Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, yo solo he creado esta historia sin más fin que el entretenimiento.
Bajo las estrellas
Kagome depositó el último puñado de hierbas medicinales en la cesta que se había traído consigo al río. A pesar de que todavía tenía muchas de ellas almacenadas en la cabaña de Kaede, algunas muy concretas se le habían terminado tras los ungüentos que había preparado ese día.
El trabajo como sacerdotisa era agotador, sobre todo cuando se le acumulaban las jornadas de entrenamiento con las peticiones de ayuda urgentes que recibía de los aldeanos. Pero no lo cambiaría por nada del mundo.
Una leve sonrisa adornó su rostro mientras observaba su nuevo suministro de plantas y levantó la vista al cielo, dándose cuenta de que el sol estaba comenzando a ocultarse tras el horizonte. Pronto sería de noche.
Se puso de pie, a la vez que se colocaba el arco y el carcaj sobre el hombro, apoyando la cesta contra su cadera. Le dio la espalda al pequeño afluente y emprendió el camino de regreso.
La tranquilidad del bosque la rodeaba, los débiles sonidos de la naturaleza le indicaban que no ocurría nada fuera de lo normal, pero no por ello debía bajar la guardia mientras estuviera sola. La época feudal era peligrosa en sí misma y la calma podía resultar engañosa en ocasiones.
Continuó avanzando por aquel camino que le era tan conocido, uno que había recorrido en incontables ocasiones para volver a su hogar en el futuro. Los recuerdos la invadieron, dejándole una sensación de nostalgia. Y de repente, ante sí, estuvo el pozo.
Se detuvo a pocos pasos de él y se asomó para mirar en su interior. Apenas podía distinguir el fondo, pero sí podía percibir más o menos dónde terminaba.
Habían pasado solo unos meses desde que lo había atravesado por última vez para volver a esta época, pero en ocasiones le parecía que había transcurrido una eternidad. Ni Inuyasha ni ella habían vuelto a saltar dentro para comprobar si se volvería a abrir, si los volvería a dejar viajar en el tiempo como lo había hecho hacía tres años.
Y ninguno de ellos lo necesitaba.
El día en el que el pozo se había abierto de nuevo, permitiéndole ver el cielo al otro lado, había tomado una de las decisiones más importantes de su vida. Lo había dejado todo atrás para poder volver a verlo a él, a Inuyasha, su compañero de vida.
No había sido una decisión tomada a la ligera. Después de todo, los tres años que había estado separada de él le habían parecido como si hubiera vivido solo a medias, por más que intentara igualmente seguir adelante. Siempre le había faltado algo. Y siempre había sabido qué era ese «algo».
Unas suaves pisadas en la hierba la sacaron de sus pensamientos y sonrió para sí, consciente de que había hecho ese ruido a propósito para no sobresaltarla.
—¿Cuándo regresaste, Inuyasha? —preguntó con la mirada todavía fija en el pozo.
—Hace un rato —dijo con indiferencia, aunque ella sabía que probablemente había ido corriendo a buscarla al llegar a la aldea y no verla por allí—. Deberíamos marcharnos ya, se está haciendo tarde.
Kagome asintió, todavía dándole la espalda y sin moverse de donde se encontraba.
—¿En qué pensabas?
La pregunta la oyó susurrada en su oído, a la vez que le rodeaba la cintura con los brazos, haciéndola recostarse contra su pecho. Kagome dejó la cesta con las hierbas medicinales al lado del pozo y, con un rápido movimiento, se bajó del hombro el arco y el carcaj, colocándolos junto a la cesta, librándose así de todo lo que se interponía entre ellos.
—Solo estaba recordando —dijo con un suspiro, acomodándose entre sus brazos.
Inuyasha apoyó la barbilla sobre su coronilla, emitiendo un sonido gutural de comprensión.
—¿Alguna vez… te has arrepentido de haber vuelto?
La pregunta cogió a Kagome por sorpresa, pero su respuesta fue inmediata:
—Nunca —dijo a la vez que se giraba para mirarlo a los ojos—. ¿Por qué lo preguntas?
Inuyasha bajó la mirada, apartándola de la de ella, buscando las palabras adecuadas para expresar sus pensamientos, pero pareció descartar toda idea a medio formar y se limitó a decir:
—Te vi distraída, nada más. Olvídalo.
Kagome frunció el ceño. Seguía con la mirada fija en otro lado, a pesar de que sus manos la aferraban contra él sin ninguna intención de soltarla. Le agarró uno de los mechones delanteros y tiró de él, llamando su atención de forma clara.
