Bellatrix disfrutó de su batido sin ninguna prisa, como si no tuviese a un ansioso espectador. Su tía Vinda se encogió de hombros, estaba de sobras acostumbrada. No así Grindelwald, que cuando el relato prosiguió, casi se había arrancado mechones de los nervios.

—La verdad es que no te recordaba, Gelly… Cuando te marchaste, me hicieron olvidarte.

Grindelwald asintió con dolor, no se le había ocurrido que la desmemorizaran, pero sonaba típico de Albus.

—Conforme crecía y mi magia se fortalecía, empecé a recordar cosas. Principalmente a un mago que tenía un nombre divertido, me salvó el día en que murieron mis padres, me compró mi primera varita y me enseñó a batirme en duelo… pero no sabía que era el infame Grindelwald. Le pregunté a Dumbledore y por lo menos no se hizo el loco...

—¿Qué respondió?

—Me dijo que fue un viejo amigo suyo que ya murió. Lo dijo con tal sinceridad y dolor que lo creí y no le di más vueltas.

—Por supuesto, no dudo que así lo considera él. Siento no haber vuelto a visitarte, pero empecé la guerra y… Yo… te mandé algunos regalos —murmuró el mago con timidez.

—Sí, me encantaban, los guardo todos. Pero no sabía quién los mandaba. Tampoco le di muchas vueltas ni me esforcé en recordar quién fue el mago. Mis tíos nunca hablaron de aquella semana, mis hermanas quedaron traumatizadas.

—¿Cómo están?

—Bien, Cissy feliz en Hogwarts con su estúpido novio y Andy se casó con mi compañero Rodolphus. Nos carteamos a veces. El asunto es que el año pasado volví a Grimmauld por Navidad para saludar a mis tíos… Y en la que fue mi habitación, oculto en el hueco bajo un cajón, encontré una caja con mis objetos favoritos. Había una lista de mis personas favoritas en la que el tercero era un tal "Gelly".

Grindelwald sonrió ante la mención de la lista en la que Bellatrix le incluyó justo por debajo de sus peluches. "Y también esto" murmuró la chica extrayendo algo de su bolsillo. Era un cromo de rana de chocolate, uno exclusivo y único en el mundo, puesto que el mago que sonreía altivo era Gellert Grindelwald.

—Obviamente sabía que tú nunca has estado en los cromos de las danas…

—Ranas —la interrumpió Grindelwald sin poder evitarlo—, ra-nas, con erre.

—¡Danas! ¡Da-nas! —replicó Bellatrix alzando el tono.

Vinda los miraba de uno a otro sin entender de qué iba aquello; no dijo nada cuando ambos profirieron una carcajada cómplice. Al final su sobrina prosiguió el relato:

—Sonsaqué a tía Wally y me confesó que fuiste tú quien me cuidó; Dumbledore les aconsejó no contármelo por mi propia seguridad. Me enfadé bastante con ella… Además, yo seguía sin recordarlo bien. Tras semanas de búsqueda, contacté con un brujo nepalí experto en meditación mágica. Se basa en la legilimancia y te permite bucear en tu interior para profundizar en tu naturaleza y canalizar mejor tu magia.

—Se te da muy bien la lectura de la mente, ¿verdad? —inquirió Grindelwald al recordar que era una oclumente natural.

—Sí, soy muy buena, me enseñó Dumbledore en mi segundo curso. Y gracias a las técnicas del brujo pude revisitar mi pasado casi como si estuviese ahí. Lo practico bastante, porque fortalece mi magia y además me relaja. Hace unos meses probé a revivir lo sucedido el día en que murieron mis padres. Nunca quise hacerlo porque la cara de Voldemort… la verdad es que a él nunca lo he olvidado.

—¿Sigue igual? ¿Lo has conocido?

—Sí, sigue en Inglaterra causando problemas, pero no llega a atreverse con una guerra. Mis tíos y Dumbledore se aseguraron de que nunca me lo cruzara. Por lo que oí a través de algunos mortífagos, siempre ha tenido interés en reclutarme, vio que era una bruja muy prometedora. No sé si sabe que fui yo quien le robó la varita de sauco... Pero ese cabrón mató a mis padres. No es que yo los quisiera, pero es una cuestión de principios.

Grindelwald asintió, comprendía bien esa sensación.

—Le está causando muchas molestias a Dumbledore, por eso de momento le permito vivir.

—Así es, Bella, pero continúa con lo de tus recuerdos —la guió Vinda con suavidad.

La chica asintió dando el último sorbo a su batido.

