Capítulo 3: locura

Aquí me tenéis de nuevo! Si, sigo vivo! A ver, entended mi ausencia: verano, vida personal, curro… hago lo que puedo por cubrir esto, y tened por seguro que tarde o temprano todo estará completo. Además, siempre puede ocurrir que pilles COVID tras un viaje (mi caso) y lleves 7 días dando positivo, por lo que ya te acabas todos tus libros por leer y decides volver a escribir. En fin, que aqui me tenéis, a sólo dos capitulos de acabar esta historia tras finalizar este. Tranquilos, esto estará acabado antes de fin de año FIJO, paso a los comentarios.

Axllarson: Buenas! Siempre es un placer leerte por aquí amigo, que tal te va?

Si, lo del ojo de kagura es algo que quería desarrollar desde hace muchísimo, es la explicación de por qué Chikara es como es en KnK, que está loco tras perder a sus seres queridos. Entre este y el resto de fics de este estilo iré desarrollándolo, si te parece que el efecto en kushina ha sido brutal, espera a ver el de otros uzumaki…

Y si, tener tiene que volver a la vida, pero… ¿como? Entre este capítulo y el siguiente lo sabras, sólo te diré que a veces es mejor dejar las cosas como están… En fin, disfruta del capítulo, que yo me voy a poner ya con el epílogo de can you love me again, un saludo!


-aaaaaaaaaaaa- personaje hablando.

-aaaaaaaaaaaa- personaje pensando.

-aaaaaaaaaaaa- ser sobrenatural hablando.

-aaaaaaaaaaaa- ser sobrenatural pensando.

RENUNCIA DE DERECHOS: Al igual que kishimoto no es dueño de mi enfoque de estos personajes, yo no soy dueño de la saga Naruto. Vamos, ojalá… como mínimo, daría un guión mejor al último arco…


-Hokage sama, Minato namikaze está aquí.- anunció Óbito Uchiha nada más obtener autorización para acceder al despacho del dirigente. Antes de marcharse, el joven de cabello negro y corto dedicó una última mirada de apoyo a su sensei y amigo, a la cual respondió Minato con un ligero asentimiento. Si, lo sabía, Minato y kushina tenían a Óbito y Rin, su otra estudiante, para lo que necesitasen.

No iba a negar que, en otras circunstancias, habría hablado un poco más con su díscolo y a la vez brillante alumno. Óbito siempre había sido un aprendiz difícil, obsesionado con las que él denominaba "técnicas alucinantes", incapaz de respetar a la autoridad y con dos grandes metas en la vida: ser hokage y casarse con Rin Nohara, su compañera de equipo y gran amor. Pero dicen que los amores reñidos son los más queridos: de sus tres alumnos, Óbito era el que más orgulloso le hacía sentir… y por parte de Kushina no tenía que añadir, estaba clarísimo que el pelinegro era su favorito. Le hubiese gustado hablar más con él, emplear ese apoyo que le estaba ofreciendo sin necesidad de palabras, pedirle que acompañase a kushina de la que él tenía esa reunión… pero bastante tenía con mantenerse en pie en ese mundo en ruinas que era su vida en esos instantes, como para pensar en otra cosa. Sobre todo con esas dos personas delante…

Por un lado, sentado tras su enorme mesa de escritorio, estaba sandaime hokage, Danzo Shimura. El veterano dirigente de pelo negro y ojos oscuros llevaba ya décadas en el cargo, el dirigente más longevo de la hoja junto a Uchiha Madara, Shodaime Hokage. A pesar de estar bien entrado en años, seguía conservando ese indudable atractivo heredado de su familia, que se decía que estaba emparentada con los legendarios Uchiha. No era un mal dirigente, Minato podía añadir incluso que era una buena persona, preocupado de verdad por dar a su pueblo, en especial a sus niños, un futuro mejor. Sin embargo, esa bondad a veces jugaba en su contra, y muchas veces pecaba de ingenuo ante sus amigos y aliados. A la forma de tratar konoha al matrimonio namikaze podía remitirse: el hokage de verdad entendía la actuación de Minato, y en privado le había expresado mil veces su comprensión; pero, de puertas para afuera, se había mostrado ineficaz, o incluso inoperante, para protegerlos. Sus anbu nunca actuaban en su defensa a pesar de tener órdenes de hacerlo, y los castigos a los agresores capturados solían ser demasiado blandos. En definitiva, perjudicaba a Minato y kushina más que ayudaba.

