Resumen: Mirabel crece en un pequeño pueblo, ella y su madre prácticamente sirviendo a su familia materna. Todas las noches su madre le cuenta historias sobre su padre que podía ver el futuro y sobre el maravilloso lugar donde nació: el Encanto. Papá Bruno AU
Notas:
1) Los personajes no me pertenecen. Los personajes de Encanto son propiedad de quien tenga los derechos (¿Disney?)
2) Este fic fue realizado sin fines de lucro, solo por diversión.
LA MADRIGAL PERDIDA
CAPÍTULO 1
Casa Madrigal
Año 34 del Encanto
Bruno Madrigal se detuvo delante de la puerta de casita y respiró hondo. No quería admitirlo en voz alta, pero estaba muerto de miedo de lo que estaba a punto de hacer: era la primera vez en su vida en la que iba a desafiar a su madre tan abiertamente y quizá eso provocaría más problemas de los que ya tenía.
Estaba pensando en ello cuando sintió un suave apretón en su mano y se volvió hacia un lado para encontrarse con la dulce sonrisa de María.
-Todo va a estar bien, Bruno- dijo María tomando la rata del hombro de su esposo y guardándola en el bolsillo de su delantal.
-Eso no lo sabes- dijo él cabizbajo. No estaba seguro de que todo fuera a estar bien y no se atrevía a mirar al futuro para verlo. No, sus visiones siempre daban malas noticias y jamás miraba cuando se trataba de su familia.
-Vamos, esta es una buena noticia- dijo la mujer sin dejar de sonreír- estoy segura de que tu madre y tus hermanas se alegrarán por nosotros-
Bruno tenía serias dudas de que eso fuera a suceder, pero sonrió y volvió a respirar hondo antes de llamar a la puerta de casita. Escuchó algunas risitas en el interior, sus sobrinas, antes de que la puerta se abriera.
-¡Tío Bruno!¡Tío Bruno está aquí!- exclamó Luisita, la más dulce de todas las niñas en la casa Madrigal. Era una pequeñaja delgadita que amaba la tranquilidad y por eso congeniaba muy bien con él. A un lado Isabela estaba sentada frente a una maceta, concentrándose en la tierra en el interior. Hacía unos meses que había recibido su don de crear flores y plantas de todos tipos, y estaba tratando de controlar su don. Su otra sobrina, Dolores, lo miraba desde la parte alta de la casa y le lanzó una mirada ofendida antes de meterse a su habitación.
-Pfff...- se quejó Bruno. Dolores seguía ofendida por la visión que había tenido de ella y, como siempre, no había sido nada agradable. Eso le pasaba por no saber decirle que no a sus sobrinas. Al menos Luisita aún no le había pedido una visión.
-Ya, sé que Dolores pronto te perdonará- dijo María poniendo una mano en su hombro- es una niña muy dulce-
Bruno iba a responderle cuando escuchó un relámpago y vio a Pepa salir de su habitación junto a Félix. La nube en la cabeza de su hermana desapareció y suavizó su mirada para ir a verlos.
-¡María!¡Brunito!- dijo Pepa bajando a toda prisa y abrazando a los dos al mismo tiempo- hace mucho que no venían. ¡Ya los extrañaba!-
Aún decía eso cuando se echó a llorar y les dio la espalda para abrazar a Félix, casi al mismo tiempo que Julieta salía de la cocina y se secaba las manos. Ninguno de los dos pudo evitar ver la pancita de Pepa ni la manera en que la acariciaba.
-Pepita, ¡no sabía que estabas esperando!- dijo Bruno sorprendido por la coincidencia.
-¡Sí! Esperemos que sea el primer niño de su generación- dijo Pepa muy orgullosa de sí misma mientras acariciaba su vientre y Félix la abrazaba amorosamente por la espalda- nacerá en diciembre o enero-
Bruno se volvió a María y esta sonrió levemente sin decir nada más.
Al escuchar el alboroto, Alma salió al patio para ver de qué se trataba y se sorprendió de ver a su hijo y a esa... mujer dentro de la casa. Frunció el entrecejo tan pronto como los vió y bajó las escaleras hacia ellos.
