29. Sospechas, conversaciones y pensamientos

Milly le estaba dando vueltas a la cabeza aquel día. El grupo de Jeremy era cada vez más extraño para ella. ¿Qué estaban haciendo, salvo engañarse mutuamente unos con otros? Tamiya había sido la primera en ver a Sam besando a Patrick, cuando este estaba en una relación con Emily. Luego, ella misma había visto a Aelita sentada en las piernas de Laura mientras se daban el lote. Y una foto, que Hiroki se había negado a compartir con ellas, mostraba esta vez a Aelita besándose con Yumi con esas camisetas holgadas. El joven no lo había expresado en voz alta, pero los tres coincidían en el mismo pensamiento: ellas dos habían tenido sexo.

No eran capaces de llegar a muchas conclusiones. Cuando veían el grupo parecían tan felices… y eso a Milly le revolvía el estómago. No estaba bien que Aelita engañase a Jeremy con otras chicas. Bueno, ni con nadie. Y además hacerlo con Yumi, ahora que había vuelto a arreglarse con Ulrich… Pobre chico. Y Emily. ¿Sabría que su novio se morreaba con Sam? Claro que ella siempre le había parecido muy casquivana… «Mentiras, no hacen más que mentirse unos a otros», pensaba con amargura.

En ese momento en que salía de su dormitorio vio salir también a Sissi. La hija del dire. Había cambiado, sin duda. Recordó aquella conversación hacía meses en que le había recomendado no acercarse a Ulrich, cuando tuvo un microatisbo de esperanza cuando había roto con Yumi… Tenía que hablar con ella. Pero la morena caminaba rápido y llegó a la escalera antes de poder decirle nada.

La pelirroja optó por seguirla. No tardó en localizarla. En la planta de los chicos. Y llamaba… a la puerta de los primos Belpois. Por supuesto, todo el Kadic veía al grupo invadir la biblioteca un par de veces por semana inundando las mesas con papeles y más papeles de apuntes. Caminó para allá. Tampoco pasaba nada si estaba Jeremy. Casi mejor si estaba, así también le podría preguntar por Aelita. Había que aclarar cosas.

Pero cuando llegó a la puerta y alzó la mano para llamar, algo la detuvo. Un ruido. Un ruido que podría identificar. Pero no podía ser. Miró alrededor. Nadie. Asió el pomo y tiró hacia ella. Lo giró sin hacer ruido, y abrió apenas una rendija. Y se quedó boquiabierta con lo que veía.

Captó perfectamente el momento en que Sissi se abalanzaba a por Patrick. No era un "pico inocente", ni un beso que pudiera llamarse tierno. Le rodeó el cuello con los brazos y juntaron sus labios con desenfreno. Vio como la mano del chico bajaba de la espalda de Sissi hasta su culo, y le levantaba una pierna con la que ella le envolvió la cintura.

—Madre mía... vienes con ganas... —suspiró el chico mientras seguía acariciándole el culo a su amiga.

—Muchas... —respondió ella, y llevó las manos a la cremallera del pantalón de Patrick...

—Seguro que venías pensando en Jeremy —bromeó el castaño.

—No digas tonterías...

Milly dejó de mirar en el momento en que vio a Patrick besando el escote de Sissi. Cerró con la misma delicadeza con la que había abierto. Estuvo a punto de irse, pero se le ocurrió una locura. Aporreó la puerta varias veces y salió corriendo. Desde las escaleras pudo ver que Patrick tardó un minuto en abrir, como si nada hubiera pasado. Confuso, regresó al interior.

La pelirroja se lo tomó como una pequeña victoria. Había interrumpido un engaño. Patrick engañando a Emily con Sissi. Pero ¿qué había oído? Venías pensando en Jeremy. En Jeremy. Los primos Belpois... ¿estaban engañando las dos a sus chicas? ¿Eso qué significaba? ¿Jeremy sabía lo de Aelita y la engañaba por ello? ¿O era Aelita quien había clamado venganza al saber que su novio se besaba con Sissi? «Bueno, besar... Sabes perfectamente lo que has interrumpido», pensó.

—Cállate —se dijo a si misma.

Demonios... Aquello no tenía sentido. No, no es que no tuviera sentido. Es que no estaba bien. Y pensaba dejarlo claro. En cuanto tuviera pruebas.


