Holi,

Sí, he vuelto. ¿Cómo estáis todes? Yo tengo que decir que algo nerviosilla, porque traigo una nueva historia «larga» (no va a ser TAN larga como Wicked Game, eso lo puedo confirmar). A raíz de la salida de la serie de Obi Wan, se me ocurrió plantear una nueva historia de Cómo entrenar a tu dragón basada en el universo de Star Wars. ¿Que es una locura? Sí. ¿Que existe la posibilidad de que la borre si veo que no funciona? Pues también, pero por lo menos voy a hacer la prueba.

Voy a intentar hacer un pequeño resumen de conceptos básicos de Star Wars al final del capítulo para quienes no hayáis visto la saga. Aunque no creo que sea imprescindible ver las pelis para leer este fic, mi consejo es que por lo menos os veáis los episodios I, II, III y la serie de Obi Wan para entender al 100% el universo de Star Wars que presento aquí (punto extra si os animáis con los episodio IV, V y VI y The Mandalorian). Este fic NO es un crossover, no tengo intención de que salgan personajes de Star Wars que interactúen en este fanfic, pero sí habrá alguna referencia a eventos de Star Wars y menciones a personajes de la saga de Star Wars, sobre todo de los episodios I, II y III. Esta historia se ubica diez años después de los eventos del episodio III y transcurre durante los años del Imperio Galáctico. Por otra parte, voy a reutilizar personajes originales de Wicked Game, como son los padres de Astrid, quienes cobrarán bastante importancia en esta historia. En este caso, si no habéis leído Wicked Game no pasa nada, porque aquí sí que puedo aseguraros de que la historia no tiene nada que ver. Aprovecho también para remarcar que no soy experta en Star Wars y que me voy a inventar muchas cosas para darle sentido a esta historia.

Este capítulo está 100% focalizado en Astrid, pero si la historia gusta y convence, la seguiré y el siguiente estará enfocado en Hipo. Quiero jugar con varios conceptos. Esta va a ser una historia de amor, pero también una historia de aventuras en el espacio y de crecimiento personal. Voy a esforzarme por hacer capítulos más cortos, porque Wicked Game tenía capítulos demasiado largos y no pretendo que esta sea una historia super larga.

Por favor, sabéis lo importante que son las reviews para las autoras que publicamos fanfics de forma totalmente gratuita. Recuerdo también que tengo abiertas comisiones para escribir fanfics y que, si os interesa, podéis escribirme por redes para discutirlas, ya que son tiempo difíciles y una tiene que mantenerse.

Espero de corazón que disfrutéis con este capítulo y que este sea el inicio de una nueva aventura para todes.

Xx.


—¿No eres un poco mayor para andar escaqueándote de tus responsabilidades, señorita?

Astrid entreabrió los ojos desganada. Su madre la contemplaba desde el pie del árbol en el que estaba subida, con las manos posadas sobre sus caderas y su expresión de impaciencia marcada en sus bellos ojos bicolores. Estaba vestida con un bello vestido azul con bordados dorados y una hermosa tiara de gemas de corusca*, perteneciente al arsenal de joyas de la familia real. A poco distancia del árbol, sin quitarles ojo de encima, se encontraba la guardia de la reina, compuesta exclusivamente por mujeres. El sol ya empezaba a calentar contra su piel y se había quedado más tiempo de lo calculado, adormilada por el dulce frescor de la mañana que invadía los boscosos jardines del Palacio Real de Uppsala*. Astrid se estiró sobre la rama y bostezó sonoramente.

—Astrid, en serio, baja de una vez —le ordenó su madre irritada.

—Voy, voy —murmuró ella con resignación.

Astrid se deslizó por la rama en la que estaba sentada y bajó por el tronco del árbol con gracia y suma agilidad. Su madre cruzó los brazos tan pronto sus pies tocaron el suelo y alzó ligeramente la cabeza para mirarla a los ojos, puesto que Astrid era algo más alta que ella.

—El comité imperial llegará al mediodía, comprenderás que no puedo permitirme el lujo de perderte de vista.

—Solo quería tomar un poco el aire —se defendió ella—. Llevo dos semanas sin salir al jardín porque no he parado de escoger vajillas, servilletas y de prepararlo todo. ¿No me merezco un pequeño descanso?

—Cuando el comité se marche podrás descansar cuanto te venga en gana —advirtió su madre lamiendo su pulgar para pasarlo por su mejilla, probablemente para quitar alguna mancha de tierra. Astrid gruñó—. Mejora esos humos, ¿vale? El año que viene convivirás con esa gente en Coruscant*, así que debes aprender a mantener la compostura.

—Delante de ti no necesito mantener la compostura —insistió Astrid enganchado su brazo con el de su madre para volver juntas a palacio.

—Una princesa siempre debe saber mantener la compostura —advirtió su madre con sabiduría—. Nuestra supervivencia depende de ello.

Astrid inspiró profundamente, pero no replicó. Siguió a su madre de nuevo hacia al palacio, custodiadas por media decena de guardias que las acompañaron hasta sus aposentos en las plantas superiores. Allí, Heather, su dama de compañía, daba instrucciones a las doncellas para dar los últimos retoques a su vestido de gala y para seleccionar las joyas. Tan pronto las escucharon entrar, todas las criadas y Heather se inclinaron tal y como dictaba el protocolo.

—Majestad, veo que habéis encontrado a la princesa —comentó Heather con cortesía—. Temía que hubiera subido a alguna nave.

—Solo he ido a los jardines —se defendió Astrid exasperada.

—Suficiente para que te ensucies de arriba abajo —le recriminó su madre soltando su trenza. Astrid sintió que su cabello caía como una cascada por su espalda—. Habrá que lavarte ese pelo y arreglarte las uñas, ¿como puedes tenerlas tan sucias, hija?

Astrid se resistió en poner los ojos en blanco mientras las criadas la desnudaban sin muchos miramientos. Estaba acostumbrada a que una manada de mujeres le quitaran la ropa y se la pusieran como si una muñeca se tratara, aunque por suerte acostumbraba a tener algo más de privacidad cuando se bañaba. Sin embargo, esta vez, su madre insistió en supervisar su baño mientras repasaban punto por punto toda la jornada preparada para el comité imperial.

—¿Es necesario que estéis todas aquí? —preguntó Astrid molesta.

Su madre le lanzó una mirada de circunstancias.

—Esta es tu presentación oficial ante el Imperio, Astrid —dijo su madre sin poder ocultar su impaciencia—. Todo tiene que salir a pedir de boca.

—No ejerceré de senadora hasta mi vigésimo primer cumpleaños, madre, y todavía quedan tres meses para que tal acontecimiento suceda —le recordó Astrid.

