Capítulo IX: Cartas
Shizune descansó su cabeza en una mano mientras sus ojos pasaban sobre las letras escritas demasiado pequeñas en medio de la hoja, su mano libre se deslizó sobre la mesa para tomar el vaso con café, pero, cuando se lo llevó a la boca, solo una gota de mojó sus labios. Suspiró, quizás era demasiado tarde para seguir ahí. Llevó su espalda al respaldo de la silla, inclinándose para ver que Tonton seguía enrollado sobre la cama y no se había movido hace horas. De puntillas fue hacia un estante para sacar una botella de vino que había abierto el día anterior y, pasando a un lado de la mesa, tomó también su taza de café vacía. Cerró la puerta tras de sí con sumo cuidado, y se alegró cuando el sonido de las pezuñas del cerdito contra el suelo de madera no la siguieran hacia el pasillo.
Shizune no era una romántica, o eso era lo que pensaba de sí misma. Lo había decidido cuando tenía ocho años y había visto los primeros de coqueteos con los que Asuma había intentado impresionar a Kurenai, la chica más linda de la clase; los demás chicos sentían que estaban quedándose atrás y, por un periodo extenso, solo hablaban de la chica de ojos rojos que no era Uchiha. El único que la invitaba a comer ramen con él era Gai, el chico que hasta el día de hoy no parece tener interés en nadie más que su alumno favorito y su eterno rival, su jefe. Aunque, en ese tiempo, ella hubiese querido que, en vez de Maito Gai, fuese Shiranui Genma; pero el chico malo prefería salir con su mejor amigo Namiashi Raidō. Luego de su salida de la Academia, Tsunade le dijo que nunca se enamorara, y ella acató, no entendiendo sus palabras amargas a pocos meses de que su tío falleciera. De niña los había visto completamente enamorados el uno del otro, mientras su madre le decía que dejara de espiar a su tío, cada vez que llegaba a casa a contarle lo que había visto.
En silencio, la médica abrió la puerta de madera que daba a una escalera angosta y oscura hacia al ático, no era un lugar en el que quisiera estar merodeando en medio de la noche, pero la angustia no le permitía mantener la mente tranquila. Había pensado una y otra vez en que su jefe, frente a los cuadros de todos los Hokage, la devoró como si tuviera hambre por días. Nunca se había sentido así, después de todo, su vida romántica no era tan fructífera como lo era su vida laboral. Sentía su corazón dar un vuelco cada vez que los labios de su jefe decían su nombre y sus ojos la miraban como el día que la boda de Shikamaru y Temari.
Abrió la puerta del ático y encendió la luz, su nariz quiso estornudar el polvo de aquel lugar, pero ella se contuvo para que Tonton no extrañara su presencia y empezara a rasguñar la puerta. Sus piernas la llevaron a las cajas de una esquina, las que contenían las pertenencias de su tío, las que ahora le pertenecían a ella al igual que toda esa casa vieja. Pensó brevemente en el Raikage, ninguna casa de las que tenía para ofrecerle en su país tendría esos pequeños tesoros. Abrió una pequeña caja y de ella sacó unas cartas que databan de hace una vida atrás. Había un enorme montón anudado en hilo rojo, Shizune las había visto desde hace semanas, pero no había sido capaz de leer las promesas de amor de otros. Con su otra mano tomó la botella de vino a medio tomar y con sus dientes le quitó el corcho, lo dejó caer en su regazo y sirvió vino en su taza de café mientras con su pulgar repasó el nombre de su tío en la primera carta del montón. Era una carta de Tsunade.
En la misiva, la rubia le explicaba que la misión fuera del país le tomaría más tiempo del que habían estimado en primera instancia. Mencionó algunas cosas que había visto en aquella ciudad extranjera y escribió algo que debió parecerle divertido a su tío, solo a él, porque carecía de sentido sin contexto. Shizune sonrió, al encontrarlas, la morena le dijo a su mentora lo que había en las cajas del ático y se las había ofrecido; pero Tsunade no estaba lista aún para leerlas. Quizás nunca lo estaría. Así que el comentario divertido estaba perdido para siempre.