—Escúchame —le dijo con toda la intención—, nunca, jamás, me arrepentiré de haber vuelto contigo.
Un tenue rubor ascendió por el rostro de Inuyasha ante su declaración. Abrió y cerró la boca varias veces, en un intento de responder. La claridad con la que había remarcado Kagome la última palabra no le había pasado desapercibida. Finalmente, optó por hacer un pequeño asentimiento y ella pareció satisfecha con su respuesta.
—En ocasiones me distraigo y me pongo a pensar, Inuyasha, es todo. En esta época tengo mucho tiempo para hacerlo.
Inuyasha alzó las cejas y, acto seguido, una sonrisa traviesa se extendió por su rostro. Si necesita más entretenimiento, pensó, eso se puede arreglar. Le apretó levemente la cintura, haciéndole levantar la mirada.
Kagome clavó sus oscuros ojos en los de él, que resplandecían a la luz de los últimos minutos del día. Su mano con garras le acarició suavemente la mejilla y ella cerró los ojos ante el contacto. En ese momento, los labios de él se juntaron con los suyos, abrumándola con su calor y provocándole un estremecimiento que la recorrió de la cabeza a los pies. Subió las manos hacia sus hombros, rozando el collar en el proceso, y se aferró allí, perdiéndose en la sensación.
La apretó más contra sí, acariciándole la espalda con movimientos ascendentes y descendentes, empujándola suavemente hasta que sus pies entraron en contacto con una de las paredes del pozo. Un sonido metálico a sus pies le dijo, sin necesidad de abrir los ojos, que Inuyasha acababa de desprenderse de la Tessaiga.
Se separaron brevemente, respirando con un poco de dificultad mientras sus miradas volvían a unirse. Inuyasha bajó la mano que todavía tenía en su rostro hasta el cuello de su traje de sacerdotisa, aflojándolo un poco para obtener más acceso a la sensible piel que ocultaba debajo. Bajó la cabeza y depositó un beso en la unión entre su cuello y su hombro, pasando la lengua sobre la marca que le había hecho tiempo atrás.
Kagome se estremeció, una ola de excitación la recorrió de la cabeza a los pies, haciéndola jadear suavemente. Él siguió besándola allí, abriéndose paso poco a poco, hasta que su hombro quedó desnudo a la suave brisa de la noche que ya los había rodeado sin que se dieran cuenta.
Tiró un poco más de la tela y Kagome colocó una mano encima de la suya, deteniendo momentáneamente su avance. En su expresión podía ver a dónde quería ir, si es que sus caricias no se lo habían dejado ya claro, pero una mirada a sus alrededores le hizo vacilar.
—¿Aquí? —preguntó ella, resumiendo en esa única palabra todas las dudas que sabía que él podía leer en su mirada, a pesar de la oscuridad únicamente amortiguada por el brillo de la luna y las estrellas que los observaban desde el cielo.
—Estamos solos —respondió con sencillez y ahogó toda posible protesta con sus labios.
Kagome se rindió a la intensidad de sus actos, dejándose llevar plenamente. Confiaba en él, si hubiera peligro, sabía que no iba a exponerlos. Si decía que estaban solos… bueno, lo único que podía hacer era disfrutar del momento.
Llevó sus manos a la abertura de su haori y se lo abrió con un único tirón de la tela, exponiendo su kosode. Quería sentirlo más cerca de ella, piel contra piel, sin más barreras entre ellos.
Inuyasha captó sus intenciones, abandonando momentáneamente sus labios y desprendiéndose de su haori por completo, dejándolo caer despreocupadamente al suelo, junto a sus pies. Sin detenerse ni un segundo más de lo necesario, terminó también de abrirle su traje de sacerdotisa, dejando a la vista los vendajes que cubrían su pecho.
Tanteó en busca del punto de unión de los vendajes sin éxito, acortando la tarea con sus garras. Kagome emitió un pequeño gemido de protesta que Inuyasha se apresuró a silenciar de nuevo con su boca, tirando a su vez las vendas y la parte de arriba de su traje sobre su haori.
Su kosode fue lo siguiente que se amontonó sobre la hierba y sus pieles se tocaron ya sin impedimentos en la parte superior. Kagome sintió su calor, estremeciéndose al instante. Daba igual cuántas veces pasara sus manos sobre aquella piel que en tantas ocasiones había sanado, siempre se fascinaba con su suavidad.
