Capítulo 4
Coloquio
La esposa de Zeus esbozó una sonrisa tranquilizadora mientras tendía la mano y doblaba las piernas para tomar asiento grácilmente en la hierba. El sol hizo relumbrar las joyas y la amplia corona.
Athena la imitó con la desconfianza tiñendo sus ojos azules. Se miraron por espacio de unos segundos que parecieron eternos.
— ¿Y bien?,—escupió con más rudeza de la pretendida. — ¿Qué es eso que tanto te urge?,—suavizó el tono un poco.
— ¿No te has preguntado qué le pasa a tu hermano últimamente?,—tanteó con tono cauto.
— Sin duda es extraño lo que sucede con Ares, pero confío que no será nada enojoso. Me extraña que estés tan pendiente de él.
—Después de todo, es mi hijo. No puedo ignorarlo si está sufriendo.
— ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Todo. Porque indirectamente está sufriendo por tu culpa.
Athena enarcó la ceja.
— ¿Y esto por qué?
— ¿Me prometes que vas a escucharme sin interrumpirme?
—De acuerdo, lo prometo. Te escucharé sin rechistar. Dime qué es lo que sucede.
—El asunto es éste: El día que subiste al Olimpo lo hiciste con tu santo de Libra. Si no me equivoco, mi hijo estaba descansando no muy lejos de ahí. ¿Es correcto?
La virgen guerrera entrecerró los ojos ya sospechando dónde quería ir a parar.
— ¿Quieres decir…? Ese bribón de Eros…
—No, no te enojes con el niño. No lo ha hecho adrede. Más bien habría que alabar su pronta acción, que ha evitado un desastre mayúsculo.
— ¿Desastre mayúsculo?
—Imagino que sabes muy bien que aquellos flechados por las flechas de Eros se enamoran de la primera persona que observan sus ojos luego del impacto. Si Eros no se hubiera interpuesto, los ojos de Ares se habrían fijado en ti. ¿Vas a negarme que eso no hubiera sido un gran desastre?
Athena se mordió el labio, pensativa.
—Sí…tienes razón. Sí, hubiera sido problemático.
—Sé que no te agrada, y lo comprendo. Demasiadas cosas han pasado entre vosotros. Y sabes el carácter de Ares y el tipo de amor que le gusta. Y es posible que quieras proteger a tus santos, ellos son como tus hijos. ¿Pero no te parece curioso que no haya hecho movimiento alguno? Si hubiera querido, ya habría reclamado a Dohko para sí. Pero está siendo cauto, y por eso está sufriendo de nostalgia amorosa y eso le está doliendo más de lo que pensó. Necesita estar con Dohko. Pero tiene miedo de tu reacción. Por eso no se ha acercado de manera tangible a Libra. También su orgullo le impedía explicártelo él mismo.
Athena se quedó en silencio pensando.
—Entiendo. Imagino que a Afrodita no se le ha escapado esto tampoco, ¿es así?
—No he hablado con ella, pero no es de extrañarse si lo supiera. Aunque quizás no resulte un problema. Sabes que nunca hace nada que pueda herir a Ares, aún estando celosa.
— ¿Y mi padre está enterado?
Hera arrugó el entrecejo.
—Que yo sepa no, pero acabará por enterarse. Sobre todo, si Hermes abre la boca. Me preocupa.
— ¿No creo que llegue a mofarse o sí? Después de todo debería saber muy bien lo que significa tener un amante varón.
—Por ese lado tal vez sí. Pero me preocupa que no lo crea posible. Después de todo Ares nunca se ha enamorado de ningún hombre antes.
—Bueno, esa también es una posibilidad, —admitió pensativa. —Pero hasta él sabe ser serio cuando la ocasión lo amerita.
—Esperemos que así sea, —concedió. —Se levantó con gracilidad. —Si no sabías esto puede que tampoco Dohko te haya dicho nada puede que él también ignore lo que sucede, o qué tenga miedo de tu reacción. Dudo que sea lo primero, pero siempre está la posibilidad.