Yumi se encontraba en la cafetería de la universidad. Sus dedos se deslizaban por el teclado rápidamente, mientras a su lado humeaba una taza de caliente café. No había muchos alumnos por allí, de modo que se había puesto música a un nivel lo suficientemente audible para ella pero sin estorbar a los que se encontraban allí desayunando tranquilamente.

Suspiró de rabia cuando insertó una foto en el texto y se lo descuajeringó por completo. Siempre igual. Casi perdía más tiempo maquetando los trabajos que redactándolos. Consiguió dejar la foto donde quería, y pudo insertar una tabla sin mayores contratiempos. En ese momento, un paquete de donuts apareció por un lado de la pantalla del portátil. Levantó la mirada, y se topó con la cara sonriente de Camile.

—Buenos días —saludó la recién llegada—. ¿Desayuno?

—Gracias —respondió la japonesa. Echó a un lado el portátil, recordó pulsar el botón de "Guardar", y dio un trago a su bebida mientras su amiga abría la bollería—. Me iba a pedir un sándwich, pero...

—Pero aquí el pan parece que lleva siempre una semana preparado.

—Eso es —comentó Yumi, y le pegó un bocado a un dónut, llevándose la mitad—. ¿Preparada para el finde?

—Ojalá —suspiró Camile—. Tengo hoy un seminario que se va a estirar hasta la noche. Y no me apetece nada —ella mojó el dónut en su café antes de comerlo.

—No te envidio nada —rió la japonesa—. Pero supongo que algo harás estos días, aparte de estudiar. ¿No sales por ahí?

—Me iré a tomar una copita, por supuesto, pero así como planes concretos, no. Es más, te iba a decir que si no tienes nada que hacer podríamos ir a comer a algún sitio mañana. Qué últimamente apenas te veo el pelo.

—Tienes razón —reconoció Yumi, aunque no quiso entrar en los detalles de su ligera ausencia—. Sí, podemos ir mañana a comer. ¿Has pensado en algún sitio concreto?

—Yo siempre voy al mismo sitio. Se llama Improvisar —bromeó Camile—. Pues si quieres te paso a buscar con el coche y nos vamos por ahí.

—Genial.

Yumi aguardó mientras se terminaba el dónut. «Vamos. Pregúntame ahora. Hazlo», pensó. Si últimamente evadía un poco la compañía de Camile se debía a que le preguntaba con frecuencia si Ulrich se uniría a ellas en algún momento. Y aunque sonaba del modo más distendido posible, la japonesa tenía activadas las alarmas.

Pero Camile no lo hizo, y en cambio le giró levemente la pantalla del portátil.

—¿Un trabajo para el señor Dupond?

—Sí. ¿Cómo lo has sabido?

—Es el único carca de este sitio que pide los trabajos en un formato tan feo. Y además, impreso —bromeó Camile—. Un consejo, después de pasar el corrector y de repasarlo pide a alguien más que lo lea. A uno de mis compañeros le bajó un punto entero en la calificación porque había escrito "etsuvo" en lugar de "estuvo". "Has echado un trabajo impecable por tierra" —dijo, imitando la voz aguda del profesor—. "Deshonra sobre tu vaca".

Yumi se echó a reír.

—Por cierto, te quería pedir opinión. Estoy pensando en teñirme el pelo otra vez…

Mientras hablaba se sacó el teléfono del bolsillo y empezó a buscar imágenes en internet. Luego, se lo enseñó a Yumi.

—¿Qué te parece?

—Que le echas valor —comentó la japonesa mientras miraba cabelleras: uno de los lados era o estaba teñido de moreno, mientras que el otro era completamente blanco.

—¿Pero te gusta?

—Está chulo, si. Yo no podría.

—Bueno, tú estás genial. Pero si quisieras un cambio, siempre te puedo echar una mano. ¿Me disculpas? Voy al baño.

Yumi asintió y se quedó con el teléfono de Camile en la mano. Siguió bajando por la galería viendo ejemplos de chicas que ese habían teñido así, hasta que de pronto Camile recibió un mensaje. Que Yumi habría ignorado de no ser porque la notificación mostraba el remitente. "Ulrich Yumi". Ulrich había enviado un mensaje a Camile. Y la notificación le permitía leerlo: Hola, guapa. Muchas gracias x lo d ayer :)

La japonesa tragó saliva. La notificación emergente desapareció, pero deslizando de arriba a abajo la pantalla podía volver a leerla. "Muchas gracias por lo de ayer". ¿Qué cojones? ¿Qué había pasado ayer? Yumi hizo memoria… Efectivamente, la tarde anterior no había podido quedar con Ulrich. Le había dicho que tenía algo que hacer, sin entrar en detalles. Y a ella no le había importado porque Ulrich era de fiar y tampoco tenían que quedar a diario y ella misma había pasado la tarde con Aelita y Sam.