Al avanzar en la carta, Tsunade empezaba a decirle a su tío cuando lo extrañaba y sus palabras se volvían melosas. Hablaba del sinsentido de despertar sin sus brazos protegiéndola del frío. Shizune sintió sus ojos escocer, dejó la carta sobre el montón y bebió del vino intentando ahogar el nudo que se le estaba formando en su garganta, segura de que nadie la amaría de aquella forma.
Supo que aquello fue una mala idea, por lo que volvió a meter la carta en su sobre, anudó el hilo rojo alrededor del montón y volvió a meterlo en la caja. Apagó la luz y, en las escaleras, oyó las pezuñas de Tonton rasgar la puerta que daba a la enorme recamara que había heredado.
—Lo siento —se apresuró a decirle apenas abrió la puerta y lo liberó de su prisión.
El cerdito frotó su cuerpo pequeño en sus tobillos desnudos, como si la hubiese extrañado demasiado. Ella se hincó y lo acunó con un brazo, él presionó su nariz en su oreja y la olió causándole escalofríos. Era hora de dormir.
Dejó la botella y la taza a un lado de su trabajo pendiente y caminó hacia su cama. El cerdito saltó a la cama y movió su cola mientras la veía pasearse por la habitación. Se quitó el kimono que probablemente tenía demasiado polvo del ático y buscó entre su ropa una yukata para echarse a dormir. La que alguna vez le perteneció a su madre. Entró en la cama y el cerdito se acomodó a su lado bajo las sábanas.
No supo cuánto durmió, pero no debió ser demasiado porque el sol estaba apenas saliendo. Miró por la ventana y vio la montaña de los Hokage mirarla desde lo lejos. Con una mueca, decidió ocultar su rostro con una almohada, no sabía qué estaba haciendo. Si su madre viviera, seguramente estaría feliz de que por fin tuviera un romance y dejara de preocuparse de cosas poco importantes, porque ella no quería que siguiera los pasos de su tío.
Algún día te enamorarás, le decía su madre con ojos soñadores, tal cual me enamoré de tu padre. Shizune se sonrojaba cuando la escuchaba hablar de él, no lo conocía; y tal y como su tío, no había llegado a casa luego de una misión, y ellas habían tenido que mudarse a la casa de sus abuelos paternos. Después de todo, su madre era una simple mesera en una taberna que había hechizado a su padre luego de una misión, y su sueldo no era suficiente para mantener a la hija de ambos.
Si su tío y padre habían tenido un romance de ensueño antes de morir trágicamente, pues ella no iría a enamorarse, Tsunade le había dado la razón años más tarde.
Y ahora que su corazón daba vuelcos con su jefe, no sabía qué pensar de sí misma.
Decidió levantarse de la cama y dirigirse hacia la cocina. Encendió la cafetera y empezó a ordenar la cocina como si fuera parte de su rutina. Tonton apareció unos instantes después, con los ojos aún entrecerrados, y se acomodó en un almohadón que su madre le había dejado ahí para que la acompañara cada vez que ella estaba en la cocina.
Shizune sonrió cuando oyó al cerdito suspirar para volver a entrar al mundo de los sueños.
Un golpe tímido la alertó, fue tan leve que Tonton no se percató. Shizune pensó que quizás estaba imaginándolo, por lo que volvió su atención hacia la cafetera. El golpe volvió a sorprenderla y, esta vez, el cerdito levantó sus orejas.
—¿Vino alguien? —le preguntó a su cerdito y él la miró extrañado—. Todavía es muy temprano para cualquier cosa.
El golpe insistió.
—¡Ya voy! —dijo ella, sintiéndose estúpida al hablarle al vacío, aún incrédula de que hubiese alguien queriendo verla cuando los rayos de sol no habían calentado nada aún.
Su corazón dio un vuelco.
—Señor… —dijo ella, pero no pudo pronunciar su nombre ni su título.
—¿Te desperté? —preguntó él.
—No —dijo ella, el frío de la mañana podía sentirse en el umbral de la puerta, por lo que se abrazó de sí misma y su yukata—. Estaba preparando café.
—Suena bien —dijo él, Shizune rió con la boca abierta, él prácticamente se estaba invitando solo dentro de su casa, por lo que se hizo a un lado y lo dejó entrar—. Así que esta es la casa de tus parientes.
Ella asintió tímida, a la vez que cerraba la puerta. Tonton miraba desde el umbral de la cocina con la cabeza inclinada, como si no entendiera por qué el jefe de su madre la visitaba fuera del horario de oficina, y más aún, un día sábado.
