Prólogo

Como era de esperar, mi ejecución debía ser una exhibición pública.

No esperaría menos del Señor del Fuego Ozai, por atentar con corromper a su más preciada mascota. Había oído hablar de castigos como este por mucho menos de lo que yo era culpable.

Ozai solo permitía que un reducido número de pocas cifras interactuara con el niño. Aunque supongo que ahora es casi un hombre, incluso si todavía se ve tan joven a mis viejos ojos. Solo aquellos cuidadosamente seleccionados y alimentados con las mismas mentiras que se le decían al niño eran los que podían acercársele.

Lo cual fue bastante fácil para sus sirvientes y esclavos, los pobres brutos que llevaban su palanquín y limpiaban sus orinales. Aquellos que le confeccionaban las túnicas de seda y le cepillaban el pelo en ese moño real sabían que era mejor no hablar con él, y sus educadores estaban bien versados en qué en los engaños para los que servían.

No sé si sus torturadores sabían algo más allá de lo que implicaba el uso del látigo que tenían preparado si se les entregaba para su "re-educación".

Pero tales pensamientos, clonados e implantados de un servidor al otro, no fueron fáciles de encontrar cuando Ozai finalmente decidió que era hora de que su mascota aprendiera a dominar la Tierra y el Agua. Había escuchado que uno de sus maestros de tierra control había recibido un disparo en el ojo, cortesía de un arquero Yuyan, a mitad de una lección, por orden de la Princesa heredera. Ella no tenía razones para hacerlo. Hasta donde yo sé, Ozai confiaba en ella de manera implícita y ciega. Y su palabra era ley, solo superada por el Señor del Fuego.

Me contaron la espeluznante historia el primer día que comencé a enseñar al joven Avatar, sin duda para recordarme mi lugar y lo que podía perder su me atrevía a sobrepasar la línea. Tomé la advertencia seriamente, pero tal vez no de la forma en que a los tontos de Ozai les hubiera gustado. Mis esfuerzos con el chico fueron cada vez más sutiles luego de la charla.

El dominio del agua le resultó fácil; aprendió rápido, con demasiada facilidad, su poder puro no se parecía a nada que yo hubiera visto. Enseñándole, caminé por el filo de la espada, conteniéndome pero todo el tiempo necesitando mostrar algo de nuestros esfuerzos. Y pude ver que él también se contuvo. Tanto como yo. No tenía prisa por completar el entrenamiento, cuando la maestría solo prometía la ruina de los dos. No sé si él lo sabía.

Pero lo hice.

Durante siglos, enseñar al Avatar el control elemental fue visto como una marca de honor, una forma de que tú nombre pasara a la historia al lado del Avatar al que servía. Pero ahora, para alguien de mí nación, enseñar al Avatar es un acto de sumisión, de entrega. Prueba de que toda deshonra se puede comprar, por el precio correcto. Enseñar al niño significaba vender a tus padres, tus abuelos y a tus hijos como servidumbre. Era eso o ser reducidos a cenizas.

Y yo, el maestro Pakku de la Tribu agua del Norte, había vendido mi alma para ser su maestro. Mi nombre sería escupido para siempre entre mi tribu, un siseo al ser escuchado y una maldición sólo para ser pronunciado en forma de burla.

Pero ellos no saben que le enseñé más de lo que podían imaginar los de la nación del fuego.

Solo rezo para que haya aprendido la lección. Y que un día lo use para acabar con este infierno eterno, esta guerra sin fin. Pero, ¿quién sabe si podrá resolver la codificación de mis enseñanzas? ¿Querrá hacerlo? Ha estado en la palma de la mano del Señor del Fuego desde que era niño, después de todo.

Supongo que ahora nunca lo sabré.

Puedo sentir los tambores anunciando la ejecución golpear profundamente dentro de mu pecho y mi cráneo se llena por el sonido. Siento que el sudor empieza a gotear por mi espalda. Mientras las antorchas se alzan y acercan cada vez más, pienso en mi amado hogar, anhelando la repentina potencia del frío del hielo y la nieve del norte. Soy un anciano ahora, pero no estoy más allá del miedo que se aferra a mi estómago como un niño pequeño, asustado y solo en la oscuridad.

Tengo miedo. Pero no dejaré que vean cuánto.

Levanto la barbilla con orgullo. En el último momento miro hacia el palacio, el mismo lugar donde cometí el atroz crimen de la verdad que me trajo a este momento. Y allí, en el balcón, emerger tres figuras en la gloria de la realeza para verme morir.

En el centro está el propio Señor del Fuego Ozai, tan imponente y autoritario como siempre, la llama dorada de su cabello brillando brutalmente a la luz del sol del mediodía. A su derecha la princesa heredera Azula está de pie, con una sonrisa en esos labios rojos como la sangre.

Y allí, de pie a la izquierda del Señor del Fuego y casi tan alto como él, está la razón por la que me arriesgué a infiltrarme. Su largo cabello negro va recogido como siempre en el moño característico de su nació, dejando solo el extremo de su flecha azul cielo de su ascendencia visible en su frente. Su rostro es cuidadosamente neutral, pero imagino que detrás de esos ojos oscurecidos hay algo parecido a la simpatía.

¿Tristeza? ¿Repulsión? O tal vez nada en absoluto. Quizás soy solo un anciano que desea que mi pira funeraria no haya sido en vano.

Lo último que veo es el fuego reflejado, parpadeando brillantemente en esos ojos grises antiguos y juveniles antes de cerrar los míos con fuerza por el dolor.

Y contra todos mis arduos esfuerzos, un grito sale de mi garganta.