—No sé si agradecerte, —admitió. —Aunque mi Santuario parece que se está volviendo un lugar de cortejos.
Hera se rio por lo bajo.
—Bueno, tus santos son guapos. No puedes culparlos. Aunque puedes agradecerle a Zeus por empezar la tendencia, —suspiró.
—Sí…eso creo, —suspiró a su vez. — ¿Te vas ahora?
—Ya he cumplido con mi cometido. No puedo ordenarte qué hacer, pero sentí que era mi deber informarte de la situación. Aunque, —admitió con cierto retintín, —vamos a ver cómo manejas el asunto.
Cuando se quedó sola, apretó las manos convulsamente sobre la falda. El miedo que había mantenido cuidadosamente a raya se enseñoreó de ella y su cuerpo empezó a cubrirse de un sudor frío.
¿Porqué a ella? ¿Porqué Ares? ¿Porqué sus santos?
Si era cierto que el dios estaba realmente enamorado de Dohko, no había peligro alguno, porque sabía cómo trataba a las personas que amaba. Pero tenía sus dudas. Tampoco creía que Hera le estuviera mintiendo, se estaría tomando muchas molestias al ir a informarla si no fuera cierto.
De lo que tenía miedo era de la falta de experiencia de su hermano en cuánto a cuestiones homoeróticas. No quería bajo ningún concepto que Dohko saliera lastimado.
Apretó los labios, nerviosa.
Se levantó como un autómata, con la cabeza en otra parte. Cuando llegó a la altura del templo de Virgo, soltó un gran suspiro.
Entendía perfectamente lo que había dicho Hera, y en el fondo lo agradecía, ya que por causa de aquellos sentimientos era todavía más improbable que sus hermanos se pusieran en contra suya. Al menos no mientras sus enamorados viviesen.
Pero Ares…
Algo en su interior siempre la hacía ponerse alerta cuando se trataba de él, y aquella incomodidad persistía, aunque el dios tuviera buenas intenciones (lo que no era muy frecuente) Pero si Hera se había metido, significaba que la estaba pasando bastante mal. Y eso tampoco era bueno.
Siguió mordiéndose el labio inferior pensativa.
Sin duda, estaba siendo cauto debido a ella y si no se había presentado ya en el Santuario exigiendo ver a Dohko es porque no quería causar problemas. Pero lo conocía bien y sabía que la paciencia no era su fuerte. Así que tarde o temprano iba a explotar.
Luego pensó en Dohko. ¿Quizás ya le habría dicho algo a Shion? Si ése fuera el caso, quizás fuera más factible hablar con el Sumo Sacerdote que con el mismo santo de Libra. Y a su hermano…prefería no confrontarlo hasta que se tranquilizara, o podría saltarle encima como un lobo rabioso.
—Señorita Athena…, —la voz etérea del santo de Virgo la sacó violentamente de sus reflexiones y se llevó la mano al pecho con sobresalto, mientras Shaka se disculpaba por asustarla.
— ¿Qué es lo que sucede, Shaka?,— preguntó con voz ahogada.
—No es nada, —aseguró con tranquilidad. —Solo puntualizaba que os veo algo intranquila.
—No es nada, —repitió a su vez. —Solo estaba distraída, eso es todo.
El sexto guardián solo sonrió con tranquilidad sin agregar nada más y la dejó continuar sin preguntarle nada más.
Los pasos de la diosa resonaron en el vacío templo de Libra. Aquello la puso alerta. No quería toparse aún con Dohko y que éste la viera en semejante estado de ánimo. Sabía que si percibía la más mínima duda, el más leve temor, la respuesta que le diera al dios de la guerra (si es que no se la había dado ya) sería negativa. Y aquello desencadenaría una catástrofe de proporciones épicas.
Recordaba muy bien, como si no hubieran pasado los siglos, la virulenta reacción de Ares cuando se le había comunicado el matrimonio de su amada Cipris con el poco agraciado Hefestos. Aquellos labios broncíneos se habían torcido en una mueca horriblemente macabra y si hubiera podido escupir veneno lo habría hecho. Los ojos de ébano habían ardido alimentados por una furia enloquecida y el pecho había dejado escapar un rugido avasallador.