Kakashi notó el silencio y se llevó su mano al bolsillo para sacar una carta que Shizune reconoció enseguida, era la que ella misma había escrito para bajar de su fantasía. Necesitaba reglas que seguir o no conseguiría dormir nunca más, aunque por lo visto ya no era posible ni siquiera con la carta.
—Dijiste que debíamos planearlo con tiempo. El lugar y el momento, no me parece adecuado hacerlo en la oficina. Tenemos mucho trabajo que hacer… —le dijo con una sonrisa, todo sonaba a una excusa mal pensada para Kakashi, y esperaba que Shizune no leyera entre líneas. Después de todo, ella era demasiado inteligente como para no ver aquellas tonterías, pero ella asintió y lo guio hacia la cocina.
La verdad era que él no había podido dormir pensando en que no la vería el fin de semana y ni los libros de Jiraiya le daban calma. Sin embargo, ella fue tan gentil de ignorar su pésima excusa, o quizás seguía lo suficientemente dormida como para pasarla por alto.
Shizune le sirvió café y aclaró la garganta.
—Discutamos —le propuso cálida.
Ella era una mujer que fácilmente podía desbordar ternura, aunque intentara ocultarlo, pero en las primeras horas de la mañana era más tierna aún. No sabía si era su cara somnolienta o su cabello, o si hubiese querido verla despertar así entre sus brazos. Si fuera más atrevido, habría buscado la forma de besarla, pero la mesa de la cocina los separaba.
Y de alguna forma, su racionalidad lo intimidaba. La carta ahora reposaba entre las tazas de café, era capaz de dejar que él le comiera la vulva y luego escribir cómo y cuándo pasaría nuevamente. No parecía estar buscando algo romántico. Quizás cuántas veces había llegado a un arreglo informal y no sentir nada intenso por nadie. Jiraiya había escrito algunos pasajes de una mujer así en Tácticas, pero ella no se parecía en nada a Shizune. De hecho, la ternura no estaba dentro de sus atributos.
Él aclaró la garganta.
—Pensé en un arreglo para poder tener un encuentro en la oficina…
—No —dijo ella al instante—. Preferiría no confundir las cosas. Además…, alguien podría descubrirnos.
—Lo sé —dijo, su corazón saltó cuando recordó la adrenalina cuando pensaba que alguien entraría—. Pensaba en pedir que abran el Ala del Hokage.
Se refería a los aposentos del Hokage, el lugar donde todos los Hokage dormían dentro de la misma Torre para estar cerca del trabajo. Esa ala la habían ocupado Harashima, Toribama, Hiruzen, Danzo y Tsunade cuando no estaban ocupados atendiendo sus vidas personales, pero su jefe, quien no tenía personal, había decidido cerrarla con la idea de no perderlo todo al asumir como Hokage. Él quería estar rodeado de sus cosas en su pequeño apartamento de toda la vida.
Ella quedó sin palabras.
—Piénsalo —le sugirió—. Podemos quedarnos trabajando hasta tarde, como te gusta, y luego puedes acompañarme al Ala del Hokage. Puedes pasar la noche, si quieres, y trabajar a primera hora del día. Nadie notara que te quedaste conmigo.
Sonaba un buen plan.
—Déjeme pensarlo —dijo ella. Quería aceptarlo, dormir con él era lo que su mente repetía una y otra y otra vez, es cierto que una que otra vez habría tenido sexo con un hombre, pero no se habría quedado tanto tiempo en su cama. De alguna forma, dormir con alguien se le hacía más íntimo que algo de una noche. Y eso le daba miedo.
Si llegaba a dormir con él, estaría perdida.
—Claro que sí —le dijo él.
Ella pensó en que también podría proponerle algo más, después de todo estaban solos. Ella tomó un sorbo de su café y lo miró de reojo, podría bajarle la máscara y besarlo.
—¿Tiene otra idea? —le preguntó.
—Esperaba que no te importara mucho no haber planeado un encuentro para hoy. Después de todo, nadie además de Tonton está aquí y no estamos en la oficina… No es precisamente un riesgo —dijo él para luego mostrar las palmas de sus manos como su quisiera demostrar que estaba limpio—. No traje a ningún guardaespaldas. Y ningún ANBU está pisándome los talones. Hoy solo soy Kakashi —murmuró, bajando sus manos a la vez que se levantaba del asiento para rodear la mesa y acercársele—. Aunque las reglas están hechas para el Hokage y su asistente, no para Kakashi y Shizune.
