La piel salada de León reverberó bajo el sol. Escuchó el canto de los mirlos y supo que todavía estaba vivo y escampado. Los mirlos tienen poco estilo para el averno y les gusta la lluvia. En el aire, todavía unos cúmulos acres y el olor negro. Sintió la arena deslizarse en su espalda y vio cómo el cielo se movía de lugar.
—¿Dónde es…? —preguntó al aire.
—El mundo de los vivos, extranjero. Parece que no lo querían en el país de los muertos.
—Pero —balbuceó sibilino—, tú estás muerto…
—Sí, puede ser. Quizás a mí tampoco me querían por allá.
Cuando se hubieron refugiado, la consciencia le fue regresando la claridad de las cosas, cosa que se tradujo en un agudo dolor de cabeza. Se sentó sobre el catre.
—¿Hubo 2 de ustedes todo el tiempo?
—Hay 9 de nosotros ahora.
León descubrió un suelo de húmeda madera verdosa, rodeado de trastos viejos y armatostes altos, sujetos entre sí por un sistema empolvado de poleas, amarras y repiques. El agua pasaba bajo ellos, gordas gotas caían en la calamina sobre sus cabezas, y la poca luz del lugar era gracias a lámparas de fuego distribuidas a lo largo de la gruta y colgando del oscuro techo de la caverna. Pudo ver, en cada rincón, una copia y un espejo del Buhonero. Todos eran Buhoneros, una sola red de venta ilegal de armas, muchos individuos, todos los mismos, unidos por una hermandad no menos misteriosa que la amistad o el amor. Entre sus capas y sus sombras, un nombre se deslizó como un susurro: La Guarida de los Búhos.
—Extraña… —fue lo único que se le ocurrió decir.
—Extranjero… —le llamó el Buhonero, el nuevo Buhonero, casi igual al anterior, pero con el rostro más largo y flojo—. ¿Por qué no pasa a nuestra tienda? —le abrió paso entre las cortinillas al almacén principal con todo el arsenal que poseían.
León quedó impacto, porque ni en el los Cuarteles de las Fuerzas Especiales había visto tal cantidad de armas reunidas en un mismo sitio, apretujándose sus ánimos bélicos. Pistolas de todo calibre, fusiles y rifles, lanzaderas de acoplamiento, miras, culatas y correderas, además de municiones a montones para todas y granadas de todos los colores.
—¿Quieren empezar una guerra?
—Algo así.
Sin duda, estos 9 hermanos, aún vivos, de quererlo, podrían realizar una insurrección ellos solos, con grandes probabilidades de éxito. Por un instante, pensó que tal vez ellos representaban un mayor peligro para su gobierno que los llamados Iluminados, así que, siguiendo una vieja costumbre yanque, decidió establecer una alianza estratégica y efímera en base a una lengua mucho más universal (el dinero), para la derrota de un enemigo virtualmente peor, con la esperanza de no tener que romperla en un no muy cercano futuro.
—Estamos en barata.
—¿Qué tan buena es esa barata?
—Oh, no nos comprará estas armas, extranjero, ni estas balas —declaró el Buhonero, extendiendo su brazo y extrañando al extranjero—. Las aceptará como moneda de cambio. Con ellas, nosotros compraremos algo.
—¿Y qué compran?
—Vidas, extranjero. Las vidas de todos los malditos tontos que están allí arriba. Cada bala con la que te paguemos, nos estará debiendo una vida.
—No soy un asesino —se defendió León con la voz suave.
—Extranjero, ¿me está diciendo que vino a este país para ser un buen turista?
Así que se abocaron a la tarea de armar a León hasta los dientes, nunca mejor dicho. Le dieron un poco de todo: De esas balas con clavos, las miras telescópicas, exóticas minas rastreadoras. Incluso le mostraron armas que él nunca había visto y le enseñaron rápido a usarlas, clases que también pagaría con vidas. Tuvieron que repensar su estrategia cuando vieron que tantas armas no le permitían moverse a gusto. Apostaron por la versatilidad eficaz al poder destructivo. Al mismo tiempo, también, le confiaron sus mayores secretos asesinos.
