Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.


Grabado en Piedra
Por: Hoshi no Negai

19. Lazos familiares

Rin estiró la espalda dando un sonoro quejido, satisfecha con la carta que acababa de escribir. Había estado más de dos horas redactando; varios borradores arrugados a su alrededor evidenciaban que no había sido una tarea fácil. Al fin escribía una carta concisa; con suficiente información como para aplacar cualquier duda, sin ser tan extensa como para resultar tediosa.

Bueno... contó las cinco hojas colmadas de su pequeña caligrafía y se mordió los labios, no muy segura de esto último. Pero era una gran mejoría en comparación a las once páginas que había escrito previamente. Con esto, Shizu tendría una buena idea de lo que había sido de su vida desde la última vez que se habían visto.

Recibir una carta de su buena amiga fue una sorpresa que la dejó extasiada todo el día anterior. Había llegado junto a las cartas de su familia en Tesseimori, con quienes mantenía regular correspondencia. Le comentó que aunque su nuevo hogar hubiera sido azotado por la guerra, estaban recuperándose lentamente y su pequeña familia se encontraba unida y feliz. Igual que en Tesseimori. Siempre era emocionante recibir noticias de ellos y de su antiguo hogar.

Lo importante era que los Saito estaban a salvo, reconstruyendo sus vidas e instaurando un nuevo orden que los llevaría por un mejor camino.

Rebuscó en el cajón del escritorio la carta que su tío le había escrito y repasó el párrafo donde, muy sorprendido, le había comentado de la visita de un terrateniente ansioso por hacer pactos con el fallecido líder de Tesseimori, sólo para ser recibido por él sin mucho entusiasmo y, por supuesto, alejando a Kanade de sus ambiciosas manos.

Había soltado tal carcajada al leerlo que Sesshomaru, quien trabajaba a su lado en la mesa la noche anterior, cometió un error en su redacción y manchó de tinta el pergamino. Rin se disculpó entre risas, explicándole el motivo de su ataque, y aunque este no rió, tuvo la impresión de que le causó cierta gracia.

Con tantas cosas que habían sucedido últimamente, se había olvidado por completo la maliciosa propuesta que le hizo a ese terrateniente de ir a Tesseimori buscando una alianza provechosa, así que no se lo había advertido a su tío a tiempo. Terminó de leer todas las cartas con una gran sonrisa, percatándose casi por accidente de que Sesshomaru la observaba de tanto en tanto mientras rehacía el documento que escribía. Volvió a disculparse por ser tan ruidosa y guardó tanta compostura como fue capaz mientras seguía leyendo.

Era común que al final del día ambos estuvieran en la sala de sus aposentos, cada uno metido en sus propios asuntos. Sesshomaru, que por lo general solía trabajar hasta tarde en su despacho privado, se retiraba temprano y llevaba los asuntos más urgentes por atender para sentarse con ella mientras estudiaba o leía. No hablaban mucho en esos momentos, pero eso no les impedía disfrutar la tranquila compañía del otro. Era algo simple, cotidiano. Pero muy agradable.

Y claro, cuando ya llevaban suficiente tiempo en silencio, era imposible no sucumbir a la tensión que los rodeaba. A veces eran demasiado conscientes el uno del otro y sencillamente no podían concentrarse en otra cosa. En esos momentos, Sesshomaru hacía a un lado los papeles con un brazo, la acostaba en el escritorio y...

Un golpecito en la puerta la hizo volver en sí dando un salto, como si la hubieran atrapado con las manos en la masa. Miró un tanto aturdida a la sirvienta que se asomaba, convenciéndose de que ésta no había visto nada indebido.

Pero qué estupidez, ni que pudiera leerme la mente.

―¿Sí?

―Mi señora, la obra empieza en menos de dos horas. Deberíamos comenzar a alistarla ―le dijo la sirvienta. Rin se puso de pie de golpe, había perdido por completo la noción del tiempo.

