Terry Pathya Strovski
Capítulo LXIII
Por supuesto que no, ese hombre nos va a matar si se entera – responde Benedetti.
¡Aún estamos aquí! – dice Anthony hasta que le doy la razón.
¡Eres un médico feo! – dice ella haciéndole muecas y hablando en italiano.
¿Por qué es un médico feo? – pregunto.
Porque me tiene a dieta a lo loco, ya te dije que no me paso n... – pero Candice responde en italiano y cuando se ha dado cuenta de lo que iba a confesar, se detuvo.
¡Candice, silencio! – advierte Anthony.
¿Qué te pasó Candice? – pregunté mirando a los tres.
¡Nada! – le dijo ella.
¡Esto lo vamos a arreglar en casa...! – resuelvo decirle.
¡No sé de qué hablas! – pero ella se hace la loca.
¡Y tú también...! – le digo a Benedetti por no informarme.
¡Déjala en paz Terry! Vamos Mariposita, anda toma agua y ten tu postre – dice Leandro, siempre interviniendo donde no la llaman.
¡Qué rico! ¿Por qué me miras así? – me pregunta, ha de pensar que estoy muy feliz de que todo me lo esconda.
¡No me hables! – le digo a ella, no me tiene muy contento.
¡Papi suegro...! – mi esposa quiere que alguien más que el griego la defienda.
¿Por qué lloras preciosa? – le dice William quien limpia unas lágrimas que caen de sus ojos.
Quiero irme de aquí… - pero con lo sensible que ha estado, se suelta a llorar en los brazos de William, eso sí ganándome la mirada desaprobatoria de todos.
Señores, lo siento, nos tenemos que retirar, la señora Andley se siente indispuesta... – explica Anthony que había escuchado todo.
¿Podemos hacer algo? – sugiere la señora Zhen.
No, no se preocupen, su médico esta entre nosotros, será mejor que descanse – recomendó William.
Vamos Mariposita, ¿te cargo? – Leandro se ofrece y ella asiente, siendo levantada por el griego.
¿A dónde la llevas? – le pregunto.
¡A mi auto, no quiere verte! – pero Leandro quiere sacarme de mis casillas.
¿Y se supone que me importa? – pregunto cuando ella pasó de largo.
¡Si quieres un hijo prematuro, si debería importarte! – pero Benedetti fue el que me contestó.
¡Hagan lo que quieran, me voy! – pero eso podría hacer en Roma, aquí de seguro me perdería. Así que fui el último en llegar al hotel.
¿Qué le pasa? – pregunta George.
¡Está enojado! – respondió Leandro.
¿En serio? ¡Ni cuenta me he dado! – dice Benedetti.
¿Por qué? - quiso saber George.
Por el accidente... que nadie le ha contado – refiere el médico.
¡Para qué le contaron! – enfatiza Leandro.
A Candice se le olvidó reclamarme en ruso – dice Benedetti.
¡Genial! – resopla Leandro.
En el hotel…
Alguien sabe ¿dónde está Terry? – pregunta Leandro.
Esta en el jardín, supongo que, calmándose, ¿alguien quiere conversar con él? – sugiere William cuando sale de su habitación.
Tendré que ir yo… - resopla Benedetti levantándose y yendo al jardín. Terry, ¿cómo estás? – de pronto al lado tengo a Benedetti y osa preguntarme ¿cómo estoy?
¿Cómo crees que estoy? – me toca preguntarle lo mismo, pero creo que a él mi mirada no le da miedo.
Enfadado, creo… - responde de la misma manera que yo, cortante.
¿Cuándo fue? – pregunto, eso es lo menos que me merezco.
Hace una semana… - me dice, sonando escueto.
Y ¿cuándo pensaban decírmelo? – nunca como siempre.
No pensábamos decírtelo… - suelta él, lo que ya sabía.
¡Qué maravilla! – exclamo y sonrió. Todos lo sabían menos yo, obvio que era así.
¡No te enojes! Todos lo supieron hoy – me pide, pero esto no planeo perdonarlo. Sea que si no hubieran peleado por un pedazo de carne, nunca me hubiese enterado.