Estaba segura, de con ello también había querido ocultar un tremendo dolor, para nadie era un secreto el amor que ambos se profesaban mutuamente. Pero el orgullo del que tanto hacía gala prefería dejarlo exteriorizar enojo para no parecer débil.
Estaba segura de que en este caso sería igual o peor. Claro que sería peor. ¿Cómo no podía serlo cuando le había permitido a Apolo visitar el lecho de Mu? ¿Cuándo Hermes se entretenía en los regazos de Shion? ¿Cuándo había notado el interés de Cytherea en Afrodita y no pensaba impedirlo? Se sentiría herido, se lo tomaría personal y entonces, se desataría un infierno.
Suspiró de nuevo, esta vez algo molesta. ¿Porqué tenían que pasarle a ella esas cosas? Amor. Resopló con cierto desprecio. ¡Cuántos problemas causaba ese funesto sentimiento!
Siguió subiendo sin detenerse hasta el Templo Mayor. Su pulso tembló cuando se cruzó con Dohko, pero el santo de Libra se mantuvo en silencio, no queriendo atraer sobre sí la atención de la diosa todavía.
Athena abrió la puerta del salón principal. No reaccionó apenas al ver a su hermano detrás del trono, con los brazos alrededor del cuello del Sumo Sacerdote, el cuál apartó los papeles que tenía inmediatamente, en señal de atención.
El mensajero divino se separó de Shion en silencio y desapareció en el aire sutilmente.
La diosa esperó un poco, para asegurarse de estar completamente a solas con el ariano. Avanzó con majestuosidad hasta el trono y se sentó con soltura en un taburete a los pies del regio asiento, ignorando las protestas de Shion, que insistió en darle el trono y sentarse él en el taburete.
—Mi madrastra vino a verme hoy, —informó solamente, poniendo a Shion sobre aviso de manera inmediata.
— ¿Y qué ha sucedido?,—quiso saber.
—Me ha informado que mi hermano está enamorado de Dohko, —torció la boca. —Solo eso me faltaba.
El ariano contuvo un suspiro que pugnaba por salir de su pecho.
—Dohko me ha dicho algo hace un momento. Está preocupado, —añadió astutamente.
— ¿Sobre qué?,—preguntó como quién no quería la cosa.
—Sobre eso que usted menciona. Dice que el dios envió a Morfeo el otro día, —contuvo la imperiosa necesidad de encogerse de hombros.
La diosa arqueó las cejas con sorpresa. Entonces Ares ya había hecho un movimiento para acercarse a Dohko. Pero había sido cauto, dentro de lo que cabía. Se llevó la mano a la barbilla, pensativa. No dejaba de hallar similitudes entre la vez que Afrodita había tenido que casarse con el inclícito Cojo y esta. Aquella vez también había sido extraordinariamente cauto…hasta que Alectrión se había dormido y se había desatado el desastre, pues Helios había visto a los dos amantes, acusándolos a continuación con Hefestos.
Esta vez, el dios de la guerra también había buscado aliados que lo ayudaran a acercarse al ser amado. Pero esta vez había optado por un acercamiento menos físico y que corría menos riesgo de ser estropeado. Tenía que admitir que era poseedor de una particular inteligencia de la que sabía sacar provecho cuando lo necesitaba.
— ¿Entonces ya Dohko sabe las intenciones de Ares? ¿Porqué está preocupado?
—Teme vuestra reacción, —reconoció Shion.
—Ya veo. No hablaré con él en este caso, no lo veo necesario. Sí me interesa, sin embargo, hablar con mi hermano, pero lo haré una vez que se haya tranquilizado. No es prudente hacerlo ahora. ¿Sabes si ya ha hablado con Dohko?
—Él mismo creo que no. Dohko me dijo algo de un plazo de una semana o algo así.
