La Partida Sigilosa de Kagome
Capítulo 11
"Salvación y arrepentimientos"
Kikyo no lograba entender, a pesar de amarlo tanto, las actitudes de Inuyasha. Su determinación y torpeza nunca terminaban de sorprenderla. Lo miraba fijamente con un dejo de confusión. Su mente y corazón estaban completamente de acuerdo en que ella no salvaría la "vida" de Kagome. Se resistía a la idea de convertirla en un ente de sufrimiento como ella y Kohaku, no quería someter a su "otro yo" a una muerte y dolor eternos. Se sobresaltó cuando Inuyasha jaló su frío brazo y este la dirigió al yaciente cuerpo de la occisa. Asuka y Kosho se asomaron a la escena llevando consigo un fragmento de la perla de Shikon.
—Señorita Kikyo, debe usted eliminar el miasma que se encuentra dentro del cuerpo de la señorita Kagome, al igual que ella lo hizo con usted… —dijo Kosho, muy segura de sus palabras, y de que su anterior ama podría lograrlo.
El corazón de la sacerdotisa aún vacilaba al mirar a Inuyasha, quien en todo momento tenía la mirada fija en Kagome. Pensaba que podría hacerlo por él, pero a su vez no quería ayudarlo, no quería hacerlo…no quería tenerla de nuevo en medio de ellos dos. Ella era consciente de que, de volver aquella otra mujer, Inuyasha ya no le pertenecería nunca más.
—Inuyasha, no creo que pueda…
—¡Puedes! —gritó él, mostrando que confiaba en ella.
No, no puedo. Yo no soy ella, no puedo simplemente ir y arriesgarme para salvar a quien tanto rencor le tengo. ¡Yo no soy Kagome! Yo no puedo ver a Inuyasha feliz si no es conmigo…
Aun con esas dudas invadiendo su mente, Kikyo se acercó a Kagome…sin dejar de pensar en Inuyasha. Se sintió observada e inesperadamente presionada. Sin embargo, toda tensión se fue cuando Inuyasha la tomó de las manos, mirándola con una embriagante ternura, sonriéndole.
Y ella se dejó guiar.
Conforme ella fue avanzando, confiada por las manos de Inuyasha, Kikyo se topó con un enorme espesor que, cada vez más, le dificultaba el seguir avanzando hacia Kagome. Se dio cuenta que, a medida que avanzaba, la pesadez se volvía aún más insoportable para ella. Kosho le extendió el fragmento e intentó continuar caminando, esta vez habiendo soltado las manos de su primer amor. Ya no podía reconocer si lo que le impedía seguir adelante era el miasma en el cuerpo de Kagome o su propia energía, dándole un mensaje de que debía detenerse.
Ojalá me dijeras que me detuviera…No quiero hacer esto.
Sus piernas flaqueaban, pero sus manos continuaban luchando por llegar a la parte final. Una repentina descarga proviniendo del cuerpo de Kagome la sobresaltó e Inuyasha tuvo que tirar de ella aun cuando él tampoco podía atravesar el camino fácilmente.
Finalmente llegó hacia el agua, pero de inmediato esta la llevó a lo más profundo. Apenas y contuvo la respiración cuando sintió la mano de Inuyasha tratando de sacarla fuera, pero parecía ser arrastrado también por aquella corriente. Inuyasha llegó más cerca a Kikyo y la abrazó por detrás para tratar de evitar que se hundiera. Poco pasó para que el chico se diera cuenta de que el cuerpo de Kagome se mantenía flotando sin ser arrastrada por la corriente. Kikyo estaba tratando de resistirse a la energía pesada que emanaba del cuerpo y una ardua batalla de poder comenzó a librarse en aquel momento. La sacerdotisa usó todas sus fuerzas y finalmente pudo alcanzar las heridas de Kagome, tratando de purificarlas en el proceso. El fragmento entró rápidamente entre las graves heridas de su cuerpo, pero el veneno seguía dañándolo.
—¡No puedo! ¡Mi energía está siendo rechazada!
—¡Es el miasma! —exclamó Inuyasha.
Kikyo abrió los ojos de par en par.
