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Después de solo una semana en medio de la nada, Martín tuvo que admitir lo obvio: Hasta el momento, llevaba una vida privilegiada ¿Por qué no decirlo? Sus padres lo habían mimado y estaba acostumbrado a un ritmo de vida citadino.
El argentino viajo en caballo hasta el pueblo, centro de esos campos interminables. No conocía a nadie y no sabía nada; por eso agradeció que un trabajador estuviera esperándolo allí, aunque... Un momento...
— ¿Qué carajos estás haciendo aquí?
— ¿Eso es lo primero que le dices a tu querido primo? Bah, púdrete.
Ambos muchachos se abrazaron con mucho cariño, hacía mucho que no se veían, después de todo. Intercambiaron unos cuantos sucesos que habían ocurrido en la vida de cada uno. El de cabello chocolate y piel curtida fue un excelente guía, sobre todo porque el pequeño pueblo, tenía pocos edificios "decentes", el resto parecían lugares clandestinos, por lo rustico, sin embargo, no era así... Le quedaba, a Martín, mucho que aprender.
— Almorcemos primero... Luego veremos tu oficina.
— ¿Tengo oficina? ¿De verdad? — Preguntó el rubio sorprendido.
— No Martín, estoy bromeando — Sonrió con sarcasmo —. Uno de los dos hijos del socio mayoritario de esta empresa sudamericana viene al culo del mundo ¿Y crees que no va a tener un lugar en dónde organizar y archivar los pedidos?
— JAJAJAJAJA me tomás como todo un inútil, parece...
— ¿Yo? Nunca... Sólo digo, que las cosas no son como Buenos Aires, el ritmo de vida es lento, la gente es pasiva y calmada, y... — Miró a su mayor y frunció el ceño —. Bajo ningún motivo vayas a empezar a jugar con las mujeres de estos lados, está bien si tienes una o dos amantes en el burdel, pero no te metas con mujeres casadas...
— ¿Qué visión tenés de mí? — preguntó el de cabellos lisos, con sorpresa.
— La peor, claro — Respondió sin duda, mirándolo sincero —. Solo...
— No tenés que preocuparte, no tengo interés en las mujeres...
Daniel frunció el ceño con cara de disgusto y asco.
— jajajajaja ¿Por qué ponés esa cara? — Se burló el rubio —. ¿Que, tenés miedo que pueda intentar algo con vos? Jajajaja No te preocupes, no sos mi tipo.
— Esas bromas harán que los hombres te odien — Aseguró, sin quitar su cara de desagrado.
— Supiste de mi compromiso ¿Verdad? — Martín negó con una sonrisa melancólica.
— ¿No vas a casarte? — Daniel parpadeó perplejo, luego suspiró —. Luciana no es para ti, no te convenía desde el principio.
— ¿Qué? — Preguntó confundido —. Pero yo... Me siento atraído, desde que somos niños...
— Gurise — Dijo Daniel, frenando a su primo —. ¿Desde cuándo esa es una razón para casarse con alguien? Cuando tú eras niño, ella ya era una jovencita... Claro que es atractiva y exótica, pero tenés que pensar que en ese entonces estabas encandilado por ella... ¿Qué hay debajo de la belleza embriagadora?
Martín lo pensó, Luciana era tan dulce, amable, cariñosa, muy tierna, es verdad. Realmente tenía sentimientos buenos, el tema es que él había huido de ella. Luciana podía ser una buena esposa para cualquiera, menos para él, porque no quería una esposa, buscaba a su compañera.
— Hay alguien a quién estoy buscando — Dijo, cambiando de tema por completo.
— ¿Quién? — Preguntó Daniel cortando su carnecita.
— Violeta González — Respondió.
Daniel paro de comer solo para ver el rostro del chico frente a él ¿Qué le pasaba a este sujeto? González era el apellido más común que existe en Chile, y probablemente en Argentina también ¿Por qué su primo buscaba una mujer? Quería sacar algo más, pero lucía sencillo, sereno.
— Esa mujer, tiene un hijo mío — Dijo, sin censura.
Y entonces Daniel procedió a atorarse.
Un mes después, Violeta se había casi recuperado y Carlitos estaba cada vez más grande, más calmado y comelón. En vez de llevarlos de vuelta a la casona, fue hasta la ciudad, se quedó en un hotel. Y desde allí, espero volver a su casa.