-Bruno Madrigal, ya sabes lo que la familia piensa de esta situación- dijo Alma seriamente. Bruno sabía que "la situación" era el hecho de que llevara a María a casita, algo que le tenía prohibido desde el momento en que se había enamorado de ella.
Hacía dos años que Bruno no vivía en la casa Madrigal porque Alma no aprobaba de su entonces novia y ahora esposa y había decidido irse de ahí tras una horrible pelea. No sabía cómo había logrado convencer al padre de que los casara incluso contra los deseos de las dos familias, y había tenido que mudarse a una casa del pueblo. Ambos habían tomado trabajos ordinarios y habían estado muy felices hasta ahora.
Alma seguía inamovible: no quería a esa mujer en su casa.
-No hemos venido a quedarnos, mamá, solo estamos aquí por cortesía para darte una noticia- dijo Bruno seriamente. Realmente odiaba cuando su madre se ponía así. Respiró hondo: iba a darle una buena noticia al menos- María y yo estamos esperando también. Nuestro bebé nacerá en la segunda mitad de marzo-
Julieta y Pepa dieron un grito de emoción al mismo tiempo y se lanzaron a abrazarlos para felicitarlos. Después de ellas dos fue el turno de Félix y Agustín, quienes le dieron a Bruno una palmadita en la espalda a manera de felicitación e incluso las niñas se emocionaron al escuchar que tendrían otro primo más.
A diferencia del resto de la familia, Alma se mantuvo mucho más seria que antes de la noticia, y era evidente su desagrado de la joven que estaba a su lado. Bruno tomó la mano de María desafiante, sin dejar de ver a su madre. Cuando terminaron los festejos y felicitaciones de sus hijas y yernos, Alma se cruzó de brazos con una expresión que no auguraba nada bueno.
-Bruno, necesito hablar contigo en mi habitación. AHORA- dijo Alma con gravedad, dándoles la espalda y subiendo a su habitación, sin siquiera reconocer la presencia de su nuera. Bruno suspiró presintiendo la tormenta que venía y, tras una mirada a María diciéndole que la dejaría un momento con sus hermanas, soltó su mano y siguió a su madre al piso superior.
-Toc toc toc toc toco madera- dijo en voz baja dando golpecitos al pasamanos de la escalera, sabiendo que su madre no aprobaba de eso.
La habitación de Alma Madrigal era tan sobria como de siempre, y le traía malos recuerdos del día en que había obtenido su don (y había comenzado su tormento como el que profetizaba mala suerte para todo el Encanto). También había estado una vez ahí con María, peleando por su derecho a traerla a casita así como sus hermanas habían traído a Agustín y a Félix, y había terminado con Alma ordenando a casita que los echara a ambos.
Una vez que su hijo estuvo dentro de la habitación, Alma cerró la puerta y se volvió hacia él con una expresión reprobatoria.
-¿Pero qué has hecho, Bruno?- dijo Alma en un susurro cargado de desdén. Su ceño estaba fruncido y sus dientes apretados, como si Bruno acabara de hacer algo terrible- ¿cómo pudiste ser tan descuidado?-
Bruno no sabía cómo responder eso.
-Mamá, voy a tener un hijo con mi esposa, eso no significa que sea descuidado. Era algo que deseábamos desde hace mucho tiempo- dijo él molesto ante el reclamo de su madre- no es nuestra culpa que no te agrade María...-
-¡No me hables así!- dijo Alma antes de respirar hondo y agregar con paciencia- los Acevedo son unas personas horribles que han causado cientos de problemas en el Encanto. Su padre es un alcohólico y golpeador, su madre es una ladrona, y ni quiero hablar de lo que su hermano hizo a la pobre hija de los Gómez. Sabes bien todo el daño que esa familia ha causado a este pueblo, por eso nunca son invitados a las ceremonias...-
-¡Lo sé tan bien como tú, mamá! Pero María no es como el resto de su familia, y ellos ni siquiera quieren vernos tampoco- dijo Bruno frunciendo el entrecejo sin poder creer que su madre siguiera tan obstinada en contra de su esposa- ella es una buena persona que me hace feliz, y que hace todo lo posible por agradarte. ¿Por qué no puedes darle aunque sea una oportunidad...?-
-Mientras yo viva, ningún Acevedo será bienvenido en esta casa...- dijo Alma dándole la espalda.
