PRIMERA PARTE
Capítulo 1: El internado
Flare Corona llegó al internado el último día del que parecía haber sido el Octubre más largo de mi estadía en Sainte-Altair. No había parado de llover en dos semanas y el árbol que solía contemplar cada vez que estaba sola en mi habitación se había caído a causa de una borrasca la noche anterior.
Era un árbol formidable que no perdía su denso follaje durante el invierno y parecía quedar solo, presidiendo la colina a medida que el año avanzaba. Siempre se le veía más hermoso e imponente, y yo fantaseaba con subir a lo alto de su copa para ver más allá del bosque que nos separaba del resto del mundo. La madrugada en que cayó a tierra se proclamaba un chubasco aún peor que los días anteriores; la lluvia azotaba las piedras con tanta inclemencia que temí que se rompiera el ventanal. Como no albergaba la esperanza de tener un poco más de claridad a causa del mal tiempo, volví a encender la lámpara de aceite que había dejado al pie del tocador.
Era mi cumpleaños y tenía un mal presentimiento.
Por más que pensé que tal vez el agua y el jabón perfumado se llevarían los regazos de una noche llena de sueños intranquilos, no podía desprenderme de la sensación de que algo andaba mal. Me había levantado una hora antes del llamado y faltaba todavía bastante para que saliera el sol. En vista de la ansiedad que sentía, empecé a pasearme por la estancia, persiguiendo mi propia sombra. No sé qué me hizo asomarme por la ventana. Tal vez escuché el llamado de auxilio del árbol a través del estruendo que la ventisca provocaba
Los techos de la edificación retumbaban bajo el granizo, y el eco de los truenos recorría los pasillos adyacentes a mi habitación. Hice la pesada cortina a un lado y quedé poco menos que estupefacta frente al espectáculo que ofrecía semejante tormenta: el negro del cielo era surcado a intervalos cada vez más cortos por un rayo incandescente y la vegetación había quedado sumida en la danza desenfrenada de las corrientes del norte. Las montañas se recortaban contra el horizonte con la intermitente claridad de las centellas. Agua y más agua caía y lo hacía descartando todas las emociones acumuladas de los amotinados nubarrones.
Aún no sé cuánto tiempo estuve allí de pie, tal vez siendo la única espectadora de aquella sinfonía de ira celestial, pero podría haber transcurrido una hora o un minuto. Cuando más furiosa rugía la naturaleza, logrando demostrarme cuán pequeña era mi existencia en comparación con su poderío, todo cesó.
El agua, el viento y los truenos quedaron suspendidos y reino el silencio. No se oía el crujir de una hoja ni el tintineo de una gotera solitaria. Una niebla espesa comenzó a deslizarse serpentinamente desde el espacio que se dibujaba entre las dos cumbres más empinadas que había frente a mi ventana y escuché la insinuación de un galopar en la distancia.
La cascada de niebla alcanzó mi árbol en un abrir y cerrar de ojos, cerniéndose a su alrededor con la forma de una mano blanquecina con dedos largos y huesudos. En el momento en que los dedos de bruma se cerraron sobre el árbol, la tempestad se reanudó y no pude ver nada durante algunos minutos.
Ya se anunciaba el alba, las imágenes que la precedieron estarán grabadas en mi memoria para siempre: un relámpago iluminó la colina donde había visto el árbol quedar envuelto en un blanco sudario. La tierra había sido levantada y mi magnífico amigo había sido despojado de su trono.
Como una pieza de ajedrez, yacía tirado sobre el fango con las enormes raíces expuestas, sin la dignidad que su muerte le merecía. Quise gritar, pero me falto la voz. Me llevé los dedos a la garganta y tuve la escalofriante impresión de que una maldición se anunciaba.
El agua teñida de tierra rojiza rodó colina abajo hasta los escalones empedrados, pareciendo mancharlos con la sangre del rey del bosque. Había amanecido, pero la claridad del sol no podría haber disipado la oscuridad que había caído sobre nuestras vidas. Noté que la llama de mi lamparita se había extinguido.
Fue entonces cuando vi el carruaje.
Lo tiraban cuatro bravos sementales de largas crines lisas, y se diferenciaba de los coches que solían llegar hasta Saint-Altair, por ser más estilizado y elegante; la madera estaba pintada de un negro muy brillante y tenía hermosos grabados de plata sobre las puertas. Las cortinas eran de color rojo borgoña y, a juzgar por la lujosa apariencia de la calesa, adiviné que debían estar hechas del más fino terciopelo. El cochero iba vestido de forma impecable pero no pude observar su rostro; el sombrero de ala ancha no me lo permitió.
No sabía que esperásemos la llegada de un visitante ese día y me sorprendí cuando el coche cruzó el umbral para detenerse en la entrada del edificio. El cochero se bajó de su asiento de un salto y tiró con fuerza de la campana que se balanceaba en el intersticio del muro exterior. Lo hizo una sola vez pero contundentemente.
El tañido de la campana nunca me había estremecido antes, siempre me había parecido alegre pero esta mañana me dio una impresión lúgubre, como si estuviera haciendo el llamado a un entierro.
Al poco tiempo salió la señorita Aries. Noté que estaba muy agitada, cruzó un par de frases con el cochero y él pareció interrumpirla, dominando la conversación durante un par de minutos. Luego la señorita Aries gesticuló con los ademanes de quien recibe una agradable sorpresa.
El cochero avanzó hasta la parte posterior del coche y procedió a bajar tres grandes baúles, cada cual más bellamente tallado, depositándolos con cuidado sobre la estrecha parte seca del rellano de las escaleras que conducían a la puerta principal. A continuación, el hombre se arregló el cuello del abrigo y se enderezó para abrir la puerta del coche con talante ceremonioso.
Lo primero que pude vislumbrar fue la delicada punta de bota que se apoyó en el escaloncito de metal del coche, escapando de los velos de una falda de riquísima tela negra. Luego se asomó una pálida mano femenina que encontró la que le ofrecía el cochero. Lo último que se vio ese gris amanecer fue el níveo rostro de Flare Corona rodeado por las cascadas de su cabellera color vino. Y digo que fue lo último que se vio, pues desde que Flare llegó, la distante figura del sol quedó cubierta por un lóbrego manto de nubes y ya nunca más volvió a amanecer
XXX
Esa mañana, cuando bajé a la capilla para la misa diaria, había gran revuelo entre mis compañeras.
-Y tú, Meredy, ¿habías escuchado hablar de ella alguna vez?- preguntaba Erza Scarlet, mi mejor amiga, a Meredy Heart, su compañera de habitación.
-Nunca-replicó Meredy -Pero según Laki Olietta, la señorita Aries le dijo a la señora Porlyusica que su familia es tan inmensamente rica que está comprando todo Crocus. Bueno, todo Crocus es un decir, pero tú me entiendes. Me pregunto cómo es que no te la mencionaron siquiera durante la temporada que pasaste allá el año pasado. La habrían invitado a algunos bailes, ¿no?
-No lo creo- interrumpió Ultear Milkovich - Parece ser que el motivo de que haya llegado al internado de Saint-Altair es precisamente ser preparada para su presentación en sociedad el año que viene.
- ¿De quién hablan?- me atreví a preguntar.
- ¡Lucy! Por fin llegas- dijo Erza - Hablábamos de Flare Corona, la alumna que llegó a Saint-Altair esta mañana.
- Debe tratarse de la misma persona que vi llegar al amanecer- dije a mi pesar, pues no deseaba contarles con cúanta atención había observado cada movimiento de Flare escondida detrás de mí cortina.
- ¡Cómo! ¿La has visto?- pregunto Meredy, abriendo sus ojillos verdes tanto como los cuencos que los albergaban se lo permitían- ¡cuéntanoslo todo! ¿Es alta? ¿Rolliza? A que es muy poco agraciada... ¿A que sí?
-Siento decepcionarte Meredy, la verdad es que es una belleza rara- les conté.
-¿Y bien? ¡Descríbenosla!- pidió Ultear.
-Pues… es blanca y fina como la lápida de mármol. Tiene cabello rojo… bueno, no es rojo, es de un color que nunca había visto antes; Color…sangre.
-Pero, Lucy, qué selección de palabras más sombría- dijo Erza entrecerrando sus ojos-. Parece que estuvieras describiendo un espectro y no a una chica.
-Lo sé- respondí- No me encuentro bien, debe ser por la muerte de mi árbol.
-¿Cómo que tu árbol? Y, ¿cómo que muerte?- inquirió Meredy- ¿De qué hablas?
-El árbol grande del jardín se cayó anoche durante la tormenta- expliqué.