—Bueno, en ese caso solo resta esperar.
— ¿No tiene objeciones?,—se interesó Shion.
—Aunque las tuviera, no sirven de nada. No sirvieron con Apolo, tampoco con Hermes y ahora que Ares está distraído con Dohko, no van a servir con Cipris, una vez que se acerque a Afrodita. Y si se las pongo a él será capaz de enfurecerse porque se lo tomará personal. Prefiero dejarlo que se calme.
Shion parpadeó.
— ¿Qué Afrodita…?,—balbuceó.
—Era un riesgo de llevarlo arriba, pero ella me lo pidió, —suspiró. —Necesitaba su ayuda para deshacerme de Enyo, pero no quería dejar a sus hijos desprotegidos. Así que cuando me pidió a Afrodita para que la ayudara no me quedó otra opción. La gran ventaja es que con esos dos no habrá tantos problemas. ¿Ahora quién seguirá?,—suspiró.
—No se agobie antes de tiempo señorita, —le aconsejó. —Tal vez sus temores sean infundados. Además, nadie quiere preocuparla, —aseguró. —Si eso quisiera, ya habría hecho un escándalo, reflexionó. —La cautela debería ser tomada como una muy buena señal.
—Supongo que tienes razón, —se levantó mientras se alisaba el peplo. Y en vista que todos la están tomando, será mejor que yo lo sea también y los deje ser.
— ¿Y a Dohko qué le digo si me pregunta?
—Dile que no se preocupe tanto. Que si eso sucede puede ser contraproducente.
—Está bien, —asintió, aunque estaba un poco escéptico mientras veía a la diosa alejarse en dirección a las dependencias interiores del templo. Apoyó la cabeza en la mano. — Qué problemas.
Las antorchas que iluminaban la gruta derramaron su luz sobre la figura que caminaba despacio en el pasillo dibujando aterradoras sombras en las paredes. Avanzó despacio y con parsimonia hasta toparse con la figura de un hombre que estaba de espaldas a él. Un ladrido corto y seco se dejó escuchar llamando la atención del que se encontraba de espaldas.
— ¿Quieres tomar una forma más accesible? Así no podemos conversar, querido hermano.
La figura lupina dejó escapar una carcajada seca y se irguió. El pelaje negro retrocedió dejando paso a una piel de relumbrante bronce y los ojos ambarinos se oscurecieron hasta cubrirse de tinieblas.
— ¿Así está mejor, hermano?,—la ironía tiñó su voz.
— ¿Qué es lo que quieres, Ares?,—contra preguntó mientras daba la vuelta en dirección al oráculo.
—Tú sabes qué es, —expresó con peligrosa suavidad.
Apolo entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rendijas.
— ¿Por qué has acudido a mí? Soy quizás el menos indicado para darte consejos en cuestiones del amor. No ha sido amable conmigo.
—Porque tú eres el único que me creería.
— ¿Estás seguro de ello?
—Nadie me ha creído hasta ahora. No es que se lo haya dicho a muchas personas, —gruñó. —Pero he notado su escepticismo. No es tan difícil de figurar el porqué de mi inquietud. Pero Iris se ha hecho la sorda y estoy seguro de que Athena llegará a pensar que seré tan bruto como para dañar a Dohko. Además…solo a ti te ha sido lo suficientemente grosero Eros como para que entiendas cómo me siento.
Febo arrugó levemente el entrecejo mientras miraba con atención a su hermano. Le fue demasiado sencillo identificar las señales de los estragos que producía el amor, lo cuál no dejaba de ser curioso en Ares. Le colocó la mano fraternalmente en el hombro.
— ¿Ya has hecho algún acercamiento hacia Dohko por lo menos?
Apartó la mirada, repentinamente incómodo.
—Pues…de cierta manera sí.
