Elizaveta Morozova no tenía control sobre su propio cuerpo. El pequeño contenedor de su alma era arrastrado por familiares pero violentas corrientes oscuras en la eterna noche del único páramo conocido en donde el sol nunca brilla. Su cuerpo era arrastrado a través de grandes ciudades inhabitadas, pequeños pueblos con naturaleza corrosiva y mares de infinita negrura, debajo del cielo escarlata.

Pero su mente había sido inducida a la completa paz y mansedumbre. Un estado completamente opuesto a sus rebeldes maneras habituales.

En en un momento dado, una voz interior consoló sus preocupaciones iniciales con razonamientos lógicos: a donde fuera que estuviera yendo era en donde debía estar. Nunca te he defraudado o abandonado a tu suerte, había sido susurrado, confía en nuestro viaje.

La voz, a la que nunca se atrevió a poner un nombre pero que ya formaba parte de su ser, solamente podía escucharla mientras viajaba en el oscuro conector de todas las dimensiones y destinos que exploró con su ayuda. Esa voz había sido la primera y única en los últimos diez años en tratarla como un individuo propio con ambiciones y grandes sueños y no un número con un propósito ajeno a sus intereses haciendo algo tan simple como complacerla contestando uno de los mayores misterios de su vida. Y mucho más.

¿Su nombre siempre había sido A1, un individuo sin origen o familia? ¿O tuvo padres que le dieron un nombre propio con escogido significado que le fue arrebatado en algún momento? Elizaveta Morozova.

Ah, el furor de los cuidadores del Instituto Rasputin al percatarse de la existencia de una presencia latente que se encuentra en el otro lado y la conexión de uno de sus sujetos con ese mundo inalcanzable para la mayoría; comprender su naturaleza y explotar la conexión especial entre ambos era el propósito de A1. Elizaveta tenía una agenda propia: abrir un portal en medio de la noche siberiana desde su pequeña habitación, atravesar la dimensión oscura con la confianza de un moscovita en la Plaza Roja (o un neoyorquino en la Quinta Avenida, como también aprendió por este medio), escuchar y acatar todo lo que el centinela de dicho páramo tuviera que decir, y salir por el otro extremo del portal.

O a veces se quedaba en el medio, en compañía de lo único que parecía comprenderla por completo. Las escapadas de A1se convirtieron en algo tan habitual que, siempre que fueran cortas y anunciadas, ya no se consideraba un motivo de preocupación.

La pequeña Lizaveta debería tener miedo.

Ella tendría miedo si tuviese control. Sin saberlo, lo había entregado, poco a poco, con cada pequeña aventura a algo poderoso y con intenciones malévolas.

Elizaveta Morozova siempre fue y será un peón en un juego de poderes, mundanos o sobrenaturales. Siempre preparada para ser sacrificada por una causa mayor del que nunca fue testigo.

Eventualmente sus párpados sombreados se abrieron y sus ojos de color cristal gélido se encontraron con el destino de su larga travesía interdimencional.

Antes de sus pies cubiertos finalmente tocaron suelo, la sensación asfixiante y corrosiva presentes en las corrientes de aire oscuras que cargaron su peso completo por casi un mes entero se dispersaron a su alrededor y volvieron a formar parte de la eterna noche. Mientras tanto, ella volvía en sí...

Yob tvoyu mat —exclamó en su ruso natal.

Por supuesto que las primeras palabras que su boca y cabeza coordinaron para expresar su descontento fue una palabra muy ofensiva para la madre de cualquiera; afortunadamente para ella, quien la puso ahí no era exactamente un favorito de mamá.

Elizaveta se tomó un momento para descansar y asegurarse de tener todas sus extremidades en su lugar mientras observaba con vaguedad el techo cerrado sobre su cabeza. Una mirada fue suficiente para comprobar que todavía se encontraba en algún lugar de la dimensión oscura.

Con curiosidad siguió con la mirada el recorrido de las paredes de mármol hasta toparse con un laberinto de escaleras metálicas. Siguiendo sus instintos subió por las escaleras, escudriñando los pequeños detalles de lo que parecía ser una sala de experimentos muy anticuada a juzgar por los curiosos artificios que encontró en su camino. Se detuvo momentáneamente al tropezarse por el borde de un tanque de agua turbia y casi caer adentro.

Estaba empezando a considerar la idea de que se trataba de la sala de juegos de algún muy perturbado cuando lo vio, en una de las esquinas de la amplia sala, y no pudo evitar soltar un atrevido silbido por lo bajo.

—Good Morning America! —dijo Lizaveta en un tono burlón, en su mejor impresión de un acento americano saludando a la bandera blanco, azul y roja.

No, definitivamente no era la sala de juegos de alguien muy perturbado. Era la sala de juegos de un gobierno muy perturbado. Como el suyo, pero en otro lado.

Sintiendo una repentina subida de energía recorrir el lugar con atraviesas energías renovadas. ¿Por qué de todos los lugares el centinela la había llevado a una base estadounidense? No lo sabía pero podría descubrirlo pronto si se esforzaba un poco más.

Se metió en la cabina principal, para tener una amplia vista y control sobre el resto de la sala. Como era de esperarse no había nadie, pero había ciertas pertenencias personales que captaron su atención. Eliza se arrojó sobre una silla giratoria y subió los pies al tablero de control con poco cuidado, presionando algún que otro botón, tomando entre sus manos un periódico imprimido en blanco y negro... antes de deslizarse de su agarre.

THE HAWKINS POST,

6 DE NOVIEMBRE DE 1983

Era el día de su cumpleaños número 16... treinta y nueve años en el pasado.