Usualmente se encontraría agradecida con Anna, es decir, la maestra había estado ocupándose de la mayoría de todo lo referente a la escuela; junto a Hans, claro estaba. El pelirrojo intentaba ser una especie de apoyo emocional ahora que ella se enteró de la enfermedad de su madre, sin embargo la rubia ni siquiera podía concentrarse demasiado en pensar si quería o no visitar a sus padres.

En realidad, la mayor parte del tiempo tan solo pensaba en que durante varias tardes había visto a Anna salir de la casa de los Westergard, sin entender por qué aquello le sentaba mal, suponía que todo se debía a todos los sentimientos encontrados que le generaba el estar de vuelta en su pueblo natal, eso sumado a la decisión de intentar llevarse bien con quien fue su mejor amigo en el pasado.

Hace unas semanas estaba completamente furiosa con Hans Westergard, intentó evitar cualquier clase de conversación con él desde su llegada, pero desde que accedió a dejar caer parte de sus barreras; dando a entender que estaba dispuesta a empezar desde cero (o al menos intentarlo), y a partir de entonces su cabeza era un lio.

Su madre estaba enferma.

Hans y Anna pasaban tiempo juntos, algo que no encajaba demasiado tomando en cuenta que el pelirrojo alguna vez comentó que aquella mujer no le agradaba demasiado que en ocasiones la encontraba irritante, entonces ¿Por qué la invitaba a pasar tiempo en su casa?

Sacudió la cabeza intentando desviar sus pensamientos, debería sacar a Hans de su mente, es decir, ¡Su madre podría estar muriendo en ese momento!

Quizá su cabeza se negaba a pensar en ello porque sabía que aún estaba enojada con su madre, muchas veces se había imaginado el cómo sería volver a verla y reclamarle por todo; incluso por cosas y decisiones completamente ajenas a su madre, aun deseaba gritarle y decirle que jamás le perdonaría el que nunca la hubiese buscado.

Esa clase de pensamientos la hacía sentirse una pésima persona. Su madre estaba enferma, uno supondría que cuando alguien se enteraba de algo así dejaría de lado toda clase de resentimientos, le perdonaría sin pensarlo, incluso si su madre no demostraba ni el más mínimo remordimiento, se supone que lo único que querría hacer en una situación así sería abrazar a su madre, no darle una bofetada.

Porque estaba molesta y tenía el corazón roto, su madre estaba gravemente enferma y ni siquiera ante la posibilidad de morir, había intentado acercarse a ella. Su padre tampoco la había buscado desde que ella volvió a Weselton.

Muchas veces pensó que sus padres no la amaban, que seguramente no la extrañaban en lo absoluto, más cada vez que aquellos pensamientos aparecían para torturarla, se repetía una y otra vez que eso no era verdad, que seguramente la querían, pero había algo que les impedía demostrarlo. Ahora estaba casi convencida de que no la amaban.

Y eso también le dejaba claro que era una mala persona, solo una mala persona sería lo suficientemente egoísta como para hacer de una situación de ese tipo algo sobre sí misma.

Seguramente Hans la detestaría si conociera a la Elsa en la que se había convertido; todos terminaban haciéndolo en algún punto.

Quizá ella no era alguien que valiera la pena, es decir, su ex novio la dejó por otra chica que parecía ser mejor que ella en todos los sentidos, era una mejor persona y todos los medios estaban convencidos de ello, aquello había sido lo que la forzó a hacer una acción de caridad en Weselton, no porque ella realmente lo deseara de corazón.

Era una mala persona.

-o-

Estaba convencida de que Elinor la obligaría a visitar a su madre, por ello mismo se había abstenido de comentarle al respecto. La mujer sabía bastantes cosas sobre la vida de Elsa, sobre su inexistente relación con sus padres e incluso hubo ocasiones en las que estuvo presente durante vergonzosos momentos en los cuales se desmoronó emocionalmente y fue incapaz de contener las lágrimas.

Elinor tenía su propia familia, en realidad, en más de una ocasión la mujer había roto aquella regla de separar lo profesional de lo personal al invitarla en más de una ocasión a su casa, pasó algunas cuantas navidades en casa de los DunBroch y siempre había algún regalo bajo el árbol para ella. Elinor siempre le compraba un pastel en su cumpleaños y se aseguraba de que no lo pasara sola, sabía que ambas se querían y por ello mismo la forzaría a hacer lo que ella tanto se negaba a hacer.

Casi era capaz de escucharla decir que si no lo intentaba siquiera, siempre lo lamentaría, que sería mejor acercarse a ella, hablar con ella, despedirse antes de que fuera demasiado tarde, sin importar el cómo resultaran las cosas, al menos en un futuro no estaría preguntándose qué hubiera pasado.

Pero no estaba convencida de si podría resistir un rechazo más por parte de quienes se supone deberían ser su familia.

Así que hacía lo que mejor que sabía hacer: evadir el tema hasta que fuese algo imposible de hacer.

—¡Elsa! —Escuchó la voz de Hans llamándola desde la distancia.

Era tarde, Elinor y ella se preparaban para partir al pueblo vecino; donde ambas se hospedaban. La rubia se detuvo para después girarse en dirección a Hans, el pelirrojo se acercó rápidamente a ella.

—¿Esta todo bien? —Preguntó la rubia algo confundida, ya que aquello era algo inusual.

—Podría hacerte la misma pregunta a ti—respondió el pelirrojo—, estos últimos días has actuado extraño.

—¿Extraño? —Pronunció fingiendo no tener ni la más mínima idea sobre de lo que él podría estar hablando. Hans alzó una de sus cejas, dejando en claro que no caería en sus engaños— Solo he estado algo cansada, hay mucho que hacer.

—Está casi resuelto—aseguró el pelirrojo—. Pronto fabricaré los juegos que estarán en el patio de la escuela, ya le he dado la cotización a Elinor para que tu equipo envíe el dinero necesario para el material, te juro que los tendré listos tan pronto como sea posible, puedes estar tranquila.

—Sé que mi labor aquí se limita a mirar, dar dinero y solo estar aquí para que los medios mencionen mi nombre—dijo ella—, y sé que suena estúpido ¡Es estúpido! —Afirmó ella— El hecho de que este estresada por ello es casi ridículo.

—Estar de vuelta en Weselton es razón suficiente para estar estresado.

—No puedo negar eso.

—Pero quizá pueda ayudarte a relajarte—comentó el pelirrojo —¿Qué te parecería un recorrido guiado por el pintoresco pueblo de Weselton? —Propuso él.

—¿Qué tal que no? —Preguntó ella con una sonrisa nerviosa en el rostro.

—Prometo no llevarte a la iglesia.

—Creo que esa frase no te ayudaría mucho con las chicas de por aquí.

—Tonta.

—Esa palabra tampoco es de mucha ayuda, tonto—comentó ella.

—Solo digo, que podríamos ir a los que solían ser nuestros lugares favoritos, charlar…cenar.

—¿Cenar?

—Solo son ideas, podemos hacer cualquier cosa que tu desees.

—Salir de Weselton está en lo más alto de la lista de cosas que quiero hacer—habló la rubia.

—Entonces hagámoslo, salgamos del pueblo—dijo él—. Vayamos a la estación de tren y tomemos el primero que podamos, esta vez prometo no echarme atrás.

— ¿Por qué debería creer que no cambiarás de opinión a último momento?

—Elsa Anderson, no tienes ni la menor idea de lo mucho que he lamentado el no haber tomado aquel tren. No me perdonaría el cometer un mismo error dos veces.