—Entonces ten paciencia. Ya llegará tu momento a solas con él. Pero si te trae algo de consuelo, no te dirá que no. No puede. Ninguno de ellos puede. Tienen demasiado miedo de perjudicar a Athena si se niegan, —se inclinó fraternalmente sobre Ares. —Quizás te topes con un poco de moralinas al principio, pero si eres lo suficientemente convincente, eso no importará.
Una imperceptible arruga se formó en la nariz de Ares.
— ¿Convincente?
—Es comprensible que tengas dudas de ello, pero lo único que tienes que hacer es dejarte llevar. En ese sentido no es diferente a abordar a una mujer. No pienses en nada más. Solo déjate llevar. Como lo haces con Afrodita. Además, tú tienes una ventaja que nosotros no.
Ares parpadeó perplejo.
— ¿Una ventaja…que ustedes no tuvieron?
—Athena, —su tono se volvió confidencial. —No llegará a molestarte con advertencias moralistas. Tendrá miedo de tu temperamento y de que despellejes a Dohko si te hace enojar. Probablemente espere a que estés contento con el tigrillo para abordarte, y eso puede ser muy divertido.
Los labios broncíneos se fruncieron hasta formar una línea rígida.
—Solo piénsalo, —lo guió el hijo de Leto —De cierta manera el que tiene el control aquí eres tú, y ella debe saberlo o ya habrías tenido que rendirle cuentas. No, ella sabe que contigo no puede hacer lo que con nosotros. Supongo que por eso tu madre anda tan pagada de sí misma por ahí.
— ¿Mi madre?
—Ya sabes cómo le gusta molestar a Athena. Te aseguro que esto la divierte enormemente. Y debería divertirte a ti de igual manera. Solo piénsalo. Entre más cerca estés de Dohko, más la molestará. ¿Me vas a negar que el no tener a Palas encima de ti no te es un alivio?
—Quizás tengas razón, —admitió, mientras su labio superior se curvaba imperceptiblemente. —Puedo sacar provecho de esto.
—Así que ya deja de lamentarte. No dejes que te gane la melancolía. Al contrario, úsala a tu favor. Porque te aseguro que así disfrutarás más el estar con Dohko.
— Trataré de seguir tus consejos, querido hermano. Tus confidencias ya han tranquilizado en gran medida mi espíritu.
Apolo sonrió con autosuficiencia.
—Anda, ve con tu tigre. Alivia tu melancolía. ¿No es lo que quieres?
—Ya cállate, —su labio se elevó con anticipación.
—No pareces querer que me calle.
—Que te calles. Necio. No todo gira en torno a ti.
Esta vez la carcajada fue más abierta y reverberó entre las paredes de roca mientras veía cómo se iba.
Una vez que el sol bañó de nuevo su rostro se quedó pensando detenidamente en lo que había hablado con su hermano.
En efecto, ya no servía de nada preocuparse porque el final del plazo que le había dado a Dohko y sería hora de poner las cartas sobre la mesa. Su vientre se calentó al pensar aquello, mientras el viento de Delfos revolvía sus cabellos con brusquedad. Se acercó hasta la fuente Castalia.
Las aguas reflejaron un rostro de expresión orgullosa y altiva cuyos labios estaban, sin embargo, desprovistos del usual rictus cruel, dándole un aire mucho más amigable a su rostro.
Si se mirara más a menudo al espejo se daría cuenta que aquella expresión adornaba su rostro con más frecuencia desde que se enamorara de Dohko. De alguna manera la ansiedad no resultaba tan molesta. ¿Sería porque ya no tendría que esperar mucho más?
Lo fundamental era quizás garantizar absoluta privacidad porque no se sentía cómodo con la posibilidad de poder ser interrumpido.
Aunque ya no tenía cabeza para planear nada más. Quizás sería mejor dejar para otro momento. Ya tendría tiempo luego. Se sentó en las ruinas un momento, pensativo. Sus dedos trazaron líneas sobre el polvoriento suelo délfico.
