Capítulo 6

Χάος

El santo de Virgo no se atrevía ni a respirar. Normalmente no tenía problemas mientras hacía sus ejercicios de yoga en la mañana. Pero esta vez había algo que le impedía concentrarse. Quizás tenía algo que ver con aquel lobo que había visto en las escaleras del templo de Libra.

No podía ser un lobo normal, no había manera de que los soldados dejaran entrar a un lobo y lo dejaran subir hasta el templo de la Balanza. Pero si fuera un dios, ¿porqué estaba tan tranquilo en medio del Santuario? Tampoco entendía porqué su compañero no salía. ¿Acaso no se había dado cuenta de nada? .

Dudo un segundo si despertar o no a Dohko. Suspiró y cerró los ojos. Después de unos minutos intentando concentrarse se dio por vencido. Se sentía inquieto.

Dohko se removió en la cama inquieto. Entreabrió los ojos, intentando identificar lo que lo estaba perturbando. Tardó unos segundos en identificar el cosmos de Shaka.

"¿Shaka?...¿qué quieres? "

" Dohko, no sé si molestarte a esta hora, pero hay algo que me está molestando"

Aquello despabiló un poco a Dohko, que sabía que no era común que Shaka se molestara por algo. Lo que fuera.

"¿Qué es lo sucede, amigo mío?"

Shaka titubeó.

"Es solo que…hay un…un lobo…"

El corazón del santo de Libra dio un vuelco.

"¿Un lobo? ¿Dónde?"

"En las escaleras de tu templo. Temo…temo que no sea un animal normal. No se siente como uno"

Dohko pasó saliva. El santo de Virgo percibió su nerviosismo.

"No. No lo es. Es…es…No es un peligro."

"¿Estás seguro? Si es claramente un dios…"

"Sí, estoy seguro. No te preocupes. Vuelve a tu meditación"

Sintió que el cosmos del indio retirarse de su mente. Se acostó boca arriba en la cama y resopló. ¿No podía haberse marchado a su palacio en el Olimpo o algo así? ¿O quedarse dentro del templo? Apartó las sábanas de una patada y fue a echar un vistazo.

Se detuvo al lado del gran lobo negro y suspiró. Ares abrió un ojo y volvió a cerrarlo.

—Oye…¿Podrías quitarte de ahí? Todo el mundo puede mirarte.

Un gruñido sordo se dejó escuchar.

—No hablo idioma lobo,—repuso tranquilamente.

Se quedó en silencio mientras el hijo de Hera recuperaba su forma humana. Compuso una sonrisa sardónica mientras lo repasaba descaradamente de arriba abajo.

—Dije...Que no quiero. A menos…que logres moverme.

Dohko parpadeó, un poco perplejo.

—¿Qué?

—Que me muevas. Si lo logras, me iré de aquí. Si no, me quedaré hasta que me de la gana.

—Es justo…supongo. Bien..,— hizo como si se arremangara unas invisibles mangas y colocó ambas manos en la esbelta cintura.

Un leve escalofrío recorrió el cuerpo del dios. Sin advertirlo, Dohko empezó a empujar intentando moverlo. Era como si estuviera moviendo una cariátide de piedra. Apoyó las manos en los hombros y siguió intentando moverlo. Nada.

Resopló. No tenía ganas de dar la vuelta y empujarlo por delante, porque estaba seguro de que tenía una sonrisa de chulería en la cara. Se recostó en la espalda broncínea e intentó empujarlo recargando todo el peso para lograr moverlo. No había caso. Quizás podría intentarlo si encendía el cosmos . Pero si encendía su cosmos iba a llamar la atención de sus compañeros y tenía demasiada experiencia con los chismes en el Santuario, como para no saber lo que sucedería si alguien se daba cuenta de que había un dios en el Santuario, y de que él estaba intentando moverlo…mientras estaba desnudo.

"¿Porqué a mí?", se lamentó en silencio. De repente, creyó escuchar una risita desde adelante. Puso los ojos en blanco. ¿Acaso lo estaba tomando del pelo?

—¿Me estás tomando el pelo?,—se quejó

—Vamos, muévete tigrillo. No querrás que alguien salga y me vea de esa guisa, ¿o sí?

— No…es tan fácil…,—resopló, mientras empujaba con fuerza. Sus manos resbalaban por la piel empezando a cubrirse de sudor.

