Capítulo 3

Ajuste de Cuentas

—Eh… ¿Qué es lo que quieres, abuela?

—Ya deberías saberlo. ¿Qué le has hecho a tu padre?

—¿Yo?

—Sí, tú. No te hagas el tonto. Tu madre no pudo haber sido; así que la única opción que queda eres tú. Aunque imagino que no lo has hecho a propósito. No separarías a tus padres adrede.

Eros bajó la mirada.

—Lo siento, —se disculpó.

Hera se rió por lo bajo.

—No me malentiendas. No estoy molesta. Ya le hacía falta a tu padre cambiar de aire, —torció la boca con diversión ante su mirada de reproche. —Vamos, vamos. Sabes que invariablemente acaba volviendo con Afrodita.

—Es fácil para ti decirlo, —se quejó. —Contigo no está enojado.

—¿Se ha enojado? ¿Por un accidente?

Los labios de Eros temblaron.

—Ya veo. Eso solo significa que se ha flechado de alguien desagradable para él. Porque no es la primera vez que sucede. Dime, ¿Quién es?

—Yo…

—No temas. No dejaré que te haga daño. Si verdaderamente ha sido un accidente, no es justo que se desquite contigo.

Él titubeó. Sabía lo manipuladora que podía llegar a ser Hera cuando buscaba que se le diera información sobre algo. Sobre todo, si iba a perjudicar a sus eternas rivales.

—No te preocupes. Tú también eres de mi sangre, — lo animó ella, con retintín. —Además, el que esté actuando así solo significa una cosa. Que no sabe cómo reaccionar, así que tiene que ser una situación nueva para él. Y yo podría ayudarle.

—Yo…, titubeó todavía. —¿No le dirás a nadie?

—Lo prometo, —su voz se tiñó de solemnidad y se agachó confidencialmente hasta quedar a su altura.

—Dohko de Libra, —susurró tan bajo que la diosa se tuvo que inclinar para escuchar lo que estaba diciendo.

—¿Cómo has dicho? No te escuché…

—Dohko de Libra, —repitió un poco más alto.

Hera abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo? ¿Un hombre? Entiendo…Por eso se molestó.

Eros hizo un puchero.

—¿Qué te hizo hacerlo?

—Fue un accidente…Es decir, era eso o Athena.

—Eso hubiera sido muy interesante. Pero también hubiera traído consigo un montón de problemas. Quizás ha sido lo mejor.

—No estoy seguro de que lo sea…

La diosa se rió.

—Dale tiempo, seguro lo que lo tiene así es no poder acercársele a Dohko. Una vez que lo haga, se le bajará el mal humor. Tan solo trata de evitarlo hasta entonces.

—¿Y si Dohko lo rechaza?

—No creo que suceda, —afirmó. —Dohko no es tonto. Debería saber perfectamente los riesgos de hacer semejante cosa. Solo imagínatelo, es muy capaz de amenazar con hacerle algo a Athena si no lo acepta. Aunque siempre puedes darle un empujón. Olvida eso último, —agitó la mano, en negación. —Si se da cuenta puede tomarlo como un golpe a su orgullo. Y ya sabes cómo se pone cuando eso sucede. Es lo que estamos tratando de evitar. Tampoco queremos que le arranque la cabeza al tigre en una explosión de nervios o de otra cosa.

—¿Vas a ayudarlo?,—levantó la vista hacia la diosa con un leve brillo de esperanza en la mirada.

—Alguien tiene que hacerlo. A ti no quiere verte ni en pintura, no creo que acuda a tu madre. Y mi marido es muy capaz de tomárselo a broma. Y es muy capaz de poner el Olimpo de cabeza de la pura ansiedad.

—¿Y qué va a pasar con Athena?

—Yo me encargaré de Athena. Eso hay que hacerlo con cuidado. Algo de lo que me temo, Ares no es capaz en estos momentos.

—De acuerdo, —suspiró, tranquilizado.

—Ya deja de tener miedo, —lo regañó. —No te va a hacer nada. Si no lo ha hecho, ya no lo va a hacer. Está demasiado distraído.

—¿Demasiado distraído?

—La nostalgia amorosa lo tiene muy ocupado. No temas por nada.

—Está bien…, —su voz vibraba todavía con dudas.

—Imagino que no sabrás dónde está.

—Por seguridad, —susurró.

—Bueno, bueno, —un dejo de diversión tiñó su voz. —Eso está bien. Ya lo buscaré yo. Aunque creo que sé dónde podría estar. Has sido de gran ayuda, — le dio un beso cariñoso en la frente antes de marcharse.

No le costó mucho encontrar al lobo negro rondando las zonas cercanas al gimnasio. El animal levantó la mirada hacia ella interrogante.

—¿Me vas a contar qué es lo que sucedió con Eros?,— le preguntó con tono confidencial. El lobo arrugó el hocico. Un gruñido bajo se dejó escuchar.

