Fecha de publicación de nuevo capítulo: cada domingo, salvo motivo de fuerza mayor.
Prólogo
Le llamó la atención desde el primer momento que la vio. No parecía la clase de mujer que frecuentaría aquellas calles de mala muerte. Parecía una mujer de alta alcurnia, no una prostituta, una gitana o una vieja con malas pulgas y las manos demasiado largas. Aunque él no fuera más que una diminuta rata callejera, sabía distinguir muy bien los objetos de valor de aquellos que no valían nada. Por eso, estaba seguro de que solo su capa era de un material lo bastante rico como para dar de comer a diez familias durante un mes.
Acarició su propio colgante de hierro y maldijo en un susurro. Su madre murió al darle a luz y su padre era poco más que un estúpido borracho sin trabajo, ni aspiraciones de futuro. Su casa no era más que una choza medio caída a la que su padre acudía a dormir la mona. En esos días rezaba porque no volviera de mal humor. Desgraciadamente, su padre no era muy hábil jugando a las cartas y perdía el poco dinero del que disponía. Ese dinero que su diminuto hijo conseguía robando y jugándose la vida por mandato suyo. Desearía que hubiera muerto él en lugar de su madre. Seguro que ella era como aquel ángel cubierto de terciopelo.
La mujer dobló la esquina y asomó unos bellísimos ojos verdes que eran del color de las esmeraldas. Su tez era tan blanca y nívea que se confirmaron sus sospechas. Aquella mujer pertenecía a la clase alta. Nadie que no fuera un ladrón que se dedicara a su oficio escondido en la sombra podía tener la tez blanca. Tan solo un noble. Siempre ocultos en sus castillos y sus fortalezas, siempre bajo la sombra que sujetaba uno de sus sirvientes. Aquella mujer era una dama importante que, claramente, no sabía dónde se había metido.
Fue más la curiosidad que sus intenciones de socorrerla de ser necesario lo que lo empujó a seguirla. Oculto en las alturas, movió sus pies descalzos sobre las tejas que ya conocía de memoria sin necesidad de ver por dónde pisaba y la siguió. La dama parecía saber muy bien a dónde se dirigía. La siguió sobre los tejados por las estrechas calles. Cada vez que alguien levantaba la cabeza y se fijaba en ella, se mordía el labio. No sabía exactamente el porqué, pero no quería que le hicieran daño. Ella parecía una mujer de buen corazón. ¡No debió ir allí sola!
Apoyó un pie en un hoyo y se lamentó al sentir la humedad del barro. Había estado lloviendo hasta el día anterior. La mayor parte de los tejados estaban llenos de porquería mojada. Aunque, al menos, no tenía unos zapatos que estropear. Solo sus pies…
La siguió y la siguió hasta que la dama no pudo avanzar más. No había llegado a su destino. Unos hombres que él bien conocía le bloqueaban el camino. Aquellos hombres eran de la peor calaña. No se conformarían con tan solo robarle, la querrían a ella. ¿Y qué podía hacer él? En el mejor de los casos, le darían una buena paliza y tendría que presenciar cómo violaban a la dama. En el peor, lo matarían muy lentamente. Lo mejor sería que se marchara. No era su lucha. No iba a dar su vida por una mujer a la que no conocía y que jamás lo habría mirado durante más de un segundo, aunque estuviera delante de ella muriéndose. Dio media vuelta ignorando los sucios comentarios de aquellos hombres, pero fue incapaz de dar un solo paso. Algo lo detuvo. Quizás fue el hecho de que siempre deseó que, de haberla conocido, su madre fuera como aquella mujer. Tenía que intentarlo o jamás se lo perdonaría. Su madre nunca se lo perdonaría…
― Dame fuerzas, mamá. ― le dio un beso a su colgante de hierro mientras una idea cruzaba su mente fugazmente.
Su madre siempre lo ayudaba desde el cielo. Reunió unas cuantas piedras de ese tejado y comenzó a lanzarlas sobre los atacantes de la dama. En cuanto lanzó la última de ellas, se escabulló por el tejado y la pared hasta posar los pies sobre la calzada de piedra y, aprovechando la consternación de los atacantes, agarró la mano de la dama y tiró de ella para que lo siguiera.