—Me parece que hay algo que a nuestro hermano le hubiera gustado que tuvieras —uno de los Buhoneros se le acercó, tenía un tajo en la mandíbula por lo que hablaba lento y cansado, e hizo pase a dos más que traían un maletín metálico. Al abrirlo, un brillo dorado pegó directamente en el rostro de León. Acercó la mano y al retirarse, contemplaba asombrado el poder del Cañón de Mano, una Colt Python modificada, con un cañón de 40 centímetros, capaz de disparar balas de magnesio de 3 pulgadas, de carga explosiva, especialmente fabricada para ella. Costaba trabajo solo mantener la mira alzada. Los Buhoneros se inclinaron, como haciendo una reverencia.
—Podría funcionar —dijo, y en ese momento un flash le vino por el rabillo del ojo, y al girarse quedó todavía más deslumbrado ante la elegancia del Noir.
—Tienes un gusto extraño, extranjero —se le acercó el Buhonero de ojos coloraos.
Mandaron a descolgar el traje.
Dicen que la Historia precisa héroes. Pero a este rincón del mundo le tocó un héroe con nombre rimado y muelas de pecador, un héroe que se convirtió en un perverso hermano que observa a todos sus protegidos durante el sueño y la vigilia. Por eso Don Esteban madruga, y cuando se cansa de amainar la paja se acerca a tomar la botella de leche fría apoyada en la cerca. Bebió a sus anchas. León apareció de una esquina y le encajó el hacha en medio del diafragma. No pudo ni gritar, pero sí sufrir mientras sentía cómo la caja toráxica se le llenaba de leche y esta chispeaba rojiblanca como aspersor desde la herida abierta. Un segundo hachazo, esta vez en medio de la cabeza, terminó con su pataleo.
Mientras eso ocurría, Doña María terminaba de servir un espurio plato de frejoles. Se dirigió con una sonrisa desdentada hacia el comedor, sólo para descubrir la silla de su hijo Manuel vacía. Soltó el plato y la rabia le llenó el corazón.
—¡Madre! —gritó Manuel.
Salió de su casa, y todos salieron de sus casas.
—¡Madre, ayuda! —volvió a gritar mientras León vaciaba el aceite y el keroseno.
Se dieron cuenta entonces del muchacho amarrado en el segundo piso del granero. Se apresuraron a tomar los machetes y los azadones y pegaron una furiosa carrera.
—¡Agarren a este hijo de la gran puta! —gritó alguien—. ¡Vayan por detrás! —uno más, cargando la escalera—. ¡Mi hijo, ¿qué te han hecho?!— se lamentó Doña María de rodillas frente al granero. Los hombres rompieron las puertas, se metieron por ventanas, llenaron el espacio. No había nada, salvo heno y un fuerte olor combustible. León, desde el tejado, dejó caer el encendedor en medio de todos. El fuego se extendió con la gracilidad del viento. La paja, la madera, los cuerpos, todo empezó a crujir. Algunos lograron aventarse afuera en su ciega huida, solo para caer y propagar las llamas en sus ruedos. León saltó de un techo a otro. El incendio se propagaba voraz: Los animales y los hombres, bajo León, gritaban por igual.
—¡Mamá! —gritó Manuel cuando las llamas le alcanzaban.
La madre suplicó, pero nada se podía hacer. Se tiró al suelo, destrozada.
Desde el otro pueblo, pudieron ver el fuego.
—Alcalde Méndez… —le llamó un alfeñique. Méndez pisó fuerte hacia la ventana y arranchó los binoculares. Apenas uno de sus ojos cabía por ellos, el ojo bueno. Descubrió a los lejos los cuerpos de sus conocidos, chamuscados y colgados en el portal.
—Hijo de perra…. —se giró, furioso, agitado, asustado—. Reunid a todos. El extranjero sigue vivo… Debo informar a Lord Saddler —caminó con paso rudo, hacia la Iglesia Principal. Al travesar sus puertas, se indignó. León le esperaba cómodamente sentado en la Silla dorada, con las ropas elegantes y rayadas. Sus ojos se escondían bajo un sombrero de copé y un mechón bien peinado, pero su sonrisa era grande.
—¡Alcalde Méndez, tengo un requerimiento!
—¡Tú, maldito pedazo de caca, ¿qué te crees que estás haciendo?! —gruñó apretando los puños.
—Estas sillas son cómodas, ya sé por qué les gusta hacer estas payasadas….