-Mamá, María va a tener a tu nieto...- dijo Bruno en un tono casi suplicante, pero Alma no se movió y él supo que había dado la conversación por terminada- bien, si así quieres que sea. Pero sé que un día te arrepentirás de esto-
Bruno salió del cuarto de su madre con una expresión llena de tristeza al no haber tenido éxito y bajó al patio ante las miradas preocupadas de sus hermanas, cuñados y de María. Tomó la mano de su esposa y sacudió la cabeza derrotado.
-Está bien, Bruno. No quiero que te pelees con tu madre- dijo María en voz baja, aunque no pudo evitar el tono de decepción en su voz. No quería más problemas con los Madrigal, ya tenían suficiente con los Acevedo, pero al mismo tiempo no quería que su futuro hijo naciera sin el resto de su familia.
Bruno no dijo nada y se despidió del resto de los miembros de su familia antes de salir de la casa Madrigal rumbo a su propia casa. Había tenido la esperanza de que todo mejorara con su madre por el hecho de que María esperaba a uno de sus nietos, pero desafortunadamente no fue así.
-Lo siento mucho, María. No te mereces nada de esto- dijo Bruno tristemente dejando su ruana junto a la puerta de la casa y dejándose caer en una silla del comedor- parece que ninguno de los dos tenemos familia-
-No digas eso. Al menos tus hermanas no piensan igual que tu madre. Y tu familia no es…como la mía- dijo María con una leve sonrisa, sacando a Lola de su bolsillo para ponerla en el hombro de Bruno antes de sentarse frente a él y poner una mano en su vientre- no te preocupes, vamos a tener nuestra propia familia pronto. Y estoy segura de que tu mamá cambiará de opinión cuando conozca a nuestro bebé-
-Mmm...- dijo él sonriendo finalmente e inclinándose hacia ella para besar su mejilla- ¿siempre tienes que hacerme ver el lado positivo?-
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Casa de Bruno Madrigal
Meses después
Félix y Pepa habían ido a visitar a Bruno a su casa en el pueblo y llevaron consigo al pequeño Camilo, un bebé inquieto y sonriente de dos meses que miraba con curiosidad a su alrededor, que había nacido con una hermosa mata de rizos castaños. Bruno podía notar que su hermana y cuñado estaban más que felices con su niño, el primero de la familia Madrigal después de Bruno.
María salió de la cocina llevando una bandera con café para todos los presentes. Bruno se levantó para quitársela de las manos y servir a sus invitados mientras que María acariciaba los rizos del pequeño antes de sentarse con dificultad.
-Mi amor, deberías dejar que yo me encargue de eso- dijo Bruno tomando su mano- ya no puedes seguir haciendo esto-
-No es nada- dijo María poniendo una mano sobre su panza.
-Escucha lo que te dice Bruno, María- dijo Pepa con un arcoíris sobre su cabeza mientras que Camilo tomaba su dedo en su manita- ¿qué te falta, dos o tres semanas?-
-¿Cómo piensan ponerle?- preguntó Félix sin esperar a que María respondiera.
-Le pondremos Miguel si es niño- dijo María- y si es niña…-
Bruno sonrió y deslizó su mano hacia María para tomarla. Estaba muy feliz y emocionado por el próximo nacimiento de su bebé que ni siquiera había recordado el hecho de que su madre no quería que María visitara casita. ¿Qué pasaría si su madre nunca lo aceptaba y su hijo cumplía cinco años?¿Sería capaz de dejarlo sin su don? Sacudió la cabeza sin querer pensar en ello. Ya se preocuparía por eso cuando llegara el momento.
-¿Bruno?- escuchó la voz de María sacándolo de sus pensamientos.