―¿Ya es tan tarde? ―le sonrió a modo de disculpa―. Por favor, preparen el baño y alisten mi atuendo.

―Por supuesto, mi señora ―asintió la doncella, haciendo un leve gesto con la cabeza hacia sus compañeras que la esperaban afuera. Dos sirvientas más entraron con una reverencia y fueron hasta el baño privado de su recámara mientras Rin recogía el desastre que había hecho con los papeles y sellaba la carta para Shizu.

―Lleva esto a la mensajería cuando puedas, por favor ―le pasó los sobres con las cartas que había acabado de redactar ese mismo día y el anterior. No podía esperar a leer las respuestas a cada una.

Durante aquellas pocas semanas desde la boda, había tenido la oportunidad de dejar el castillo con más frecuencia, siempre acompañada del señor Jaken, la señora Izayoi, Kagome y a veces, incluso, por su esposo, para explorar la ciudad y habituarse a su gente y costumbres.

Montaña Blanca era un lugar fascinante, lleno de vida y una rica cultura, nada en comparación al apagado Tesseimori ni sus pueblos circundantes, los cuales apenas había visitado en alguna ocasión en los viajes de caza durante la guerra. Claro, no era justo comparar una región azotada por la hambruna con una próspera ciudad que nunca estuvo cerca del conflicto, pero... de todas formas la diferencia era brutal.

Se preguntó que tanto cambiaría su país natal con su tío al mando, y que clase de cosas encontraría cuando al fin fuera a visitarlo.

Sonrió un poco al sentarse con un suspiro en la bañera, imaginándose a sí misma con Sesshomaru, de vuelta en un Tesseimori reconstruido habitado de gente bien alimentada y amable; pasillos iluminados, plantas coloridas por doquier, un templo funcional... le encantaría poder verlo.

Hasta pensaba que sería bueno llevar ideas de algunas de las atracciones más interesantes para que su tío las tomara como inspiración. Sería genial ver un pueblo más grande, lleno de restaurantes, comercios abiertos y hasta un sector artístico y artesanal.

Hasta ahora, el distrito de las artes era su favorito de entre todos los que había visitado. Era tan movido y lleno de interesantes locales que podría perderse durante días en esas coloridas calles adoquinadas y nunca aburrirse. Justamente esa noche, visitaría con la señora Izayoi y Kagome la joya del sector: el gran teatro principal en donde se estrenaba una nueva obra dramática. Sería su primera experiencia de ese tipo y estaba muy emocionada.

Salió del agua perfumada y fue a que las doncellas la ayudaran a vestirse con un elegante kimono y le hicieran el elaborado peinado con sus correspondientes adornos. Admitía que, pasado aquel tiempo, ya no le causaba incomodidad recibir el trato preferencial. Quería verse bien; digna de esa posición al lado de Sesshomaru.

―¿El señor Taisho sigue reunido con el consejo?

―Así es, mi señora, la reunión empezó más tarde de lo estipulado.

Por lo que, lógicamente, terminaría más tarde también. Rin ocultó su desilusión pretendiendo interesarse en los últimos tocados de su peinado que veía en el espejo. Le hubiera encantado ver esa obra con él, pero se contentaba con saber que, al volver, lo tendría para ella sola.

Contuvo la traviesa sonrisa y se puso en pie, lista para irse. Se encontró con la señora Izayoi, Kagome y un grupo de escoltas y sirvientes que las acompañarían al teatro. Otra cosa a la que empezaba a acostumbrarse: su equipo de seguridad siguiéndola como si fueran su sombra. No es que le encantara saberse tan vigilada, pero aprendía a sobrellevarlo con naturalidad. Al menos dentro de la fortaleza podía pedirles que la dejaran sola y los sirvientes, diligentemente, acataban sus órdenes. Así que no era tan malo.

―¿Las hice esperar mucho? ―las saludó con un tono de disculpa cuando se reunieron.