—¡Extranjero, hijo de perra, sacrílego! ¡Profanas nuestro santuario con tu inmunda extranjería! ¡Sabía que debíamos matarte en la primera oportunidad, lo sabía! Ahora: ¡El pueblo debe ser purificado de tu infecta presencia para calmar a nuestro Dios!
—Sabe… —León suspiró, dando un pequeño rodeo—. Yo no sé en qué Dios cree usted… Pero yo le puedo decir en cuál creo yo: En las armas.
—¡Hijo de puta, te haré pedazos! —y corrió pesado contra León, pero este respondió con un movimiento raudo desenfundando el arma con cañón más grande que hayan visto hasta entonces en esa península. La pierna de Méndez se desprendió. Cayó estrepitoso y comenzó a retorcerse doloso al percatarse de su nueva falta.
—Dicen que esta arma es buena para matar elefantes —comentó León caminando alrededor de Méndez—. Por eso creo en ellas. Ya sabe, las puedes ver, las puedes tocar, y puedes cargarte un tío gordo con ellas. Eso es mucho más de lo que puede hacer tu Dios o todos los dioses juntos puestos unos encima de otros. Creo que cuando vas a creer en algo, el que exista es una parte importante. Suma puntos.
—¡Estúpido americano, morirás por tus estúpidas creencias! —gritó, todo energúmeno.
—Oh, sí…. Creo que estamos en esa incómoda situación, ¿verdad? —caviló unos segundos y luego le disparó en la otra pierna a Méndez, volándosela—. Creo que así se resuelve.
—¡Oh, Dios! —gritaba de dolor. Su pierna estaba allí, tirada a un costado. León disparó tres veces más en tres partes del enorme cuerpo, no vitales. Cada tiro era como una bomba y la carne literal se pulverizaba al recibirlo. León siguió recorriendo el lamentable cuerpo.
—No blasfeme, Alcalde.
—¡Hijo de perra!
—Y por supuesto —disparó una vez más. ¡Diablos! La mano salió volando por un rincón oscuro—.Si quiere rezar o suplicarle a un Dios… —otra vez. ¡Carajo!,—Será mejor que de ahora en adelante solo me rece a mí, porque ahora mismo yo soy su ángel de la muerte.
—¡Maldito, te mataré, te haré mil pedazos con mis manos, te arrancaré los miembros, los ojos, te destriparé! —gritaba gigante y sus gritos subían hasta el campanario.
La campana repicó magnánima y todos los aldeanos de las villas cercanas se volvieron inocentes. Abandonaron la búsqueda del extranjero y se dirigieron a su Iglesia en solemne penitencia. Irrumpieron en multitud y Méndez les recibió, alambrado al altar. Experimentaron lo que se llama un terror divino. Méndez no gritaba, estaba mutilado, pero no gritaba, tenía en la boca el estandarte. Al acercarse, vieron cómo a Méndez le habían arrancado su ojo rojo. Ese ojo observaba cómo León, desde las colinas aledañas, levantaba su rifle y ponía la mira sobre los explosivos.
—Hasta luego.
Un disparo fue suficiente para detonar toda la dinamita y todos los barriles de pólvora y así destrozar toda la estructura de la Iglesia, que cayera como bola de fuego, que los cuerpos se incineraran en segundos, que los restos volaran, que algunos se tumbaran, que la torre se hundiera. Sólo quedó una enorme hoguera allí. Contemplando su obra, galopó hacia el infinito fundido negro. Ya desde el Castillo se podían ver los altos incendios.
León sólo dejó vivo a uno de los aldeanos: El funerario, para que expidiera todas las actas de defunción necesarias. Trabajó sin cesar ese día.
¿Podría Ashley saber que su héroe ya venía cuando en lamentos observaba la luna menguante? ¿Podría ella saber que ya galopaba en páramos ardientes con rifle en mano, el héroe que las noches le prometían? ¿Podría soñarle, cuando las montañas tocaban el sol y donde los cielos caían al mar? ¿Sabría que León tiene de héroe lo que ella de princesa?
Los últimos campesinos contaban el tesoro del día mientras comían con la boca abierta y gruñían entre sí alrededor de una mesa desparramada donde se arrastraban gusanos. Ivanica revisaba con fascinación estúpida la daga dorada que había recuperado. Los demás se distraían en inútiles tareas campechanas, intentando clavar una madera a la pared o recordar los acordes de la guitarra.