El aludido levantó la mirada y vio que el arcoíris de Pepa había desaparecido y se había vuelto una nube negra que combinaba con su cara de preocupación y la de Félix. María había dejado caer su taza, que cayó al suelo, y se encogió sobre su abdomen y apretó los ojos.
-¿María?¿Qué sucede?-
-Me duele…- dijo ella con lágrimas en los ojos- creo… que este pequeño ya quiere nacer-
Preocupado y emocionado al mismo tiempo, Bruno se puso de pie para ayudar a María a levantarse de su asiento y conducirla a la cama. Pepa sonrió levemente pero su nube seguía de color negro y dejaba escapar algunos relámpagos.
-Tranquila, Pepi- le dijo Félix tomando su mano- todo va a estar todo bien. Quizá sería buena idea llamar a Julieta para que esté aquí en caso de que haya alguna razón para ello, pero justo ahora no hay nada de qué preocuparse-
-Sí, sí, ve por ella por favor, Félix- dijo Pepa mientras seguía a Bruno y María su habitación con Camilo bien aferrado a sus brazos. Félix se apresuró de regreso a casita.
-Aguuu…- dijo Camilo tratando de alcanzar la nube sobre la cabeza de su mamá con sus manitas.
Una vez que lograron hacer que María se recostara, Bruno se sentó a su lado en la orilla de la cama y tomó su mano para acompañarla. No pasó mucho tiempo cuando Julieta llegó a casa para ayudarles, murmurando algo sobre que Alma no se había dado cuenta y esperaba que no lo hiciera hasta que naciera el bebé.
María parecía asustada, aferrándose a la mano de Bruno con cada contracción.
-Está bien, María, solo respira. Todo va a estar bien. Este niño solo es un poco inquieto que quiso nacer antes- dijo Julieta con calma antes de mirar de reojo al calendario que tenían en la habitación. Era casi la medianoche, casi 6 de marzo.
María asintió con una sonrisa a pesar de lo mucho que le dolía, más tranquila al ver a su cuñada ahí en caso de que algo se complicara. Bruno también estaba aliviado de ver que sus hermanas estaban ahí.
-¿No tienen que cuidar a sus otros hijos?- dijo María débilmente entre una contracción y la siguiente.
-Tú solo preocúpate por tu bebé ahora- le dijo Julieta poniendo una mano en su frente- Agustín se quedó a cargo de los niños en casita-
Después de varias horas y una noche muy difícil para todos los presentes, en las primeras horas de la madrugada por fin se escuchó el llanto de un bebé, despertando a Pepa y Camilo (quienes se habían quedado dormidos en un sofá) y haciendo que las hermanas de Bruno dieran un pequeño grito de emoción.
-¡Es una niña!- exclamó Pepa cuando Julieta le pasó a la bebé volviéndose a Bruno para ponerla en sus brazos- ¡felicidades, Brunito, ya eres papá de una hermosa niña!-
Bruno la tomó con manos temblorosas. Ni siquiera sabía cómo cargar un bebé hasta ese momento, pero vio a la pequeñita llorando hasta que extendió su manita y tocó la nariz de su papá, dejando de llorar en el acto. Con lágrimas en los ojos, Bruno la acercó a María para ponerla en sus brazos.
-Por fin estás con nosotros, mi niña. Mi mariposita- dijo en un susurro, besando su cabecita y luego la frente de María.
Comenzó a llover afuera y la nube de Pepa estaba mojándola, ya que derramaba lágrimas de felicidad. Julieta no lloró, pero se encargó de que María comiera un buñuelo mientras ella y Bruno admiraban a la pequeña.
Después de un rato, cuando María comenzó a quedarse dormida, Julieta tomó a la pequeña de sus brazos para limpiarla y envolverla en una manta limpia y tibia. Félix entró a la habitación con Camilo y lo acercó a la recién nacida.
-Mira, Camilito- dijo Félix mientras el niño tomaba la manita de la pequeña con la suya- ella es tu primita también…-
-Aguuuu…- Camilo sonrió como con todo lo que veía, estirando su manita para tocar a su prima recién nacida.
