Había una amenaza, surgiendo entre sombras. Una figura de cabello largo y ondulado, que avanzaba con determinación a través del suelo de rocas, a través de la fría noche.
Había un libro en su mano, que emitía una especie de brillo con el reflejo de la luz de la luna y las estrellas, que se filtraban por las enormes ventanas a su alrededor. A medida que la figura caminaba, sus manos apretaban el lomo del libro con más fuerza, y llegaba a distinguirse el nombre grabado en su cubierta con letras plateadas.
Sus ojos centellaban de una forma casi inhumana, con un resplandor rojizo. Su caminar era tan determinado y preciso, tan firme y decidido, como solo puede verse en alguien que ha tomado una decisión y está avanzando a pasos largos hacia ella, completamente convencido, sin posibilidad de dar marcha atrás.
¿Qué cosa podía motivar semejante determinación y deseo? ¿Qué estaba por hacer? ¿Qué estaba a punto de pasar? El brillo en sus ojos, casi malvado, no auguraba nada bueno.
Y finalmente, lo otro: la daga.
Había una daga entre sus dedos, semi-escondida en un pliegue de su túnica. Una cuchilla con un mango grueso y un filo alargado y curvo. La hoja del instrumento iba como en zig-zag, como la rama de un árbol que crece hacia el cielo haciendo curvas.
Definitivamente, no querrías cruzarte en medio de la noche con alguien así de siniestro y portando dicho objeto consigo, yendo decididamente a hacer algo que no podía ser nada bueno. El sujeto era, sin lugar a dudas, peligroso.
Pero no estamos aquí para hablar de él.
No, para nada. Esta historia es otra cosa. ¡Es una historia de amor!
Y, como toda buena historia de amor, comienza una noche de primavera en la que los pájaros parecían aun cantar, las estrellas brillaban como nunca en el cielo, y las aguas del Lago Negro parecían moverse con un murmullo que recordaba al canto de las sirenas. Quizás, de hecho, hubiera sirenas en el fondo haciendo el amor y provocando ese movimiento. ¿O era solo la imaginación de algún estudiante adolescente enamorado y acalorado?
En los jardines de invierno de Hogwarts, se oían las risas de dos de ellos. Dos adolescentes claramente enamorados. Los cristales de los invernaderos reflejaban la luz de las estrellas, pero también las sombras moviéndose rápidamente de dos chicos que corrían de la mano, riendo.
Cruzaron a toda prisa el suelo empedrado y a cielo abierto del patio donde solían tomarse los descansos entre clases. En el medio del lugar había una bellísima fuente lanzando chorros de agua hacia el cielo nocturno, y en algún lugar distante parecía oírse el sonido de un hipogrifo, como si Buckbeak estuviera por allí, volando en lo alto.
Harry y Hermione rieron mientras atravesaban el patio en medio de la noche, completamente solos, mientras el resto del castillo dormía muy a lo lejos por encima de ellos, en lugares muy distantes de ese enorme lugar.
-Fue divertido -dijo Hermione, deteniéndose y mirándolo a los ojos con una sonrisa de par en par que exhibía sus relucientes y blancos dientes propios de alguien que es hijo de dos dentistas.
-Sí, lo fue -respondió Harry, devolviéndole la mirada.
-Creo que eres una mala influencia para mí, Harry.
-Oh -Harry pareció tomarse en serio el comentario por un segundo-. Lo siento, sé que tenemos que hacer el ensayo de Snape. Es decir, es para el jueves, pero normalmente los terminas la misma noche en que…
-Estoy bromeando -dijo ella, mirándolo con la misma sonrisa.
Harry sonrió. De pronto se había puesto muy, muy nervioso.
-Sí, claro -asintió, rascándose un hombro con algo de incomodidad.
Hubo un breve silencio.
-¿Tienes tu capa para hacerte invisible? -preguntó ella entonces, señalando la mochila del chico.
-¿La cómo? -Harry parecía como atontado. De pronto se ruborizó mucho, y agradeció que fuera tan tarde en la noche y aquella galería de rocas de la planta baja del castillo de Hogwarts estuviera casi totalmente a oscuras, a excepción de la luz propia de la estrellada noche.
