Parte II.

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— ¿Cuánto más tenemos que viajar? — Matteo preguntó, tirando el castillo de cartas otra vez.

— No lo entiendo, mamá ¿Por qué Martín se fue? Se supone que debería estar en la sucursal...

— Cierto... Daniel dijo que se había ido hace un mes y un poco más — Ciara suspiró, pensativa —. Es un problema que ese chico este haciendo lo que quiere, en vez de estar dando resultados.

Para Cecilia fue sorpresivo todo desde el primer momento. No es que fuera desconfiada, pero conocía a su hermano muy bien como para saber, que enviarlo donde el control de sus padres era escaso y nulo, no era necesariamente la mejor idea que hubo surgido ¿Pero que más podían hacer? Su hermano era un problema andante, hiciera lo que hiciera, parecía herir a su madre, y de este modo, hacer llorar a su padre.

— Mamá... Daniel dijo que mi hermano está haciendo un buen trabajo — Dijo la menor, removiendo su pudín —. ¿No podemos simplemente dejarlo?

Sí, su hermano era un problema, pero... Era su hermano. Podría criticarlo hasta el cansancio, pero lo cierto es que tenía sus logros, aunque parecía haber ido detrás de algún pez gordo... Estaba demorando demasiado.

— No ¿Qué dices? — Ciara suspiró —. No olvides que estamos aquí por lo de tu padre... No podemos simplemente dejarlo pasar, tenemos que encontrarnos con Martín.

— Sebastián nos invitó a Uruguay, no entiendo por qué vamos con Martín... ¡Ni siquiera me envía cartas! — Matteo suspiró y se metió un trozo de pastel a la boca —. Además, ni siquiera sabe que estamos aquí.

— No debe ser un problema, yo le dije que vendría a verlo — Ciara torció el labio en una nueva señal de disgusto —. ¡Yo... quiero ver a mi hijo!

¿Por qué? Cecilia suspiró, se despidió tomando su cartera, necesitaba airear sus ideas. Rodó un poco hasta el vagón comedor en dónde se sentó y tomaron su pedido: Observó a todos los que estaban allí. Para sus padres solo era una niña, una que nació en el mejor momento posible... Pero que aunque se había comportado como una señorita toda su vida, nadie la notaba.

— ¿Puedo acompañar a la joven dama? — Preguntó un hombre joven.

— Sí, eso es... — Ella sonrió.

— Querida, acá estás — Su joven tío se sentó frente a ella —. ¿Quién es usted?

Cecilia suspiró. Claro que su tío terminaría allí, porque incluso siendo ignorada por su familia, no la dejaban sola. El muchacho sonrió y se retiró, despidiendose.

― ¿Cecilia?

― Ah... Matteo... ¿Qué haces acá? ― Dijo, suspirando molesta.

― ¿Yo? Ah, sí, yo... ― Él levantó su brazo para acariciar su cabello ―. Me preguntaba por qué la mia nipote está molesta. Puede que hayas engañado a Ciara, pero esos ojos no me engañan ¿Por qué la bella Cecilia está enojada?

― ¿Enojada? Puede ser... ― Dijo, mirando por la ventana abierta ―. ¿Tú sabías?

― ¿Qué cosa?

― Que Martín tuvo un hijo ― Cecilia miró a su tío con una penetrante mirada de curiosidad.

Quería la verdad.

― Bueno... ― Matteo miró por la ventana también, nervioso, rascándose la patilla ―. Sí. Pero nadie me lo dijo, lo escuché de Joao, mientras gritaban en una especie de portuñol... Tu hermano es un adulto, y ya sabes, es normal que cuando se es adulto...

― Matteo, estoy cansada de ser la última en saber las cosas — Suspiró —. Parece que piensan que solo soy una niña ¡Son mis hermanos, es mi familia! ¡MI SOBRINO! Pensé que estábamos yendo a visitar a Martín, pero en realidad, huimos de los acreedores, porque papá está enzarzado en una batalla por la empresa ¡Con su hermano! ¿Podrías hacer eso, Matteo, pelearte con mamá o con tío Feliciano, por plata?

― No. No. La familia es lo más importante ― Dijo el de cabello terracota con seriedad ―. Ceci... No creo que sea por plata, no del todo... Por eso, no pienses mucho las cosas; porque no es algo que tú puedas solucionar, pero, realmente te necesitamos aquí... después de todo, Martín confiaría mucho en uno de sus hermanos, más que en nosotros ― Matteo suspiró rendido ―. Tenemos que dejarlo ser, Ceci... Si lo notas feliz y ganoso, entonces, pretende que estas son unas simples vacaciones, diviértete...