Su madre chasqueó la lengua y dio la orden para que todas las presentes se retiraran. Las doncellas obedecieron al instante, aunque Heather esperó a aclararle el pelo antes de hacer una inclinación y retirarse. Eyra se aseguró de cerrar la puerta con el pestillo y sacó un pequeño aparato de la manga de su vestido que dejó sobre su tocador. El objeto era un pequeño droide que revisaba si la estancia pudiera tener un sistema de vigilancia, ya fuera por vídeo como por voz. Cuando el pilotito verde se encendió, su madre volvió a cogerlo y a guardarlo de donde lo había cogido.

—Sé que estás cansada y que no te hace la menor gracia de que el Imperio esté aquí, ¿pero recuerdas la promesa que hicimos cuando nos marchamos de Coruscant hace diez años?

Astrid frunció los labios y se llevó sus piernas contra su pecho.

—¿Astrid?

—Que haríamos lo que fuera para que el Imperio no reparara en nosotras.

—¿Por qué…?

—Porque debemos preservar la seguridad de nuestra gente y de nuestro planeta por encima de todo.

—¿Y por qué el que llamemos la atención del Imperio es peligroso?

—Porque soy como mi padre.

Eyra asintió suavemente y se arrodilló junto a la bañera para ponerse a su altura. Cogió su mano y la apretó con fuerza.

—Hemos mantenido este secreto por casi veintiún años, mi vida. Si quieres ser reina algún día, debes aprender a moverte entre esa gente sin que sepan lo que eres realmente —argumentó su madre—. Nadie debe saber que eres hija de tu padre. Es un secreto que ambas nos llevaremos a la tumba, ¿entendido?

—Lo sé, mamá.

Astrid inspiró hondo y se mordió el labio con tanta fuerza que pudo saborear la sangre en su boca. Su madre le dio unas palmaditas afectuosas en la mano antes de besarla en la sien. Se levantó y extendió una toalla para que saliera de la bañera. Mientras se secaba, Eyra buscó a las criadas para que terminaran de acicalarla y se volvió a ella.

—Tengo que reunirme con el consejo para ultimar los detalles para la reunión con el comité imperial. A las doce en el salón del trono, ¿vale?

—Sí, madre —respondió Astrid con aire ausente.

—Recoged su cabello y decoradlo con las gemas de Urs —ordenó su madre volviéndose a Heather.

—Preferiría las cintas, madre —puntualizó Astrid.

—No, cielo, serán las gemas —insistió Eyra con una sonrisa y posó su mano bajo su barbilla para alzar su rostro—. Quiero que el Imperio sea consciente del poder que alberga la nueva senadora de Uppsala y la futura reina de este planeta. La belleza es una de nuestras armas más potentes y es bueno que piensen que eres una cara bonita, así podrás pillarlos con la guardia baja cuando demuestres que eres muchísimo más que eso.

Astrid sonrió. Su madre la había estado entrenando toda su vida para ser senadora y reina de Uppsala. Había invertido años de estudio en las leyes de su planeta, los planetas vecinos y, por supuesto, en conocer al dedillo la legislación del Imperio e incluso de la Antigua República. Contaba con dotes envidiables para el debate, controlaba un número grande de idiomas —además de la diversidad de dialectos de su planeta—, tenía un conocimiento amplio sobre cómo funcionaban los protocolos de todas las casa reales de los planetas del Imperio y del senado Imperial y, por supuesto, había adquirido todas las cualidades que una princesa de alta cuna debía contar: canto, baile, dibujo, música… A ojos de la galaxia, la princesa Astrid Hofferson de Uppsala era lo que toda princesa debía ser, una encarnación humana de la perfección y un ejemplo a seguir para las jóvenes muchachas de Uppsala.

Lo que pocos sabían era que Astrid también contaba con otros intereses mucho menos principescos. Por su propia insistencia, Astrid se había entrenado con la guardia de la reina para mejorar sus capacidades de lucha cuerpo a cuerpo y su puntería con el blaster era la más certera de todo el ejército de Uppsala. Como futura reina, Astrid había estudiado todo sobre estrategia militar y, para la amargura de su madre, tenía un gran interés en el pilotaje. La reina Eyra le había repetido por activa y por pasiva que su lugar no estaba en los talleres y con los pilotos, pero Astrid se escaqueaba al hangar de palacio siempre que tenía la oportunidad para pilotar alguna nave que no estuviera en uso.

Pese a que estos intereses eran un secreto a gritos en su planeta, Astrid era amada por su pueblo, al igual que su madre. La reina Eyra había sido coronada poco después de la caída de la República, tras el repentino fallecimiento de su madre, y había trabajado para que la transición al Imperio no supusiera la desgracia para su planeta. Eyra Hofferson era una reina sabia, de gran carácter y muy inteligente. Nunca se había casado, aunque sí se había quedado embarazada del padre de Astrid siendo una joven senadora recién llegada a Coruscant. Su embarazo había despertado un gran escándalo en el senado de la República, aunque no había sido la primera mujer que se había quedado embarazada fuera del matrimonio, ya que la senadora Amidala de Naboo también se había quedado embarazada por un desconocido años después, aunque ella y su bebé no sobrevivieron al parto. La identidad del padre de Astrid permanecía siendo un misterio a día de hoy y, pese a la cantidad de rumores que circulaban en torno a su identidad, ninguno de ellos coincidía con la realidad. Ni siquiera su difunta abuela llegó a descubrir quién era y, pese a su enfado con su única hija por su prematuro embarazo y su oposición a casarse, legitimó que Astrid adquiriera el apellido Hofferson y en nombrarla princesa heredera de Uppsala.

Cuando su madre se retiró del baño, las criadas y Heather se pusieron manos a la obra para peinarla, vestirla y maquillarla. El vestido de gala para esa ocasión era de una seda azul celeste con escote cruzado y pedrería. Llevaba, además, una hermosa capa de seda del mismo color que nacía de la mitad de su espalda y caía hasta el suelo, haciendo el efecto de una bonita cola. Astrid de por sí era bastante alta, por lo que no acostumbraba a llevar zapatos de tacón como solía hacer su madre, así que se puso unas sandalias plateadas que combinaban con la pedrería del vestido. El pelo se lo recogieron en una trenza alta que decoraron con las gemas de Urs y, además, le pusieron una tiara de cristales de Marano que combinaba con los pendientes y la gargantilla.

Astrid se contempló en el espejo y asintió con la cabeza a Heather a través del espejo como gesto de aprobación. Heather y ella eran amigas desde muy pequeñas, dado que Heather había sido hija de la Duquesa de Sanabria, una de las damas de compañía de su madre. La Duquesa había fallecido hacía años, pero Heather había permanecido a su lado como su compañera más leal. Aunque físicamente no se parecieran, Heather a veces actuaba como su señuelo en ciertas misiones diplomáticas donde su seguridad podía estar en peligro. Solo necesitaba ponerse una peluca rubia, lentes azules en sus irises y un vestido bonito para hacerse pasar por ella y, por lo general, Heather podía ejercer de princesa mejor que ella.

—¿Si te doy quinientos créditos accederías a sustituirme ante el comité? —preguntó Astrid.

Heather sonrió.