Pero aquel mensaje lo cambiaba todo. Porque si Ulrich quedaba con alguien del grupo, para estudiar o para tener sexo, se lo contaba, como ella se lo contaba a él. Pero en aquella ocasión había fallado. Cuando quedaba con Camile. «Estos dos han follado. Por eso ayer no quedó contigo, para tirarse a esa guarra. Y Camile no te ha preguntado si él viene porque no le hace falta. Ya te comentó la posibilidad de repetir, tú no diste una respuesta concreta, de modo que han decidido verse al margen de ti. No te necesita como excusa para verle».

Eso es absurdo, se rebatió la japonesa. Ulrich me quiere.

«Pero a lo mejor Camile le da cosas que tú no. Además, ella se hizo el test de embarazo después del Círculo 34 delante de ti. Pero no sabes si ayer usaron gomita. Quizá ella se haya quedado embarazada ya y tú no lo sepas. Dentro de unos meses Ulrich será papá con otra…»

—¡NO!

No fue consciente de haber gritado hasta que se dio cuenta de que las pocas personas que había en la cafetería se habían vuelto a mirarla. Dejó en la mesa el teléfono de Camile. No, Ulrich no haría eso. Jamás lo haría. «¿O sí?».

Cállate —gruñó entre dientes mientras recogía su portátil. En ese momento llegaba su amiga.

—Ya es…

—Disculpa, tengo que irme —interrumpió Yumi echándose la mochila al hombro.

—¿Ya? ¿No tienes clases? —preguntó Camile, confusa. Lo habitual era saltarse clases en la universidad. Lo que no era habitual es que lo hiciera Yumi.

—Tengo que ir a casa.

«Para clases estoy yo».

—Te llevo en mi coche…

—No, no te preocupes. Chao.

—Pero, ¡te veo mañana, ¿no?! —preguntó la otra, pero Yumi ya se alejaba a grandes zancadas. Necesitaba despejar la cabeza y alejarse de aquella chica por el momento. Toda la confianza que había sentido por meses se estaba desmoronando, y lo peor es que no sabía hasta dónde sus sospechas eran infundadas o reales.


Apenas habían terminado las clases. Sissi y Laura habían quedado en la salida del edificio de clases, y desde allí caminaron juntas a los despachos. Dónde estaba el señor Delmas.

Aunque los primeros pasos habían sido ligeros, una vez en aquel amplio rellano se volvieron más lentos. Estaban nerviosas. Y antes de hacer ningún gesto delator, el padre de Sissi tenía que saberlo, de modo que no podían siquiera darse de la mano. Llegaron por fin al despacho. Tras la primera puerta aguardaba la secretaria del señor Delmas.

—Hola, señorita Delmas —saludó—. Señorita Gauthier. ¿Vienen juntas?

—S-Sí —dijo la morena, nerviosa.

—Aguarden un momento. El señor Delmas terminaba ahora una reunión. No tenían cita, ¿no?

—No —respondió Sissi, un tanto irritada. Iba a ser a su padre.

Y fue en ese momento cuando se abrió la puerta, de donde salió la señora Hertz. Dedicó una sonrisa a las chicas antes de irse, y estas aprovecharon el momento para entrar. El señor Delmas se había puesto de pie, probablemente con la intención de irse, pero volvió a su silla cuando vio a su hija.

—Hola, E-Sissi —pese al paso de los años, en alguna ocasión aún se le escapaba el nombre completo de «Elisabeth», algo que su hija odiaba. De hecho, habían acordado empezar con los trámites para cambiarlo legalmente por «Sissi» cuando cumpliese la mayoría de edad.

—Hola, papá. Perdona el atraco —dijo la morena, mientras sentía que sus pulsaciones se aceleraban. Optó por sentarse, y Laura tomó la silla de al lado.

—No te preocupes. No está mal que mi hija venga a verme después de clases en lugar de salir con sus amigos —bromeó el señor Delmas—. Señorita Gauthier, ¿todo bien? —preguntó, dejando entrever un poco de sorpresa al verla allí con su hija.

—Todo bien.

—Hay algo que tengo que contarte, papá —interrumpió Sissi, y suspiró lentamente intentando reconducir su respiración.