Cecilia Fernández-Carriedo no era una chica que le agradara ocultar la información, después de todo, su hermano lo sabría tarde o temprano y la mordería hasta la muerte por haber ocultado un detalle tan importante. Sin embargo, Cecilia tampoco vislumbraba la forma correcta de hacer saber las novedades a su hermano. Llegar de pronto y decir: "¡Hola Martín! ¿Qué tal? Estamos quebrados, al parecer papá y Joao firmaron un acuerdo de unión cuando aún estabas comprometido con Luci, pero como la dejaste, Joao está vengándose de esta manera y planea dejarnos arruinados ¡Por cierto! ¿Qué hay de cenar?".

― No te preocupes, tu confiable tío está en este viaje también. Déjamelo todo a mí...

Eso dijo, y lo primero que hizo al llegar a Chile, fue salir corriendo a conocer la ciudad. Algo que ni Ciara ni Martín tomaron atención...

― Vamos ¿No me vas a saludar? ― Daniel también bajó del tren ―. Te fuiste, nos abandonaste, y apenas he sabido de ti por varios días...

Daniel se mudaba de ciudad, porque seguir a Martín en sus alocados planes, era la mejor forma de seguir adelante... Creando otra sucursal, claro.

― Apártate... ― Martín le ignoró por completo.

Cecilia sintió como su hermano la tomaba en brazos y la levantaba riendo mientras le daba besitos en la frente. Ciara también rió de la situación, sobre todo cuando Ceci protesto por ello. Y luego fue el turno de la señora, de ser levantada como una pluma.

— Tremenda sorpresa tenerlos acá — Martín sonrió como un bobo —. Vení, vení Ceci. Estamos arrendando una casa en este pueblito, aunque dicen que es una ciudad, no lo veo así, sigue siendo muy pintoresco... Y bueno, mami ¿Tenés que ir a algún lado primero? ¡Ah! ¿Has visto a Sebas, Ceci? ¿Cómo quedó Antonio?

La pequeña suspiró, su hermano se veía muy feliz.

— Pareces feliz... ¿Pasó algo bueno? — Preguntó Daniel.

— Más o menos — Le restó importancia a su reciente descubrimiento — . Ceci, cuando llegué a este lugar había un tipo inglés...

Cecilia escucho toda la historia del tipo inglés, un tal Kirkland, que se había adueñado de los clientes de su hermano. Y que había puesto en circulación unos rumores horribles y poco creíbles de parte de la compañía, por lo que estaban en pie de guerra directa. Pero que en ese mismo momento, Martín le había quitado a su cliente más fuerte.

— No le quitaste nada — Daniel interrumpió —. Desde una casa particular, nos hacen enormes pedido de cuero procesado y otros enseres... Nada de manufactura o trabajo fino, aún.

— Sí, sí, pero para allá vamos, yo robé su cliente, y ahora yo... — El argentino suspiró —. ¡Estoy seguro que me encargarán alguna importación!

— No me importa, estamos ganando bien — Daniel sonrió —. Tía Ciara, cuando él recién llego, pensé que tú hijo era un tonto, pero resultó ser un tonto con suerte.

Ciara le dió un pequeño golpe en la cabeza a Daniel, y le desordeno el cabello. Lo que solo causó risa en todos los presentes.

— ¿Cómo se llama tu hijo? — Preguntó Cecilia de la nada.

Y aquello atrajo la atención de todos quienes eran parientes y sabían lo que estaba sucediendo en verdad.

— Ceci yo...

El aire que daba Martín en ese momento, era de una fragilidad increíble. Cómo si caminara por hielo delgado.

— Es un tema complicado — Suspiró, y miró a su hermana con ojos lastimeros —. ¿Podemos... Hablarlo después?

— Supongo, después de todo, es lo único que podemos hacer — Ella se cruzó de brazos molesta.

Martín sonrió nervioso, sacando pecho y orgullo de sus progresos, y que había comprado un sitio y comenzado a hacer una casa desde cero. Para la hermana menor de los Fernández-Carriedo, había una invisible invitación a guardar silencio por el momento.

Asignaron las habitaciones, el rubio de ojos verdes puso hora a la cena, y todos fueron a sus cuartos a descansar, todos menos Cecilia que se quedó ahí, mirándolo.

