—¿Cuánto tiempo pasó?... —se preguntaba un pobre chico encerrado dentro de un garaje.
Estaba sentado contra una de las paredes, con el torso descubierto y unas cuantas gotas de sudor cayendo por varias partes de su cuerpo.
Con ojos cansados, remarcados por sus notables ojeras, hablando de una manera lenta y desganada; dejó escapar de su boca un largo suspiro, y siguió hablando completamente solo.
—Ah… Si —tomó una pausa para ver el techo, como si esa acción ayudara a tener una visión más clara de sus recuerdos.
Su expresión ahora triste y cerrando los ojos, tragó saliva exageradamente, y retomó el hilo de la conversación con él mismo.
—Dos meses, veintiún días, y… ¿Cuatro horas creo? —si, lo recordaba muy bien, demasiado.
Cómo si alguien hubiera entrado, esbozó una sonrisa aún con su expresión cansada.
—Ah, hola, no los había visto desde… Bueno desde que estoy así —mirando a la nada, se señaló a sí mismo con las dos manos abiertas.
Viéndolo con detenimiento varios detalles anormales, a la par que alarmantes, salían a relucir: El pelo desarreglado y más largo, con el flequillo al costado de sus ojos, desperdigado delante de sus orejas. Un corte vertical un tanto reciente en la ceja derecha, y la mejilla de este mismo lado con un hematoma no muy grande, de hace unos días.
En su barbilla unos pocos pelos blancos y cortos abriéndose paso, gracias a las hormonas producto de su entrada a la adolescencia. Una camiseta naranja con mangas largas en su mano derecha y el sudor recorriendo su pecho, delataba el calor que estaba sufriendo dentro del lugar que hace ya bastante tiempo habitaba.
Su abdomen levemente marcado, y sus brazos con una musculatura un poco más desarrollada. Hombros un tanto más grandes, y la clavícula bien definida, característica de su fisonomía flaca. Las manos de este tenían unas cuantas lastimaduras, y en su dedo índice izquierdo, una uña morada producto de algún golpe.
Vistiendo en sus piernas su jean azul, con las rodillas rasgadas de manera artificial, y con las partes en la cual estaba el talón, se encontraban gastadas. Todos estos, indicios de que hace mucho que viene usando esa prenda.
Por último, lleva puestas unas zapatillas blancas y negras de alguna marca de ropa genérica, con la suela totalmente gastada. Los cordones anteriormente blancos, ya habían perdido gran parte del color, dando paso a un marrón claro, diseminándose.
—Seguramente se preguntarán por qué mierda estoy encerrado en el garaje, o por qué estoy en mal estado —siguió hablando solo.
Se tronó el cuello para ambos lados, y resopló por la nariz cuando su columna hizo ese ruido tan característico.
—Para ser más breves, Lynn me acusó de mala suerte y las chicas le creyeron por una teoría muy estúpida de parte de mí hermana más inteligente. Irónico —dejó salir una risotada manteniendo la expresión que tenía.
—Siguiendo con lo que decía, para no contagiarles de mí mala suerte me mandaron fuera de casa. Lo bueno es que pude negociar con las chicas para no dormir afuera, todo esto con la excusa de que, si nuestros padres me veían enfermo al regresar, las iban a castigar muy feo —se quedó esperando una respuesta imaginaria de parte de quién sea que lo estuviese escuchando.
—Ah, que tonto de mí, me olvidé de decirles que mis papás se fueron de vacaciones de verano para, según ellos, "Recuperar la chispa de su matrimonio" —rodó los ojos, antes de volver a relatar lo sucedido en estos meses.
—Lo peor es que las chicas me tratan mal, a veces me golpean cuando las cosas que hacen no les salen del todo bien, pero no me quejo; al menos me dan mí porción del almuerzo y la cena —posó sus ojos en la puerta delante de él.
—Para el desayuno y la merienda, bueno, Lucy… —paró abruptamente, mientras gesticulaba una expresión genuinamente feliz —… Ella es quien me las prepara, además de ser la única, incluida Lily, que nunca estuvo de acuerdo con las demás. Hasta pasó tiempo conmigo a escondidas de nuestras otras hermanas —su expresión feliz continuaba en su rostro.
—Además de eso, pude sacarle provecho a esta situación; ya que, con tanto tiempo libre, lo único que puedo hacer para entretenerme es hacer ejercicio —se paró y flexionó sus brazos mientras los veía.
Dejó de verse los brazos y volvió a poner la vista donde antes, como si alguien le hablara.
