Capítulo 5

Rodas

El santo de Piscis se quedó estático un momento por efecto de la estupefacción. Luego levantó su mirada hacia la diosa con las pupilas azules llenas de preguntas. La diosa lo entendió así y dobló las piernas con gracilidad.

El santo se alejó automáticamente intentando guardar una respetuosa distancia, pero intentando no parecer maleducado.

—Desde la primera vez que te vi me fascinaste porque no creí que todavía existieran hombres con ese tipo de belleza, o al menos no que yo supiera. Así que me dediqué a investigar y así me di cuenta de que tú y yo éramos más semejantes de lo que creí. Tenías que ser mío, una belleza como la tuya solo podía equivalerse a la mía. Además, comprobé de primera mano que no solo eras bello sino también inteligente, culto y un letal guerrero. —se le acercó mimosa y se recostó sobre él. —Algo así tenía que aprovecharlo. Pero no podía mientras estuviera con Ares, porque es muy celoso y me preocupaba que te hiciera daño. Pero ahora que está distraído no podía dejar pasar la oportunidad, —se separó de él y se quedó sentada sobre los talones mirándolo con regia coquetería.

Afrodita parpadeó, perplejo. No podía negar que se sentía enormemente halagado de ser objeto de las afecciones de la diosa, aún si era solo para disfrute sexual. Era como si sus más locas fantasías se estuvieran haciendo realidad. Sus labios se estiraron en una deslumbrante sonrisa y le ofreció una rosa, de un profundo color rojo.

—Es un grandísimo honor que me hagáis dicha petición, mi señora. Solo hay una pregunta que debo haceros.

—Dime, querido Afrodita, —se estiró de nuevo con sensualidad hasta que su rostro quedó a centímetros del del guerrero sueco.

—Aunque Ares esté ocupado, ¿eso no significa que os habéis distanciado o me equivoco?

—No debes preocuparte, es por eso por lo que no me había acercado aún a ti. No sabía cómo sin causar una catástrofe. Debo advertirte, sin embargo, que no porque te quiera significa eso que deje de amar a Ares. Debes tener eso muy en cuenta si quieres que funcione.

—… ¿de la misma manera en que Ares no dejará de amaros, aunque esté con alguien más?

Los ojos de la diosa brillaron con aprobación.

—Veo que tienes las cosas muy claras mi bello príncipe. ¿Entonces estás dispuesto a irte conmigo?

Afrodita sonrió.

—Esa es la única petición que me será imposible cumpliros. Mi deber está aquí como santo de Athena. Debo proteger este templo con mi vida. Sobre todo, yo que soy el último… Es mi deber, —susurró, frotando el pétalo de una rosa contra sus dedos.

—De acuerdo, mi príncipe. Aunque no creo que a tu señora le guste que sea aquí, —insinuó relamiéndose con coquetería.

Él sonrió.

—No tiene porqué saberlo, —sonrió. —Además, ya deja que los demás lo hagan en sus templos, porqué tendría que ser yo una excepción.

—Eres travieso, Afrodita.

El santo de Piscis guiñó los ojos con picardía.

—Supongo que lo aprendí de alguien, —insinuó.

La risa musical e insinuante de la diosa se dejó escuchar mientras se levantaba con cuidado.

—¿Entonces eso es un sí a mi petición?

El sueco se inclinó con galantería y le ofreció una rosa de un color profundamente rojo. Retiró la rosa y se fue apresuradamente hacia dentro del templo. Cuando volvió extendió la mano con decisión. La diosa extendió la mano y recibió la aterciopelada manzana con una sonrisa.

—Quizás esto es una respuesta más clara que una rosa.

—En efecto lo es, mi príncipe. Eres tan galante como de costumbre, —hizo hervir el deseo fugazmente en su cuerpo. Él se estremeció visiblemente y sus mejillas se colorearon de rosa. —Volveré pronto, —le prometió besándolo en la frente.

Por algún motivo, decidió cruzar el templo en lugar de subir desde allí mismo hacia el Olimpo. Una sonrisa sesgada partió sus labios al contemplar la Venus de Milo que adornaba el vestíbulo del templo. Cuando sus ojos se apartaron de la estatua se topó con los ojos azules de la hija de Zeus, la virgen guerrera. No pudo evitar envararse un poco.

—Athena…

—¿No has podido aguantarte, ¿eh?,—su voz se tiñó de un tono duro y acusatorio. —Debí suponer que vendrías corriendo apenas Ares se distrajera con algo más.