-Awww… esos dos andarán juntos por todos lados- observó Pepa con una sonrisa, su nube mostrando un arcoíris- y harán muchas travesuras-
-Es perfecta, Bruno. ¿Cómo se va a llamar?- preguntó Julieta devolviendo a la pequeña a los brazos de su padre.
-Mirabel- dijo Bruno sin poder dejar de mirarla- su nombre es Mirabel-
En ese momento, Bruno se sintió el hombre más feliz de mundo, y no creyó que pudiera haber algo que pudiera destruir su felicidad.
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Casita
Mas tarde
Una vez que las hermanas y Félix se aseguraron que Bruno y María tenían todo lo que necesitaban regresaron a casita para encontrarse con la expresión lívida de Alma. Julieta tragó saliva y respiró hondo. Seguramente no estaría muy feliz que las dos regresaran a casa en la madrugada, las dos empapadas por la lluvia que causaba Pepa y con idénticas expresiones cansadas.
-Buenas noches, mamá- dijo Julieta con calma tratando de que su madre no explotara, pero su cuidado fue en vano.
-¿Qué horas son estas de llegar para los tres?¡Y con el bebé!- exclamó Alma molesta al ver las expresiones culpables de los tres. Camilo rió desde los brazos de Félix- ¡explíquense inmediatamente!-
Los tres se miraron entre sí preocupados por el regaño que les venía encima. Pensándolo bien, quizá debieron haberle avisado que estarían en casa de Bruno y que se llevarían a Camilo con ellos, pero no podían haberse arreglado diferente: las dos hermanas querían estar con Bruno y Pepa no podía dejar a Camilo por mucho tiempo en caso de que tuviera que comer.
-Mamá, estábamos ayudando a alguien en el pueblo- dijo Julieta simplemente antes de agregar- María y Bruno ya tuvieron a su bebé, y fuimos a ayudar…-
-Esa no es excusa- dijo Alma cada vez más molesta- ¡Pepa, esperaba más de ti! Dejaste a los niños solos en la casa y causaste una lluvia inesperada-
Las hermanas no dijeron nada y miraron hacia el suelo. Era típico de Alma regañar a Pepa cuando en realidad quería regañar a sus dos hijas. En ausencia de Bruno, ahora Pepa se había transformado en el problema y Julieta en la señorita perfecta. Al ver que ninguna de las dos dijo nada, Félix intervino aún con Camilo en sus brazos.
-¿Eso es todo, señora Alma?- dijo Félix frunciendo el entrecejo mientras que Pepa causaba un relámpago de tristeza- ¿ni siquiera quiere preguntar cómo está su nieta, o su nuera?-
Alma suavizó un poco la mirada al escuchar eso pero no dijo nada más al respecto. Les dio la espalda y comenzó a subir de regreso a su habitación, haciendo que las hermanas se miraran preocupadas.
-Espero que las dos estén listas a primera hora para trabajar como siempre mañana temprano. No toleraré retrasos bajo ningún pretexto- dijo Alma seriamente antes de cerrar la puerta de su habitación.
Pepa y Julieta miraron entristecidas la puerta cerrada, no podían creer que su madre no quisiera siquiera conocer a la pequeña Mirabel. Y como si hubiera detectado el humor a su alrededor, Camilo comenzó a llorar. Pepa lo tomó de brazos de Félix y lo abrazó.
-No llores, Camilito- le dijo Julieta acariciando el cabello de su sobrino- estoy segura de que tu abuelita se dará cuenta de que se equivocó en un par de días. Tendrás a tu primita haciéndote compañía en la cuna muy pronto… y estarás pateándola como tu mamá pateaba a tu tío Bruno-
Pepa dejó escapar una risita al escuchar eso y recordar las historias de su madre sobre cómo solía patear a Bruno en la cuna cuando eran bebés. Camilo no entendió nada y comenzó a chupar sus deditos.