—Aunque a veces también toco la guitarra, todavía no sé tocar como Luna, pero me sé un par de canciones —mientras decía esto, posó su vista sobre el instrumento, el cual estaba apoyado contra la pared.
Clásico Lincoln Loud, siempre viéndole el lado bueno a situaciones horribles, es increíble el optimismo de este chico.
—¿Por dónde estábamos?, ah si, los noto con ganas de preguntarme algo, ¿Qué quieren saber? —terminó de hablar e hizo una pausa, como si alguien le estuviera contestando.
—¿El traje de ardilla?, ¿De qué traje me están hablando? —preguntó con intriga, mientras dejaba que ese "algo" le contestara su pregunta.
—Ah, ese traje nunca lo usé, le pertenecía a la mascota del equipo. Jaja, es muy raro que pregunten tonterías como esas —rió un poco a la par que negaba con la cabeza.
—¿Qué?... ¡No!, no sean estúpidos, no por qué las chicas me traten mal significa que voy a golpearlas. Esto va a sonar como Toretto, pero la familia es lo primero. Por mucho mal que me hagan yo las sigo amando, y sí, no me están tratando como un rey; pero por lo menos no estoy viviendo con Charles —terminó de dar su pequeño discurso con una pizca de humor.
—Aunque me siento enojado y con mucha impotencia, sigo intentando ver el lado positivo de todo esto. Si, sé que no soy totalmente inocente en todo esto, pero igualmente no merezco ser maltratado de esta manera por una tontería como un partido —se quedó callado, pensando en todo lo ocurrido el día que comenzó todo.
Ni bien terminó de hablar, la puerta del garaje se abrió, revelando a la persona que entraba.
—Hola Lincoln —dijo una pelinegra mientras se acercaba a su hermano con un vaso de té helado en una de sus manos.
—Holi Lucy —cantoneó él, a la par que agarraba el vaso de té.
Lincoln invitó a su hermana a sentarse en una manta en el piso, a lo cual ésta aceptó.
Cuando ya estaban en el piso Lucy fue la primera en hablar.
—¿Por qué estás sin la camiseta? —dijo con su clásico tono de voz inexpresivo.
—¿Si te digo 34 grados centígrados, dentro de un garaje, en verano, se te viene algo a la mente? —respondió él con otra pregunta.
—Si, si, ya entendí, no hace falta que digas más —ahora respondió la gótica un poco molesta.
Soltó Lincoln una rápida y corta carcajada, para seguidamente darle un sorbo de su té helado.
—Está riquísimo, gracias Luz —agradeció a su hermana, y lo bien que le vino algo frío para tomar.
—Me alegra que te guste —esbozó una media sonrisa la chica.
Una breve, pero para nada incómoda pausa, se hizo presente mientras se miraban entre ellos. O así fue hasta que el pelo blanco decidió volver a hablar.
—¿Cómo te ha ido hoy? —le dio otro sorbo al té helado.
—Bien, estuve escribiendo un rato, leí unos poemas, y escuché un par de cosas interesantes —Lucy se hizo la misteriosa a propósito.
—¿Cómo qué cosas escuchaste? —preguntó Lincoln con curiosidad, mientras levantaba una ceja.
—Cosas cómo que papá y mamá van a volver hoy a las ocho de la noche —dijo la pelinegra, con toda la tranquilidad del mundo.
El albino se terminó de tomar el té con una cara inexpresiva.
—¡Eso es genial! —Lincoln rápidamente cambió su semblante serio por uno de felicidad rebosante, a la vez que se levantaba de la manta y lanzaba a Lucy, abrazándola y cayendo al piso en el proceso.
Lucy se sonrojó al sentir el cuerpo de su hermano, pero no tardó en corresponder su abrazo, apoyando su mentón en el hombro del peliblanco.
—¿Lincoln? —dijo la chica, aun siendo abrazada.
—¿Qué pasa? —contestó sin soltar a su hermana.
—Te traje una sorpresa —separando un poco la cabeza de su hombro, respondió —, sé que hoy es un día muy especial, así que espero que te guste lo que compré —un tanto esperanzada, terminó de decir.
—No creo que nada pueda superar la noticia que me acabas de dar —Lincoln dijo, a la par que tomaba a su hermana por los hombros y la miraba directamente a donde se supone que están sus ojos.
—Yo creo que sí —desafió la chica, gesticulando una sonrisa casi imperceptible.
Dejaron de estar abrazados, y se sentaron para que Lucy pudiera buscar algo dentro de su bolsillo.
—Feliz cumpleaños —dijo la gótica mientras le daba una caja blanca a su hermano.
Lincoln agarró la caja con sumo cuidado, y al abrirla su corazón dio un vuelco.
