Capítulo 11: Rutina
Querido diario:
Acabo de regresar del campo del entrenamiento y estoy muerta. No literalmente, pero creo que así se debe sentir la muerte. Todo mi cuerpo me duele y apesto, estoy cubierta de sudor, barro y otras cosas en las que no quiero ni pensar ¡Es increíble lo sucios que están los campos de entrenamiento!
Quiero tomar un baño, no, necesito tomar un baño y lo haría si no fuera porque todos mis compañeros están usando el lago y ese es el único lugar disponible. No puedo ni conmigo misma y todo lo que puedo hacer es quejarme en mi diario. Los acompañaría, no me molesta ver a hombres desnudos, especialmente si son tan feos, pero ellos podrían verme y descubrir que soy una mujer.
Salve la vida de Quackmore. El muy idiota se ha descuidado en medio de la batalla y yo he tenido que intervenir. Use mi espada para evitar que fuera lastimado y eso por poco me cuesta la vida. Sé que estoy en una guerra y que podría recibir una herida de gravedad. Todos mueren, pero yo no quiero morir y menos aún, abandonar el ejercito. Pensar en que tendré que regresar a la costura y a las clases de etiqueta es algo que me da escalofríos.
No niego que me gustaría conocer a un sexy vaquero, amaría tener mi propio harén de vaqueros, pero no soy una dama y el solo pensar que debo comportarme como una hace que me sienta enferma, literalmente.
Soy buena con la espada, muy buena, probablemente la mejor, pero defender a Quackmore hizo que dejara un punto ciego y ese error me costó caro. Quackmore intentó cuidarme y eso fue lindo, pero pude detenerlo cuando intentó cortar mi camisa. Insistió en que debía detener el sangrado, pero no podía exponerme a que viera mi escote, no solo me delataría, lo enamoraría al instante. No me culpes, diario, soy una mujer sexy y estoy orgullosa de ello.
Estoy orgullosa de mis habilidades y sé que es cuestión de tiempo para que las cosas cambien. Sé que no será sencillo, nadie dijo que lo fuera y que no es algo que pasará pronto. Todo cambio lleva su tiempo y esfuerzo.
Durante mucho tiempo se ha creído que las mujeres no podemos pelear, que somos débiles e indefensas. Sé que lo que estoy haciendo es ilegal, estoy usando una identidad falsa para lograr mis objetivos, pero estoy dispuesta a aceptar las consecuencias por mis actos, ya sean buenas o malas. Yo, Hortense McDuck será la primera en abrir la puerta de la igualdad, le demostraré al mundo que las mujeres somos fuertes y que no nos deben subestimar.
Mañana tengo una misión, la primera misión real que tengo desde que me uní al ejército. Quackmore me ha elegido para que forme parte de su equipo y me ha dicho que confía en mí. Querido diario, me avergüenza tanto admitirlo, pero me sentí tan feliz cuando escuché esas palabras de Quackmore. Mi corazón se aceleró y creo que mi rostro enrojeció, podía sentir mis mejillas arder.
Quackmore no es mi tipo, me lo he dicho un montón de veces, pero pienso en él con mucha frecuencia, me gusta su compañía y me hace sentir cosas que nunca antes había experimentado ¿Será que eso significa algo?
Minnie detuvo su lectura al notar que los trillizos luchaban contra el sueño. Había pasado dos semanas desde que ellos se habían unido a la tripulación y doce días desde que se enteró de que ellos eran los nietos de la mujer que había escrito ese diario. Los pequeños le habían pedido que les leyera las anedoctas de Hortense, estaban tan deseosos por saber más sobre su familia y ella quería que fueran felices.
La costurera no había vuelto a ver a Donald. Todos los días, a la hora de la comida, solían recibir la visita de un pirata, pero este nunca se quedaba, ni cerraba la puerta. Al principio Minnie se sintió insegura y es que ella podía notar las miradas. Solía colocarse frente a los patitos y asegurarse de tener algo entre las manos, cualquier cosa que pudiera servirle como defensa. Luego notó el motivo por el que los piratas mantenían la puerta abierta. Donald no ingresaba a la habitación, pero estaba pendiente, Minnie no estaba segura de qué, pero sospechaba que no era a ella o a los trillizos a quienes vigilaba.
