Feliz cumpleaños, Morozova.

Las palabras brotaron de las oscuras partículas flotantes en su dirección, mientras el aire dentro de la pequeña cabina de vigilancia se repente tornó asfixiante. La felicitación de presumible buenas intenciones se siente fuera de lugar —ella se siente fuera de lugar—, como si fuese una burla cruel, y la respuesta de su cerebro es dejarla atolondrada.

El peso en su regazo no corresponde a algunas hojas de papel. Elizaveta Morozova no tiene otra opción que confiar en la única entidad que la protegió desde que tiene memoria de la naturaleza aborrecible y corrupta de todos los miembros de la raza humana. Él tejió una red para que pudiera descansar, en el páramo de la eterna oscuridad, y ella no pretende cortar esos sublimes hilos con el cuchillo del escepticismo.

Sí, es 6 de noviembre: su cumpleaños.

La fecha impresa en el periódico es correcta, y el peso simbólico en su regazo es un recordatorio de cuán real es todo. La simple idea tarda unos largos minutos en asentarse como hecho, porque no es tan sencillo como aceptar que tiene 16 años; si la fecha en el periódico es correcta, también indica que el año presente es 1983... treinta y nueve años antes del día en el que se supone debería cumplir 16 años, el 6 de noviembre de 2022. ¡1983 se encuentra a veintitrés años de distancia del año de su nacimiento, 2006!

Las ruedas dentro de su cabeza siguen girando mientras acomoda demás fechas de importancia para tener un paranorama mental más amplio. Tiene suerte de ser lo suficientemente decente con los números o de lo contrario estaría aún más pérdida.

Pero también hay otros detalles de gran importancia que no pasan desapercibidos para Lizaveta. La impresión pertenece al periódico local de Hawkins, y tiene la apariencia de ser una copia reciente. Está bastante segura de que ninguna copia de un periódico tan pequeño podría haber sobrevivido a la catástrofe conocida como el "Chernobyl Americano de 1989".

—Mejor que me caiga un puto rato antes que... —logra articular media oración, no segura de que en idioma está murmurando, antes de volver a perderse en sus pensamientos.

Antes que... encontrarse en medio de una Guerra Fría. Estados Unidos contra la Unión Soviética. Antes que encontrarse a su misma, en el pasado y en un lugar que ya no existe en un tiempo: un pequeño pueblo conservador del enemigo declarado de la época, en uno de los peores lugares y momentos de la historia para tener un acento marcado como el suyo.

¿Por qué?

¿Por qué se la llevó sin aviso en el medio de la noche, adormecida por largas semanas en el viaje más sacrificado de toda su vida, y la dejó en un destino tan lejano? ¿Por qué ella? ¿Por qué Hawkins?

Lizaveta tarda unos instantes en percatarse del sonido distante de una alarma de emergencia y sentir los movimientos erráticos de varias personas a su alrededor. Invisibles a sus ojos, pero es capaz de sentir sus presencias dando vueltas alrededor de la sala y escuchar el ajetreo procedente del Otro Lado, fuera de la Dimensión Oscura en donde ella se encuentra.

La adolescente rusa, ahora soviética por motivos cronológicos, se levanta de su silla mientras observa con ambos ojos bien abiertos desde su cabina de vigilancia un pequeño quiebre en la pared frente a ella que rápidamente comienza a expandirse. Lizaveta se percata inmediatamente de la realidad de la situación, prediciblemente mucho antes que las personas del Otro Lado que observan las consecuencias de su misión fallido con impotencia desde el mismo lugar en donde ella se encuentra sentada.

En el mundo del revés, Elizaveta Morozova —A1, sujeto ruso de prueba, hija del Proyecto Umbral y agente especial en entrenamiento— está erigida sobre el Dr. Martin Brenner —encargado de el Laboratorio de Energía de Hawkins, captor de numerosos sujetos de prueba y agente del gobierno estadounidense—.

Ambos, separados por una cortina interdimencional que ya no supone distancia física entre ellos, observan la escena frente a ellos con expresiones opuestas en sus rostros. Lizaveta está fascinada.

Un portal interdimencional, una puerta hacia la Dimensión Oscura. Una rotura en los tejidos del espacio tiempo, una carretera cósmica de doble sentido... en el maldito pueblo de Hawkins.

Incluso mucho antes de la catástrofe medioambientale que hizo al pueblo de Indiana conocido mundialmente, los locales aseguraban que un lugar maldito y olvidado por Dios. Desapariciones misteriosas, gente que volvía de la muerte, casas encantadas, muertes horripilantes y presuntos rituales de naturaleza satánica... todo aquello contaba con una explicación diferente a la de aquellos que buscan vistas y likes en Internet. Ahora está completamente segura de que se encuentra en una base secreta del gobierno estadounidense y que este desastre es parte de una conspiración fallida gubernamental. Tienen a alguien, un sujeto de prueba como ella o sus pares en el Instituto Rasputin, pero sin su experiencia con la volatilidad de la energía de la dimensión oscura que abrió un portal de manera descuidada y probablemente accidental.

