Aquí estamos de nuevo, traigo esta vez una serie de 5 one-shot para el reto Honey lemon de Motín fanficker. Dejo las siguientes advertencias:
-¡Hay spoilers en cada uno!
-Todos contienen escenas sexuales, en mayor o menor medida, porque el desafío así lo exige.
Desde ya les agradezco a quienes lean. (^^)
Prompt 1: Seducción
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Liam le lanzó miradas fugaces durante toda la noche.
Algunas veces desviaba el ojo nada más coincidir, otras, mantenía el contacto visual los suficientes segundos para que no creyera que estaba malinterpretándolo. Pero no es que realmente hiciera falta que estuviese a su lado en la mesa para hacer tambalear su concentración. Tanto dentro de un salón atestado como en la intimidad de su alcoba, sus maneras eran igual de efectivas para seducirle.
El reencuentro con sus conocidos (y no tanto) fue entrañable. Aun así, aparte de disfrutar de la compañía de sus allegados, a medida que transcurría la velada y veía uno y otro rostro se volvía más consciente de cuanto debió pesarles su ausencia. Casi se arrepentía de habérselos robado durante tanto tiempo. En el fondo todavía era un hombre egoísta que lamentaba no haber tenido ni un momento a solas con él desde su llegada a Inglaterra.
Esclarecer los hechos y sentar las bases para lo que vendría después fue el deseo de ambos; por ende tuvo que relatarles lo que había ocurrido después de desaparecer en el Támesis, con obvias excepciones incluidas. Una parte irracional de sí mismo quería soltar la bomba de que ahora eran pareja, pero temía matar de la impresión a la mitad de los presentes. Tampoco le gustaría que Liam se enfadara con él y dejase de coquetearle con su bonito ojo de rubí.
―Entonces, ¿todos esos viajes eran para cumplir misiones con Will? ―preguntó Bond después de que terminara de hablar y todos empezasen a hacer comentarios en voz alta―. Eso debió ser divertido. ―Algo en su tono y sonrisa insinuaron que no había pasado completamente desapercibido su intercambio de miradas. Era eso o solo estaba molestándolo como siempre.
―No es que estuviésemos siempre juntos ―dijo, con un casual encogimiento de hombros. Desde el otro extremo de la habitación, su novio se dedicaba ahora a conversar con su otro hermano―. Liam tenía su propio trabajo que hacer.
―Espero que no se sobrepasara ―comentó de pronto Louis, a su lado. No le miraba directamente pero la preocupación era nítida en su perfil―. Cuando él piensa demasiado tiende...
―Suele caer dormido, sí. Lo sé bien ahora ―le interrumpió con una risa que no trató de contener. Sombras de sorpresa y de duda se asomaron en esos ojos rojos tan similares a los de su amante, y Sherlock temió haber metido la pata.
Louis miró hacia su plato a medio comer antes de decir, un tanto inseguro:
―Espero que mi hermano no le causara demasiados problemas.
―¡En absoluto! ―soltó, tal vez más efusivo de la cuenta―. Y si es por eso, descuida. Cuando le ocurrió siempre tuve cuidado de que no se golpeara la cabeza.
Aquello no pareció disipar del todo la incomodidad entre ambos, pero antes de que necesitara decir otra cosa, John intervino para preguntarle de nuevo por sus experiencias en extranjero.
Al mirar de nuevo en dirección de Liam tuvo la impresión de que le sonreía con burla. No le extrañaba que se hubiese percatado de su apuro; quizás incluso había sido idea suya esa disposición de lugares, tan lejos el uno del otro, con el propósito de verle meterse en problemas al interactuar con miembros de su familia.
Cuando el postre terminó y dio paso a la hora de retirarse, se sentía levemente decepcionado. Ni siquiera al dejar la mesa tuvo oportunidad de conversar con Liam; siempre había alguien reclamando su atención, como si fuera la estrella de un baile, así que se resignó a esperar. Si no era ese día sería al siguiente, o al siguiente… Siempre aguardaría por él. La promesa que le hizo antes de partir seguía intacta en su corazón.
―Sherlock, ¿ya nos vamos? ―le preguntó John después de que los pocos que no vivían en el edificio se marcharan; es decir, además de su propio hermano, Billy y aquel agente de Scotland Yard, Patterson.