—¿Cuándo podremos salir?
—Cuando lleguemos a la tierra firme —Minnie quería creer que los piratas no tenían intensiones de lastimar a los pequeños y que solo esperaban el momento oportuno para dejarlos en libertad, pero le era inevitable tener sus dudas. Esos hombres le habían mostrado su peor faceta.
Huey, Dewey y Louie suspiraron con pesar. En aquel entonces Minnie creyó que los niños se limitarían a esperar. Los patitos habían sabido comportarse por lo que la costurera pensó que seguirían haciéndolo. No tardaría en descubrir lo equivocada que estaba.
Minnie se sintió horrorizada cuando despertó y descubrió que estaba sola. En lo primero en que pensó fue que Donald había decidido deshacerse de los niños e incluso los imaginó en medio del mar. Pensar en ello hizo que se olvidara de los motivos por los que no había intentado escapar una vez más y que saliera de su prisión.
Erick, el mismo pirata que había intentado propasarse con ella, sostenía a Dewey del cuello. Huey y Louie se veían enojados, pero no podían hacer nada, ellos eran retenidos por dos piratas, Charles y Marcus.
Minnie estaba dispuesta a intervenir, mas no fue necesario. Alguien más lo hizo y salvó a los niños antes de que ella pudiera hacer algo. Huey y Louie también, pese a que habían fracasado en todos sus intentos, ni siquiera habían podido tocarlo.
—Creí haber dicho que nadie podía tocar a estos patitos —Donald no gritaba, pero no necesitaba hacerlo para que su voz resultara intimidante.
—Pero solo estamos jugando —Erick pretendía estar calmado, pero su lenguaje corporal lo delataba. Sus manos temblaban y era incapaz de ver al vice-capitán.
Dewey asintió, notablemente asustado.
—Eso también incluye jugar —agregó Donald —. Déjalo ir o tendrás que afrontar el castigo correspondiente.
Erick soltó al patito, provocando que este cayera de golpe.
Dewey se quejó levemente, pero no dijo nada. Se puso de pie con rápidez y tenía planeado retirarse cuanto antes con sus hermanos, algo que Donald no permitió.
—Detenganse —les ordenó —. Entiendo que estar encerrado en una habitación es aburrido, es por eso que a partir de ahora colaborarán en la cocina —el vice-capitán se dirigió a Minnie —. Deberá cuidar de ellos y asegurarse de que cumplan con sus tareas.
—Pero yo no sé cocinar —mintió, se suponía que ella era la princesa Charlotte y dudaba que la verdadera princesa hubiera cocinado algo en su vida.
Minnie había considerado decirle la verdad a Donald, pero descartó esa ide al pensar en la reacción del pirata. No le molestaba cocinar, siempre lo hacía, pero sí temía que pudiera tomar represalías en su contra si se sentía engañado y burlado.
—Puedes aprender, prin-ce-sa. Tenemos a un cocinero que puede darte unas lecciones mientras que te aseguras de que esos niños no se metan en problemas o se lastimen ¿algún problema?
Minnie y los trillizos negaron. Los cuatro se limitaron a seguir al vice-capitán a la cocina, conscientes de que era lo más sensato que podían hacer en ese momento.
Minnie no agregó nada más y siguió a Donald hasta la cocina.
El cocinero, Jett, les dio una única tarea, pero esa tarea les tomó todo el día. Tuvieron que pelar y lavar varios sacos de papas.
—A este ritmo nunca podremos encontrar a nuestra mamá.
Minnie pensó una vez más en Scrooge McDuck, quería preguntar por él y por su tripulación, pero temía que los niños no tuvieran noticias o peor aún, que si las tuvieran estas solo revivirían heridas sin cerrar.
—Debemos escapar cuanto antes.
—Cuenten conmigo —Minnie buscó con la mirada al cocinero. Jett estaba ocupado preparando una sopa y no parecía que les estaba prestando atención —. El ron comienza a escasear así que pronto deberán comprar más y podremos hacerlo cuando lleguemos a tierra firme.