Pero, desde luego, prefería mil veces al hokage que a su acompañante, su ladino consejero, Hiruzen Sarutobi. El anciano shinobi se encontraba sentado en uno de los asientos más apartados del despacho, fumando su pipa con su única mano. La mano derecha, así como el ojo izquierdo, los había perdido en la segunda guerra, las malas lenguas decían que por desafiar a un enemigo demasiado fuerte. No dejaba de ser un shinobi sumamente poderoso, del cual se decía que sabía todas las técnicas inventadas por el hombre, sensei incluso del propio maestro de Minato; pero su personalidad distaba mucho de ser respetable. Hiruzen Sarutobi encarnaba plenamente la frase "el fin justifica los medios", era un hombre carente de escrúpulos ni moral, un monstruo con cada letra. A pesar de que no había forma de demostrarlo, cada nación le atribuía decenas de atentados y sabotajes a través de su cuerpo paramilitar, oficialmente conocido como Eda (ramas) y por Hiruzen como "monos", un grupo de fanáticos con entrenamiento anbu que el anciano mantenía con los fondos de su clan.

-Hokage sama…- saludó el rubio, intentando evitar seguir pensando en que se encontraba respirando el mismo oxígeno que el mayor terrorista del mundo conocido. Por supuesto, Hiruzen detectó esa tensión y no hizo gesto alguno al verle, sólo siguió fumando su pipa como si no ocurriese nada. Mientras, Danzo dibujó un gesto de empatía, y le ofreció asiento.

-Minato… en serio, siento muchísimo lo que te ha ocurrido, no me puedo creer que Onoki haya llegado a ese extremo con tal de hacerte daño… maldita sea, matar a un niño… y los que morirán en la guerra que ha provocado… ese hombre está loco…- declaró el hokage, intentando también asimilar la barbaridad cometida por el anciano de Iwa. Sin embargo, sus reflexiones se vieron interrumpidas por el tercero en discordia en esta conversación.

-No está tan loco…- comentó hiruzen, exhalando el humo de su tabaco y mirando despreocupadamente al dirigente.- Ha declarado una guerra donde se van a enfrentar sus clanes diezmados junto a sus dos jinchuriki sumando nueve colas contra nuestros clanes acomodados y decadentes… no lo veo tan desnivelado como para calificarlo de locura, sólo lo sería si nosotros contásemos con nuestro biju…- recriminó veladamente. Danzo dedicó una mirada de desaprobación a su antiguo compañero de equipo, y se apresuró a calmar los ánimos antes de que Minato respondiese a esa provocación.

-Minato, como te estaba diciendo, siento mucho lo ocurrido y, por supuesto, depuraré responsabilidades. Encontraron tu casa muy rápido, y al parecer conocían tus defensas, por lo que me temo que alguien les ha filtrado información… te juro que encontraré a los responsables y lo pagarán con su vida..- ofreció el Shimura, buscando quizás limpiar su propia conciencia, que le gritaba que, con un armisticio más severo del que firmó con Iwa tras ganar la guerra, probablemente esto no habría ocurrido. Sin embargo, Minato tenía un culpable en mente, por lo que no gastó ni un solo segundo en culpar al dirigente de lo ocurrido.

-Si busca sospechosos, empezaría por esta sala…- acusó indirectamente a Hiruzen, que arqueó la ceja de su ojo perdido un instante, aunque sin borrar el resto de su gesto neutro. Con ese hombre era imposible saber si estaba enfadado, triste, satisfecho… al menos, hasta que hablaba.

-Namikaze san, voy a atribuir esta acusación a que sus terribles circunstancias le impiden razonar, por lo que simplemente aclararé lo obvio: no he tenido nada que ver en el atentado contra su hijo, ni ninguno de mis hombres.- aseguró, obteniendo un ceño fruncido de minato. El Sarutobi suspiró, procediendo a explicar aún más lo que era evidente.- A mi solo me motiva una cosa: la supremacía de la hoja. He dedicado toda mi vida a mantener en pie este monumento de mármol blanco que hemos levantado de la mugre que forma este continente. Cada acto que realizo tiene como fin ayudar a la hoja, por lo que nunca atentaría contra mi hogar, menos aún contra un clan de rancio abolengo y gran poder como es el clan uzumaki. La muerte de su hijo, unida a la infertilidad de su mujer, nos ha privado de una excelente arma para asegurar esa supremacía.- Simple, directo e irrefutable, el argumento de Hiruzen le desmarcaba completamente de cualquier culpa, puesto que los dos hombres allí presentes sabían que decía la verdad. Aunque eso no quitó que un furibundo Minato intentase agredir al anciano Sarutobi, preso de la ira hasta tal punto que el hokage tuvo que evitarlo lanzándose sobre él desde su escritorio.