-La capa -dijo ella, ampliando su sonrisa. Se apretaba los dedos, y parecía terriblemente nerviosa también. Harry se quedó inexplicablemente mirando los dedos de la chica, que eran iluminados por la blanca luna en ese ángulo, pensando que le parecían pequeños y tiernos.
De pronto, se dio cuenta que debía volver en sí y responder.
-¡La capa! Claro. Sí. Sí… claro.
Hermione lanzó una risita muy nerviosa mientras Harry hurgaba en su mochila en busca de la capa. El chico la lanzó sobre ambos con un poco de torpeza, y quedaron los dos ocultos bajo esta, invisibles al ojo exterior. Más de lo que ya estaban.
-Por las dudas -dijo ella en una voz muy, muy baja.
-Sí. Sí, claro, hay que cuidarse.
De inmediato, Harry se sintió un completo idiota por haber dicho eso. No sabía por qué, pero de pronto parecía un comentario tan estúpido.
Pero Hermione siguió hablando, quizás dándose cuenta, para que no se hiciera un silencio incómodo.
-Hagrid no debería darle de beber a dos chicos de dieciséis años, ¿no crees?
Ahora Harry rio. Ambos rieron, y algo en sus risas indicaba que el comentario de Hermione hacía referencia a ellos dos, y a los momentos que acababan de pasar, y quizás eran la explicación de que de pronto ellos dos estuvieran corriendo por los terrenos de Hogwarts tomados de la mano y riendo, de forma completamente irresponsable, sin preocuparse por las normas de Hogwarts.
La risa se alargó más de lo normal, y Harry sintió que Hermione volvía a tomarlo de la mano bajo la capa. Tragó saliva con dificultad. Los nervios parecían aflojar y luego volver. Era una sensación muy extraña.
Ahora Hermione bajó la voz hasta que fue solo un susurro.
-¿Fue cierto lo que me dijiste, entonces?
El silencio que se hizo entonces no fue incómodo, sino de expectación. Ambos se miraban fijamente bajo la capa, tomados de la mano, muy cerca entre sí…
-Sí -dijo él, con valentía-. Lo fue.
Hermione asintió lentamente, mirándolo como atontada directo a sus ojos verdes. Podía ver la enorme luna justo detrás de Harry, a través del patio y por encima de los distantes árboles del Bosque Prohibido.
-¿Siempre te parecí muy linda?
-Sí, siempre.
-¿Más que Cho Chang?
-Más que nadie, creo.
Hermione se acercó un poco. Le acariciaba la mano con suavidad.
-Eso es muy lindo… ¿Crees que…? -Hermione tartamudeó.
Harry le devolvió la caricia, acercándose más a ella.
-¿Que si creo qué?
-¿Qué si me sigues acariciando la mano, luego mañana nos arrepintamos de esto, porque nos dé mucha vergüenza cruzarnos en la Sala Común, o en el Gran Salón, o en cualquier lado…?
El corazón de Hermione palpitaba con tanta velocidad que Harry podía sentirlo casi encima suyo. Él se había acercado tanto que veía cada una de las pecas en su rostro con claridad.
Hermione siguió:
-¿…O que no podamos volver a hablar, nos dé vergüenza estar juntos, o…?
Pero entonces, Harry la calló.
¿O fue ella, en verdad?
Harry no tenía idea de quién fue primero, pero de pronto ambos estaban besándose locamente contra el muro de piedras del castillo.
Se estaban acariciando mutuamente, escondidos bajo la capa, tocando sus cuerpos en un abrazo tan placentero que de pronto parecía absurdo que se hubieran conocido anteriormente durante tantos años sin atreverse a intentar aquello. Negándose mutuamente el placer que podían obtener de los labios del otro, de sus pulsaciones juntas, de sus dedos entrelazados mientras respiraban dentro de la boca del otro.
El beso creció en intensidad. El efecto del hidromiel de Hagrid pareció dominarlos y llevarlos más allá de todos los límites que hubieran cruzado antes.