―Para nada ―dijo Izayoi con su calma habitual. Kagome le hizo un cumplido por su atuendo, que ella le regresó: no era muy común verla vestida con algo más que su traje de sacerdotisa―. ¡Oh, Inuyasha! Qué sorpresa verte por aquí.

El joven príncipe, que justamente entraba al vestíbulo en compañía de Myoga, se atragantó un poco al ver a Kagome vestida con su bonito kimono rosa cuando pretendía devolverles el saludo. Cambió ligeramente de rumbo para acercarse a ellas y preguntar, con aparente desinterés.

―¿Adónde van tan elegantes?

―¿No lo sabes? ¡Hoy estrenan La novia de la bestia! ―exclamó emocionada Kagome―. Hemos planeado verla desde hace semanas, ¿quieres venir? Es decir, si a las señoras Taisho no les importa... ―vio hacia Rin e Izayoi con algo de pena por haberse precipitado.

―Sería un placer que nos acompañaras, cuñado ―sonrió Rin, divirtiéndose con la mueca de espanto de Inuyasha por ese sobrenombre.

―¿A ver una obra romántica de tres horas? Creo que prefiero saltar a un volcán ―negó rotundamente. Kagome roló los ojos.

―Qué exagerado.

―Es una pena ―suspiró Izayoi mientras un sirviente la ayudaba a ponerse su abrigo. Rin se ajustó su suave estola alrededor de los hombros―. Iremos a cenar udon después de la función. Rin todavía no ha visitado el restaurante del señor Tanaka, así que pensábamos degustar su nuevo platillo, ahora que es tan difícil conseguir una reservación ahí. Pero, bien... tú te lo pierdes.

―¿Al restaurante del viejo Tanaka? ―sus ojos se agrandaron con interés.

―Dicen que su nuevo plato supera con creces todo lo que ha hecho antes ―asintió Izayoi―. Nos invitó especialmente a degustarlo esta noche. El restaurante está repleto de reservaciones por el resto del año, así que hay que aprovechar la oportunidad.

Kagome y Rin miraban simultáneamente de Inuyasha a su madre, vigilando el debate mental del muchacho mientras intentaba pretender que no le importaba. Pero a juzgar por cómo apretaba los dientes, aquella oferta debía ser muy tentadora.

―Bien, qué fastidio ―musitó molesto―. Myoga, trae mi abrigo.

―¿Vas a ir vestido así? ―cuestionó Izayoi echándole una mirada de arriba a abajo a su traje de entrenamiento manchado de tierra y mojado por la nieve. Inuyasha tenía ya una vena palpitando en su sien, mientras que su madre estaba de lo más tranquila. Kagome se mordía los labios para no reír.

―¡Cómo molestan! ―y salió apresurado escaleras arriba, con el viejo Myoga apenas logrando mantenerle el paso. Kagome soltó una risita baja e Izayoi le guiñó un ojo con complicidad, para luego dirigirse a Rin:

―Cuando quieras que Inuyasha haga algo, ofrécele ramen. Nunca falla.

―Pero él es el príncipe, podría ir a ese restaurante sin necesidad de una reservación ―se extrañó ella. Izayoi ensanchó su sonrisita.

―Oh, bueno... ya me reclamará cuando lo recuerde ―comentó como si nada ocurriera―. Ha estado mucho tiempo encerrado, necesita distraerse un poco. Además, él quiere ir.

―¿De verdad? Se veía molesto.

―Oh, no ―Izayoi le dio una mirada furtiva a Kagome―. Créeme que quiere ir, sólo que le da pena reconocerlo.

Veinte minutos después, Inuyasha bajaba hacia el vestíbulo con cara de malas pulgas, pero más limpio y arreglado, e incluso peinado. Las maravillas de ser hombre y no tener que arreglarse mucho, pensó Rin con cierta envidia.

