Nunca te involucres con ellos, siempre tienen malas intenciones.

Un carruaje de alta clase se alejó del bullicio de la gran ciudad y dejó detrás una nube de polvo producto del continuo casqueteo de los caballos. A su vez, una fría ventisca azotó el rostro de los conductores, siendo más afectado el de la permanente, sus dedos se congelaron mientras comía los últimos dulces que entregaron a los sirvientes al final del evento de inauguración del restaurante.

- Esto va muy lento, ya llevamos una hora de viaje... ¿Dónde se supone que vive el conde? ¿¡Y porqué no se consiguen un automóvil!?- Se quejó lo suficiente para que el Conde escuchara dentro de la comodidad de sus asientos acolchados.

Sebastian suspiró tras sentir la propia irritación de su maestro en el interior del carruaje.

- El maestro considera que son máquinas desagradables.- Dijo sin interés.

- Es lo que un anciano de ochenta años diría.- El comentario no le hizo ninguna gracia al mayordomo.

- Debes saber que el humo que expulsan no es bueno para la salud, especialmente para sus frágiles pulmones.- Agregó como justificación, pero la teoría de que era un anciano atrapado en el cuerpo de un niño persistía. - Ahora, hazme el favor de permanecer en silencio.- Sentenció como fin de la discusión, pero Gintoki lo ignoró y siguió dando parloteo.

- Milagro que sigamos vivos con tantos vapores tóxicos en la ciudad, no sé cómo hacen para vivir con tanta humadera roja de las fabricas. Unos años más y todos tendremos problemas respiratorios... Por lo tanto, el Conde podría aguantarse como todo el mundo y conseguirse un auto.

- Si fuera por el Joven Señor, podría permanecer encerrado en su mansión durante el resto de sus días para no exponerse al aire contaminado.- Comentó como algo sin importancia. - Pero se lo repetiré, mi amo considera a los automóviles desagradables y en ciertos casos peligrosos, entonces me rehúso a exponerlo a tales situaciones.-

- El Hijito de Takasugi no ha conocido los verdaderos automóviles, a comparación con los de mi ciudad, estos no son capaces de volar, navegar o intercambiar tu alma con...- Un fuerte agarre apretó su mentón y la expresión de sorpresa se marcó en su rostro ante la clara sensación de peligro que lo interrumpió, ¿Fue por el apodo? ¿¡El Apodoo!?

- ¿Eso significa que proviene del futuro, Señor Gintoki?- Sonrió Sebastian con cierta malicia tras observar atentamente al samurai durante todo el día. - Aunque eso no lo parece... por el contrario, distingo en ti rasgos japoneses comunes, de hace tres décadas atrás inclusive. Hablo del período de Edo en Japón, por supuesto, antes de que los Samurái se disolvieran. Sin embargo, esa suposición tampoco parece ser correcta, porque me hablas de maquinas que no existen. Dime, entones... ¿Cómo has podido llegar hasta aquí, Little Lost Soul?- Se burló con una evidente curiosidad morbosa.

Mejor aún, quisiera saber yo... ¿¡Dónde quedó el amable y educado mayordomo!?

Gintoki se debatió entre sacárselo de encima y correr, abandonar el emcargo, e intentar regresar a casa por su propios medios, antes de que... Sus pensamientos se paralizaron cuando un dedo enguantado acarició con lentitud su labio inferior, sintió el peligro inminente de un deseo corrompido, y un dolor agudo en su pecho acrecentó tras pasar los segundos. Se estremeció ante el significado oculto y Sebastian se relamió los labios ante las sensaciones transmitidas, lo probó en el aire, en la punta de su lengua, eran vibraciones metálicas de una espada oxidada bajo la lluvia, en un campo de sangre.

¡Nooo, esto no puede ser un yaoi! ¡Me niego! Por la desesperación por liberarse de esta extraña situación, se le ocurrió fingir estornudar, y de inmediato fue liberado como si fuera la inmundicia más repugnante del mundo.