¡Y según tú! ¿Por qué no debería de enojarme? – le pregunto, volteando a verlo.
¿Alguien ha visto a Candice? – pregunta Leandro.
No estaba durmiendo… - dice William.
No está en su habitación – informa Leandro.
Señor, la señora se fue al aeropuerto – de pronto se oye una vocecita informarlo.
¿Qué cosa? – preguntan todos. Mientras la llamo por teléfono.
Candice contesta, vamos al aeropuerto – me acelero y quiero verla.
Candice hasta que contestas – exclama Benedetti.
¿Dónde estás? – le pregunto cuando arrebato el celular de Benedetti.
¿Qué te interesa? – responde como si no le importara lo que me pasara en ese momento.
¡Espéranos en el aeropuerto! – le ordeno, ¿cuándo aprenderé?
Ya estoy volando a casa – me dice cortante y enojada, no molesta.
Pero, ¿te vas con alguien? – le pregunto.
George viene conmigo… - me informa y al menos se le ocurrió eso.
¡Diablos! ¿Crees que te mandas sola? – le pregunto muy molesto y preocupado.
Sí, tú sólo me preñaste, por lo demás ¡no te importa cómo estoy! – me contesta enojada.
¡Candice! – la llamo.
¡Allá los veo! – nos desea y cuelga, pero no sólo colgó, sino que también apagó el celular.
¿Qué te dijo? – me preguntó Benedetti.
¡Tú sólo me preñaste...! – le cuento arremedando a mi esposa.
¡Vaya! – Leandro sonríe, sabe que tiene su carácter, pero enojada parecía ser diferente.
¡Vamos a empacar! – los apuro.
¡Te dije que no la hicieras enojar! – me reclama Benedetti mientras saca su maleta y mete todo tan rápido que considero que yo me tardaría más.
¡Vaya, pensé que te amaba! – resopla Leandro sonriente.
¡Me ama, pero es cabezota! – le contesto, sabiendo que tengo la razón.
¡Mira quién lo dice! – Benedetti quiere obtener un ojo morado. Pero tiene razón.
¡Vamos a empacar! – le respondo y más cuando le aviento una camiseta.
Te dije que no la hicieras enojar… tú tienes la culpa – me contesta quitándose la camiseta del rostro.
Sí, al parecer siempre tengo la culpa – reclamo, pero bueno creo que sí me pasé esta vez.
Sí, tienes la culpa de tratarla como a una niña, ella ya es una mujer adulta, que puede hacer lo que quiera y además tiene más experiencia que tú – refiere William que nos ha estado escuchando más de lo que quisiera admitir.
¡Pero es mi esposa! – le grito a William, es libre mientras se cuide y para protegerla para eso estoy…pero ya les dije, nunca aprendo.
¿Y eso qué? – pregunta William.
¿Cómo que eso qué? ¡Yo, Terry, soy el pilar fuerte de esta familia! – explico, bueno alguien puede darme un poco de apoyo.
¡No digas tonterías! ¡Antes, sin ti le iba muy bien! – recalca William.
¡Cómo que le iba bien! ¡Lo dices porque tu hijo estaba de aman...! – sí, que ellos fueran amantes todavía me escocia la herida, nunca podría olvidarlo.
¿Qué cosa dices? Crees que tienes el derecho a criticarla cuando tu hacías lo mismo o qué, Susana fue un espejismo – respondió William dejando de lado el equipaje y a nuestros lados se encontraban Leandro, Anthony, el abuelo Rocco, Leandro y Benedetti, esperando que no nos fuéramos a los golpes.
¡William no fue eso lo que quise decir! – no quería que William lo tomara por ese lado, sí, se me había olvidado susana, quién más me podría sacar mis trapitos al sol que el ex suegro de Candice.
¡Ah no! Entonces ¿qué fue? – pero William no iba a permitir que dijera algo que había sucedido, aunque yo no lo tomara en cuenta.
Justificas las acciones de Anthony con las de Candice… - refiero, quería cerrar una discusión de picones.
A mí no me vengas con insinuaciones, ya estoy muy viejo para jugar a esto... dime las cosas claras y no tendremos problemas – me exige.