— Vos no querés esperar... — Suspiró con una sonrisa triste.

Cecilia entro a su cuarto, que tenía una pequeña salita a la entrada. Martín solo se sentó allí y espero las preguntas, dispuesto para responder lo que ella quisiera saber.

— Martín, estoy enojada — Le dijo simplemente —. Tengo que enterarme de las cosas a último momento, me hacen sentir como una inútil.

— No, no, no. Eso no es verdad, sos la persona más útil en esta familia — Él suspiró —. No es por mal, pero papá tiene una venda en los ojos cuando se trata de su familia, incapaz de ver el mal... Y mamá es avasalladora, pero intenta esquivar todos los asuntos de Antonio... Y Sebastián, ese tipo solo hace lo que quiere, no hay duda que yo soy el hermano mayor.

— ¿Y vos qué? — Cecilia disparó directo a su corazón —. Te sacaste el compromiso de encima, y pensé que era raro, pero entonces comenzaron a encajarte críos... Y entonces tuviste un nene de verdad ¡Y con una cualquiera! ¿Qué esperabas para decirme? ¿Acaso no soy de confianza?

— No, no. Sí sos de confianza — Martín se apretó el puente de la nariz, entre los ojos —. Mirá... Yo... Yo no sé cómo empezar...

― Por el principio, Martín...

― Quiero que sepas, que esto no ha sido un error...

— ¡Cómo no! Tener un hijo fuera del matrimonio... ¡Ni siquiera lleva nuestro apellido! ¿Cómo eso no es un error?

— Sí, eso te lo permito... Pero Ceci — Martín se revolvió el pelo confundido —. Yo... Quiero estar con ese bebé...

— ¡Claro que sí! No deberías "querer", no es tu elección, es tu deber — Le regañó.

— Bien, en resumen... Es que la madre no quiere — Él bajó un poco la voz.

— ¿Por qué no querría? — Ella parpadeó confundida —. Cualquiera haría lo que fuera por un padre para su crío...

— Mira, esto puede sorprenderte, pero quizás... Es porque yo cometí algunos errores y... Ella está casada con alguien más y... ― Martín suspiró pesado ―. Es difícil Cecilia, lo mirás de afuera...

— No. No me sorprende — Cecilia dijo, imperturbable —. Podríamos ofrecerle dinero, y que nos lo dé. No podemos hacer nada por vos, tenés una etiqueta colgando que dice "Sinvergüenza", así que, si aparecieras con un nenito eso no sería un problema. Seguro al esposo de ella le agrada la idea, no es su hijo, después de todo...

— Sí... Eso no va a pasar — Dijo, avergonzado de los pensamientos de su hermana acerca de él mismo —. Ella... No es "una cualquiera". Y él se casó con ella para evitar que fuera mal vista...

— ¿Qué querés decir? — Ceci se peinó el cabello hacia atrás, viendo a su hermano haciendo el mismo gesto —. ¡Martín! ¿Por qué la mirarían mal? ¿Quién se casaría con ella por su embarazo?

— ¡No lo sé! Pero no es una cualquiera como decís, es hija de un terrateniente ¿Quién no se querría casar con ella? Por favor...

— ¿Y qué? Tiene plata, entiendo, pero apenas le darán una pequeña herencia que administraran sus hermanos, como a mí ¿No?

— ...Es que ella es... la única hija...

Un pequeño silencio se instauró en la salita, mientras Cecilia suspiraba pensativa. Se cruzó de piernas, comió una galletita y luego volvió a suspirar.

— Ya veo — Dijo, clavando su aguda mirada en él —. Cuando la cagás, lo hacés en grande.

— ¡Cecilia, apoyáme un poco! Sebas se mantiene al margen, y mamá me castigo mandándome lejos, papá no quiere saber nada de mí por un tiempo... Solo quedas vos...

— ¿Y que querés, Marín? ¿Qué te aplauda? Dejaste embarazada a una mina de oro, y en vez de casarte con ella, la abandonaste — Ella frunció el ceño —. ¿Qué más querés, eh? ¿Qué te lleve en brazos y te consuele? Sabiendo que dinero es lo que más falta hace a esta familia.

Tuvo que haber tocado algún nervio en su hermano, porque hacía extrañas muecas, como si estuviera mordiendo sus palabras.

— ¡Ni siquiera sé si es un bebo o una beba! — dijo, atormentado —. ¿Cuándo nació? ¿Está bien, es un bebé sano? ¿Qué apariencia tiene? ¿Tiene mis ojos? Ella no quiere decirme nada, solo está cegada por la ira y busca destruirme.