Hawkins fue una puerta hacia cosas que sus habitantes no estaban preparados para enfrentar. Al igual que Oimiakón, su hogar hasta los cinco años. Escalofríos le recorrieron el cuerpo y su mirada se fue al bulto disimulado en uno de los bolsillos de su pantalón militar. Una semana antes de partir se las había arreglado para conseguir unas copias parciales de su expediente personal aunque todavía no había tenido el valor de hurgar más en su pasado.

A los once años descubrió que tenía un nombre propio y eso había sido suficiente por un tiempo.

Una idea le cruzo la cabeza y evitar vocalizar aquello que la molestaba: —¿Qué significa todo esto, para mí? Ellos experimentaron, nosotros experimentamos. Usamos niños como armas, ellos también... ¿Qué significa todo esto, (para nosotros) para ti?

Es tiempo que lo descubras por tu cuenta. Ve y encuentra fortaleza en su pasado.

Tomando sus palabras como garantía, Lizaveta se levantó con periódico en mano, nudillos blancos por la fuerza de su agarre, y salió de la cabina de vigilancia para caminar directamente a la herida abierta en la pared. Instintivamente puso una mano sobre la membrana y las raíces venosas respondieron rápidamente escalando por su brazo, hombros y cintura, permitiendo ser arrastrada y sin sentir la necesidad de pelear contra la naturaleza del páramo oscuro. Después de todo, es parte de ella. Cada vez, en el instante previo antes de ser escupida con poca gracia del otro lado, siente que ve el mundo por primera vez. Y a veces, odiaba lo que veía.

La sala era igual, más iluminada y sin partículas de materia negra volando en el aire o raíces colgando del techo, aunque eso último es cuestión de tiempo. Su mirada se dirige hacia la cabina en donde había estado antes, ahora vacía. Al igual que el resto de la sala, que parece haber sido abandonada en un apuro por salvar sus vidas. Con una sonrisa traviesa notó que no les importó pisar la bandera tirada en el suelo en su desesperación por huir o las cámaras de seguridad, a las que no le había prestado atención antes, y ahora desparramadas en completamente añicos.

Lizaveta avanza lentamente y recorr el lugar con una mirada renovada, siento la emoción subiendo por sus venas pero obligándose a mantener la mente enfocada y en ser precavida. En algún lugar, escondido por un agente del caos —como ella— y no tarda en cruzar su camino con el mismo. Por pura casualidad.

El ligero sonido del deslizamiento de unos pies a sus espaldas la hace girarse a tiempo para congelar el brazo extendido en su dirección. Su mirada de colores siberianos chocan con la calidez ámbar. Frente a ella hay un niño o una niña pequeña, de no más de diez años en apariencia, con la cabeza rapada y envuelto en una fina bata de hospital, mirándola fijamente con el brazo extendido en una amenaza implícita pero la expresión es traicionera, como la de un ciervo atrapado entre los faros de un auto. Bambi homicida, piensa sin despejar sus ojos del niño, quizás sea un peligro para la sociedad pero al final sólo es un ciervito confundido y herido.

Bambi tiene el rostro pálido, las rodillas temblando por el agotamiento y la nariz chorreando sangre, manchando su bata limpia. Lizaveta reconoce sus propias señales de un pronto colapso en el niño e intenta dar un paso adelante con la intención de ayudar pero es expulsada hacia atrás. No lo suficiente para golpear la pared y herirse, sólo mantener la distancia entre ambas desconocidas.

Lizaveta entiende el mensaje. Tiene que ganarse su confianza antes de dar el siguiente movimiento.

Con movimientos lentos levanta ambas manos en un gesto universal de rendición. Sabe por seguro que no está dando la mejor primera impresión: está cubierta de moco interdimensional, cicatrices rojas le atraviesan el rostro, viste ropa militar oscura y tiene el pelo azul. Por algún motivo idiota lo último resultar ser uno de sus rasgos más alarmantes. Pero realmente no tiene intención de asustar aún más a la pequeña criatura humanoide, o "niño" para abreviar.

El brazo del niño telequinetico sigue extendido aunque puede ver que está teniendo dificultades para mantener la mano abierta y quieta en el aire. Está a punto de perder su ventajosa posición defensiva.

Así que la adolescente hace lo único que quizás siente podría funcionar. Con movimientos lentos y pausados se da la vuelta hasta quedar completamente de espaldas y, avisando que va a mover una de sus manos con un leve gesto, se recoge el cabello para exponer su nuca marcada con tinta.

A1, носитель

En su posición sumida no puede ver la confusión cruzando el rostro de la niña al reconocer parcialmente el tatuaje en la nuca de la chica rara que salió de la pared. Diferente combinación de letras capitales y números, acompañados por esa secuencia de símbolos que no sabe leer pero reconoce por haber visto en tantas ocasiones.