―¿Y bien? ¿Nos vamos o no? ―dijo al llegar hasta ellas y colocarse su abrigo sobre los hombros. A Rin no se le pasó por alto que Inuyasha se situó estratégicamente al lado de Kagome mientras echaban a andar hacia la salida. Izayoi alzó las cejas hacia Rin y juntos se encaminaron al carruaje que los esperaba afuera.

La nueva Gran Señora se entretuvo viendo por la ventana mientras escuchaba la conversación de Izayoi y Kagome ―con contadas intervenciones de Inuyasha―, contenta al presenciar tanta actividad en las calles. Shiroyama parecía parte de un cuento de hadas con su estilo tan único y pintoresco; ciertamente no podía hacerle la suficiente justicia cuando la describía en sus cartas. Ojalá su familia pudiera verla y constatar con sus propios ojos que Rin era feliz.

Recargó la espalda en el acolchado respaldar de su asiento, soltando un pequeño suspiro. Pese a que su tío intentaba ocultarlo en sus mensajes, sabía que seguía muy preocupado por ella y su destino. Y no podía culparlo... sólo conocía la cara más cruenta de Sesshomaru, sólo lo había en su papel del Demonio Blanco. Pero había tanto debajo de eso...

Aunque la sombra de su participación en la guerra quizás nunca lo abandonaría, era mucho más que sus acciones pasadas y su terrible reputación. Ella también había oído cosas impactantes durante el viaje; rayos, ¡había vivido una experiencia espantosa de primera mano gracias a él! Pero le era imposible juzgarlo o guardarle rencor. Ojalá su tío pudiera verlo, así podría alegrarse por ella y sentirse más tranquilo tras haber aceptado entregarla por su asistencia en la rebelión.

―Hay bastante gente ―se fijó Kagome cuando el carruaje al fin comenzaba a detenerse.

El teatro era inmenso; un edificio blanco con una arquitectura que le daba la apariencia de una estrambótica e inmensa carpa de acampar hexagonal, repleta de columnas y marcos con tallados que representaban diferentes dramatizaciones teatrales. Y como Kagome dijo, estaba repleto de personas que hacían fila para entrar. Pero al ser ellos parte de la familia Taisho, podían darse el lujo de acceder al edificio por una entrada lateral custodiada de guardias y escoltas por igual. Sesshomaru nunca se tomaba a la ligera el tema de su seguridad.

Una vez situados en el palco preferencial de la familia ―donde Inuyasha se hundió en la butaca al lado derecho de Kagome, anticipándose al suplicio en el que estaba por sumirse―, sólo tuvieron que esperar a que el resto del público se asentara y llegara la hora de la función.

Rin miraba hacia todos lados con interés, sentada al borde de su acolchada butaca de terciopelo, asomándose por la barandilla para ver mejor el movimiento de las personas debajo y frente al inmenso escenario, cubierto entonces por largos telones rojos y dorados.

Cuando la obra comenzó, media hora después, apenas pudo parpadear. Izayoi le lanzaba constantes miradas, divertida por sus reacciones al estar tan inmersa en la historia y actuación, como si ella misma perteneciera a ese mundo fantasioso. Se notaba que era su primera obra de teatro, así que no le extrañaba. Hasta que...

¡Oh, Yako! ¡No los lastimes, por favor! ¡Fue culpa mía, no tuve que alejarme! ¡No los castigues por mi error! ―bramó la actriz principal cuando la bestia, un gran perro blanco hecho de intrincados mecanismos bajo una capa de sedosa piel blanca, estaba por matar al grupo de cazadores que querían enfrentarlo.

―¿Yako? ―se preguntó Rin en voz baja.

Cuando llegaron al intermedio, se sentó mejor en su asiento con expresión contrariada. Inuyasha parecía más dormido que despierto por el extremo aburrimiento, mientras que Kagome lo zarandeaba para hablarle de la obra.

