"La Partida Sigilosa de Kagome"

Capítulo 1: "Dudas y Confusiones"

NOTAS: "Pensamientos", Recuerdos

Era primavera en aquel entonces en la época de las guerras civiles. El cielo puro inspiraba a quien lo admirara, mas a pesar de tanta calma aparente, el peligro constante del demonio Naraku aún no cesaba. Los días de paz eran casi contados y en la aldea de la anciana Kaede se vivía, en aquel momento, un día de completo descanso. Ya caía la tarde cuando la anciana salió de su cabaña con paso presuroso, cargando consigo un cesto con hierbas medicinales. Tras desaparecer de los alrededores, salió de la casita un sonriente Shippo, burlón, como era su costumbre.

—¿Lo ves, animal? ¡Eso te pasa por abusivo! —saltaba una y otra vez Shippo, burlándose de su compañero.

Un adolorido Inuyasha salía de la cabaña luego, adolorido y dispuesto a vengarse del pequeño demonio, quien no dejaba de dar vueltas sin dejar de burlarse del mayor, cosa que lo irritaba más que nada. Kagome los veía pelear con un poco de cansancio y no sabía de qué manera lograría pararlos sin gritar.

—Basta, por favor, Inuyasha… —se quejó Kagome mientras tosía ligeramente.

"Creo que voy a pescar un resfrío", pensó la chica del futuro.

Inuyasha obedeció como si de un hechizo se tratara, molesto, cruzándose de brazos y soltando su característico quejido de mal humor. El zorrito salió corriendo lejos de ahí en compañía de Kirara, fuera del alcance de la pareja. Kagome les siguió el paso, alejándose de Inuyasha hasta llegar al árbol sagrado, sentándose con cuidado bajo su dulce sombra. Inuyasha no lo pensó dos veces para ir tras ella. La vio cómoda descansando la espalda en el tronco del madero. Ella se percató de su presencia rápidamente, pero no se molestó en abrir los ojos ante su compañía, simplemente se dejó hacer. El chico, quien se había sentado a su costado, comenzó a sentir incómodo el silencio, dedicándose después a mirar lo interesante que era el cielo al oscurecer y mostrar el gran espectáculo de estrellas.

—Inuyasha…

Sus orejas se movieron con atención y su mirada se dirigió a ella en modo de respuesta. Ella lo miraba, con sus grandes y profundos ojos cafés.

—¿Me odias? ¿Odias mi compañía?

—¿Por qué dices eso?

—Todo este viaje comenzó por un descuido mío. Quizás yo tengo la culpa. Debido a que la perla fue fragmentada, ocurrieron tantas desgracias…

Inuyasha se puso de pie inmediatamente, mirándola con suma molestia y a la vez con incredulidad, pero ella no se molestó en seguirlo con la mirada, por lo que permaneció contemplando el horizonte, el cual por su gran cansancio sentía casi invisible.

"Cuando él me mira así, es porque estoy segura de que dije algo muy tonto", pensó nuevamente ella.

—¡No me gusta lo que estás diciendo! —exclamó Inuyasha.

Ella volvió a cerrar los ojos y evitar que el joven mirara su rostro.

—No es algo que se me ocurrió ahora…

—No me gusta nada lo que estás pensando, Kagome…

Ella trataba de no mirarlo, pero sus párpados se sentían más y más pesados. Sus ojos casi ya no tenían fuerzas para continuar abiertos. Se sentía avergonzada de lo que había dicho, pero no quería seguir negando lo que era evidente. Se sentía de pronto tan mareada que tuvo que sostenerse del tronco del árbol para poder ponerse de pie. Cuando se soltó de él para encarar a Inuyasha, la imagen de su protector se distorsionó y esta cayó desmayada, sostenida por el mitad demonio, quien la tomó rápidamente entre sus brazos, totalmente alarmado.

Caminó rápidamente hacia la cabaña y la acomodó en el futón. Pasó su mano por la frente de la sacerdotisa, comprobando la excesiva temperatura. Sango y Miroku llegaban con prisa en compañía de Kaede con agua, alimentos y algunas plantas medicinales para poder atenderla ante la negativa del mayor por separarse de ella.

—Quiero acabar con ese maldito de Naraku. No quiero que Kagome vuelva a decirme algo como eso…

—Nunca pensé que ella se sintiera de esa manera…—dijo Sango con pesar—, pero no debemos apresurarnos, Inuyasha. Él querrá aprovecharse de eso.

—Mientras descansamos, ese desgraciado se va fortaleciendo, Sango…

—Sólo debemos cuidar de la señorita Kagome ahora, de nada nos sirve ser desesperados.

—Esto no puede seguir así, es mejor que mande a Kagome a su época —sentenció.

Kagome se repuso de la cama con dificultad ante la aterrada mirada de todos y se sostuvo del kosode de Inuyasha, zarandeándolo una y otra vez. Inuyasha detectó rápidamente sus lágrimas e intentó decir algo, pero ella interrumpió.

—¡No voy a huir! ¡Yo causé todo esto! Yo voy a derrotar a Naraku y a recuperar la perla. Si no quieres estar conmigo, puedes reemplazarme por Kikyo, pero yo no voy a volver a mi época hasta ver muerto a Naraku ¿Oíste?

Su voz sonaba tan agitada que en segundos tuvo que coger oxígeno.

—¡No es eso! —dijo, bajando la cabeza—. No quiero que te vayas, pero corres peligro… ¡Entiéndelo!

—No soy una mujer débil, puedo hacerlo…

—¡No me vengas a decir eso cuando una simple fiebre te tiene en ese estado! ¡Eres débil!

—Entonces es así como me consideras... ¡Eres de lo peor! —gritó ella con desesperación.

—¡Deja de ser tan engreída y solo haz lo que te digo! ¡Vete de esta época y no regreses más!

Los ojos de la colegiala se cristalizaron e inmediatamente soltó a Inuyasha, quien decidió evitar mirarla. El chico se encontró con las miradas desaprobatorias de sus amigos a continuación. No pudo hacer más que salir de ese lugar, ya que sabía perfectamente que se había ido de boca.

Pero no quería ver sufrir más a Kagome.

La chica del futuro regresó sigilosamente a su casa sin que nadie se diera cuenta de su silenciosa marcha, tomando algunas cosas de su habitación, entre ellas, un traje de sacerdotisa que le regaló Kaede la primera vez. Acto seguido, comenzó a escribir una nota con mucha decisión.

—Quiero ser más fuerte y además… si sigo permitiendo que Inuyasha me proteja, solo causaré más desgracias. Ya no quiero sentirme más como una criminal, no puedo seguir a su lado. Ya lo he decidido, me voy de aquí…

Continuará…