—¿Estás bien? —preguntó preocupado. Era obvio que su hija estaba nerviosa.

Laura le pasó un brazo por encima, intentando reconfortarla. Delmas no dijo nada, aunque levantó ligeramente una ceja. Sissi tragó saliva antes de hablar.

—Papá… Laura y yo estamos juntas —dijo, y en ese momento de aferró a la mano de su novia—. Sé que te lo debería haber contado antes, pero… no sabía cómo ibas a reaccionar, y me daba miedo porque sabes cómo es la gente en la academia, y me siento mal por ocultártelo…

Delmas no cambio de expresión por varios segundos que a Sissi se le hicieron eternos. Incluso notó la mano de Laura más tensa apretando la suya. Tragó saliva, aterrada, cuando su padre se puso en pie. Bordeó la mesa. Y en ese momento, extendió los brazos en dirección a su hija.

—Ven aquí.

Sissi se levantó, casi tropezando con la silla, y se echó a los brazos de su padre. Sintió que le corrían lágrimas por las mejillas mientras la abrazaba.

—Mi niña… Todo está bien. Sabes que te quiero mucho, y eso no cambia. Sólo he querido una cosa para ti. Que seas feliz. Y si Laura —alzó la cabeza hacia la rubia— te hace feliz, yo soy feliz.

—Ay, papá… —lloró la morena. Se dio cuenta de que había moqueado la camisa de su padre—. Tenía mucho miedo… no quería decepcionarte…

—No podrías decepcionarme, hija. No con esto.

Acarició la cabeza de su hija, consolandola. Y luego abrió de nuevo uno de sus brazos, invitando a Laura a unirse también. Ella sonrió y se dejó abrazar por su suegro. También estaba feliz. Sabía —se imaginaba— que Delmas no sería una persona con la mente tan enclaustrada como su padre, pero sentía bien sentirse aceptada.

—Solo por curiosidad. ¿Cuánto tiempo lleváis juntas? —preguntó Delmas cuando se separaron por fin. Sissi tuvo que sonarse los mocos antes de responder, y también se secó las lágrimas.

—Fue poco antes de Navidad. Fue bastante inesperado.

—Se lo confesé yo primero —dijo Laura—. Me temía que ella no me correspondiera. Así que estoy muy feliz desde que me aceptó.

—¿Y vuestros amigos lo saben?

—... Si —reveló la morena, temiendo quizá una reprimenda. «No has tenido confianza con tu padre para contárselo en primer lugar».

—Son buenos amigos entonces. Me alegro —continuó Delmas—. Y ahora quizá voy a ser un poco tradicional, pero… bueno, hay una diferencia generacional. En mis tiempos, una pareja duraba casi para toda la vida. Hoy la gente rompe por cosas muy banales… Lo que quiero decir es que espero que podáis ser felices mucho tiempo.

—Gracias, papá.

—Gracias, señor Delmas.

—Jean-Pierre, por favor. En este contexto no soy tu director —dijo este con amabilidad—. Aunque… recuerdo que su padre era un hombre bastante… severo —comentó, agravando la voz—. No sé si él conoce su situación sentimental, pero… si eso le supusiera algún problema en casa, podría quedarse con nosotros.

—Gracias —respondió Laura, casi afónica. Al final iba a llorar ella también.

—Podríamos ir a cenar hoy los tres —propuso Sissi, emocionada.

—Hoy tengo una cita, hija. Pero mañana podemos ir a comer si os apetece.

—Claro. Pásalo bien entonces —dijo la morena, con una sonrisa.

Se levantó y bordeó el escritorio para darle un beso a su padre, y luego salió de allí acompañada de Laura. Sin darse la mano, no aún. Pero ambas contaban con el apoyo de su grupo de amigos. Y ahora también del director, es decir, del padre de Sissi. No necesitaban más.


Lo mejor del viernes por la tarde era el momento de echarse una buena siesta después de clases. Odd subió a la habitación justo después de comer. Echó la mochila al suelo y se tumbó en la cama. Y fue en ese momento cuando se dio cuenta. El aroma de William continuaba impregnado en sus sábanas.