-¡No ese árbol!- exclamó Erza- ¿Cómo puede ser?
-Creo que averiguaré más acerca de Flare Corona hablando con la señorita Virgo- dijo Ultear Milkovich-. Cuando Erza y Lucy comienzan a hablar de sus rarezas la conversación se pone realmente fastidiosa. Ven, Meredy, veamos de qué se han enterado las demás.
Meredy siguió a Ultear como su más fiel esclava, y ambas se perdieron tras los negros vestidos de nuestras compañeras.
Ultear Milkovich era considerada la chica más hermosa de nuestro internado y actuaba como tal. Siempre recogía sus cabellos oscuros en un tocado alto y caminaba con la nariz apuntando al cielo. Sus curvas eran muy generosas y procuraba ostentar su escote cuando la ocasión se lo permitía, lo que en Saint-Altair, era muy rara vez.
Meredy Heart, en contraste, era como una tímida ratoncita que arrugaba su pequeña nariz sin cesar, ahora a causa de sus alergias, ahora por costumbre. Tenía las mejillas libres de pecas y el pelo rosado y lacio. Era la única que se entusiasmaba sinceramente con las más banales minucias de la vida de Ultear, y era por esta razón, su más leal y devota compañera.
Aunque las alumnas de Saint-Altair provenían de diversos lugares de Fiore, se nos instaba a hablar siempre en stellano para que aquéllas que no lo dominaban llegaran a hacerlo con fluidez antes de volver a sus hogares. Erza y yo hablábamos en Fioreano antiguo, que ella me había enseñado, pero habíamos desarrollado un lenguaje de escritura secreto para poder enviarnos notas que no pudiesen ser comprendidas por nadie en caso de ser interceptadas. En ellas nos poníamos de acuerdo para jugarle alguna broma a alguien (este alguien era usualmente Ultear) o hablar de los pocos chicos que conocíamos.
Erza solía invitarme a pasar las vacaciones con ella, cosa que encantaba a mi tío Byro y a su esposa, quienes, por motivos ajenos a mi conocimiento, nunca se habían interesado en otra cosa que por supuesto, manejar la herencia de mis padres.
Cumplían con pagar las cuentas del internado y con hacerme llegar el dinero suficiente para cubrir mis necesidades a través del señor Loke, que había sido el abogado de mi padre cuando éste vivía. No me faltaba, pues nada, y para mí Erza era mi hermana y mi única familia.
-Dios mío, Lucy, por poco lo he olvidado: ¡feliz cumpleaños!
Las palabras de Erza resonaron en la estancia mientras ella me besaba en ambas mejillas. Me había adentrado de nuevo en los recuerdos de la madrugada.
-Gracias, amiga mía- respondí tratando de sonreír.
-No sé qué te ocurre hoy, se nota que estas muy afectada. ¡Mira nada más las ojeras que tienes!
- Erza, he pasado una pésima noche. Casi hubiera preferido compartir una habitación con Ultear para no estar sola…-por poco me había arrepentido de esconderle la sonata al capellán Macao, pues esa había sido la causa de que nos pusieran a Erza y a mí en cuartos separados-. Tuve tantas pesadillas que ni siquiera recuerdo una completa, llegaban figuras fantasmagóricas a rondar mi cama una y otra vez. No pude dormir.
-¿Pesadillas? ¡Magnifico! En la noche consultaremos su significado con la ayuda de mi libro gitano. Tus sueños siempre terminan por revelarnos algo de importancia…-entonces, el semblante de Erza se tornó melancólico y agregó: De repente me siento triste, Lucy. ¡Que pronto me he contagiado de tu ánimo esta mañana! ¡Con lo alegre que estaba!
-Lo siento, Erza, no puedo evitarlo
-No lo sientas. Es nuestra promesa de amistad el ser fieles a nuestros sentimientos, cualesquiera que sean, y si se trata de entristecer a todo el que se te acerque en el día de hoy, pues que así sea… y ojalá que se trate de Ultear -dijo ella guiñando el ojo.
-¡Amén!- dije, sonriéndole.
Eran las seis y media de la mañana cuando el capellán inició la misa.
La señorita Aries me obligaba a sentarme en la primera fila para tenerme vigilada, así que ya no podía hacer de las mías con tanta frecuencia. De todos modos, ese día no se me habría ocurrido hacer ninguna travesura. Estaba pensando en Flare Corona y en la malévola mirada que me había clavado al bajarse del coche.
¿O era un falso recuerdo tardío? ¿Habría podido verme desde allí, estando yo tres pisos más arriba y oculta tras las cortinas? Sobre todo teniendo en cuenta lo oscura que estaba la mañana, parecía imposible. Pero, ¿no me había dirigido una infame sonrisa triunfal?
Estaba a punto de prohibirme pensar un segundo más en ella cuando la copa del cáliz se resbaló de las manos del capellán Macao y el vino consagrado salió disparado, dejando una gran mancha en el mantel del altar. Se oyó un murmullo general de risas entre las bancas de las chicas más jóvenes, pero a mí no me hizo ninguna gracia.
Seguí con los ojos la trayectoria de la copa: ésta rodó con lentitud por el suelo hasta detenerse a los pies de Meredy Heart, quien se hallaba parada al otro extremo de la capilla. Meredy hizo ademán de inclinarse para recogerla. Miró con expresión irresoluta a la señorita Aries antes de tocarla y la señorita Aries le devolvió un gesto tal que Meredy supo que no debía atreverse a cometer semejante trasgresión.
Al fin, con el rostro enrojecido de vergüenza, el capellán Macao se decidió a levantar la copa él mismo y reanudó la ceremonia. Busqué la esbelta figura de Flare Corona a mí alrededor, pero no la vi por ningún lado.
Al finalizar el servicio, la señorita Aries se dirigió a nosotras en el comedor, mientras se servía el desayuno:
-Señoras- dijo- Tengo un importante anuncio que hacerles. Como deben saberlo ya, esta mañana hemos tenido el placer de recibir a la señorita Flare Corona, quien de ahora en adelante hará parte de nuestro selecto grupo de estudiantes. No la esperábamos hasta la primavera; sus padres han partido al Imperio Alvarez antes de lo previsto y por ello Flare ha adelantado su llegada a Saint-Altair. En estos momentos se encuentra descansando, ha tenido un largo viaje pero esta noche nos acompañara durante la hora de lectura después de la cena. Espero que todas sepan darle una cordial bienvenida y que la acojan con el mismo afecto con el que fueron recibidas cuando llegaron a Saint-Altair. La familia de Flare nos ha hecho una generosa donación, así que las invito a tratarla con cortesía y agradecimiento: por la gentileza de la familia Corona podremos reparar el lado este del edificio central que se ha visto tan afectado por las frecuentes lluvias de los últimos meses. Como ya se acerca la época de las pruebas trimestrales, les recomiendo que ayuden a Flare a ponerse al día con lo que necesite. No siendo más, pueden desayunar.
-Si he de tratarla con el mismo afecto que me dieron Erza y Lucy cuando llegué- Menciono Ultear al tiempo que untaba un panecillo con mermelada de fresa- tendré que recoger sapos cada día para ponerlos bajo su almohada cada noche.
-No te hagas la valiente, Ultear- Repliqué-. Tú sabes muy bien que no serías capaz de acercarte a ninguno de ellos. Además, los sapos te tienen terror.
-¿Cómo que los sapos me tienen terror a mí? – preguntó Ultear.
- Te tienen pánico- proseguí-. Los he visto temblar sólo con verte de lejos, tan repugnante les pareces.
-Es cierto- añadió Erza- De hecho, el otro día estaba besando a uno de ellos con la esperanza de que se transformara en un apuesto príncipe…
-Digan lo que quieran -La interrumpió Ultear-. Al fin y al cabo, es a mí a quien Jellal Fernandez mira con pasión en los bailes.
-Dijiste que te mira con compasión, ¿verdad?- Replico Erza con la boca llena de panecillos de chocolate-. No me extraña, puesto que tú no haces más que pensar en él, mientras él suspira por Lucy.
-¡Qué asco!- exclamé- ¿De verdad le gusto a ese engreído?
-Sí- replicó Erza- Me lo dijo Max Alors: nuestro amigo deshoja pétalos de margaritas en tu nombre, y cuando no hay margaritas, deshoja libros.
-¡Eso no es verdad!- protestó Ultear con la sangre a punto de hervirle-. ¡Es a mí a quien le escribe cartas cada mes!
Por supuesto que Erza y yo sabíamos que Jellal no tenía ningún interés en mí; él y yo nos detestábamos con pasión y sin compasión.