—¿Acaso es algo malo?

—No en sí. De hecho, debí imaginarlo, —suspiró.

—Tus santos son dignos amantes de los dioses querida Athena, — se volvió con cierta condescendencia. —No debería extrañarte.

—Pero nunca ha pasado así. No en masa.

—Esta generación es distinta, y por eso ha suscitado curiosidad en los dioses. No olvides que fueron capaces de destruir el Muro de los Lamentos. Aunque si alguien tiene la culpa de esto es tu padre por haber iniciado todo esto con el santo de Sagitario. Si él no se hubiera interesado en Aiolos, Apolo no se habría acercado a Mu. Fue una reacción en cadena. Y no creo que esté cerca de terminar.

—¿Por qué no? Ya los que podíais representar un problema os metéis con ellos.

—Te olvidas de alguien, querida. Tendrás que cuidar más al menos a uno más.

—Nadie más podría…oh…, —cayó en la cuenta. —Pero lo conozco.

—Si lo conoces, sabrás que no podrá resistir la curiosidad de ver por sí mismo porqué tus santos son tan atractivos para los inmortales. Y si le gusta alguno…

—Veo que no ha titubeado demasiado, —suspiró refiriéndose a la manzana entre los rosados dedos de la otra diosa.

—Es inteligente, —aprobó. —Sabe que no le conviene hacerse del rogar. Ahora deberías preocuparte más por el tigrillo que por el pececillo, —recomendó antes de desaparecer dejando tras de sí un penetrante aroma a rosas.

Athena suspiró. Cuando salió al jardín, el santo de oro le hizo una reverencia cortés como de costumbre. Pero no rehuyó su mirada ni bajó la suya como Mu, ni fingió que nada había sucedido como Shion o la evitó como Dohko. Simplemente parecía una advertencia gentil de que no pensaba esconder la situación en lo más mínimo.

Dudó si acercarse a él o no. Sabía que Afrodita jamás se rehusaría a darle explicaciones. Pero lo conocía y algo le dijo que era mejor no oír la confirmación de lo que tenía en la cabeza de boca del pisciano, que de repente parecía extrañamente contento.

Ella misma les había permitido tener una relación sentimental. Ahora tendría que atenerse a las consecuencias. Sabía que tanto Hera y Afrodita de alguna manera se habían anticipado a sus acciones y ahora la habían conducido a un callejón sin salida

Pero ciertamente ahora lo que más le preocupaba no era un hipotético romance entre otro de sus santos y alguno de sus hermanos, sino el eventual encuentro entre Ares y Dohko.

Seguía pensando que lo mejor era no intervenir hasta estar segura de que todo estaba en su lugar. Era lo más prudente.

El silencio del templo de Libra se vio roto por las pisadas ansiosas de su guardián. Dohko caminaba de un lado a otro con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en el piso.

Se debatía entre si pedirle consejo a Shion o arriesgarse a decirle a alguien más y recibir burlas. Aún no estaba seguro si decirle a algo a alguien más, pero era claro que tampoco sentía que Shion se estuviera tomando aquello muy en serio.

Podría decírselo a Mu…pero no quería preocuparlo. Tampoco creía que resolviera mucho irse a Lu Shan. Preocuparía a Shiryu sin motivo. Y no serviría de nada. Estaba seguro de que el dios lo seguiría hasta el fin del mundo.

Arrastraba los pies sobre el piso casi sin ganas. Zeus, ¿por qué a él?

Después de estar un buen rato dando vueltas como un tigre enjaulado decidió bajar a ver si Mu estaba en su templo. Ya era demasiado. Y tenía que admitirlo, no tenía ni la más mínima idea de qué hacer.

Y eso no podía seguir así.

Bajó hasta el templo de Aries despacio. Hizo tentativas de devolverse un par de veces sin estar seguro. Pero al final decidió que lo mejor era coger al toro por los cuernos de una vez por todas.

Encontró a Mu sentado en la cocina con una taza entre las manos. El santo de Aries se levantó al verlo.

—¡Dohko! ¿Qué se te ofrece?,—preguntó con tono jovial.

—Eh…yo…, —retorció las manos con nerviosismo…—…necesito un consejo.

—Claro…dime de qué se trata.

—Eh…no sé por dónde empezar….

—¿Tiene que ver con el hecho de que estés comportándote tan raro últimamente?