Se dio la vuelta. Mirando justo hacia donde el escocés había pasado la noche. Habían dormido juntos, pero lo que prometía al principio ser una noche desenfrenada, se había quedado simplemente en ellos dos durmiendo juntos. Ulrich había dormido fuera, probablemente en el dormitorio de Sam o de Aelita. Y ellos habían quedado allí. William le había contado la decepción que había supuesto otra cita, "porque ella solo quería sexo y no voy buscando solo sexo, joder". Odd le había animado, y se lo habían pasado bien diciendo burradas. "Las tías ya solo buscan follar". "Eso es sólo cosa de hombres". Jajaja. "No sabe lo que se pierde". "Se lo tendrías que haber enseñado". Jajajaja. "Cuanto más buenas están, más tontas salen". "Pues mira yo, que tengo las dos cosas". Jajajajaja.

Tras aquellos momentos que les hubieran válido sendas collejas y una semana de abstinencia sexual por parte de las chicas del grupo, se relajaron.

—Me alegro de tener a alguien como tú —comentó William—. Es extraño, porque… sinceramente, cuando te conocí no te tragaba.

—Tranquilo, el sentimiento era mutuo.

Jajajaja. Jajajaja.

—Pero me arrepiento de no haberte conocido tan bien antes —prosiguió el escocés.

—Yo también me alegro de que seamos amigos.

En ese momento, William le besó suavemente en los labios. Odd aceptó la boca de su amigo, y se dejó llevar. Sintió un placentero escalofrío cuando los dedos de su amigo le revolvieron el cabello. Para su sorpresa, el moreno le sujetó por la cintura, rotando hasta dejarle encima de él. Continuaron los besos. Pero cuando las manos de William pasaron por debajo de su camiseta, Odd ignoró todos los deseos que sentía en ese momento de que su amigo le arrancase la ropa y le tomase hasta la extenuación, y le detuvo.

—Perdona, es que… estoy un poco cansado hoy… —mintió hábilmente.

—No te preocupes —respondió William, sin apartar a Odd de encima de su cuerpo—. ¿Quieres que me quede un rato más?

—Claro —sonrió Odd, que se lo pasaba de maravilla con él.

Apagaron la luz y continuaron hablando entre susurros, hasta que ambos se quedaron dormidos. Odd había amanecido envuelto en los brazos de William, cinco minutos antes de que sonase el despertador, y se había acomodado un poco más.

«Está claro que no te quiere solo por el sexo», pensó el rubio. Él mismo había renunciado al acto solo por hacer esa comprobación. Porque era innegable lo bien que respondía su cuerpo ante la posibilidad de retozar con su amigo. Sólo de recordar lo bien que se le daba el sexo su pene se enfureció un poco. Pero no iba a tocarse, por si entraba alguien del Acuerdo en ese momento en el dormitorio. O peor. Alguien que no fuera del Acuerdo. Como Jim.

Y Odd sabía que no podía basar su relación solo en el sexo. Su historial, bueno. En su mayoría, las chicas habían sido solo ligues a los que engañaba, y se había llevado sus buenas bofetadas por ello. Aelita había llamado su atención hacía años, pero siempre supo —intuyó— que no tendría posibilidades reales con ella mientras estuviera Jeremy y la olvidó. Sólo Sam le había hecho sentir lo que ahora despertaba William en él: amor. Una persona de la que ser amigo. De la que ser cómplice. De la que ser amante. De disfrutar de cada minuto en su compañía. E incluso echarlo de menos cuando no estaba. Porque Laura había sido un capricho únicamente, y había pagado el precio por ello. En cuanto a Ulrich, era su mejor amigo. Su mejor apoyo cuando descubrió esa parte de su sexualidad que él mismo desconocía. Le había aceptado y habían disfrutado juntos.

Y era probablemente la persona que mejor le conocía, como le había demostrado aquella mañana cuando, entre clase y clase, había ido a pedirle consejo.

—Ulrich, ¿qué crees que debería hacer si me gusta alguien?

—Pedirle salir a William.

Odd se había puesto colorado. Ulrich le puso una mano en el hombro y le sonrió.

—Y si te rechaza, tiramos su cuerpo a una fosa en el parque.

Se echaron a reír, pero apenas tenían tiempo de hablar más y se separaron, rumbo a sus respectivas aulas.

Claro, le podía pedir salir, pero ¿qué sabía él sobre William al fin y al cabo? Al principio, su minipacto era solo un desahogo sexual. Lo cual no le había importado hasta ese momento. Pero el escocés estaba buscando una pareja. No "una novia". Una pareja. Estaba abierto a una relación con algún chico si este merecía la pena. Aunque su historial con la app de Fish no había sido lo mejor. Dos chicos y dos chicas, a cuál más decepcionante. Odd los enumeró de forma despectiva. «El precoz, la coleccionatíos, el mojigato y la ninfómana. Joder. Sí que estoy pillado por William para que me caigan tan mal».