Y ¿por qué estás enojado conmigo William? – pregunto, tajante. Pero él me reclama por su hijo o por Candice.
No estoy enojado contigo, pero ya no eres un niño Terry, Candice no te quiere cerca de ella porque dice que… - William se ve interrumpido.
¡La amo! – declaro, pero no puedo evitar sentirme no apoyado por nadie.
¡No iba a decir eso! – me interrumpe.
Entonces que, he admitido que te llame suegro porque mi padre ha muerto, eso lo paso, he admitido que Anthony, Albert, Leandro, Marcello, Benedetti, Niel y todos me restrieguen en la cara lo mucho que la aman y yo, en dónde quedo, en que papel quedo, cual papel es el que me quieren dejar – grito colérico, sí, estoy celoso porque todos pueden tener sentimientos y yo no, ella los puede tener menos yo. No los entiendo.
¿Me dejas terminar? Ella dice que siempre tienes cuidado con lo que dices con todos, menos con ella – me dice William, aguantándose llorar.
¡Espera, espera, la trató bien! – le informo, es el mejor trato que le he dado a una mujer.
La cama es otro asunto, pero no es suficiente... no tienes cuidado nunca para con ella – me dice, pero les juro que no los entiendo.
Y ¿qué debo hacer? ¿Dejar que todos la enamoren? – les pregunto a todos, a cada uno mi reclamo se hace grande.
¡Por Dios, Terry! ¡Nadie ha dicho eso! – me dice el abuelo Rocco, pero nadie se pone a pensar que estoy harto.
Candice no te lo pide porque ella te lo da. ¿Por qué no hacer lo mismo?
Candice no te necesita sí a esas vamos, ella ha sido independiente, trabajadora y sobre todo puede depender de tus cuidados – pero William no quiere decirme más nada y terminando de decirme algo se va.
¡Espera William! – intenté detenerlo, pero el abuelo Rocco fue hasta él para alcanzarlo.
Sí ella no te quiere cerca verás lo que es capaz de hacer, veremos si sigues jugando con este asunto y está conversación ha terminado – pero desde donde estaba me gritó.
¡Lo hiciste de nuevo! – refiere Benedetti.
Pero, ¿qué dije? – quise saber.
¡Ay Terry! ¡Piénsalo y ve qué hiciste! – Leandro expresó sin poder creerlo.
En serio que no entiendo qué dije, Benedetti que quiso decir con: "verás lo que es capaz de hacer" – quise saber.
Terry, te acabas de dar cuenta de que Candice no estará en Italia cuando llegues – refiere Benedetti.
¿Qué cosa? Llamaré a George – le digo, tomando el teléfono.
¡No puedes, su teléfono está aquí! – Leandro me enseñó muchas cosas que dejó George.
La llamaré a ella… - comencé a oprimir las teclas del celular.
¡No contesta, lo apagó! – me dice Benedetti.
¿Por qué no está en Italia? – quise saber.
En Roma no estará, el mundo es muy grande, recuerda que dijo a casa... – refiere Benedetti sonriendo.
México, bien pensado... mamá – la llamé apresurado, mi madre podría saber algo de ella.
¿Qué le hiciste a Candice? – de pronto mi madre me grita.
¡Hola madre! ¿Cómo estás? Yo muy bien... – me saludo a mí mismo.
No te hagas el gracioso conmigo, sabes de lo que te estoy hablando, hoy en la madrugada habla para decirme que se irá de viaje sola y que debo de quedarme al cuidado de Ni, ¿qué le hiciste? – me cuestiona a gritos.
¡Nada madre! – contesto, en realidad sólo no cerré la bocota, quién me manda.
¡Pásame a Benedetti! – me ordenó.
¿Para qué? – quise saber.
¡Qué me lo pases! Es una orden… - y si mi madre es enérgica de vez en cuando, pero más bien quedó en defensa de mi esposa.
Te hablan… - encendí el altavoz.
¡Eleonor, hola! – Benedetti la saludo no muy animado.
¿Qué le hizo mi hijo a Candice? – pregunta, rayos mi esposa alocó a mi madre.
Es un mal entendido, Eleonor – mencionó Benedetti.