—Vuestra madre no es tonta, alteza, se daría cuenta al instante —apuntó la joven dama con una sonrisa—. Además, sabíais que este día llegaría algún día. Hoy es el primer día de vuestra nueva vida y creo sinceramente que vos más que nadie estáis preparada para esta misión.

Astrid hundió los hombros, consciente de que Heather tenía toda la razón. Respiró hondo y se volvió hacia la puerta, deseando que esa jornada acabara tan pronto fuera posible. Una vez que se marchara el comité imperial, todo volvería a ser como antes, pensó.

Sin embargo, Astrid Hofferson todavía no sabía que esa noche todo iba a cambiar y no precisamente para bien.

Xx.

Astrid estaba odiando cada segundo de aquella maldita fiesta.

La reunión con el comité no había ido bien. El Imperio quería subir los impuestos y exigía contribución armamentística por parte de Uppsala para el ejército Imperio. Uppsala era un planeta rico en recursos, pero siempre se había opuesto a la fabricación de armas y, pese a contar con minerales adecuados, nunca comerciaban con planetas que se dedicaran a la producción de armamento. Su madre era una negociadora implacable y había conseguido mantener las exigencias del Imperio a raya, pero ésta vez, ni el carácter fuerte y decidido de la reina Eyra Hofferson pareció ser suficiente para aplacar las amenazas del Imperio. Si Uppsala no contribuía en las expectativas del emperador, el senado Imperial aprobaría las sanciones que podrían llevar a Uppsala a la bancarrota. Su madre interrumpió la reunión alegando que aquella era una cuestión que debía tratar con el consejo de Uppsala antes de tomar una decisión definitiva, pero prometió que daría su respuesta esa misma noche. Por esa razón, Astrid se vio obligada a ejercer de anfitriona de la fiesta preparada para el comité imperial mientras su madre intentaba buscar una solución con sus consejeros ante el ultimátum.

La curiosidad ante su presencia era notoria entre los miembros del comité. Astrid siempre se había mantenido al margen de todo lo que tuviera que ver con el Imperio, aunque ahora, dado que pronto sería nombrada senadora, debía mostrarse elocuente y, para su disgusto, agradable con las ratas del emperador. Por suerte, esta vez solo habían venido meros burócratas, aunque no sería la primera vez que algún inquisidor hiciera un repentino acto de presencia en palacio.

Hacia el final de la tarde, a Astrid le dolían las mejillas de tanto forzar la sonrisa. Se sentía exhausta y estaba aburrida de las tediosas conversaciones relacionadas con el clima, la moda y otras cuestiones superficiales que los presentes consideraban aptas para ella. Era evidente que nadie la consideraba lo bastante inteligente como para mantener debates políticos; aunque, en esos casos, Astrid debía contenerse, dado que sus opiniones eran demasiado republicanas para el gusto del Imperio y su madre le había advertido de que jamás debía mostrar abiertamente sus ideas contrarias al régimen, ya que su seguridad y la de Uppsala podían estar en juego en caso de hacerlo.

Su madre reapareció en la fiesta a la hora de la cena acompañada por los miembros del Consejo. Fue una cena completa, quizás demasiado larga dada la tensión que se respiraba en el ambiente; y, para disgusto de Astrid, salió el último tema que deseaba tratar en ese momento.

—Contadnos, princesa Astrid, ¿ya tenéis algún pretendiente que os haya llamado la atención?

La pregunta la formuló Lady Griselda, una nativa de Coruscant muy cercana al emperador. Era una experta cotilla que adoraba difundir rumores envenenados sobre todo el mundo. Astrid era una de las solteras más populares del Imperio y, aunque su futuro marido jamás podría ser coronado rey de Uppsala —dado que solo las mujeres podían gobernar en su planeta—, el puesto de príncipe consorte de Uppsala era uno muy codiciado entre los que anhelaban poder dentro del Imperio. Hacía décadas que no había habido un príncipe consorte en su planeta. Su abuelo, a quien Astrid no había conocido, murió cuando su madre apenas era una niña y su abuela no había vuelto a casarse. Su madre, por su parte, nunca había demostrado el menor interés en contraer nupcias y, aunque todavía le sobraban pretendientes, Eyra Hofferson había declarado desde hacía tiempo que su intención era gobernar sola o como mucho con su única hija. Su madre no le había mencionado si era su obligación casarse o no, aunque Astrid era consciente de que era su responsabilidad hacerlo, más ahora que el Imperio estaba poniendo a Uppsala contra las cuerdas. Como princesa y futura reina de su planeta, el amor no era algo que fuera a tocarle nunca a la puerta. Astrid había visto con sus propios ojos las consecuencias de lo que suponía estar enamorada de alguien. Había visto a su madre llorar a su padre durante años y era consciente de que, en toda la galaxia, no habría ningún hombre que le llegara a la suela de sus zapatos, por lo que Astrid sabía que, de casarse, jamás lo haría por amor. Aún así, tenía toda la intención de disfrutar de su soltería y de sus responsabilidades en Coruscant como senadora de Uppsala antes de pensar siquiera en contraer matrimonio con nadie..

—Mi hija aún está en la flor de su juventud, Lady Griselda —intervino su madre con rapidez—. Su formación como senadora y futura regente es su máxima prioridad ahora mismo.

—Bueno, majestad, también creo que cuando una es tan joven, nunca está de más contar con un marido que sepa poner orden a las cosas —comentó la mujer—. Además, el senado es bastante más estricto que el desastre que había en los años de la República, por lo que hay ciertos comportamientos desvergonzados que ya no se pasarían por alto.

Astrid abrió la boca escandalizada. ¿Cómo se atrevían a insultar a su madre de esa manera? Su madre, sin embargo, arqueó una ceja, poco sorprendida por la insolencia demostrada por esa burócrata imperial y, para desconcierto de la princesa y de otros miembros incómodos de la mesa, sonrió de oreja a oreja.

—Astrid es una chica muy responsable, Lady Griselda, más de lo que he sido yo nunca —señaló la reina—. Cumplirá con los estándares del Imperio y, por suerte, si se diera el caso de que mi hija terminara embarazada, Uppsala siempre estará más que dispuesta a tener a su princesa de vuelta junto con su retoño, lejos de las miradas escandalizadas del senado.

Astrid sintió su cara arder a la vez que Lady Griselda fruncía los labios molesta.

—Nunca habéis mencionado al padre de vuestra hija, majestad —comentó Lord Ragnar.

—Astrid es mi hija y solo mi hija —matizó la reina con frialdad—. Eso es lo único que debería importarle al Imperio.

Si los burócratas quisieron replicar, su madre los cortó levantándose bruscamente de su asiento, obligando a todos los presentes —y a la propia Astrid— a levantarse como dictaba el protocolo. Su madre recuperó su compostura relajada y alegre e invitó amablemente al comité a regresar a la sala del consejo para continuar con las negociaciones. Astrid conocía muy bien a su madre, de ella había aprendido a construir esa máscara que tan bien ocultaba sus emociones de los demás, pero Astrid podía leer el cansancio y la preocupación en sus ojos.

