Día 4: Secrets – Secretos
Zeldris respiró hondo, dejando que el olor del prado lo inundara. Había pasado desde que una actividad en el exterior lo tenía nervioso, principalmente relacionado con la convivencia de otro ser, pero reconocía que no todos los días tenía una cita.
Una cita con la princesa Gelda, la hija del rey Izraf. Con la hija de con quien estaba pactando un tratado.
—¿Debería huir? —se preguntó. Estaba exhausto. Podía sentir el palpitar de su cabeza agotada por pensar en todas las razones por la cual eso estaba mal y porque estaba bien. Quería acabar con eso y tal vez enviarse al campo de batalla por un algún tiempo, pero también deseaba quedarse en ese sitio con Gelda, congelar el tiempo y olvidarse de la guerra.
Dio dos pasos antes de detenerse. Miró por encima del hombro, preguntándose por el último pensamiento.
—¿Por qué luchamos en esta guerra? —soltó al aire. No esperaba una respuesta, pero una parte de él se sentía extrañamente pesado al reconocer la gravedad. Estaba cuestionando el estilo de vida que había conocido desde su nacimiento—. ¿Por qué lo hacemos…?
—¿Zeldris?
El demonio giró desde su posición para encontrarse con Gelda. Sus cejas se juntaron mientras contemplaba la vista.
—¿Hace cuánto estás ahí? —fue lo primero que dijo, arrugó la nariz con disgusto.
—Llegué hace instantes —explicó Gelda secamente.
—¿Escuchaste lo que dije? —preguntó Zeldris, aunque su atención estaba ahora en lo que ella llevaba puesto. Un vestido amarillo de corte casual y un escote morado que le hizo despertar sus alarmas. Desvió la mirada antes de enviar su mente por un mal camino—. Si te opones a algo, yo…
—¿Por qué luchamos en esta guerra? —dijo Gelda, manteniendo la voz tranquila—. También me lo he preguntado, Zeldris.
—¿En serio…?
—Siempre he querido conocer otras partes, otros clanes. Lo único que conozco son los vampiros. Somos orgullosos y arrogantes que creemos que todo lo que hacemos es perfecto.
Eso pareció llamar la atención del demonio un poco más.
—No es muy distinto de lo que piensa mi padre o las asquerosas diosas —comentó Zeldris y se acomodó en el césped. Colocó sus brazos detrás de su espalda con cautela, dándole a la princesa toda su atención por una vez y preguntándose si no haría un comentario al respecto—. La gente de tu clan actúa arrogantemente cuando los humanos han reducido su número en los últimos años.
Ella negó con la cabeza, enfadada.
—¿Piensas arruinar nuestra cita mencionando los puntos débiles de mi raza? —las cejas de Gelda se fruncieron con entereza.
Zeldris sintió que su nerviosismo se incrementó. Su rostro se sonrojó al darse cuenta de lo ridículo que se sentía ahora. Aflojó la mandíbula y le arrojó a Gelda lo que tanto había mantenido oculto entre tus brazos.
—Lo lamento. No creo que seas débil ni nada por el estilo. Eres tan…—comenzó y se detuvo. Sus palabras atascadas en la garganta ante el incremento de calor es su pecho—, hermosa y determinada. Que yo…
—Zeldris, gracias por las flores. Considero que eres la primera persona que me regala un ramo —acotó la princesa con dulzura derramándose en su voz.
—Espera, ¿es en serio? —preguntó Zeldris y bajó la cabeza, avergonzado—. Bueno, eres la primera persona que opino que merece flores.
Gelda sonrió, aunque el demonio no lo vio porque estaba agachado. Esperó para ver si iba a decir más, pero él permaneció en silencio.
—Eres adorable —fue lo que dijo.
La princesa casi carcajeó cuando el demonio desvió la mirada. Ella podía sentir la inestabilidad creciente en su magia. Estaba realmente avergonzado.
—Zeldris.
—¿Mmm?
—No le diré a nadie lo que piensas respecto a la guerra. Será un secreto y, de hecho, comparto esa idea —comentó Gelda, esperando que le llegara—. Mi idea es conocer más para llenar el vacío que siento a causa de mi gente. ¿Sabes lo que es solo succionar sangre y matar? Es tan…
—Simple —completó el demonio. Su mirada se encontró con la de ella—. Si hubiera alguna forma de detener esta guerra, sería todo más fácil. Recorrer el mundo sin el riesgo de morir —negó con la cabeza, derrotado—. Si pudiera convertirme en el Rey Demonio, todo esto cambiaría.
La sonrisa de Gelda se desvaneció. No se molestó en decir nada y decidió escuchar lo que diría Zeldris a continuación.
—En algunas ocasiones tengo la esperanza de que si yo fuera el próximo rey… —empezó el príncipe. Su voz sonaba áspera—, podría traer paz a mi reino para vivir sin importar lo que alguien pensara —soltó una leve carcajada—. Supongo que ese es mi mayor secreto.
Hubo una pausa antes de que el vampiro dijera.
—También lo guardaré.
—Gracias —expresó Zeldris.
Gelda sonrió de nuevo, suponiendo que era extraño que él no lo supiera ya.
—Será interesante ver cómo cumples tu propósito una vez que abandones Edimburgo —declaró Gelda, aunque le dolía hacerlo—. El pacto con mi padre.
—Está por cerrarse —Zeldris suspiró, una pesadez se apoderó de su corazón al escuchar la verdad en voz alta—. Pero pase lo que pase, volveré a verte.
La princesa sintió que se le encendía la cara.
—¿Volverás?
—Por supuesto —indico el demonio un poco más seguro de sí—. Quiero pasar contigo más tiempo, Gelda. Eres increíble y no solo quiero estar contigo porque eres una princesa. Vales mucho más que eso.
Ella se palmeó una mejilla con una mano antes de decir.
—También pienso lo mismo, querido Zeldris —dijo mientras sujetaba mejor al demonio, tomando sus manos. Este se sorprendió por el movimiento repentino.
—Esto es nuevo, pero…—Zeldris se acercó a ella, lentamente—, no opino que esté mal.
Gelda negó con la cabeza y procedió a unir sus labios con los del demonio.