La realidad seguía siendo la misma. William se estrellaba de morros cuando quedaba con alguien de la aplicación y luego iba a buscar consuelo… en Odd. «¿Será verdad que queda con esa gente? Te ha enseñado sus fotos, pero ¿y si solo finge porque es su excusa para estar contigo?». Descartó una idea tan burda. Estaba seguro de que William se veía con esa gente, pero por lo que fuera, la cosa se torcía. «La realidad es que eres tú quien le reconforta. Puedes ser lo que necesita». En el mejor de los ideales, aquello era verdad. «Quien me lo iba a decir. Tantos años volviéndome loco por las mujeres y ahora perdiendo la cabeza por un tío que no siquiera estoy seguro de si le gusto».

Bueno, algo le tenía que gustar. Sus maratones de sexo no eran posibles si no hubiera un poco de atracción al menos. Y no solo eso, incluso habían pasado la noche juntos sin tener que mantener relaciones y estar cómodos. «Se lo voy a pedir. William va a ser mi novio», se juró.

Se tocó la cara. Colorada. El bulto en sus pantalones, notable. Mejor ir al baño a echarse agua. Llevaba tanto rato en la cama pensando que iba siendo la hora de la quedada grupal para ir al cine. Y mejor si disimulaba su aspecto. Aquella no era la mejor forma de presentarse ante William y hacer su propuesta. Tenía que ser más presentable y asegurarse de que caía rendido a sus pies.


Aelita estaba aprovechando el sábado por la mañana en The Hermitage. Anthea le había echado una mano durante la semana para contratar unos albañiles. La idea era que la joven tuviera la casa disponible por completo para el verano. La sala de estar ya la habían dejado casi completa. La pelirrosa se había negado al uso de tarima, de modo que cerámica blanca cubría el suelo, a juego con las paredes. Sólo un mueble nuevo, un sofá de cuatro plazas, destacaba ante las mesas de playa y las sillas plegables de sus amigos que solo habían salido de la estancia para la obra.

—Ya compraremos más muebles —dijo Anthea.

Aelita no tenía prisa, y tampoco quería que su madre cubriera todos los gastos. Por un lado era su dinero. Por otro, provenía de Tyron, lo que le proporcionaba pensamientos contradictorios entre querer vaciar esa cuenta y no querer tocar un dinero que venía como mínimo del espionaje, chantaje y gobiernos corruptos.

Los servicios ya se encontraban perfectamente operativos, con cambio de sanitario y plato de ducha para la planta baja. En sábado los obreros descansaban, y Aelita sabía que no había nada diferente en la planta superior. Al fin y al cabo, las pocas pertenencias que quedaban de su infancia ya se las había llevado tiempo atrás.

De modo que salió al patio por la puerta trasera. Una gran zanja donde iba a ir la piscina. Anthea insistía en que no era tarde para añadir un pequeño camino de piedra lisa y una zona del mismo material para poner las toallas y tomar el sol. «Creo que mamá es la primera que quiere tirar el dinero de Tyron. Deberíamos llevarlo a la beneficencia», pensó la pelirrosa. La verdad, estaba quedando bonito, al menos en su mente. Una casita propia. Allí podría además invitar a sus amigos en verano. Un buen plan.

Se alarmó cuando vio a alguien apareciendo por la esquina de la casa. Pero se relajó al ver que era Jeremy.

—Está quedando bien —comentó el rubio mientras se acercaba a ella.

—¿Has estado por dentro? —preguntó la chica.

—Sí. ¿Os han dado fechas?

—Antes de los exámenes finales debería estar listo. Mamá se ha dejado un buen dinero.

—Es raro que no quiera que vivas con ella…

—Claro que quiere. Pero ya soy mayor, al fin y al cabo. Tampoco es que vaya a dejar de verla por vivir aquí.

—Ya…

—¿Qué ocurre, Jeremy? —preguntó Aelita, un tanto hastiada del tono distraído del rubio—. Llevas mucho tiempo ausente. Pensé que el sábado nos acercaríamos un poco después del trío, pero… —fue interrumpido por una risa sarcástica de Jeremy—. ¿A qué ha venido eso?

—El trío. Sí. Me quedó todo muy claro con el trío el otro sábado.

—¿De qué estás hablando?

