Algunos fragmentos, párrafos o conversaciones de los capítulos están copiados directamente o modificados sutilmente de los distintos libros que forman la saga "Harry Potter" para poder abordar mejor la historia. No obstante, también hay ligeros cambios en el cannon (año arriba o abajo en la edad de algún personaje), así como easter eggs y descripciones de otras sagas literarias para los más meticulosos.

Aclaración: La letra cursiva se utiliza para flashbacks.

22 – LA ORDEN DEL FÉNIX

El Gran Comedor carecía aquella noche de la decoración y bullanguería habitual de finales de curso: normalmente, para el último banquete del año la estancia solía lucir los colores de la casa ganadora... aquella noche, sin embargo, no había Copa alguna que entregar... no había nada que celebrar en Hogwarts.

El salón lucía estandartes gigantes de seda colgando de las diferentes paredes de piedra, con el emblema del colegio en color dorado sobre fondo negro. Era una señal de duelo, una muestra de respeto por Cedric... un tributo a su memoria.

— El final de otro curso —empezó Dumbledore con su discurso levantándose de la mesa de afligidos profesores—. Son muchas las cosas que quisiera compartir con vosotros esta noche —hizo una pausa para estudiar con detenimiento a todos los alumnos presentes, tanto nacionales como extranjeros—, pero, antes que nada, quisiera lamentar la enorme pérdida que hemos sufrido este curso. La pérdida de una gran persona que debería estar ahí sentado disfrutando con nosotros de este banquete en momentos más agraciados —afirmó apuntando un hueco vacío de su mesa.

Ron sintió como todas las miradas del Gran Comedor se dirigían en ese momento a la silenciosa mesa de Hufflepuff. Sin duda tenían las caras más tristes y pálidas del salón, así como regueros de lágrimas surcando cada rostro, cada mejilla. Había un hueco vació entre los alumnos de séptimo, el lugar donde había señalado el director Dumbledore y que, de común acuerdo entre los alumnos de Hufflepuff y la profesora Sprout, jefa de su casa, habían decidido dejar para siempre libre... un asiento adornado por una pequeña placa dorada con el nombre de su campeón caído, de su prefecto, de su capitán de quidditch... de su amigo.

— También me gustaría pediros, por favor, a todos, que os levantéis y alcéis junto a mí vuestras copas para brindar por nuestro compañero —pidió Dumbledore retomando su discurso.

Hubo un estruendo provocado por los bancos cuando el colegio entero se puso en pie y alzaron sus copas bañadas en oro al unísono.

— Por Cedric Diggory —se escuchó en todo el Gran Comedor con una única y potente voz, grave y sorda.

— Cedric ejemplificaba muchas de las cualidades que distinguen a la casa Hufflepuff —prosiguió Dumbledore mientras el resto de presentes volvían a sentarse—. Era un buen amigo, era leal, muy trabajador, y se comportaba siempre con sencillez y una sonrisa, dispuesto a ayudar al prójimo, con humildad y honradez. Su muerte nos ha afligido a todos.

Ron vislumbró las diferentes casas de la escuela con cada cualidad que enaltecía el director, Cedric tenía amigos lamentando su muerte en cada mesa, en cada rincón del Gran Comedor; muchos Gryffindor, entre ellos los gemelos, y alumnos de Ravenclaw de su edad estaban afligidos, completamente devastados... por la cara de Cho Chang resbalaban lágrimas silenciosas, y en la zona de Slytherin, Potter, sumido en la culpa, era incapaz de levantar la mirada de la madera de la mesa por mucho que su novia intentase animarlo.

— Por eso tenéis derecho a saber qué fue exactamente lo que ocurrió —continuó Dumbledore. Muchas cabezas se levantaron hacia el director en ese instante—. Cedric Diggory fue brutalmente asesinado por orden de Lord Voldermort.

Un murmullo de terror recorrió el cuerpo de Ron y de la mayoría de presentes en el Gran Comedor, muchos miraban a Dumbledore horrorizados, preguntándose si estaría mintiendo para acallar los rumores que se cernían sobre la muerte de Cedric, preguntándose si debían creerle o no, pero el director estaba tranquilo mientras sus estudiantes farfullaban en voz baja sus palabras.

— Puede que el Ministerio de Magia, o incluso vuestros padres, no estén de acuerdo en que haya compartido esta afirmación que algunos catalogarán de falsa —volvió a empezar Dumbledore acallando los murmullos con un movimiento de varita—. Pero considero no hacerlo como un grave insulto a su memoria. El Torneo de los Tres Magos se realizó con el propósito de promover el buen entendimiento entre la comunidad mágica... hoy, esos lazos parecen más importantes que nunca. No seré yo quien intente romperlos con mentiras o medias verdades.

Ron pasó la vista a Hagrid y Madame Maxime, a Fleur Delacour y sus compañeros de Beauxbatons desperdigados por las diferentes mesas del Salón junto a los alumnos con los que habían intimado, igual que los estudiantes de Durmstrang que, con la repentina huida de Karkarov, no tenían un director que los guiase. Observó también a Krum, cauteloso y casi asustado, como si esperara que Dumbledore le increpara por sus actos bajo la maldición "Imperius", sentado junto a Hermione en la mesa de Ravenclaw.

— Hogwarts siempre estará abierto para todos los invitados que deseen regresar—continuó el director con su discurso—. La fuerza de Lord Voldemort para extender la discordia y enemistad entre nosotros es muy grande, pero no mayor que los fuertes lazos de amistad y confianza que hemos forjado este curso. Las diferencias de costumbres y lenguas no son nada en absoluto si nuestros propósitos van de la mano y se la tendemos al prójimo. La felicidad puede hallarse hasta en los momentos más oscuros, en momentos como éste, siempre que seamos capaces de encontrar la luz y un motivo por el que seguir adelante... tanto en los demás, como en nosotros mismos.