Martín era su hermano mayor, según él: el mayor de los tres. Martín era el hermano confiable al que siempre podía correr en busca de ayuda. Lo quería, y sabía que ambos tenían una parte del otro. Todo este asunto no solo causaba un problema enorme en su familia: Un nenito fuera del matrimonio, con una mujer aparte de su ex novia ¿Por qué su confiable hermano?

También, podía verlo en él: Sufrimiento real. Dolor, ansiedad. No le gustaba verlo de ese modo.

— ¿Qué pasó? — Preguntó, con voz más tranquila y calma.

La argentina con sangre española e italiana en las venas, escuchó lo que su hermano decía, con atención. A grandes rasgos, su rubio hermano le dijo que la primera vez que se vieron, él quiso explicarle todo a la madre de su hijo... Porque ella lo había visto con Luciana mientras estaba embarazada. Él dudó de su palabra, de su honor, pero que inmediatamente se arrepintió y cuando quiso ir con ella, se había ido. Ahora se arrepentía de todo... Porque lo estaba alejando de su hijo. Porque ahora es ella quien niega que ese niño sea suyo.

— Pero es mío — Martín frunció el ceño —. ¡Porque ella estaba embarazada cuando yo me fui!

— La dejaste embarazada... Te fuiste — Cecilia miró a su hermano con duda —. Pero... Pero Martín... Vos no harías eso... ¿Verdad? No abandonarías a una mujer que te ama tanto, como para darte un hijo...

Esta idea... Esta... Que su hermano se había comportado como un canalla... Eso... Eso no era verdad, no podía serlo. Mientras seguía pensando, Martín hablaba y hablaba de esto que le sucedió ¿Qué cosa?

— ...No quiere verme cerca — Suspiró —. No acepta mis palabras ni mis acciones. Quiero cortar por lo sano, acercarme gradualmente... Se que me odia, pero ese nene me necesita, y francamente... Yo también lo necesito.

— ¿Por qué? — Cecilia preguntó ingenua.

Sí ¿Por qué? Martín estaba poniendo un esfuerzo cuasi inútil, si la madre estaba aferrada al niño, y no quería nada con el padre, si ya estaba casada con alguien más, entonces Martín tendría que asumir que no podría participar en la crianza, si le daba su apellido cuando fuera mayor...

— Ceci... Es mi hijo — Martín frunció los labios sin saber que decir —. Se que es mío, carne de mi carne, sangre de mi sangre, y yo... Por favor, es mi hijo... Quiero que mami lo cargue, diga "Ah, es tan lindo, se parece a vos", o que papá al fin reconozca que soy un hombre, que puedo cuidar a mi familia — Miró la palma de su mano, y luego la hizo un puño —. Y todo me lo estoy perdiendo... Y él o ella se está perdiendo "esto", está implicancia, mi cariño... Mi amor... Si existe en este mundo ¿No debería tener todo lo mejor? Mi hijo merece eso y más, porque es mío, yo lo hice, soy responsable por él... No importa si no tiene mi apellido, pero quiero estar con él o ella... ¿No entendés lo patético que es esto? ¿No creés que ya me ha castigado lo suficiente? Dos semanas, Ceci, y la mamá de mi hijo aún habla de forma neutral para referirse a él, o ella...

Martín lagrimeo un poco, la situación lo tenía superado, era algo notorio. Su hermano parecía que había cambiado. Y la idea, el camino hacia donde se dirigía, no era mala, casi... Casi se sentía orgullosa.

— ¿Dónde la descubriste? — Preguntó Ceci limpiando la cara de su hermano.

— ¿Te acordás del puto inglés? — Ambos asintieron —. Está trabajando para ella, y ahora yo también, solo que es su madre quien ha hecho los negocios. Nos pillo conversando un día y las cosas salieron así... Para ocultar nuestra relación terminamos haciendo negocios, y gracias a eso, puedo ir a su casa cada ciertos días.

— ¿Has visto al nene?

— No lo he visto. Y si lo veo... Si lo tengo... No creo ser capaz de dejarlo ir.

¿Cómo podía tener tanto amor por un niño que ni siquiera había visto? Sus palabras, sus acciones... Era el hermano que conocía, claramente, pero esta vez, su causa era un sentimiento tan irracional...