-¿A eso lo reduces todo? ¿Eso era mi hijo para ti? ¿Carne de cañón, sangre con la que regar el campo de batalla, GANADO PARA LA GUERRA?- le espetó, mientras el viejo mono no hacía gesto alguno ni esfuerzo para negarlo, y el sumo dirigente de la hoja se afanaba por evitar esa pelea.

-¡cálmate Minato!- gritó el pelinegro.- Entiendo mejor que nadie tu dolor, bien sabes que yo también perdí a mi hijo en la guerra, pero no arreglaremos nada peleando entre nosotros.- razonó, logrando por un instante que Minato se calmase y cejase en su empeño de golpear a Hiruzen. Tras respirar hondo, el hokage centró la discusión en lo que importaba.- Lo importante ahora es evitar una guerra mundial Minato… tú has vivido una, sabes tan bien como yo que los demás niños de konoha no tienen la culpa de que Onoki esté loco…

-Lo sé, hokage sama, por eso quiero pedirle que me retire mi sello inhibidor y me permita viajar a Iwa.- solicitó de pronto el ojiazul, adoptando un rictus neutro. Normalmente, Danzo habría reaccionado con calma ante una petición así, pero en su lugar tragó hondo. Algo en el gesto de minato le indicaba que no era una petición razonable.

-Por… ¿por qué quieres ese permiso?

-Para cortar el problema de raíz.- resumió el namikaze, para luego endurecer el rostro antes de explicarse.- Le doy la razón, hokage sama: el resto de niños del continente no tienen la culpa de lo que ha hecho onoki. Una guerra no beneficia a nadie, menos cuando sé que el culpable de esto no pagará por muy mal que le vaya en el combate… no, por ello le pido que me lo deje a mi: sin mi chakra limitado iré a Iwa, rodearé su aldea con mis sellos y después… activaré la última fase del hirashin.

Danzo abrió los ojos con espanto. El hirashin, la técnica estrella de Minato namikaze, tenía cuatro fases, a cada cual más elaborada: la fase uno permitía al rubio moverse a la velocidad de la luz en un entorno delimitado por sus sellos, la fase dos teletransportarse en una fracción de segundo de un sello a otro, la tres combinaba las dos primeras permitiéndole combatir en varios lugares a la vez… pero todas palidecían al lado de la cuarta y última, la evolución final del hirashin, que situó a Minato Namikaze en el escalón reservado a los denominados "Shinobi de destrucción masiva", individuos capaces de destruir una aldea en un periodo de tiempo reducido. Madara inauguró esa lista, no hacía falta explicar el porqué; su detestable rival, Hashirama senju, también la integró gracias a su mokuton. Ambos estaban ya muertos, pero no por ello se había extinto esta clase de shinobi: se discutía sobre si Yondaime raikage llegaba a ese nivel, más por el tiempo que le llevaría que por la capacidad destructiva, pero no había dudas de que el actual mizukage (gracias a su condición de jinchuriki) y el propio onoki podrían destruir una aldea. En cuanto a konoha, tradicionalmente se aseguraba ese tipo de shinobi mediante el jinchuriki del kiuby, el biju más poderoso. Sin embargo, tras el incidente ocurrido con kushina y la pérdida del kitsune, solo había un shinobi a ese nivel en plantilla: Minato.

-…- Hiruzen arqueó de nuevo una ceja, esta vez por sorpresa ante lo que creía que estaba sugiriendo el namikaze, por lo que se dispuso a confirmar su sospecha al ver que el hokage estaba sin palabras. Por dentro estaba tan ansioso que incluso se olvidó de sus tradicionales formalidades.- ¿y qué harías si el hokage te concede tu petición, Minato?- el rubio apretó la mandíbula, y se dispuso a explicar su plan, el plan que se había fraguado en su mente desde que Kushina le explicó el suyo si tuviese al kiuby.

"Como he dicho, me presentaría en Iwa, la rodearía con todos mis sellos y entonces activaría mi jutsu definitivo, todo para matar a cada uno de los hombres y mujeres que tuvieron algo que ver, aunque fuese indirectamente, con la muerte de mi hijo. Primero, mataría a cada uno de sus chunnin y jounin en activo, puesto que son el arma principal de Iwa: solo tendría que rastrearlos previamente con mi modo Sabio, aparecer donde estuviesen… en sus casas, en sus cuarteles, en sus patrullas, en sus dormitorios… y degollarlos de un golpe. Con mi jutsu y clones, no tardaría más que unos minutos… Después, sería el turno de sus anbu. Dejé unos pocos con vida tras la guerra… no cometeré el mismo error. Mataré a los que sigan en activo y a los retirados para que no puedan resucitar el cuerpo jamás. Son muchos menos que los jounin y chunnin… no creo que tardase más de un minuto en eliminarlos. Solo restaría tras esto el cuerpo genin, al que no tocaré un pelo: son niños, y yo no mato niños.