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Casa de Bruno
Dos días después
Bruno y María descubrieron que ser padres primerizos era más difícil de lo que creían, incluso cuando Mirabel era una bebé muy tranquila, pero estaban disfrutado cada minuto de ello. A pesar de que la pequeña solo comía y dormía, los dos casi peleaban por tenerla en sus brazos sin importar si era de día o de noche: habían sido dos hermosos días.
La pequeña terminó de comer y repitió antes de volver a arrullarse en los brazos de su papá. María vio a su esposo pasar sus dedos por la cabecita de Mirabel, quien había nacido con cabello oscuro, del mismo color que su papá, y su nariz se parecía mucho a la de su tía Julieta. Sus ojos aún eran grises y María se preguntaba si se parecería a ella en algo. Esperaba que no tuviera ningún rasgo de su familia o podía olvidarse de que la señora Madrigal algún día cambie de opinión y la acepte.
Era triste que tuviera que ser así, pero tendrían que tener paciencia. Bruno había perdido la esperanza, pero ella aún esperaba que todo cambiara y Mirabel fuera aceptada por su abuela materna. No quería que su hija creciera sola, no la quería cerca de su propia familia y daría cualquier cosa para que los Madrigal la incluyeran.
Mirabel parecía estar soñando porque sonrió mientras dormía, haciendo que sus padres suspiraran de lo linda que era. Aún pensaban en ello cuando llamaron a la puerta. María se levantó y abrió para encontrarse a Agustín cubriéndose de la lluvia un paraguas.
-Hola María, Bruno- dijo él en voz baja.
-Hola, Agustín- dijo Bruno aún sentado en una mecedora con la pequeña en sus brazos, mirando a su cuñado con una sonrisa- wow, no me había dado cuenta de que está lloviendo. ¿Está todo bien?-
-No, eh… la señora Alma quiere hablar contigo… Bruno- dijo Agustín dudoso, y al ver que los dos se miraron preocupados y se pusieron de pie, agregó- solo contigo, Bruno. Lo siento mucho, María…-
La mujer le sonrió levemente y se acercó a Bruno para tomar a Mirabel de sus brazos, quien se quejó por el movimiento pero se durmió de inmediato en los brazos de su madre.
-Está bien, Agustín, no te preocupes- dijo María acercándose a besar a Bruno en la mejilla tras haber tomado a su bebé- te veré en un rato-
Su esposo asintió seriamente con una expresión resignada y besó la cabecita de la pequeña antes de salir a la lluvia bajo el paraguas de su cuñado. Cuando su esposo se fue, María borró su sonrisa y se dejó caer en la mecedora.
Le dolía un poco todo el drama que estaba sucediendo con todo el rencor que su suegra le tenía a su familia (rencor bastante justificado, pero quizá no contra ella), y el efecto que tenía en las dos personas que más amaba en el mundo.
Pensaba en ello cuando vio que el suelo en la entrada de la casa estaba completamente mojado por la lluvia, así que se puso de pie y caminó a su habitación.
-Te dejaré solo un momento, mi vida- dijo María en un susurro mientras ponía a la pequeña en la cuna- no queremos que papá se resbale y se lastime cuando regrese, ¿verdad?-
Mirabel seguía profundamente dormida y no reaccionó a la voz de su mamá, así que María tomó un trapeador y se puso a limpiar el agua en el suelo. Apenas había comenzado cuando llamaron a la puerta.
"Wow, eso fue rápido", pensó ella "quizá Bruno cambió de opinión sobre ir a ver a la señora Alma y regresó a casa".
Pero no era Bruno en la puerta, sino su padre: René Acevedo.
María tragó saliva al ver ahí a su padre mirándola con una expresión que le heló la sangre. Así como Alma no había aceptado a María, René Acevedo no había aceptado a Bruno como yerno. Su familia había prácticamente desheredado a María cuando les dijo que se iba a casar con un Madrigal.
-P…padre- dijo María tartamudeando, pero mantenía su mano en la puerta. No quería que su padre estuviera cerca de Mirabel y ni de chiste lo dejaría entrar a su casa. ¿Por qué tenía que venir justo cuando Bruno se fue?
