¡Hola a todo aquel que haya entrado a esta historia! Desde hace mucho tiempo he querido escribir algo de Gintama, pero por ese humor y excentricidades que el autor pone en su obra, preferí desistir y preservar la esencia de este genial anime/manga. Sin embargo, gracias al último arco que ha sido animado, mi emoción por este fandom renació. Especialmente hacia Kamui *-*9. Así que fui débil y comencé a escribir. Claramente no será un oneshot, y tampoco un fanfic de los que frecuento hacer. Espero le den una oportunidad. No me atrincheren por no «ser tan Gintama» y todo eso. Sin más, ¡disfruten!
Disclaimer: Todos los personajes de Gintama pertenecen íntegramente a Sorachi Hideaki. Solamente mis OC's son de mi autoría.
Broken
La trémula llovizna nocturna acogía con su fría humedad a quienes abandonaban el cobijo de su hogar. Y la luna, avergonzada por mostrar la mitad de su rostro, los guiaba en aquel mundo finito de oscuridad.
Mas ni el desfavorable clima ni el angosto camino que transitaba eran del interés de quien atravesó la espesura del bosque de bambú. Quizá el regio pastizal de trigo que la recibió con su vibrante tonalidad dorada lograría que esos inertes rubíes se enfocaran más allá de lo que estaba enfrente.
El sosiego colapsó y el estruendo trajo consigo la ruptura de sus pensamientos.
¿Qué era esa bestia que yacía a metros de distancia, siendo atacada y aniquilada por la vehemente embestida de un parasol?
—¿Abuto? —Ese nombre salió sin desearlo.
Y su mirada no se despegó ni un instante de aquel viejo conocido.
—Luces como si hubieras visto a un muerto regresar de su tumba —expresó, dejando que el agua se encargara de limpiar la bermellón suciedad que se impregnó en su arma.
—La Tierra es un sitio demasiado amplio como para que nos encontráramos de nuevo —inquirió con más serenidad. Incluso un pequeño suspiro escapó de sus adentros—. No recuerdo que una flota moribunda tuviera tiempo para hacer expediciones y ponerse a cazar pequeñas bestias salvajes.
—Deberías sonreír un poco o se te agrietará el rostro. —Semejante comentario provocó que el ceño de la chica se acentuara—. Vamos, tranquilízate. Ya suficiente trabajo tengo con proteger el trasero de mi capitán como para lidiar con algo más.
—Eso es porque ustedes lo dejan hacer lo que se le place —señaló con desinterés—. Supongo que no pueden evitar dirigirse hacia su propia extinción.
—Por qué mejor no hablamos sobre el horrendo clima que hace aquí, ¿eh? —Lo mejor que podía hacer era calmar sus ánimos.
La plática fue interrumpida en cuanto uno de los subordinados se aproximó.
—Vicecapitán, necesitamos que venga inmediatamente.
—¿Y ahora qué es lo que sucede? ¿No te das cuenta que estoy intentando negociar? —objetó.
—Las reservas se han agotado. Y su estado está empeorando —notificó alarmante.
Abuto permaneció callado.
—¿Qué se supone que hacen en la Tierra? ¿Es que no pudo resistir más tiempo y vino por la cabeza de aquel hombre?
Para ella no era difícil predecir los movimientos del ex capitán de la Séptima División del Harusame.
—Recuerdo que tu carta de despedida decía algo como: «No quiero volver a saber nada de ninguno de ustedes ni de su estúpido capitán» —decía con seriedad fingida.
Quedaba claro que le provocaba risa. Especialmente por la contradicción encontrada entre lo que dijo y lo que estaba haciendo ahora mismo.
«¿En qué clase de persona me convierto si soy incapaz de acatar una simple promesa como esa? Además, ¿por qué están aquí? En este territorio no encontrarán más que…», pensó con malhumor tras darle la espalda y cuidar de no mostrar ninguna reacción corporal a su interlocutor.
—Fuimos atacados y no hemos salido bien parados.