―¿Ocurre algo, Rin? ―Izayoi se inclinó hacia ella.

―No, es que... me pareció curioso que el perro se llamara Yako.

―¿Por qué? Yako es el nombre del dios de Shiroyama, según la leyenda ―le dijo con naturalidad―. Supongo que ya conoces la versión más popular; la del guerrero viajero que se hace amigo del monstruoso espíritu y lo ayuda a combatir a sus enemigos. Esta obra representa una historia alterna donde la doncella se gana su corazón y los Taisho son sus descendientes.

―No tenía idea. Sólo he oído la primera versión.

―Tiene sentido, esta es más popular entre las mujeres. Y creo que es mejor, tiene un final más bonito.

―Un final más cursi, será ―se quejó Inuyasha, poniéndose de pie―. Voy a tomar algo de aire... o a buscar un volcán al que saltar para escapar de este suplicio, no sé. Tal vez no vuelva.

―No exageres, Inuyasha, ¡es una obra muy bonita!

El muchacho le dio una cansina mirada a Kagome, como si concentrara toda su energía en no estallar en mil pedazos. Salió soltando un resoplido que sonó como 'por el ramen, Inuyasha...', por lo que las mujeres negaron con la cabeza y se sumieron en una conversación sobre el vestuario y la actuación.

Kagome compartía el entusiasmo de Rin, siempre contestando sus observaciones y haciendo otras que las complementaban perfectamente, por lo que fue una encantadora velada. Rin sentía mucho gusto de poder tener noches como esa, donde podía desligarse un poco de su papel de Gran Señora y ser una mujer normal. Le agradaba bastante Kagome, y siempre se aseguraba de invitarla cuando salía con la señora Izayoi. En el tiempo que llevaba conociéndola se habían acercado lo suficiente como para considerarla una excelente compañía.

Contra todo pronóstico, Inuyasha regresó antes del final del intermedio y volvió a hundirse en su butaca con la resolución de sobrevivir aunque le costara. Kagome le dedicaba miradas entre reprobadoras y divertidas por sus exagerados suspiros y Rin tenía la ligera sospecha de que el muchacho lo hacía a propósito para llamar su atención.

Cuando la obra terminó, el público estalló en aplausos a los que la joven Gran Señora se sumó con tanto entusiasmo que, de haber estado ahí la señora Irasue, ya le habría dado un sermón. El telón se abrió de nuevo para revelar la larga fila de actores que hacían una marcada reverencia a su audiencia y poco después, la gente comenzó a abandonar el teatro.

―¡Fue preciosa! ―exclamó Kagome mientras bajaban las escaleras―. Me encantó el vestuario de la protagonista, era tan elaborado.

―A mi me pareció muy interesante cómo hicieron a la bestia, casi parecía real ―secundó Rin.

―De cerca de seguro se veía espantoso ―interrumpió Inuyasha dando un bostezo―. Fue la cosa más aburrida que he visto en mi vida.

―Seguro que sí, no te gustaron para nada las escenas de combate ―Kagome roló los ojos. Lo había visto prestarle atención a esas escenas en particular. Inuyasha soltó un quejido inentendible y los cuatro subieron de vuelta al carruaje para ir al restaurante unas cuantas calles más abajo. Ya era totalmente de noche y la ciudad bullía de actividad, con todas las farolas encendidas, más largas líneas de linternas colgadas de un balcón al otro. Ni siquiera el frío del invierno desanimaba a la gente de hacer vida en las calles, pues todas las tiendas y puestos ambulantes estaban abiertos y atrayendo una buena clientela.

Inuyasha se asomó por la ventana cuando el carruaje se detuvo frente a un pequeño local, con una verdadera sonrisa en su rostro por primera vez desde que habían salido. El famoso restaurante era más pequeño y menos elegante de lo que Rin imaginó en un principio; parecía más una de esas paradas de descanso en los caminos entre pueblos donde servían bocadillos y té a los viajeros.