-María- dijo René en voz baja, al parecer ignorando el hecho de que el rostro de su hija había perdido todo su color- he venido a informarte que toda la familia se va a mudar fuera del Encanto esta noche, a un pueblo llamado Fuente Blanca-
-Ah…- dijo María en voz baja, sintiendo la sangre golpeando su cabeza, sin saber realmente cómo responder a eso. ¿Qué quería que le dijera?¿Que le pidiera que no se fuera, o que le escribiría?
Al parecer su padre tampoco esperaba una respuesta, porque se dio media vuelta y se fue sin siquiera entrar a la casa. María cerró la puerta sin saber qué pensar de ello casi al tiempo que escuchó a Mirabel comenzar a llorar en la otra habitación. Respirando hondo para tranquilizarse y no alterarla cuando la alzara, la mujer corrió a su habitación pero se encontró con algo que hizo que su corazón se detuviera.
Mirabel no estaba en su cuna, sino estaban en brazos de su hermano Alberto. Al parecer el hombre había entrado por la ventana y había tomado a la niña, quien vestía solamente su pañal y un vestidito delgado, mojándola con la lluvia que entraba por la ventana.
-Ah, son tan lindos a esta edad- dijo Alberto con una sonrisa maliciosa.
María tembló. Su hermano había hecho cosas horribles en el pasado, y que tuviera a Mirabel en sus brazos era una de sus peores pesadillas. No solo eso, tenía un cuchillo de cocina en su mano libre y lo mantenía a unos centímetros la niña.
-Alberto…- dijo la mujer sin aliento- devuélveme a mi bebé…-
-¿Qué? Solo estoy conociendo a mi sobrina- dijo Alberto fingiendo despreocupación mientras le daba la vuelta sin ningún cuidado- ah, es una pena que tengamos que irnos. O no, no tenemos que despedirnos, ¿verdad, bebé?-
Mirabel seguía llorando desconsolada por el incómodo aire fresco, la lluvia que entraba por la ventana y la manera descuidada en la que la estaban manipulando, haciendo que la mujer comenzara a desesperar.
-Alberto, por favor, devuélveme a…- dijo María.
Su hermano pareció perder la paciencia y la golpeó en la frente con el mango el cuchillo, haciéndola caer al suelo de la habitación. Un hilo de sangre comenzó a fluir de su frente y María se cubrió para detenerla.
-Papá te dijo que nos vamos a ir, y tú vas a venir con nosotros- dijo Alberto.
María quería gritarle que no, que ni en un millón de años iría con ellos a ningún lado, pero no podía hacerlo enojar o lastimaría a Mirabel. Estaba muerta de miedo, y quería que Bruno regresara a ayudarla a recuperar a su hija.
-Está bien, solo dame a Mirabel- dijo María sin moverse de su sitio, pero vio a su hermano echarse a reír.
-No creerás que caeré en eso, ¿verdad?- dijo él- me la llevaré a nuestra carreta que nos espera justo fuera del Encanto, si no quieres que… no sé, la niña accidentalmente se caiga al río, vendrás con nosotros. Ahora-
María supo que no tenía opción. Ni en un millón de años dejaría que se llevara a Mirabel consigo, sabía que Alberto seguramente la lastimaría o incluso era capaz de matarla. Con lágrimas en los ojos le dio la espalda a su hermano para apoyarse en el suelo y ponerse de pie, apenas escribiendo las iniciales del pueblo que le dijo su padre y las de su hermano en el suelo con la sangre de su frente sin que éste se diera cuenta, una pista para que Bruno las encontrara. Una vez que lo hizo, se puso de pie, rápidamente tomando las mantas de la cuna de Mirabel y un abrigo.
-Sabia decisión- dijo Alberto sin soltar a la niña- después de ti, hermanita. Te la devolveré cuando estemos en la carreta fuera del Encanto-
Mirabel siguió llorando desesperada e incómoda, y su llanto estaba rompiéndole el corazón. Con lágrimas en sus ojos, María miró hacia atrás para ver por última vez su casa, y siguió a su hermano.
"Por favor, Bruno, apresúrate a regresar y encuéntranos", pensó ella.
