Día 6: Old wounds – Viejas heridas


Había un destello oscuro en los ojos brillantes de Zeldris. Por un segundo, pensó que la estaba protegiendo. Sin embargo, se desvaneció tan rápido como apareció aquel escenario delante de él.

—Vaya. Este lugar está hecho un desastre —soltó Derieri con pereza.

—Te refieres al hecho de que por tres mil años este castillo estuvo en esta colina sin ningún caso, y a pesar de todo, algo repentino causó esta enorme destrucción. ¿Es eso un desastre? —rezongó Monspeet.

Derieri bufó.

—Sí.

Zeldris sintió que se le calentaba la sangre, pero se contuvo. Las emociones desbordadas no les servirían en aquel momento donde su mente comenzaba a asumir el peor de los escenarios.

Gelda estaba muerta.

—Sin duda, esto es cosa de Meliodas —dijo secamente—. Ese bastardo, ¿qué estuvo haciendo aquí?

—¿Realmente deberíamos preocuparnos por esto, Zeldris? —la sedosa voz de Melascula apareció. El silencio del demonio hizo que pareciera que estaba escuchando lo que decía—. Ha pasado tanto tiempo desde que estuvimos afuera, ¿por qué no nos relajamos y extendemos nuestras alas un momento?

Los hombros de Zeldris cayeron, pero fue persistente. Se volteó hacia Estarossa.

—¿Tú qué piensas, hermano?

Lentamente, el tiempo transcurrió. El nuevo líder de los Diez Mandamientos suspiró, apartándose el flequillo de la cara después de que Meliodas apareciera delante de todos bajo la excusa de un simple saludo.

Justo cuando se movió para atraparlo, había desaparecido.

Entonces, Zeldris no vaciló desde ese instante.

—A partir de ahora vamos a separarnos en grupos o más —declaró, sosteniendo el tono de seriedad mientras la distorsionada ira hirviente lo dominaba—. Hagan lo necesario para restaurar su poder mágico y háganlo rápido. En cuanto a enfrentar y erradicar otras razas…—suspiró antes de continuar, arrastrando las palabras con un sentimiento oscuro—, hagan lo que quieran.

Fraudrin arqueó una ceja mientras se acercaba al príncipe, mostrándole una expresión extraña.

—¿Le estás declarando la guerra a Meliodas?

«Es Gelda del clan de los Vampiros».

«Zeldris, también encontré a alguien para mí».

«¡Trae a Gelda y ven conmigo!».

—¿La guerra? —Zeldris desvío la mirada hacia el castillo destruido—. Esto no es guerra. Es exterminio.

—Pero no podemos bajar la guardia —parpadeó Fraudrin. La actitud de su líder lo estaba desconcertando—. Meliodas es una razón obvia, pero tiene a los Siete Pecados Capitales a su lado.

«¡¿Y qué hay de mí?! ¡¿vas a abandonarnos?!».

Zeldris ladeó la cabeza, permaneciendo profesional cuando ordenó que se dividieran para la conquista total de Britannia. Estarossa fue el único renuente a irse, cosa que no le fue raro. Su hermano siempre tuvo su propio ritmo. Era diferente.

Sus ojos se posaron hacia un costado del terreno. Recordó el cráter que habían dejado de lado.

—Yo debo encargarme de algo cerca de aquí —señaló con tono bajo. Suspiró, su corazón palpitaba a medida que se acercaba. Respiró hondo cuando dejó que su frustración saliera de su boca, aterrizando al borde del cráter para apreciar lo peor.

Nada.

—¿Por qué luchamos en esta guerra? Para acabar con el traidor que me quitó todo.

Decidió que no valía la pena pensar en lo que pudo ser porque nada le devolvería lo que quería. Ahora solo era algo por sanar, junto con las otras múltiples heridas cuya firma eran de Meliodas. A pesar de sus esfuerzos, en realidad no pudo evitar reflexionar una última vez con su amada.

Era lo único que le impedía en ese momento no colapsar.

—No conseguí nada para nosotros —Zeldris dio un paso atrás y observó al área con un sentimiento oscuro—. Pero puedo asegurar que Meliodas se quedara sin nada, Gelda.

Soltó un suspiro en lo que dijo por un momento y se encaminó junto a Estarossa. Tenía un exterminio por liderar.