Dumbledore intentaba infundir ánimos en las almas rotas y preocupadas del comedor... pero nada volvería a ser igual en el Mundo Mágico después de aquello. Muchos de sus compañeros habían sufrido en sus propias carnes la ira de "El que no debe ser nombrado" antes de su caída 14 años atrás. Muchas familias habían quedado desechas por su odio, la de Cedric sólo era el nombre más reciente en una lista interminable de lágrimas, en la que podía leerse también el apellido de su mejor amigo.

— Recordad a Cedric —alegó una vez más Dumbledore, recobrando su atención—. Tenedlo presente si en algún momento de vuestra vida tenéis que optar entre lo que es correcto y lo que es fácil. Recordad lo que le ocurrió a un muchacho que era bueno, amable y valiente, sólo porque se cruzó en el camino de un vulgar asesino. Recordad a Cedric Diggory... es todo cuanto os pido de este trágico día.

Las pesadillas y recuerdos acerca de su fallecido compañero, de su prefecto, de su amigo, se vieron interrumpidos con el ruido del despertador que su padre le había ido regalando a todos sus hijos con el paso de los cumpleaños. Por un momento olvidó donde se encontraba... el sueño había sido tan vívido que, durante un instante, Ron había regresado a aquel último banquete del curso, el mismo en el que nadie probó bocado alguno. El dichoso aparato volvió a sonar a escasos centímetros de su oreja, concretamente una hora antes de lo que lo había programado la noche anterior al perderse entre las sábanas de su cama... otro trasto muggle que su padre no había conseguido hacer funcionar correctamente en el pequeño taller ilegal que tenía en el granero de la familia.

Somnoliento y con los ojos todavía entrecerrados, echó un vistazo al baile de sombras y penumbras que orquestaba la luz de la luna en su habitación, seguramente mucho más desordenada que el resto de la casa. Frustrado por no poder ver a sus amigos aquel verano, no se había molestado en arreglarla o preparar su equipaje a modo de protesta: algunos de los libros que debía llevarse, la mayoría heredados, seguían esparcidos por el suelo; la jaula de Pidwigeon, de la que salía un fuerte olor a pequeños animales muertos, estaba llena de plumas, huesos y excrementos de pájaro; y el viejo baúl de su hermano Percy estaba abierto en el centro de la habitación, dejando ver un revoltijo de prendas de diario y uniformes de colegio que le estaban, de nuevo, pequeños.

Salió de la cama y comenzó a recoger aquel desastre desparramado antes de que su madre entrara a comprobar si se había levantado y le castigara por aquel desorden. Metió los libros muy deprisa y sin apenas cuidado dentro del baúl, junto con la ropa sin plegar, el telescopio y la balanza... le costó mucho más cerrar el mismo que el hecho de recoger sus pertenencias. Bien podrían haberle ayudado sus padres con algún encantamiento doméstico que colocase las cosas en perfecto orden, su madre era muy buena con las labores del hogar, hasta conseguía que los calcetines se emparejasen y doblasen correctamente solos... pero estaba demasiado cabreado con ellos para solicitar su ayuda. Con la mente todavía en la discusión de la noche anterior, abrió la jaula de su lechuza para limpiar, permitiendo que Pidwidgeon se escapase por la ventana y se adentrase en la profunda oscuridad de árboles que rodeaban la Madriguera. Se preguntó dónde le esperaría el animal por la mañana, pues Ron seguía sin conocer a ciencia cierta el lugar en el que transcurrirían los últimos días del verano.

— ¿¡Qué!? ¿¡Por qué!? —preguntó furioso Ron.

Nada había sido igual en la Madriguera desde que Dumbledore explicó al mundo, ante el asombro y negativa del Ministerio de Magia, el regreso de "El que no debe ser nombrado". Su madre, que estaba mucho más pálida y delgada, pasaba las horas preocupada, observando el reloj de pared de la familia, que marcaba constantemente la señal de peligro; su padre llegaba cada vez más tarde del trabajo y apenas lo veían; Percy se había marchado de casa tras una fuerte discusión con sus progenitores; Bill había alquilado un pequeño estudio en Londres después de solicitar el traslado en el banco, y ahora trabajaba como oficinista; ... y acababan de explicarles, tanto a Ginny como a él, que debían preparar sus baúles y pertenencias para la madrugada. Iban a pasar lo que quedaba del verano lejos de la Madriguera, ocultos en algún lugar remoto cuya ubicación no querían compartir. Después de muchos años, no iba a disfrutar de los últimos días de vacaciones con Neville... tendría que esperar al Expreso de Hogwarts el día 1 de septiembre para volver a ver a Hermione.

— Con tu padre y tus hermanos vamos a estar muy ocupados estos próximos días —respondió finalmente su madre con severidad—. En lugar de quejarte tanto deberías agradecer las muchas facilidades que nos han prestado.

— ¡Sí! ¡Muchas gracias por separarme de mis amigos cuando afirmáis que el mundo se está yendo a la mierda! —exclamó frustrado—. ¿Y por qué Fred y George sí pueden enterarse de lo que está pasando? —cuestionó elevando aún más el tono de su voz.

— Tus hermanos son ya mayores de edad, y pueden tomar sus propias decisiones —respondió su madre aguantando los gritos, si bien mostraba en su rostro lo mucho que le preocupaba aquello—. No puedo creer que tu padre les haya permitido entrar. Gracias a Merlín que todavía les queda un año en Hogwarts, y apenas asisten a las reuniones —se le escapó en mitad de la plegaria.

— ¿Qué reuniones? —preguntó Ron rápidamente, tirando del poco hilo que se le había escapado a su madre.

— ¡Basta ya, Ronald! —le gritó ésta hecha una furia—. Es una orden, no una petición —añadió intentando recuperar la calma y dando por finalizada la conversación.

— Mamá —intervino Ginny, que hasta ese momento había permanecido en completo silencio, tratando de poner calma entre los dos—. Y... ¿no puedes decirnos dónde vamos? —preguntó ante su silencio repentino—. ¿Cómo vamos a ir? ¿O si nos vais a acompañar?