A su lado, Miss Hudson se despedía de Bond. Iba a contestarle que haría lo mismo para ir en busca de Liam, pero antes de que dijese una palabra, alguien se deslizó a su lado y respondió por él:
―Lo lamento, doctor Watson, ¿pero cree que podría prestarme a Sherly por un rato más? ―dijo con aquella voz almibarada a la que nadie podría decirle que no. Por si fuera poco, también tiraba con dos dedos de la manga de su saco; un gesto sutil que cualquiera interpretaría como amistoso e insignificante, pero que a Sherlock por poco le hace atragantarse con su propia saliva. ―Yo mismo dispondré de un coche que lo lleve de regreso a Baker Street más tarde, o si él lo prefiere, puede pasar la noche aquí. Tenemos unas cuantas habitaciones libres.
Al proponer aquello último, Liam ya no miraba a su amigo; solo Sherlock recibía entonces su pesada mirada. En ella pudo leer un mensaje que le aceleró el pulso.
―Oh, claro, no se preocupe por nosotros ―dijo John mientras parpadeaba unas cuantas veces de forma lenta. Aunque sabía que su relación era bastante cercana ahora, no debió imaginarse que se tomaría tantas confianzas con él. A sus ojos Liam era todo modales; a excepción, claro, de su faceta letal. ―Deben tener mucho de que hablar.
―Así es ―sonrió su novio de manera angelical. Sherlock, que conocía sus intenciones como si pudiera escuchar sus pensamientos, casi se echó a reír. Tuvo que fingir un acceso de tos para no delatarse.
―Nos vemos luego ―se despidió John antes de ir en busca de Miss Hudson―. ¿Estás bien? Deberías dejar de fumar tanto.
―No es nada, vete ―carraspeó, y una vez que se hubo alejado, respiró hondo y levantó la vista hacia Liam―. No es el tabaco lo que me matará.
―Afirmas eso, pero disfrutas bastante de las sorpresas ―contestó él, mientras se volteaba hacia el corredor―. Sería decepcionante que ni siquiera pudiera despedirme de ti como se debe.
Al ver que los miembros de su grupo se habían dispersado y ya no era el foco de atención, se encaminó por el pasillo bien iluminado con las manos a la espalda. Sherlock le siguió desde atrás, sin preguntar nada. Si quería sorprenderle se lo permitiría.
―¿De qué despedida hablas? Esto es un reencuentro. A partir de ahora ya no hay más viajes, no hay más distancias.
Liam permaneció en silencio, pero no le incomodaba. Podía notar lo relajado que se encontraba, aún después de haber tenido que tratar con tanta gente y sus respectivas preguntas. Esa era su habilidad, después de todo, aunque en días anteriores Sherlock se preocupó de que llegara a abrumarle.
Subieron un corto tramo de escaleras y después se internaron en el segundo piso. Una vez allí Liam se detuvo frente a la puerta que correspondía a su nueva habitación, como pudo comprobar Sherlock en cuanto puso un pie en su suelo de madera. Era austera, y a excepción del mobiliario consistente en una cama, un librero y un escritorio pequeño, no había nada en ella que le relacionara con su ocupante.
―Las que eran mis cosas se destruyeron cuando Albert incendió la mansión ―comentó, notando su curiosidad, mientras se encargaba de cerrar con llave―. Solo tengo lo que traje en mi maleta.
―Eso me recuerda que tengo un par de cosas que debo darte después.
―¿Aparte de la fruta? ―inquirió, volteándose con una ceja levantada.
―Sí, aparte de la fruta. De cualquier forma, la acaparó Billy. ―Tomó su mano, y, despacio, fue empujándole hacia atrás, sin dejar de observar sus labios. ―Aunque, si quieres algo en particular, basta con que lo digas. Aquí y ahora.
Antes de contestar, Liam soltó su mano y con ambas libres le sujetó después la mandíbula. Cerró su ojo, como si lo fuera a besar, y exhaló un suspiro lleno de deseo.
―En realidad, hay algo que yo deseo darte ―dijo, y le besó la comisura de la boca con falsa timidez―. He estado pensando en ello desde que te vi sentado en el comedor.
Incapaz de controlarse ante esa provocación, Sherlock aferró su cintura con las manos y se presionó contra sus labios de manera furiosa. Los abrió y no dejó de masajearle la lengua hasta que un delicioso gemido reverberó contra su paladar.
―¿Qué quieres que haga? ―le preguntó cuando pudo separarse, después de morderle el labio inferior. Su pelvis también se había encontrado con la suya al impactar sus cuerpos y comenzó a aumentar el calor.
―Siéntate en la silla e intenta no hacer ruido. ―Tomó su mejilla y volteó su cara para que mirara hacia su costado―. Si tuvieras que hacer más no sería un obsequio, ¿cierto?
La separó del escritorio y tomó asiento en ella como le pedía. Sintió que de pronto era primavera, así que comenzó a desatarse la corbata en tanto Liam daba un paso hacia él. Por un momento creyó que se instalaría en su regazo, pero en vez de aquello se arrodilló sobre la alfombra y puso la mano en su muslo. Tenía los pómulos entintados de escarlata, y aunque la vista le hizo erguirse, lamentó que aquel parche le impidiera ver su rostro completo.