La niña se lleva una mano a la muñeca, que reza 011.

—Okay —dice simplemente, moviéndose al lado de Lizaveta que deja caer su cabello para observar los movimientos de la niña. Ésta pausa de repente y la mira, como si recordará sus modales—Eleven.

Eleven. ¿Cómo Once, no? —¿cuál es la maldita obsesión de los gobiernos de experimentar con niños y no tenerles números por nombres?— Yo soy A1. Esas letras que viste significan "La Portadora" en nuestro alfabeto... Entonces, ¿sólo Eleven? ¿A secas?

—Eleven —repite la niña sin detener su movimiento o dar explicaciones. De repente se congela en su lugar y Lizaveta está a punto de abrir la boca otra vez cuando lo escucha también.

Un gruñido animal.

Demasiado cerca de ambas.

La comprensión golpea a la adolescente extranjera y tiene ganas de golpearse el rostro con las dos manos, tomando turnos para sacudirse la estupidez a golpes. Por supuesto, si está es la primera experiencia del niño abriendo un portal a la dimensión oscura en el mundo físico es esperable que no comprenda a que tipo de cosas monstruosas le da dado la bienvenida. Su miedo es completamente razonable, después de todo acaba de joderla a lo grande.

Pero Lizaveta tiene experiencia en joderla a lo grande, en mandarse cagadas interdimencionales. Aceptar la protección de un destructor de mundos sólo es una de ellas. Convertir a a uno de sus hermanos mayores en un monstruo humanoide con una afilada dentadura en forma de flor durante una acalorada discusión es otro.

El punto es que sabe una cosa o otra sobre lo que está pasando por la cabeza del niño. Así que toma el papel de adulto responsable, por más grande que le resulte e intenta reconfortar al menor.

—Eleven, Eleven mírame —dice poniéndose en cuchillas para quedar frente a frente con la niña hiperventilada, y aunque no se atreve a tomar su rostro, hace todo lo posible para transmitir seguridad en su voz— Yo puedo ayudarte. Pero necesito que confíes en mí primero. Debemos salir de este lugar. Vamos a solucionarlo pero hoy no es el día.

La decisión es tomada por ellas cuando una de las puertas se vuelve a abrir con un estruendo y aparecen tres hombres armados con trajes blancos, presumiblemente para recuperar al niño. Lizaveta toma a la niña del brazo y la arrastra sin mucha resistencia a una esquina pidiéndole que se quede quieto.

Usando sus pies ágiles se mueve sigilosamente por detrás del grupo de hombres sin alentar su presencia. Un vapor oscuro y gélido se desprende en el aire con un movimiento de mano, golpeando a los hombres por la espalda y empujándolos hacia el portal abierto, en donde las raíces y venas crecientes los atrapa con rapidez y finaliza el trabajo en un silencio que sólo es interrumpido con un grito lejano.

Apenas el aura negro como la noche que la rodeaba desapareció, una mano pequeña toma la suya y la guía fuera de la sala. Ninguno hace comentarios sobre lo que acaba de suceder unos momentos atrás mientras recorrer el laberinto de pasillos —la adolescente rusa dejándose llevar por la niña americana—, y la primera toma nota mental del camino para cuando deba regresar para ayudar a solucionar el problema con el portal. En circunstancias normales intenta no involucrarse en problemas ajenos y permite que las personas solucionen las cosas a su manera, pero esta vez es diferente.

Un menor estaba en serios problemas. Pero no es tanto la joven edad y apariencia inocente del ciervito lo que ocasionó que decida involucrarse en primer lugar. Tampoco el desastre tiempo espacio. En mucho más simple: Elizaveta se ve reflejada en esa mirada perdida, o a la niña que solía ser a esa edad.

Unas pocas puertas metálicas y unos guardias de seguridad enviados por los aires más, y salen al exterior. El frío de la tormenta que azota el pueblo se siente refrescante en el rostro de Lizaveta y se permite tomar una bocada de aire fresco

—Por aquí —dice Eleven, quien no había soltado su mano en ningún momento, a su lado.

Sin perder más tiempo se arrastra al nivel del suelo y la mayor se encuentra imitando sus movimientos, arrastrandose con los codos y las rodillas sobre el pasto mojado hasta detenerse abruptamente.

—Por aquí —repite Eleven, señalando la entrada de una estrecha tubería con salida al exterior de la instalación y entra primero demostrándole que debe hacer. Lizaveta da una última mirada a la fachada de la base "LABORATORIO DE ENERGIA HAWKINS", ignorando las exclamaciones del niño.

Eso es. Estoy completamente jodida, piensa mientras reza silenciosamente para que su 1,53 cm de altura sirvan de algo más que comparaciones burlonas con un duende de jardín y le permitan salir con vida, por lo menos está vez.