Algo no iba bien.

Astrid procedió a acompañar a su madre a la sala del consejo cuando ésta, de un gesto discreto con la mano, la detuvo. Ella debía quedarse en la fiesta y ejercer de anfitriona. La princesa contuvo un bufido de indignación y mantuvo una expresión neutral para que no se delatara su enfado. Sabía que aquel no era el momento para montar una escena y no deseaba presionar más a su madre. Hizo una reverencia corta, la adecuada a su posición como princesa, y su madre sacudió la cabeza agradecida antes de retirarse del comedor con sus consejeros y los burócratas del Imperio.

El resto de la velada transcurrió con demasiada lentitud.

Astrid se vio obligada a bailar con diferentes nobles y visitantes para complacer a los invitados. Mantuvo más conversaciones pedantes y aburridas sobre el tiempo de Uppsala y al menos tuvo la suerte de librarse de cantar el himno de Uppsala ante los presentes cuando un noble borracho lo sugirió. Hacia medianoche, Astrid consiguió escaquearse a las amplias terrazas vacías de palacio para tomar algo de aire. Estaba cansada, las sandalias le estaban destrozando los pies y solo pensaba en el momento en el que pudiera marcharse a la cama. Se apoyó contra la barandilla de mármol azul y plantó su copa de zumo de guayaba burbujeante a su lado. Contempló el cielo nocturno, donde las dos lunas de Uppsala, Astraia y Ronda, iluminaban el firmamento con sus luces blancas y rosadas.

Cuando era niña, una de las cosas que más le gustaba era observar el cielo nocturno con su padre.

Erland había conocido hasta la última estrella de la galaxia y siempre había tenido una historia reservada para ella. Las pocas veces que habían estado juntos en Uppsala, su padre le había contado cómo las dos lunas de su planeta habían sido dos bellas mujeres nativas de Uppsala cuyo amor había sido imposible, puesto que una de ellas era la princesa, Astraia, y la otra era miembro de la guardia de la reina, Ronda. Sus diferencias sociales y sus respectivas responsabilidades impedían que su amor pudiera ser alcanzable y, dada la trágica situación de su amor imposible y que la princesa Astraia estaba comprometida, ambas se transformaron en lunas para encontrarse todas las noches para iluminar juntas a su querido planeta.

Astrid solía preguntarle preocupada si él y su madre iban a transformarse en lunas para estar juntos, dejándola sola a su suerte; a lo que su padre, siempre con una sonrisa melancólica, pero tierna en sus labios, respondía:

—Puede que mamá y yo no podamos estar juntos, pero recuerda que para nosotros no hay nadie más importante que tú, Astrid.

Habían pasado más de diez años y Astrid aún recordaba la ternura en su voz aterciopelada, la dulzura en los ojos que ella misma había heredado, repletos de sabiduría y buen hacer, y recordaba cada ápice de su cara, aún cuando no quedaban retratos ni fotografías en palacio por temor a que alguien descubriera que él había sido su padre.

Astrid pasó la mano por su nariz húmeda a la vez que se esforzaba en apartar el nostálgico recuerdo de su padre de su mente. A veces, su ausencia dolía demasiado, pero Astrid había prometido que sería fuerte pasase lo que pasase.

Por su madre y por Uppsala.

—¿Alteza?

Astrid se sobresaltó al escuchar una voz a su espalda y tuvo que contenerse en no sacar una pequeña daga que escondía en sus brazaletes. Mantuvo la compostura y se volteó para confrontar al extraño. El desconocido era alto, pálido y canoso. A simple vista, podría pasar de burócrata imperial si no fuera por su uniforme y capa negra y el instrumento fácilmente reconocible que colgaba de su cinto.

Mierda.

Mierda, mierda mierda.

¡Era un inquisidor!

No había reparado en la presencia del inquisidor en toda la tarde y, al parecer, ningún miembro de la guardia tampoco, porque si no le habrían avisado al respecto. Astrid se esforzó en dibujar su mejor mueca de indiferencia.

—¿Puedo ayudarle, señor…? —preguntó Astrid cortésmente.

El desconocido sonrió, mostrando unos dientes blancos y alineados.

—Grimmel, princesa. Mi nombre es Lord Grimmel Grisly.

Hizo una leve reverencia en señal de respeto y Astrid inclinó la cabeza.

—¿Y qué puedo ayudarle, Lord Grisly?

—Sólo venía a advertirle que no debería estar aquí sola, alteza.

Astrid estrechó los ojos, claramente irritada.

—¿Quién se cree que es usted para decirme lo que tengo que hacer? Le recuerdo que esta es mi casa.

Grimmel arrugó el gesto por su tono, pero enseguida formuló una sonrisa sibilina.

—No era mi intención ofenderos, mi señora —se disculpó Grimmel con falsedad—, pero corren tiempos oscuros y nos han llegado rumores de que los rebeldes pretenden atentar contra el palacio.

Astrid frunció el ceño.

—No se nos han mencionado tales rumores.

—Por supuesto que no, Uppsala es un planeta pacífico y dudo que esté preparado ante posibles atentados —matizó Grimmel, probablemente consciente de cuán insultantes resultaban sus palabras para ella—. Por suerte, el Imperio vela por su seguridad y la de la familia real.

La princesa tuvo que utilizar todo su autocontrol para no perder los nervios ante la impertinencia de aquel desconocido.

—La guardia de la reina de Uppsala son soldados de élite, Lord Grisly, mujeres entrenadas en cuerpo y alma para proteger y velar por la familia real —señaló Astrid tajante—. Ni siquiera los clones del Imperio son rivales para ellas y le puedo garantizar que, si hubiera algún tipo de amenaza, ellas estarían al tanto de ello.

Grimmel no perdió su sonrisa pese al tono agresivo de Astrid.

—¿Entonces por qué su madre contó con un guardaespaldas Jedi durante diez años?

Astrid hizo un esfuerzo titánico para contener la mueca de sorpresa en su rostro. Dibujo su mejor expresión de indiferencia y ladeó la cabeza, como si la pregunta le extrañara.

—Mi madre fue senadora en la última década de la República, el senado le proporcionó un guardaespaldas Jedi dado que la guardia de la reina vela primero por su reina, no por la princesa —apuntó Astrid molesta—. Era común que la República ofreciera seguridad extra a sus senadores, sobre todo los que habían recibido amenazas de los separatistas como fue el caso de mi madre; y, por entonces, los Jedi ofrecían sus servicios a la República para proteger a sus representantes.

—Por supuesto —concordó Grimmel sin perder el buen humor—. Su madre fue una política excelente y muy impopular entre algunos grupos, era lógico que la República le pudiera a su alcance la mejor seguridad. ¿Cómo se llamaba el Jedi en cuestión? ¿Ermond?

—Erland —le corrigió Astrid con calma—. Su nombre era Erland.

—¿Trató mucho con él, princesa?

Astrid sostuvo en silencio la mirada de aquel extraño, quien indudablemente demostraba ser demasiado inquisitivo e impertinente, como todos los inquisidores.

