—1—
—Tengo sed. —susurró Yui con voz ronca.
Se llevó una mano a la garganta, llena de asombro.
Los seis hermanos la miraron con la misma emoción. Si no hubiera experimentado esa sensación –una extraña mezcla de sed y deseo–, ardiendo en su garganta, ni ella ni los hermanos habrían podido decir que Yui se había convertido en uno de ellos.
Seguía siendo ella: piel cremosa y delicada, esos ingenuos ojos bermellón y el cabello rubio claro cayendo sobre sus esbeltos hombros.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Ayato de repente, rompiendo el silencio que se había producido en la sala.
—Me siento... bien. —Yui respondió automáticamente. Le tocó el brazo con cautela, buscando sus ojos con... ¿Prudencia?
Yui se centró en el vampiro sentado a su lado. En los ojos de Ayato leyó precaución, y casi. Miedo. Yui parpadeó varias veces, aturdida. No era propio de Ayato comportarse así. Pero pronto se distrajo, pues le pareció que el vampiro se veía aún más hermoso: el verde de sus iris parecía más intenso, su pelo rojo más fibroso y sus rasgos más delicados y definidos.
Sorprendida y confundida al mismo tiempo, se volvió para mirar a los demás hermanos. De hecho, todos le parecían más hermosos. Cuando Laito se rió, todos se volvieron hacia él.
—Ahora eres un vampiro. ¿Sorprendida de vernos en todo nuestro esplendor? —inquirió mirando intensamente a Yui. En comparación con Ayato, mantenía su aspecto descarado y su postura elegante.
—Así que ahora...—Yui comenzó desconcertada levantándose del sofá. Se sorprendió de lo fuerte y estable que se sentía físicamente.
—Eres inmortal, más fuerte y rápida. Como nosotros. —explicó Reiji con una pizca de orgullo en su mirada.
—Será una pena que no podamos volver a probar tu sangre...—comentó Shu cuadrándola de pies a cabeza con ojos imperturbables. Yui se sonrojó por un momento al recordar a los dos en el baño.
—No podré hacerte la novia más hermosa, lo siento. —añadió Kanato, apretando el suave juguete contra su pecho y sonriendo a Yui en una combinación de perversidad y melancolía.
Subaru sólo la miró, y luego volvió a mirar por el gran ventanal de cristal.
Antes de que pudiera decir nada, Yui sintió que la arrastraban y un momento después se encontró abrazada con un brazo contra el pecho de Ayato. Yui aspiró profundamente el inconfundible olor del vampiro impregnado en su camisa blanca.
—Pero sigue siendo mía, ¿Entendido? —especificó en un tono autoritario y sensual como solía hacer siempre, apretando apenas su agarre en la espalda de la chica.
Yui se sonrojó con violencia, con la cara escondida en el pecho de Ayato, sin saber qué pensar de todo esto. Oyó gruñidos y risas y a Yui le llamó la atención cómo es que podía saber a quiénes pertenecían sin poder mirarlos. De hecho, aún no puede reconocer la respuesta de Laito.
—Bueno, creo que tu vida con nosotros será mucho más fácil ahora. Ya no tienes nada que temer —dijo Reiji, acercándose mientras Ayato soltaba su agarre.
Yui miró a Reiji directamente a los ojos, casi con recelo al recordar el poco agradable episodio de su estudio. No sonrió, pero su mirada parecía sincera. Yui se calmó mientras la satisfacción cosquilleaba en su rostro. ¿Podría finalmente dejar de huir de esos hermanos? ¿Ya no tenía que temer un asalto de ellos? De repente, Laito apareció al lado de la chica y la acercó, agarrando su mano y sacándola de sus pensamientos.
—Nos vamos a divertir mucho...—le susurró al oído y la chica percibió su sonrisa.
—Pero cuidado con hacernos enfadar —pasó su lengua por el cuello de Yui, que cerró los ojos y se estremeció.