- Creo que también me estoy volviendo alérgico a los gatos.- Comentó nervioso, una tonta excusa para ese mayordomo se apartara, y poder deshacerse de esa extraña sensación que había inundado su ser.

Sebastian lo miró con astucia para luego volver a concentrarse en el camino, el perfecto mayordomo había regresado.

Quizá sólo fue una mala broma para que se callara. Pero Gintoki no pudo quitarse esa mala sensación en su pecho, tan repentina, como si hubiera estado a punto de morir... o más aún, la sensación fue muy semejante a estar frente al fantasma de su propio maestro, frente a un frío y profundo vacío inexplicable. El nombre de Utsuro hizo eco en su mente.

La espesura del bosque se acentuó y el sol comenzó a ocultarse. Graznidos de cuervos se escucharon sobre las ramas, estaría oscuro para cuando llegaran, y en la lejanía del sendero unas luces se acercaron.

Eran dos a la par, cada uno cubría un lado de la carretera con una velocidad moderada. Eran autos clásicos convertibles, los conductores parecían hombres comunes con sombreros que tapaban sus rostros.

De reojo Gintoki observó a Sebastian, entendió que él no haría nada por ayudarlo ante un posible ataque, porque el guardia aquí era él, supuestamente.

Y con pereza se quejó en silencio, cuando su intuición se hizo realidad. Los asaltantes de los vehículos sacaron sus armas, cada una al lado del carruaje con intención de terminar con Phantomhive.

¿Izquierda o derecha? Tendría que partirse por la mitad para cubrir ambos lados, evitar que los disparos penetraran el carruaje hasta llegar al hijito bastardo de Takasugi.

Así mismo lo hizo, reaccionó en un instante, su espada de madera salió disparada para un lado y su propio cuerpo se movió hasta alcanzar al otro.

La espada impactó en la muñeca del primer asaltante y el golpe lo sufrió en su muñeca, el sonido de la bala perdida asustó a los pajarracos negros y la herida imprevista lo desorientó. Esto le dio suficiente tiempo para que Gintoki llegara hacia el otro asaltante, agarrarlo y lanzarlo por el aire hasta sobrepasar la cabeza del desinteresado Sebastian, hasta derribándose finalmente sobre el otro sujeto.

Ambos autos coincidieron cuando el carruaje avanzó, quitándose del medio, y el samurai se preparó para llegar hasta ellos de un salto, pisar sus cabezas y recuperar su espada de madera. Fue en un instante hasta poder regresar y sujetarse por detrás del armazón del propio transporte Phantomhive.

Desde esa posición observó los vehículos salirse de control, impactando contra los arboles del frondoso bosque, ruedas y pedazos de metales esparcidos.

- Si son peligrosos.-

Más tarde, una hilera de cuatro sirvientes se apresuró a recibir al señor, un cielo oscurecido sobre ellos; por detrás, una increíble mansión semejante a una casa presidencial o un palacio real, el cual casi provoca un ataque cardíaco al humilde Yorozuya criado como un nómada.

El carruaje tuvo que rodear una gran fuente de agua cristalina y estatuas de mármol hasta finalmente detenerse en la puerta principal. Gintoki fue el primero en bajar detrás del armazón y estirar sus músculos, mientras Sebastian dio su visto bueno a los demás sirvientes que esperaban ansiosos el regreso del joven maestro.

- Demoraron mucho en llegar...- Se quejó el Cheff con un cigarrillo colgando en sus labios y delantal manchado con pólvora.

- Hemos estado muy preocupados.- Afirmó el jardinero con sombrero de paja.

- ¿¡Vinieron por el camino largo!? ¡Eso fue muy arriesgado!- Exclamó la sirviente de anteojos grandes.

Una mirada mordaz de Phantomhive fue suficiente para hacerlos callar y procuró que el yorozuya no se haya percatado de las lenguas largas. Eligieron a consciencia el camino largo del bosque, tal como hizo caperucita roja para encontrarse con el lobo en final del recorrido.

Gintoki tuvo aguda audición para escuchar los comentarios, decidió ignorarlos a pesar de su fastidio, más centrado estaba cuando lo vio, en apiadarse de su rival con sobrero de paja.

