Las tentaciones del verdugo
NANATSU NO TAIZAI © NAKABA SUZUKI
Sinopsis: Cuando la guerra contra el Clan de las Diosas se intensifica, el príncipe Zeldris es enviado a Edimburgo para reclutar a los vampiros. Sin embargo, su estancia en el castillo le hará descubrir más que una alianza [#geldrisweek2020/#geldrisweek20].
Día 1: First meeting - Primera reunión
Zeldris miró hacia arriba para ver cuál era el lugar que lo albergaría. El castillo de Edimburgo distaba mucho del tenebroso y siniestro palacio de los demonios, no obstante, no podía pensar lo mismo de los residentes del sitio. El clan vampiro era reconocido por ser arrogante y orgulloso, incluso cuando su número en Britannia se había visto reducido a raíz de otro clan patético como el de los humanos.
«Esto será una tortura» reflexionó para sí. Sin embargo, soltó un suspiro y acomodó su postura. Se encontraba en el sitio como un embajador que debía acordar con el rey Izraf un acuerdo que beneficiara a ambas razas. Tenía que actuar con serenidad y ser correcto.
—Tengo que trabajar como mi hermano.
El recuerdo del líder de los Mandamientos se apoderó de él. Meliodas era un demonio que pasaba día y noche en batalla constante, asegurando prestigio a su clan. Para su hermano menor, era alguien merecedor para idolatrar e imitar y fue por su mera sugerencia que aceptó ser representante del Rey Demonio con los vampiros. Su idea era que seguir el consejo le aseguraría prestigio y quizás llenar el vacío que sentía en su pecho.
Zeldris apenas se perdió en sus pensamientos antes de que una voz llamará su atención. Levantó la vista, su expresión inquisitiva, cayendo en lo que parecía ser una mujer. Ella le sostuvo la mirada y el demonio enarcó una ceja con desconcierto.
—Buenas noches —dijo la mujer, pero apenas se escuchó porque parecía más un susurro.
—¿Quién eres? —preguntó Zeldris en un tono seco.
La mujer hizo una ligera expresión de burla.
—Creo que la respuesta es evidente considerando a quienes pertenece el castillo.
El ojo de Zeldris se crispó cuando levantó su mano en un dedo acusatorio.
—¿Acaso no sabes quién soy?
—Sí, eres el segundo hijo del Rey Demonio. Mi padre me informó de ti, príncipe Zeldris.
El demonio se quedó quieto. Su dedo se bajó inmediatamente, podía sentirlo temblar. Intentó decir algo, pero se rindió. Sin confiar en su voz, asintió con la cabeza, una mirada derrotada grabada en su rostro. La mujer se carcajeó con entusiasmo.
—Supongo que no he hecho mi debida presentación —acotó la mujer llegando a su lado. Era bastante alta—. Soy Gelda de las Mil Tentaciones, hija del rey Izraf.
—¿Eres la princesa de Edimburgo? —indicó Zeldris en voz baja.
—Así es. Nuestros padres acordaron que estableciéramos algún vínculo —ofreció Gelda—. Algún día seremos gobernantes y…
—No seré un gobernante —aclaró el demonio—. El trono le corresponde a mi hermano mayor, Meliodas. El líder de los Diez Mandamientos —sumó, con la atención dirigida a Gelda—. Si buscas establecer un vínculo de índole íntimo con mi hermano, pierde su tiempo. Es un demonio de la guerra.
Gelda miró a Zeldris que estaba esperando su respuesta. No pudo evitar sonreír con los ojos cerrados.
—Mi plan no involucraba nada de carácter íntimo, príncipe Zeldris. Solo supuse que sería interesante conocer a alguien que no solo fuera un chupador de sangre —expresó, sin importarle si sonaba extraño en ese momento—. ¿No has pensado que la posibilidad de conocer un poco más sea necesario para llenar a nuestro ser?
Zeldris se quedó sin palabras ante su oración. Gelda salió de sus pensamientos cuando se dio cuenta con quién estaba hablando.
—Disculpe mi atrevimiento. Ha sido irresponsable al tenerlo aquí esperando —señaló. Su postura se enderezó y tenso—. Acompáñame y lo llevaré con mi padre.
El demonio trató de resistir el impulso de enojarse, pero fue difícil. Vio la forma en que Gelda se había cerrado al darse cuenta de que hablaba con el príncipe Zeldris. Una parte suya deseaba recordarle que también podría establecer un vínculo con él, al fin y al cabo, su estancia era precisamente para eso. Crear relaciones.
El incómodo silencio se rompió una vez que sonó el borde de la puerta principal.
—Príncipe Zeldris, a partir de ahora…
—Sé cómo te sientes —comenzó mientras tomaba un largo suspiro—. También hay un vacío en mi interior. Desconozco el motivo, pero me he visto impulsado a averiguar si una situación como esta me permitirá llenar eso.
Gelda mantuvo sus ojos en el demonio, aunque su mente estaba en otra parte. Sorprendida en cierta manera de que un príncipe hablara con tanta soltura una vez revelada su identidad y todavía más cuando parte de su ser se había revelado descuidadamente.
Él era diferente a lo que estaba acostumbrada.
Eso le gustaba.
—Espero que su estadía sirva para su propósito, príncipe Zeldris —respondió Gelda rápidamente, una sensación picando sus mejillas—. Estoy dispuesta a ayudarlo si me lo permite.
Zeldris se inclinó, sin darse cuenta de que su cercanía con la princesa era algo nuevo.
—Con gusto aceptaré, princesa Gelda.
Gelda sonrió y luego compartió una mirada con el demonio. Ingresaron al castillo con un pacto silencioso más fuerte que el acuerdo entre clanes.