—Deja de jugar con ella. Ya no es tan indefensa y débil...—dijo Subaru volviéndose para clavar la mirada en Laito.
Yui le sonrió imperceptiblemente, apartándose del buen olor de Laito. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, Subaru añadió, esta vez mirando mal a la chica.
—De hecho, deja de prestarle tanta atención. Ella puede muy bien valerse por sí misma ahora —típica actitud de Subaru. Un momento después, la ventana estaba abierta y no había rastro del vampiro.
—Oh, qué aburrido, no le hagas caso Bitch-chan.—bromeó Laito poniendo los ojos en blanco.
—Tiene razón —comentó Shu saliendo de la habitación sin mirar a nadie a la cara.
—Si necesitas una mano, ya sabes dónde encontrarme —dijo Reiji seriamente mientras él también desaparecía. El pánico se apoderó de Yui.
—Espera, ¿A dónde vas? ¿Qué debo hacer? Yo no...—las inseguridades la asaltaron: ¿Qué iba a hacer ahora que era un vampiro? ¿Los hermanos realmente la dejarán a su suerte?
De hecho, pensándolo bien, a Yui le gustaba la atención que le prestaban los vampiros, aunque pudiera ser peligrosa e inusual.
—Tú eres mía. Nunca te dejaré sola. No tienes nada que temer.—afirmó Ayato, inmovilizando sus temblorosas muñecas.
Los ojos de la chica fueron atrapados por los hipnóticos del vampiro. Inmediatamente se sintió segura pero también confundida. Ella no podía entender sus sentimientos: ¿Acaso le gustaba controlarla, someterla para sentirse fuerte? ¿O era su forma de mostrar afecto?
Mientras tanto, sólo Kanato y Laito permanecían en la habitación. Este último observaba la escena apoyado en la pared del fondo, mostrando indiferencia. Kanato, por su parte, no se dejó intimidar por la intensidad que emanaba de Ayato y se acercó a Yui.
—Si quieres, podemos ir a cazar. —sonrió y un destello divertido cruzó sus ojos.
¿Cazar? Yui se sintió horrorizada: ¿Realmente mordería a una persona para chuparle la sangre? ¿Llegaría a matarla por la sed de sangre? Yui permaneció en silencio, mirando al vacío ante ella. Todavía no se sentía preparada para hacer algo así, sobre todo porque sabía lo que era estar en la piel de una presa. Conocía muy bien ese terror. Se estremeció. Ayato la atrajo hacia sí, devolviéndola a la realidad.
—Ahora Yui necesita dormir —terminó la conversación. Kanato siguió sonriendo con nostalgia a Yui, susurrando un «pronto» mientras Laito se inclinaba el sombrero y le sonreía.
En el inmenso pasillo lúgubre y silencioso, la muchacha se evadió de las garras del vampiro. Para su sorpresa, no le dolían las muñecas.
—¿A dónde vamos? —preguntó un poco molesta.
—Ya lo dije, a dormir. —repitió perentoriamente.
—Pero no quiero ir a dormir. —la chica contestó sin mucha firmeza. En un instante, se dio la vuelta, la empujó contra la pared y le dobló las muñecas por encima de la cabeza. La chica dejó escapar un gemido de sorpresa.
—Dejemos una cosa clara. Que ahora seas como yo no significa que puedas hacer lo que te plazca. Eres mía y como tal no puedes permitirte desobedecerme. No me hagas repetirlo. —explicó con seriedad, con la cara muy cerca de la de ella, las cejas arqueadas en señal de desaprobación y un afilado canino sobresaliendo de sus labios cerrados.
Yui no se sentía precisamente intimidada por esto, de hecho sabía que podría liberarse fácilmente de las garras del vampiro, pero había algo que le exigía permanecer quieta y en silencio. Fue esta constatación la que le hizo entrecerrar los ojos.
—Eso está mejor pero...—Ayato comenzó. Volvió a abrir los ojos, pero fue inmediatamente sorprendida por la mirada del vampiro.