—¿Qué has dicho? —Lo encaró con un aire de interrogación en sus agitadas pupilas—. ¿Quién podría tener la fuerza suficiente para doblegar a un grupo de Yatos como ustedes? Suena rotundamente ridículo.
—¿Por qué no lo compruebas por ti misma, Oshin?
Conocía los parajes que existían más allá del campo de trigo; así como lo que escondía la monumental cascada de aguas cristalinas. Sin embargo, lo que no tenía respuesta para ella era el motivo por el cual sellaron la entrada de tan profunda cueva subterránea.
Permitió que la roca que le bloqueaba el paso fuera retirada por uno de los hombres que la escoltaron hasta ahí.
—¿Qué significa todo esto?
Su espasmo fue comparable con su creciente confusión y la inercia de caminar hacia las entrañas de esa oscuridad penosamente iluminada por unas cuantas antorchas.
—¿Qué fue lo que pasó? —Se giró hacia la persona que conocía la respuesta.
—Como mencioné, fuimos atacados.
—Eso no explica lo que estoy viendo aquí.
Más de diez individuos permanecían tumbados sobre el suelo, tiritando y balbuceando incongruencias que únicamente eran audibles para ellos mismos. No obstante, lo que más captó su atención no era ese estado de vulnerabilidad, sino las motas púrpuras que comenzaban desde la mitad de sus rostros y se extendían hasta el resto de su cuerpo.
—¿Qué son esas manchas? ¿Qué es lo que está pasando? —exigió saber a toda costa.
—Durante la batalla, un extraño humo empezó a invadir el campo de batalla. Todos los que lo aspiraron presentaron esas extrañas manchas —relataba, avanzando hacia ella—. Si solamente se tratara de eso, no existiría problema alguno. —En verdad se le veía angustiado.
—¿Qué síntomas han experimentado? —Se agachó frente a uno de los convalecientes. Checó su pulso y verificó que no tuviera fiebre.
—Lo primero fue debilidad general. Posterior a eso, sus sentidos fallaron y su fuerza se fue mermando rápidamente. Y para cuando las manchas aparecieron se presentó un evento todavía más desagradable —explicó quien calificaba como el médico de la tripulación—. La más pequeña cantidad de luz les provocaba un severo daño.
Sus palabras fueron corroboradas al retirar las vestimentas superiores del paciente que Oshin se encargó de examinar.
—Sus quemaduras son horribles. Es como si se hubieran expuesto al sol durante mucho tiempo.
—La luz solar no era siquiera fuerte y gozaban de gruesos ropajes —profirió el doctor.
—Un veneno como tal no es; mas está matándolos lenta y tortuosamente —estableció Oshin con total desagrado—. ¿Ahora con quién demonios se metió ese cabeza hueca?
—Olvidas esa parte en que nos volvimos enemigos de medio universo —dijo Abuto para quien no dejaba de observarlo.
Había sido de ese modo desde que apoyando al Kiheitai intervinieron en Edo y se enfrentaron tanto al Shinsengumi como al Yatagarasu. Y su participación en la guerra contra Utsuro terminó de sellar su destino.
—Eso únicamente me indica que hay demasiadas personas allá afuera que quieren empalarlos y tener su cabeza adornando su chimenea —mencionó con siniestramente humor.
—No sé quién o quiénes estén detrás de todo esto. Lo único claro es que han encontrado un modo de neutralizar la potencia de los Yatos —sentenció Abuto con unas ansias de irse y exterminar al culpable de tan insolente asalto.
—Ahora no son más que unos pequeños cachorros con endebles colmillos.
—He encontrado una forma para disminuir los efectos de este extraño síndrome. Pero no es permanente. Es apremiante encontrar un antídoto —habló una vez más el médico—. Lamentablemente la gran mayoría de los ingredientes están agotándose debido a las dosis continuas que tengo que darles para mantenerlos lúcidos.
—Dime de qué plantas hablamos y yo me haré cargo del resto —pronunció la joven—. Mis servicios son costosos, ténganlo en cuenta.