— Ahora que lo pienso, Ceci... Y, estaba ahí, todo el tiempo estuvo ahí — Martín suspiró —. Mi bebé... Si yo lo hubiera sabido, nunca, nunca... ¡NUNCA! Los habría dejado...

Fue entonces cuando Ciara abrió la puerta del cuarto. Parecía molesta. Se sentó al otro lado de Martín y lo miró unos segundos, lacónica y cortante.

— Tu padre y tu tío están enzarzados en una batalla legal por la propiedad de la empresa en Buenos Aires — Confesó rápido y de forma inesperada —. Vinimos a Chile como forma de escapar de los acreedores y algunos accionistas furiosos que piden una explicación certera. La situación nos va a llevar a la ruina en poco tiempo...

— ¡Madre! — Cecilia la interrumpió, se suponía que Martín no debía saberlo, era obvio que estaba feliz trabajando allí, por la sola idea de la cercanía con su hijo.

— ¿Qué vas a hacer Martín? — Ciara le miró atenta —. Te necesitamos en Buenos Aires ¿Vas a irte allá par apoyarnos o te vas a quedar acá persiguiendo a mi nieto?

Desde la mirada de un tercero, la situación era desagradable. Cecilia supo comprender de inmediato, que su madre era una máquina avasalladora que se movía en post de la conveniencia ¿Pero por qué? Si aparecía abruptamente con tales confesiones ¿Qué esperaba que hiciera Martín?

— Mañana. En el tren que sale mañana hacia Argentina. Si querés despedirte de alguien... Tenés que hacerlo ahora...

— ¡MAMI YO...! — Él suspiró, arreglando su voz —. Escuchaste la conversación ¿Verdad?

Ciara asintió, con la barbilla levantada y la espalda recta, todo en ella daba el aire autoritario. La joven Cecilia primeramente se sorprendió que su madre le diera a elegir una opción a su hermano; no lo hacía por gracia ¿Verdad? Ella sabía que él dudaría y que terminaría accediendo a lo que le dijera ¿Es que acaso se espero que le contestara?

— No puedo irme — Dijo Martín, casi con dolor —. No puedo irme... Esta vez, yo no... No puedo irme.

— Si, entiendo, es la terza vez... Mah... Mi hijo ha crecido tanto — Ciara suspiró sentándose al lado de Martín —. Dejando lo anterior de lado ¿Qué estás haciendo para acercarte al nene?

— Pelear con la madre — Contesto Cecilia, delatándolo.

— Así no vas a lograr nada — Ciara se cruzó de brazos —. ¿No quieres que yo hable con ella?

— ¡No, eso no va a solucionar nada! — Martín se alarmó —. No quiero que piense que soy una amenaza...

Los tres se quedaron pensando, pero las ideas no llegaron ese día. Ni siquiera dos días después, quizás porque pasear por lo lares era muy divertido ¿Qué más podían hacer en esa Tierra nueva? Cecilia compró algunas frutas y se contentó con la dulzura, solo para sorprenderse al llegar a casa.

— ¿Un club de lectura? — Martín levantó una ceja aburrido —. ¿Por qué? Mami, a vos no te gusta leer.

— Bueno, a mí no... Pero quizás a Cecilia le guste...

Y Cecilia miró anonadada a su madre, ella usualmente leía ¿Pero sentir un amor por la lectura? Lo dudaba. No dijo más.

La primera reunión a la que asistieron al club de lectura fue esa misma semana. Su madre había adquirido una copia del libro a leer: "Noches Florentinas". Y entre ambas habían ido al lugar. Posterior a ese primer encuentro, se dio cuenta por qué Ciara había insistido en ir las dos.

En el club de lectura, solo había mujeres. Muchas señoras ya casadas, sin entrar en la edad de ser abuelas. Incluso, había muchas jovencitas en edad de casarse. Y aunque ciertamente, analizaban un libro por semana, también se dedicaban a incursionar en demandas sociales y petitorios comunitarios. Era toda una organización de señoras, incursionando incluso en política y decisiones comunes.

— ¿La señorita quisiera caminar un poco? — Preguntó la joven mujer.

Y Cecilia asintió, agradecida. La primera semana allí, intentó no parecer estúpida, solo poniendo atención a la conversación. Pero está nueva semana, el libro que tocaba analizar era aburrido, para ella, y además, todo el tema de los esposos y los problemas familiares, la estaban agobiando.

— Le agradezco — Ciara sonrió.

— Oh querida, es difícil para nuestras jóvenes el escuchar un tema que aún no les importa jojojo — Dijo otra señora que parecía pez globo.