El santo de Libra esbozó una sonrisa nerviosa.

—Ehm…algo. Supongo…, —se aclaró la garganta.

Mu entrecerró los ojos con sospecha. No era normal ver al siempre ecuánime Dohko tan nervioso.

—¿En qué lío se metió, maestro?

—¿Yo? No, en ninguno. Creo…, —volvió a aclararse la garganta y corrió una silla para sentarse. —Es una situación algo complicada, pero no creo que sea un lío. No, un lío no…

—¿De qué se trata?,—inquirió Mu tomando un sorbo de té.

—Ares.

Mu se atragantó con el té.

—¿Cómo?,—se limpió la boca con una servilleta, temiendo haber oído mal.

—Ares, —confirmó Dohko con pesadumbre. —El problema fue…cuando fui con la señorita al Olimpo. Sospecho que Eros hizo una de sus jugarretas. El problema es…que el dios me dio un plazo. Y la verdad, no sé cómo reaccionar. Digo, ¿qué harías tú si el dios de la guerra se te declara?

Mu volvió a atragantarse.

—Ya…

El silencio crujió horriblemente.

—Entiendo que el problema es…que no sabes cómo reaccionar. ¿Mi maestro no te ha dicho nada?

—Shion está enojado porque no me tomé en serio lo suyo con Hermes y me lo está cobrando. Así que lo sabe…pero dudo que me ayude. Y si le digo a alguien más, bueno…no es una buena idea.

—¿Acaso has pensado en negarte?

—Lo he pensado, sí. Pero tengo miedo de las consecuencias. Los dioses pueden ser crueles. Si solo la tomara conmigo creo que no habría problemas. Pero ella no lo permitiría y Ares no desperdiciaría la oportunidad de crearle problemas.

—Es una actitud razonable. Diría que no tendrías motivos para preocuparte…ni Apolo ni Hermes han demostrado querer jugar con nosotros. Pero ellos no tienen una tercera en discordia, ¿cierto? Afrodita. ¿Es eso quizás un motivo?

—No lo había pensado, —se rascó la cabeza.

— ¿Tienes miedo de que no sea sincero?

—Bueno…

—Te diría que lo mejor sería que se lo preguntaras a él. Yo lo hice, —se encogió de hombros. —Aunque te diría que no te confíes. De seguro eso no significa que se olvidará de la diosa. Eso sí, te recomendaría que lo alejaras del Santuario. No quiero ni imaginar lo que sucederá cuando esto se sepa.

—¿Alejarlo?

—Sí, no sé, llévatelo a Lu Shan o a algún otro lugar. Estoy seguro de que eso hará que baje la guardia. Me imagino que es parte del motivo por el cual no ha asomado la cara todavía.

—Supongo que no todo puede ser tan terrible, ¿o sí?

—No, no lo creo. Mira., —le agarró las manos para asegurarse de que le estaba poniendo atención. Los ojos carmesíes de Dohko se fijaron en los azules de Mu, —…en realidad mucho más no puedo decirte. Es distinto de Apolo. Lo único que sí puedo decirte es que no te guíes por moral alguna. Los dioses están por sobre eso. Y no les gusta que te aferres a ello, sobre todo cuando se trata de una manera de evitar una relación con ellos.

—Entiendo. ¿Entonces solo debo esperar?

—No te rompas demasiado la cabeza, —le aconsejó. —Es lo mejor.

—Es lo que he estado haciendo, — una débil sonrisa se formó en sus labios.

—Eso está muy bien. ¿La señorita Athena no te ha dicho nada?

—No…Creo que está esperando a ver qué sucede. Tampoco le he dicho yo nada

—Prudente, sin dudas. Conoce el carácter de su hermano. Pero mentalízate de que tendrás que hablar con ella. No te escaparás. Tanto a mí como al maestro nos ha preguntado, así que…

—Lo sé. Pero primero lo primero.

—¿Cuándo te hará la visita?

—Dentro de poco. Me dijo que en una semana. Así que tarde o temprano aparecerá por aquí.

—Recuerda, no hagas ningún escándalo. Le gustará y se pondrá de muy buen humor. Y si se pone de buen humor…Quizás puedas alejarlo también de los templos. O del Santuario. Aunque tendrías que pedirle permiso al maestro para ello.

Dohko guiñó un ojo.

—Prometo contarte en qué termina todo.