—Cuando confirmé que eras tú, que fuiste tú quien me encontró y me sacó de la mansión en llamas, decidí devolverte el favor. Necesitaba preguntarle a Dumbledore dónde estabas y qué había usado para encerrarte…

—Para entonces ya íbamos muy avanzadas con la causa —intervino Vinda—. Bella representa la fuerza y el poder que atrae a los seguidores y yo me encargo de la planificación y de los mítines. Somos famosas en el mundo entero —sonrió la bruja—, hay carteles nuestros por todas partes…

—Por eso no podía volver a Hogwarts y tuve que interceptar a Dumbledore en un congreso —prosiguió Bellatrix—. En cuanto me vio, me advirtió que o me entregaba voluntariamente o acabaría en Azkaban. Le ofrecí un duelo: si él ganaba, me entregaba; si yo ganaba, me indicaba cómo liberarte. Aceptó. Alcé mi varita y el duelo comenzó. Quizá se considere mejor mago que yo, pero… soy una bruja sobresaliente a la que entrenó él mismo y mucho más ágil y con más reflejos. Aún así, Dumbledore iba ganando porque poseía una varita excepcional…

—¿Y qué hiciste? —insistió Grindelwald al ver que se detenía.

—Me quedé mirando su varita y… pensé que me gustaba ese palito y lo quedía pada mí —murmuró Bellatrix con voz infantil—. Así que vino a mi mano y me lo quedé.

Grindelwald reconoció esas palabras, las mismas que usó de pequeña cuando le preguntó cómo le había arrebatado la varita de sauco a Voldemort. Solo que esta vez aún le sorprendió más.

—No es posible… Dumbledore la ganó limpiamente, me ganó limpiamente —masculló Grindelwald con rabia.

—Nunca le fue fiel por completo. Sí, te ganó, pero tú tampoco fuiste su dueño. Tú no la ganaste, simplemente te la di. La varita de sauco voló a la mano de quien siempre fue su verdadera dueña: yo.

Aquello hizo que de nuevo el mago enmudeciera con los pelos de punta por la impresión. Comprendió que era cierto: Bellatrix fue la única que desarmó de verdad a Voldemort (que sí fue su dueño). Lo hizo con un simple accio infantil, sin varita ni nada… pero lo desarmó. Se ganó su voluntad. Dumbledore lo comprendió en el mismo instante en el que Bellatrix se la arrebató. Entonces, se rindió.

—¿No lo mataste?

—No, no lo hice. Nos salvó a mí y a mis hermanas, me enseñó magia y lo respeto. Es un mago extremadamente poderoso y ahora sabe que le perdoné la vida. Estamos en paz. Fue fiel a su palabra: me indicó los maleficios que había usado para encerrarte. Igual creyó que ni aún así te encontraría... Le obligué a hacer el juramento inquebrantable: no podrá volver a enfrentarse a ti ni a hacernos daño a ninguno de nosotros tres.

Grindelwald la escuchó en silencio calibrando sus palabras. Él hubiese matado a Dumbledore en su lugar, no tenía dudas. Pero comprendió que la relación de Bellatrix era otra. Con cautela, le preguntó por qué no le había hecho jurar que no se inmiscuiría en sus asuntos. Bellatrix se encogió de hombros.

—Fue una cosa rápida, tampoco tuve mucho tiempo para pensarlo… Además, no creo que sea necesario: se ha rendido con nosotros. Ya ha luchado y perdido mucho más de lo que le correspondía. Creo que se va a centrar en frenar a Voldemort y me parece bien. Por eso he dejado vivo a Voldy, para que se entretengan los dos.

—Además… —intervino Vinda en apoyo de su sobrina— La noticia del duelo trascendió, el mundo sabe que Bella le derrotó y mostró piedad con Albus. Hemos ganado muchos seguidores. Porque la consideran la bruja más poderosa del mundo, pero también porque creen que si tuvo oportunidad de matarlo y no lo hizo es porque es inteligente y no una psicópata como Voldemort. Se nos ha unido gente más moderada que antes recelaba de la causa.

El mago asintió lentamente y aceptó que había sido una buena opción. El tiempo diría si la mejor o no.

—Ya es tarde y estoy cansada del viaje, me voy a mi casita —indicó Bellatrix—. ¡Buenas noches, tita! ¡Buenas noches, Gelly!

Ambos adultos respondieron con afecto. Bellatrix se metió en la chimenea y al momento apareció en su salón. Picoteó algo de la cena que le había preparado Duler y se dio una larga ducha relajante. Después se puso un pijama con dibujos de serpientes (no le gustaban sin dibujos, le resultaban aburridos) y se metió a la cama. Era tamaño doble para que cupieran los peluches gigantes que conservaba desde pequeña. Utilizaba encantamientos para mantenerlos siempre como nuevos. Estaba arropándolos cuando escuchó de nuevo la chimenea. Frunció el ceño preguntándose qué querría Vinda a esas horas. Resultó que no era ella.