Cecilia y la joven caminaron fuera. Está semana, la señora que había organizado la junta era una señora considerada, por lo que nadie más dijo algo.

— Soy Cecilia — Dijo, abrochando su abrigo.

— Hola, mi nombre es Violeta de Portinari — Sonrió —. Puedes llamarme, señora Portinari.

— ¿También está casada? Pero la señora dijo... — Para ella, esto era confuso, y debió ser obvio para la mujer en frente.

— Ah, es que soy viuda — Dijo, sonriendo —. La señorita parecía estar teniendo un mal momento allí, por eso intervine. Puede disgustarle absolutamente, pero tenga en cuenta que es una de las únicas actividades sociales que ocurren en esta pequeña ciudad.

— Ya veo... — Suspiró —. Muchas gracias, me salvó allá dentro.

— No hay problemas... ¿Puedo llamarla solo "Cecilia"? Me parece un nombre muy bonito. Si la señorita lo prefiere, puede tutearme sin reparo. Es difícil encontrar extranjeros por aquí.

— Muchas gracias, apreciaría el gesto, Violeta — Sonrió animada por la amabilidad de la mujer —. Mi familia tiene unos negocios... Estamos aquí por un tiempo, nada más.

— Ya veo...

Cecilia se sintió a gusto con la mujer. También tuvo mucha lastima por ella, su esposo había fallecido en la guerra, apenas se habían casado, estaban en la dulce espera, y él no volvió. No le daba eso a nadie, pero no quiso preguntar más, porque sería muy irrespetuoso.

— Cecilia, el próximo libro será de Goethe ¿No te sientes emocionada?

— No, la verdad.

Y era la verdad, no le interesaba en absoluto. Si antes no tenía ganas de leer, desde que había entrado en el club, la animosidad por la lectura había crecido. La animosidad por toda esa pequeña ciudad, pues los domingos de misa eran inevitables, su madre la empujaba a ir, ni siquiera en Buenos Aires iban tan seguido. Lo malo de ser mujer, es que estaría bajo la mirada de su madre hasta que se casara.

— La señora de Portinari — Susurro con voz quedita.

— Me contaron su historia, pobre chica — Ciara suspiró.

Después de la iglesia, Cecilia se apresuró a hablar con su benefactora. Pero lucía triste y cansada.

— Hola señora de Portinari — Saludo.

— La señorita Cecilia — Sonrió —. Parece que nos vimos antes de lo pensado.

— Disculpe la intromisión ¿Se siente bien? — Ciara preguntó, desde su propio lado.

— Mi hijo... — Ella bajo la mirada —. Está enfermo hace dos días, no he podido dormir por estar pegada a su cuna. Un resfriado, está mejor, pero si le ocurriera algo, yo...

La señora puso ambas manos juntas en señal de oratoria y solo intentó sonreír. Se despidió rápido, agradeció su preocupación y se subió a un coche que la hizo desaparecer del lugar. Ellas debieron seguir su ejemplo y marcharse en cuanto pudieron, porque a medio camino comenzó a llover.


¿Por qué Martín había vuelto por el hijo que él mismo abandonó? La morena que heredó los ojos de su padre y la figura de su madre, poco menos que entró en pánico al saber que aquél estaba ahí.

Martín estaba felizmente casado ¿Verdad? ¿Por qué venía a arrebatar su felicidad? No era justo, él tenía todas las cosas que quería ¡Todo! ¿Y qué hay de los demás? Porque ella solo quería a Carlitos, su vida. Si Martín le quitaba a su único hijo ¿Qué sería entonces de su vida? Si todo era para él, su trabajo, su paciencia, la espera... Todo para su futuro.

Inconscientemente se llevó la mano al vientre. Ya no estaba ahí, y ahora era más difícil protegerlo de todos.

— Me alegra que hicierai acuerdos con la compañía argentina esa — Su mamá le dio un paquete —. Proba el algodón. Es de mejor calidad que la que vende el inglés. A Carlitos le vendría bien.

Apretó el paquete de tela con ambas manos ¡Martín!

Dejarlo acercarse fue un verdadero error ¿Pero que más podía decir si su madre los descubrió peleando? Quedaba como una tonta, un minuto atrás estaba prometiendo su ruina, ingeniando la forma de destruir su negocio para que él volviera a Buenos Aires ¡Y después estaba confirmando un contrato mensual de compra! Y su madre se entusiasmó, quería un contrato de un año, casi no podía detenerla, eso ocurriría con o sin ella.