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Poco después
Bruno regresó a su casa furioso con su madre. No solo lo había citado para reclamarle el hecho de que había "complicado las cosas" al tener un hijo con una Acevedo, sugiriendo que por su culpa tendría que invitar a sus odiados rivales a las celebraciones en casita ahora que uno de ellos era también un Madrigal, sino que también cuestionó su paternidad de Mirabel.
-Ya sabes como es esa familia- le había dicho Alma- no puedes saber si esa niña es realmente tuya-
Aquello había hecho que su sangre hirviera de furia.
-No puedo creer que haya sugerido eso- gruñó Bruno mientras que caminaba de regreso a su casa acompañado de Julieta y su esposo, quienes querían conocer a Mirabel y pasar tiempo con María, algo que hacían bastante seguido a espaldas de Alma.
-Lo sé, Bruno, nosotros también estamos tan sorprendidos como tú- dijo Julieta- creí que mamá finalmente iba a aceptar a María ahora que nació Mirabel…-
-Yo también esperaba eso, pero…-
Bruno se interrumpió al ver la puerta de su casa abierta. Frunciendo el entrecejo preocupado comenzó a correr hacia ahí seguido de Julieta y Agustín, y entró rápidamente para encontrar las luces apagadas y algunas cosas tiradas y volteadas.
-¿María? ¡María!- dijo Bruno preocupado, y corrió hacia la habitación, encontrándola vacía también. No había rastro de María ni de Mirabel en toda la casa.
-Iiik iiik iikkk- Lolita comenzó a chillar desesperada tan pronto como lo vio como si quisiera decirle algo. Bruno encendió la luz y se volvió a donde la rata quería desviar su atención. Solo vio una pequeña mancha de sangre en el suelo y cuatro letras a un lado, escritas con esa misma sangre, las iniciales "A.A." y "F.B."
Julieta entró detrás de él.
-¿María?¿Qué…?- comenzó a decir Julieta, y se interrumpió cubriendo su boca con sus manos al ver eso- ¿qué pasó?¿Dónde están?-
-N…no sé- dijo Bruno temblando y tirando de sus cabellos. Su esposa e hija no estaban. No había razón por la que María no podía esperar unos minutos a que él regresara en caso de que necesitaran algo.
-¿Quizá María se lastimó accidentalmente?- dijo Agustín rascándose la cabeza queriendo traer algo de optimismo- ¿quizá fue a buscar a Julieta y se llevó consigo a Mirabel para no dejara sola?-
-La habríamos encontrado en el camino, Agustín- dijo Julieta sacudiendo la cabeza, tan preocupada como su hermano- este es el camino más directo a casita-
Bruno no estaba escuchando, meditando qué significaba "A.A." y "F.B." ¿Qué podría ser? Pronto recordó que las primeras eran las iniciales de su cuñado Alberto Acevedo y tembló. No quería pensar que las personas que más amaba en el mundo estuvieran con ese hombre, y no lo permitiría si podía hacer algo al respecto.
Dejó a su hermana y cuñado aún pensando en lo que había pasado, tomó su abrigo de viaje y se dirigió al establo.
-Bruno, espera un momento- dijo Julieta corriendo detrás de él- ¿a dónde vas?-
-A buscar a mi esposa e hija- dijo Bruno saliendo de la casa.
-Espera…- dijo ella, pero su hermano la ignoró de nuevo y subió a su caballo, dirigiéndose fuera del pueblo a la casa de los Acevedo, encontrándola completamente vacía cuando llegó.
-No…- dijo Bruno preocupado al caer en cuenta de lo que significaba eso. La familia de su esposa se había ido del Encanto, y se habían las habían llevado consigo.
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CONTINUARÁ…
¡Hola a todos! Esa nueva historia es un Papa!Bruno AU un poco diferente. Espero que les guste esta nueva locura que se me ocurrió. Trataré de actualizarla cada dos días, pero por motivos personales llamados "el mundo real" puedo llegar a atrasarme. No teman, no se quedará inconclusa, la historia ya está terminada.
Nos leemos pronto. Abrazos.
Abby L.