No obstante, eran estas pequeñas jugarretas las que hacían que Ultear hiciera confesiones que nosotras sabíamos aprovechar más adelante, como la sustanciosa referencia a las cartas enviadas por Jellal con tanta frecuencia. Lo mejor de todo era que Ultear nunca dejaba de caer en nuestras trampas, ni nosotras de ponerselas casi como por instinto.
El desayuno transcurrió sin mayores contratiempos y nos dirigimos al aula de clases hablando en voz baja acerca de cómo podríamos utilizar con sabiduría la información recibida por parte de Ultear.
El aula estaba más oscura de lo habitual debido a que afuera el día más bien parecía noche, y nuestra institutriz había traído varias lámparas de aceite para que pudiéramos leer. Cuando me senté en mi lugar, noté algo que no había estado ahí al entrar a la habitación.
Al pie de mi pupitre había un sobre algo arrugado que llamó mi atención ya que el aula siempre permanecía irreprochablemente limpia. Lo recogí sin dar obvias muestras de curiosidad y lo abrí con delicadeza.
Adentro había una nota que decía:
Ten cuidado.
No había firma, ni iníciales, ni destinatario.
La letra podría haber sido la de cualquier alumna de Sainte-Altair. Decidí guardarla para mostrársela a Erza más adelante.
No sabía si era por el frio o por las emociones de la madrugada de este día, pero sentí que el estómago se me revolvía cuando puse la nota sobre mi regazo. Entonces levante la mano y le pedí a la señorita Acuario que me permitiera ausentarme del aula por unos instantes. Cuando me levante dejando el sobre dentro del pupitre, advertí que mis nauseas desaparecían casi por completo. Espere un par de segundos, y volví a sentarme.
-¿Qué pasa, señorita Heartfilia? ¿Es esta acaso otra de sus bromas?- pregunto la señorita Acuario.
-No, en lo absoluto, señorita Acuario – repliqué - Pensé que el desayuno me había sentado mal, pero ya estoy bien.
Ella me miro con recelo y prosiguió con la lección.
Lo que estaba ocurriendo me parecía muy extraño.
Volví a tocar el sobre y las náuseas regresaron. Retiré mi mano de él y desaparecieron. Pensé que por el motivo que fuese, tal vez no me convenía entrar en contacto con el sobre, al menos en ese momento.
Al terminar la lección quise enseñárselo a Erza, y cual no sería mi sorpresa al no encontrarlo por ningún lado. Me tarde un buen rato en salir del aula, porque vacié todo el contenido de mi pupitre varias veces. Nada, el misterioso sobre se había esfumado.
A la hora del almuerzo le conté a Erza lo que había acontecido con la nota que había encontrado, así como todos los detalles de la noche anterior y la llegada de Flare Corona.
-Es extraño que haya adelantado su llegada de esta forma- dijo Erza- Me pregunto qué harán sus padres en el Imperio Alvarez…no deseo alarmarte pero yo doy especial importancia a los acontecimientos que rodean a la llegada de una nueva persona, y los del día de hoy han sido muy peculiares. ¿Qué hay del cáliz derramado? Eso nunca había ocurrido en Sainte-Altair. ¡Pobre capellán Macao!
Lo más extraño de todo era que Flare hubiese podido llegar a Sainte-Altair con un clima semejante. El terreno ya era bastante accidentado, y ni pensar en cómo se habrían puesto los caminos de toda la región de Altair en un octubre tan invernal.
A pesar de que Sainte-Altair se encontraba relativamente cerca del valle, no me explicaba como el carruaje de Flare había atravesado ileso los escarpados montes que nos rodeaban: a pocas personas se les ocurría emprender una travesía similar a menos que fuera en el verano o la primavera, y eso no garantizaba un viaje exento de percances.
De nuevo la imagen de Flare Corona regresó a mí y me estremecí: a pesar de ser una chica tan joven, tenía un aire de antigüedad. Lucia como una mujer de un siglo antiguo, y aunque se veía tan fresca, también me había dado la impresión de que la hubieran acabado de desempolvar, por lo que su apariencia encajaba a la perfección con el lugar.
Sainte-Altair era una gran edificación de oscura piedra labrada que había sido un monasterio en épocas anteriores.
Contaba con una estructura central donde estaban la cocina principal con su respectiva despensa, la capilla y uno de los tres comedores. Allí tenían sus habitaciones las cocineras, los encargados de la limpieza y de los establos, y el capellán Macao.
Mirando hacia al norte, el edificio que estaba a su derecha era un poco más moderno que el anterior. A este se le habían agregado ventanales de colores y una cocina pequeña en la parte posterior, junto a los establos. En el dormíamos las alumnas de dieciséis a dieciocho años y dos supervisoras: la señorita Acuario y la señorita Libra.
Las otras alumnas dormían en el edificio del lado oeste, que era el más reciente, con la señorita Aries, la señora Polyusica y las demás institutrices.
Un bosque de abetos, hayas y robles se extendían en los alrededores de la propiedad, y más allá de este se divisaban los Alpes Stellanos al sur y los Fioranos al norte. Se llegaba al camposanto del antiguo monasterio cruzando el bosque a través de un sendero, al lado este de nuestros dormitorios.
A pesar de estar tan aislada, Sainte-Altair era una escuela de mucho prestigio y contaba con casi doscientas pupilas provenientes de familias adineradas. El pueblo más cercano quedaba a medio día de camino cabalgando, por lo que el suministro de alimentos de Sainte-Altair dependía de las familias de campesinos de las tierras colindantes: aunque contaba con su propia granja, en los meses de invierno ésta no era suficiente para dar abasto a las necesidades de la institución, pues era complicado mantener el alto nivel de comodidad al que estaban acostumbradas las alumnas.
Debido a que Sainte-Altair había sido un monasterio en sus orígenes no era de extrañarse de que tuviese un aire sombrío y misterioso, y que muchas leyendas de fantasmas circularan entre sus paredes. De todas las noches del año, era precisamente la de la víspera del día de todos los Santos la que más alborotaba el ya supersticioso espíritu de la región, y era la noche de mi cumpleaños.
La señorita Aries había tratado en vano de impedir que circularan historias de espectros y demonios entre las colegialas, pero aunque lo hubiese logrado, habría sido imposible que no notáramos el estado de nervios con que se comportaban aquellos a cargo del servicio cuando la fecha se acercaba. Se les veía a todos cargando sus respectivos crucifijos, medallas de santos protectores, e incluso algunos se llenaban los bolsillos de ajos y hierbas.
Desde mi llegada al internado me había hecho amiga de Lisanna, una de las ayudantes de habitación, y era ella quien me contaba todo lo que se murmuraba en la cocina. El año anterior me había dado una pequeña cruz de madera que desde entonces llevaba siempre alrededor del cuello por amistad y protección.
Lisanna tenía nuestra misma edad y se escapaba a conversar con Erza y conmigo en nuestra antigua habitación, pues no era ajena al hecho de que le tengo terror a la oscuridad, no sabía que estaba en realidad promoviendo nuestras reuniones clandestinas.
Mis nuevos aposentos quedaban bastante alejados de Ultear y ya no había soplones que pudieran delatarnos.
Erza y yo le habíamos enseñado a Lisanna a leer y a escribir, y ella era atan aplicada, que con los años había llegado hacerlo tan bien como nosotras, de tal modo que nos dejaba notas debajo de la almohada anunciando cuando podría visitarnos.
Ese día su hermana estaba sirviendo el almuerzo y deslizó en mi falda una nota de parte de Lisanna cuando ponía mi plato. Sólo comí sopa con un poco de pan pues no tenía mucho apetito, y el vino no logro despertármelo. Estaba ansiosa por leer el mensaje de Lisanna, que en cuanto se nos permitió levantarnos de la mesa, corrí a esconderme detrás de un pino del jardín, donde descansaban las demás para tener algo de privacidad.
El prado estaba inundado y las botas se me mojaron, dejando entrar el agua hasta mis calcetines. Abrí la nota que estaba doblada en cuatro, no sin antes mirar a ambos lados para cerciorarme de que nadie me viera, y leí:
Viernes 31 de octubre de 1879.
Colegio de Nuestra Señora Sainte-Altair.
Cantón de Altair, Stella.
Mi muy querida señorita Lucy:
Supongo que te habrás enterado de la llegada de una nueva alumna a Sainte-Altair esta mañana. Su nombre, por si no te lo sabes aún, es Flare, y ha venido desde El pueblo del Sol, según lo que el cochero que la trajo, le contó al chico que alimenta a los caballos
Lo que voy a contarte te pido no se lo repitas a nadie a excepción de la señorita Erza, pues es tan extraño que si alguien llega a saberlo no sólo me tacharían de loca sino que me acusarían de calumnia y tendría que irme de aquí. Te suplico por esta razón (y por otras que ya comprenderás), que arrojes esta nota a la chimenea en cuanto la hayas leído.