—¡Gelly! ¿Qué haces aquí?

—Quería enseñarte que guardé esto —murmuró sacando algo del bolsillo interno de su chaqueta.

Se trataba del dibujo que, quince años atrás, Bellatrix le regaló como despedida. Ahí estaban ellos dos practicando las maldiciones imperdonables frente a un mar de chocolate... con una montaña de cadáveres de sangre sucias desangrándose.

—¡No me acordaba! ¡Qué bonito es! —exclamó Bellatrix orgullosa de su obra.

Grindelwald asintió y se sentó al borde de su cama.

—¿Podrías explicarme por qué la habitación del fondo del pasillo está decorada con motivos de Durmstrang y… fotografías mías?

—Esa es la de Siriusín, ¡viene a verme mucho! Cuando nació, yo tenía ocho años y me aseguré desde bebé de enseñarle los valores adecuados. Mis tíos lo habrían echado a perder y se habría convertido en un estúpido Gryffindor… ¡Pero gracias a mí quiso ir a Durmstrang! Adora las artes oscuras y te admira mucho. Cuando le conté que me cuidaste de pequeña casi se muere…

—O sea, que ahora Durmstrang existe y es un lugar real, ¿eh? —comentó Grindelwald con sorna.

Ambos recordaron cuando a los cinco años ella le acusó de inventárselo y ser analfabeto. Eso hizo reír a Bellatrix; seguía riéndose con absoluta felicidad y algo de locura como cuando era una niña.

—Que exista no significa que dejes de ser anabeto —sentenció Bellatrix— Pero yo te quiero igual.

Grindelwald puso los ojos en blanco con fingida desesperación y sonrió. Después siguió indagando sobre Sirius:

—¿No me habías dicho que era un rebelde?

—¡Claro, lo es! Estuvieron a punto de expulsarlo en su primer curso por usar imperio en un mestizo para que le hiciera los deberes. Él es más de imperio, aunque por supuesto le enseñé a usar crucio. Me adora, es mi mayor fan, se pasa el día presumiendo en el colegio de que soy su prima. Me escribe casi todas las semanas.

—Sí que lo has educado bien…

—¡Por supuesto! Viene a verme siempre que puede. A veces se escapa del colegio con su hipogrifo, por eso tiene a mis tíos desesperados… Pero es un rebelde muy guapo y carismático, tiene a todo el colegio babeando por él. ¡Y solo tiene trece años!

—Sí, suena a Black —sonrió Grindelwald.

Bellatrix asintió y se quedaron unos minutos mirándose, recordando el pasado en agradable silencio. Al final, Grindelwald reveló el verdadero (y vital) motivo de su visita:

—He pensado que querrías que te siguiera contando la historia de aquel dragón… ¿Cómo se llamaba?

—Saiph —respondió Bellatrix al punto—. Creí que la terminaste, ¡me dijiste que no había más historia!

—He tenido muchos años para pensar nuevos capítulos.

—¡Oh, qué bien! Entonces empieza —ordenó ella arrebujándose y mirándole con atención.

Con una sonrisa, Grindelwald la complació. A ninguno de los dos le resultó extraño, era algo íntimo y especial, una forma de darle las gracias por haber arriesgado tanto por él. Le acarició la mejilla mientras se inventaba la historia del dragón y, en esa ocasión, Bellatrix se quedó dormida. Cuando eso sucedió, el mago la tapó bien, le dio un beso en la frente y la contempló en silencio. Unos minutos después, se levantó tratando de no hacer ruido.

—Gelly… —lo llamó ella adormilada.

—¿Sí? —preguntó él con voz suave.

—Quédatelo, mi palito es mejor.

La varita de sauco voló hasta la mano de Grindelwald que la aceptó tembloroso. Había añorado profundamente usar la magia. Volver a sentirla recorrer su cuerpo le produjo escalofríos de emoción. Igual tampoco le obedecía a la perfección, pero aún así, seguía resultando mejor que cualquier otra. No obstante, ahora tenía claro que no la necesitaba. Su verdadera arma infalible, con la que sin duda dominaría el mundo, descansaba frente a él abrazando a sus peluches. Le dio las gracias y Bellatrix asintió cerrando los ojos.

—Ahoda vete, Gelly, quiedo dozmid —murmuró con voz infantil.

—Buenas noches, enana molesta —sonrió él preguntándose quién de los dos salvo a quién el día en que ardió la Mansión Black.