Una brisa fugaz atravesó el claro y su piel, extremadamente sensible en ese momento, se erizó levemente. Inuyasha se dio cuenta al instante y la rodeó con sus brazos, indicándole, con un pequeño movimiento descendente, que bajara al suelo. Ella así lo hizo y él la siguió, sin apartar en ningún momento la mirada de sus ojos.
Su mano encontró el haori que había descartado y lo estiró con un fluido movimiento, guiándola para que se acostara sobre él, pero Kagome se movió solo un poco, apoyando la espalda contra el pozo y sentándose sobre la prenda, indicándole con una mano en su hombro que la siguiera. Se acercó a ella, apoyando las manos en el borde de la estructura de madera, aprisionándola entre sus musculosos brazos.
Kagome se mordió el labio y sus dedos deshicieron el nudo de su hakama, exponiendo a la tenue luz de la luna y a sus ojos, su fundoshi. La tensa tela ocultaba apenas la totalidad de su excitación. Inuyasha esbozó una sonrisa traviesa y se desprendió de su hakama, que se había agolpado alrededor de sus rodillas.
—Tu turno —le susurró al oído, al tiempo que llevaba sus manos al lazo del hakama de ella. Tiró lentamente de él, ganándose un gimoteo de protesta de Kagome ante su parsimonia, y ella llevó las manos hacia su fundoshi.
Las capas de ropa entre ellos molestaban, quemaban. Ansiaban el contacto pleno de sus pieles, la unión que tantas otras veces habían buscado. Un par de tirones en cada una de esas telas molestas les concedió el anhelado contacto. Se abrazaron con fuerza, aspirando el dulce aroma del otro y sintiendo el latido frenético de sus corazones, manteniéndose así varios momentos.
Inuyasha se apartó un poco, tomando su rostro entre sus manos y empezando por besar su frente, la punta de su nariz, sus labios… Se detuvo allí un instante, rozándole el labio inferior con sus colmillos y consiguiendo sacarle un diminuto gemido de deleite. Siguió bajando, deteniéndose en el nacimiento de sus senos y depositando un beso entre ellos.
Las manos de Kagome subieron por su espalda hasta su cabeza, masajeándola hasta llegar a la base de sus orejas. Acarició la zona con especial cuidado, ganándose un gruñido intenso de su compañero.
Inuyasha continuó con su recorrido, llegando a sus pezones, tensos de excitación. Pasó la lengua por uno de ellos, haciendo un lento círculo a su alrededor, notando cómo ella suspiraba contra su pelo. Con la mano libre, se encargó del otro y Kagome arqueó la espalda en busca de un contacto más estrecho.
Continuó con su descenso por su cuerpo al bajar una de sus manos hacia su centro y sin detener aún el trabajo que estaba haciendo su boca. Tanteó brevemente en busca de aquel bulto de nervios que hacía que su compañera enloqueciera de placer, guiándose por sus gemidos.
Kagome se quedó sin aliento cuando llegó a su objetivo. Movió la boca en cuanto se recuperó un poco, pasando su lengua por el borde de la oreja de Inuyasha que se movía debajo de su barbilla. Él gruñó en respuesta, pero siguió adelante, acelerando los movimientos a medida que la respiración de ella se volvía más y más superficial. Su miembro palpitaba casi al son de sus jadeos, invitándolo a cerrar el corto espacio que los separaba, pero se contuvo, decidiendo que pronto habría tiempo para eso.
Introdujo uno de sus dedos en ella, probando la fina humedad que bañaba su entrada y sonrió contra su piel. Estaba lista.
Kagome tenía los ojos cerrados con fuerza, aferrándose a su compañero como si fuera su único punto de apoyo. Notaba la madera del pozo rozando contra su espalda, pero la lisa estructura no le molestaba en absoluto. Las sensaciones que estaba experimentando en su cuerpo ahogaban todo lo demás y únicamente le permitían concentrarse en lo que él le estaba haciendo.
Notó que su cuerpo se tensaba cada vez más, estaba llegando a su límite y lo sabía. Sus caricias la estaban empujando hacia el éxtasis a un ritmo constante y entonces…
Paró.
Abrió los ojos, haciendo una mueca de frustración y vio una sonrisa de satisfacción en el rostro de él mientras se acercaba más a ella.
—¿Por qué…?
—Aún no —dijo Inuyasha por toda respuesta.
La agarró por detrás de las rodillas, acercándola a él y haciendo que le rodeara el cuello con los brazos. Ella notó su dureza presionada contra uno de sus muslos mientras la alzaba, pasando las piernas alrededor de sus caderas cuando él se puso en pie de repente, sosteniendo el peso de ambos. Se frotó contra su longitud, observando con atención cómo sus movimientos le arrancaban un sonido gutural involuntario.