Poco después de que llevaran los baúles de la señorita a la habitación que le asignaron (adivina cuál: ¡la mejor habitación de todo Sainte-Altair, la última del corredor del tercer piso que tiene vista al estanque!), la señorita Aries supuso que la recién llegada desearía un baño de esponja y algo de comer, así que me ordeno que le llevará un recipiente de agua, una pastilla de jabón y una cesta de panecillos de chocolate con una jarra de leche de cabra. ¡Tuve que hacer dos viajes para subir tantas cosas al tercer piso!
Como no sabía si la señorita Flare dormía, decidí abrir la puerta sin golpear para depositar lo que llevaba al lado de la cama sin despertarla.
Había puesto la comida y el recipiente de agua en el suelo del corredor para tener las manos libres y empuje la puerta con el mayor sigilo posible.
Cuando la abrí, por poco me desmayo: la señorita estaba de pie en la esquina opuesta de la habitación, con los dientes clavados en un ave. ¡Pero no creas que se trataba de una pata de pollo asado, ah no! Se trataba de un pajarillo que ¡aún estaba vivo!
La pobre criatura aleteaba tratando de zafarse de las manos de su depredadora, mientras a esta última le chorreaba sangre por las manos y el mentón.
Toma un respiro y persígnate. Si, así como lees, mi estimada señorita Lucy. Tu sabes que yo jamás te mentiría; primero le mentiría a mi Henry (de quien sigo enamorada, no lo dudes tú) y ambas sabemos que sería incapaz de esto.
Cuando me vio, la señorita Flare soltó el pajarito de inmediato (este cayo en la alfombra a medio morir, moviendo las patas y las alas) y se puso la mano sobre la boca, tapándosela a la vez que se limpiaba.
Te juro que me miro con un odio tal que no creí que persona alguna fuera capaz de hacerlo, pero me hablo con la voz más dulce que hubiera oído y sonrió (esto, te confieso, que me hizo entrar en pánico. Deseé que la tierra se abriera y me tragará, pues me habría sentido más a salvo):
- Entra y cierra la puerta tras de ti, por favor.
Le obedecí, aunque lo que en verdad quería era salir corriendo de ahí.
- ¿Cómo te llamas? – preguntó.
- Lisanna, señorita - le respondí, con una voz temblorosa, estoy segura, pues todo mi cuerpo se sacudía como una hoja al viento.
- Hola, Lisanna. Mi nombre es Flare Corona, deberías referirte a mí como señorita Corona; pero te permitiré que me llames señorita Flare, como ustedes los pueblerinos suelen hacer, para que haya más familiaridad entre nosotras, en vista de que te he tomado tanto cariño en los últimos quince segundos. Bien, Lisanna, voy a decirte algo y sólo voy a decirlo una vez, así que presta atención, querida. Lo que acabas de ver… nunca lo viste. ¿Comprendes?
Yo apenas atiné a asentir con la cabeza una y otra vez.
- ¿Qué pasa pequeña?- prosiguió- ¿Te comieron la lengua los ratones? Vamos no seas tan tímida, que me vas a poner incomoda… y yo detesto sentirme incomoda. Explícame que entendiste, para saber que contamos con un excelente nivel de comunicación.
Pude hablar de milagro, creo que el crucifijo que llevo en el cuello fue lo que me dio las fuerzas necesarias para hacerlo. Le dije:
-Comprendo que no se comió ningún pájaro, señorita Flare.
- ¿De qué pájaro hablas? – preguntó ella.
- De ninguno, señorita – le contesté.
- ¡Bien, Lisanna! Te felicito, veo que eres una chica muy inteligente y que nos vamos a llevar de maravilla. Te diré lo que vamos a hacer: haz el favor de traer a la habitación el baño de esponja que me enviaron y llévate la comida. Dásela a alguien, o cómetela tú. Pero antes de salir limpia la mancha que el…que ese animalillo que jamás existió dejo en la alfombra. ¿Está claro?
- Si, señorita Corona.
- Señorita Flare, por favor.
- Si, señorita Flare.
Cuando entre con el agua y el jabón, el pájaro había desaparecido. Note que la señorita Flare estaba quitándose la ropa tras el biombo y me incline sobre la alfombra, que tuve que lavar con la esponja que le había subido. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando ella salió totalmente desnuda y con el pelo recogido! Se paró campante y sonriente frente a mí y dijo:
- Lávame.
- ¿Cómo dice, señorita Flare? – me atreví a preguntarle con la esperanza de que cambiará de opinión, aunque sabía lo que la señorita había pedido.
Sabes que yo soy muy pudorosa y que no me gusta ver a nadie desnudo, ni siquiera a mis propios hermanos. Por este motivo, me perdonaras que no narre exactamente la espantosa experiencia que fue para mí tener que asear a la señorita Flare.
Basta con decirte que contorsionaba el cuerpo como una víbora con cada movimiento de la esponja, y que gemía de placer al entrar en contacto con el agua ensangrentada que tuve que usar para bañarla, si es que a esa abominación se le puede llamar baño. Los detalles deseo olvidarlos, y te pido que no me los exijas en el futuro.
Quede sintiéndome infinitamente sucia y no comprendo el tipo de goce que ella experimento al obligarme a lavarla, pero te aseguro que era un goce perverso. Cuando ya me iba, la señorita Flare volvió a detenerme.
- Una cosa más, Lisanna: ya te enteraras por la señorita Aries de que mi estado de salud es muy delicado y por ello debo tomar todos mis alimentos en cama. Es una lástima tener que verme privada de la compañía de las otras alumnas durante las meriendas, pero así es la… vida. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Pobres de quienes sufrimos los tormentos de una enfermedad! Por todo lo anterior, te pido en nombre de la estrecha amistad que nos une, que seas tú quien se encargue de traerme las comidas. ¡Cuánto consuelo me dará seguir viéndote a diario! Lo harás, ¿verdad, querida mía?
- Como ordene, señorita Flare.
- ¡Gracias, Lisanna! No sabes lo feliz que me haces. Ahora vete; no quisiera ser la causante de que te den una reprimenda por estar conversando tan amenamente conmigo en vez de cumplir con tus otros deberes.
- Si, señorita Flare.
- Gracias otra vez, Lisanna. Vete, pues. Vete ya, querida.
Cuando logre salir de esa habitación, corrí escaleras abajo como una endemoniada, y seguí corriendo al salir por la puerta trasera del edificio.
No pude evitar levantar la vista hacia la ventana de la señorita Flare, ¡y ella estaba allí, señorita Lucy, sonriéndome!
En cuanto pude me senté a escribirte esta carta. En el caso de que algo llegará a pasarme (¡la virgen Santísima me cuide!)Necesito que al menos tú sepas todo esto. No sé por qué presiento que estoy más protegida tomando el riesgo de contarte estas cosas que si no lo hago. ¡Dios sabe que estoy aterrorizada! Cuídate, señorita Lucy, y cuida también de la señorita Erza.
Creo que he cumplido con el deber de advertirles acerca de la señorita Flare.
Permíteme ahora reiterarte sobre mi petición de que te deshagas de esta nota de inmediato.
No quisiera tener mayores problemas de los que ya tengo. Por lo demás, te deseo que tengas un muy feliz cumpleaños si es que no llego a verte en lo que queda del día. Que sepas que estaré pensando en ti. Ora por mí, señorita Lucy, como yo lo hago por ti y por la señorita Erza. Siento que todos aquí en Sainte-Altair necesitamos de la intervención de Dios con urgencia
Siempre fiel a ti con afecto y amistad, Lisanna.
La carta de Lisanna me había dejado petrificada y ahora tenía los pies mojados y helados.
Oculte la carta dentro de mi escote y corrí a mi habitación para cambiarme los calcetines antes de que se acabara la hora del receso.
El cielo mostraba un funesto color de plomo y el cuarto estaba en la penumbra.
Había olvidado bajar la lámpara en la mañana para llenarla y tuve que quitarme las botas en la oscuridad y encontrar mis medias de lana a tientas. Cuando me calzaba otra vez, me pareció oír pasos acercándose por el pasillo.
Contuve la respiración y los pasos se detuvieron frente a mi puerta. Espere a que hubiera algún movimiento afuera de la estancia o a que alguien golpeará la puerta pero no ocurrió nada. Podía quedarme allí sentada o salir al encuentro de lo que hubiera allá afuera, pero solo se me ocurrió decir una oración, tomando mi crucifijo de madera.