— Claro que os vamos a acompañar, hija —señaló su madre mientras se le entristecían los ojos por momentos—. Nunca os abandonaríamos, ni siquiera nos desplazaríamos si el tema no ocupara tanto de nuestro tiempo. Pero así han sucedido las cosas, y puesto que no es nada seguro viajar todos juntos estos días..., vosotros partiréis durante la noche en escoba, y ya descubriréis el lugar de destino cuando llegue el momento —respondió su madre—. Este no es un buen lugar ni el momento adecuado para hablar de ciertos temas.

— ¿Volar de madrugada? —preguntó Ron interviniendo de nuevo. Le encantaba volar, pero estaba tan enfadado que lo único que quería era poner en duda cualquier parte del plan que sus padres tenían entre manos y que les había mantenido ocupado desde el principio de las vacaciones—. ¿Y por qué no con polvos Flú? ¿o en un traslador?

— El Departamento de Transportes Mágicos del Ministerio controla la Red Flú —escuchó como respondía la voz autoritaria de su padre entrando por la puerta de la cocina que daba al huerto, acallando de un plumazo sus ganas de rebelarse —, y no vamos a jugárnosla montando un traslador no autorizado en el salón de nuestra casa, Ronald. El lugar al que vais... no es precisamente legal. No necesitas saber nada más para acatar una orden de tu madre, hijo —añadió con severidad.

Su madre recibió a su padre con un corto beso en los labios y un cálido abrazo, y enseguida se adentró de nuevo en la cocina para prepararle la cena, si bien ya era prácticamente la hora de acostarse.

— No voy a quedarme, Molly —señaló su padre con rotundidad, si bien parecía pedir permiso con el tono de su voz mientras le tendía una pequeña nota en pergamino arrugado cuya letra no llegaron a identificar—. Sólo he venido a dejar las cosas del trabajo.

— ¿No puede encargarse otro? —cuestionó su madre, preocupada tras leer la nota—. Es muy tarde, y llevas varios días seguidos saliendo...

— Dumbledore necesita de todos los efectivos disponibles, cariño —respondió su padre en un tono apenas audible, casi conspiranóico—. Pero no te preocupes, no estaré solo, Galloway vendrá conmigo.

— Mi función es preocuparme —contestó su madre mientras elaboraba rápidamente en sándwich que su padre pudiera llevarse—. Descansa, aunque sea sólo unos minutos mientras te preparo esto —su padre se dio por vencido ante la mirada de su mujer y acabó sentándose en una de las sillas de la cocina—. Y vosotros dos, a la cama —ordenó fijando en ellos la mirada más terrorífica que tenía—. Tenéis que madrugar en apenas unas horas... sin reproches —añadió en tono amenazador al percibir que Ron ya estaba abriendo la boca para protestar de nuevo.

Cuando terminó de adecentar su dormitorio, bajó con su baúl a la hora indicada, con su hermana Ginny a escasos metros detrás suyo en las escaleras. Ya en la planta baja, se encontró a una multitud esperando en el comedor de la Madriguera. Había cinco personas alrededor de la mesa, pero, al contrario que la mayoría de las veces, sólo una de ellas era pelirroja; su madre, que servía té a todos sus distinguidos invitados: había una mujer de mejillas sonrosadas y cabello castaño conversando tranquilamente con su madre; así como una bruja joven, probablemente de la edad de su hermano Charlie, que tenía el rostro pálido en forma de corazón, ojos oscuros y centelleantes y el cabello corto de color violeta intenso... curiosamente le resultaba tremendamente familiar. Si no estaba equivocado, se trataba de la misma chica que había acompañado a Potter en el incidente que protagonizaron en Flourish & Botts antes de empezar el segundo curso. Estaba sentada en la mesa de la cocina, calentando sus manos en la enorme taza de té, flanqueada por dos hombres de pie: a su derecha un mago negro de imponente estatura, calvo y que portaba un enorme arete de oro colgando de la oreja; y a su izquierda...

— ¿Pr... profesor Moody? —preguntó Ron con incredulidad—. ¿Es usted?

— No sé si debes llamarme "profesor" —gruñó el hombre—. Nunca llegué a enseñar gran cosa a nadie, ¿no? —le preguntó estudiándole con una oscura mirada.

— No digas esas cosas, Alastor —intervino la bruja joven sentada—. Yo he aprendido un montón de cosas contigo estos últimos años.

— Nada que nos sea de utilidad, Tonks —le contestó el exauror a modo de reprimenda.

— No seas tan jovial, Ojoloco, o los muchachos creerán que no estamos tomándonos esto demasiado en serio —le respondió sarcásticamente la bruja antes de vaciar el contenido de su taza.

A pesar de sus palabras, Ron no dejaba de examinar al mago con incertidumbre, tenía motivos de sobra para desconfiar de aquel hombre... después de todo, tras ocho meses conviviendo con su nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, habían descubierto el último día de colegio que se trataba de un impostor, un mortífago fugado que había introducido el nombre de Potter en el Cáliz de Fuego en representación de otro colegio. La persona que les había impartido clase había huido nada más empezar la tercera prueba, y se decía que habían descubierto al verdadero Moody prácticamente calvo, flaco y desnutrido en un baúl metálico de siete llaves que había en su despacho... recluido en un pozo de oscuridad tan profundo como un descenso al infierno.

— Maldita sea —gruñó de nuevo Moody, interrumpiendo sus divagaciones acerca de ese hombre, cuando su ojo mágico se quedó clavado mirando al techo—. Este trasto se atasca continuamente desde que lo usó aquel canalla —añadió mientras sacaba el ojo de su cuenca, produciendo un desagradable ruido de succión, como el de un desatascador en un fregadero.

— Ojoloco, ya sabes que esto que estás haciendo es asqueroso, ¿verdad? —comentó la joven con desparpajo.