Hipnótico. Persuasivo. Conmovedor. Yui se perdió en sus ojos.
Y luego no hubo nada más.
—2—
El vacío. La oscuridad.
Yui abrió los ojos, desorientada.
Tardó un rato en concentrarse en los contornos de su habitación, luego en las cómodas sábanas de su cama y finalmente en el vestido que llevaba. Este vestido. Se estremeció, ahuyentando inmediatamente la imagen de la cruel vampiresa Cordelia.
—Si quieres puedes volver a usar tu ropa...—dijo una voz cercana. Yui se sentó mirando a Ayato. Estaba... confundida. Muy confundida. No podía articular pensamientos coherentes... Toda la situación le parecía irreal.
—¿He dormido? —preguntó impulsivamente al vampiro apoyado en el borde de la cama, que mientras tanto la escudriñaba pensativo.
—No lo llamaríamos exactamente dormir —respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Se llevó una mano a la frente, sacudiendo suavemente la cabeza. En las últimas noches recordaba haber tenido pesadillas aterradoras y en cambio en ese momento... Nada. Un momento había un vacío absoluto y al siguiente estaba mirando alrededor de su habitación. Dejó caer la mano en su regazo y apretó la tela color ciruela que envolvía perfectamente su cuerpo.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el vampiro. Yui lanzó una breve mirada a su aspecto vagamente hosco.
—Es que, me siento tan, confundida. Y este vestido me da escalofríos y... y... me estoy muriendo de sed. —al pronunciar la última palabra con voz ronca miró directamente a los ojos del vampiro con desesperación.
Ayato puso cara de sorpresa y Yui bajó inmediatamente la mirada, sonrojada. No podía creer que hubiera dicho eso. ¡Y en ese sentido también!
—Oh, por fin —una voz susurró mientras los dedos levantaban su barbilla. Yui se encontró con los ojos violáceos y animados de Kanato. Se sentó junto a Ayato, inclinándose sobre ella. Sonrió con suficiencia.
—Ahora mostrarás tu nueva naturaleza —continuó, haciendo que la chica se sonrojara con frustración.
Su parte racional se negaba a creer al vampiro y a ceder a la tentación, mientras que sus instintos le decían exactamente lo contrario y Yui sabía que los seguiría. Sintió que los dedos de Kanato bajaban para agarrar una de sus manos y luego tirar de ella hacia arriba.
—Ayato, ¿Vienes con nosotros a cazar? —preguntó Kanato al vampiro que los miraba fijamente desde una posición sentada.
—Por supuesto, tengo que vigilarte —contestó mientras se levantaba con el ceño fruncido de desaprobación mirando en dirección a la joven.
Yui se sintió vagamente molesta porque Kanato no le había pedido permiso ni nada, aunque sabía que, después de todo, aceptaría casi sin demora.
—Bueno, creo que será muy divertido, ¿No lo crees Teddy? —Kanato se volvió hacia su peluche y lo acercó a él. Soltó la mano de Yui y se dirigió a la ventana.
—Síguenos. —sólo dijo y en una fracción de segundo se encontró sola en la habitación mientras un viento frío soplaba a través de la ventana abierta de par en par.
Permaneció inmóvil durante unos segundos, luego tomó carrerilla y saltó.
Era una fría noche de invierno, el cielo ennegrecido por los humos de las chimeneas de las casas. Yui corrió por la avenida principal de la villa, y se encontró siguiendo el rastro dejado por Kanato y Ayato. Yui pudo reconocer el olor dulce y penetrante que emanaba de Ayato y el olor ligeramente más suave que pertenecía a Kanato.
Ambos le parecieron deliciosos y por un momento se preguntó qué más podría oler. De hecho, mientras corría y saltaba, abriéndose paso por los tejados y las calles, se preguntaba muchas cosas, como por ejemplo por qué los dos vampiros no la habían esperado y por qué sentía que no tenía control sobre su cuerpo. ¡Era tan natural para ella saltar por la ventana y empezar a moverse de una manera que nunca imaginó!