—¡Esto es el por el Buhonero! —las teclas violentas de una Máquina de Escribir de Chicago atravesaron las maderas de la casa y llenaron de agujeros los cuerpos dentro. En sus últimas tareas fueron acribillados. Todo lo demás, también se perdió. Ivanica terminó en el suelo, aterrada, viendo los rayos de luz que entraban por los múltiples agujeros, infinitos ases que se cruzaban sobre ella. Vio cómo una fina sombra asechó desde el otro lado, y vio el ojo sagaz que puso en la mira donde había puesto la bala.
Ivanica corrió por el camino de tierra. Las rodillas se le llenaron de barro.
El funerario llenó torres inmensas de actas amarillentas. Sudaba firmando desesperado una tras otra el llenado de muerte eterna.
Mientras tanto, los Iluminados realizaban una última ceremonia. Esta vez uno de los fieles menores iba a ser promovido dentro de la jerarquía de la secta. Para ello, se entonaba un lúgubre canto entre fuegos, y luego de deber sangre de carnero, el Líder se colocaba detrás de él y con un verso le otorgaba su nuevo rostro metálico, su único rostro a partir de ahora. Los fieles observaban embobados, quizás deseándolo, cuando uno de ellos se aparecía en el balcón del segundo piso. Estaba el nuevo rostro realizado y al abrir los ojos para encontrarse el nuevo mundo, descubrió al viejo traidor, extranjero en trapujos, sacando el RPG del cofre.
—¡No! —levantó el dedo. El disparo único y brutal acabó con la escena y los redujo a todos a mero polvo sanguíneo, apenas con una que otra llama que acompañara su absurdo fin.
—Y esto por Luis —se quitó León los mantos.
Para cuando fue informado Saddler, León ya llegaba de vuelta a las puertas de la base.
Tuvo que quitarse el pijama recién puesto para volver al hábito ceremonioso.
A esa hora, Ashley recibía a 3 hórridos milicianos que cerraban chirriante tras ellos.
El muchacho que hacía guardia no se dio cuenta de nada: tenía los oídos tapados por los audífonos y el meneo de su cabeza terminó con un estallido que la partió en dos.
—Te los regalo…
León avanzó con la Punisher equipada con silenciador bien levantada. Saddler iba de un lado a otro, daba órdenes o algo parecido, gritaba improperios cada que podía. Ashley intentó defenderse, pero un manazo le reventó el labio. Por los pasillos, yacían sentado en charcos oscuros sombras muertas. La arrojaban sobre la mesa y sus captores rasgaron las telas. Aquellos que se fueron a dormir temprano no supieron qué pasó. Los que estaban en turno corrieron a las armerías y tomaron todo lo que fueron encontrando, listos para la guerra contra el hombre con el poder de matar a Dios. Se destrozaron el pantalón con desespero. Llegó tras un reguero de sangre. Le sujetaron las piernas. La puerta se azotó.
—¿Quién mierda eres tú? —le escupieron. Los demás permanecieron como embobados. Ashley se dio cuenta. León permanecía en un silencio sombrío—. Lárgate, cabrón.
León permaneció.
—¡Dije que te largaras!
Al correr, el hombre selló su destino en forma de un cuchillo que entró y salió una y otra vez de su estómago. Le sacó las tripas y el olor de la habitación fue reemplazado por uno más nauseabundo. Los otros dos ni intentaron atacarlo. Uno, pobre, intentó salir corriendo, pero su cuello se encontró con el cuchillo de León y terminó retorciéndose con una fuga incontenible de sangre. Ashley no quiso apartar la mirada. León caminó.
—Por favor, por favor, amigo, déjame irme, por favor, yo no hacía nada, solo estaba mirando, por favor —se hincó de rodillas el tercero y empezó a llorar con las manos juntas.
—Largo —soltó León, tan sombrío y cortante.
El chico se levantó y quiso irse, pero Ashley fue más rápida, menos clemente, y tomó la Punisher, nunca mejor nombrada, y descargó tres disparos tremendos y ahogados en su espalda. Un silencio de pólvora siguió a eso. Luego, bajó el arma, contemplando su obra.
—Ashley… —León le cogió la pistola. Ella levantó el mentón—. Ponte algo. Nos vamos.
