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—Oh…
La comisura de unos labios infernales se curvó levemente arriba.
—De verdad funcionó
Piel. Mucha…MUCHA PIEL.
Los ojos se mareaban mientras el perro infernal estaba enfrente con solo una toalla atada a sus caderas, y con otra secándose el cabello.
Las gotas de lluvia eran gotas de agua de ducha.
La boca del Rencor se abrió y un chillido de horror se propagó por toda la habitación.
Voló y la cadena de cuentas se extendió hasta que la tachuela que la sujetaba la inmovilizó.
—Tiene mucha energía
El chillido se hizo más fuerte al percibir que el Demonio Mayor se aproximaba.
Forcejeó dos veces más con las cadenas hasta que de repente su cuerpo fantasmal se libró de ellas.
Sus diminutos brazos se extendieron y aletearon con ímpetu para ir más alto, pero las garras del demonio la alcanzaron y la atenazaron.
—¡Ama! ¡AMA!
Sus ojos se ensancharon al encontrarse con los del perro infernal, y se cerraron enseguida con fuerza, horrorizada con la cantidad de piel exhibida.
Aleteó y aleteó.
Unas frías cuentas volvieron a encadenarla, y entonces la mano del perro infernal la soltó.
Pasaron unos segundos, y los ojos de la Rencor se abrieron de a poco titubeantes.
Un largo quejido salió de su boca.
El perro infernal la miraba con una sonrisa diabólica, y la atrapaba con una mano, mientras que con el dedo de la otra acariciaba su cabeza.
—Linda —salió de entre sus labios en un susurro, antes de soltarla y caminar hacia el vestidor.
El cuerpo de la pequeña Rencor se petrificó.
Cayó sobre la mesita de noche y entre chillidos y aleteos lloriqueó.
—¡Ama, he sido humillada y contaminada!
Lágrimas corrieron por su rostro toda la noche.
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