—No… ¡Es Kagome! ¡Kagome está rechazándome!
—¿Qué? ¡No es posible!
¿Qué está pasando? ¿Quién está tocando mi cuerpo?
—¡Kagome! ¡No te dejes morir!
¿Inuyasha?
—¡Tienes que dejarnos ayudarte!
¿Inuyasha? Inuyasha me está llamando…
El espíritu de Kagome se sentía ajeno al ambiente que rodeaba su cuerpo, pero escuchaba perfectamente una especie de ecos, voces que no paraban de repetir su nombre. Sintió miedo, recordó la vez que salvó a Kikyo y sintió que era casi lo mismo que le estaba pasando a su cuerpo.
No, ella no quería eso.
No quería que nadie tocara su cuerpo, ni siquiera el propio Inuyasha…ya que sabía con qué intención estaba con Kikyo intentado purificar el miasma. Su voz tembló…porque sabía que nadie la escucharía, nadie la escucharía decir que no.
No quiero. No, por favor, déjenme. Yo no quiero revivir. ¡No quiero!
Una potente descarga eléctrica expulsó a Kikyo e Inuyasha de las aguas donde se encontraba su cuerpo. Kikyo sintió una fuerte impotencia invadirla, y se sintió inútil. No tenía la fuerza para salvarla, y ahora tampoco el fragmento. Inuyasha, quien se había repuesto rápidamente, la ayudó a levantarse, dispuesto a volver a las aguas, pero Kikyo había comprendido que Kagome no quería ser revivida por ningún medio posible.
—¿Te has hecho daño? —preguntó Inuyasha—. ¿Puedes ponerte de pie?
—Solo es un rasguño, nada importante. Debemos terminar con esto, Inuyasha…
—¿Por qué dices eso? —preguntó Inuyasha con la voz entrecortada.
—Es imposible. Las energías de Kagome claramente están rechazándome. Lo único que interpreto es que ella no desea volver.
El chico dirigió su triste mirada hacia el cuerpo de Kagome, devuelto nuevamente a la superficie y moviéndose con ligereza debido al pequeño oleaje de las aguas. Él la ansiaba tanto ¿y ella? ¿Ella no quería volver a verlo? ¿Prefería la muerte antes que volver a estar a su lado?
—Solo una vez más…—la miró suplicante—. Una vez más, te lo ruego.
La sacerdotisa se dio por vencida.
—Hagámoslo…
Kosho sonrió. Inuyasha y Kikyo volvieron a adentrarse al agua.
No otra vez. Ya no más, déjenme en paz, por favor. Deténganse…
Inuyasha y Kikyo apenas entraron al agua y las descargas eléctricas volvieron a surgir, distanciándolos.
—¡Es lo mismo, Inuyasha! Sigue sin permitirme entrar…
El joven, ya cansado de la actitud poco cooperativa de Kagome, entró en desesperación. Enfrentó todos los obstáculos hasta llegar a ella y tomó su cuerpo con lo poco de fuerza física que le quedaba. La abrazó con fuerza, pensando que en cualquier momento su cuerpo desaparecía de sus manos. Kagome pudo sentir aquel calor que tanto añoraba, ese que ahora la envolvía con rudeza. Sintió tanta nostalgia y tristeza en aquel abrazo que, por unos segundos, quiso corresponderle. Kikyo finalmente cayó en cuenta de que tenía una oportunidad. Corrió hacia Inuyasha y con su ayuda pudo atender las heridas con su poder de purificación. El joven mitad bestia estuvo pendiente en todo momento de la reacción de Kagome.
No quiero…no quiero volver a este mundo. Tengo miedo, Inuyasha…
—Kagome, no vuelvas por mí. Recuerda que tienes una familia… ¿Vas a dejar que yo viaje a tu época y le diga a tu madre, a tu hermano y a tu abuelo que moriste a manos de nuestro enemigo? ¿Realmente quieres ver cómo tu familia de destroza en mil pedazos? ¿Qué va a ser de la niña que cuidas? ¿De Kosho? ¡No puedes abandonar a quienes te amamos! ¡No me puedes dejar solo! —exclamó Inuyasha con desesperación mientras rezaba por un cambio en la situación.