Después de acabar con el ejército, le tocará el turno a los clanes de Iwa. Conozco la política de clanes, y una misión como la que ha ordenado onoki, con las terribles consecuencias que traería, sólo se puede acordar con apoyo de la mesa de clanes, así que ellos son culpables también. Y, como lo son directamente, me tomaré mi tiempo… mataré a cada líder de clan, y a su familia en primer grado por encima y por debajo, incluidas esposas, concubinas y amantes. Como he dicho, me tomaré mi tiempo… maté con este jutsu a 500 anbu en media hora, y esa media hora es la que utilizaré con esta gente. Y, cuando acabe con el último tras suplicarme por su vida, le tocará el turno a onoki. Con él emplearé una hora: apareceré en su casa, mataré a todo el servicio y ayudantes que tenga, y luego le haré cada tortura que le hicieron a mi hijo. Le cortaré las manos para que no pueda usar sus técnicas, luego sus pies para que no huya, su lengua para que no pida ayuda, sus ojos para que no pare de llorar sangre… solo le dejaré intactas las orejas, para que pueda oír bien quién es el responsable de todo. Quiero verle sufrir…"

-Calculo que, en menos de dos horas, habré eliminado a cada elemento de la maquinaria de guerra de Iwa, eliminando la posibilidad de guerra de raíz… solo necesito la autorización para no ser acusado de traición tras hacerlo…- finalizó su análisis el relámpago amarillo, quedándose la sala en un potente y revelador silencio. No todos los días un shinobi de destrucción masiva te explica cómo va a hacer honor a su cargo.

Hiruzen necesitó un instante para acompasar su respiración, disimulándolo con una fuerte calada a su pipa. Sonaba factible: En su última fase, denominada "henzai suru kami no jutsu" (jutsu del Dios omnipresente), Minato literalmente existía en cada centímetro cuadrado de la zona delimitada con sus kunai, y a la vez no estaba en ninguna de ellas. Se volvía un enemigo intangible, un Dios a efectos prácticos que tenía la capacidad de atacarte allí donde estuvieses sin el riesgo de sufrir un contraataque… al fin y al cabo, sólo estaba luchando contra ti el tiempo que tardaba su técnica o kunai en rasgar tu piel, el resto del tiempo sólo veías su imagen residual. Los informes de la batalla contra Iwa librada por Minato, facilitados por los gemelos hyuuga, describían como el namikaze delimitaba la zona con kunai, convocaba clones para asumir el ingente gasto de chakra mediante la acumulación de chakra natural y pasaba a ser una figura borrosa en el ambiente. Una técnica terrible, merecedora del mayor rango en peligrosidad en el libro bingo… y, ahora, la herramienta para evitar una guerra. Impresionante… como lamentaba Hiruzen que Minato no aceptase integrar su cuerpo paramilitar, con un hombre como él dominaría el mundo…

-¿Podrían acompañarle mis monos, namikaze san? Quizás necesite apoyo…- ofreció el Sarutobi. Por supuesto, era algo interesado, como si el relámpago amarillo necesitase ayuda, su objetivo era más bien otro…

-Lo haré solo, como vea a uno solo de tus hombres lo tomaré como un enemigo…- amenazó el namikaze con un gesto despectivo, para luego apartar la mirada del consejero.- Si el hokage te autoriza luego a secuestrar a los niños con kekkei genkai que deje tras de mi, es cosa vuestra, no mía…- sentenció, encogiendo los hombros Hiruzen.

-Tenía que intentar ahorrarme el papeleo…- se excusó un excelso Hiruzen, para luego mirar a su aterrado amigo y dirigente.- Sinceramente Danzo… es la solución perfecta a todos nuestros problemas, si no se lo autorizas serás responsable de las muertes que ocurran en la guerra…- manipuló el viejo consejero al hokage, que apretó los dientes con rabia. Estaba en un apuro: lo cierto es que el Sarutobi tenía razón en eso último, Minato estaba ofreciendo una solución rápida y eficaz, sin bajas para konoha. Pero, como ser humano con moral, no podía autorizar eso… era un maldito genocidio. El problema se engrandecía si se tenía en cuenta que Minato sólo estaba teniendo la delicadeza de pedir permiso, como si realmente lo necesitase: Minato namikaze era un fuinmaster de primer nivel, no tardaría ni media hora en quitarse ese sello limitador, lo tenía únicamente por el qué dirán. No, debía evitar esta locura, y solo había una vía posible.