—Creo que olvida con quién está hablando —sentenció Astrid de mala gana—. Si la Inquisición me quiere realizar un interrogatorio, es imperativo que den aviso al respecto, ya que como princesa debo contar con respaldo legal que supervise las preguntas. A la reina no le va hacer la menor gracia saber de esto, señor.

Para su desconcierto, la sonrisa de Grimmel se anchó.

—No cabe duda de que sois la mujer con carácter que me dijeron que erais, princesa Astrid —puntualizó el inquisidor con diversión—. También sé que os habéis entrenado con la guardia de la reina, por lo que no me conviene haceros demasiadas cosquillas, no vaya a ser que acabe lesionado en consecuencia.

—¡¿Pero quién se cree…?!

—En lo que respecta al Jedi de nombre Erland… —continuó Grimmel ignorándola—. He leído todos los interrogatorios que les hicieron a usted y a su madre después de la ejecución de la Orden 66, incluso le hicieron un perfil psicológico, ¿me equivoco?

Astrid no respondió y cerró sus puños para que no se apreciara el temblor en sus manos.

—No derramó ni una sola lágrima, ¿y cuántos años tendría? ¿Nueve, diez años? —preguntó el inquisidor con curiosidad—. Me imagino que, al desconocer la identidad de su padre biológico, Erland debía ser lo más cercano que tuvo a una figura paterna nunca, ¿me equivoco? —Astrid abrió la boca para defenderse, pero una dolor agudo tras su ojo la cortó—. ¿Cuánto la entrenó Erland para que pudiera contener sus sentimientos y no delatar sus pensamientos más íntimos a los inquisidores, princesa?

—¿Qué demonios está insinuando? —replicó Astrid con frialdad, aún cuando su corazón latía con fuerza contra su pecho. El dolor tras su ojo se agudizó—. ¿Me está acusando de ser una Jedi?

Grimmel se carcajeó por sus palabras.

—Por favor, ni en vuestros mejores sueños podríais ser una Jedi, no sois más que una niñata mimada —Grimmel se inclinó y Astrid dio un paso hacia atrás, tropezándose contra la barandilla de mármol—. Una niña mimada, pero sensible a la Fuerza.

Astrid sostuvo la mirada del Inquisidor con frialdad, consciente de que ahora más que nunca debía mantenerse serena y en alerta.

—No tenéis pruebas de nada de eso.

Grimmel cogió de mechón suelto de su trenza.

—No, pero habéis resistido a mi poder en todo este tiempo y tenéis vuestra mente cerrada a cal y canto —argumentó Grimmel—. Solo una persona formada en las artes Jedi sabe como proteger su mente de los intrusos.

—¡Estáis loco! —exclamó Astrid apartándose por fin del inquisidor—. ¡Abandone el palacio ahora mismo!

De repente, escuchó un fuerte estruendo desde el salón de baile. Astrid corrió hacia la puerta y descubrió que estaba cerrada a cal y canto, pero a través de los cristales pudo observar cómo un grupo de soldados de asalto había entrado al salón de baile armados y listos para disparar. La gente corría asustada y confundida y Astrid sintió la bilis subir por su exófago. Escuchó el sonido del sable láser del inquisidor encenderse tras ella y cómo la terraza se iluminaba del fulgor rojo de la espada.

—Astrid Hofferson, princesa de Uppsala, queda detenida por órdenes del emperador por sospechosa de poseer sensibilidad a la Fuerza —dictó Grimmel con indiferencia—. Tal y como indica la Orden 66, será llevada a Coruscant, donde se le someterá a un examen y, de ser ciertas nuestras sospechas, será ejecutada. Además, seréis juzgada junto con vuestra madre en el senado imperial por colaboración con los rebeldes y traición al Imperio.

—¿Rebeldes? —cuestionó Astrid en un hilo de voz.

Aquello no podía estar pasando. Ya no solo el hecho de que hubieran descubierto que ella era sensible a la Fuerza, sino que además les estaba acusando de traición. En el Imperio, nadie salía impune de los cargos de traición, mucho menos ante el senado imperial. Tenía que encontrar a su madre, juntar a la guardia de la reina y reunir al ejército para idear una estrategia de contraataque y una orden de desalojo inmediato de la capital para la población civil, pero antes tenía que salir de aquella terraza sin que Grimmel le cortara un brazo o algo peor. El inquisidor sacó unas esposas de su cinto y Astrid era consciente que tenía que actuar con rapidez. Evadió la primera estocada de Grimmel y tiró de su capa con tal fuerza para rasgar la delicada tela. Corrió al otro ventanal al mismo tiempo que se envolvía el brazo con el tejido y Grimmel chasqueaba la lengua con fastidio.

—No os conviene huir, princesa —advirtió el inquisidor—. Es mejor que no opongáis resistencia.

Astrid le ignoró y, sin pensárselo dos veces, golpeó el cristal con su brazo envuelto en tela. El vidrio crujió, pero no se quebró, por lo que Astrid no titubeó en dar una estocada aún más fuerte.

—¡Para ahora mismo! —rugió Grimmel abalanzándose sobre ella.

Astrid consiguió romper el cristal, pero no tuvo tiempo suficiente para esquivar a Grimmel y el sable rozó contra su brazo, rasgando su piel como si de papel se tratara. Astrid aulló por el terrible dolor, pero consiguió entrar y golpear a Grimmel con la puerta del ventanal. Astrid escuchó algo quebrarse, aunque no se detuvo a observar qué había roto de la cara de Grimmel. El salón de baile era un auténtico caos, la gente corría de un lado a otro, histérica ante la presencia de los soldados y de los inquisidores. Astrid cogió de la falda de su vestido para correr hasta la sala del consejo, pero un soldado de asalto se interpuso en su camino, apuntándola con su blaster. De repente, una fuerte explosión hizo que el suelo temblara y el soldado perdió el equilibrio, por lo que Astrid aprovechó su oportunidad para golpearlo y arrebatarle su arma. El soldado cayó al instante, aunque tan pronto le arrebató su pistola, el láser de otro blaster pasó cerca de su cara. Astrid apuntó con su blaster y acertó de lleno en el pecho del soldado que la había disparado.

—¡Princesa Astrid!

Astrid se volvió para encontrarse de bruces con Heather, quien también cargaba con un blaster en su mano. Casi sin detenerse, cogió de su mano para guiarla a toda prisa fuera del salón de baile, a lo que Astrid se resistió.

—Hay que reunir a la guardia y al ejército de inmediato para desalojar la capital ya —ordenó Astrid y disparó contra otro soldado que apuntaba hacia ellas—. ¿Habéis llevado a la reina a un lugar seguro?

—Es ella quien me envía —indicó Heather apuntando contra otro de los clones—. Tenemos que ir al hangar real ahora mismo.

Astrid la contempló muy desconcertada.