— Carlitos... Él sigue viniendo — Le susurro, mientras se mecía con el bebé —. No sé que vamos a hacer...

El pequeñito sonrió, moviendo los bracitos, agarrando su blusa con volantes ¿Una nueva forma de jugar?

— Mi chiquitito... — Suspiró, sosteniéndolo contra ella —. Desde que te tengo, mamá dejó de presionarme... Puedo salir más ¡Me uní a un club de lectura! Pero a fin de cuentas... Eres mi mayor alegría.

Procedió a besar su frente, y el bebé soltó algunos sonidos, estaba en ese momento, dónde soltaba pequeños sonidos y se reía. Todo eso, era un regalo solo para ella, no quería compartirlo con nadie más.

— Ese hombre no estará jamás... — Aseguro, sonriendo.

No podía sacarse a Martín de encima, pero por el momento, solo intentaría ignorarlo.

...O eso pensó.

¿Por qué? ¿Por qué los sueños eran tan crueles? Ella odiaba a ese hombre, se supone que lo había olvidado, entonces... ¿Por qué sigue soñando estar en sus brazos? Incluso despertó creyendo que estaba casada con Martín, que después de todo habían solucionado el problema casándose. Fue tan real... Pero al estirar el brazo, él no estaba allí.

Ella lloraba, Carlitos lloraba por fiebre. Y mientras amamantaba, sentía solo penumbra. No sabía qué hacer, ella estaba enferma del corazón, y Carlitos, la cura, estaba enfermo de un ligero resfriado. Sin su cura, el veneno seguía su marcha.

— Si no comes, mi nietecito no tendrá leche buena — Darelene Millaray intervino —. Suelta al niño de una buena vez, déjalo tranquilo, que descanse.

— Pe-pero...

— Mírate... Luces terrible. Eres un desastre — Le dijo, tomando ella al niño —. Sal a dar una vuelta... A ver si te llega aire a ese cerebro que tené de adorno.

— Pero Carlitos... — Inmediatamente lo comió con la mirada, Violeta no perdía de vista a su hijo.

— Y dale la burra... — Suspiró —. O sales y te aireas o bien, te bañas y cambias de ropa, pero hace algo por ti. Carlitos es tu hijo, no tu complemento.

Y se lo llevó... Su madre se llevó a su hijo sin que ella pudiera hacer nada por detenerla ¿Dónde lo llevaba? ¿Con quién? ¿Estaba bien?

Mientras antes saliera, antes volvería... Corrió con un abrigo en brazos, y fue al establo por su caballo. Monto en él y salió al galope a quien sabe dónde. El caballo simplemente siguió su marcha.


Por esos mismos lados, Daniel y Martin estaban entregando el pedido de genero. Pero como siempre, Daniel se distrajo, y el rubio ya había volado a quien sabe dónde.

— Hola señora, hemos traído el pedido — Dijo el joven hombre a la dama.

— Ya veo... Por el momento, como ve, no puedo revisarlo — La mujer madura mostró al bebé en sus brazos —. Mi nieto está enfermo... Pero me contento con recibirlo. Cuando lo revise, espero que todo esté correcto, no me importaría correr la voz entre mis conocidos, que cierta empresa estafa a viudas...

— ¿Que? No, claro — Suspiró —. Mi familiar preparo esto, si no confía en mí, al menos confíe en él...

— Lo tendré en cuenta...

A Martín... Todo le llamaba la atención. Y desde que podía recorrer ese territorio a destajo, tal cual Arthur Kirkland lo hacía, paseándose cómo el gran señor de la casa, aunque solo era un comerciante como él... Pues, ahora que podía, no perdía vista de todo lo que se presentaba a su alrededor.

Los trabajadores lo conocían, era amistoso con las campesinas y los capataces. De vez en cuando jugaba con los niños que eran muy pequeños para ir a la escuela. Otras veces solo ayudaba... Cómo ahora, que habían indicado llevar el último saco de trigo a un granero. Le dieron incluso la llave para cerrar después. Un trabajo sencillo para un hombre fuerte como él.

Pero a mitad de camino, a un lado del escaso bosque que había, vio a alguien caer del caballo ¡Se apresuró a ayudar! Pero cuando llegó ahí, simplemente... Simplemente no pudo dar un paso más. No había caído... No lo había hecho.

— Violeta... — Dijo, mientras se ocultaba entre el saco de trigo y la vegetación.