En el pueblo, su carruaje había sido recibido con ojos curiosos, sabiendo que era la única hija de Carlos González, el terrateniente. Ella había vuelto de Europa, su esposo había muerto en la guerra, tenía un pequeño recién nacido ¿Quién podría no decir lo contrario? Si bajó del carro de luto, con un niño en brazos.
Ese primer domingo en la iglesia, todo el mundo cuchicheaba sobre Violeta. Tan joven y linda, y ya viuda con un niño. También hablaban del pequeño, decían que tenía los ojos del abuelo, y que era blanco y rubio, el papá era italiano, así que se compadecieron de Violeta.
— ¿Puedo preguntar la razón de su visita, Miguel Alejandro Prado? — Violeta sonrió con calma, sentada en uno de los amplios sillones tapizados en cuero en la oficina de su papá.
— Señorita Violeta, solo Miguel, por favor — Sonrió —. Mi padre y su padre eran buenos amigos, la conozco a usted, desde que solo era una recién nacida, no le extrañe mi visita.
— En efecto, me extraña ― Dijo, permitiendo el asiento en los sillones —. ¿Viene por un asunto personal o por negocios?
— Ambos, podría decir — Sonrió —. Verá, según él testamento de su padre, usted solo puede pasar a guiar a la familia y sus ganancias, una vez cumpla 25 años.
—... O este casada, y lo estoy. Viuda, lamentablemente — Le apoyo, bebiendo una taza de té.
— Sí. Por eso tuve que venir, para saber cómo estaba — Dijo, sonriendo como un gato —. ...Y para recordarle, que el objetivo de su matrimonio, era que AMBOS pudieran administrar los bienes, la viudez no está dentro del testamento.
— Pero estoy casada — Dijo, reiteradamente —. Soy viuda de guerra, además.
— Soltera, para legalidades, así que no cumple con los requisitos — Suspiró, levantándose —. La firma Prado congelará sus activos inmediatamente. Mi padre y sus asociados no creen que pueda llevar tales funciones...
— Quiere decir, que frenará mi control sobre la administración, de mi propia herencia — Ella sonrió —. Yo, una viuda, madre de un niño.
— Evidentemente no quedará desprotegida — Dijo él —. Dentro de estos días hemos de ver la manutención necesaria para los herederos de Carlos González.
— Excelente — Molesta estaba, pero en negocios, nunca se debe alterar —. Mi esposo, que en paz descanse, me legó una pequeña herencia ¿Debo tomar recaudos para que la firma Prado la intente congelar?
— No es algo personal, Violeta — Aseguro el hombre de negros cabellos, tomando su mano a modo de apaciguamiento —. No podemos entrometernos con la herencia de los Portinari, así que despreocúpese, claramente, no influirá en la manutención tampoco.
Al salir de ahí, Violeta tiró el juego de té al suelo ¿Ser viuda era estar soltera? Sí claro, qué buen invento. Considerando sus circunstancias, lo mejor era dejar que las cosas fluyeran y luego asestar un buen golpe.
Tener un hijo la había hecho comprender, que no podría quedarse de brazos cruzados ante esta brutal injusticia... Había decidido ignorar los asuntos familiares por mucho tiempo, pero ahora ya no podía hacer la vista gorda. Caminó hasta su habitación en dónde la niñera estaba meciendo al pequeñito, ella lo tomó en brazos y pinchó su dormido rostro con un dedo.
— Carlitos... Voy a protegerte... Eres mi todo.
Lo abrazó y se aferró al pequeño niño, sentándose en una silla mecedora. Hasta ahora, toda su vida giró en torno a buscar cariño de otros. Su madre, que no era capaz de amarla del todo, su padre, que la veía como un tesoro y que terminó perdiendo su amor de forma muy temprana. Su hermano, que era un niño que de vez en cuando le llevaba flores, pero rehuía del contacto físico, y ni hablaban el mismo idioma, así que apenas podían entenderse. Y Martín... se refugió en sus brazos hasta que pensó que no le faltaba más en el mundo; aunque todo fue mentira... era un bonito sueño.