—Hmmm…¿porqué no enciendes tu cosmos?,— lo retó. —Si lo hicieras, podrías moverme.

— No puedo. Llamaría demasiado la atención. Y es lo último qué quiero.

Ares se volvió y le pasó los brazos por el cuello, seductoramente.

—Si lo haces…aunque sea un milímetro, puede que me vaya,— le mordió el labio.

El empellón que recibió en el vientre lo tomó por sorpresa.

—No saques las garras, Dohko. No es necesario. Aunque..debo admitir que me gusta,—se relamió con impudicia. – Me encantan las personas de carácter fuerte.

— Creo que tenemos dos opciones…te mueves o te muevo… ¿verdad?

— Es más me mueves o…me mueves.

— De acuerdo, de acuerdo. Entonces…creo que iré por la señorita Athena…

El dios rodó los ojos.

—Eres tan predecible…Hmm, pero me gusta el chantaje.

—Pero de todas maneras hay que decirle. No sé, digo yo.

—Ya lo sé. Qué fastidio. Pero de eso me encargaré yo.

Dohko levantó la cabeza en una sacudida.

—¿Qué? ¡No! Es decir…yo…

Ares esbozó una leve sonrisa. Le acarició la barbilla al santo de Libra.

—Si no lo hago yo, Athena no va a creerlo,—expresó con suavidad.—Va a creer que te estoy obligando y que me estás complaciendo por miedo.

Volvió a adquirir la forma de un gran lobo negro y subió velozmente el resto de los templos ante la mirada atónita del resto de los santos de oro. En el último templo, la estatua de la diosa que resguardaba la entrada lo hizo arrugar el hocico con desagrado.

Cuando entró en el Templo Mayor lo encontró vacío. Empezó a recorrer el recinto con parsimonia, pensando en si sorprender a su hermana en ese lugar, o… hacerlo en sus aposentos. Decidió hacer lo segundo. Sin duda, prefería un ambiente mucho más privado. Y no creía que el Sumo Sacerdote lo fuera a molestar en la habitación de la diosa.

Así que fue lentamente mutando su forma humana mientras se introducía en las dependencias privadas de Athena. Se había dejado ver por los otros santos a propósito. Estaba seguro que no tardarían en ir a avisarle a la diosa de su presencia allí.

No se equivocó. Pronto tenía ante él a una molesta Athena. La diosa se paró ante su hermano menor con las manos en la cintura y una profunda arruga partiéndole el ceño en dos.

—¿Te crees muy gracioso?—el siseo le rasgó los dientes.

—Cálmate, Athena. No quiero problemas. Solo quiero hablar,—se recargó en una de las columnas de la cama.—Y tú necesitas escucharme.

—Ares…

Él sintió un súbito calor en las entrañas y un brillo asesino le iluminó los ojos negros.

—No te atrevas a ponerme moralinas, Athena.

—Ya, ya lo sé. Tu madre habló conmigo.

—Entonces lo sabes. Eso hará más fáciles las cosas.

—No creas, ni por asomo que será más fácil.

El calor empezó a subirle por el esófago como ácido.

—Athena…sé que tenemos una relación complicada. Pero…

—Es precisamente por eso. No confío en ti.

—¿Crees que me tomaría tantas molestias si quisiera dañarlo?,— la ira empezaba a adueñarse de sus sentidos.

—Sé que no,—intentó explicarse.—Desde luego no puedo ponerte obstáculos si no se los puse a los demás. Sería tomármelo personal. Pero hay algo en mi instinto que me dice que no confíe en ti. Así que te mantendré vigilado. Y por supuesto, hablaré con Dohko. Sospecho que si no ha hablado conmigo fue por miedo.

—Por supuesto que fue por miedo, estúpida. Debió pensar que irías a hacer un escándalo,— resopló.— Como siempre. Señorita moralista,—se burló.

—Mientras tú estás aquí, Afrodita también está ocupada,—lo picó.

—Ya lo sé. Ha estado encaprichada con ese tipo desde que lo conoció. Era demasiado pedir que no aprovechara.

— ¿ Y sabiendo eso no quieres que te vigile? Va por partida doble.

El dios crujió las muelas con furia.

—¿De verdad me crees tan ruin?

—No sería la primera vez que no te controlas,—lo picó, tratando de provocarlo.

— ¿Cómo te atreves?,—gruñó, cada vez más furioso.