— ¿Me das un vaso de agua, Molly? —le pidió el profesor a su madre, ignorando a la joven.

Así lo hizo esta, sacando un vaso limpio del mueble y llenándolo en el fregadero. Moody metió el ojo mágico en el agua y lo empujó varias veces con un dedo; el ojo cabeceó mirando a los presentes uno por uno mientras los baúles de Ron y Ginny se elevaban unos centímetros sobre el suelo y salían por la puerta que conducía al jardín con un sutil movimiento de varita por parte de la joven identificada anteriormente como Tonks.

— Nos veremos por la mañana, Molly —señaló el mago que parecía de origen africano, avanzando el primero hacía la puerta por la que habían salido sus baúles mientras su madre se despedía de ellos con un abrazo preocupado.

— Tened cuidado, por favor —les imploró su madre una vez salían por la puerta —. Y haced todo lo que os ordenen.

— Una noche despejada —gruñó Moody, recorriendo, rápidamente, el cielo con su ojo mágico—. Habría preferido que estuviera un poco nublado, la llovizna podría haber apagado los sonidos y el olor de nuestro rastro. Bueno, vosotros —les gritó a Ron y a su hermana—. Vamos a volar en formación cerrada: Tonks irá delante, así que no perdáis de vista su cola. Shacklebolt os cubrirá desde abajo —añadió señalando al imponente mago negro—. Hestia Jones —añadió, por último, indicando a la mujer que hablaba anteriormente con su madre en la cocina—, volará por encima vuestra... Yo cubriré la retaguardia. Espero que sepáis volar decentemente.

Ron y Ginny, que, desde hacía dos años formaban parte de sus respectivos equipos de quidditch, intercambiaron una sonrisa y mirada de complicidad mientras Tonks y Hestia Jones ataban las pertenencias de ambos hermanos a arneses que colgaban de sus escobas.

— ¡Montad en las escobas, ésa es la primera señal! –dijo Shacklebot apuntando al firmamento.

Por encima de ellos, a lo lejos, una lluvia de brillantes chispas rojas había estallado entre las estrellas. Ron pasó la pierna derecha por su Barredora 11, sujetó el mango con fuerza notando la vibración de la misma, ansiosa por despegar del suelo.

— ¡Segunda señal, vámonos! —gritó Moody cuando una segunda ráfaga de chispas, verdes en esta ocasión, estallaron en el cielo por encima de sus cabezas.

Ron despegó con fuerza del suelo con una patada. El fresco aire nocturno le echó el pelo hacia atrás, y el descuidado jardín lleno de gnomos de la Madriguera empezó a alejarse, con la figura de su madre rezando en el suelo del mismo. Durante unos maravillosos momentos, sólo eran él y su hermana, volando en paralelo contra el viento y las estrellas... pero pronto empezaron a divisar edificios y luces artificiales en el horizonte. Los edificios en sombras se alzaban en la noche a su alrededor como muros de hielo, y la luz de la luna hacía que todo pareciera cambiar y moverse en la oscuridad. A lo lejos, débiles luces brillaban en alguna que otra ventana, pero las diminutas perlas de iluminación estaban recogidas y asustadas en sus prisiones de piedra y cristal.

— ¡Todo a babor! —gritó de pronto Moody desde atrás—. ¡A la izquierda, panda de inútiles! —repitió con su voz grave cuando comprobó que ninguno sabía con certeza hacia dónde virar—. ¡Hay un muggle mirando hacia arriba! –añadió.

Desde aquella distancia, y rodeados de nubes, debía de haber divisado al hombre con su ojo mágico. Tonks viró con brusquedad y tanto su hermana como él la siguieron, viendo oscilar la jaula de Pidwidgeon peligrosamente bajo la escoba de la bruja, que ascendió vertiginosamente unos cuatrocientos metros hacia el inmenso y estrellado cielo.

El frío hizo que a Ron empezaran a llorarle los ojos a medida que seguían subiendo; en ese momento, de la población únicamente se veían las motitas de luz de las farolas y los faros de los coches. Observó a Ginny volando a su izquierda, estaba feliz, exultante, riendo...parecía sentirse más viva que nuca, si bien su risa quedaba apagada por el rugido del viento en sus oídos, por el aleteo de las túnicas de todos los integrantes de la formación y los chasquidos de los arneses sujetando sus pertenencias.

— ¡Pueblo al frente! ¡Virad a la derecha! —ordenó Ojoloco, evitando pasar por encima de la telaraña de luces que tenían a sus pies—. ¡Virad al sudeste y seguid subiendo; más allá hay nubes negras en las que ocultarnos! —gritó de nuevo el exauror.

— ¡No nos hagas pasar entre nubes! —repuso Tonks enojada delante de ellos, su voz era apenas un aullido que se perdía en el horizonte—. ¡Vamos a quedar empapados, Ojoloco!

Ron sintió alivio al escuchar su réplica, pues tenía las manos agarrotadas alrededor del mango de su Barredora. Lamentaba no haberse puesto una chaqueta o los guantes de guardián, pues empezaba a temblar tanto como el mango de su escoba. De vez en cuando rectificaron la trayectoria según las indicaciones de Ojoloco. Ron perdió la noción del tiempo entornando al máximo los ojos frente aquella corriente de viento helado que empezaba a herir sus oídos.

— ¡Virad al noroeste! —gritó Moody al cabo de una hora volando en la misma dirección—. ¡Tenemos que evitar la autopista!

Kingley Shacklebolt empezó a describir círculos alrededor de ellos, mientras su calva y pendiente destelleaban como una snitch dorada bajo la luz de la luna, y Tonks emprendió el descenso seguida de Ginny pisándole los talones. Se dirigían hacia el grupo de luces más grande que habían visto hasta entonces, un enorme y extenso entramado de líneas relucientes y rectángulos negros intercalados. Siguieron bajando hasta distinguir faros y farolas, chimeneas y antenas de televisión formando un bosque de árboles metálicos silencioso a su alrededor. Estaba deseando terminar el trayecto y pisar de nuevo suelo firme, pero tenía la impresión de que su hermana no compartía su entusiasmo por aterrizar.