— Me gustaría que tu papá estuviera aquí — Dijo, besando la mejilla redonda de su bebé que seguía manteniendo sus miembros cerca de su cuerpo —. Ahora mismo está tan lejos... ¿Querrás tener un papá algún día?
¿Pero eso podría suceder? Ella misma ya no, no quería volver a tener que ver con hombre alguno. Uno fue suficiente, Martín le rompió el corazón en cientos de miles de pedazos, ya no quería un hombre en su vida, no, viviría como una respetable viuda, dudaba necesitar a más hombres que su propio hijo.
El perder control de las tierras, se hizo inmediatamente notorio. Era obvio lo que sucedía, a ojos de la única heredera de Carlos González, porque lo había vivido en Europa, entre sociedades civilizadas ¿Qué le esperaba entonces, entre la gente de los campos? Ahora mismo no tenía autoridad, y no tenía el respeto de sus trabajadores.
Esto era difícil. El campo era difícil. Trabajar con otros era difícil, el precio del capital humano equivalía a la constante vigilancia.
— ¿Será que me persiguen las huelgas? — Se preguntó Martín, viendo tomada sus oficinas.
— Es un poco trabajoso seguir ahora mismo, esperemos un poco — Recomendó Daniel —. Hay retraso de la nueva carga desde Argentina, aunque hemos hecho los trámites, no hemos podido importar... Nuestra mercancía no se vende, no tenemos el dinero y no podemos pagar sueldos...
Martín suspiró molesto. No quería admitirlo, pero necesitaba esa carga por motivos personales. Se rascó la áspera mejilla.
— Si querés hojas de afeitar, el gringo tiene — Mencionó Daniel —. No son tan buenas como las nuestras, pero es mejor a tener "nada".
— No — Se negó con rapidez —. Con ese no.
— Pues falta te hacen, parece como si te hubiera crecido una escoba en la cara, y tambien te está creciendo el pelo ¿Qué tiene de malo el barbero?
— Trabaja para ese... ¡No voy a usar la misma navaja que ese sujeto!
— Entonces manda a traer navajas ¡Pero haz algo con tu cara!
Arthur Kirkland estaba instalado en el pueblo como amo y señor del comercio local. Era un inglés de horrible comportamiento con horrible sonrisa burlona y pésimo carácter. Lo detestaba antes cuando no lo conocía y lo detestaba desde que lo conoció también.
— Deberías... Distraerte. Buscar una novia, no sé... Hacer algo con tu tiempo — Daniel suspiró —. El pedido no va a llegar porque estés en tu oficina.
— Violeta González — Gruñó molesto —. Es la única mujer que me interesa por los negocios que tenemos que cerrar.
Daniel alzó ambos hombros, no es que le importara lo que hiciera o dejara de hacer su primo. No influía en su propia vida, su propia aventura...
Violeta se paseó como una leona enjaulada por la habitación, no sabía qué más hacer, su bebé... Su hijito, tan pequeño, tan chiquito, tan indefenso...
— Resfriado — Respondió el señor —. Su hijo está resfriado, es muy pequeño, por eso hay que cuidarlo, pero si sigue las indicaciones, entonces no habrá problemas...
— Gracias a Dios — Suspiró ella.
El pequeño Carlitos estaba mal de salud, lloraba mucho, y su rostro lucía pálido, además de tener temperatura. Violeta estaba en desesperación, completamente nerviosa por lo que pudiera suceder. Los niños son increíblemente frágiles, y los recién nacidos mueren con mucha facilidad.
Si algo le pasaba al pequeño Carlitos, entonces... No sería capaz de perdonarse. Ver enfermo al bebé, verlo sufrir, era peor que si ella estuviera sufriendo.
— Lamgen... — Susurró la vocecita suave e infantil de un muchachito.
Mientras se secaba las lágrimas de los ojos, vio a su hermano aparecer desde algún lado, llevaba botas de cuero y un poncho grueso de lana...
— Mi hijo está enfermo — Le dijo —. Es solo un resfriado, pero... Pero su sufrimiento es real, Carlitos es mi vida...
El chico no entendió qué decía, pero lo supuso, por el alboroto que estaba sucediendo a su alrededor. Abrazó a su hermana y acarició su espalda.