Mi mamá, mi abuelo, Sota…Mi niña Sayo, Kosho…
—Te lo pido…Danos una oportunidad, Kagome… —concluyó él.
De repente, el cielo se oscureció y comenzó a llover. Las gotas eran espesas y saladas, como si el mismo cielo estuviera llorando en aquel momento y el día era tan oscuro como si no fuera a salir nunca más el sol.
Un torbellino de recuerdos pasó cual película por la mente de Inuyasha y Kikyo, recuerdos que no parecían suyos, eran los recuerdos de Kagome. Memorias tristes, desdichadas, momentos de pesar, pero también felices, momentos entre la dueña de los recuerdos y el muchacho mitad bestia, recuerdos que lastimaron en lo más profundo el orgullo y corazón de Kikyo. Luego de eso, todo se volvió silencio, inconciencia…y lo último que vio Inuyasha antes de caer dormido fueron los hermosos ojos de Kagome…y su escaso brillo.
No pasó mucho para que el cielo volviera a su estado original y el sol reinara con todo el resplandor posible. Inuyasha sintió que estaba cegado, tanto que no podía abrir los ojos. A su lado estaba Kikyo, ya consciente, de pie, mirando hacia un punto en específico. Se puso de pie y notó que ella no estaba para nada relajada. Poco después, unas serpientes cazadoras de almas muy similares a las de Kikyo paseaban por los alrededores, trayendo consigo algunas almas entre sus patas. Ellas se dirigían a una mujer de cabellos largos, de pie y apoyada con mucho esfuerzo en el tronco de un enorme árbol. Inuyasha casi perdió la respiración cuando reconoció a la dueña de aquella figura.
Kosho se acercó a la joven.
—Señorita, su arco…—dijo ella suavemente mientras entregaba el arco a su ama.
—Gracias…—dijo ella con voz bastante baja y ronca.
Asuka también se acercó a ella con un estuche con flechas entre sus manos, lo que sorprendió enormemente a Kikyo. Kagome miró al otro espíritu de reojo, de forma muy amable, como un gesto hacia alguien que acababa de conocer.
—Gracias a ti también…
—¿Ya se siente usted bien? —preguntó preocupada Kosho.
Kagome tosió fuertemente mientras se aferraba al árbol.
—Lo siento, creo que durante un tiempo no podré brindarles energía…
Inuyasha estaba maravillado con oír nuevamente su voz. De tanto recordar su rostro, sus facciones, había olvidado cómo sonaba su voz…y encontraba este descubrimiento algo maravilloso. Por su lado, Kikyo vio como Kagome se negaba a recibir almas de las cazadoras.
—Por ahora las necesitas…—dijo Kikyo—. Es temporal…hasta que recuperes tus poderes por completo. Ahora mismo, tu alma está muy débil.
La chica asintió y permitió la entrada a algunas almas.
—¿Por qué esas cazadoras son diferentes a las tuyas? —preguntó Inuyasha a Kikyo en lo que Kagome se alimentaba de las almas.
—El color depende de tu aura. Si las de ella son blancas, ese debe ser el color de su aura…
Inuyasha asintió y se dio cuenta de que Kagome caminaba con dificultad para sentarse a los pies de algún árbol que se lo permitiera. Intentó ir tras ella, pero Kikyo se lo impidió. Este la miró y ella volvió a hacer un gesto de negación.
—Kikyo…
—Es mejor que nos vayamos. Regresemos a la aldea…
—Solo necesito un momento a solas con ella…Por favor, Kikyo…
Kikyo sabía que, por la presencia de almas, ella tampoco iría muy lejos, por lo que no tuvo más remedio que acceder a las condiciones de Inuyasha, dejándolo a solas con Kagome, aunque eso le causara mucho pesar. Una vez que ella se marchó, el chico se acercó a la joven, mientras ella trataba de asimilar el hecho de que tenía almas ajenas dentro de su cuerpo.