Empezó a pasar la lengua sobre la pierna cubierta por el pantalón negro, queriendo tentarlo, mientras con los dedos trabajaba sobre la hebilla de metal. Era tan ágil como él con las manos; de modo que apenas le llevó unos instantes desnudar su entrepierna. Sherlock no recordaba la última vez que habían hecho esto, pero en cuanto recibió su beso húmedo en el glande, se sintió estúpido por haber estado tanto tiempo lejos de él, aunque fuera por culpa de los deberes con los que cargaba ahora. Él era un pedazo de su alma sin el cual no volvería a experimentar el mundo a todo color; no era solo Liam quien lo creía así.
Sus manos no tenían asperezas de ningún tipo, eran seda cálida alrededor de su pene. Le presionaron desde abajo hacia arriba, directo a la boca entreabierta que comenzó a devorarle vivo. Se mordió el labio y descansó la diestra sobre la cabeza rubia, impotente ante el placer espeso que le abrasaba desde distintos flancos. La punta, la base y el camino entre ambos; él no dejó espacio sin lamer. Los labios de Liam se enrojecieron tanto como el color del iris de su ojo, y entonces comenzó a encerrarle entre el terciopelo del interior de sus mejillas y el paladar. El proceso de descenso y retirada se repitió unas cuantas veces, pero más pronto que tarde Sherlock sintió que no lo soportaba más. Estaba jadeando y gimiendo lo más bajo que podía, recordándose que todo se iría al carajo si alguien lo escuchaba.
―Liam ―le llamó, tirando de sus cabellos con una mano temblorosa―. Basta, con eso es…
Él no le hizo caso alguno; succionó con más fuerza hasta que acabó en el borde de su boca y barbilla. Para cuando dejó de temblar, estaba mirando el techo blanco, del mismo color que su mente.
Se enderezó sin prisas, y al mirar hacia abajó le encontró limpiándose con un pañuelo.
―Ven aquí, ¿no te sientes adolorido? ―Acarició su rostro caliente y la respiración pareció entrecortársele―. Déjame hacerte sentir bien.
Se puso en pie pesadamente y dejó que le arrastrara hasta su regazo. No obstante, una vez ahí, sacudió la cabeza con una sonrisa suave.
―Siempre eres tú el que se encarga de mí ―masculló, rodeándole el cuello con ambos brazos―. No quisiera que creas que no te extrañé.
―Y no lo creo. ―Pasó el índice sobre el borde de su labio mientras con la mano libre tiró de la atadura negra detrás de su coronilla. A los segundos el parche sobre su ojo ciego cayó y pudo ver su semblante despejado. Lucía casi inseguro―. ¿Pensarías tú que ya no te amo?
―Claro que no ―soltó enseguida―. Sé que no habrías venido conmigo esta noche de ser así.
―Pues es lo mismo; puedo entenderte mejor que nadie. Yo también estaba volviéndome loco en esa sala sin poder tocarte, teniéndote a mi alcance al fin.
Liam se removió inquieto, señal de que estaba llegando a su límite lo tocara o no. En respuesta, Sherlock arrastró los dientes por su cuello a la par que lanzaba lejos la correa que constreñía sus pantalones. Halló su ropa interior húmeda, y metió la mano de forma descuidada, deseando sentir por fin algo aparte de meras capas de tela.
Su piel ardía, y al empezar a masturbarlo todo su cuerpo se crispó. Enterró los gemidos entre su cabello negro revuelto, aferrándosele con más fuerza a medida que se precipitaba hacia el orgasmo. En el último momento, Sherlock desplazó la mano que tenía desocupada y la puso sobre su boca.
Liam contuvo un grito y casi de inmediato se desplomó hacia adelante, con los ojos cerrados. Quería abrazarlo de vuelta, así que frotó la mano lo mejor que pudo sobre su ropa íntima para limpiársela. Era una suerte que estuviesen en su cuarto y pudieran cambiarse una vez que se repusieran.
―Sherly ―le llamó uno o dos minutos después, una vez que cesaron los estremecimientos―. No vuelvas a casa, duerme conmigo esta noche.
No pudo evitar reírse, oyéndose todavía cansado. Estrechó el abrazo y le besó la sien.
―No pensaba marcharme. Te lo dije: esta no la despedida después de la cena, es nuestra primera noche de reencuentro.
Él dormiría entre sus brazos las noches que hicieran falta para demostrarle su amor; las excusas para ello corrían por su cuenta.