- ¿Entonces es así como termina nuestra historia, Luffy? ¿Como personajes secundarios e irrelevantes dentro de este mundo deprimente?-

Finnian se encontró confundido ante el extraño.

- Mi nombre es Finny, no Luffy. ¡Y estoy muy alegre con mi trabajo en la mansión, es muy divertido y tengo mucho tiempo libre para hacer lo que quiera!- No alcanzó a terminar la frase que el chef ya estaba golpeando su cabeza para calmar sus emociones, y el mayordomo lanzara una mirada mordaz que prometía el doble y triple de trabajo en el infierno para que se comportaran.

Gintoki se preguntó si hubiera sido capaz de crear un Kame- hame-ha, si hubiera terminado en el mundo de DB y no en éste. Al menos se alegró de que no haya sido en ningún anime escolar adolescente con hormonas alborotadas.

En cuanto a Ciel, tenía una punzada de dolor dentro de su cabeza, indicio de haber tenido un largo día que supero sus límites de tolerancia y deseaba poder cenar tranquilamente, y prepararse para descansar. Pero admitía que este Yorozuya había comenzado a despertar su interés, tan sólo un poco, incluso al mirarlo le daba la sensación de estar frente a un ser humano distinto a los demás... hasta que volvía a comportarse como un idiota, claro.

Pero no comprendía la urgencia de la reina en deshacerse de él, no había ningún indicio que indicara un peligro inminente, ¿qué secretos poseía el Yorozuya?

Los pensamientos de Ciel daban vueltas en interrogaciones, cuestionamientos, reformulaciones, intentándo analizar y comparar los datos. Hasta que Sebastian se detuvo a su lado y susurró unas simples palabras en su oído.

- Marca de Fausto.

A continuación, prosiguió sonriente a servir la cena, y relatar toda la preparación gastronómica del platillo especial de la noche. Ciel no apartó su mirada calculadora de su invitado.

Por supuesto, Gintoki como un invitado se sentía incómodo dentro de una mansión y frente a un banquete de reyes, ni siquiera reconocía los muchos utensilios al rededor de su plato... entiendan que a penas puede manejar el tenedor, ¡usa palillos chinos!

- Señor Gintoki, como su tiempo de contrato ha terminado y lo has concluido de manera decente, podrías compañarme durante la cena... aún debemos discutir el pago.- Recordó las palabras del Conde tras llegar a la mansión, pero si no fuera por el pago ya se habría marchado, incluso si tendría que correr kilómetros como a quien persigue el demonio.

- Confieso que tenía curiosidad por conocerte...- Intervino Ciel en sus cavilaciones. - Sin duda me has sorprendido. Quiero decir... nunca eh conocido a nadie más incivilizado como usted, con un sentido de la realidad distorsionada, impulsivo y desastrado como un perro.- Cada palabra pareció una apuñalada de los Kunai's de Tsukuyo hacia su cabeza de permanente natural, dejándolo noqueado.

- No me extraña ahora que sólo te queden cinco sirvientes en toda la mansión.- Comentó con sarcasmo, si no fuera que es más enano que el propio Takasugi ya lo hubiera atravesado con la espada. Niño mimado, bastardo.

Sin embargo, la seriedad cubrió el semblante del Conde y del mayordomo, siempre a su lado, expectante. Una advertencia silenciosa, un movimiento en falso y estaría muerto.

- Todavía no puedo imaginar las razones de porqué la reina quisiera deshacerse de ti a toda prisa.- Se puso en pie Phantomhive, la cena había terminado.

- Tampoco lo puedo imaginar. Podríamos ir a preguntarle, ¿o enviar una postal?- Se burló nerviosamente, tenso pero en alerta, consciente del cambio brusco en la atmósfera.

- A menos que... tu testimonio sea cierto y realmente provengas de otro mundo.- Prosiguió el conde sin escucharlo. - O mejor dicho, traigas cosas de otro mundo que pongan en riesgo a éste.

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