Día 5: Dreams – sueños
Mientras se movía, pensó si alguna vez tuvo una oportunidad de cumplir aquel sueño que había compartido con Gelda. Él nunca había sido del tipo imaginativo, pero cedió un poco desde el momento en que aterrizó en Edimburgo y conoció al amor de su vida. Realmente creyó que la armonía y paz podían conseguirse.
Se detuvo en el suelo justo cuando terminaba de sentir la presencia de Gelda en las cercanías, pero estaba demasiado abrumado para mirar si siquiera en su dirección todavía. Si dudaba, fallaría.
Zeldris tragó saliva, preguntándose si tal vez no debería haber hecho nada en primer lugar. Obtener el pacto debió de ser su única prioridad, el resto de los sucesos hubieran ocurrido y él habría acabado en aquel sitio para desempeñar su papel de verdugo.
Pero si no se hubiera enamorado de Gelda, podría no estar sufriendo.
—Esto es arriesgado, ¿verdad? —soltó al aire, con una sonrisa lamentable. Midió los pros y los contras de lo que estaba por hacer, pensando que podría costarle su vida si alguien se enteraba.
Soltó una risa hueca. Parte de su vida ya le costaría con lo que suponía hacer. En el mejor de los casos, podría obtener una muerte más rápida si fuera descubierto y se iría sin tener que hacer el trabajo de sobrellevar un dolor en su interior. Un próximo sitio para quedar vacío de nuevo.
Respiró hondo, sus ojos revoloteaban alrededor por un momento antes de regresar al castillo de Edimburgo. Se mostraba exactamente igual al primer día en que lo había visitado. Mucho menos escabroso y frío que el palacio de los demonios.
Su mente lo llevó a su encuentro con Gelda, donde le había parecido una mujer desconocida.
—Gelda —comenzó Zeldris, su ojo temblando cuando la imagen del vampiro llegó a su mente—. ¿Por qué luchamos en esta guerra?
Había blandido su espada por el bien del clan demonio. Lo hizo para buscar llenar aquel vacío en su interior que siempre tuvo. Aunque con honestidad, podría decir que la fuerza se incrementó luego de regresar de Edimburgo con el tratado. Cuando tuvo algo de real valor para él y comprendió que era lo que deseaba.
«En algunas ocasiones tengo la esperanza de que si yo fuera el próximo rey…».
El trono del Rey Demonio.
Batalla tras batalla. Su espada estaba manchada con sangre de lo que se le cruzará en el camino, en su objetivo. Meliodas comenzó a verlos con otros ojos, los rumores de su nuevo poder aumentaban y solo había una pregunta por hacerse.
—Es Gelda del clan de los Vampiros —le dijo a su hermano cuando la situación lo tuvo acorralado durante un patrullaje. Con eso, se abandonó el tema, nada más para comenzar uno nuevo—. ¿Por qué lo preguntas? Es extraño que estés interesado en…
—Porque abandonaré el reino, Zeldris —objetó Meliodas con un tono frustrado, y luego agregó—. Esto se acabó.
Zeldris no hizo ningún esfuerzo por mantener la compostura.
—¡¿Vas a dejar el reino?! —le preguntó. El demonio mayor no emitió respuesta—. ¡¿Te has vuelto loco, hermano?! —jadeó, tratando de entender—. ¡¿De verdad piensas que nuestro padre lo permitirá?!
—No planeo pedirle permiso a nadie.
—¡Hermano!
—Zeldris, también encontré a alguien para mí —confesó. Las manos de Meliodas se deslizaron hacia abajo con entereza—. Alguien a quien quiero proteger desde el fondo de mi corazón.
Zeldris se permitió abrir los ojos antes de soltar un quejido de asombro. Su mente se abrió camino ante las señales y rumores, dándole la apariencia de una mujer que los soldados de las tropas habían mencionado, pero que había ignorado porque lo veía imposible.
—Así que, esos rumores de la hija de la Suprema Deidad, Elizabeth… ¡¿eran ciertos?!
Meliodas volvió su atención hacia su puño.
—Si esta guerra continua conmigo como líder de los Diez Mandamientos —suspiró, mirando su mano. La única idea que apareció en su mente en ese momento le causó rechazo—. Inevitablemente, llegará el día en el que lastimé a Elizabeth con mis propias manos.
El verdugo frunció el ceño mientras se inclinaba. Suspiró, luego se mordió el interior de la mejilla mientras sentía sus emociones desbordarse.
—¿Qué hay del clan demonio…? —preguntó Zeldris, ladeando la cabeza. Sus ojos comenzaron a vagar hacia abajo de nuevo, apenas alcanzando el suelo antes de que regresara a sus ojos entrecerrados. Sus emociones descontroladas—. ¡¿Y qué hay de mí?! ¡¿vas a abandonarnos?!
Meliodas resopló. No tenía la oportunidad de dar muchas explicaciones al respecto de su decisión, y ahora tenía a su hermano en un estado de confusión.
—Zel —dijo, extendiendo su mano—. ¡Trae a Gelda y ven conmigo!
—¿Zel…?
De repente, los ojos del demonio se iluminaron, tomando noción del entorno. Tuvo que evitar apretar su mano en un puño, preocupado de soltar la espada y determinación.
El enfrentar a los vampiros que se aproximaban no era nada comparado con la sensación que sintió cuando la voz de Gelda llegó y supo con exactitud una sola cosa.
No todos los sueños podían cumplirse.