Los campos separaban a ambos padres. Hectáreas de bosques y praderas. Martín no sabía qué le estaba sucediendo a su hijo, y no es que no le importara, pero intentaba no recordar demasiado su existencia. Era triste, y era cruel, que no pudiera estar con ella o él.
— ¡Ah, qué madera más tozuda tenés acá Daniel! — Gritó, molesto.
Violeta dormía de lado. Miraba sin pausa la cuna, el suave velo blanco que tapaba del frio la rubia cabeza de su hijo. Durmió, solo para volver a despertar y moverse a la cuna, vigilar que el niño estuviera bien. Y lo estaba. Siempre lo estaba. Siempre suspiraba, lo tomaba en brazos y lo miraba, acurrucaba y abrazaba largamente.
Cuando "llegó de Europa", con el niño recién nacido y la trágica historia de su marido muerto en la guerra, causó verdadera conmoción y lastima. La misa del domingo anterior había sido en honor del nombre de Alonzo Portinari. Se hablaba bien de Alonzo, sin siquiera haberlo conocido nunca. La joven viuda parecía ser el epítome que queda tras la muerte heroica del marido.
No pertenecía a la socialité, porque sus padres, aunque tenían dinero, mucho dinero, seguían siendo del campo; en el campo, la mandaron a las monjas... Y de las monjas salió casada y con bebé. No conocía otra vida que el esfuerzo continuo y el estudio.
— Entonces quisiera, si así usted me lo permite... — Dijo, suspirando con una sonrisa de oreja a oreja, digna del gato Cheshire —. Casarme con su hija.
— Ya veo... — Violeta sonrió —. Te volviste loco ¿Verdad?
— ¿Por qué estoy escuchando al hijo de Inca? — Preguntó Darelene Millaray.
— Mamá... ¿Puedo retirarme? — Preguntó Violeta, suspirando.
— Espera, todavía hay cosas que podría decir... — El hombre de piel morena sonrió —. Si te casas conmigo, no habrá más necesidad de esperar, además, sabes que no lo hago porque quiera formar familia, sabes que es por dinero y estatus...
— Brillante, Migue, sigue diciendo que no me quieres y que en realidad estás interesado en la plata de mi papá.
— ¡Carlitos me quiere!
— ¡Tiene poco más de un mes, recién está empezando a levantar la cabeza solo!
— No, enserio ¿Por qué estoy aquí? — Millaray vio a los dos jóvenes discutiendo. Ignorandola.
— ¡Es que no se me ocurre otra forma para que te den la herencia! — Miguel hizo un puchero —. Cómo tú abogado, creo que podría hacer un buen trabajo...
— Exactamente porque eres mi abogado, es que todo se vería demasiado sospechoso.
Ambos abogados se sentaron complicados y desanimados, tomaron café y pensaron, decaídos. Luego se movieron un poco, se miraron, casi esperando que el otro diera una respuesta, y al final, solo suspiraron rendidos.
— ¿Quien más podría ser candidato a marido? — Preguntó el moreno de ojos café y bonita sonrisa.
— Este... — Ella lo pensó, solo Martín se le venía a la cabeza. Aunque seguro ya se había casado con su preciosa y exótica novia —. ...No se me ocurre alguien.
— ¡Ves! Por tu poca sociabilidad y falta de sentido común, estamos así — Se rascó el cuello molesto —. ¡Mi hermano menor es...!
— Ni muerta — Dijo de inmediato Violeta —. Antes me caso con un caza fortunas. Julio es todo lo que no quiero en mi vida.
— ...No es un mal chico...
— Repite eso hasta que te lo creas — Ella frunció el ceño —. ¡Cómo sea! El matrimonio sería el último método para acceder a la herencia y la contabilidad ¿Que podemos hacer por mientras?
Millaray, viendo que se peleaban, alegaban y volvían a discutir con palabras técnicas que ella no entendía, solo fue a la habitación de al lado y vio a su nieto en la cuna, y al lado, la nodriza. Violeta había amamantado sola al niño, lo que no significaba que podía estar pegada al lactante 24/7, así que la mejor opción fue dejar el cuidado continuo a alguien más.
— Oh Carlitos, venga con la abuelita — Sonrió, tomando en brazos al sonriente bebé —. Tu mamá esta intentando pelear con todos, por tu bienestar.