—Yo quería hablar contigo, ¿sabes? Porque pensaba que te equivocabas. Nuestro sitio no es quedarnos aquí eternamente, tenemos que volar, y pasar un cuatrimestre fuera era la oportunidad perfecta.

—Ya te he dicho que no voy a…

—A dejar a tu madre atrás, si. Ya me lo has dicho… deja la cantinela —dijo con hartazgo—. Me quedó muy claro el sábado que ya no te intereso.

—Perdona, ¿qué?

—Vamos, no disimules. ¿Crees que no me di cuenta?

—Cuenta de qué —. Aelita optó por usar una voz aséptica porque en ese momento tenía ganas de gritarle.

—De que no me mirabas… Aprovechabas cada momento prácticamente para besarte con Patrick… si lo raro es que me esperáseis a mí para el trío…

—A ver, a ver, a ver, que no me puedo creer esto… —respiró Aelita—. En primer lugar, la idea del trío fue de Patrick. Yo pensaba en tener una noche de sexo contigo en cualquiera de los casos. En segundo lugar… a ti te encanta el sexo anal, y pensé que así podías disfrutar más. Si, yo contaba con Patrick porque a mí el anal no me da tanto placer. Y tercero, ¿cómo te atreves a insinuar que prefiero a cualquier otro antes que a ti cuando hace APENAS UNOS MESES TÚ PERDÍAS LOS CALZONCILLOS POR LAURA?

—Ah, que entonces es una venganza —reflexionó Jeremy en voz alta.

—No me puedo creer lo que oigo… Jeremy, ¿qué es lo que te pasa?

—Que no te reconozco. No se lo que es verdad, Aelita. Cuando llegó tu madre apenas podías verla y de pronto parece que se acabará el mundo si estás fuera cuatro meses… Coincide además con abrirnos a poder tener sexo con nuestros amigos… ¿Qué quieres que piense? Tú lo que te quieres es quedar aquí, conmigo o sin mi. Y si es sin mi, encima con barra libre.

—Si eso es lo que crees, hablamos ahora mismo con los demás. No más sexo con ninguno de nuestros amigos —le dijo Aelita, con un tono desafiante que ni ella misma se reconocía—. Vamos, a qué esperas.

—No me sirve renunciar a eso sí creo que cada vez que lo hagamos vas a estar pensando en otro… Antes significábamos más el uno para el otro, y ahora… parece que apenas somos amigos con derechos.

—No me puedo creer lo que estoy oyendo. ¡Qué se supone que tengo que hacer, Jeremy! ¡Si...! —fue a añadir algo más, pero se mordió la lengua. Tarde.

—Dilo —pidió Jeremy.

—Si lo que pretendes es que me desenamore de ti, con esa actitud lo estás consiguiendo.

Cada palabra era una daga afilada que se clavaba en los dos. A Jeremy, por escucharlas, se le atravesaron en el pecho. A Aelita, por pronunciarlas, era como si salieran de su cuerpo de dentro a fuera. Tragó saliva. No quería haberlo dicho. Intentó tomar la mano de Jeremy pero este se la guardó en el bolsillo.

—Solo necesito saber que te importo, Aelita, de verdad —suspiró, observando la piscina. Le era imposible mirar a la chica a la cara.

—¿Cómo puedo demostrártelo? —preguntó la pelirrosa, desesperada.

—Si me lo tienes que preguntar, qué mal, ¿no? —dijo él.

Antes de que Aelita pudiera añadir una palabra más, empezó a caminar. Tal vez de regreso a Kadic, o quizá seguiría por una carretera infinitamente, Aelita no lo podía adivinar. Intentó llamarle, pero no lo consiguió. Sintió una fuerte presión en el pecho. «No sabía que el corazón pudiera doler tanto», pensó mientras varias lágrimas caían por sus ojos. «Jeremy... te quiero».


Hiroki se conectó a la videollamada a la hora acordada. Tamiya y Milly no tardaron en aparecer también. El joven agradeció que estuviera oscuro. Sus amigas se habían conectado en pijama, y estaban muy bonitas. Especialmente Milly, por supuesto. Aunque Tamiya también se lo parecía.

—Hola, Hiroki —saludó Milly por el micrófono—. Estás a solas, ¿no?

—Sí. Mis padres han salido —les informó—. Y Yumi ha quedado para el cine. Pero se supone que vuelve en... una hora como mucho —dijo mientras revisaba el reloj.

—Perfecto. Lo que no pueden hacer es escucharnos —dijo Tamiya—. ¿Alguna novedad?