De repente, sentí una corriente de aire helado y la puerta se abrió de par en par. Estaba allí. Sabía que era Flare porque una extraña vibración se desprendía de ella y no porque pudiera distinguirla con claridad.
- Hola – dijo.
- ¿Quién está ahí? – balbucí.
- Flare – respondió en un susurro que se confundió con el silbido del viento que recorría la habitación.
No dije nada. Ya no había nada que hacer. Sólo aguardar y sentir ese miedo gélido que me invadía. Podía ver la línea de sus hombros y el contorno de su torso. Estaba muy quieta, con los brazos ligeramente separados de su cuerpo.
- Has leído la nota, ¿verdad? – inquirió.
El corazón me dio un vuelco en el pecho.
- ¿La nota?
- No tienes por qué fingir, Lucy.
Conocía mi nombre.
Peor aún, sabía lo de la nota. ¿Me habría visto leyéndola detrás del pino? ¿Habría obligado a Lisanna a confesar que la había escrito? De no ser así, ¿cómo sabía de la carta, y cómo sabía quién era yo?
- Vamos, respóndeme – prosiguió-. Ya sé que la leíste. Solo quiero oírlo de tus labios. Siempre dices la verdad, ¿no es así, Lucy?
Cuando pronuncio mi nombre por segunda vez, me pareció que sus ojos iluminaban la estancia con un insólito resplandor.
Avanzo hacia mí y me tomo por el talle. Sentí un fuerte rechazo cuando su mano helada toco mi vestido. Su rostro estaba muy cerca del mío, y su mirada parecía adentrarse en mí. Nunca había visto una criatura semejante a Flare Corona.
Su aspecto era una mezcla exquisita de belleza y crueldad, fascinante y aterradora a la vez. Sus ojos parecían hablar de muerte y voluptuosidad, sus finos labios de dolor y deleite. Su aliento tenía un efecto soporífero sobre mí.
- Lucy Heartfilia- dijo en un murmullo.
Sentí como mis dedos se resbalaban del crucifijo.
La proximidad de Flare me envolvía en un vapor narcótico que hacía que las fuerzas se me escaparan.
Flare bajo la mirada a mi escote siguiendo la trayectoria de mi mano con un suspiró que pensé era sediento, pero pareció sobresaltarse de pronto. Retiro bruscamente su mano de mi cintura y se hizo hacia atrás, poniendo algo de distancia entre las dos.
- ¡Que cosa más espantosa! – exclamó.
Me sentí despertar y retrocedí hacia la cama tratando de encontrar apoyo.
- ¿Qué cosa es espantosa?- pregunté, presa del pánico. Se le veía enfurecida.
- Nada – contestó, mirando hacia la ventana.
Luego volvió su vista hacia mí y hablo con voz pausada:
- Ten cuidado.
- ¿Con qué? – me atreví a inquirir, aunque no sabía si era una pésima idea de mi parte.
- Eso decía la nota que deje esta mañana en tu escritorio.
Fue entonces cuando supe de qué nota hablaba Flare. Tuve que soltar una exhalación de alivio.
- La nota cuya existencia estas tratando de negar, ¿recuerdas?- continuo.
Me tomo un segundo caer en la cuenta de las implicaciones de sus palabras. ¿Quería esto decir que ella no sabía de la carta que Lisanna me había escrito y que aún llevaba conmigo? ¿No sabía que yo estaba enterada del episodio del pájaro, ni de aquel baño que había obligado a mi pobre amiga a propiciarle?
Al parecer, no.
Sin embargo, decía ser ella quien había dejado junto al pupitre la nota que me había producido náuseas.
- Recuerdo la nota- dije, tratando de rescatar lo que me quedaba de valor- Simplemente, no le había prestado demasiada atención. No sabía de quien era, ni a quien iba dirigida, ni que significaba. Además, la perdí después de leerla.
- Debe ser porque…yo la tengo – dijo, y para mi gran sorpresa, se la saco del vestido, abriéndola para que yo pudiese comprobar que se trataba de la misma nota.
- ¿Cómo…?
- No me gusta dejar lo que me pertenece por ahí. De todos modos, eso no tiene importancia. Lo que importa es que te vi esta madrugada observándome desde la ventana. Pocas cosas me fastidian más que la gente entrometida. Te deje la nota a manera de advertencia… y cabe decir que yo únicamente advierto una sola vez.
Levante la cabeza tratando de adoptar una postura un poco más digna, aun así seguía estando aterrada. ¿Cómo había logrado recuperar la nota? ¿En qué momento? ¡Yo había estado allí todo el tiempo cuando había desaparecido!
¿Y bien? – preguntó con una sonrisa cruel.
- ¿No puedo acaso mirar por la ventana? – pregunté, esperando no sonar demasiado desafiante. No me gustaba en absoluto el tono que empleaba Flare, pero no quería averiguar de qué era capaz.
- Mirar por la ventana, si puedes. Observarme a mí, no. En parte, confieso que me siento halagada porque eres particularmente bella…ah, cuanto detesto la fealdad. Pero no nos desviemos: como decía, si tu intención es disfrutar de mi hermosura, hazlo. Sólo no lo hagas como una estúpida fisgona. Y, por encima de todo, cuidate de entrometerte en mis asuntos.
- Yo solo observaba el paisaje. Fuiste tú quien entró en mi campo de visión.
- No tienes por qué simular ignorancia, Lucy. Sabes bien de que hablo. Algún día desearas haber sido mi amiga pero, por ahora, eres mi enemiga. No te produzco otra cosa que antipatía… lo supe desde el primer instante en que pusiste tus ojos sobre mí. Es una verdadera lástima.
Estaba claro que habría perdido mi tiempo negándoselo.
Flare no era una mujer normal, y de alguna forma, estaba informada sobre cosas que a otros les estaban negadas. ¿Quién era Flare Corona? O, más bien, ¿Qué era Flare Corona?
Antes que pudiera yo decir nada, Flare se dio la vuelta y salió de mi habitación. Apenas había cruzado el umbral, cuando la puerta se cerró sola con un golpe seco que me hizo brincar. Quede rodeada de tinieblas, sintiéndome incapaz de mover un solo dedo. Me preguntaba si en realidad acababa de vivir tan extraño suceso.
XXX
No pude concentrarme en la lección de la tarde.
¿Cómo le había hecho Flare para que la nota desapareciera debajo de mi propia nariz? ¿Era solo impresión mía o me había amenazado? Estaba segura de no haber hecho nada inapropiado al mirarla desde mi ventana.
¿No era acaso natural que todos en Sainte-Altair sintiéramos curiosidad por la recién llegada? Si Flare hubiera sido menos arrogante, tal vez me habría parecido algo vergonzoso haber sido descubierta, pero su confrontación había sido tan extraña que no podía menos que saberme perfectamente inocente.
Por si fuera poco, era yo quien tenía motivos de sobra para considerarla abominable… ¿No era ella quien comía pájaros vivos? ¿Y qué decir de la repugnante forma en que se me había acercado? Al igual que a Lisanna, me embargaba una espantosa sensación de suciedad.
Flare tenía una desagradable cualidad viscosa que impregnaba todo lo que tocaba.
¡Pobre Lisanna! Ahora tenía una idea de lo horrible que podía haber sido tener que acercarse a esa mujer desnuda. ¿Por qué tenía Lisanna que soportar semejantes ofensas?
Pensé en como la pobreza pone a tantos inocentes en circunstancias de extrema vulnerabilidad. Por más reprochables que fueran las peticiones que Flare le hiciera a Lisanna, era de suponerse que Flare encontraría alguna justificación que darle a la señorita Aries, o lo que sería aún más cruel, lo negaría todo, causando que Lisanna perdiera su único modo de subsistencia.
Quemé la carta como Lisanna me lo había pedido, y me tranquilizó no tener que esconderla más, aunque hubiera deseado que el proceder de Flare quedara expuesto ante todos.
Comí en silencio durante la cena, perdida en mis cavilaciones. ¿Por qué me inspiraba tanto miedo Flare? Trataba de imaginar cuales habrían sido mis reacciones si cualquier otra persona se hubiera dirigido a mí como ella lo había hecho y no podía dejar de concluir de que me habría comportado de un modo muy diferente.
La presencia de Flare me intimidaba a pesar de mí misma. Nunca había conocido a nadie que transmitiera tanta maldad, y era esa maldad elemental de su ser la que me hacía temerle.