—Kagome… —dijo en tono de advertencia, pero ella sonrió, impenitente, satisfecha con su pequeña venganza personal.
La besó de nuevo, pero esta vez con un fervor que ponía de manifiesto el estado en el que se encontraba y ella le correspondió con la misma intensidad. La había llevado al límite y había detenido todo antes de su liberación, tenía toda la intención de transmitirle lo que estaba sintiendo.
Inuyasha avanzó despacio hasta sentarse en una de las esquinas del pozo y sintiendo la fría madera contra su piel desnuda. Con Kagome posicionada sobre su regazo, ahora era ella la que tenía el control. Volvió a llevar su mano entre sus pliegues, rozando su parte más sensible y notando de nuevo su lubricación.
Kagome tomó entonces las riendas y se elevó levemente, tomándolo con una mano y rozándole la punta con uno de sus dedos. Inuyasha gruñó, apretándole las caderas con las manos, pero le permitió continuar. Lo llevó hasta su entrada y con un movimiento lento, bajó sobre él hasta que estuvieron piel contra piel.
Estaban unidos en cuerpo y alma, como tantas otras veces antes lo habían estado.
Jadearon al unísono, sintiendo el calor de su unión y empezaron a moverse lentamente, muy lentamente. Una tortura voluntaria que repetían cada vez más a menudo, a medida que descubrían más y más formas de entenderse en ese plano.
Un vaivén más intenso comenzó entre ellos y fue aumentando hasta que la estructura del pozo empezó a crujir bajo ellos, marcando el ritmo de un baile tan personal como lo era aquel.
Sus alientos se mezclaron. Sus manos recorrieron al otro en movimientos frenéticos. Kagome se aferró a sus hombros cuando se volvió a notar al límite, enterrando sus uñas en la piel de allí. Inuyasha se aferraba a sus caderas, instándole a moverse cada vez más rápido. La madera del pozo seguía crujiendo levemente bajo ellos e Inuyasha juraría haber oído cómo se astillaba un poco ante la intensidad con la que sus talones estaban empujándose contra ella en busca de sujeción.
La liberación llegó para Kagome momentos antes que para él, dando unas cuantas embestidas más a fin de encontrar la propia. Sus miradas se entrelazaron y sendas sonrisas adornaron sus rostros.
Era la primera vez que habían tenido esa clase de encuentro sin cuatro paredes que los resguardaran del mundo exterior. El silencio los cubrió como un velo, arropándolos tras lo que acababa de suceder.
Inuyasha ahuecó el rostro de Kagome entre sus manos, dándole un suave beso al mismo tiempo.
—¿Estás bien?
Kagome asintió con una sonrisa. Adoraba que siempre se preocupase por ella, incluso cuando no había el más mínimo motivo. Cuidarla con gestos como aquel era su forma de amarla y ella no querría que fuera de otro modo.
—Supongo que esto servirá para que no tengas tanto tiempo para pensar —declaró Inuyasha como si fuera un hecho irrefutable.
Kagome soltó una carcajada y cubrió sus manos con las suyas, dirigiéndole una mirada cargada de sentimiento. Claramente, esto ocuparía su mente durante mucho tiempo y, quién sabe, tal vez podrían repetirlo en adelante.
Su sonrisa traviesa fue toda la respuesta que Inuyasha necesitó para saber que había cumplido su objetivo.
Nota de la autora: Este capítulo se corresponde con el tema #34 – Intentar algo nuevo en el ámbito romántico/sexual para combatir la rutina y/o entretenerlo del reto Diario de amor... Cien relatos feudales del foro ¡SIÉNTATE!
Voy a tener que dar las gracias al capítulo del sábado pasado de Yashahime por ayudarme con este one-shot. No tenía ni idea de qué inventar y luego salió todo el tema del pozo... y acabó en esto. Es la primera vez que hago algo mas explícito, porque hasta ahora el capítulo de Calor era lo más lejos que me había atrevido a ir, solo espero que cumpla las expectativas.
Además, este one-shot estará relacionado con Hojas en Blanco, de Lis-Sama, lo cual me emociona muchísimo y me ha puesto muy feliz hablar del tema con ella para pulir los detalles de esa relación (¡eres un amor, Lis!). Sé que en su historia todavía falta para que entendáis la conexión, pero os animo a leerla y así comprenderéis por qué me gusta tanto ese fic.
¡Muchas gracias por leer, dejad review si queréis contarme qué os ha parecido y hasta la próxima!