—Ey, ey hasta aquí —oyó como chocaba con algo duro. Confundida, levantó la vista y se encontró con las de un divertido Ayato.
—Lo hiciste bien. —le dijo con una sonrisa.
Yui se sonrojó y dio un paso atrás. Qué descuido, estaba tan absorta en sus pensamientos que no se dio cuenta de que los había alcanzado. Estaban de pie en una terraza, las risas y los zumbidos resonaban debajo de ellos. Entonces el fuego en la garganta de la joven se encendió con mucha más violencia que antes. Un gemido de dolor se le escapó e instintivamente se llevó las manos a la garganta. Ayato la miró con preocupación. Kanato sonrió.
—La presa saldrá de aquí en cualquier momento —sonrió sádicamente apretando la marioneta contra su pecho.
Yui dejó escapar otro gemido y de repente se sintió... impaciente y voraz.
En ese momento, el instinto se impuso por completo. Oyó el movimiento de la charla, la puerta abierta. Pasos que se alejan. Ayato se puso a su lado y la tomó de la mano. Sus ojos eran salvajes. Felinos. Peligrosos. Con una sincronización perfecta, los tres vampiros bajaron de un salto de la terraza y siguieron en las sombras a una mujer que dobló una esquina en ese momento, sin darse cuenta del peligro.
Yui y los dos hermanos corrieron delante de la mujer, impidiéndole el paso. Yui no se permitió sentir lástima. Ayato le soltó la mano para agarrar a la mujer y callarla con una mano amortiguando sus gritos.
Después no perdió tiempo y hundió sus dientes en el cuello de su víctima. Yui le miró fijamente y, extrañamente, sintió que se encendía.
En algún momento la mujer debió desmayarse porque ya no intentó luchar ni gritar. Entonces Ayato levantó la cabeza: su mirada estaba gratificada, sus labios entrecerrados mientras un hilillo de sangre goteaba de un lado. Sonrió con maldad y empujó el cuerpo de la mujer hacia Kanato, que inmediatamente hundió sus caninos en un omóplato, gimiendo de placer.
Sin darse cuenta, Yui se acercó a la mujer en trance. Kanato abrió los ojos y miró a Yui con complicidad. Se apartó de su víctima y la dejó en manos de la chica. Yui se sintió de repente insegura y culpable. Permaneció inmóvil durante unos segundos sujetando el cuerpo indefenso de la mujer por los brazos, desgarrada por la duda.
Entonces apareció una pequeña gota de sangre en una de las heridas del cuello de la mujer.
Yui perdió la razón y hundió sus colmillos en ella.
—3—
Los dientes perforaron la piel y entraron en contacto con la sangre. Denso, con sabor metálico.
El cuerpo de la joven se estremeció con el asombro mezclado con el placer.
Yui comenzó a chupar con avidez el líquido, sin poder resistirse. Su parte racional estaba asqueada, horrorizada, azotada y le gritaba que parara. Pero la sensación que sintió al tragar la sangre fue tan excitante, tan abrumadora, que aniquiló su voluntad humana. En ese momento Yui era sólo un vampiro. No podía ser otra cosa si mientras el líquido fluía por su garganta sentía que su cuerpo se encendía de placer.
Cuando el ardor parecía haber disminuido, Yui apartó sus labios del cuello herido de su víctima. Víctima. Al darse cuenta de lo que acababa de hacer, se estremeció, asustada. El cuerpo de la mujer aterrizó en la carretera con un ruido sordo. Yui se apretó los hombros y se llevó los dedos a los labios ignorando las gotas de sangre que los manchaban.
En ese momento, sin que la sed nublara su mente, se sintió horrible.
Se quedó mirando el vacío que tenía delante, atónita, hasta que un ruido detrás de ella la hizo volverse. Laito, apoyado en un muro de hormigón, aplaudió. Aplaudió con fuerza, mirando fijamente a Yui con un toque de rubor en sus pálidas mejillas.