―Dijiste que era difícil conseguir reservación ―dijo Inuyasha acusadoramente a su madre, al ver el interior lleno a media capacidad―. Todavía hay mesas disponibles.

―Vaya, quién lo hubiera pensado ―ella le restó importancia y fue a saludar al dueño, que estaba detrás de la barra y extendía los brazos hacia ellos en gesto de bienvenida. Flotaba un delicioso aroma a especias en todo el local, y fue entonces que Rin se percató del hambre que tenía. La señora Izayoi hizo las presentaciones pertinentes, y el señor Tanaka, extasiado por recibir a la nueva Gran Señora en su modesto restaurante, los guió personalmente a la mesa más grande en la sección privada, sin dejar de preguntarle sus gustos para recomendarle las opciones apropiadas.

Un poco más tarde comprendió perfectamente por qué Inuyasha amaba ese lugar.

―Creo que es el platillo más delicioso que he comido nunca ―no pudo evitar exclamar. Era una comida muy completa, rebosante de sabor y con porciones más que generosas de carne, verduras y brotes con una asombrosa textura. Y por supuesto, los gruesos fideos estaban en su punto, nada en comparación a los que había probado hasta el momento.

El único que parecía disfrutar esa comida con mayor entusiasmo que ella era el mismo Inuyasha, que ya iba por su segundo tazón y apenas había dicho palabra.

―¡Me alegra mucho escucharlo, mi señora! ―saltó complacido el señor Tanaka, quien se acercaba para rellenar sus bebidas―. Nada mejor que un buen plato caliente en un frío día de invierno.

La cena transcurrió con amenas conversaciones, e incluso Inuyasha hacía comentarios menos severos sobre las escenas de acción de la obra, ya que su humor estaba mucho más apacible luego de haber comido.

A Rin le hubiera encantado compartir con Sesshomaru esa noche, pero una parte de ella le decía que, como su hermano, este no encontraría la obra muy entretenida. Se rió por dentro imaginando que cara pondría ante las escenas más románticas y los diálogos por los que Inuyasha gruñía por su alto contenido de cursilería. ¿Se hundiría en su butaca también, contando los minutos para terminar su suplicio, o mantendría el rostro inexpresivo mientras su mente simplemente se encontraba en otro lugar?

Quizás podría convencerlo en unas semanas para que la acompañara a otra función, para ver sus reacciones.

―Ya va siendo hora de que nos retiremos ―anunció la señora Izayoi cuando Inuyasha se declaró satisfecho al acabar su tercer plato―. Creo que te entretuvimos más de la cuenta, Kagome. Espero que no te metas en problemas por esto en casa.

―No se preocupe, no pasa nada ―negó la joven tranquilamente, aunque sí se notaba que estaba algo preocupada al ver lo tarde que se había hecho.

―Vamos ―comentó Inuyasha rolando los ojos―. Le explicaré a tu abuelo, por si se enoja contigo.

―No es necesario, Inuyasha...

―Me parece una excelente idea ―intervino contenta la señora Izayoi―. Pueden llevarse el carruaje, así tardan menos. Rin, ¿qué te parece si caminamos de regreso?

―Iba a sugerir eso mismo ―asintió agradecida―. Necesito bajar todo lo que comí o no podré dormir.

―No sean tontas, nosotros podemos caminar ―se quejó Inuyasha, dándose cuenta de lo íntimo que sería estar a solas con Kagome en el carruaje.

―El Templo Higurashi queda mucho más lejos, así que lo tonto sería hacerlos caminar hasta allá, más con el frío que hace ―negó Rin adoptando el mismo tono que la señora Izayoi―. Muchas gracias por acompañarnos, Kagome. Espero que podamos repetir esta salida muy pronto.

La jovencita se iluminó e inclinó con gratitud.

―Podría ser durante las festividades de fin de año en el Templo Higurashi. Esta vez...