—¿Al hangar real para qué? Mi madre jamás huiría y…

—¡Astrid! —chilló Heather impaciente—. ¡Es una orden directa de tu madre! ¡Tenemos que ir al hangar real ya!

—Pero…

Heather tiró de su brazo con tanta fuerza que Astrid tuvo que morderse el labio para no gritar. La herida no sangraba, dado que el corte por sable láser era tan ardiente que prácticamente la había cauterizado en el propio corte, por lo que Astrid tenía una herida abierta en carne viva que le dolía como mil demonios. El palacio se había convertido en una auténtica batalla campal, por lo que Heather la llevó por los pasadizos del servicio. Salieron en la galería de las reinas, localizada en el sótano del palacio, cerca de los hangares, donde los cuadros de las regentes de Uppsala estaban expuestos y conservados. Astrid había paseado por allí cientos de veces, aprendiendo la historia de sus antepasadas, pero aquella noche sus ojos no estaban expuestos en las exquisitas pinturas, sino en los cadáveres que se acumulaban sobre la alfombra de lana que hacía pasillo en toda la galería. Se llevó la mano a la boca, horrorizada por la escena. Reconoció a muchos de ellos, miembros del servicio que probablemente habían intentado huir del ejército del Imperio por las catacumbas y habían querido esconderse lejos de los blasters de los soldados de asalto.

—¿Por qué nos hacen esto? —preguntó Astrid con voz quebrada—. Uppsala siempre ha sido fiel al Imperio, ¿por qué nos hacen esto?

Heather tampoco parecía conocer la respuesta e insistió en seguir adelante. El hangar principal estaba ocupado por soldados imperiales, por lo que tuvieron que caminar escondidas detrás de las naves y la carga de munición para caminar hasta la puerta invisible que llevaba al hangar real. Astrid observó que muchos pilotos, compañeros con los que ella había volado durante toda su vida, estaban arrinconados en una esquina del hangar por los clones. La princesa deseaba salir de su escondite y combatir, pero sabía que ella sola no podría con todos ellos y, además, los inquisidores debían estar muy cerca.

Al tener una entrada invisible a primera vista, el hangar real todavía no había sido invadido por los cones; aunque era cuestión de tiempo hasta que lo encontraran.

Su madre estaba sentada junto a una nave, acompañada por Gothi, su tía carnal y médica de la familia real. Astrid corrió tan pronto reparó que Eyra estaba malherida. Su vestido estaba hecho jirones, su bello rostro estaba manchado de sangre y varios mechones de su cabello parecían haberse quemado.

—¡Mamá! —chilló Astrid angustiada, arrodillándose a su lado y cogiendo de su mano.

—Astrid… —a su madre le costaba hablar y siseó cuando Gothi cortó la tela de su vestido para desvelar una herida fea y sangrante a la altura de su estómago—. Cielo, tienes que salir de aquí de inmediato.

—No pienso irme sin ti —dijo Astrid y se dirigió a Gothi—. ¿Es grave?

Gothi no era una mujer de muchas palabras, pero su cara parecía decirlo todo. El estado de su madre era muy grave y, con el palacio repleto de soldados de asalto, difícilmente podría salir con vida si no precisaba de la atención médica adecuada. Astrid miró la nave que estaba en el hangar, era pequeña, pero lo bastante grande para que entraran dos.

—Mamá, puedo llevarte a algún planeta donde nos proporcionen atención médica. Alderaan no está muy lejos y la reina Breha…

—No —le interrumpió su madre—. No puedo abandonar a mi pueblo.

—Mamá, por favor…

—Astrid —la voz de su madre era firme pese a la sangre que resbalaba de sus labios—. Tu seguridad es lo que más me importa ahora mismo y tienes una misión que cumplir.

—Mamá, ¿de qué demonios estás hablando?

—Hay un planeta en el borde exterior, Artoo D2. Tienes que encontrar a un herrero al que conocen como el Rudo —siguió su madre y sacó algo del frufrú de su falda que se lo colocó directamente en su mano—. Entrégale esto a él y solo a él, ¿entendido?

Astrid miró el trozo de metal que su madre le había entregado y contuvo la respiración al reconocer el símbolo de la Orden Jedi. La princesa negó repetidamente con la cabeza, conteniendo sus lágrimas.

—Mamá, no puedo dejarte, no quiero abandonaros ni a ti ni a Uppsala. Quiero luchar, por favor, deja que me quede a tu lado.

Su madre extendió su mano hasta su mejilla y la acarició con ternura.

—Eres igual de cabezota que tu padre —una sonrisa nostálgica se dibujó en sus labios—. Aún no es momento de que luches, mi vida. Aún no estás preparada y tu aportación en esta misión es más importante que la que puedes llevar a cabo aquí.

Eyra apretó su mano y contuvo un grito cuando Gothi echó un spray congelante sobre la herida.

—Mamá, no puedo perderte a ti también —se lamentó Astrid—. No podría soportarlo.

—Tu padre siempre me decía que los caminos de la Fuerza son inescrutables —susurró su madre y la contempló con una mirada llena de determinación—. Eres la última esperanza de Uppsala y te necesito viva, Astrid. Si el emperador y sus inquisidores no te encuentran, habrá un futuro para nuestro planeta.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Esconderme como una cobarde? —cuestionó Astrid furiosa—. Mi lugar está junto a nuestro pueblo, déjame quedarme y luchar por Uppsala, madre. ¡Por favor!

—Lo siento, mi vida, pero me temo que esto es una orden directa de tu reina —sentenció su madre con firmeza—. Heather irá contigo, así que no estarás…

Un fuerte estallido cortó a su madre y Astrid se apuró de protegerla con su cuerpo. Se escucharon gritos y disparos provenientes del hangar principal y Astrid cayó que, probablemente, alguien había activado una bomba que habría abierto un boquete al hangar real. Astrid cogió el blaster cuando escuchó a alguien correr a su dirección, aunque, para su alivio, resultaba ser Mala, una de las capitanas de la guardia de la reina.

—Señora, han tomado el hangar, debemos llevarla a un lugar seguro.

—Astrid, Heather, marcharos ya —su madre cogió de nuevo de su mano y la apretó con las pocas energías que le quedaban y bajó el volumen de su voz para que solo Astrid pudiera oírla—. Que la Fuerza te acompañe.

Hacía años que Astrid no oía esa frase. La última vez que la oyó fue de la boca de su padre antes de marchar al Templo Jedi por una alerta. Recordaba sus ojos cansados, su sonrisa forzada para tranquilizarla y la ternura del beso que le dio en su frente antes de pronunciar esas cinco palabras:

Que la Fuerza te acompañe.

Astrid solo tenía diez años cuando vio a su padre marcharse por última vez. Su madre estaba en el senado, siendo testigo de la caída de la República, mientras que su padre acudió a defender a los suyos, directo a su muerte. Murió luchando, le aseguró su madre tiempo después, pero ni ella ni Astrid pudieron reclamar su cuerpo ni llevar el luto por él. Nadie debía ver el horror que había supuesto para ellas perder a su querido padre y a su adorado amante. No podían llorarle, no podían mostrar la menor emoción por el que a ojos de la galaxia su padre había sido un Jedi traidor, un malhechor y no el guerrero y protector más fiel que se había conocido nunca.