― ¡Tiene que darse prisa!
La dama no corría muy de prisa, pero hacía lo que podía. A sus espaldas escuchaba a los atacantes perseguirlos, maldiciendo, y asegurándole que pagaría caro por aquello. Quizás fue por eso que se negó a rendirse. Tenía que salvar a una dama y, luego, su propio pellejo. Si lograba sacarla de ese barrio y llevarla hasta la calle principal, donde siempre estaban los guardias reales, estarían a salvo. Después de eso, él tendría que andarse con más cuidado que nunca para lograr sobrevivir.
― ¡Por aquí!
Dobló la esquina con la dama. Uno de aquellos hombres había atajado para cortarles el paso. Sabía lo que pretendían y no tenían otro camino. Masculló una maldición y volvió a tirar de la dama. Recorrieron varias callejuelas bajo el acoso de aquellos gritos hasta que dieron con un escondite. Bloqueó la puerta con una silla que impediría girar el pomo. Si tenían un poco de suerte, no se les ocurriría mirar allí adentro.
― ¿Por qué me ayudas, muchacho?
― Porque no tiene pinta de saber defenderse, señora. ― respondió en un susurro para indicarle que no debía hablar muy alto.
La dama asintió con la cabeza entendiendo y se quitó la capota que cubría su rostro. Era rubia, tal y como él imaginó que sería.
― ¿Sabes quién soy? ― le preguntó.
Sacudió la cabeza en una negativa. Se acordaría de una dama tan bella.
― Me has salvado la vida. ― sonrió ― Nos has salvado a los dos.
Entonces, la mujer se abrió la capa. Bajo un bello vestido verde le mostró su abultado vientre a causa de un embarazo. No debía faltarle mucho para dar a luz. Seguramente por esa razón una mujer tan joven era tan lenta corriendo. La sola idea de que esos hombres la hubieran matado brutalmente junto a su bebé no nato, le removió el estómago. Había hecho bien; tomó la decisión acertada al acudir en su rescate. Ojalá su bravuconada no fuera en balde y lograran sobrevivir.
― Gracias.
La mujer se inclinó y le dio un beso en la frente. Era el primer beso que le daban en toda su vida. Se sentía bien. Le gustaba. Ojalá hubiera podido disfrutarlo más… Los habían encontrado y golpeaban la puerta dispuestos a cogerlos a toda costa. Allí adentro estaban atrapados, solos. Si los cogían ahí adentro…
― Yo la protegeré.
En respuesta, la dama tiró de él para que se abrazara a su cuerpo y una solitaria lágrima resbaló por su mejilla de porcelana. ¿Lo protegía? Conmovido, apoyó la cabeza contra su vientre y la rodeó cuanto pudo con unos brazos más largos de lo normal para un niño de su edad debido a su estatura, pero demasiado cortos como para rodearla por completo. ¿Eso era lo que se sentía cuando se tenía una madre? Merecería la pena morir por esos instantes.
― ¿Cómo te llamas, muchacho? ― le preguntó.
― Inuyasha…
― Rezaré por ti Inuyasha, para que nadie te haga daño.
― Y yo por usted. ― le prometió.
Así los encontrarían. Con los ojos cerrados murmurando una plegaria al señor para salvar la vida del otro, para obtener compasión. Sintió un movimiento. El bebé se movía dentro de la barriga de la dama. Daba patadas que golpeaban contra su mejilla y podía escucharlo. ¿Sabría que estaban en peligro? ¿O le estaba saludando? En cualquier caso, aquella criatura inocente no merecía morir sin haber llegado a ver la luz del sol tan siquiera. Rezó también por el bebé.
Se sacudió y tembló cuando escuchó como la puerta se astillaba tras ser derrumbada. La mujer reforzó su agarre, y deseó que terminara pronto. Si no iban a salvarse, que al menos no sufrieran demasiado. Nada de eso sucedió. Todo estaba en silencio y en calma. Abrió un ojo, sorprendido, y, después, el otro. Aquellos no eran los hombres que los perseguían, no eran esa chusma. Aquellos eran dos auténticos guardias reales. ¿Qué harían allí? Siempre solían estar en la calle principal. Descubrió la razón unos minutos más tarde cuando una figura masculina imponente entró en el almacén. Solo había que mirar su corona. Aquel hombre era el rey.