—Eres demasiado bruto,—soltó con un tono envenenado.— Afrodita podrá ser capaz de aguantarte, pero Dohko no puede. Acabarás lastimándolo, como siempre que te dejes llevar. Y cuando te aburras, le romperás el corazón. Porque él no es Afrodita.

El dios de la guerra acusó el golpe. La mandíbula volvió a crujir horriblemente, mientras Shion empujaba la puerta con fuerza, sin pedir permiso; alarmado por el cosmos, cada vez más violento que sentía hace rato.

—¡Señorita Athena!

La visión del Androfontes se cubrió de una niebla roja mientras dejaba que la ira tomara control de su persona y crispaba las manos en un ademán instintivo y las dirigía hacia su hermana muerto de rabia. El corazón le golpeaba rápidamente contra el pecho y le faltaba el aire. Un bufido animal se escapó de entre sus labios

El Sumo Sacerdote no perdió tiempo e intentó levantar el Crystal Wall.

—Espera, Shion.

La voz del santo de Libra sonó fuerte y clara como una campana en medio del silencio, mientras le tomaba la mano a su compañero. Oír su voz distrajo a Ares y el dios se detuvo a centímetros de su hermana volviendo automáticamente el rostro para mirarlo respirando con agitación.

—¡Dohko! ¿Pero estás demente?!

Ignoró completamente a su amigo mientras le devolvía la mirada al hijo de Hera. Aquellos ópalos negros brillaban de lágrimas y rabia contenida. Pero también vio dolor y humillación mezclados con la cólera. El Androfontes oscilaba la mirada entre él y Athena como decidiendo si era buena idea golpear a su hermana de todas maneras aún sabiendo que si lo hacía, corría el riesgo de darle la razón…o peor, de perder a Dohko que lo miraba esperando su reacción.

Rechinó los dientes de nuevo, pero se separó de Athena a regañadientes y sin siquiera mirar a ninguno de los presentes desapareció de la estancia.

—¿Estáis bien, señorita?,— se preocupó Shion adelantándose mientras fulminaba a Dohko con la mirada.

—Sí, Shion no te preocupes. Ha sido mi culpa, le he dicho algo muy grosero y he tocado dónde más le duele. Debería de haberme golpeado. Me lo merecía.

—No, no diga eso.

—Basta, Shion. No me adules tanto. Por favor, déjanos a solas. Necesito hablar con Dohko.

El ex santo de Aries asintió y se retiró en silencio.

—Y bien, dime, ¿qué piensas tú de todo esto?,—le preguntó.

—Al principio tenía un poco de miedo.—reconoció.—Pensaba más que todo en vuestra rivalidad. Y en que, comprensivamente, estaríais más recelosa con él que con otros. Aparte, estaba Afrodita…no sabía muy bien si sentiría celos porque es muy vengativa.

—No debes preocuparte ahora por Cipris. Está ocupada con…Afrodita—suspiró.—Ha aprovechado que Ares está distraído contigo para hacer su movida.

—Ya…

—Me ha sorprendido mi hermano hoy,—repuso, posando las manos en el regazo.—Se ha detenido en cuanto te ha escuchado. No suele importarle nada más que sí mismo en estas circunstancias. Pero se ha detenido. Quizás…quizás sí es verdad que está enamorado. Es solo que…es tan extraño…

—¿Extraño?

—No lo había visto así...desde que se enamoró de Afrodita. Las flechas que Eros lanza por accidente suelen ser caprichosas y poco duraderas, porque nunca las lanza con el propósito de enamorar. Así que creí que se le pasaría pronto. Pero no parece ser el caso. Así que creo que solo resta apartarme. No puedo luchar contra eso. ¿Tú cómo te sientes a ese respecto?

—No parece querer hacerme daño, sino ya lo habría hecho. Estaba especialmente cauto…pero cuando me besó…sentí cosas. Se quedó de noche…¿para cuidarme? No lo sé..me pareció extraño. Creí que…creí que era más…bruto,—admitió, avergonzado.

—Está bien…,—sonrió conciliadora.—Es fácil tener esa impresión porque normalmente es así...Pero sabe tener tacto. Por eso no se me ocurrió otra cosa para herirlo que decirle que era un bruto. Sé que odia que la gente lo crea. Y sabía que intentaría golpearme. Por eso te llamé. Lo que no esperaba era que Shion apareciera.