Carlitos la miraba, con sus redondos cachetes y sus ojitos claros. A veces parecía que el niño entendía más que los propios adultos.
— Si mi amor — Lo abrazo, y refregó su cara en un costado del niño —. Todo va a estar bien, ya vas a ver... ¿Cómo está tu pecho? ¿Sanaste del todo?
Carlitos se llevó la mano a la boca y chupo sus dedos... Bueno, Millaray pensó que quizás, el niño era muy joven para conversar de cualquier cosa.
— Mi chiquitito... Que lindo eres — Lo consintió más la señora.
¿Cómo pudo pensar en deshacerse del niño que ahora llenaba sus días de alegría continua? No supo. Su hijo menor apareció reptando desde el balcón del cuarto, y pidió que abrieran la ventana para entrar a la casa.
— Ñuke... ¿Choküm está enfermo otra vez? — Preguntó el niño de cabello largo y tez canela —. ¿Nació enfermo? Su cara es blanca y puedo ver las venas en su rostro...
— No está enfermo, es que está emparentado con los winka — Explico —. Les dicen "mestizos". Pero sin duda es hijo de tu lamgen.
Martín volvió al ataque pocos días después, a seguir peleando con el inglés.
— Oh, litle boy el comercio es marítimo, siempre lo ha Sido, siempre lo será... — Se burlaba el inglés con una copa de jerez.
— ¿Cómo podría aferrarme a pensamientos tan arcaicos? — Sonrió con sorna —. La riqueza de nuestras naciones se mide por la forma en que pueden colaborar... Estoy casi seguro que la gente prefiere mis productos por su calidad... Mi tienda siempre está vacía, esa es la prueba.
— El desabastecimiento, querrás decir, litle boy — Sonrió —. ¿No son tus capacidades bastante... Pequeñas?
— ¿Qué dijiste?
— Lo obvio... Quizás, si tan solo no hubieran puesto a un proveedor tan poco capacitado...
— Capacitáme ésta, la concha de tu...
24 horas después, Martín seguía teniendo un ojo morado y el labio partido. Iniciar una pelea no fue la mejor forma para atraer clientes a la tienda. Aunque Daniel también terminó peleando por su lado... Al parecer, en el fulgor de la pelea, se dijeron más cosas, y alguien había insultado a la mamá de Martín...
— ah, el viejo va a entender — Dijo con media sonrisa.
Oh sí, podías escupirle en la cara ¿Pero tocar a su esposa? Nunca.
— Jeh, sí... — Le pasó un mate —. Que capo, le dejaste en tinta un ojo y lo pateaste en los huevos...
— Si, yo... — Suspiró Martín, sorbiendo un poco —. ¿Vos escuchaste que tenía un cliente exclusivo, verdad?
— Se ha vanagloriado de eso por bastante tiempo, pero no creo que sea de por estos lados...
Estaban en la casa del campo de Daniel, apartados del mundo y suspendidos hasta nuevo aviso.
— ¿Qué tan lejos, eh?
— ¿Un par de kilómetros? — Daniel suspiró —. Pensás jugar sucio, puedo verlo en tu cara...
— No es jugar sucio, solo digo la verita... — Sonrió —. Si mis productos son de mejor calidad ¿Por qué un rico terrateniente le compraría a Kirkland?
— Martín, si le robas un cliente, intentará hacer lo mismo con nosotros ¡Y no podemos perder a nuestros pocos compradores!
— ¡Él dijo que mi cuero estaba mal curtido y que apestaba a podrido! — Gruñó —. ¡Dijo que mi algodón estaba apolillado y sucio!
— ¡Está bien, vete y hacé lo que quieras! — Le gritó molesto —. Siempre haces eso, y nunca te importa qué pasa con los demás, la última vez igual fue así mismo, me abandonaste a mi suerte...
— Daniel... Estaba Joao, no te abandoné...
— Joao... Si, claro — Daniel se abrazó a si mismo —. Él no es de fiar... Entendelo así.
Martín gruñó más. Ignoró a su primo y se fue a dormir, parecía que ya no quería hablar mas del tema, huyó simplemente de todo. De todos modos no le gustaron sus palabras... Él no abandonaba a los demás a su suerte, no lo hacía, había motivos, esa vez, él no...