Sus latidos se descontrolaron dentro de su tórax, sentía la cabeza más ligera, los labios le temblaban un poco, y toda la energía le había vuelto al cuerpo. Sus extremidades tensas, y su estómago con un sentir muy parecido a los nervios antes de tener un examen muy importante.
Aún con todo eso sucediéndole dentro, solo se limitó a soltar unas cuantas lágrimas, y demostrarle a la muchacha una sonrisa. Y con las comisuras de los labios aún temblandole, habló.
—No sabes cuánto te quiero Lucy, eres la única persona que se acordó de mí cumpleaños —dijo el albino mientras la agarraba de las mejillas con ambas manos, y le daba besos en toda la cara.
Lucy volvió a sentir un calor en sus mejillas, pero se dejó querer por su hermano mayor, amaba que él la tratase de esa manera.
Al terminar de darle mimos se limpió los restos de las lágrimas con el dorso de su mano izquierda, y para el otro ojo, con el pulgar de esta misma mano.
Agarró la cajita que le estaba ofreciendo la gótica.
Ya en sus manos abrió la caja, y dentro de esta, un anillo de acero negro con una aleación de plata, creando una franja central en contraste con el color predominante del anillo. Ciertamente era muy hermoso.
—Me encanta —dijo al terminar de ponerse el anillo en el dedo anular de la mano izquierda.
—Me encanta que te encante —la chica soltó sin pensarlo ni un momento, con un creciente sonrojo formándose en sus pálidas mejillas.
El chico miró fijamente a su hermana, con una mirada repleta de cariño. Apartó los cabellos de la cara de la chica con ambas manos, de manera lenta y cuidadosa, revelando sus ojos.
Celestes.
Sus pestañas largas, su vista hacia arriba, fija en la de su hermano y con los párpados entrecerrados; devolviéndole esa mirada que tenía puesta en ella. Su piel blanca, teñida con un color rosa a la altura de los pómulos, y la comisura de sus labios curvada levemente hacia arriba.
En trance. La palabra que definía como se encontraban esos dos, metidos en su mundo, perdidos en la mirada del otro. El albino acercó su cara lentamente, hipnotizado con su hermana.
Colocó los cabellos de la chica por detrás de sus orejas y sacó sus manos de su cara. Pasó sus brazos por su cintura y la atrajo a él, posando éste su cabeza por sobre el hombro de Lucy. La chica dejó que él hiciera todo, y al estar en sus brazos, apoyó su frente en el hombro desnudo de su hermano mayor, era donde preferidamente le gustaba estar.
Lincoln respiró por la nariz, dándose cuenta de un olor distintivo que desprendía la chica, seguramente proveniente de las infusiones que toma a estas horas de la tarde; pero sin poder descifrar con precisión a qué olía exactamente.
No hicieron falta palabras para demostrar el aprecio que se tenían entre sí, solamente estos delicados gestos, muy clásico del bondadoso y detallista de Lincoln.
Al cabo de un rato dejaron de estar abrazados, y al separarse se miraron y sonrieron ampliamente, para seguidamente pararse y sacudir cada uno su ropa.
—Bueno Lincoln, yo ya me voy yendo, voy a pasar la tarde en la casa de Haiku —Lucy fue la primera en hablar.
—Está bien, ¿A qué hora vas a volver? —el chico se preocupó por la vuelta de su hermana.
—A las siete seguramente esté en casa —respondió mientras se acomodaba el flequillo como siempre.
—Genial, ojalá la pases bien —al terminar de hablar le dedicó una sonrisa.
—Gracias —agradeció la preocupación de su hermano, sumando esto a la lista de todo lo bueno que es su hermano como persona.
—Nos vemos —se despidió el muchacho también con la mano.
—Adiós, nos vemos antes de que lleguen papá y mamá —se despidió la chica, pero antes de irse le dio un beso en la mejilla a su hermano del lado que tenía el hematoma; y rápidamente se fue, cerrando la puerta detrás de ella.
Sin terminar de saber el por que del beso, pero aun así feliz por el gesto, soltó una risilla.
Con su positivismo más presente que nunca, levantó la manta del piso y la doblo, para guardarla sobre un estante que tenía cerca. Con el piso despejado se puso a hacer ejercicio, y ver si podía matar el tiempo hasta que Lucy regrese de la casa de su amiga.
Así se mantuvo durante poco más de una hora, terminando por la fatiga que le generaba hacer ejercicio en un lugar cerrado, que sumado al calor que estaba haciendo, no ayudaba en nada.