Harry deslizó sus dedos por sobre la túnica de Hermione, encima de sus pechos. Empezó a acariciarle el pecho izquierdo, mientras mordía sus labios. Ella no solo lo dejó hacerlo, sino que lo impulsó a avanzar más: acarició todo el pecho de Harry con una mano que no dejó de bajar, hasta llegar a la altura de su ombligo y continuar hacia abajo, más y más…
Harry apoyó el cuerpo de la chica contra el muro de roca y se apoyó sobre ella. Estaban tan conectados y perdidos en lo que hacían que no notaron que Harry se tropezó con la capa y esta se deslizó de lado, cayendo al suelo y revelándolos nuevamente, ya no más invisibles.
Se besaron fuerte. Harry bajó una mano y la apoyó sobre sus glúteos. Se los masajeó, mientras ella metía la mano dentro de su pantalón y por encima de su calzón.
Harry le empezó a quitar la túnica. ¿Qué estaba haciendo? Ni él lo sabía. Era una locura, se había vuelto completamente loco, y ella debería haberlo detenido, haciéndolos entrar en razón.
Pero ella estaba igual de loca: Le empezó a bajar el pantalón y metió la mano dentro del calzón, sujetando entre los dedos el caliente trozo de carne erecta que Harry le había estado apoyando contra distintas partes de su cuerpo mientras la besaba salvajemente.
Hermione empezó a deslizarse hacia abajo, rodando por la pared y hacia el suelo. Harry no comprendía. ¿Qué estaba…?
Y entonces lo entendió.
Fue la sensación más placentera que hubiera experimentado en su vida: Hermione se metió su pene en la boca y empezó a succionarlo con los labios y lengua. No parecía haber hecho eso antes, pero sin dudas podría haberlo hecho de cualquier manera, que Harry lo hubiera encontrado como una experiencia totalmente fuera de este mundo.
Se mordió los labios con fuerza mientras sentía el suave tacto de la lengua de Hermione recorrer todo su miembro. Le acarició el cabello castaño con una mano. Con mucho cuidado, empujó un poco la cabeza de la chica hacia él, para aumentar el goce. Era una sensación fantástica.
Hermione se enderezó, mientras le sonreía y se acomodaba el cabello.
Harry volvió a besarla. La situación había escalado a niveles extremos. Ya nada importaba.
La desvistió completamente, dejándola desnuda por completo ante él. Entonces se desvistió él también, y la capa para hacerse invisible en el suelo pronto fue alcanzada por otras prendas de ambos, entre ellas el sostén de Hermione, sus delgados calzones y los bóxers de Harry.
La penetró contra el muro.
-¡Oh! -gimió ella en su hombro, abrazándolo con fuerza y clavando sus uñas en su espalda.
Harry la penetró varias veces, una tras otra. Era la primera vez que hacía eso en su vida, pero de alguna forma no había nada que aprender. Solo había que seguir la corriente, dejarse fluir como las aguas del Lago Negro en primavera, como una brisa de aire estival alborotándoles el cabello…
Se dejaron fluir, ambos. Y se penetraron contra las paredes de Hogwarts, el patio aun visible tras ellos, totalmente expuestos, aunque no hubiera un alma allí además de ellos.
Harry la apartó un poco del muro y la sujetó con firmeza contra sí, apretando su nalga izquierda y empujándola hacia sí para continuar penetrándola, ambos de pie en medio de ese corredor, y sujetándola por la espalda con la otra.
-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh…!
Los rápidos gemiditos de Hermione fueron creciendo más. Más y más.
Parecía que alcanzaban el clímax.
Sus cuerpos estaban empapados en sudor.
Era una historia de amor, de calor y de pasión adolescente.
Pero esta historia no es solo de amor.
No...
Es una historia de amor y de muerte.
-¡Petrificus totallus!
Ocurrió tan pero tan rápido, que no hubo reacción posible por parte de ninguno de ellos.
Lo que anteriormente habían sido los pechos desnudos de Hermione, balanceándose ante él, hermosos ante sus ojos, pálidos y con sus pequeños pezones rozados pegados contra su pecho, de pronto se convirtió en un espantoso espectáculo de sangre.
Había una extraña daga con su hoja curva y zigzagueante sobresaliendo del hombro izquierdo de Hermione, justo ante los horrorizados ojos de Harry.
Una daga que chorreaba la caliente sangre de la chica.
Ninguno pudo moverse. Pero no por la conmoción. No. Sino por el encantamiento.