—¿No creen también que fue muy emocionante verle hacer eso? —preguntó a los dos hermanos en tono pícaro.
Yui bajó enseguida la mirada sintiéndose culpable, y se llevó las manos apretadas al pecho. Fue humillante escuchar a Kanato soltar una carcajada histérica.
Apretando los puños Yui levantó la cabeza para ver la reacción de Ayato. Él, con una mirada indescifrable, se dirigió hacia ella. Yui se removió temerosa de lo que pudiera hacer, pero Ayato sólo le dirigió una mirada impasible y levantando su cuerpo del suelo, susurró un «ya vuelvo» y desapareció en el aire.
La joven tragó saliva, insegura, y no tuvo tiempo de darse la vuelta para encontrarse en brazos de Laito. Le inmovilizó la barbilla con una mano mientras la acercaba con la otra.
—Oh sí, creo que fue emocionante para ellos también —le susurró al oído sensualmente.
Yui intentó zafarse, en vano. Laito la giró en dirección a Kanato y deslizó un brazo alrededor de su pelvis. Su otra mano le rozó el pelo de un hombro mientras le decía en un susurro
—Mira su expresión —con la barbilla entre los dedos, Yui se obligó a encontrar la mirada de Kanato.
Sus ojos brillaban con una luz perversa mientras las ojeras aparecían aún más gruesas en la penumbra de la noche. Apretando la marioneta en sus brazos, se rió.
Los ojos de Yui se humedecieron. Se sintió tan mortificada: había sucumbido a la tentación, había seguido a sus hermanos. Se había sometido a ellos sin remedio. Y como los sádicos vampiros que eran, ahora se burlaban de ella. Pero, entrecerrando los ojos, se prometió a sí misma que ya no se alimentaría de sangre. Gimió con frustración.
—Vamos, no seas así, Bitch-chan. —Laito la consoló, limpiando la sangre de su cara con sus dedos.
—Te dije que nos divertiríamos mucho juntos —dijo aludiendo.
Su tono le recordó a Yui su encuentro en la iglesia. Se sorprendió a sí misma ruborizándose y reprimiendo las lágrimas.
No se puede negar, le gustaban los vampiros tal y como eran.
Preocupada por la confesión que se había hecho a sí misma, intentó de nuevo zafarse, pero Laito la hizo girar de nuevo y la sujetó por la muñeca para que quedaran frente a frente. Mientras la miraba directamente a los ojos con su habitual encanto, Laito llevó sus dedos manchados de sangre uno a uno ante la mirada atónita de Yui hasta sus labios y los lamió en toda su extensión. Yui bajó la mirada, avergonzada. ¿Qué demonios estaba haciendo Laito?
—¿Qué está pasando aquí? —una voz preguntó. Los tres vampiros se encontraron con los ojos de un molesto Subaru. Yui se apartó con fuerza.
—Subaru-kun...—sólo pudo decir, impedida por la vergüenza.
—Oh, Yui tenía sed...—explicó Kanato, con suficiencia, ante lo cual Subaru agudizó la mirada y Yui se encogió de hombros.
—¿Cómo es que estás aquí, hermano? —cuestionó Laito—. ¿Quieres unirte a nosotros? —continuó sonriendo.
—Nada de eso. Habías desaparecido y Reiji me envió a buscarte —respondió molesto Subaru, lanzando una rápida mirada a Yui. De repente, al lado de Subaru aterrizó Ayato.
—Me deshice de la mujer —afirmó con una sonrisa. Subaru le miró mal.
—Volvamos a la villa antes de que levantemos demasiadas sospechas. —lo cortó, dándose la vuelta.
Ayato miró a la chica, esperando. Yui se dispuso a seguirle, contenta de que ni él ni los otros hermanos hubieran querido hablar de ella, pero Laito, sujetándola por los hombros un momento, le susurró al oído
—Hasta la próxima, Bitch-chan. —y se pasó la lengua por los dientes.