Tonks fue la primera en tomar suelo en una pequeña parcela de tierra sin cortar, en mitad de una pequeña plaza. La joven ya había empezado a desabrochar el arnés que sujetaba su baúl cuando los hermanos Weasley se unieron a ella seguidos por los demás adultos. Las sucias fachadas de los edificios no parecían muy acogedoras; algunas tenían los cristales rotos, en otras la pintura estaba completamente desconchada, y la basura se acumulaba en cada portal impregnando el ambiente de la calle con un intenso olor a podrido y restos de comida.

— ¿Dónde estamos? —preguntó su hermana.

— Silencio —ordenó Moody en un susurro apremiante mientras hurgaba entre los bolsillos de su túnica poco después de aterrizar.

El exauror levantó lo que parecía un pequeño encendedor de plata por encima de sus cabezas y lo accionó. La farola más cercana se apagó con un ruido sordo, igual que todas las demás cada vez que Moody accionaba el utensilio. Quedaron a oscuras en mitad de la calle, únicamente iluminados por la luna en cuarto creciente y una ventana con las cortinas echadas. Moody les hizo avanzar por la parcela cubierta de hierba hasta la acera con el resto de magos detrás de ellos examinando el terreno con las varitas en alto.

— Es aquí —murmuró Moody, colocándolos justo enfrente de unas viejas escaleras y una puerta podrida.

Empujó a Ginny hasta el hombro de Ron, de manera que su hermana quedó a escasos centímetros de su cuerpo. Ojoloco se apoyó en él y metió la cabeza entre el pequeño hueco que había entre los dos hermanos.

— Aquí se encuentra el cuartel General de la Orden del Fénix —susurró.

— ¿Qué? –preguntaron los dos pelirrojos a la vez sin entender nada de lo que ese viejo paranoico trataba de decirles.

Pero Moody ya se había apartado de ellos, dejándoles ver una maltrecha puerta apareciendo de la nada junto a la anterior. Paredes sucias y mugrientas ventanas empezaron a inflarse, empujando el resto del edificio hacia los lados, apartando las diferentes puertas que había en su camino. Ron se quedó mirándola boquiabierto mientras un equipo de música empezaba a sonar de fondo.

Ambos hermanos subieron los desgastados escalones de piedra sin apartar los ojos de la puerta que acababa de materializarse ante ellos. La pintura roja estaba estropeada y arañada, y la aldaba de plata tenía forma de serpiente retorcida. No había cerradura ni buzón. Shacklebolt sacó su varita y dio un golpe con ella a la puerta por encima de sus cabezas, mientras Moody devolvía a las farolas las luces que les había arrebatado con el encendedor de plata, bañando la plaza con un color anaranjado. Escucharon fuertes ruidos metálicos al otro lado de la puerta, y ésta terminó por abrirse con un chirrido, dejando ver una mota de luz en su interior. Cruzaron el umbral y se encontraron en un amplio vestíbulo que daba a un gigantesco salón comedor.

— Bienvenidos... a la Orden del Fénix —dijo la voz masculina de un joven al tiempo que faroles anclados en las paredes y colgantes del techo se encendían con la entrada de cada nuevo individuo en el hogar.

— Que una bludger me golpeé en la cabeza, por favor —suplicó Ron tras reconocer a Potter en uno de los escalones.

Estaba de pie unos metros por encima de sus cabezas, esperándoles en la escalera que tenían a mano izquierda, y con su típica sonrisa de arrogancia dibujada en el rostro, tocando con su mano derecha su pelo alborotado como tenía por costumbre. Estaba unos centímetros más alto que cuando salió del laberinto con el cadáver de Cedric en brazos, pero el estirón que había pegado Ron esas vacaciones era todavía mayor.

— ¡Quita esa estúpida sonrisa de la cara y ayuda a tus invitados con sus equipajes! ¡Llévalos a sus habitaciones! —le gruñó Moody a "Cara cortada" borrando su arrogante sonrisa de un plumazo.

Tonks, que cruzaba en ese momento por la puerta, le guiñó un ojo a Potter mientras le tendía amablemente a Ron todas sus pertenencias, Hestia Jones le entregó a su anfitrión las cosas de Ginny, y finalmente, la comitiva de brujas y magos que los habían acompañado cruzaron el arco que había a su derecha... en cuanto entraron en el salón comedor el crujido de sus pasos dejó de resonar hasta los oídos de los adolescentes situados en mitad de la escalera, probablemente amortiguados por algún encantamiento.

— ¿Dónde estamos? —preguntó Ginny a Potter en cuanto los adultos se perdieron de vista en el gigantesco comedor y el silencio se apoderó de ellos.

— En la casa de mi padrino —respondió este subiendo las escaleras arrastrando el baúl de su hermana—. Recién convertida en el Cuartel General de la Orden del Fénix.

Ron siguió al chico de Slytherin y a su hermana escaleras arriba. Esta se había adelantado para recuperar sus pertenencias de las traicioneras manos de Potter, la conocía demasiado bien como para saber que Ginny no soportaba que la trataran como una princesa de cristal por miedo a que se rompiese, mucho menos que se llevasen sus cosas. Subiendo, logró identificar en la pared de la escalera una hilera de cabezas reducidas de elfos domésticos montadas en placas de cristal.

— Eso no explica el edificio surgido de la nada hace apenas un minuto —reflexionó Ron en voz alta, harto de que la gente sólo compartiera información a medias.

— La casa está protegida por el encantamiento "Fidelio" —empezó de nuevo Potter—. Dumbledore es el "Guardián Secreto", de manera que, aparte de mi padrino, es el único que conoce la dirección exacta —Ron notó un cierto deje de rabia en la voz de Potter cuando mencionó al director de Hogwarts—. El resto sólo podemos traer a gente de manera presencial... pero hay diferentes puestos de vigilancia por los alrededores del vecindario para evitar que eso ocurra. Cada llegada está meticulosamente programada —matizó el joven al llegar al rellano del primer piso.