Habían terminado las lecciones del día y las alumnas se entretenían cerca de la chimenea con la lectura de algún libro, tejiendo o conversando. Erza había ido a su habitación a buscar algo y yo no había tenido aún la ocasión de contarle con calma los acontecimientos del día.
Había sacado mi cuaderno de dibujos y hacia un bosquejo de mi amigo; el árbol. Lo dibujé erguido con toda su gracia como en tiempos anteriores.
En el papel, era primavera. Había florecillas en el césped y quise imaginar que el sol brillaba con alegría sobre los picos nevados, derritiendo la nieve.
Era una imagen del árbol que quería guardar para siempre en mi memoria. ¡Cuánto anhelaba el cambio de estación! Y pensar que faltaba tanto tiempo para que eso ocurriera…el invierno ni siquiera había llegado oficialmente.
- Tengo algo para ti Lucy- dijo Erza, sacándome de la escena primaveral y trayéndome de vuelta a la oscura realidad. Tenía una sonrisa pícara y algo maliciosa- Lo había preparado hace tiempo, pero pensé que este día sería una buena ocasión para… ya verás.
Acto seguido, se puso de pie y se aclaró la atención, por favor…- dijo en voz alta dirigiéndose a todas las chicas que estaban en el salón-. Como deben saber, hoy no sólo es la víspera del día de todos los Santos sino que también es el cumpleaños de Lucy. Por esa razón pensé que sería favorable despejar los aires fantasmagóricos que se han apoderado de Sainte-Altair con un sencillo poema de mi inspiración. Les pido que guarden silencio mientras procedo a declamar. Está dedicado a Jellal Fernández.
Hubo un murmullo general lleno de agitación. Todas sabían que Ultear Milkovich estaba enamorada de Jellal. Lo que nadie sabía era que Erza había tenido un romance secreto con Jellal, cuya culminación había distado mucho de ser cordial.
Erza y Jellal se habían conocido en una cena que el padre de la primera había ofrecido en Fressia, unos veranos atrás, evento en el que yo estaba presente pues pasaba las vacaciones con ella como de costumbre. Erza había deslumbrado a Jellal, y me había parecido una gran entretención hacer las veces de Cupido.
La maravillosa tez clara de Erza evocaba amaneceres llenos de nieve y sus ojos marrones chispeaban como las fogatas de los campamentos gitanos. Su nariz respingada era fascinante y su boca, siempre sonriente, daba el toque final al rostro de la que hubiese podido ser una hechicera de la raza caucásica. Lo que más me gustaba de Erza era ese pelo lacio que no se dejaba domar a pesar de las indiscutibles insistencias de la señorita Aries.
Era natural que Jellal se hubiera enamorado de ella y que hubiera comenzado a cortejarla. Si bien Jellal era muy apuesto y había logrado captar la atención de Erza deshaciéndose en galanterías, los pocos bailes en que teníamos ocasión de tratar a los muchachos, no nos daban tiempo de conversar demasiado con ninguno de ellos, y yo misma había alentado con prontitud a Erza a seguir el curso de sus sentimientos.
La naturaleza apasionada de Erza había hecho que ella se enamorara del amor, pero con el paso del tiempo, Jellal había demostrado ser creído y despótico. Los aires de superioridad que asumía y su cruel forma de tratar a quienes le servían habían hecho que Erza se sintiera obligada a quebrantar tan inmerecido orgullo a punta de burlas y sarcasmo.
Tras la apariencia altiva de Jellal se escondía la marcada debilidad de quien se preocupa demasiado por el concepto en que los demás lo tienen, por lo que las sátiras de Erza lo herían con facilidad. El último de sus encuentros había desembocado en una ardiente discusión en la que en un momento de rabia, Jellal había azotado el rostro de Erza con un pañuelo.
Desde entonces, ella se había rehusado a verlo.
Yo estaba convencida de que Jellal hubiera preferido seguir tolerando los astutos comentarios de Erza a enfrentarse con su desdén.
Y ahora Erza le había escrito un poema. Me invadía la curiosidad.
Las chicas estaban entusiasmadas; Todo lo que Erza tuviera que decir por decir era de sumo interés para nuestras compañeras de Sainte-Altair pues conocían su carácter alegre y bromista y sabían que tenía la capacidad de sorprenderlas en cada ocasión.
Era, entonces, uno de esos maravillosos momentos en que Erza decidía darnos un espectáculo y todas escuchábamos con atención. Se abrió un círculo alrededor de ella, y después de hacer una profunda reverencia con una simulada propiedad, recitó:
Reclama que no has reclamado, perverso estrago débil. Cuánto tiempo en ti he gastado, ¡oh, monólogo aburrido! Ronquido de mi ilusión, rey de linaje descompuesto. Entre bostezos te halagas, ¡bufón de vestido ostentoso!
Fuiste en otro tiempo tan amable, tan embaucador y meloso, que así lograste engañarme, ¡gusano pegajoso! Yo hubiera bien apostado, sopa de trapo verdoso, que eras un troll reencarnado… ¡gorro de duende leproso!
¡Que no, que no te quiero! ¿Por qué el comportamiento vanidoso? ¿O juzgas digno de amor un catarro contagioso? ¡Truenos, rayos y centellas! ¡Otro grito exagerado! Pareces una doncella sin poeta ojeroso.
Cierto es que no te olvido, brujo verrugoso. De mis recuerdos guardados, tuyos son los más penosos. Si a dónde vienes, siempre torpe y dudoso, ¿Cómo borrar tus desfiles afectados y embarazosos?
Si mi verso te molesta por blasfemia cochina, si con el dedo te apuntan en un lugar turbulento… Enhorabuena, querido, ¡mira tú aureola brillosa! Era justo y merecido: has logrado ser famoso.
Un clamor de carcajadas brotó en la habitación.
- ¿Me la copiarás, Erza?- pedía una chica.
- ¡Bravo! ¡Recítala otra vez! ¡Quiero escucharla de nuevo!- decía otra.
Erza inclinaba la cabeza graciosamente, mientras Ultear se había puesto de un color cereza intenso que incrementaba nuestro deleite del momento, y se había retirado a un rincón. Era obvio que trataba de contenerse para no demostrar su humillación. Hasta ese momento la reputación de Jellal Fernández en Sainte-Altair había sido intachable, pero de ahora en adelante el muchacho sería, sin duda, motivo de burlas.
Esto, por supuesto, no sería nada conveniente para Ultear, quién era tan vanidosa como él. Debieron pasar cinco minutos para que el salón recuperase su relativa calma.
En un momento determinado, pareció como si la intensidad de la luz de la habitación disminuyese notoriamente y las miradas de todas se dirigieron a la puerta principal. Cuando vi a Flare parada en el umbral, comprendí por qué se hizo un silencio absoluto. Flare aplaudió lentamente mientras avanzaba en línea recta en dirección a Erza con una sonrisa mordaz.
- No sabía que hubiera comediantes en Sainte- Altair - dijo, y toda la alegría que Erza había difundido en el salón hacía pocos minutos atrás se esfumó sin dejar rastro - ¿Tu Eres…?
- Erza Scarlet- replicó mi amiga frunciendo el ceño- Y no, no hay comediantes en Sainte- Altair. El poema que acabo de declamar es la pieza más seria que he escrito.
Sin decir más, Erza le dio la espalda a Flare y fue a sentarse a mi lado. Todas las chicas seguían con los ojos clavados en Flare, cuya expresión había mutado de burlesca a inexpugnablemente seria.
La señorita Aries, quién se había apresurado a ir al salón en cuanto escucho las risotadas de las alumnas, intervino a tiempo para que Flare retirara del rostro de Erza una mirada de intenso odio.
-Señoritas, esta es su nueva compañera Flare Corona. Hagan el favor de venir una a una a saludarla. Veamos… comencemos contigo, Lucy.
-Ya nos hemos conocido señorita Aries - respondí, sin agregar ninguna explicación más. No estaba dispuesta a dejar mi cómodo asiento para presentarle mis respetos a Flare, muchísimo menos después de la forma en que nos había hablado a Erza y a mí.
-¿Ah…? Entonces sigamos con Erza.
- También nos hemos conocido ya, señorita Aries. Flare elogiaba un pequeño poema que acabo de compartir con el grupo.
-¡Ah…! Maravilloso… Bien, ya que han roto el hielo entre ustedes, las formalidades están de más, Flare, querida, siéntate donde quieras y ponte a gusto. Las chicas que aún no has conocido irán a saludarte.