―Interpretarás el kagura, ¿cierto? ―intervino Izayoi al ver que la voz de Kagome se apagaba, como si recordar aquel detalle la pusiera muy nerviosa.

―Así es, seré la titular en lugar de mi madre. Sería todo un honor que fueran a verme.

―No nos lo perderíamos por nada, ¿verdad, Inuyasha?

―¿Qué? Ah, claro... por nada ―desvió la mirada, fingiendo interés en una camarera que pasaba con una bandeja rebosante de platillos para los comensales de la mesa de al lado y se puso de pie―. Vamos, Kagome.

―Muchas gracias a ambas por esta noche, ¡nos veremos pronto! ―se despidió con una reverencia a la salida del local.

―Inuyasha se veía algo incómodo hace un momento, ¿no cree? Tal vez no fue buena idea sugerir que se fueran juntos... ―comentó Rin cuando ellas también se aventuraban a la helada calle, ya apretujadas en sus abrigos y estolas, custodiadas por sus guardaespaldas a una prudente distancia.

―No es así cuando está con Kagome, te lo aseguro ―la mujer soltó un suspiro luego de corresponder los saludos que algunos transeúntes les dedicaban. Aunque hiciera frío, las luces, ruido y movimiento hacían de ese un trayecto muy agradable―. Desde que Toga se fue a la guerra, Inuyasha ha estado muy encerrado en sí mismo. En sus estudios, en su entrenamiento, en sus obligaciones... puede que no lo parezca a simple vista, pero se toma todo muy en serio, más de lo que es capaz de demostrar. En especial su entrenamiento. Realmente quería demostrarle a su padre cuanto ha mejorado ―Izayoi se acomodó innecesariamente uno de sus guantes, sólo para tener algo que hacer con las manos―. Kagome es una de las muy pocas personas que puede sacarlo de ese estado obsesivo. Ella tiene una especie de don, ¿sabes? Lo entiende muy bien, a veces pienso que hasta mejor que yo. Por eso me alivia que pase tiempo con ella, lo relaja. No es que me lo diga, pero lo noto.

―Debió ser muy difícil para él perder a su padre ―atinó Rin. No habría tenido más de diez años la última vez que lo vio.

―Lo fue. Sigue representando un reto, porque es una herida que no sabe cómo cerrar. Mantiene el rencor contra su hermano para justificar su propia impotencia, pero en el fondo no creo que lo culpe, no realmente. Admiraba mucho a su padre, y Toga lo adoraba. Siempre fue un padre afectuoso. Exigente, pero afectuoso con los dos. Inuyasha tiene muchos rasgos suyos en su personalidad, tenían una relación muy especial. Y ahora...

―Se siente solo ―completó la joven con tristeza. Aunque no habían pasado por la misma situación, creía entenderlo al menos un poco. Si su querido tío nunca hubiera vuelto, si aquella lejana conversación en su despacho donde le pidió que abandonara la provincia con su familia en el caso de que todo saliera mal, hubiera sido la última... el vacío en su pecho sería imposible de llenar.

―Las cosas tomarán su curso eventualmente. Ya lo están haciendo ―continuó Izayoi alzando la vista. La brisa mecía con suavidad las largas tiras de lámparas que se entrecruzaban sobre sus cabezas―. Pero mientras tanto, trato de que haya alguien a su lado que le quite un poco de ese peso. Hay cosas que no quiere hablar conmigo o con Myoga... de Sesshomaru ni se diga ―agregó, arrancándole una involuntaria sonrisa a Rin―, por eso aprecio todo lo que Kagome hace por él. No sabes cuánto me alegra que Inuyasha se animara a acercarse a ella.

―¿Él fue quien se acercó primero? ―preguntó Rin, curiosa. Jamás lo habría imaginado. Hasta donde conocía a su cuñado, a diferencia de Kagome, no parecía tener mucha facilidad para entablar conversación ni amistad con otros.