—¿No quieres contarme?,—la cabeza lupina se giró en la dirección contraria

—¿Qué sucede? ¿Ya lo tienes todo fríamente calculado?

Otro gruñido se dejó escuchar.

—Bien, entonces me iré a otro lado, — se levantó con gracilidad y le dio la espalda.

—¿Cómo te has enterado? — la voz ronca del dios se dejó escuchar teñida de irritación.

—Me lo ha dicho un pajarito.

Un rugido salvaje le desgarró la garganta a Ares.

—Maldito bribón, —se quejó con furia.

—Ya deja el mal humor, se te va a arrugar la cara y no querrás que Dohko te vea así.

Ares se sentó con pesadez y apartó la vista.

—Sé que tu orgullo te impide pedir ayuda, pero déjame hacerlo. Al menos te quitaría a cierta niña de encima, — insinuó.

Los ojos negros giraron para mirarla de reojo.

—¿Hablarías tú con Athena?,—su voz se suavizó un tanto.

Ella le levantó la barbilla con dulce firmeza.

—¿Lo dudas? Eres mi hijo. No quiero que tengas que lidiar tú con Athena. Hay demasiado entre ustedes como para que sea lo suficientemente incómodo. Además, es tiempo que puedes aprovechar para estar con Dohko, —lo espoleó.

Él entrecerró los ojos, dudando si creerle o no.

—Nadie me creerá, —afirmó.

—Yo te creo.

—Tú eres mi madre, —gruñó, volviendo a enfurruñarse.

—Si vas a ponerte así de gruñón no te ayudaré en nada, —lo amenazó.

El dios suspiró.

—Lo pensaré. Ahora vete, déjame tranquilo. Tengo demasiado en lo qué pensar.

—Es una preocupación menos, mi querido lobezno, —le advirtió. —Ya sabes dónde encontrarme.

—Ya vete, —se quejó.

Una vez que se quedó solo, soltó un gemido de ansiedad. Ya no podía esperar a que se cumpliera el plazo de una semana que le había dado a Dohko.

Estaba seguro de que de una forma u otra iba a aceptar. Pero lo atormentaba el hecho de que no le iban a creer. Ni sus hermanos, ni su padre. Ni mucho menos, y ese era su mayor temor, su hermana. Y mucho temía que Dohko topara con las mismas dificultades.

Poco a poco volvió a dejar que sus miembros mutaran en aquellos de un lobo. En aquella forma el amor lo aguijoneaba menos y le permitía pensar con más claridad.

No quería pensar en nada que no fuera estrictamente necesario hasta que llegara el momento de hablar con Dohko. Sin duda estaba aliviado por la ayuda que su madre le había ofrecido. Quizás si Athena era abordada por Hera, no se pusiera tan a la defensiva, y sería más fácil que entendiera.

Y cuando hubiera entendido todo sería más fácil. Fijó el rostro a medio transformar en el espejo. Los ojos negros brillaban febriles, como no lo habían hecho en mucho tiempo. Decidió tomar la delantera e ir con el único dios que probablemente lo tomaría en serio. O eso esperaba.

Un silencio incómodo se apoderó del salón principal del Templo Mayor. El Sumo Sacerdote miraba con expresión estupefacta a la persona que estaba delante suyo.

Dohko carraspeó, incómodo.

—Perdona. Es que… ¿Cómo has dicho? ¿Qué Ares…?

—Ya sé que suena increíble, pero…

—¿Pero ¿cómo…? ¿Cuándo?

El santo de Libra suspiró.

—Ya…no me crees…

—¿Pues cómo quieres que te crea, si me estás hablando del único dios que nunca ha tenido amantes hombres? Es algo extraño, amigo mío.

—¿¡PUES Y QUÉ CREES QUE FUE PARA MÍ, SHION!? ¡CON UN DEMONIO!,—perdió los estribos por un momento.

El maestro de Mu parpadeó un par de veces.

—Bueno, vale, tranquilízate Dohko. ¿Al menos tú tienes una idea de cuándo sucedió?

—Tiene que haber sido cuando fui con la señorita Athena al Olimpo. No puede haber otro momento. Porque justo esa noche tuve ese sueño…esa pesadilla…

—¿Por qué dices que pesadilla? ¿Acaso te hizo daño o algo así?

—No, pero…es difícil. Es el rival más encarnizado de la señorita Athena. No creo que sea tan benévola en este caso como contigo o con Mu. No quisiera provocar una hecatombe. Es complicado, —resumió.

—¿Y al menos has intentado hablar con ella, al menos?,—la vergüenza en la mirada de Dohko se lo dijo todo.