Con el cuerpo cubierto de sudor, salió afuera en dirección a la canilla de agua. Al llegar abrió la llave de paso, agarró la manguera con una mano, y se mojó la cabeza, peinándose para atrás con la otra mano.
Ya refrescado por el agua, cerró la canilla y soltó la manguera a donde estaba. Con la mente despejada, miró al cielo y vio el tono anaranjado que estaba tomando, especuló que serían casi las siete de la tarde.
Fue sacado de sus pensamientos cuando escuchó unos pasos rápidamente acercándose a su posición, y al mirar tras de él, supo quién era.
—Hola Lynn —saludó a su hermana mayor con un gesto despreocupado.
—Nada de hola, ¿Qué haces afuera del garaje? —preguntó la castaña, con enojo en su tono.
—Y dale con eso —le contestó mientras soltaba un suspiro.
—¿Cómo qué "Y dale con eso"? Tú ya sabes que no puedes estar afuera del garaje, aparte te vi mojándote con la manguera —recriminó más molesta que antes.
—¿Y? —el menor preguntó, cómo sobrando a su hermana.
—¡Vas a contagiarnos con tu estúpida mala suerte, idiota! —con el ceño fruncido, le contestó alterada.
—Primero que nada, no me grites; segundo, ya te dije que lo de la mala suerte fue un invento mío, ya pedí disculpas por mi egoísmo y todo, no tiene sentido seguir dándole vueltas al asunto —Lincoln le contestó sumamente calmado, a la par que cansado por la situación que está viviendo.
—Lisa ya demostró que la mala suerte es real, y que —hizo una pequeña pausa, para empujarlo en el pecho con su dedo índice —¡Tú —enfatizó la palabra —, eres solamente una plaga, y nos vas a contagiar a todos!, ¡Además ya van varias veces que te doy de cenar y al otro día no puedo dar mí cien por ciento en los entrenamientos!, ¡Estúpido! —ya irritada por la contestación de su hermano, terminó gritándole.
—Lynn, lo voy a decir una vez más y espero que lo entiendas: Lisa nos está usando como un experimento, es obvio —respiró profundamente y siguió con el hilo de la conversación —, y te voy a decir otra cosa, si no das abasto en los entrenamientos no es mi culpa, es tuya, acéptalo. Estás muy pendiente de culparme a mí por cualquier cosa que te pasa, y a los demás también. No es que yo dé mala suerte, si no que como ya no las ayudo porque no pueden estar cerca de mí o se van a "Contagiar", no pueden hacer nada sin mí ayuda, son dependientes —miró para abajo, directamente a los ojos de la castaña — y tú las más dependiente, la más molesta, y la más caprichosa; y pensar que antes eras mí favorita… Que tonto fui —al finalizar la frase, solo se dio la vuelta para dirigirse nuevamente al garaje, a un paso lento.
Lynn se quedó unos segundos estática, pensando en todo lo que dijo sobre ella. Una vez terminó de digerir todo lo dicho por su hermano, su visión se tornó borrosa, y lágrimas comenzaron a caer por sobre sus mejillas. Su tristeza y enojo se mezclaron, cegando sus pensamientos, actuando solo por instinto.
Corrió a agarrar lo primero que vio a mano, y luego corrió en dirección a su hermano.
Lincoln oyó nuevamente las pisadas apresuradas de su hermana, y se dio la vuelta para ponerse frente a frente.
—¿Ahora que pa… —el albino no pudo terminar la frase, solo pudo sentir dolor en la parte izquierda de su cabeza, acompañado de un sonido de golpe seco.
Cayó repentinamente con el hombro derecho golpeando el césped; desorientado, adolorido, quejándose del dolor. En su ojo izquierdo no podía ver nada por culpa de la sangre que caía de su cien, pero con el ojo derecho pudo ver qué había sucedido.
Lynn tenía un bate de madera en las manos, este mismo teñido con una mancha roja.
Lo había golpeado en la cabeza con el bate de béisbol. La cara de su hermana solo reflejaba una emoción, miedo. Estaba temblando, llena de lágrimas y en estado de shock.
Y a lo lejos se pudo escuchar una voz, más bien un grito desesperado.
—¡LINCOLN! —había sido Lucy, recién llegada de la casa de su amiga.
El chico aún tirado en el jardín delantero y desmayándose poco a poco, solo pudo ver su mano izquierda apoyada frente a sus ojos. Vio el anillo; luego vio su uña morada, la cual había sido causada por un pisotón propinado por Lola hace no mucho tiempo. Y antes de perder por completo la conciencia sólo pensó una última cosa.
—Olía a té verde —
