encontrando tranquilidad temporal porque su alma quedaba insatisfecha.

A ellas las llenaba. Él sólo se vaciaba, se exprimía, etcétera.

«¿De qué sirve correr para alejarte, si al cerrar los ojos veo tu imagen?»

Y estaba hastiado y caminaba junto a Sakura como si nada. Como si la noche anterior no la hubiera pasado entre fantasías de lujuria, donde su femenina figura era la protagonista de su placentera liberación.

Y era protagonista de los escenarios y situaciones que giraban en su cabeza.

Algún día acabaría. Llegaría a su fin el terror de verse sumergido en un sentimiento que no quería aceptar pero que le costaba disimular.

Como si él fuera de piedra. Pero no lo era. Sus latidos lo decían.