—Kagome…
La joven volteó al llamado y la mirada que le dedicó a Inuyasha no fue precisamente amable ni amorosa. Lucía molesta, muy molesta, y traicionada. Ella cerró los ojos fuertemente y volteó el rostro para evitar volver a verlo.
—¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías que condenarme a este tipo de vida?
—¿Eso quiere decir que no querías volver a verme más?
—Solo quería descansar de todo esto… —se puso difícilmente de pie, apoyándose en los brazos de Inuyasha y arrugando sus mangas—. Pero no pensaste en mí… ¡Solo me trajiste de vuelta por tu estúpido sentimiento de culpa!
Inuyasha la abrazó sin importar cuando odio ella guardara para él. Kagome estaba deshecha en lágrimas, molesta, iracunda, destruida y odiándolo todo, pero le era imposible no devolver ese abrazo, cuando Inuyasha intensificaba la pasión con la que la sostenía. Él podía sentir sus lágrimas mojar su pecho. Sí, era un miserable y sabía perfectamente que la había condenado, pero estaba tan mal de la cabeza que prefería vivir con la culpa y el remordimiento si esos sentimientos le permitían volver a abrazarla.
Su egoísmo era imperdonable, tanto como un crimen, pero el resultado era favorable, porque ahora ella estaba despierta y llorando entre sus brazos.
—Perdona mi maldad, pero perdóname más por no arrepentirme de lo que hice… —dijo él.
La joven lo miró fijamente y confundida ante esta confesión. Se acercó lentamente hacia el rostro varonil y depositó un beso en los helados labios de Inuyasha. Presa de la sorpresa, se quedó en su lugar sin tener oportunidad de responderle o rechazarle. Hubo un silencio muy incómodo hasta que el chico acercó su rostro al de ella y le depositó un beso que la dejó casi sin aire, mientras las manos de ambos rodeaban el cuerpo del otro con anhelo, como si segundos luego de aquella demostración de amor, fueran a decirse adiós nuevamente.
Se separaron lentamente y Kagome acarició el rostro de este, mirándolo mientras las lágrimas no dejaban de caer.
—Te amo. Eso es lo que quería decirte…—musitó ella.
Inuyasha sonrió. Lo sabía desde hace tanto tiempo.
—Tonta… —volvió a abrazarla—. ¿Y esperaste hasta el último momento para decírmelo?
Ella dejó de mirarlo y sus ojos se centraron en una lejana figura que conocía muy bien. Lentamente, Kagome se soltó del agarre de Inuyasha.
—Creo que es hora de irme…
—Debes estar bromeando. ¿No vas a venir conmigo?
Ella hizo un gesto de negación.
—Pienso que es mejor que las cosas se queden como están, Inuyasha. Vuelve a la cabaña con ellos y con Kikyo. Yo debo regresar a la aldea y continuar protegiéndola, porque ese es mi deber.
—¡No voy a permitir que te vayas otra vez! —gritó él para luego volver a abrazarla.
Kagome gimió de dolor.
—Por favor, suéltame. Me duele, Inuyasha…
Él deshizo el abrazo ante el quejido, pero no permitió que ella se separara de él.
—Puedes tomar mi vida si eso es lo que quieres. Pero te advierto que, si me matas, incluso mi alma te va a seguir a todos lados…
Kagome soltó una pequeña sonrisa que entusiasmó al chico.
—Sigues siendo un idiota…
—Eso parece, pero este idiota no va a soltarte nunca…
Y no la iba a soltar nunca, por más que eso le costara la vida. Sin embargo, ellos no contaban que lejos de ahí, aún a la vista, Kikyo presenciaba con dolor aquella escena, y con tanto odio a sí misma…tanto, que sentía que solo salía sobrando en aquella situación. Repentinamente estaba arrepentida de la decisión que había tomado. Había sido una completa estúpida…tan estúpida que no parecía la Kikyo de antes.
Continuará.
Notas: Muchas gracias por la espera. Recién acabé con los finales de ciclo. Como estoy en el último año de carrera, la carga se ha vuelto muy pesada. Prometo saludar a todos los que están apoyándome en el siguiente capítulo.
Besos y abrazos, y sigámonos cuidando.
—Impossible.