-Minato, por el amor de kami, ¡es una locura aún mayor que la de onoki! ¿Eres consciente de que te convertirás en un genocida, de que matarás a miles de personas? Entiendo tu dolor, pero nada de esto te devolverá a tu hijo, ¡reacciona!- le espetó, pero el gesto de minato no cambió ni un ápice. Desesperado, el Shimura intentó algo diferente.- Onoki tiene una nieta de la edad de tu hijo, un año más creo… ¿la matarás también? Tú no matas niños, lo has dicho, y dudo que quieras enfrentarte a las consecuencias de dejarla con vida para que se vengue…

-Ni lo uno, ni lo otro, hokage sama… por algo voy a dejar a Onoki con sus oídos intactos: quiero que me oiga cuando le cuente que me llevaré a su nieta. Él mismo ha puesto las normas: ojo por ojo, diente por diente, hijo por hijo, y esa niña es como su hija. Me la llevaré conmigo, con el clan yamanaka… me deben un favor, no se negarán a reiniciar su mente y convertirla en mi hija… y luego se la entregaré a kushina… no podrá llenar el espacio que nos ha dejado Menma, pero puede que la ayude a recobrar el buen juicio… con eso me basta…- finalizó el rubio, tragando hondo Danzo.

Kami santo… era una maldita barbaridad. No solo sería un genocidio, no solo tendría consecuencias terribles a nivel internacional (ninguna aldea se sentiría a salvo tras ver lo ocurrido en Iwa), no solo mancharía irremediablemente de sangre (aún más) el alma de konoha… no, encima conllevaría también ese secuestro infantil. Un plan perfecto frente al cual no tenía argumentos, menos aún ahora, que casi podía oír a Hiruzen maquinar en su mente qué hacer con esa niña con potencial para desarrollar el elemento polvo en cuanto creciese… Como se negase, el viejo mono lo llevaría a la gran mesa, donde cada shinobi votaría a favor, sobre todo si Hiruzen se encarga después de barrer los restos de Iwa y traer a konoha nuevos kekkei genkai y vientres para gestar nuevos shinobi en cada clan. Tenía que evitarlo, al precio que fuese, incluso el de la sangre. Estaba a punto de llamar a su cuerpo anbu, aún a sabiendas de que Hiruzen llamaría a sus monos para darle tiempo a Minato para desaparecer en su hirashin, cuando la puerta del despacho de abrió de golpe.

-¡Hokage sama!- entró su apurada secretaria, interrumpiendo por un instante esa tensión tan espesa que se podía cortar con un kunai. El dirigente iba a gritarla que no quería interrupciones, pero la fémina fue más rápida.- El… el cuerpo del niño uzumaki… ha… ¡ha desaparecido de la morgue!

-¿Cómo que ha desaparecido?- preguntó con rabia el hokage, aunque una parte de él agradecía la terrible noticia: tanto Minato como Hiruzen olvidaron por completo el plan de destruir Iwa. Esto era más importante.

-No me digas que Iwa se ha infiltrado aquí y se ha hecho con su material genético…- murmuró un preocupado Hiruzen, que estaba a un paso de enviar a sus monos a rastrear cada centímetro de konoha. Sin embargo, la mujer pudo eliminar ese temor.

-No, nuestra policía militar descarta cualquier infiltración en la morgue, nadie ha entrado hoy salvo los familiares de los fallecidos, que están rastreados…- explicó, para luego tragar hondo y mirar de reojo a Minato.- Pe… pero… algunos testigos vieron a Kushina san salir del lugar con algo en brazos… algo del tamaño de un niño…

-Maldita sea, ¡esa mujer se lo ha llevado!- exclamó con furia el viejo mono, que en estas situaciones mostraba su peor faceta, una ira abrasadora, un fanatismo tal que incluso hacía amedrentarse al hokage. Se giró hacia danzo, con la vena de su frente hinchada.- Debemos movilizar de inmediato a nuestras fuerzas, Danzo, ¡sería catastrófico que arrebatasen a kushina ese cuerpo! Enterramos sellados a nuestros shinobi con kekkei genkai por un motivo…- dejó entrever el Sarutobi, refiriéndose al peligro que suponían los saqueadores de tumbas en el mundo shinobi. Danzo no tuvo más remedio que asentir.