Y entonces apareció la figura: Saliendo de entre las sombras, desde detrás de Hermione, la persona que empuñaba la daga se hizo presente, aun sosteniéndola con fuerza contra la espalda desnuda de la chica.
-Holis -saludó Ginny, con una voz que temblaba de rabia. Sus ojos parecían resplandecer en rojo, y la determinación en su mirada era tan feroz como un lobo hambriento.
Harry atisbó la cubierta de un libro sobresaliendo de los bolsillos de la túnica de la chica. Pero no podía poner su atención en ello, porque ante él había algo mucho más urgente: Tanto él como Hermione estaban petrificados, sin poder mover nada más que sus ojos, y del hombro de Hermione no dejaba de chorrear sangre copiosamente.
Con un sonido de succión horripilante, Ginny retiró la daga de Hermione, que no podía siquiera gritar por el encantamiento, pero que derramó varias lágrimas de dolor por sus ojos.
Mientras miraba la herida en el hombro de ella, que había sido atravesado de lado a lado, Harry se dio cuenta de que aun seguía dentro suyo.
Ginny pareció notarlo también. Sus violentos ojos se dirigieron hacia abajo mientras se acrecentaba su expresión de profundo asco y odio.
-Como que los petrifiqué en pleno… acto -dijo en un susurro que no parecía suyo, con una demencia inhumana-. Voy a tener que hacer algo para… cortar… el momento incómodo.
Sus ojos lanzaron otro destello rojo, y Harry quiso moverse, hacer algo, pero era imposible. No tenían sus varitas con ellos, y estaban totalmente petrificados.
Ginny bajó la daga con violencia, y un dolor paralizante se extendió por todo el cuerpo de Harry. Quería gritar y aullar del dolor, pero no podía.
Ginny había atravesado su pene de lado a lado con la daga, cortándoselo por completo.
Empezó a tirar del cabello de Hermione con furia, apartándola de él. Con más horror del que hubiera experimentado nunca, Harry llegó a ver que su pene aun seguía dentro de Hermione, amputado, dejando caer la sangre en el suelo mientras Ginny la alejaba de él, hacia atrás.
-A ver, a ver, quiero ver estos deditos… -empezó Ginny, con psicosis, moviendo los petrificados dedos de Hermione con una mano mientras aun sostenía la chorreante daga con la otra-. Huumm… No, no, muy mal. Ustedes estaban tocando cositas… que no debían.
Ginny acomodó la daga en su otra mano, y los ojos de Hermione se abrieron exageradamente mientras miraban el arma con horror.
-Habrá que hacer algo al respecto también.
Y entonces Ginny empezó a cortar los dedos de Hermione, uno tras otro. Aquello era espeluznante. Ninguno de los dos podía decirle nada, ni pedirle que se detuviera, ni pedirle una explicación. No podían hacer absolutamente nada, porque lo único que el encantamiento les permitía mover eran sus ojos. Y los dos lloraban, de dolor y de horror. Y sus lágrimas caían tan indefensas e inútiles como ellos en el suelo, perdiéndose entre toda la sangre que no dejaba de chorrear de sus mutilados cuerpos.
-Este dedito se va… -canturreaba Ginny, como si estuviera jugando a un juego de niños, mientras le arrancaba por completo el dedo índice con la afilada daga, atravesando carne y hueso, y el dedo amputado de Hermione caía al suelo, sobre la fría piedra. -Y este de aquí… también.
Cortó el último, y Harry contempló horrorizado los cinco dedos de la mano izquierda de Hermione yaciendo en el suelo.
-No está bien que toquetees mis cositas, chiqui -le susurró Ginny en el oído-. Sabías que Harry es mío… ¿Por qué le abriste las piernas así, como toda una… una puta?
Las lágrimas caían por los ojos de Hermione. Su mano había quedado con orificios sangrientos en vez de dedos, y su hombro no dejaba de perder sangre.
-Voy a enseñarte… -dijo Ginny, explotando de una rabia asesina, con la voz temblando-. El dolor… De meter cualquier cosa… en tu puto agujero.
Acto seguido, con profunda violencia, Ginny dirigió la daga a la entrepierna de Hermione y clavó toda la afilada hoja en ella, hasta el mismísimo mango.