—No te apures, —un brillo picarón iluminó su mirada. —Disfrútalo, ¿quieres?

—¿Disfrutarlo? Ya claro.

—¡Dohko!

—¡Era broma, era broma! Lo intentaré. Pero no prometo nada.

— No hagas una estupidez…

El santo de Libra se llevó la mano al pecho de manera dramática y compuso una expresión de falsa ofensa.

—¿Yo, estupideces? ¡¿Cómo se te ocurre?!

Mu soltó una carcajada.

—Mi error, —contestó entre carcajadas. —Mi error.

El séptimo guardián salió del templo de Aries de bastante mejor humor que como había entrado.

Tras unos momentos de reflexión, subió hasta su templo

No era buena idea llevárselo a Lu Shan estando allá Shiryu y si alguien los veía en algún lugar del Santuario o fuera de él iba a tener muchos problemas. Así que decidió que lo más prudente sería decirle a Shaka y a Milo que no lo molestaran. El prudente santo de Virgo probablemente no pondría traba alguna. Pero el santo de Escorpio era harina de otro costal.

Solo le quedaba rezar porque a Milo no se le ocurriera hacer alguna estupidez de las suyas.

La noche fue cayendo sobre el Santuario con rapidez, más rápidamente de lo que a Dohko le hubiera gustado. El tiempo, que nunca había sido un problema para él, de repente parecía haberse puesto en su contra. Las horas pasaron con lentitud mientras todo a su alrededor iba quedándose en silencio. Las luces de los templos fueron apagándose una tras otra.

Tras apagar las del suyo encendió una vela. La llama bailoteó traviesa trazando figuras caprichosas en su torso y haciendo que los ojos del tigre que tenía tatuado en la espalda brillaran misteriosamente. Dudó un momento sobre si ponerse la armadura de vuelta, pero descartó la idea al darse cuenta de que podía ser tomada equívocamente como una declaración de guerra.

Entonces, cuando las agujas del reloj ya estaban peligrosamente cerca de la media noche…lo notó.

Aquella energía le resultaba levemente familiar, pero esa vez no era violenta y desatada si no todo lo contrario. Como si el hijo de Zeus no quisiera llamar la atención. Sus músculos se tensaron imperceptiblemente.

No tenía ni idea alguna de cómo se iba a presentar ante él la deidad. Y aquello no lo tranquilizaba en lo más mínimo. Porque sabía que iba a ser una presentación fiel a su personalidad.

Recordaba demasiado bien al bello y orgulloso cisne que anduviera detrás de Mu en el Monte Olimpo y al que todavía era posible ver a veces rondando el templo de Aries. Las jugarretas del travieso Argifontes habían tenido al Sumo Sacerdote jalándose los pelos por un tiempo. Y no le hacía gracia la idea de morir de un infarto. No creía que estuviera en los planes de Ares matarlo del susto.

Entonces, justo cuando las campanas del reloj empezaron a dejarse oír estruendosamente creyó distinguir una sombra lupina que se separaba de la de la puerta y parecía mutar en una sombra humana. Los pasos metálicos se dejaron oír con parsimonia.

Intentó retroceder hasta la pared para tener la espalda cubierta, pero se topó con un peto metálico que hizo que un escalofrió de espanto le bajara por la espalda. Se volvió hacia atrás violentamente con todos los sentidos alerta. Un cosmos sádico y violento empezó a elevarse en la estancia, iluminando al belicoso Androfontes completamente.

Ahí fue donde el santo de Libra se dio cuenta que Morfeo no le había hecho justicia al primogénito de Hera.

No había podido replicar en modo alguno la siniestra belleza de aquel rostro arrogante. Aún ensombrecido por el casco de hermosas grebas era innegable que aquellas facciones eran las de un dios. Los ojos a pesar de ser completamente oscuros tenían un extraño brillo que los hacía relumbrar inquietantemente. La nariz, completamente recta cubría unos labios que si bien parecían estar permanentemente curvados en un rictus cruel que los afinaba no dejaban de ser maravillosamente carnosos.

Bajó la mirada sin poder evitarlo.

El cuello desembocaba en unos hombros anchos y fuertes que a su vez daban paso a unos brazos cuyos músculos no parecían estar excesivamente desarrollados y aun así comunicaban una gran fuerza, y desembocaban en un par de manos firmes y masculinas, la derecha curvando los dedos lánguidamente en torno a una broncínea lanza.