—Se ha enojado conmigo,—se rió Dohko.—Borrego torpe.

—Solo hacía su trabajo,—se levantó.—Bueno...si quieres seguir con esto, yo no tengo nada más que decirte. Ni tampoco a mi hermano, salvo quizás pedirle disculpas por lo que he dicho.

El santo de Libra le tomó la mano y se la besó con delicadeza antes de salir de la estancia.

Encontró a Shion en la puerta del Templo Mayor. El maestro de Mu miraba reflexivo hacia abajo, a los doce templos, que serpenteaban enclavados en la montaña. Miró de reojo a su gran amigo, cuando éste se paró a su lado. Una paloma se posó vacilante en el hombro del santo de Libra.

—Te ha caído una buena, ¿eh?

—A ti, por metido,—le devolvió.

Shion parpadeó.

—¿Y qué se supone que hiciera?,—gruñó.

—Esperar que yo subiera. Tonto.

—¿Y dejar que golpeara a la señorita Athena? Estás demente.

Se encogió de hombros.

—Ella dice que se lo merece.

—¡Dohko!

—Ya, ya. Es broma. Igual hubiera roto el Crystal Wall.

—Me hubiera gustado ver eso. Aguafiestas.

—Te salvé el pellejo. Borrego idiota. Deberías agradecérmelo.

—En tus sueños, tigre tonto.

—Vete al diablo, Shion,—la guasa en su voz amortiguó la expresión.

—No, vete tú.

Ambos se rieron con camaradería.

—¿Ahora qué vas a hacer?

—Bueno…ni idea. ¿Tú qué hiciste?

Una carcajada estridente abrió la garganta del Sumo Sacerdote mientras le palmeaba la espalda a su amigo.

—Ay, Dohko.

El santo de Libra infló el pecho y soltó el aire despacio.

—¿Me darías permiso de ausentarme si te lo pidiese?

—¿Con qué motivo?

—Lo noto aprensivo,—explicó, refiriéndose al dios de la guerra.— Quizás, aunque no lo admita, sea demasiado estresante para él estar aquí, bajo las narices de la señorita Athena y viendo a la diosa que ama con otro hombre. Talvez si lo alejo de aquí se calme un poco.

—No es mala idea,—reflexionó poniéndose una mano en la barbilla.—Pero Dohko…no creo que le haga gracia…

—Me ha prometido que no se meterá…

—¿Y qué hacemos con tu templo?

—Le diré a Shiryu que me ayude. Después de todo, no debería ser mucho tiempo,—se encogió de hombros.

—Siendo así, te doy mi permiso,—concedió.—Tan solo dime cuándo y adónde te irás. Y mantente en contacto.

—Claro que sí, amigo mío. Le palmeó la espalda de vuelta y empezó a bajar las escaleras de regreso a su templo.

El estruendoso portazo sobresaltó a Hera que estaba de pie mirando por el amplio ventanal de la amplia sala del trono. Se volvió a tiempo de ver entrar en la sala a un enfurecido Ares. El broncíneo rostro del dios estaba congestionado por la rabia, y tenía los labios torcidos en una horrible y macabra mueca.

—¡Esa pequeña engreída me las va a pagar!,—gruñó molesto, sentándose en el trono sin importarle si Zeus lo veía o no.

Hera se arrodilló confidencialmente y apoyó los brazos en el trono, cogiéndole la mano con ternura.

—¿Qué ha hecho ahora la pequeña rebelde?,—preguntó en tono maternal.

—Ha dicho que soy un bruto…y que…que..,—se le trabó la lengua.— Que no...Que no podía...Que no puedo…que no tengo sentimientos.

—Ya veo. Y lo ha dicho delante del joven Dohko?

—No, pero ésa es su excusa para no permitir la relación. Que lo voy a lastimar.

—Hmm…Entonces no está todo perdido.

—¿Qué…? Claro que está todo perdido. No pienso volver a poner los pies en ese Santuario. Sería exponerme a las burlas de mi hermana. Se las da tan de santa... y es una…,—se le trabó la lengua de la cólera.

—Ya, ya, tranquilízate. A ver…¿Estás seguro que no hay manera de volver a ver a Dohko?

— No del todo. Pero si se dificulta más.

No dijo lo de Cytherea; sabiendo que a Hera no le haría ninguna gracia.

