Día 3: Races – Carreras
—¿Una carrera?
—Así es —Gelda se volvió hacia Zeldris—. Es una de las pocas actividades que me permiten hacer. Consideran que es importante.
El demonio miró a través del prado, feliz de que al menos el vampiro se volviera sentir cómodo para compartir pensamientos personales. Desde el Festival de la Cosecha tiempo atrás, la incomodidad y distanciamiento establecidos por el rey Izraf se habían reducido. Zeldris supuso que su participación hizo que lo viera con otros ojos porque había accedido a negociar el acuerdo.
Eso significaba que su estancia en Edimburgo podría llegar a su fin.
Sacudió ese escenario de su cabeza y observó a Gelda. Sus ojos se abrieron, dándose cuenta de que lucía hermosa bajo la luz de la luna llena. Se dio cuenta de que ella podría captarlo mirando a su alrededor con un rostro extraño. Decidiendo ponerle un punto a su mirada infructuosa y le envió una sonrisa tranquila.
—Podríamos competir —sugirió—. Tres vueltas alrededor del castillo.
—¿Qué se lleva el ganador? —Gelda mantuvo sus ojos en el demonio mientras hablaba—. Sería mucho más interesante que haya algún premio.
—¡Espera! —Zeldris entrecerró los ojos—. ¿Quieres ganar algo de mí?
—Claro. Eres interesante, príncipe Zeldris.
Sin apartar la vista del paisaje, el demonio analizó las posibilidades. Cerró los puños, estudiando las palabras.
—Sí ganas, haré lo que quieras —respondió el príncipe de inmediato—. Si gano, tú harás lo que yo quiera. ¿Eso te convence?
La princesa se incorporó del prado, su rostro reflejando limpiamente su sonrisa. Estaba muy entusiasmada. Zeldris había sido lo más interesante que había ocurrido en los últimos tiempos y quería aprovechar, aunque sea cada pequeño suceso, con él. Sabía que no tendría otras posibilidades en el futuro, según las palabras de su padre.
—Me convence —dijo Gelda cuando vio al demonio haciendo aparecer sus alas oscuras.
Zeldris sonrió mientras asentía. La corriente de su poder circulaba a medida que se alzaba, sintiendo esta vez algo adicional que no podía describir con palabras. Finalmente, miró hacia arriba y vio a Gelda acomodada a su lado en una posición de salida. Tomó un poco de aire y luego buscó el infinito paisaje para iniciar. El vampiro lo miró un instante, justo a tiempo para ver su mirada crítica.
—¿Preparado?
—¿Lista…?
—¡Ahora!
Los ojos de Zeldris se agrandaron. Esa maldita calidez se abrió camino en su corazón de nuevo cuando Gelda salió disparada, haciéndolo sentir cosas que nunca había sentido. Movió su cabeza y activó su poder, dispuesto a no perder. Justo antes de alcanzarla, recibió otro golpe de emociones al observar cómo ella se revolvía audazmente.
Su corazón se estrujó y susurró una maldición.
—¿Qué me está haciendo?
El demonio se encogió después de darse cuenta de que se estaba quedando atrás. Una vez más, estaba dejando que sus sentimientos controlaran cómo actuaba. No le gustaba ese lado de él, pero no quería renunciar a la posibilidad de pasar tiempo con Gelda. Una victoria era justo lo que necesitaba.
—¿Una victoria?
Abrumado por sus emociones, detuvo su vuelo. Se sintió molesto. Estaba enojado consigo mismo por el pensamiento tan arcaico que había tenido respecto a Gelda y esa idea de triunfo generada, aunque por un instante, en su cabeza. Decidió que no era normal y que tenía que dar un paso atrás si quería recuperar el control sobre sí mismo.
Había obedecido las palabras de Meliodas con el reclutamiento de los vampiros para mostrar prestigio y llenar un vacío que había sentido desde siempre. El acuerdo estaba en camino a cerrarse y su interior parecía colapsar cada vez que pensaba en la princesa.
—Espera —dijo Zeldris. Su corazón martilleaba como loco cuando vio la verdad—. ¿Quiere decir que Gelda…?
—¡Zeldris!
El demonio se volvió sobre su cuerpo. El vampiro tenía la boca abierta, una expresión de asombro en su rostro.
—¿Qué haces? —preguntó. Sonaba aturdido, todavía procesando lo que había descubierto.
—He terminado las tres vueltas. Significa que gane —sonrió Gelda—. No sé qué sucedió para que te detuvieras, pero no tienes excusa y deberás hacer lo que yo quiera.
El príncipe bajó la cabeza, resignado.
—Di lo que quieres, Gelda.
Ella se impulsó, se corrió un cabello trenzado levemente y depositó un beso en su mejilla. Una vez que Zeldris reaccionó ante el gesto, las palabras salieron sin su consentimiento.
—¿Qué…?
—¡Esto es lo que quería! —comenzó la princesa, haciendo que el demonio se detuviera. Soltó una breve carcajada—. Eres interesante, Zeldris. Pero creo que eres algo más que no puedo describir.
Zeldris permaneció en silencio mientras escuchaba la confesión, inquieto. Sonrió después de confirmar que a Gelda le parecía interesante su persona y estaba dispuesta a averiguar qué era eso que exactamente sentía.
—Cuando nos conocimos dijiste, querías averiguar cómo llenar un vacío —expresó el demonio, abriendo sus sentimientos. Estaba muy nervioso—. Supongo que podríamos averiguar algo.
Gelda miró boquiabierta al príncipe, sosteniendo su mano cerca de su pecho. Quería reír, pero no salió nada, porque quería escuchar más la respuesta de Zeldris. Estaba en silencio, excepto por el suave suspiro que largó. Antes de que ella se diera cuenta, su voz sonó.
—¿Qué dices?
—Supongo que podríamos empezar mañana, ¿no crees? —insinuó Gelda. Su cuello y pecho se calentaron, de repente se sintió demasiado acalorada.
Zeldris hizo una pausa, probablemente averiguando qué decir.
—¿Sería una cita?
Una risa genuina salió de los labios de Gelda.
—Sí, es una cita.