-Tienes razón, pero… ¿Dónde buscamos? Si sella el cuerpo y se esconde, esa mujer puede ser irrastreable, ni tan siquiera pueden seguir su chakra nuestros ninja sensores…- resumió el nuevo problema el pelinegro, tomándose un segundo para pensar.- ¿Quizás lo lleve a uzu?

-Imposible… uzumaki san no puede usar chakra, ergo tendría que ir a pie como cualquier civil, y son varias semanas de camino… el cuerpo del niño estaría podrido a mitad de camino, eso sin contar que no tiene dinero ni recursos para vivir durante el trayecto…- explicó Hiruzen, volviendo a fumar de su pipa.- Si no es a uzu… ¿A dónde ha podido llevar ese cuerpo?- preguntó al aire, aunque de inmediato la mirada de ambos ancianos se dirigió al único ser humano de la tierra que podría responder a esa pregunta: Minato namikaze. Era su esposa, el amor de su vida, la conocía bien, ¿A dónde podía haber llevado el cuerpo? Al principio estaba tan desubicado como sus dos acompañantes pero, tras esa mención de Uzu, una parte de él dio con una respuesta.

-Un lugar cercano, como Uzu pero sin ser uzu…- murmuró para sí, ordenando sus ideas, para luego mirar con seriedad al hokage y a su consejero.- Creo que sé a dónde ha ido…

Unos minutos después, lo que podían tardar un grupo de shinobi veteranos de guerra en movilizarse, el namikaze, Hiruzen y el hokage se encontraban en la tierra maldita, el denominado como "bosque prohibido", siguiendo un rastro reciente que se adentraba en la espesura. Debido a lo peligroso del lugar, les acompañaba una decena de anbu convocados por el dirigente, amén de otra decena de monos convocados por el Sarutobi, una escolta capaz incluso de poner en un aprieto a un shinobi de élite. Pero, para sorpresa de todos, que se esperaban un auténtico infierno de rastreo mientras luchaban contra las bestias rabiosas que poblaban ese terrible lugar, el bosque estaba en calma. Seguía envuelto en esa bruma antinatural, seguía transmitiendo una sensación de frío que arañaba cada hueso del cuerpo hasta hacerte temblar, seguía teniendo ese aspecto tan amenazador que incluso alejaba al más valiente pero, por primera vez en mucho tiempo, era posible pasear por allí sin derramar sangre. Aunque eso no quitaba tensión al hokage, Hiruzen y sus respectivos hombres…

-Espero que las criaturas de este bosque no hayan aprendido a tender emboscadas…- murmuró para sí uno de los anbu del Shimura, temeroso de que esta fuese la calma que precede a la tormenta, y contestando Minato sin tan siquiera detenerse a mirarle.

-Los animales siguen aquí, puedo oírlos y olerlos… pero nos evitan… eso es raro…- declaró el namikaze, para seguir rastreando a su esposa.

No tardaron mucho en dar con su objetivo. En medio de la bruma, tras unos minutos andando, se pudo vislumbrar una figura cada vez más delineada. Todos los shinobi allí presentes se tensaron, dispuestos a luchar contra lo que fuese que les tenía preparado ese lugar de pesadilla, hasta que vieron que tenía forma humanoide. Y femenina, para ser más exactos… era kushina. El que se tambalease hizo temer a Minato por si estaba herida, parecía a punto de desmayarse, pero, en cuanto la abrazó y comprobó si estaba sangrando, pudo ver que estaba bien físicamente… sólo en estado de shock, como cuando estaba en la morgue. El único cambio que podía detectar en ella eran sus manos, ennegrecidas con esa tierra oscura manchada de la sangre de kiuby hace ya tantos años… seguramente las había usado para excavar algo… probablemente una tumba para su pequeño. A pesar de que el ojiazul ya se hacía una idea aproximada de lo que había hecho su esposa, se molestó en preguntárselo.

-Kushina, por el amor de kami… ¿Qué has hecho con Menma?- preguntó, obteniendo un gesto ausente de la uzumaki.

-Yo… yo la he rogado que… me lo devuelva…- murmuró para sí, frunciendo el ceño Minato.