—Creo que esto nos saldrá un poco más caro —mencionaba el vicecapitán—. Tus servicios deberán incluir mantener sedado a nuestro estúpido capitán.
Nuevamente siguió los pasos de Abuto hacia el exterior sin decir nada.
Su cabeza ya se mantenía más que ocupada en pensamientos que no traerían beneficio alguno y que, sin embargo, florecían uno tras otro, como si tuvieran autonomía; como si no les importara que ella no quisiera ahondar nuevamente en ellos.
Sonrió fugazmente, y su gesto se esfumó en el instante en que una fría gota de lluvia se escurrió por su mejilla hasta el acuoso suelo.
«La vida en verdad tiene que ser lo suficientemente irónica como para encontrarme con la persona de la que estoy intentando escapar. ¿Qué fascinación encuentra la gente en esos acontecimientos azarosos que denominan como coincidencias? ¿Y por qué razón tuvimos que reencontrarnos?» pensó Oshin con resignación.
El olor a moho, la luz artificial de las lejanas lámparas, la frialdad del concreto y los grueso barrotes oxidados que la privaban de la libertad se convirtieron desde el primer momento en que sus ojos abandonaron el inconsciente en su escenografía diaria. Lo único que variaba era el rostro del carcelero.
Dentro de su estado de reclusión no se hallaba sola. Estaban los que permanecían en las esquinas lejanas de la celda y los que se paraban frente a los barrotes, profiriendo insultos a quienes los miraban desde el exterior con mofa creciente. Finalmente, también podían observarse a los que asimilaron su realidad y optaban por ahorrar su energía.
Ella formaba parte de ese tercer grupo.
—Todos nos preguntamos cómo fue que vinimos a dar hasta este sitio —dijo uno de los tres hombres que descansaban sobre el suelo.
—Parece ser que nos pillaron con la guardia baja y hemos terminado aquí como reces sin marcar en espera de ser vendidas.
—¿Y qué se supone que llevas a tus espaldas? —La curiosidad del segundo hombre arremetió.
—Como pueden ver es una cajonera —contestó para los indagadores—. La llevo a todos lados, ya que es mi…
Ninguno de los presos continuó charlando. Lo que más temían llegó.
—Estoy seguro de que encontrarán un vasallo que les sea útil en la mercancía que recién adquirimos —versaba el Amanto para su distinguida clientela—. ¿O es que andan buscando algo en específico? ¿Niños para que sirvan de carnada? ¿Fuerza bruta de trabajo? ¿Mecánicos? ¿O tal vez un poco de diversión? —Su mano cabía perfectamente en el espacio que había entre los barrotes, facilitándole el fiero agarre a una desprevenida fémina—. Tenemos para cada gusto.
—¡Suélteme, suélteme! —gritaba aterrorizada la mujer.
—Deberías sentirte orgullosa de poder servirle a nuestra raza. Especialmente a criaturas tan poderosas como lo son los Yato —vociferaba sonriente el hombre.
—Ni las mujeres ni los niños son de nuestro interés —habló melodiosamente el de cabellera bermellón—. Si te seguí fue porque pensé que tenías algo realmente interesante que mostrarnos. Sin embargo, veo que nos has hecho perder el tiempo. —Su sonrisa lucía encantadora; mas escondía un siniestro y obvio deseo.
—¡N-no!¡Claro que no, Kamui-dono! —Se retractó para salvar su pellejo—. En esta jaula tenemos muchas cosas interesantes. ¿Qué le parece un miembro del clan Dakini como mascota personal? ¿Un médico profesional? ¿O tal vez una especie de boticario?
—Dudo rotundamente que una panda de mercenarios tenga la necesidad de los servicios que un boticario es capaz de ofertarles.
El resto de los prisioneros palideció cuando esa mujer abrió la boca, captando la atención de quien indirectamente los había condenado a no conocer nunca más el término de libertad. ¿Es que no se daba cuenta de lo que estaba haciendo? Si seguía parlando ocasionaría que todos murieran allí bajo el desplante de su opresor.
—Corríjanme si me equivoco. —Su llana oración fue dirigida hacia esos dos Yato.