—Ehm…

—Pues si no le dices nada, no sabrás si no le parece del todo o qué. Entiendo que tengas tus reservas, pero me parece que, si se entera o ya sabe, podría resultar contraproducente. Recuerda que siempre nos dice que podemos contar con ella para todo. En cambio, si vas tú con ella y le dices…quizás hasta podría resultar de ayuda, con sus limitantes, claro, —puntualizó, interpretando bien la mirada del chino.

—Bueno, puede ser… ¿Aunque no crees que sería una buena idea esperar hasta después de hablar con el dios? Si lo hago antes, quizás hasta podría intentar impedir el encuentro.

—Sí, quizás sea buena idea, —infló el pecho y exhaló sonoramente. —Primero Mu, luego yo, y ahora tú. Acabará estando todo el panteón aquí, —sintió un escalofrío bajarle por la espalda.

— Eso parece, —afirmó, con cierto nerviosismo.

—No creo que esté tan mal mientras no se metan con las mujeres. Tengo la ligera sospecha de que eso también juega un papel importante en su tolerancia.

—Entonces, ¿qué crees que deba hacer?

Shion lo pensó un momento.

—No te pongas tan a la defensiva. Si es verdad lo que siente no creo que pase nada malo. Si no, pues, la has liado parda, amigo mío.

—No bromees, idiota.

El Sumo Sacerdote se carcajeó por lo bajo.

—Tranquilízate, no es para tanto. No hagas esa cara o lo vas a espantar con tus arrugas.

A su despecho, Dohko esbozó una sonrisa.

—Bueno ya, no me cornees, borrego. Ya te estaré informando de lo que suceda.

— No hagas locuras, tigre tonto. Si por tu culpa pasa algo malo te lo sacaré a costillazos, —amenazó.

Dohko se puso en posición de firmes e hizo el saludo marcial.

—Sí, jefe.

Shion soltó una fuerte carcajada.

—Ya vete. Tigre majadero.

—Pero así me quieres, ¿eh?

—Cuidado, Dohko. ¿No querrás que me asesinen?

—Idiota, —se rio por lo bajo, mientras se retiraba.

El eco de la puerta al cerrarse resonó unos segundos. Luego unas risitas se dejaron escuchar detrás del trono.

—No le veo lo gracioso, —afirmó tranquilamente, mientras volvía a poner sus ojos en el papeleo que había sobre su regazo.

Hermes se asomó y apoyó los brazos en el respaldar intentando ver lo que tenía Shion en las manos.

—Bueno, puede que tengas razón. Pero no puedo creer que mi hermano se haya enamorado de un hombre. No creí que de verdad fuera a pasar.

Shion se volvió con brusquedad.

—¿Cómo? ¿Esto fue idea tuya?

El dios se encogió de hombros.

—No lo decía en serio. Hay que estar loco para intentar separar a esos dos porque son muy celosos el uno del otro. Además, Eros jamás separaría a sus padres adrede.

—¿Al menos vas a cerrar la boca?

—¿Acaso me crees tonto? Si nadie lo sabe es porque Ares lo ha ocultado. Sería exponerme a que me arranquen alguna parte del cuerpo.

El tibetano se relajó.

—Bien, —dijo solamente, volviendo los ojos al papeleo.

—A todo esto, ¿dónde está Athena? Es extraño que no esté aquí.

—Si no está en su habitación debe estar abajo. Nada de qué preocuparse.

Abajo en el bosquecillo de olivos el estanque reflejaba dos siluetas femeninas. Una era la de la virgen hija de Zeus, la ojilúcida Tritogenia. La otra…

—¿Tienes unos minutos, querida? Debo comunicarte algo de urgencia.

—Hera…, —su voz se tiñó de desconfianza.

N/A:

El pobre Ares anda con la cabeza en las nubes.

Es interesante la equivalencia que hacían los poetas antiguos de los síntomas del amor con los de una enfermedad ("morbus amoris" ) La verdad es que, según el caso, no estaban muy desencaminados jejeje

- Cuando Hermes habló con Eros en "Giver of Joy" dijo, en broma, que sería muy divertido que Ares se enamorara de un hombre. Pese a las preocupaciones de Shion, obviamente no fue a propósito.

- A propósito de Eros, es obvio que aquí aparece como adulto durante todo el fic. De lo contrario, una escena que lo involucra más adelante sería algo incómoda.

- En la Ilíada, en los himnos homéricos y en la Teogonía de Hesíodo, Athena recibe el curioso epíteto de Tritogenia, cuyo significado exacto no está claro. Parece significar «nacida de Tritón», indicando quizás que este dios marino era su padre según algunos antiguos mitos, o menos probablemente que nació cerca del lago Tritón en África. Otros derivan este epíteto de una antigua palabra cretense, eólica o beocia, " τριτώ", que significa 'cabeza', por lo que el epíteto sería 'nacida de la cabeza', y otros creen que tenía la intención de conmemorar la circunstancia de haber nacido en el tercer día del mes 'nacida tercera'