Flare había perdido y lo sabía… Aún así lo oculto bastante bien y fue a sentarse en una butaca que estaba cerca del piano. Algunas chicas (Ultear Milkovich fue la primera) se acercaron a ella, y por fin pude hablarle a Erza cuando la atención de nuestras compañeras se dispersó.
- Detesto a Flare- le dije.
- Yo también-replicó mi amiga -¿Quién demonios se cree que es?
- Exactamente eso – le respondí.
- ¿Exactamente qué?- preguntó
- El demonio.
En cualquier otra ocasión esta conversación nos habría divertido, pero cuando se trataba de Flare no había nada digno de risa. Ambas intuíamos que había mucho de cierto en la última afirmación que yo había hecho. Erza se quedó callada unos instantes, mirándome con algo de preocupación.
-Cuéntame lo que ocurrió- pidió.
Procedí a contarle las cosas que a Lisanna y a mí nos habían sucedido en el transcurso del día, y ella escuchó con aparente calma, aunque yo sabía que tenía los nervios de punta. Nunca había visto a mi amiga tan callada como aquella noche.
Después de que Erza y yo nos dimos las buenas noches frente a su habitación en el segundo piso me dirigí a mi cuarto muy atemorizada. Aunque habíamos ido a la capilla a rezar, no me sentía nada segura sabiendo que Flare dormía en el edificio.
Recordé que Lisanna me había contado cuál era su habitación, y me di ánimos pensando que al menos quedaba en el extremo opuesto a la mía. Desee haber subido cuando las otras chicas del tercer piso lo habían hecho; la visita a la capilla me había retrasado media hora y los corredores solitarios promovían ideas poco alentadoras en mi mente.
Atravesé el tramo de las escaleras corriendo, aunque no veía nada. Ascendí con tanta rapidez como las condiciones me lo permitían, pero me sentía muy torpe. Eran muchos peldaños y yo estaba demasiado asustada. Esperaba que Flare me agarrara por el tobillo en cualquier momento.
Empecé a jadear. Me sentía observada, sin posibilidades de ver a mi observador. Mi miedo comenzó a transformase en pánico y mi imaginación se desbordó. ¿Y si Flare era una asesina? ¿Y si era un demonio que había llegado a Sainte-Altair para robarse nuestras almas?
Me enredé en mi propia falda y caí con fuerza magullándome las manos y las rodillas. Trate de incorporarme y tuve ganas de llorar, pues dolía mucho. Me sentí como una pequeña niña por sentir tanto dolor a causa de semejante tontería. ¿Desde cuándo tropezarse y caer dolía tanto?
Sin ver más allá de mi nariz, encontré la barandilla y me obligué a levantarme. Me había lastimado bastante y tendría que subir el resto de las gradas con suma lentitud. Me propuse relajarme un poco y hacer mi tarea con paciencia.
- Así que ahora me desafías en público, Lucy Heartfilia.
Se me heló la sangre. Sabía que tenía a Flare en frente porque reconocí su voz, aunque no veía nada.
- No te veo Flare- musité sin poder agregar nada más. Tenía un nudo en la garganta. ¿Qué hacer? ¿Estaría a tiempo de correr escaleras abajo? ¿Podía ella verme a mí?
- Te lo advertí, Lucy -dijo-. Ahora desearas no haberme retado. Más te valdría haber sido muda.
De repente algo me alcanzó por detrás, atrapándome por la cintura y levantándome. Di un grito contundente que con seguridad se oyó en todo el edificio. Aquello que me sostenía tenía mucho poder y no tenía que hacer el mayor esfuerzo por tenerme levantada del suelo.
Pataleé con todas mis fuerzas sin lograr soltarme. Sentí que una mano invisible tomaba el crucifijo que llevaba atado en mi cuello y no pude más que pensar que mi hora final había llegado. Realice una plegaría al cielo, encomendándome a Dios para que perdonara mis pecados antes de expirar.
En vez de eso, un olor a carne quemada llego a mi nariz y Flare profirió un alarido espeluznante frente a mí. De no haber sido tan profundo mi desconcierto, me habría desmayado: si Flare estaba frente a mí ¿quién me había sujetado?
- ¡Te concidam maledicte! - Aulló Flare en un latín desafinado que me dejó sin aliento, y la escuché alejarse siseando en medio de los que parecían ser chillidos de dolor.
Fui depositada sobre el suelo con cuidado. No bien había tocado el escalón con los pies, el ser desconocido que me había estado aferrando me soltó. Creí oírlo correr escaleras abajo, pero estaba tan aterrada en ese momento que no podía confiar en mis percepciones.
-¿Lucy? ¿Lucy? ¿Eres tú?- Era la voz de Erza que gritaba desde el corredor del segundo piso. El alma me volvió al cuerpo.
-¡Erza! ¡Estoy aquí! ¡No veo nada!
- ¡Espérame allí no te muevas de donde estés!
Temblorosa, me pegué a la pared y tomé un respiro. El contacto con el muro frío me daba una cierta sensación de seguridad. Pronto percibí una pequeña luz acercándose a mí y pude distinguir la silueta de Erza.
-¡Lucy! ¿Estás bien? – preguntó Erza, alcanzándome.
-Erza, ¡Gracias a Dios estas aquí!- respondí.
-¿Qué ocurrió? ¡Escuché unos gritos horripilantes!
- No lo sé, Erza… Me caí… y… Flare estaba allí, algo me levantó y no sé qué pasó estoy muy desorientada.
- ¿Te hizo daño?
- Creo que no, pero no podría asegurarlo
-¿Qué fue todo ese escándalo?
- Creo que necesito sentarme para comprender lo que paso. Casi no puedo sostenerme de pie, estoy muy adolorida.
- Ven te acompañaré a tu habitación- dijo Erza, poniendo mi brazo por encima de su hombro e iniciando la marcha.
-¿Qué hacías sola en la oscuridad después de semejante día? -prosiguió mientras subíamos uno a uno los escalones restantes que conducían al tercer piso- No sé cómo no me percaté de que no tenías con que alumbrar el camino, ¿Por qué no me pediste una vela cuando nos despedimos?
- No pensé en ello…- respondí, cayendo en la cuenta de mi estúpido error.
- Al menos yo ya estaba en mi habitación, bien acompañada. Hace rato que Meredy está acostada en su cama.
- La verdad, no me explico cómo no se me ocurrió en ese momento. No me entiendo a mí misma últimamente y no entiendo nada de lo que pasa ¡Nada!
Llegamos a mi habitación y Erza me ayudó a sentarme sobre la cama.
- Dios mío, Erza, ¡que susto he tenido! cuanto me reconforta tu presencia; si no me hubieras llamado no sé qué habría hecho.
- ¡Pues qué bueno que gritaste! Por suerte aún estaba despierta…Ahora sí, trata de explicarme lo que pasó allá afuera.
- Bueno… después de dejarte en tu habitación me sentí inquieta y comencé a subir las escaleras a tientas… y luego me asusté demasiado al pensar en Flare y en como las llamas de las velas se hacen más pequeñas cuando ella entra en una habitación… y en la posibilidad de que ella tenga al demonio dentro… en fin, tropecé y me golpeé, e inmediatamente después Flare apareció frente a mí pero no pude verla. No entiendo cómo sabía quién subía por las escaleras en ese momento, Erza, estoy segura de que debía estar acechándonos entre las sombras esperando a que una de las dos estuviera sola. ¿Te das cuenta? ¿Será posible que hubiera estado aquí en mi habitación esperándome, y que al no encontrarme, hubiera decidido esperarme en las escaleras? ¡Cielos! ¡Es terrorífico! Como decía, Flare me habló desde las tinieblas, profiriendo algún tipo de amenaza por motivos que no puedo entender con la mente, pero si con el corazón. Estaba dispuesta a hacerme daño, lo juro. ¡Casi me mata del susto! Pero algo o alguien a quién no podía ver me elevo del suelo y entonces fue que me oíste gritar. Luego Flare gritó, lo que también debiste haber escuchado, y dijo que me mataría, no en Stellano sino en latín ¡Y con la voz más aterradora que puedas imaginarte!... Y luego salió huyendo. Creo.
- Espera vas demasiado rápido. ¿Quién te elevó del suelo? –Cuestionó Erza con los ojos abiertos de par en par.
- No lo sé, no fue Flare. Bueno en realidad no estoy segura de nada, pero Flare aullaba frente a mí mientras esa cosa o persona me sostenía en sus brazos.
- ¡Esto es lo más horrible que he escuchado en toda mi vida! ¿Quién pudo haber sido?
- No tengo idea- repliqué- pero estaba convencida de que Flare iba a hacerme algo, y después, cuando ese otro ser apareció, ella se fue aullando.