El rubí de su mirada embonaba con su alba piel, convirtiéndose en las características más notables de su apariencia física. Luego estaba el profundo azabache de su larga y lacia cabellera, escurriéndose sobre hombros y espalda.
Un pantalón de mezclilla, botas largas marrón, una blusa blanca sencilla y una gorra de aviador, era toda su vestimenta. Y con ella le bastaba para practicar tan particular profesión.
—En cierto modo podría sernos de utilidad. —Tomó la palabra Abuto, pensándose el asunto—. Gracias a cierto capitán estúpido que tenemos nuestros médicos abordo tienen más trabajo del usual.
—Empiezo a creer que no sabes precisamente a lo que me dedico —murmuró para quien consideró como lógico ponerla de asistente médico.
—Si tú lo dices. —A Kamui poco o nada le interesaba. Estaba aburrido—. Aunque igual luce bastante frágil. Podría estropearse con facilidad. —Eso sonaba totalmente a una amenaza pasiva.
—En ese caso únicamente tiene que deshacerse de ella, Kamui-dono. —Le siguió la corriente el malicioso vendedor de esclavos—. Lo que ve aquí no son más que objetos desechables. No debe preocuparse por si uno se rompe o algo.
La boticaria caviló en sí podía considerar esto como buena suerte o como una sentencia de muerte. Asimismo, comprendía ese sentimiento de envidia que percibía en quienes no fueron elegidos por esos barbáricos hombres. No obstante, para ella lo único que había cambiado era el nombre de su dueño y la jaula en la que sería encerrada.
Fue sacada de su celda, conservando todo su equipaje y esos opresores pedazos de metal alrededor de sus muñecas. Y sin tiempo para objetar, fue obligada a seguir en silencio a quienes se convirtieron en sus nuevos dueños.
El exterior de la nave era tan deprimente como la decoración interna. Mas no se podía esperar otra cosa de un grupo de hombres que se dedicaban a pelear a través del universo. Y tampoco se explicaba cómo podían vivir entre semejante desorden.
—Es aquí donde vivirás de ahora en adelante —habló quien se molestó en darle un rápido recorrido por todo el interior de la gran nave—. Si quieres tener una vida larga te recomiendo que no hagas enojar a nuestro tonto capitán.
—Para ser tan temido no escatimas en adjetivos ofensivos hacia su persona.
—Ya te irás dando cuenta de cómo es. —Para alguien como él, destrozar grilletes era de lo más simple; con presionarlos con sus dos manos era suficiente para tornarlas chatarra—. Listo.
—Gracias. —En verdad se sentía mejor ahora que podía mover libremente sus muñecas—. Por cierto, soy una boticaria, no un médico. Yo elaboro los medicamentos que prescriban los médicos.
—Se oye como alguien que podría envenenar a una persona sin problema alguno —bromeó.
—Podría hacerlo si quisiera —estableció con normalidad—. Aunque eso no debería preocupar a un Yato como tú. Hasta donde estoy informada son sumamente resistentes a poderosos venenos. Y en caso de querer hacerlo, sería asesinada por ustedes antes de que pudiera llevar a cabo el plan.
—Posees una lengua muy filosa, niña.
Abuto no esperaba que le hablara tan deliberadamente de un posible asesinato en su cara y mucho menos si estaba dirigido a su especie.
—Si yo soy una niña, entonces tú eres un vejestorio —señaló con vileza.
—¡¿Vejestorio?! —Primero su tonto capitán y ahora esta extraña. Nadie quería respetarlo.
—Además, no sé de dónde me ves lo de niña. —Cruzó sus brazos, permitiendo que ese par de atributos se encargaran de callar totalmente al Yato.
—Ah, bien, me retracto…
Las reglas dentro de la nave consistían básicamente en no entrometerse en el camino de ninguno de los miembros de la tripulación, y realizar las tareas asignadas. Y por esa simple razón no comprendía con exactitud por qué fue degradada de su oficio para convertirse en una mesera más que tenía que llevar comida a aquellos hombres que poseían un apetito que daba tanto miedo como su insuperable fuerza física.