Nadie debía saberlo.

Nadie.

Y, sin embargo, Astrid todavía se preguntaba por qué la Fuerza, ese ente tan místico y poderoso, jamás protegió a su padre.

Él tenía que haber sobrevivido. Su madre tenía que sobrevivir.

No podía quedarse sola.

No podía.

—Vamos, princesa —dijo Heather cogiendo suavemente de su codo—. Tenemos que irnos.

A Astrid le costó soltar la mano de su madre, aún cuando Mala la había cogido en brazos para sacarla del hangar junto a Gothi. Su madre perdió la consciencia y su mano se aflojó, resbalando sus dedos sudorosos y fríos de los suyos. Astrid quiso seguirlas mientras desaparecían entre la humareda de la explosión, exigir como princesa que la dejaran quedarse junto a su madre, pero sabía que nada cambiaría.

Uppsala estaba siendo atacada por el Imperio.

Su madre estaba mal herida, podría decirse que en estado crítico.

Y los inquisidores iban ahora tras ella.

—¡Astrid, cuidado! —chilló Heather de repente.

Su dama de compañía la empujó para evitar que el láser de un blaster la diera de lleno. Cayó al suelo mientras Heather chilló. Astrid se incorporó y contempló una herida profunda en el muslo derecho de su amiga. Sin pensárselo dos veces, Astrid apuntó hacia la humareda e inspiró profundamente antes de disparar. No veía nada, pero el golpe seco que escuchó le dio a entender que había acertado en su objetivo. Astrid se apuró en ayudar a Heather a levantarse del suelo y llevarla a rastras hasta la nave. Escucharon voces y numerosas pisadas acercándose al hangar, por lo que Astrid se obligó a utilizar todas sus fuerzas para cargar con su amiga. Sin embargo, resultaba complicado subir a Heather a la nave con la pierna inutilizada y, aunque Astrid empleó todas sus fuerzas, que no eran precisamente pocas, su amiga la obligó a detenerse.

—Siento mucho no poder acompañarte, pero si me tienes que ayudar a subir a la nave, jamás saldrás viva de aquí.

—¿Qué…? Heather, ¿qué pretendes? —preguntó Astrid horrorizada.

Su dama de compañía sonrió y cargó su blaster.

—Yo los distraeré.

—¡No! ¡Te matarán! —exclamó Astrid furiosa.

—Juré protegerte, Astrid, si tengo que morir será a sabiendas de que estaba cumpliendo con mi misión —argumentó Heather con determinación—. Uppsala me acogió cuando no tenía nada. Mis padres me criaron como si fuera sangre de su sangre y tú y tu madre jamás dudasteis de que era digna para estar al servicio de la familia real, más cuando mi madre murió. Jamás he tenido mayor honor que servir a las Hofferson.

—Heather…

—Cuídate, Astrid, encuentra a ese hombre y vuelve a casa —le suplicó a Heather—. Eres la mujer más valiente que conozco y sé que podrás arreglártelas sola.

Pese a la humareda, se podían visualizar a los soldados imperiales entrar en el hangar. Astrid cogió de la muñeca de Heather con fuerza.

—Aún hay esperanza, por favor…

Heather posó su mano libre sobre la suya.

—Por supuesto, Astrid, tú eres nuestra única esperanza. Encontrarás la manera de salvar Uppsala, lo sé.

Astrid quiso replicar, determinar que ella sola no podía cargar con tal responsabilidad, pero Heather la empujó hacia la nave, mientras ella se arrastraba con su objetivo fijado hacia la humareda, donde se aprecian las figuras de los soldados de asalto.

—¡Márchate ya! —gritó Heather.

Astrid se metió en la nave y cerró la compuerta de cristal templado cuando los soldados empezaron a disparar. No pudo ver si habían disparado a su Heather y el sonido de los blasters desaparecieron bajo el rugido del motor de la nave. Astrid conocía bien esa nave, la había volado cientos de veces antes. Encendió los propulsores a toda potencia y, con todo el dolor de su corazón, Astrid empujó la palanca para acelerar. La aeronave salió del hangar a toda velocidad y Astrid atravesó el largo pasillo subterráneo, dejando atrás a todos los soldados imperiales y a Heather, hasta salir al exterior.

Era una noche preciosa.

Astrid voló hacia a las dos lunas de Uppsala con una fuerte opresión en su pecho, incapaz de mirar hacia abajo, donde su pueblo estaba siendo vilmente atacado. Quería volver, debía volver. Sin embargo, el frío metal del objeto que le había entregado su madre pesaba contra su pecho. Astrid lo había metido a toda prisa dentro del corpiño de su vestido, sin reparar exactamente qué era eso tan valioso que debía entregar a un herrero de un planeta localizado al otro borde de la galaxia.

¿Qué podía ser más importante que salvar a su propio planeta?

¿Qué era aquel objeto con el símbolo de la Orden Jedi? Aquella simbología estaba prohibida por el Imperio y la posesión de cualquier elemento que cargara con dicho símbolo conllevaba a la ejecución inmediata.

Astrid tenía cientos de preguntas y tuvo una vaga esperanza. ¿Y si el Rudo era su padre? Sabía por experiencia que era peligroso hacerse ilusiones como esa, pero Astrid había soñado por muchos años que su padre había sobrevivido al ataque del Templo Jedi. Su madre tenía que confíar mucho en ese tal Rudo como para hacerla cruzar la galaxia y encontrarlo para entregarle un objeto con simbología Jedi.

La nave salió de la atmósfera en pocos minutos y, cuando alcanzó las dos lunas, Astrid metió las coordenadas de Artoo D2 para salir a la velocidad de la luz. Mientras el sistema de navegación ubicaba el destino en su radar, Astrid comprobó en la guantera de la nave de qué podía disponer. No tenía dinero, ni ropa, aunque contaba con sus joyas para venderlas y comprarse ropa que no llamara la atención, pero dudaba que su madre le obligara a montar en una nave sin haber puesto algún recurso a su alcance. Sin embargo, lo que se encontró la dejó sin palabras y con el corazón en un puño.

Había empuñado la espada láser de su padre una única vez.

Para eso, Erland había sido siempre muy cauteloso. La espada láser de un Jedi era un arma letal y muy peligrosa para quien no supiera manejarla y siempre le había dicho que solo un Jedi entrenado podía usarlo. Su madre nunca había deseado que Astrid siguiera los pasos de su padre, quizás porque despertarían demasiadas sospechas sobre la identidad de su padre y Eyra no quería separarse de su hija. Además, como princesa heredera, Astrid tendría otras responsabilidades más allá de desarrollar su potencial con la Fuerza y, pese a que su padre le había enseñado alguna cosa o dos, jamás tuvo la intención de enseñarle a pelear como un Jedi. Solo le había dejado coger una vez su sable láser, al poco de cumplir diez años, y ni siquiera le dejó encenderlo.