Los ojos tristes de Violeta perforaron su corazón apenas hubo cerrado los ojos para dormir... ¡Él no la abandonó en Italia! Ella se casó primero, ella se casó y él... ¿Por qué intentaba justificarse? Últimamente pensaba en eso... ¿Qué haría ahora? No podía simplemente preguntar a todas las personas si conocían a alguna Violeta González...
Martín estaba hospedado en la ciudad, una ciudad más al norte. Se había comprometido a poner todo en su trabajo, y si Kirkland tenía clientes en esa ciudad, debió ir allí y hacer hasta lo imposible para que su empresa triunfará.
Daniel no lo siguió, pero le regaló algo mucho más valioso... Un título de dominio de un terreno de 2 hectáreas. Martín casi lloró de la emoción, eso, y ahora podía llorar de impotencia, porque era difícil construir una casa.
— Para el señorito — dijo el anciano de bigote que le estaba ayudando a construir.
— ¿Una gallina? — Preguntó, ingenuo.
— Para que nunca te falten huevos — Le dijo, con una mirada picara. Marchó, riéndose.
Martín miró al animal, una señora gallina de plumas grises. Parpadeo confundido, y entonces recién comprendió lo que ese señor le intentaba decir, y se confundió, no sabiendo que hacer con la gallina.
Por mientras la dejó libre, que comiera lombrices. Huevos no le faltaban, pero algo de compañía... Si.
Días después, seguía en la difícil labor de armar la casa. Era más difícil de lo que había pensado. Habría avanzado rápido con pisos de mármol y paredes de empaste, pero al nombrar los materiales, lo trataron de loco ¿Una casa tan rígida resistiría una tierra tan humedad? Lo supo poco después, cuando el suelo tembló unos segundos. Esa tierra le daba la bienvenida.
— ¡Gallina! — Gritó —. ¿Dónde te metiste, eh?
Hacia un par de días que no aparecía. Incluso de ese modo... Aparecía y volvía a desaparecer. Solo lo supo una semana después, cuando la señora gallina apareció con seis pollitos pintos que piaban siguiendo a su madre.
— ¡Eh, me haces abuelo así! — Le reclamo a la gallina —. ¿Ya tenías a tus hijos en otra parte? — Preguntó, agachándose y acariciando con un dedo la cresta de la gallina —. Sos como yo... ¿Sabes? También tengo a mi hijito o hijita en otra parte, pero ese nido... No sé dónde está, no como vos qué te acordaste. Ojalá tuviera a mi bebé...
La visión de la gallina escarbando, y siendo seguida por sus pollitos, le dió algo de tristeza. Miles de hombres en todo el mundo abandonaban a sus hijos sin culpa, pero él... No quería eso. Intentó tomar un pollito entre sus manos, pero comenzó a piar desesperado, momento en que la gallina separó sus alas y fue al ataque.
— ¡Eh, che, que pasó! ¿Me advertís que no toque a tus pollitos? — Preguntó —. ¿Por qué puedo interactuar convos, pero me alejas de tus hijos?
La gallina se calmó al alejarse un poco, mientras Martín quedaba solo, en medio de la nada.
El paso del tiempo corta todo suministro de aire. Martín sentía que terminaría solo, viejo, feo y abandonado allí. Los negocios eran plausibles, pero con mucho esfuerzo. Lo que más importaban eran pieles y otros insumos similares. Últimamente estaban algo metidos con el algodón brasileño, una tela de calidad superior.
Si se quedaba allí, terminaría asfixiado, así que se fue a pasear por los campos a caballo.
— Vení, descansá acá — Le dijo al caballo, poniendo las bridas en el suelo.
Siempre había sido de los que caminan un montón, pero como era nuevo tener un caballo y andar a todas partes con él, le recorría más fuerza estar por ahí.
— ¿Y vo quien soi? — Preguntó un jovencito medio sucio y con apenas unas ojotas de cuero y medias de lana...
— Ah... Yo... — Pensó su respuesta, pero no pudo —. Ese sujeto es...
— El invitado de la señora, el mister Kirkland.
Martín sonrió ¿Quién diría que perdiéndose en la nueva provincia terminaría encontrando a la gallina de los huevos de oro? ¡Oh, se lo iría a conversar a su gallina!
— Ah... Ya veo... necesito amigos... — Se dijo con sutileza.
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