- ¿Cómo se sentía?
- Como si una persona enorme me tuviese alzada por la fuerza y no me soltara-conteste.
- ¿Y tienes la certeza de que no se trataba de Flare?
- Sí. A ella la escuchaba y sentí su respiración todo el tiempo. A menos que se hubiera duplicado, no era ella quién me sujetaba. Además era muy grande y Flare es pequeña y tan solo un poco más alta que yo.
- ¿Qué fue lo que te dijo ella en latín, exactamente?
- Dijo… dijo… ¡Rayos! Espera, que se me escapa, me parece que dijo: ¡Te concidam maledicte!
- ¿Estas segura de que dijo maledicte, y no maledicta?
- De eso si estoy segura- dije-. Y es muy extraño puesto que me hablaba mí que soy mujer y no a un hombre. Eso al menos que el latín de Flare sea pésimo… caso en el que no expresaría maldiciones con tanta soltura en ese idioma sino en otro ¿no crees? ¿No te parece un momento demasiado único como para emplear una lengua que no se domina bien?
- Tienes razón -dijo Erza-, Además Flare Corona da la impresión de ser bastante refinada, por la forma en que se expresa. No parece ser alguien que comete errores al hablar… y sería lógico que en un momento de rabia se exprese en un lenguaje que conoce muy bien. Yo empleo Fioreano antiguo cuando estoy furiosa. A Flare por ejemplo desearía decirle que es una malvada víbora en mi lengua materna… ¡Y cuanto más lo disfrutaría si lo hiciese así que en Stellano!
- Es cierto- Coincidí con Erza- Por lo tanto no entiendo que ella haya dicho maledicteen vez de maledicta, ¿Por qué utilizaría el vocablo en su forma masculina? Sería absurdo que me dijese ¡Te destruiré maldito! A menos…
- ¿A menos qué?
- A menos que le estuviera hablando a un hombre – sentencié.
- ¿Entonces?- preguntó ella.
- Había otro ser allí. El que me estaba sosteniendo
- Eso implicaría que Flare si podía ver a quien estuvo ahí, aún en la más completa oscuridad…
- Y que era de género masculino- concluí -. ¿De quién podría tratarse? ¿Por qué me retenía? Si hubiera querido dañarme, ¿Por qué me devolvió al suelo intacta?
- Hay muchas cosas que no están claras- prosiguió Erza, había tomado una pausa para tragar en seco-. Una de ellas es porque gritó Flare. Si estaba dispuesta a cumplir sus amenazas ¿por qué huyó? ¿Qué la obligó a retirarse?
Ambas tratábamos de encontrar una respuesta satisfactoria. De repente Erza preguntó.
-¿Qué pasó entre el momento en que ese ser te atrapó y la maldición de Flare?
Intente ordenar los pensamientos que daban vueltas en mi cabeza. Los sucesos volvieron a mí.
- Eso… esa cosa que me alcanzó… ese ser se apoderó de mi crucifijo, sin soltarme
- ¿Y después qué?
-Después oí a Flare gemir como si sintiera mucho dolor.
- Es raro. ¿Por qué tomaría tu crucifijo? No tiene razón de ser.
- Y aún así es lo único que ocurrió antes de que Flare gritara. Podría haberlo arrancado del cordón, pero aquí sigue colgado de mi cuello… a ver, acércame tu lámpara… déjame asegurarme de que no se haya resquebrajado. Me da la impresión de que esta madera es algo frágil.
Erza acercó su cabeza para examinarlo también. Lo tomé entre mis dedos y lo puse a la luz. Estaba húmedo. Ambas dimos un salto hacia atrás al mismo tiempo. Mi crucifijo estaba teñido de sangre.
-Lucy, ¿qué diablos está pasando aquí? –Gritó Erza.
- ¡Exactamente eso!-exclamé yo
- ¿Exactamente qué?
- Lo que has dicho, y de lo que hablábamos en el salón: ¡El diablo está pasando por este lugar! Erza, sólo el demonio puede hacer que Flare Corona se retire humillada ¿Crees que estuve en los brazos del diablo? –pregunte trémulamente con los ojos llenos de lágrimas.
- Por favor Lucy, ¡Quítate esa cruz ensangrentada ya mismo, te lo suplico!
Erza comenzó a corretear tras de mí para zafarme el crucifijo, y yo a tropezar con todo en mis ansias de deshacerme de él sin tocar la sangre. Antes de que lográramos coordinar nuestros movimientos, la puerta se abrió.
Erza y yo lanzamos un alarido unisonó, abalanzándonos la una a los brazos de la otra.
-¿Se puede saber que está ocurriendo aquí?- pregunto la señorita Acuario, visiblemente enojada. Tenía puestos un camisón y un gorro de dormir.
- La cruz… ¡tiene sangre! Y el diablo, ¡el diablo me tomó en sus brazos!- dije en cuanto pude tomar aire para hablar.
-Pero que boberías dice usted, Lucy ¿de qué cruz habla?
-¡De la que cuelga del vestido de Lucy, Señorita Acuario! ¡Véala usted misma! ¡Está cubierta de sangre húmeda!-replicó Erza.
-Acérquese Señorita Heartfilia- ordenó. Fui hasta donde ella estaba. Aún temblando de terror. La señorita Acuario elevó un poco la lamparita que traía y se acomodó las gafas para ver mejor.
- Esta cruz está limpia Señorita Heartfilia - dijo la señorita Acuario.
Tuve que fijar la vista de nuevo en la cruz que ahora sostenía la señorita Acuario. Estupefacta, volví a tocarla. Era cierto: la cruz estaba seca y la madera lucía tan clara como el día en que me la había regalado Lisanna.
- Erza… la cruz no tiene sangre- balbucí. Erza se acercó incrédula.
- ¿Cómo…? - fue todo lo que pudo decir mi amiga cuando comprobó lo que la señorita Acuario decía.
- Bueno, bueno, bueno…-dijo la señorita Acuario- Señorita Heartfilia, y Señorita Scarlet ¿no están ya muy grandecitas cómo para dejarse influir de forma tan supersticiosa e infantil por las habladurías de los lugareños? ¿No deberían concentrarse en sus deberes en vez de pensar en leyendas de diablos y fantasmas? Sé que es la víspera del día de Todos los Santos, pero por caridad, ¿Podrían dejarnos dormir?
Erza y yo la mirábamos enmudecidas.
- Ya saben- prosiguió- que las visitas entre alumnas están terminantemente prohibidas a esta hora. Y también saben que serán castigadas.
- Señorita Acuario, Erza tuvo que acompañarme porque…
- ¡Basta ya!- me interrumpió- basta de bromas, basta de rarezas y sobre todo basta de mentiras ¡Me tienen harta con su indisciplina! Señorita Scarlet, haga el favor de acompañarme. Me aseguraré de que llegue a su cuarto, no sea que se le ocurra regresar a crear alboroto con Lucy. Y usted señorita Heartfilia…-dijo mirándome indignada- no trate de hacer una de las suyas para enredarme y evadir su castigo. Se quedará en su habitación cuando yo salga y no volverá a salir de esta hasta el lunes siguiente.
- Pero, Señorita Acuario, ¡es el fin de semana! ¿Qué voy a hacer aquí encerrada por dos días? – protesté, aunque sabía que era en vano.
- ¡Debió haber pensado en las consecuencias de sus actos antes de hacer semejante escándalo!-replicó la señorita Acuario- la señorita Scarlet también estará encerrada todo el fin de semana. Para cambiar, tal vez puedan hacer sus deberes. Las comidas se las traerán a sus respectivas habitaciones. No se diga más. ¡Habrase visto! La veré el lunes en clase, señorita Heartfilia. Vamos, entonces señorita Scarlet.
- Buenas noches señorita Acuario- dije mirando al suelo.
En esos momentos lo último que necesitaba era estar atrapada entre cuatro paredes sin escapatoria alguna ¿Y si el diablo aparecía de nuevo? ¿Y si Flare estaba escondida debajo de mi cama en ese mismo instante? Además. ¡Necesitaba poder hablar con Erza o con Lisanna para aclarar las cosas que habían pasado!
La Señorita Acuario cogió a Erza de la muñeca y se la llevó, no sin que antes nos dirigiéramos una mirada de mutua compasión. Al salir, nuestra institutriz le puso llave al cerrojo por fuera. Dejándome completamente sola… y a merced del enemigo. Ese oscuro día de octubre cambió nuestras vidas para siempre. Ese día cumplí dieciocho años.
FIN DEL CAPITULO 1: EL INTERNADO… PROXIMO CAPITULO: ENEMIGA MIA