― Cariño… ― musitó la mujer.
El rey la miró como si acabara de ver revivir a un muerto. Parecía que acabaran de quitarle encima la peor carga que había soportado nunca. Sus cabellos azabaches perfectamente cortados se agitaron cuando caminó hacia ella y la tomó entre sus brazos. Se apartó y contempló la escena, empezando a entender. Si ese hombre era el rey y trataba tan cariñosamente a la dama, ella debía ser ni más ni menos que la reina. ¿Había salvado a su reina?
― ¿Por qué estabas aquí? ¿Sabes lo preocupado que estaba por ti, mi amor?
― Quería ver por mí misma a los niños de los que habló aquel campesino en la corte. ― le echó un rápido vistazo ― Lo siento, fui una estúpida.
― La próxima vez, yo mismo te acompañaré. No lo repitas nunca, por favor.
Volvió a abrazarla. Pensó que el rey tenía una mirada compasiva y llena de amor. La reina era una mujer afortunada.
― ¿Y este muchacho? ― volvió la cabeza hacia él.
― Es tal y como lo describió aquel campesino… ― musitó ella apenada ― Aunque hay esperanza. Me ha salvado la vida, mi rey.
― ¿Habéis salvado a mi reina? ― le preguntó con una sonrisa ― Eso merece una buena recompensa.
Jamás habría imaginado lo que sucedió a continuación. El rey lo cogió en brazos y lo cargó contra su cuerpo para llevarlo montado a caballo junto a él. En unos pocos minutos, se encontraban recorriendo el camino real hacia el castillo. La reina era transportada de un carruaje para su seguridad. Nunca había montado a caballo. Se sentía alguien importante por primera vez en su vida.
― ¿Te gustaría ser guardia real? ― le preguntó ― Tendrías un hogar, comida, un sueldo, posibilidades de ascenso, y serías un valiente caballero del reino.
― ¿Yo puedo ser guardia real? ― preguntó ilusionado ante las nuevas perspectivas.
― ¡Por supuesto! No se me ocurre a nadie mejor que tú. ― contestó convencido ― Ya has demostrado tu valía salvando hoy a mi reina. Te has ganado un puesto para ser entrenado como guardia real. ― le informó ― ¿Tienes padres? ¿Debiera informarles?
― Mi madre murió y a mi padre no creo que le importe que desaparezca… ― musitó.
En respuesta recibió una cariñosa caricia en la cabeza. ¿Aquellos seres tan maravillosos eran sus reyes? Los nobles que había visto de lejos no parecían tan humildes.
― ¡Cariño! ― gritó la reina ― ¡Ya viene!
La caravana que escoltaba a la reina aceleró el paso en cuanto la reina dio la noticia de que había entrado en labor. El rey estaba muy nervioso, mas trataba de ocultarlo con su mirada férrea. Él también. Deseaba conocer al bebé que la reina llevaba en su vientre. Sabía que tenían ya un hijo de su edad que heredaría el trono. ¿Tendrían otro hijo? ¿O una princesa?
― Acabo de tener una gran idea. ― el rey se volvió hacia su esposa en el carruaje ― ¿Qué te parece si Inuyasha se ocupa de la protección de nuestro segundo hijo?
― ¡Cariño! ― exclamó con los ojos brillantes ― ¡Me encanta la idea!
― ¿Y tú qué dices, Inuyasha? ¿Protegerás a nuestro hijo cuando seas un hombre?
Lo sentía como si fuera su hermano. ¿Cómo no iba a protegerlo?
― Sí, señor.
Tras una hora de parto, la reina dio a luz a una niña. El rey le puso el nombre de Kagome y permitió que la viera después de que lo bañaran a fondo y le dieran ropas nuevas. Estaba muy contento de llevar sus primeros zapatos, aunque le hacían heridas, y lo pusieron junto al príncipe heredero para ver a la niña. La niña estaba arrugada y con la cara roja por el esfuerzo de nacer. Tenía los ojos cerrados y cabellos azabaches como los de su padre que indicaban que no heredaría la belleza dorada de su madre. Aun así, la amó desde ese instante.