Astrid la recordaba más pesada. Quizás porque se había acostumbrado a cargar con armas más pesadas de la guardia de la reina o los blasters, pero indudablemente era un instrumento infinitamente más letal que cualquier cosa que hubiera sostenido antes. Encenderlo dentro de la nave no era una opción y Astrid sentía que ni siquiera era digna para portar esa arma. ¿Por qué su madre se la había dejado? ¿Y cómo era que lo había guardado durante tantos años sin decirle nada? No cabía duda de que Eyra le había escondido demasiados secretos.

Astrid salió repentinamente de sus pensamientos cuando algo detonó contra su nave. Por suerte, los escudos habían paliado el ataque, pero su nave se había puesto a pitar y a anunciar un ataque repentino. Miró en la pantalla y observó que unas naves imperiales la habían seguido, por lo que se obligó a coger los mandos y moverse. El sistema automático de navegación para saltar a la velocidad de la luz se había bloqueado, por lo que Astrid tuvo que desbloquearlo manualmente mientras evadía los misiles imperiales. Resultaba una auténtica suerte de que ella fuera una de las mejores pilotos de su planeta, pero ello no quitaba que se hubieran preocupado de mandarle los pilotos más habilidosos del Imperio. Aún así, Astrid jugaba en casa, por lo que no dudó de aprovechar en moverse por los satélites de Uppsala y en atacar sorpresivamente a las naves imperiales mientras reiniciaba el sistema de navegación.

Su corazón latía con tanta fuerza contra su pecho que parecía que iba a salir por su boca en cualquier momento. Consiguió abatir dos de las tres naves que iban tras ella, pero el tercero demostró ser, con diferencia, el más hábil de todos ellos. Astrid supo que no debía ser otro que Grimmel, quien parecía dispuesto a todo por atraparla. La princesa podía sentir la ira sacudirla por dentro, una ira que parecía otorgarle una fuerza inconmensurable. Apretó sus manos contra los mandos de su nave, quedándose sus nudillos completamente blancos, y contuvo sus intensas ganas de soltar esa ira que la estaba ahogando.

Hazlo.

Astrid sintió su piel erizarse al escuchar esa voz en el fondo de su cabeza. Era femenina, suave y oscura, como el tacto de una pluma contra su nuca. Demasiado atractiva para ignorarla, pero demasiado peligrosa como para atreverse a obedecerla a la primera de cambio. Sabía lo que era. Sabía quién era.

Jamás olvides de que el lado oscuro aparecerá cuando más miedo tengas. Te sentirás tentada y necesitada de poder por el más puro instinto de supervivencia. Por eso no debes olvidar nunca que, no importa cuán extremo sea el peligro, siempre debes creer en ti misma y en tus capacidades.

La princesa parpadeó para contener las lágrimas que se acumulaban en sus ojos. Estaba agradecida de recordar las sabias palabras de su padre y, movida por su intuición, Astrid giró el mando de su nave para hacer una maniobra que los expertos considerarían «suicida». La nave cayó en picado hacia la atmósfera de Uppsala, dificultando el manejo de los mandos, pero esa maniobra le dio tiempo suficiente para confundir a Grimmel y ganar algo de ventaja para meter manualmente las coordenadas. El piloto del sistema de navegación se encendió en un verde intenso cuando estaba a poco metros de impactar contra el suelo y Astrid empleó toda su fuerza física para enderezar la nave de nuevo hacia arriba. La nave de Grimmel se apartó ante su repentino movimiento y Astrid accionó la palanca para activar la velocidad de la luz. Dado el impulso de la nave y el haber entrado a la velocidad de la luz dentro de la atmósfera, el cambio de presión le hizo marearse de tal forma que no pudo evitar quedarse inconsciente.

Cuando volvió en sí, su nave orbitaba alrededor de un planeta que poco tenía que ver con Uppsala. Mientras que su planeta natal era rico en vegetación y agua, Artoo D2 se mostraba como un planeta industrial, sucio y con altos grados de polución. Astrid miró a su alrededor preocupada de haberse quedado demasiado tiempo desmayada, pero no había naves imperiales a su alrededor, por lo que significaba que su plan de huída se había ejecutado con éxito. Sacó el objeto con el símbolo de la Orden Jedi de su corpiño, preguntándose cómo sería el Rudo.

Respiró hondo, aliviada de que el peligro hubiera pasado por el momento, aunque aún era inconsciente de que sus problemas no habían hecho nada más que empezar.

Xx.

*Conceptos básicos:

Gemas de corusca: piedras preciosas pertenecientes al canon de Star Wars.

Uppsala: es un planeta inventado para este fanfic. Hace referencia a un templo sagrado que existió para venerar a los dioses nórdicos. En la galaxia de Star Wars, los mundos se dividen, en términos básicos, entre los planetas del Núcleo Interior y los del Borde Exterior. Uppsala pertenece al Núcleo Interior.

Coruscant: capital del Imperio galáctico y antigua capital de la Antigua República. Sede del Senado Imperial y previamente también lo fue de la Orden Jedi.

Jedi: defensores de la paz poseedores de gran poder y sabiduría que siguen el lado luminoso de la Fuerza y que pertenecen a una orden mística conocida como Orden Jedi. Los Jedi son como monjes y procuran no crear vínculos afectivos con nadie, pues el miedo a la pérdida y el amor pueden llevar al lado oscuro.

La Fuerza: es un campo de energía metafísico creado por las cosas que existen que impregna el universo y todo lo que hay en él, manteniéndolo unido. No todos pueden usarlo y comprenderlo y los expertos en manejarlo son los Jedi y los Sith. Controlar la Fuerza conlleva a lograr habilidades como la telequinesis, la clarividencia, el control mental, un desarrollo de reflejo y velocidad y otras capacidades físicas y psíquicas.

Sith: los contrarios a los Jedi que sigue en lado oscuro de la fuerza. Actualmente, el emperador es un Lord Sith y son quienes implantan el terror en la galaxia y persiguen a todo Jedi y persona sensible a la fuerza.

Inquisidores: son esos Sith que persiguen a los Jedi o a aquellos que son sensibles a la fuerza para capturarlos y ejecutarlos.

Imperio: el régimen que gobierna actualmente en la galaxia. Una dictadura donde gobierna el emperador y regido y legislado por un senado imperial. Previo al Imperio existió la República, que cayó diez años antes de los acontecimientos de este fanfic.

Orden 66: Es una orden dictada por el canciller Palpatine (actual emperador y antiguo líder de la República) al final de las guerras clon para eliminar a los Jedi antes de autoproclamarse emperador del Imperio Galáctico.

Clones/Soldados de asalto: son unos soldados creados en base a la clonación de inicio para servir a la República y, después, para el Imperio.

Guerras clon: Fue un conflicto armado donde la República se enfrentó a los sistemas separatistas. Fue todo un montaje del emperador para conseguir transformar la República en el Imperio Galáctico.