Harry quería morir. Quería gritar, aullar, quería que lo matara a él en cambio, para no presenciar más. Pensó que iba a desmayarse. Hermione no podía mover un solo músculo, siquiera en ese momento, pero su mirada empañada en lágrimas parecía la de alguien a punto de desmayarse por el dolor. Si es que no se había desmayado aún, porque sus ojos parecían estar en otra parte…
-Chausitos, linda.
Con esas palabras, Ginny sacó su varita por primera vez. Apuntó a Hermione, que se elevó en el aire varios metros en el suelo. Unas sogas surgieron de la nada misma y la ahorcaron, apretando su cuello con fuerza. El cuerpo de la chica colgaba en el aire nocturno y chorreaba sangre por todo el corredor. La daga seguía hundida en ella.
Ginny apretaba la varita con todas sus fuerzas, con sus nudillos blancos, y este agarre parecía reflejar la fuerza con que las cuerdas ahogaban a Hermione. Llegó un punto en que los ojos de la mutilada chica quedaron en blanco, inyectados en sangre, y las cuerdas apretaron tanto su cuello que empezó a brotar sangre de él, en hilos…
La ira de Ginny fue tanta, y la fuerza en su varita tanta, que algo en torno a ellos empezó a temblar, como un terremoto.
Y entonces, en la secuencia más sanguinaria y terrible de toda esa noche, las cuerdas se tensaron como alambres filosos, atravesaron la piel de la chica, y la cabeza de Hermione se separó del resto del cuerpo con un sonido espeluznante y escalofriante.
El cuerpo entero y desnudo de la chica cayó al suelo pesadamente, por un lado, y su cabeza cayó por otro, rodando por el corredor y dejando su cabello castaño alborotado alrededor de esta, como si fuese una bola peluda rodando tétricamente en la distancia.
-Y ahora es tu turno -dijo Ginny, seria como la muerte, caminando hacia Harry-. Ya no vas a volver a joderme.
Y hundió la daga en su abdomen. El dolor superó cualquier otro. La sangre salía a chorros.
-Voy a sacarte el encantamiento de parálisis… Para que puedas retorcerte por última vez… Nos vemos, mi amor.
Ginny le acarició la mejilla con unos dedos empapados en rojo, en sangre. Sus ojos aun centellaban con maldad cuando le sonrió de forma macabra por última vez. Agitó su varita en el aire con pereza, y Harry sintió que podía moverse otra vez.
Todo era tan extraño y tan confuso… La vista se le nublaba… Ginny se alejaba por el patio y hacia los terrenos del castillo, perdiéndose de vista… La daga clavada en su abdomen anunciaba el fin de todo aquello, para él también… Pero el avistamiento del cuerpo de Hermione sin cabeza, a pocos metros de distancia, era peor que cualquier otra cosa. Peor que morir.
Había un caballo…
¿Eso era real, o estaba muriendo? Un caballo galopaba hacia él, a toda velocidad.
Harry extendió una mano, pero eso solo intensificó el dolor en su moribundo cuerpo.
El caballo estaba cada vez más cerca, pero ya era tarde. Ya era muy, muy tarde…
Y entonces, el cielo empezó a girar a toda velocidad.
***EROTIKA***
Una historia de amor, placer y muerte
Las estrellas, como locas, iban hacia un lado y hacia el otro. Las constelaciones se mezclaban, se perdían y se chocaban entre sí. Era un caos interminable.
De pronto, se dibujaron copas de árboles, bajo el cielo estrellado.
Un bosque. Un claro. Una noche profunda.
-¡NOOOOOOOOOOOOOOOO!
Un aullido de dolor, pero otro tipo de dolor. No físico. Sino en el alma.
Un hombre, de cuarenta y dos años de edad, tropezaba por el suelo. Estaba frenético, sujetándose la cabeza con fuerza. El dolor que sentía era tan real como el de esos dos jóvenes que acababan de morir.
-No…
Llorando, se sujetó de un árbol. El cielo ya no giraba. Las estrellas se quedaron quietas. El mareo iba desapareciendo.
Y se quedó llorando, aferrado al árbol.