El espacio era enorme, y contaba con cuatro habitaciones a lo largo del ancho pasillo, tres en un lateral y otra justo enfrente de unas escaleras que ascendían a un segundo superior.

— ¿Y qué es la Orden del Fénix? —preguntó su hermana. Era hora de saber en qué andaban sus padres metidos desde principios de verano.

— Una sociedad secreta —contestó Potter tras pasar enfrente de una puerta cerrada a cal y canto—. La dirige Dumbledore, que es quien la fundó hace veinte años, y está formada por todos los que lucharon contra Voldemort la última vez —tanto Ginny como Ron hicieron una mueca de dolor al escuchar ese nombre—. También están casi todos vuestros hermanos, menos el que era prefecto de Ravenclaw y formó parte del tribunal del Torneo en sustitución de Crouch.

Ron, ante la mención de su hermano, miró a su hermana con tristeza recordando lo sucedido semanas atrás. Percy había regresado a la Madriguera emocionado por un ascenso en el trabajo, más satisfecho en sí mismo de lo habitual... pero sus padres no habían respondido de la manera que este esperaba a su promoción. Todo terminó con un portazo después de echarle en cara a su padre su mala reputación y escasa ambición dentro del Ministerio de Magia. Su madre todavía lloraba cada vez que el nombre de su tercer hijo salía a la palestra.

— ¿Y qué es lo que hacéis aquí? –cuestionó Ginny, intentando focalizar la atención en otro asunto que no fuera los problemas familiares de los Weasley.

— Por desgracia, Dumbledore no me deja asistir a las reuniones —respondió el chico de inmediato apretando con ira sus puños—. Todo lo que he sacado de Lupin o Sirius es que están siguiendo a antiguos mortífagos conocidos, intentando reclutar gente y haciendo guardias a saber dónde.

— Es decir... que no sabes nada —alegó Ron frustrado ante la escasez de información—. ¿Acaso has intentando enterarte?

— El arco del pasillo inferior tiene un encantamiento de impasibilidad, genio –le contestó "Cara Cortada" con sarcasmo—. Insonoriza la estancia y repele cualquier objeto que intente atravesarlo.

— ¿Has hecho algo más aparte de perder el tiempo? —le inquirió de nuevo Ron. No podía imaginar que tuviera que desperdiciar sus últimos días de vacaciones con Potter.

— Prepararme —respondió el chico con actitud calmada y pensadora tras pararse en otra puerta—. En fin... esta es mi habitación. Tú duermes conmigo Weasley — añadió señalando a Ron—. Ponte cómodo, y no pongas esa cara que a mí tampoco me hace especial gracia. No toques mi música —le advirtió—, el tocadiscos está encantado para que deje de sonar cuando terminé la reunión de abajo.

Su nuevo compañero de dormitorio enfiló las escaleras hacía el segundo piso para acompañar a su hermana a la que debía de ser su habitación.

— En fin, el tuyo, Weasley, está arriba –se refería en esta ocasión a Ginny, y ambos continuaron su subida al piso superior con el crujir de los escalones bajo sus pies—. Creo que te tocará compartir cama con tu madre, salvo que...

Ron no llegó a escuchar nada más... sus voces se perdieron en la inmensidad de la escalera. Abrió la puerta que le había indicado Potter anteriormente y encendió la luz del dormitorio, en cuanto lo hizo, una canción lenta de "Spellbound" volvió a comenzar en el viejo tocadiscos que le había mencionado. Ron dejó el baúl y la jaula de Pidwidgeon encima de una cama más pequeña, que, obviamente, habían conjurado para él, y empezó a escudriñar la habitación: Era gigantesca y de techo alto, la cama de Potter era de matrimonio, iluminado por un enorme ventanal que empezaba a filtrar la luz del amanecer, una mesa de escritorio bajo del mismo, un armario de dos puertas empotrado justo al lado de una puerta que daba a un baño completo, y varios baldes de estanterías rodeaban todas las paredes. Había dos escobas; una Saeta de Fuego que Potter estaba embelleciendo encima de la colcha, y una Nimbus 2000 colgando horizontalmente encima de la cabecera... y escrito encima de la puerta se podía leer el mensaje que ya había escuchado alguna que otra vez por parte de Potter y sus arrogantes amigos, "In Omnia Paratus". Había también varias bufandas y banderines colgando de la estructura de la cama; unas eran del color verde y plata de Slytherin, la casa a la que pertenecía "Cara Cortada"; y otras blancas y negras, con la urraca de los Montrose Magpies apoyada sobre uno de los postes de gol de quidditch.

— Creo que no puedo odiar más esta habitación —murmuró en voz alta pensando que estaba sólo en el dormitorio.

— No te gustan los Magpies, ¿verdad? —le preguntó Potter. Había regresado y estaba apoyado en el marco de la puerta—. Déjame adivinar... —el chico se llevó la mano hasta el mentón en una pose pensativa.

Sin quererlo, la cabeza de Ron se llenó con las imágenes de su habitación en la Madriguera; la colcha con el escudo de los Chudley Cannons, formado por dos cañones cruzados y una enorme bala entre ambos, las paredes pintadas con el tono naranja de sus uniformes, y los posters de varios jugadores clavados en el techo. El único combinado profesional que apoyaría en toda su vida... "se puede cambiar de amigos y trabajo, hijo... pero no de equipo de Quidditch", le había dicho su padre de pequeño cuando le preguntó por qué seguían animando a un equipo que rara vez ganaba un partido.

— Apuesto a que tú eres de los Chudley Cannons —dijo finalmente Potter ante su sorpresa—. Era obvio... Te flipa el color naranja y el tufo a perdedor, ¿verdad? —añadió en un tono jocoso y sin gracia alguna.