-¿Que te lo devuelva, a Menma? ¿A quién le has rogado? Kushina, no hay nadie en este bosque a parte de nosotros…

-A kiuby…- musitó, frunciendo el ceño aún más Minato y cada uno de los presentes, salvo Hiruzen, que se centró en escuchar con atención las explicaciones de esa demente. Tenía sus teorías con respecto a ese bosque, así como rastreaba cualquier información referente al biju de nueve colas con la esperanza de recapturarlo, por extraña que fuese.- Sé… sé que murió, pero su esencia… su esencia está aquí, en esta tierra…- declaró, mirando alrededor con ansiedad.- Es como en uzu… los uzumaki muertos maldijeron la tierra, y todavía están allí, puedo sentirlos… esperando, gritando, lamentándose… y aquí… kiuby murió aquí, y la tierra quedó maldita, como en mi hogar… ella la maldijo, y sigue aquí, esperando…

-Kushina san, te equivocas…- interrumpió el hokage, intentando hacerla entrar en razón.- Esto solo es tierra contaminada con el chakra inton de la sangre del kiuby, no es una mald…

-¡Si que lo es!- gritó la mujer, para luego cerrar los ojos y abrazarse con fuerza a su esposo mientras las lágrimas volvían a brotar descontroladas por sus mejillas.- He enterrado a mi sochi aquí, y le he rogado a ella que me lo devuelva… yo… yo solo quiero tenerlo de vuelta… como sea… yo… yo no puedo vivir sin él…- la fémina comenzó a sollozar descontrolada en brazos de su esposo, que se afanaba en intentar consolarla. Mientras, Hiruzen frunció el ceño, preocupado.

La sarta de incoherencias que estaba diciendo esa mujer le transportó a un momento concreto de su vida, al día en que llegó a konoha la noticia de que el resto de naciones estaban atacando uzu. Él, como anbu que era, estaba destinado a la residencia del hokage en ese momento, Uchiha Madara, donde tenía una misión: velar por su esposa, la legendaria Mito Uzumaki. Hiruzen Sarutobi había conocido a muchísimas personas terribles en su vida, y podía decir con orgullo que ninguna le había dado miedo. Respeto por supuesto, no era tan estúpido como para despreciar a gente como los hermanos uchiha, o su gran rival declarado. Pero miedo, entendido como el deseo irrefrenable de poner un continente por medio con una persona, nadie se lo había provocado… hasta que la vio a ella ese día. Todo empezó con gritos dispersos y lamentos, seguramente en cuanto la uzumaki sintió apagarse el primer color de un uzumaki. No era problema de los anbu, que permitieron a las damas de compañía de la pelirroja hacer su trabajo sin molestarlas.

Pero, a medida de que más y más colores fueron apagándose, los gritos fueron cada vez más fuertes, y los lamentos más descarnados. Mito portaba sobre sus hombros la maldición del ojo de Kagura en su máximo esplendor: al ser la uzumaki viva más poderosa, su ojo de kagura era el más fuerte, permitiéndole incluso percibir los colores de su clan desde la propia konoha. Así que, a medida de que más y más uzumaki morían, más enloquecía la fémina. Era extraño ver a esa mujer, siempre peinada de forma impoluta con sus dos moños, con su pelo suelto, desordenado y revuelto, fruto de sus ataques de histeria. A los dos días de matanza, el llanto se transformó en ira, y obligó a los anbu a actuar. Primero, Mito asesinó a sus damas de compañía, a cada una de ellas. Lo hizo entre gritos de rabia y odio, desatada, completamente poseída por una ira homicida. Y, cuando los anbu intentaron reducirla, se centró en ellos. Hiruzen nunca tuvo tanto miedo.

Uchiha Madara lo dejó bien claro: solo se casaría con la mujer más fuerte del continente. Y eligió a Mito Uzumaki en consecuencia, para desgracia de los anbu. La pelirroja, presa de su locura, fue destruyéndolos uno a uno con sus cadenas y sus manos desnudas, sin tan siquiera frenarse o mostrar un instante de debilidad. Una veintena de anbu veteranos murieron en apenas cinco minutos. Hiruzen Sarutobi, el miembro más reciente del escuadrón, dejó por un momento de retorcerse de dolor en el suelo tras perder un brazo y un ojo a manos de ella. Mito acababa de partir en dos a su capitán, y ahora le contemplaba a él. Cubierta de sangre hasta el punto de no poder distinguir la piel o la ropa del pelo, con una expresión neutra… y con esos ojos. Kami santo, Hiruzen tuvo pesadillas durante años por culpa de esos ojos. Esos ojos violetas, descritos como los más bellos de la hoja, que ahora mostraban algo más.