—Nada —respondió él—. Yumi no ha vuelto a traer a nadie. Y en Kadic solo estoy para clases, así que no he podido ver gran cosa. ¿Y vosotras?

—Nosotras sí —suspiró Milly.

Abrió el cajón y sacó unas fotos. Eran simplemente de Emily y Patrick, tomando un picnic.

—Las hemos hecho hoy —le explicó a su amigo mientras las mostraba por la web-cam—. Estábamos en el bosquecillo, dando una vuelta, cuando les vimos allí. Nos quedamos un rato mirando a lo lejos, y...

Mostró la última foto, en la que se podía ver a Emily tendida sobre Patrick mientras se besaban. Nada que ver con lo que Milly había visto (y ya había contado a sus amigos) unos días atrás. Este beso sí que era tierno, como de dos personas enamoradas. «Salvo que él la está engañando», pensó.

—Así que yo cada vez entiendo menos. La gente no puede ser tan buena mentirosa y mantener esos secretos, al final todo se termina sabiendo —dijo Tamiya.

—Entonces, ¿qué es lo que pensáis? —preguntó Hiroki.

—A ver...

Milly sacó un tablón de corcho, donde había una foto de cada uno de los miembros del grupo, formando un círculo: Yumi, Ulrich, Jeremy, Aelita, Odd, Sam, William, Carlos, Emily, Patrick, Sissi y Laura. Necesitó la ayuda de Tamiya para poder enfocarlo correctamente y sacó cinta en dos colores.

—Lo que sabemos es que... Yumi está con Ulrich... —los unió con la cinta roja—, Jeremy con Aelita... y Emily con Patrick.

—Y luego hemos visto... A Sam besarse con Patrick... —intervino Tamiya, aplicando cinta amarilla—, y Patrick también con Sissi...

—Aelita se ha besado con Laura... y con mi hermana —intervino Hiroki, y observó cómo las chicas tiraban sendas tiras amarillas desde Aelita a sus amigas.

—Si esto es un engaño, hay muy pocos implicados —reflexionó Tamiya mientras miraba el esquema.

—Bueno, no nos precipitemos. No sabemos qué hacen los demás, pero tenemos que estar bien atentos —dijo Milly.

—¿Y se puede saber qué vamos a hacer con esto? ¿Publicarlo en el periódico de la escuela? —ironizó Hiroki.

—No estoy tan mal de la cabeza. Pero antes de decidirlo tenemos que averiguarlo todo. Estoy segura de que todos los demás también están en el ajo.

Con Milly concentrada en el corcho, Hiroki y Tamiya pudieron intercambiar una mirada de imposible razonar con ella. Sí, ellos también tenían curiosidad por entender aquella historia, pero el nivel de su amiga rozaba lo enfermizo. Tamiya no lo expresaba en voz alta, pero estaba bastante convencida de que Milly se había obcecado aún más desde que sabía lo de Yumi. La joven aún sentía cosas por Ulrich... y probablemente no consideraba justo que estuviese con una chica que se besaba con otra gente.

—Bueno. Si nos enteramos de algo más, nos informamos, ¿no? —preguntó Milly.

—Claro. Bueno, si no me vais a contar nada más... Tengo una partida online antes de que llegue Yumi y me corte el rollo —dijo Hiroki.

—Podríamos quedar mañana para tomar algo —dijo Tamiya—. Pero no para hablar de esto.

—Me parece bien...

«¿Qué me pasa? Si lo pienso bien, nada de esto tiene que ver conmigo...», pensó Milly. «Esto es cosa de ellos, pero... Pero está mal. Has visto a Ulrich sufrir por amor. No merece que Yumi le haga más daño. Ni él ni nadie. Emily es una buena chica, y resulta que su novio se va por ahí besando con otras... Y quién se iba a esperar algo así de Aelita»

«Pero, ¿qué harás cuando lo sepas todo?», respondió otro pensamiento. «Te estás metiendo en algo que no te compete. Quizá sería más sencillo simplemente hablar por separado con Yumi, Aelita y Patrick y decirles que sabes... ¿qué sabes?»

—Nada.

—¿Eh? —preguntó Tamiya, que estaba a punto de colgar la llamada con Hiroki.

—Nada, eh... eso, nada —dijo Milly—. Mañana nos vemos. Descansa —dijo a su amigo, y guardó el tablón en el hueco entre la cama y la pared. Mejor que nadie lo viera.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Tamiya, después de colgar.

—Sí... ¿vemos una peli?