—Quizás podrías avisarle de alguna forma. Alguno de tus hermanos podría hacerte el favor. O podrías volver a pedírselo a Morfeo.

—Pero no durará…

—Eso no puedes saberlo. No te preocupes. Athena recela cuando se trata de ti, pero es juiciosa. Acabará cediendo. Aparte, ella sabe muy bien que no eres ningún bruto. A estas alturas no creo que alguien lo dude,—le acarició la cabeza.— ¿No quieres que vuelva arrastrándose a pedirte disculpas?

Una ligera sonrisa se dibujó en los labios del dios. Se echó hacia atrás en el trono, pensativo.

—De todas maneras me alejaré un tiempo. Al menos hasta que a Athena le de la gana disculparse. No me arriesgaré.

—Aparte, por lo que oído, Dohko de Libra no es ningún tonto,—siguió acariciándole la mano con paciencia, buscando tranquilizarlo. Quizás sea él el que halle la solución y haga entrar en razón a esa niña caprichosa.

Rodó los ojos mientras se levantaba con pesadez.

—Estaré en Tracia,—su voz sonó muy suave.—Si me necesitan, que me busquen ahí.

—Sí, querido hijo. Ve y descansa.

Se tomó su tiempo para llegar hasta Tracia. Se sentía psicológicamente cansado y solo quería acostarse y olvidarse del mundo por un rato. Cerca de la puerta de sus aposentos se encontró a alguien esperándolo.

—¿Qué es lo que quieres?,—gruñó de malas pulgas.—Ya me has dado suficientes quebraderos de cabeza, pequeño bribón.

—Todavía estás enojado conmigo,—su voz sonó compungida. A su pesar, Ares sintió que su ira flaqueaba, dándole paso a un cariño paternal.

—¿Qué es lo que quieres, Eros?,—repitió, suavizando la voz lo más posible.

—Déjame ayudarte, padre. Por favor,—suplicó, viendo que seguía escéptico.

El dios suspiró con pesadez, reconociendo la derrota.

—Está bien. Supongo que no estaría mal que intentaras arreglar lo que provocaste.

Una gran sonrisa adornó el rostro del dios; iluminándolo.

—Ya verás que no te defraudaré, padre.

—Eso espero. Si no te arrancaré las alas de cuajo,—amenazó.

La sonrisa flaqueó.

—Sí, padre. No voy a defraudarte.

—Vete, no me molestes. Estoy cansado. Vete a otro sitio,—lo echó mientras le cerraba la puerta en las narices.

Sin perder tiempo, se elevó en el aire; ligero como una pluma. Cruzó el cielo con rapidez; hasta que sus ojos divisaron la cima del Parnaso; la montaña que se erguía al lado del oráculo de Febo.

Pronto divisó a las hijas de Mnemosine, sentadas en un círculo sobre la hierba, haciendo guirnaldas de flores. Descendió con cuidado, asegurándose de ser visto para no sobresaltarlas.

—¡Eros!,— lo saludó Talía; intentando llamar su atención mientras agitaba las manos con vehemencia. El hijo de Ares se posó suavemente en medio del círculo. Inmediatamente llegaron a sus oídos los dulces acordes de la lira y al levantar la vista se topó con los ojos azules del hijo de Leto. Sin titubear, se acercó con cuidado hasta Apolo.

—¿Qué quieres, Eros?,—le preguntó con sospecha deteniendo el sonido del instrumento.

—Necesito a Erato un rato,—simplificó.

—¿Qué estás tramando, pequeño tunante? Más te vale que no empeores más la situación de tu padre.

—¿Qué? ¿Tú sabes? Es decir…

—Por supuesto que sé. Mi hermano acudió a mí preocupado porque nadie le creería que estaba enamorado de otra persona que no fuese tu madre. Y porque no sabía que hacer con el dolor amoroso. Es que solo a mí me eres ingrato, desgraciado,—siseó con repentina inquina.

—Necesito a Erato,—se limitó a repetir, no queriendo alimentar la rivalidad que tenía con el Flechador. No en aquel momento.

—Está bien, llévatela,— concedió, mientras volvía a tañer la lira. —No la acerques a Athena,—le advirtió.

—No lo haré, prometió, mientras cogía a la musa en brazos y se levantaba suavemente en el aire.

—¿Qué es lo que quieres, Eros?,—le preguntó mientras se aferraba con fuerza a los hombros del dios.