— Un equipo de verdad —contestó Ron furioso, apretando el puño—. No como los Urracas, que sólo los sigue la gente porque han ganado más títulos que nadie.

— ¿Qué puedo decir? Algunos somos ganadores por naturaleza —dijo abandonando el marco de la puerta—. Tú, por el contrario, te morirás sin volver a ver a tu equipo levantar un título.

— Ya... seguro —murmuró Ron tratando de ignorar a su compañero de curso... y de habitación ese verano.

Sus ojos se centraron entonces en el escritorio que había bajo la ventana. La luz del amanecer estaba iluminando un par de libros de hechizos que había abiertos encima del mismo, pero junto a estos, había un precioso tablero de ajedrez con una partida medio empezada. Sus pies le condujeron involuntariamente hasta el cuadrado de ocho por ocho dividido en casillas blancas y negras. Destacaba por su sencillez dentro de toda la parafernalia que englobaba el resto de la habitación.

— ¿Sabes jugar? —le cuestionó Potter acercándose hasta el tablero y su persona.

— ¿A quién le toca mover? —preguntó Ron ignorando la pregunta de su compañero, estudiando la posición de cada pieza en la cuadriculada arena de combate.

— A Lupin con negras —respondió el chico—. Alfil g5 ha sido mi último movimiento.

— Y tu mayor error —señaló Ron, matizando las palabras de Potter—. Si mueve Caballo b3 te puede atacar tanto al caballo como a la dama —añadió sin mover las piezas.

— Me defendería con Caballo a4 —respondió el dueño del tablero.

— Y te volvería a atacar con el segundo Caballo en e4 —dijo Ron—. Esta vez, el doble ataque es contra la dama y el alfil. ¿Lo ves ya? —preguntó con una sonrisa de satisfacción—. Vayas donde vayas te dejas una pieza indefensa, es cuestión de tiempo que toda tu estructura se desmorone. Tu rey todavía no está enrocado y no vas a apoderarte del centro intentando defenderte de tanto ataque.

— Calla y acerca el taburete que hay detrás de la puerta –le comentó después de analizar sus jugadas.

— ¿Qué hay de esta partida? —preguntó Ronald confundido.

— Cancelada — contestó Potter—. No vaya a ser que Lupin se dé cuenta de lo que has dicho.

Ronald, que adoraba el ajedrez mágico, se dirigió a la puerta con un pensamiento claro en la cabeza, a la vista estaba que Potter odiaba perder... No se limitaría a ganarle, le aplicaría una paliza que jamás sería capaz de olvidar por todos los años de insultos y maltratos. Para cuando Ronald regresó al escritorio con el taburete indicado, las piezas ya estaban de nuevo en su posición inicial, salvo un peón de cada color que Potter escondía detrás de la espalda para determinar qué flanco del ejercito llevaría cada uno.

— Esta —dijo Ronald señalando el brazo izquierdo de Potter.

Una pieza blanca terminó por asomar de la palma de su mano. Se sentó sobre el taburete y tocó cada una de sus fichas para dejarlas a su gusto, sintiéndolas frías y extrañas bajo las yemas de sus dedos.

— Bien... e4 —mandó Ron al peón situado delante de su Rey, más la ficha no se movió ni un milímetro.

— No, Weasley... es un ajedrez muggle —señaló Potter.

— Oh —murmuró Ron, entendiendo porque le habían resultado tan distinto el tacto de las piezas—. Me extraña que no tengas un ajedrez mágico —dijo a la par que realizaba el movimiento que había mencionado anteriormente en voz alta.

— Fue un regalo de Hermione —respondió Potter avanzando el peón de la reina negra una casilla. Por el tono utilizado, estaba claro que trataba de ponerle nervioso con la mención de su amiga en común—. Lo curioso es que, cuando me lo regaló, me dijo con una sonrisa que algún día alguien me daría una paliza.

— Ese día ha llegado –contestó Ron sin mirar, preguntándose si su amiga habría imaginado alguna vez un momento de tregua entre Potter y él.

Avanzó el peón de su reina hasta d4, apoderándose del centro como tenía pensado. Estaba claro que Potter iba a sacar a su caballo a pasear para atacar su centro de peones... pero eso Ron ya lo tenía pensado.

"Cara cortada" era bueno, puede que incluso mejor que Bill, el único de sus hermanos que le había podido plantar cara en alguna ocasión, pero no llegaba a su nivel. Ron conocía a la perfección las sesenta y cuatro casillas del tablero, entendía a cada una de las distintas piezas que componían cada partida como si las hubiese tallado él mismo en una vida anterior.

— Puedes seguir mirando tus piezas todo el tiempo que quieras —mencionó Ron inclinándose sobre el taburete, sintiéndose triunfante. No sabía cuánto tiempo había pasado, sólo que el tocadiscos hacía tiempo que había dejado de sonar—. Tu Rey pronto se quedará sin defensas... Dentro de un par de movimientos terminará saliendo a pasear por el centro del tablero, buscando un rincón en el que morir en paz.

— Chicos — les interrumpió su hermana desde la puerta con el pelo mojado. Debía de haber aprovechado el tiempo para darse un baño—. La reunión ha terminado, ya podemos regresar al salón. Están preparando la comida.

Tan convencido estaba de su victoria que se levantó para seguir a su hermana al piso de abajo. Sabía exactamente donde se encontraba cada pieza, por lo que "Cara Cortada" no podría hacer trampas como buen Slytherin que era, aunque lo intentara.

— Wesley —le llamó Potter. Seguía mirando la partida, pero su Rey estaba caído tocando el tablero, rodeado de figuras negras... se había rendido con deportividad—. Ha sido... ha sido como si un edificio se me cayera encima y prefiriera verlo caer en lugar de huir.

— Gracias —contestó Ron, viendo en su compañero de Slytherin un pequeño atisbo de lo que Hermione solía opinar de él.