—Oshin-chan, deberías ser más sonriente. Si a ellos no les agrada tu actitud podrían matarte.
La boticaria al fin se quedó estática, aguardando junto con dos meseras más a que fueran requeridas.
—Lo siento. No me gusta sonreír falsamente para agradarle a nadie —criticó severamente—. Mientras haga bien mi trabajo no tienen por qué asesinarme.
—Te lo decimos por tu bien, ya que eres nueva y no sabes cómo funcionan las cosas aquí —habló la segunda que le hacía compañía.
—Agradezco sus consejos, mas no los requiero. —Les comunicó con neutralidad—. Me pregunto cómo pueden engullir tanta comida como si fueran aspiradoras vivientes.
—¡Oshin-chan! —La regañaron ese par.
—¿No huele a quemado? —No eran desvaríos de Oshin.
La cocina fue asolada por un abrasador incendio. Y una gran cantidad de humo negro se coló hacia el comedor, levantando un ruidoso caos.
—¡¿Qué es lo que le ha pasado?! —gritó horrorizada una de las jóvenes al notar que su camarada estaba tirada sobre el suelo con espuma saliéndole de la boca.
—Guarda silencio y no aspires nada hasta salir de aquí —ordenaba Oshin con un paño sobre sus fosas nasales mientras se dirigía hacia la salida acompañada de la joven—. Esto es insuficiente, dame tu blusa también.
—¡¿Qué locura estás diciendo?!
Abandonaron el comedor. Cerraron la puerta y dejaron que todo el humo fuera encerrado en esa única sala; condenando a quienes no pudieron escapar a tiempo.
—¡¿Qué se supone que estás haciendo?!
La boticaria estaba usando su blusa para tapar cualquier fuga porque no tenía la paciencia suficiente para esperar a que esa mujer reaccionara y la ayudara.
—¿Quieres matarnos a todos? —Respingó con la prenda de la otra mujer para terminar su trabajo—. Me sorprende que algo que es capaz de matar a un ser humano haya podido hacerle eso a un Yato.
—Creo que tenemos problemas.
La otra mesera llamó a Oshin en cuanto el pasillo se llenó de esos Yatos con intenciones que rozaban la hostilidad. Y a la vez se encontraban acompañados del capitán del escuadrón.
—Yo mismo la vi anoche preparando esos extraños polvos que colocó dentro de una pequeña botella —hablaba el terrícola que ostentaba el título de médico—. Mencionaba que estaba harta de ser tratada como un animal, que se encargaría personalmente de todos ustedes.
—Si eso es cierto no tenemos más razones para conservarla con vida.
Aquel Yato no conocía la palabra condolencia y por ello apuntaba el rostro de la acusada con su sombrilla. Un movimiento era suficiente para jalar el gallito y volarle la cabeza.
—No soy la persona que buscan —afirmó, sin desatender a quien se convertiría en su ejecutor—. Y voy a probarlo.
La piedra que rodó con un suave puntapié la devolvió al presente, la sacó de aquel estado de desconexión temporal y la hizo notar que había llegado hasta las entrañas más recónditas del bosque; un área a la que solamente se podía acceder cercando la cascada.
La pequeña y abandonada choza, roída por los años, era lo suficientemente íntegra para albergar en su interior a cualquier excursionista perdido y agotado por el largo viaje.
—Nada bueno ocurre cuando pasas tanto tiempo callada. —Abuto la miraba desde el rabillo del ojo, aguardando alguna reacción; mas no recibió ni un monosílabo.
Aquella mujer empapada por la lluvia deseaba tanto quedarse como irse.
—Estaba conmemorando cosas innecesarias. —Especificó para quien la analizaba—. ¿Hemos llegado? —preguntó por metro trámite.
—Procuren no asesinarse mutuamente. —Se apartó, permitiéndole el paso.
—Si está como el resto de tus hombres, poco o nada podrá hacerme —expresó ante la única puerta del refugio temporal.