Lloraba amargamente. El caballo iba muy despacio, y al deslizarse de su lomo, se detuvo abruptamente: un buen caballo, llevaba un jinete inestable que terminó acostándose entre los arbustos y el pasto mojado, abrazando sus rodillas.

En la mente de Violeta, Martín estaba casado ahora. Estaba tan fuera de su alcance, que era absurdo soñar con él, esa mujer lo hacía feliz, él no... No pensaba en ella, nunca. Porque su esposa seguro cubrió con su belleza y personalidad, todo rastro de ella... Incluso ahora es probable que tuviera un hijo en camino... Ella no existía en su corazón, como él habitaba en el suyo. Y eso era increíblemente doloroso. Era doloroso verlo con alguien más, pero era más angustiante y triste todas las imágenes en su cabeza ¿Por qué no podía olvidarlo? Estar enamorada por los últimos tres o cuatro años había sido suficiente... ¿Por qué no lo soltaba? ¿Por qué no podía dejarlo ir?

— Martín... — Susurró, abrazándose a si misma y lagrimeando —. Te odio...

"Te odio"... Susurró mientras lloraba y se abrazaba, sujetando sus codos.

— ¿Cuánto tiempo más... Tendré que sentir esto? — Se preguntó, golpeándose el pecho —. Es muy desagradable...

Y Martín suspiró muy pesado, escuchando, porque no era el momento en que apareciera para salvarla de sus pensamientos, o de sus sentimientos. La vio a lo lejos, y se preocupó bastante, cuando casi se tiró del caballo hacia el pasto. La siguió con la mirada, a respiración cortada. Se escondió: cerca. Siempre cerca, pero prudentemente lejos.

— Martín... ¿Por qué tenías que tener una amante? — Se hizo más chiquita —. ¿Acaso yo era tu amante? ¡Al final te casaste con ella!

— No estoy casado... Perdón, intenté olvidarme de vos — Respondió en voz alta y cautelosa. No siendo escuchado.

— M-me duele mucho — Suspiró ella —. ¿Por qué me hiciste daño, que hice para merecerlo? ¡Nunca respondiste! Maldito sea tu nombre... Maldito seas... Maldito...

— No quería dañarte — Respondió, mirando el suelo. Y sonrió con auto desprecio —. Maldito sea por herirte... Porque vos no lo merecías...

— No quiero quererte — Violeta miró el cielo con los ojos llenos de lágrimas —. ¿Cómo puedo amar a alguien que está casado y que tiene un hijo?

— No estoy casado, Violeta... No tengo otros hijos — Suspiró —. Solo el que tengo con vos...

Martín puso la cara más triste que pudo, se sentía mal. Había en todo esto, una extraña sensación, agarró un brote de trigo y lo miró con desinterés.

— No querés quererme, Violeta. Pero me amás... sigo teniendo tu corazón, sigo viviendo en ti.

Violeta se removió entre el pasto húmedo, algunas cosas más salieron de su boca como susurros, pero Martín poco las escuchó. Tenía el instinto de pararse e ir con ella, pero eso solo empeoraría las cosas ¿Verdad?

— Algún día todo este dolor desaparecerá... — Se dijo ella, levantándose del suelo, estirando su columna —. Mi cuerpo dejará de doler, estoy segura... Yo... Voy a olvidar todo, y entonces pasará el sufrimiento ¿Verdad?

Parecía renovada. Pasó de llorar y quejarse, a sonreír y darse ánimos mientras se levantaba y caminaba al lado de su caballo, yéndose.

— Lo quiero y sueño con él, pero sé que este sentimiento se irá con el tiempo ¿Verdad, Bermellón? — Le preguntó al caballo —. Por mi bebé, debo... Yo debo...

Y Martín se cubrió la cara, se hizo pequeño y se ocultó más... Ella lo soñó, ella lo... Lo quería. Sostuvo la respiración hasta que salió de su vista... Y luego exhaló tanto, que las hojitas a sus pies se movieron un poco.

— Me quiere... — Suspiró con una sonrisa en la cara —. Ella me quiere...

Repitió, como si tuviera que decirlo para que lo escuchara de sí mismo.

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A mi querida Mely.

En este mundo de fronteras invisible y enormes tierras que cruzar, poco hay que realmente pueda hacer. Incluso para fecha especiales como el día de la amistad, nada más que esto... Escribir un capítulo que quizás pueda gustarte.

atte. Reino Inquieto