Juntos bajaron a la entrada, y su compañero de habitación les hizo un pequeño recorrido de la planta baja. Las escaleras conectaban con un pasillo que terminaba en la cocina y un par de escalones que daban a la bodega de la casa y al rincón de un viejo y loco elfo doméstico que no parecía limpiar mucho. En la cocina, su madre, que debía de haber llegado poco después que ellos, cortaba los ingredientes de su habitual estofado en una pequeña isla que había frente a los fuegos, mientras Tonks, la única de la comitiva que los había acompañado que seguía allí, trataba de ayudarla con entusiasmo pese a los intentos de su madre por que se quedara quieta.

— Tonks es la mujer más torpe que jamás conoceréis —les susurró Potter lo suficientemente bajo como para que la susodicha no pudiera escucharlos.

Cruzaron la cocina, que conectaba directamente con un enorme salón comedor en el que había una mesa de madera clara y vieja, llena de rollos de pergamino enrollados y botellas de vino vacías, y custodiada por una cómoda casi tan larga como la propia habitación. Al fondo de la misma había varios sofás alrededor de un mueble de centro frente a una chimenea de piedra empotrada en la pared, en los que descansaban cuatro pelirrojos; los gemelos, su hermano Bill y su padre; y dos hombres muy cambiados que había conocido durante su tercer año, Remus Lupin y Sirius Black. Los seis hombres, que estaba cuchicheando en voz baja con las cabezas muy juntas, se callaron de repente en el momento en que los vieron acercarse.

— ¿Cuándo habéis llegado? —les preguntó Ron a los gemelos.

— Hace poco —respondió Fred—. Nos hemos aparecido en un edificio que tiene la Orden cerca de aquí y hemos caminado el resto del trayecto —añadió George entregándole un sobre con el lacre de Hogwarts—. Han llegado las cartas del colegio antes de que nos fuéramos —finalizó Fred.

Ron abrió el sobre, más pesado de lo habitual, que contenía dos trozos de pergamino: uno era la nota habitual recordándoles que el curso empezaba el uno de septiembre, y en el otro estaban detallados los libros que necesitarían para las clases... cuando una pequeña insignia de plata se deslizó hasta sus manos: tenía una gran "P" superpuesta en el tejón de Hufflepuff.

— ¿Tú? ¿Prefecto? —exclamaron los gemelos levantándose del sofá a la vez—. Tiene que haber un error, nadie en su sano juicio te nombraría prefecto a ti –recalcó Fred.

Las palabras de los gemelos tardaron un momento en llegar al cerebro de todos los Weasley del salón, pero pronto se abalanzaron hacia él para felicitarlo.

— Estamos muy orgullosos de ti, Ron —le dijo Bill mientras su padre le abrazaba y su madre le llenaba la cara de besos y lágrimas de alegría.

Los gemelos aprovecharon ese momento para adentrarse en la cocina con la intención de ayudar en la elaboración de la comida, pero los encantamientos domésticos que realizaron solo lograron quemar la mesa de madera y desparramar por el suelo las cervezas de mantequilla que servían. Sus padres tuvieron que dejar su emoción y orgullo a un lado para echarles la bronca como de costumbre, y quejarse del poco trabajo que les habían dado el resto de hermanos en comparación.

— ¿Tú? —preguntó Ron a Potter amablemente, y tendiéndole su nueva insignia de Prefecto.

— No —respondió este con cortesía—. Los jefes de las casas eligen a los prefectos después de una reunión con los prefectos salientes. Es más probable que Snape me eché una maldición a que me elija para el puesto —matizó el chico sonriendo—. Seguramente se la haya dado a Draco.

— Dumbledore es el encargado de nombrar a los Premios Anuales en séptimo, Harry —intervino esta vez su hermano Bill, llamando la atención de los dos jóvenes—. Si lo que dice de ti Fleur es cierto, no dudo de que te nombre para el puesto.

— ¿Conoces a Fleur? —preguntó Potter—, ¿cómo?

Su hermano y anfitrión se adentraron en una conversación acerca de la nueva compañera en prácticas de su hermano en Gringotts mientras Ron seguía absortó acariciando los bordes de la plateada insignia con las palabras de Potter rebotando en su cabeza a la par que un sentimiento agridulce crecía en su interior: Era la antigua insignia de Cedric, éste debía de haberle propuesto para el cargo días antes de adentrarse en el laberinto del que nunca salió. Tenía que hacerlo por él, tenía que ser mejor, estar a la altura de su recuerdo... Por suerte no lo haría sólo. Si bien Neville lo tenía bastante complicado, Hermione sería claramente la prefecta de Ravenclaw y futuro Premio Anual... podía echarle un cable siempre que lo necesitara.

— Esto tiene un aspecto estupendo, señora Weasley —intervino Potter sacándolo de la ensoñación mientras se servía el estofado de su madre con un cucharón. No sabía en qué momento se había sentado junto a los demás en la mesa de madera clara—. Estos dos no saben cocinar nada —añadió señalando a Black y Lupin con una sonrisa.

— Ya te he dicho en que me llames Molly, cielo —respondió su madre en un tono que cada vez usaba menos con sus propios hijos.

— Los crías, los educas con todo tu esfuerzo... —empezó a decir su antiguo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

—… y cuando te das cuenta te están criticando, y a la cara, encima. Qué vergüenza —finalizó el guardador legal de Potter fingiendo sentirse traicionado con una sonrisa ladina.

Durante unos minutos solo se escuchó el tintineo de platos y cubiertos, conversaciones en susurros, el ruido de las sillas arrastrándose y las risas por alguna que otra broma de los gemelos. Enfrente suya, Tonks, que de vez en cuando miraba distraída al licántropo de la habitación, se centraba en esos momentos en divertir a Ginny. Al parecer era una metamorfomaga, y entre bocado y bocado transformaba su nariz, yendo desde la protuberancia picuda que Snape tenía en la cara hasta el tamaño de un champiñón pequeño... y Ron pensó en aquel instante, que, aquello, no era tan horrible como había imaginado en un primer momento.

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