¡Francesco! – pero Eleonor, volvió a gritarle.
Bien, bien así por las buenas, quien puede decir que no, hace dos semanas Candice se pegó en la panza y la puse a dieta, en una cena Terry en vez de aclararlo, después le dijo y ¡tú no me hables! – pero Benedetti soltó esa parte y cuando lo hizo mis ojos lo estaban desintegrando.
¿En qué estabas pensando Terry? ¿Cómo puedes decirle eso a una mujer? ¡Y más estando embarazada! – me preguntó, bueno más bien me estaba gritando.
Y Candice salió de ahí cargada por Leandro y su hijo se puso gruñón – siguió contándole.
¿Dónde está ahora? – le preguntó a Benedetti.
No sabemos, regresaremos a Roma y veremos si esta allá – le contó Benedetti.
Bien, si no me traes devuelta a Candice, me aseguraré de que ya no vuelvas nunca a Roma, ¿me has entendido? – me advirtió, quién era su hijo.
Madre, te recuerdo que tu hijo ¡soy yo! – reclame mis derechos.
Quiero a Candice aquí con André. Si algo le pasa al niño, ¡lo lamentarás! – me advierte.
¿Qué le puede pasar por un berrinche? – cuestioné.
¡Pues eso espero... tráela de vuelta a Roma! ¡Sí no puedes! ¡Olvídate de que eres mi hijo! – bueno, eso sí que no me lo esperaba.
¡Ajá! – me limité a medio obedecer, pero lo que a continuación siguió no me lo esperaba.
Tin tin tin
¡Me colgó! – no me lo podría creer.
Bueno, ya sabemos cómo es tu madre con respecto a Candice, así que ¡apurémonos! – me urge Benedetti.
¿Nos vamos? – grité para que todos me oyeran. Y ¿los viejos? – pregunté cuando nadie me contestó.
Se fueron mientras tu madre te regañaba, ellos al parecer ya saben en donde está – me dijo Leandro.
Bien, ¿no te dijeron algo? – pregunté tontamente.
¿Crees...? – me preguntó, pareciera que no lo harían.
Sí claro, no creo – sonreí y bajando mi equipaje de la cama comenzamos a caminar hacia la salida.
Bien – Leandro aceptó y encontrándonos en el pasillo nos vimos en son de complicidad.
¡Qué esperamos! – pregunté cuando nadie se movía.
¿Ya revisaron todo? – cuestiona Benedetti.
Sí – respondieron en una sola vez.
Vamos – los apuré y uno a uno, nosotros cuatro emprendimos el viaje a México.
Estábamos en la sala de aduana del aeropuerto cuando recibí una llamada desconocida.
¿Cuñado? ¿Dónde estás? – preguntaron del otro lado de la línea.
¿Mirabel? – pregunté extrañado.
¡Hola! ¿Sabes que Candice está aquí? ¿En México? – cuestionó sin darme oportunidad para preguntar nada.
Me lo suponía, tuvimos un desacuerdo y se fue sin más – le dije lo cual hizo que soltase una risilla.
Pues apresúrate, mi hermana está en el hospital… ¿dónde anda Benedetti? – preguntó por él.
¡Hey tú! Candice está en el hospital… - le dice y luego de que se sorprendiera le cuenta los pormenores.
¿Qué cosa? Bueno, sí, vamos para allá, ¿puedes recogernos en el aeropuerto? – pide Benedetti, que comenzaba a tranquilizarse. Bien, sí, gracias. ¡Hasta pronto! – se despide de Mirabel y cuelga.
¿Cómo está? – pregunto, por supuesto que quiero saber de mi esposa.
Descanso de aquí al parto, no puede enojarse y… no intimidad… - me da la no muy fabulosa noticia.
¡No me importa, bien merecido me lo tengo, supongo! – le digo a él, sé que nadie entiende mi punto de vista.
Pedí un auto… - me cuenta Benedetti.
A ti precisamente quería encontrarte…
Continuará…
Esta historia es de mi propia autoría, sin lucro alguno; sus personajes son propiedad de Kyoko Mizuki y/o Yumiko Igarashi.