Tenía que admitir que le encantaba la atmósfera de aquel lugar, aunque no lo frecuentase a menudo por respeto a su hermano. Quizás se quedaría por ahí el tiempo que restaba para el cumplimiento del plazo. De todas formas…los lobos eran más que bienvenidos en aquel lugar. Se encorvó mientras dejaba que la forma lupina moldeara su cuerpo. Se estiró espontáneamente y bostezó con pereza.
Mientras, en otro sitio, la diosa de la belleza se acodaba en la balaustrada de su palacio, girando una rosa entre sus dedos.
Tenía que admitir que le gustaba la libertad que suponía no tener cerca al hijo de Hera. Así tal vez no tendría tantos problemas al acercarse al hombre que tanto deseaba. Aunque por supuesto, tampoco iría a hacer nada imprudente.
Se levantó con soltura y se encaminó al cuarto de baño. Las ninfas se apresuraron a ayudarla con el aseo.
Lavaron y perfumaron su blanca piel, y deslizaron el regio peplo sobre su voluptuosa anatomía, cepillaron sus abundantes cabellos hasta que desprendieron hermosos brillos rojizos y los dejaron sueltos sobre la espalda. Engancharon aúreos pendientes en las suaves orejas y adornaron el esbelto cuello y las finas muñecas con brillantes joyas.
Las doncellas levantaron suavemente sus brazos y engarzaron a su cintura el célebre cinturón que la hacía irresistible a cualquier hombre que la mirara.
Se miró largamente girando la cabeza desde todos los ángulos y se acercó al espejo enredando coquetamente un rizo travieso que se escapaba del pasador que sujetaba sus cabellos.
—Estáis bellísima, mi señora, —le aseguraron las ninfas. Ella hizo un gesto silencioso indicándoles que se marcharan. Esperó unos segundos después de que la puerta se cerrara y desapareció en dirección a su destino.
El santo de Piscis se acostó relajadamente entre las rosas que rodeaban la parte trasera del templo de los Peces Gemelos. Arrancó una rosa distraídamente y se la llevó a la nariz.
De repente, sintió un aroma dulzón y fuertemente atractivo que lo hizo volverse sobre su estómago con intriga.
Cuando vio a la diosa parada delante de él se levantó de un salto e inmediatamente posó una rodilla en tierra y le tomó la mano depositando un beso en su dorso.
—Mi señora Cipris, —murmuró casi susurrando. — ¿Qué es lo que os trae hasta aquí?
Las palabras de la hija de Urano cayeron sobre él con la pesadez y el impacto de una losa y congeló sus labios a medio camino de separarlos de la mano divina.
—He venido por ti, Afrodita de Piscis. Tú serás mi amante.
N/A:
En mi fic Χρυσό και Θεοί fue dónde empezó toda esta aventura de emparejar a los goldies con los olímpicos. Empezando con Mu y Apolo. Durante este fanfic, Zeus tuvo un encuentro íntimo con Aiolos. A eso se refiere Hera. (Aunque en ese caso fue algo de una sola vez ) También fue aquí dónde surgió la idea de emparejar a Afrodita con la diosa de la belleza.
Cytherea ( gr. Κυθερεια ) "de Citera" Epíteto de Afrodita.
Apolo es, quizás, el dios olímpico que más mala suerte ha tenido en cuestiones amorosas. Lo cuál es ciertamente paradójico, porque cuando estaba en pareja era conocido por ser un amante muy bueno y consentidor con la persona amada.
Aunque muchos ignoran esto, Afrodita y Ares ya estaban juntos ANTES de que Hefestos la reclamara como su esposa. Esto la ofendió profundamente y por eso nunca quiso subir al lecho de su marido, si no que siguió buscando a Ares, al cual ella ya había elegido desde antes.
En mi headcanon, Afrodita adora todo lo relativo a la diosa con la cuál comparte el nombre. Incluso teniendo réplicas de estatuas suyas en su templo. Partiendo del hecho de que Kurumada lo relacionó estrechamente con la misma, también he dotado al duodécimo guardián del mismo espíritu libre, la misma sensualidad y el mismo misticismo que tiene ella. Esto es lo que dará a pie al interés mutuo entre ambos