—Necesito tu ayuda con mi padre,—simplificó.

—Pero no puedo ir al Santuario. Ya has oído al soberano Apolo.

Resopló.

—Ya sé, qué fastidio. No te llevaré al Santuario, ya que no puedo.

—No vas a dejarme sola, ¿verdad?

—No, no deberías quedarte sola.

—¿Estás seguro?

—Ay, cómo fastidias, Erato. Sé lo que hago,—le aseguró.

—¿Adónde vamos?

—Te dejaré con mi tío por un rato,—le confió.—Ya que me prohibieron llevarte al Santuario, voy a tener que cambiar de planes. Al menos hasta poder asegurarme de que no te vas a quedar sola en Lushan.

—¿En Lushan?,—pestañeó confundida, mientras el dios empezaba a descender, esta vez en el Olimpo.

—Sí. Pensaba que necesitan que los inspires. Sobretodo Dohko. Pero necesitan estar tranquilos.

—¿Y porqué irían pronto a ese lugar?

—Me lo ha dicho una palomita,—resumió.—Hace rato que vigilo a Dohko. Es la manera de lograr que mi padre se contente conmigo,—explicó mientras la conducía a través de la frondosa vegetación.

—¿Porqué me vas a dejar con Dionysos?,—preguntó.

—Porque es el único que no me pondrá pegas,—resumió, mientras buscaba al dios en medio de la maraña de gente que siempre abarrotaba la morada de éste.

Lo encontró sentado al borde de la fuente; moviendo el agua con parsimonia. Baco levantó la vista al verlo llegar.

—¿Qué quieres, querido sobrino?,—preguntó con voz femenina.

—Necesito que la cuides un rato,—expresó, refiriéndose a Erato.—No puedo dejarla sola; y tengo algo que hacer.

—Aquí estará segura,—le aseguró mientras extendía la mano con jovialidad.

—Gracias, querido tío.

—No tienes de qué preocuparte,—le confió. Luego se dirigió a la musa.—¿Porqué no vas con mi mujer un rato? Está ahí,—le dijo señalando un punto en concreto entre la vegetación frondosa.

Mientras tanto el hijo de Afrodita avanzaba con rapidez de manera que no tardó mucho en llegar hasta el Pico de los Cinco Ancianos. Como había esperado, salía humo de la chimenea de la rústica cabaña en medio de los exóticos bambúes.

Tomó la forma de un joven peregrino y se acercó a la puerta. La tocó con suavidad.

—¡Un momento!,—oyó al santo del Dragón desde adentro. Cuando abrió, de alguna manera sus ojos no pudieron ser engañados por la ilusión y reconoció estar ante un dios. Decidió fingir.

—¿Qué es lo que sucede? ¿Qué quiere?,—preguntó.

—¿Tú eres Shiryu de Dragón?,—preguntó.

El santo de bronce se puso alerta. ¿Acaso seria portador de alguna desgracia? ¿Era el dios mensajero acaso?

—¿Qué ha sucedido en el Santuario?,—preguntó sin rodeos.

Viéndose reconocido; el dios dejó a un lado el disfraz y tomó al dragón suavemente por la muñeca.

—Necesito tu ayuda. Es sobre tu maestro,—le confió.

Shiryu abrió los ojos como platos y se apartó para dejarlo pasar; cerrando la puerta tras de sí.

N/A:

Hola, hola!

- Las interacciones entre Ares y Athena son muy divertidas de escribir. No cabe duda de que la rivalidad entre ambos es aparente y en realidad se respetan el uno a la otra.

- De igual manera, la camaradería entre Shion y Dohko es como un soplo de aire fresco. Es conmovedor el pensar que una amistad pudiera haber durado durante tanto tiempo. Lo que hace más dolorosa aún la muerte repentina de Shion.

- Hekebolos ( gr Έκηϐόλος, "que dispara lejos", Flechador " ) epíteto de Apolo.

- El niño Eros quiere arreglar el desastre que ha causado y ha acudido a Erato, la musa de la poesía amorosa. También ha hecho su cómplice al querido lagartijo. ¿Resultarán sus planes?

- Baco ( gr. Βακχος " del frenesí báquico " ) epíteto de Dionysos. Por fin ha hecho su aparición el enigmático dios del vino. Más adelante lo veremos de nuevo