La parte superior de la armadura hacía difícil adivinar la anatomía de aquel torso, pero no tenía dudas de que era tan fuerte y poderoso como se adivinaba gracias a los fuertes hombros.

Las piernas también estaban cubiertas por una metálica protección, pero se adivinaban fuertes, como un par de columnas de negro ébano desembocando en unos delgados tobillos que se unían a los pies que completaban el cuadro completo sin desarmonizar en lo más mínimo.

Al volver a subir la mirada, vio como el brazo que estaba desocupado se movía y retiraba el casco de la cabeza, provocando que los cabellos, negros y suaves como el ala de un cuervo se movieran y cayeran sobre el broncíneo peto.

Ares pasó de mano la lanza, mientras se acercaba a Dohko con parsimonia. El cuerpo del dios temblaba de anticipación. Había esperado tanto por aquel momento. Creía que iba a tener que enfrentarse con él, pero ni siquiera estaba usando su cloth. Es más, estaba casi desnudo. Lo recorrió con avidez de la cabeza a los pies, deteniéndose un par de segundos más en los ojos colorados del santo de Libra, mientras soltaba la lanza, que sonó estruendosamente al chocar con el suelo. Dohko respingó violentamente. Aquel respingo hizo que el asaltante de murallas no pudiera evitar relamerse el labio inferior mientras lo rodeaba, queriendo mirarlo desde todos los ángulos. ¡Era como un indefenso cachorro de tigre!

Cuando volvió al frente clavó sus ojos negros en los de Dohko y le levantó levemente la barbilla para impedir que el santo de Libra apartara la mirada. Éste tragó en seco al sentir los temblores en los dedos que le sostenían el mentón.

—¿Cómo estás, Dohko?,—su voz, como la de todos los dioses, era hermosamente musical, pero tenía un leve tinte de crueldad agazapado en lo profundo de la garganta. El chino tragó de nuevo antes de contestar.

—Mi señor Ares. ¿Qué os trae por aquí?

—Tú sabes qué, —la voz se endureció de repente y sonó como el estallido de un látigo.

La mente de Dohko trabajaba a toda máquina. Podía intentar hacerle una broma, si tenía en cuenta que no tenía intenciones de hacerle daño. Pero obligarlo a admitir sus sentimientos tan pronto no parecía ser una buena idea. Sobre todo, porque ya tenía la confirmación en la ansiedad que hacía que aquel cuerpo divino temblara como el de un cervatillo asustado. Así que decidió irse por lo seguro.

—Así que no era un sueño…lo de aquella vez. Vos…realmente…

Ares hizo crujir la dentadura y soltó un rugido de frustración sin dejar de mirarlo. El primer impulso de Dohko fue retroceder, pero obligó a su cuerpo a permanecer dónde estaba. Esperando.

—Si ya lo sabes, no necesito decírtelo, —susurró casi enojado consigo mismo, por no poder suavizar su comportamiento aun queriéndolo. —La pregunta es… ¿Tú sientes lo mismo?

Los labios de Dohko se abrieron para contestar y los cerró casi al instante. No podía decirle que no, como Mu había hecho con Apolo. No le daría tiempo para rectificar. El hijo de Leto tenía tanta confianza en sí mismo y en su belleza que probablemente nunca había dudado de hacer caer en sus redes al santo de Aries. Pero el dios que tenía enfrente estaba hecho un manojo de nervios; quizás al ser Afrodita su pareja nunca había experimentado algo parecido remotamente al rechazo. Quizás por ser él un hombre era consciente de no poder abordarlo igual. Si recibía una negativa lo haría pedazos al instante.

Pero no podía mentirle tampoco. No le parecía justo. Así que decidió tomar al toro por los cuernos e incapaz de pronunciar la palabra, negó suavemente con la cabeza con la boca y la garganta completamente secas.

Al ver cómo abría los ojos en un gesto de desesperación, casi tuvo lástima. Los temblores se intensificaron, pero esta vez animados por una violenta ira. Su mano se cerró fuertemente en torno a la lanza.

Oliendo el peligro y sabiendo que solo tenía unos segundos para actuar, bloqueó la lanza con firmeza y obligó a Ares a mirarlo a los ojos. La ira que ardía en aquellos ojos negros lo petrificó por un segundo, pero no se amilanó.

