Epílogo

En los siguientes diez años el valle de Asthar prosperó hasta convertirse en una aldea digna de admiración que podía subsistir de su propia agricultura y ganadería. Los duques de Taisho eran amados por sus vasallos por su cercanía y su humildad para con los menos afortunados. Había educación financiada por los duques para todos los niños, sin excepción alguna por razones de clase, y no faltaba el agua y la comida en ningún hogar. Además, las frecuentes visitas de los reyes a su hija y a sus nietas habían vuelto muy famoso el valle.

Los duques tuvieron tres hijos. El primero de todos fue un varón al que llamaron Seika en honor al abuelo de los príncipes. Este era la viva imagen del padre y poseía el espíritu travieso y despreocupado de su madre. Así lo demostraba al menos cuando jugaba con los niños de la aldea. Las otras dos fueron dos preciosas gemelas, Moroha y Meiko, idénticas a la madre, que amenazaban con convertirse en bellas doncellas que supondrían más de un quebradero de cabeza para varios caballeros. Para desgracia del padre, ellas también se comportaban como la madre. No era de sorprender encontrarse a la duquesa y a sus tres hijos corriendo por el campo despreocupadamente.

Las nupcias del hermano mayor de la duquesa se llevaron a cabo tres años después del matrimonio de los duques. Se casó con una campesina llamada Anya, sin darle la más mínima importancia a las quejas del consejo y tuvieron un par de herederos. No obstante, fueron las tempranas nupcias del hermano menor las que sorprendieron a todo el reino. Souta Higurashi se casó a los veinte años con una condesa llamada Hitomi de la que se había enamorado perdidamente. Actualmente, esperaban su segundo hijo.

En vista de cómo habían conseguido evitar una guerra del todo innecesaria y del largo período de paz sumado a las últimas alianzas con reinos vecinos, se podía decir que por fin llevaban esa vida apacible que siempre desearon. O eso creyó Inuyasha antes de oír los gritos de sus hijas. Moroha pedía auxilio y Meiko sollozaba a gritos. Seguro que habían vuelto a hacer de las suyas en las murallas de la fortaleza. Dejó la conversación que estaba manteniendo con uno de sus comandantes y salió corriendo de la fortaleza para rescatar a sus hijas de su última diablura. En el patio, soldados y criados corrían hacia el lugar del que procedían los gritos. Ya estaban acostumbrados a que las gemelas se metieran en problemas.

― ¡Moroha! ― la llamó.

― ¡Papá!

Entonces, la vio. Estaba colgada de una cadena en la muralla y amenazaba con caerse. De hecho, para llegar a sujetar esa cadena oxidada, debía haberse caído de la muralla primero. Meiko estaba en lo alto gritando como una histérica.

― Coge a Meiko. ― le ordenó a uno de los soldados señalando lo alto de la muralla.

Generalmente, tenían que indicar siempre quién era cada hermana. Solo Kagome y él eran capaces de distinguirlas y por pequeñas particularidades en las que solo los padres se fijarían. Moroha era la más decidida de las dos, muy temeraria y tenía muy mal genio. Meiko era más indecisa, demasiado influenciable y entraba en histeria con mucha facilidad. Por las noches, tenían que darle infusiones para que pudiera conciliar el sueño a pesar de sus incipientes nervios.

Se estaba moviendo hacia Moroha cuando la cadena gimió y se aflojó, provocando una falsa caída. Se le cortó la respiración, creyendo que su hija se iba a abrir la cabeza. Por suerte, la cadena no terminó de caer, pero poco le faltaba. Corrió hacia la muralla y extendió los brazos.

― ¡Suéltate, Moroha!

Moroha, la temeraria, ni siquiera lo dudó. Soltó la cadena y cayó sana y salvo entre los brazos de su padre. Tras unos instantes de silencio en los que se vanaglorió de tener a su hija sana y salva entre sus brazos, le lanzó una mirada ceñuda para que supiera lo enfadado que estaba con ella.

― Estábamos jugando… ― intentó justificarse.

― Tenéis prohibido subir a la muralla. ― le lanzó otra dura mirada a Meiko cuando se la trajeron ― Ambas lo sabéis.

― ¡Ha sido idea de Moroha! ― se quejó Meiko.

― ¡Chivata!

― ¡Silencio! ― dejó a Moroha en el suelo ― Estáis castigadas. Ninguna de las dos podrá salir a montar a caballo, ¿entendido?

Y más le valía a Kagome no contravenir esa orden. En más de una ocasión se había saltado sus castigos a sus espaldas y eso le quitaba autoridad frente a los niños. En respuesta, Moroha frunció el ceño y Meiko se puso a temblar. Unos segundos después, se percató de que la niña se había orinado encima por los nervios. Odiaba que aquello sucediera. Le hacía sentir como si fuera un ogro. Para su desgracia, Seika escogió ese momento para volver de su entrenamiento.

― ¡Meiko es una meona!

Moroha ayudó a su hermano a burlarse de su gemela. Eso solo acrecentó el malestar de Meiko, que agachó la cabeza y sollozó avergonzada.

― ¡Basta! ― les riñó ― ¡Volved a vuestras habitaciones! ¡Ya!

Tanto Moroha como Seika pusieron cara de pocos amigos, pero obedecieron a su padre. Él se arrodilló para intentar tranquilizar a la niña, pero estaba incontrolable. Hizo falta la buena mano de Kagome con los niños para resolver el problema y levantarle el castigo. Eso encabritó a su hermana, quien exigió los mismos privilegios y amenazó con orinarse encima también si no la satisfacían. Al final del día, estaba agotado. ¿Quién dijo que ganar una guerra era más difícil que ocuparse de las labores domésticas? Era el pelele de sus hijos y de su mujer.

― ¿Sigues enfurruñado? ― le preguntó su mujer desde la cama mientras que él se afeitaba.

― No tengo ninguna autoridad… ― se quejó.

― Claro que sí, mi amor. ― le sonrió ― Solo necesitas aprender a relajarte. Estás siempre tan tenso…

― Los niños son igualitos que tú a su edad… ― rememoró.

― ¿Y eso es tan malo?

A juzgar por la voz de su esposa, le estaba haciendo pucheros.

― Si solo fuera uno como tú… ¡No todos! – exclamó − Los tres son unos salvajes y unos chantajistas profesionales.

― Deberías relajarte más. ― repitió ― Y yo sé qué es lo que necesitas.

No se le ocurrió de qué estaba hablando hasta que escuchó el frus frus de las sábanas al ser apartadas y se volvió. Kagome salió de la cama y ante su mirada ansiosa se desanudó los lazos del camisón y dejó que se deslizara hasta el suelo. ¿Quién diría que había dado a luz a un hijo y a unas gemelas? Él la seguía viendo perfecta. Esa era su dulce Kagome, su salvaje princesa, su compasiva duquesa. Ella lo era todo, igual que sus tres preciosos niños. Aunque tuviera la oportunidad de cambiar ciertos detalles de su vida que a veces lo enervaban, no cambiaría absolutamente nada.