Shizune suspiró, sintiendo cómo se le mojaban las bragas.
—Tonton, afuera —ordenó ella con una voz más ronca de la que esperaba. Solo escuchó sus pezuñas irse hacia la sala y saltar hacia el alféizar de la ventana en el que mantenía un almohadón para ver a los transeúntes pasar. Aunque a esas horas nadie pasaría—. Podemos…, uhm, ir a la habitación.
Él solo asintió y se dejó guiar por su asistente por la gran casa. Por alguna razón, la historia de varias generaciones de la familia de Shizune lo intimidaba más que los cuadros de los Hokage colgados en la oficina. Por lo que agradeció el hecho que la morena cerrara la puerta detrás de él. Al menos dejaría los fantasmas afuera.
Ella estiró sus manos para quitarle la máscara y poder verla antes de besarle los labios. Le tomó unos instantes perder la cordura y sumergirse en el beso de su asistente. Sus manos se cerraron en su pequeña cintura, con dicha se dio cuenta que el material de la yukata era tan delgada que casi podía sentir la piel erizada bajo su tacto. Llevó sus manos hacia sus muslos y la subió para que sus piernas se cerraran en su cintura, como si hubiese una especie de lenguaje corporal que ambos entendían. Su boca dibujó su delicada quijada y bajó hacia su cuello mientras la depositaba en la cama que apenas estaba desecha. Mordisqueó su clavícula y sus manos deshicieron el amarre de la yukata.
No soportaba lo duro que estaba y peor fue mantenerse de una pieza cuando vio los pechos blanquecinos de su asistente a la luz tibia de la mañana, listos para que él los mordisqueara.
La sintió quejarse bajo sus manos y su boca y tuvo que pensar en algo para no venirse. No entendía el poder que ella tenía sobre él. Quizás era el hecho de que fuese su asistente, quizás la forma en que lo llamaba por su título y mordía su labio inferior; quizás era porque ella era médica, como Sakura y Rin, y él tenía un lugar en su corazón para las médicas, pero Shizune no era ni si estudiante ni su compañera de equipo, era su asistente. Entonces, quizás, era una combinación de todo un poco. Quizás la veía como una tercera oportunidad de proteger a una médica, para que no muriera o perdiera al amor de su vida. No entendía, pero no podía pensarlo en esos momentos, toda su sangre había bajado de su cerebro a llenar sus pantalones.
Sus manos bajaron hacia su vulva y la descubrieron empapada. Mierda, se dijo, y no pudo evitar morderle el hombro. Shizune sería su perdición, aún no llegaba al clímax y él ya moriría de un ataque cardíaco. Qué triste final para un Hokage como él, podría ser el protector de toda una aldea, pero no era capaz de mantener una erección. Tobirama seguro estaba riéndose en su tumba.
—Shizune —jadeó—, déjame besarte allá abajo.
Ella asintió y abrió sus piernas. El gesto hizo que se volviera feral, en aquel arreglo, ella mandaba. Él no Hokage, no era nadie, solo su humilde servidor. Se sintió como el personaje de Tácticas que finalmente podía besarle los muslos a la mujer fría sin sentimientos por algún hombre. Cuando empezó a succionar el botón palpitante de su asistente, haciendo que ella se retorciera y apretara las piernas sobre su cabeza.
Ya no podía mantenerlo en sus pantalones.
—Shizune —la llamó jadeando. Ella asintió cuando vio que se llevaba las manos a la cremallera de sus pantalones, como si aquella comunicación casi telepática siguiera existiendo entre los dos.
Se apresuró en volver a besarle el estómago, subiendo frenéticamente hacia sus pechos cuando por fin pudo entrar en su suave y húmeda cavidad. Sus pupilas inmediatamente se perdieron en dirección a su nuca, murmuró algo de que estaba empapada y empezó a penetrarla lentamente para luego aumentar la velocidad, dependiendo de lo que las piernas de su compañera le indicaban.
Si no moría hoy, tendría suerte.
Quizás fue relleno, pero me introduje en las razones de Shizune por no querer una relación, aun queda más arreglo y, por supuesto, Mei.
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