—Pero eso no significa que os vaya a rechazar, —explicó. —No me queda otra opción que aceptarlo. No es culpa de ninguno de los dos. No puedo pediros que sufráis esto sí puedo remediarlo.

"No si puede dañar a la señorita Athena", pensó, pero no lo dijo. Recordaba demasiado bien los celos de Ares y lo que podían provocar. Como si hubiera podido presenciarlo en su mente se presentó el cuerpo maltrecho del príncipe chipriota, destrozado por los blancos dientes del furioso jabalí y las lágrimas de Cipris sobre éste. Por un momento, en lugar del rostro de Adonis creyó observar el del guardián del duodécimo templo y el estómago le dio un horrible bandazo.

Soltó la lanza y se separó lentamente del Androfontes, intentando darle espacio para que se tranquilizara. Éste volvió a dejar caer la lanza violentamente contra el suelo y se pasó la mano por los cabellos, presa de los nervios. Miró de reojo a Dohko, admirado a su pesar por el temple demostrado por el chino.

Se le acercó ya más despacio intentando normalizar su respiración.

—¿Qué no te queda más remedio que aceptarlo?,—chirrió, aún molesto, dejándose caer sobre un sillón.

—Así como a mis compañeros no les quedó otra opción que aceptar el de vuestros hermanos, —explicó como si fuera obvio. Al final se enamoraron ambos. Así que no creo que conmigo vaya a ser diferente.

—¿Y qué hay de mi hermana?

—Tendrá que aceptarlo no hay otro camino.

—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres?

—No lo sé, —admitió. —Pero quiero intentarlo.

El corazón dio un salto de alivio dentro del inmortal pecho. De repente se relajó del todo. Solo había una cosa más que necesitaba para estar completamente tranquilo.

—Bésame, —demandó, jalándolo hacia él con una fuerza ansiosa y plantando sus labios en los de Dohko con agresividad

El santo de Libra abrió los ojos, desmesuradamente sorprendido, pero se dejó llevar sin poner peros mientras la lengua del dios de la guerra se abría paso violentamente en su boca buscando la suya, y masajeando sus labios con insistencia casi sin respirar. Era casi como si quisiera que sintiera todo el miedo, y el ansia que había sentido en todos aquellos meses. Cayó sentado en el suelo, todavía con los labios de Ares pegados a los suyos. Sintió los dientes divinos deslizarse en su labio inferior, finalizando el beso con una traviesa mordida.

Cuando el santo de Libra se recuperó del remolino de emociones se dio cuenta de que estaba sentado solo en la oscuridad. El trasero le protestó por el contacto con el frío mármol.

—Demonios, —se quejó mientras se levantaba trabajosamente y se iba hacia su habitación.

El portazo fue el último ruido que se oyó en el Santuario hasta las primeras luces del alba, cuando el santo de Virgo salió de su templo a hacer su acostumbrada rutina de yoga. Shaka abrió los ojos, sorprendido al ver un gran lobo negro tendido en la escalinata del templo de Libra hacia el suyo.

Pero intuyendo que era mejor el silencio, calló.

N/A: Holaa!

Antes que nada, perdón por no actualizar la semana pasada. Tuve ciertos contratiempos con los estudios y no pude ponerlos al día. Por eso esta semana habrá doble capítulo.

- Desde que escribí Χρυσό και Θεοί, caí en la cuenta de que Afrodita era muy similar a la diosa con la que comparte el nombre y como ya dije anteriormente, mi headcanon del personaje evolucionó de manera que lo veo como una versión masculina de la diosa ( sin olvidar por supuesto lo que ya ha establecido el canon acerca de él y que también adoro ) y mi sueño siempre ha sido emparejarlo con ella. Por fin en este fic se empezará a concretar el ship.

También hay visos del otro ship que me falta por desarrollar, uno de los cuyos integrantes como ya he dicho, es Camus. Pero dejaré que el dios que caerá rendido frente al acuariano sea un misterio por ahora.

- Las manzanas son una fruta con un simbolismo fuertemente amoroso ya que el árbol del que provienen le estaba consagrado a Afrodita. Los muchachos griegos solían darle manzanas a las chicas que les gustaban y si la muchacha la recibía, significaba que el gusto era mutuo.

- Argifontes ( gr. Ἀργειφόντης "asesino de Argos") es el epíteto más común del dios Hermes en la literatura.

- Androfontes ( gr. Ανδρειφοντης "asesino de hombres" ) es el epíteto más común del dios Ares en la literatura