—Yo sólo te advierto.
«Una bestia con colmillos tan afilados no puede ser domesticada tan fácilmente», pensó antes de dar el siguiente paso.
No titubeó y abrió la puerta para centrarse en quien vino a buscar. Y cuando lo halló, sus propias palabras se convirtieron en un amargo y desgarrador sabor de boca.
Sus pupilas fluctuaban recelosas, incapaces de creer lo que estaba viendo tan próximo e irreal. Lamentablemente todo era real. Lo terminó de comprobar cuando lo que quedaba de esos vividos zafiros se postraron en ella.
—Los efectos en él demoraron más en desarrollarse, y por esa razón él peleó hasta que su propio cuerpo lo hizo parar.
—Ha perdido mucha sangre. —Notó los vendajes cubiertos de tan preciado líquido vital en la esquina más lejana, apilados y recientes—. Y todo su brazo derecho está totalmente…
Sus pasos eran lentos, bañados en firmeza.
Su atención quería apartarse de la incomprensible escena y enfocarse en lo que tenía. No obstante, la objetividad se le iba peligrosamente de las manos; y eso no haría más que entorpecer su trabajo.
Tomó asiento a un costado de su lecho; del lado donde aquel brazo fue pintado por completo con un desagradable morado. Luego percibió su tranquila respiración y las heridas que recibió en todo el pecho, meticulosamente vendadas para impedir el sangrado.
Seguidamente estaba esa vaga mirada que parecía reconocerla y, por otra parte, desconocerla por completo. Esos altivos ojos que tanto recordaba no estaban allí. El hombre que conoció por cerca de cuatro años se desvaneció sin que se diera cuenta, dejando detrás un penoso caparazón que ella se negaba a aceptar.
—Al no sentir los efectos de inmediato, siguió aspirando más de ese humo y las consecuencias fueron mucho más gravosas que con el resto —murmuraba Oshin—. Ahora que lo pienso, el resultado hubiera sido el mismo aún si hubiera llegado a experimentar algún síntoma.
—Cuesta creer que el hombre que está botado allí declaró convertirse en el hombre más fuerte del universo.
—Estoy segura de que se encargó de no dejar a nadie de pie. —Extendió su mano derecha hacia su rostro, con premura, como si le temiera.
O tal vez existía otro motivo para su cautela.
—¡Ey, maldita sea! ¿Qué estás haciendo?! —exclamó Abuto tan rápido como sus sentidos se lo permitieron—. ¡Detente!
Su mayor error fue confiarse y bajar la guardia por hallarlo vulnerable.
Su muñeca fue inmovilizada con la fuerza suficiente para tumbarla contra el suelo. Y el impacto de su puño contra su vulnerable abdomen le recordó por qué ese hombre era tan temido.
El piso cedió ante la potencia del embiste y la dejó enterrada entre escombros y polvo.
—Solamente a ti se te ocurren estupideces como estas. —Se quejaba, sujetando con fuerza a su descontrolado capitán.
Y esa maniobra la salvó de una muerte segura.
—Ni siquiera alguien como él podría tolerar esa cantidad. Se dormirá en poco tiempo.
El desagradable sabor a hierro continuaba inundando su boca aun cuando escupió toda la sangre que expulsó desde sus entrañas. Y a eso se le sumó un punzante dolor que le entumecía toda su área gástrica.
—Tú y tus maniobras poco ortodoxas.
Ella no mentía. Un pequeño dardo fue clavado en el cuello del joven capitán con un poderoso somnífero que lo mandó al mundo de los sueños.
—Claramente les dije que no fueran a matarse.
—Para estar debilitado todavía tiene mucha fuerza. —No tenía prisa por ponerse de pie y simultáneamente, deseaba recuperar el aliento—. Me siento ofendida por no recibir su mejor golpe.
—Tú en verdad estás demente —estipuló, sonriendo con regocijo.
—¿No te lo dije antes, Abuto? Odio a este hombre y todo lo que representa. Lo aborrezco al punto en que quiero matarlo y salvarlo a la vez.