Completamente desencajados, le transmitían una locura insondable, una perturbación de las leyes de la naturaleza tal que cada átomo de su cuerpo le gritaba que huyese. Esos ojos que parecían una puerta abierta al abismo, a la sinrazón, una muestra de lo que puede ocurrir con la psique humana si la llevas al límite. Los ojos de una demente con demasiado poder. Por kami, rogó al cielo que su último recuerdo no fuesen esos ojos… Y, al parecer kami le oyó: Izuna uchiha llegó justo en ese instante y durmió a la jinchuriki usando su mangekyo sharingan, quizás la única arma que podía frenar a la uzumaki en ese momento. Aunque nunca dijo qué vio dentro de ella mientras la dormía, solo mostró por un instante la cara de asco más marcada que había dibujado en su vida, y ordenó aislarla con él hasta que regresase su hermano del frente de batalla. Poco tiempo después, el Sarutobi supo que Madara ordenó encerrar a su esposa en el palacio uchiha, y no volvió a verla. Y lo agradeció en el alma.

-…- Había regresado a ese recuerdo aterrador porque, por un instante, todo fue perturbadoramente parecido. Quizás fuese el increíble parecido entre kushina y mito, que no dejaban de ser familia más o menos cercana. O quizás fuese que, por un instante, los ojos de kushina le miraron, y pudo ver en ellos un atisbo de esa locura que poseyó a mito. Por algo no aceptaba uzumaki en sus filas: ese clan estaba maldito. Intentando ignorar ese miedo, el Sarutobi se centró en el control de daños, dirigiéndose en voz baja al hokage.- Danzo… debemos buscar el cuerpo cuanto antes…

-Si…- asintió el dirigente.- Aquí es alimento para los carroñeros…

-o para los saqueadores de tumbas…- añadió el viejo mono, volviendo a chocar las dos formas de ver el mundo de los dos amigos. Aunque, fuese por A o por B, la orden iba a ser la misma, por lo que el hokage se dispuso a dar la orden a dos de sus anbu de escoltar a la pareja a la ciudad mientras el resto buscaba el cuerpo, que no debía de estar muy lejos. Sin embargo, otra voz, una más infantil y llorosa, se oyó antes de que hablase.

-¿Kaa chan?- Por un instante, todo se quedó en un terrorífico silencio. Fue ese clásico momento en que una persona siente un escalofrío nacer en la base del cráneo, ponerle los pelos de punta y descender por su espina dorsal mientras pone su piel de gallina. Danzo Hiruzen, los demás shinobi, incluso Minato y Kushina, creyeron por un instante que se lo habían imaginado… si, tenía que ser eso, sugestión, la imaginación jugando una mala pasada. No era posible que…- Kaa chan… te… tengo frío…- No, no era producto de la imaginación. Un niño estaba hablando. La que menos tardó en asimilarlo fue kushina, por supuesto.

-¡SOCHI!- gritó desesperada, deshaciéndose del abrazo de su marido para correr como alma que lleva el diablo rumbo a donde provenía la voz. Ni Minato namikaze, el hombre más rápido del mundo, pudo seguirle el ritmo, sólo gritarle que esperase.

Si kushina corrió al instante, y Minato a los pocos segundos, el resto de la comitiva necesitó algo más de tiempo para reaccionar, aunque todos lo hicieron de la misma forma: corriendo hacia la voz. Hiruzen se movió con una rapidez impropia de su edad, deseoso de comprobar lo que creía que acababa de ocurrir, y no tardó mucho en enterarse de lo sucedido. Pudo ver, entre la bruma, a kushina uzumaki arrodillada, llorando a lágrima viva mientras abrazaba algo… una figura que se dejaba abrazar en pie, con la estatura de un niño pequeño, junto a un montón de tierra revuelta. Menma uzumaki namikaze. El Sarutobi contempló con los ojos como platos la escena… era él, el niño muerto, el último uzumaki… Puede que sus heridas corporales hubiesen desaparecido, o que su pelo estuviese negruzco por culpa de esa tierra hedionda, pero era él… incluso le faltaba el brazo que le habían cortado. Menma uzumaki namikaze estaba vivo… y solo una persona sabia porqué.


Y fin, por hoy es suficiente. Si, capítulo algo largo, pero es la apoteosis del fic, se lo merecía. Se me ocurrió la idea de enterrarlo en el bosque mientras veía "cementerio de animales", de Stephen King, sólo diré eso xD En el siguiente capítulo sabremos como ha vuelto Menma, por lo pronto puedo adelantaros que, si habéis leído Kitsune No Kibo, encontraréis mil referencias a los capítulos 16 a 19 de mi fic más largo… y una explicación de por qué Chikara no se sorprendió cuando Naruto hizo lo que hizo… Un saludo y espero volver a leeros, hasta más ver!