―Es una historia algo larga ―le advirtió Izayoi. Rin evaluó el recorrido y comentó:

―Nos queda mucho camino por delante.

La dama desvió la vista en dirección al templo, oculto tras los edificios de los alrededores.

―Fue antes de que estallara la guerra, cuando el señor Higurashi, el padre de Kagome, aún vivía. Él siempre fue una figura respetada, como todos los sacerdotes Higurashi antes que él. Esta familia tiene una larga trayectoria sirviendo a Montaña Blanca, pero el señor Itsuomi siempre fue bastante estricto e inflexible. Uno no lo notaría a simple vista ―acotó con un ligero gesto―, pero había pequeñas cosas que delataban que, probablemente, la relación familiar no era del todo...

―¿Amorosa? ―la ayudó Rin ante su silencio.

―Ni amorosa ni demasiado justa, en mi opinión ―terminó por asentir la otra―. No me siento del todo cómoda diciendo cosas como esta de alguien que ya falleció, pero es la verdad ―torció ligeramente la boca, descontenta―. Pese a su excelente reputación como sacerdote, su familia no estaba en la mejor de las situaciones. Podía ver la tensión en sus rostros durante algunos ritos, cuando debían cumplir sus papeles juntos. Era difícil percatarse de esto, pero una vez que lo hice, me fue imposible verlo de otro modo. Toga también lo hizo, y para nuestra sorpresa, Inuyasha también. En especial porque, por algún motivo, Kagome no participaba en las actividades del templo. Casi no hacía apariciones públicas.

―¿Quizás porque era muy pequeña?

―No creo que sea el caso. Kikyo y Sota participaban desde edades muy tempranas, y su padre los vigilaba atentamente, en mi opinión, para cerciorarse de que no cometieran errores. Pero con Kagome... nada, era como si prefiriera ignorar su existencia. Una vez el señor Higurashi se molestó mucho con ella porque salió de la residencia de la familia durante los rituales del festival de la cosecha. Inuyasha lo vio darle un bofetón y mandarla a gritos de vuelta a su habitación.

―Eso es... horrible ―Rin la miraba sin dar crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo alguien podría enojarse con un niño por querer ver un festival? ¡Y más si era una niña tan amable como Kagome!―. ¿Acaso ella hizo algo para merecer semejante trato? ¿Se portaba mal, o era desobediente?

―Eso es lo más extraño de todo. Las pocas veces que la vi, nunca me dio la impresión de que fuera traviesa o voluntariosa. De hecho, era muy callada para su edad y generalmente tenía una expresión temerosa. Indudablemente... le temía a su padre.

―Dios mío... ¿Y su madre y sus hermanos? ¿Ellos hacían algo?

―A puertas cerradas no puedo saber qué sucedía entre los Higurashi, pero... dudo mucho que su madre o hermanos estuvieran de acuerdo con ese trato. Si estaban juntos en público, eran amables con ella, como debería serlo una familia normal. Como lo son ahora.

―Es decir que el único con el problema era el señor Higurashi ―estimó Rin.

―Es lo que creo. Al finalizar una misa, meses después de lo sucedido en el festival de la cosecha, Inuyasha le preguntó directamente por qué Kagome no participaba en el templo. No pude detenerlo a tiempo, antes de darme cuenta ya se había escabullido de mi lado al ver el nuevo desaire a Kagome por parte de su padre ―se excusó ante Rin, quien se mordió una sonrisa al imaginarse a un pequeño Inuyasha encarando sin temor a un renombrado sacerdote―. Su pregunta molestó al señor Higurashi porque, honestamente, no fue del todo educado cuando se dirigió a él. El señor Higurashi le dijo que Kagome no cumplía con las aptitudes para ser sacerdotisa y se marchó antes de que Inuyasha pudiera replicarle.

―¿No cumplía con las aptitudes para ser sacerdotisa? ―repitió la joven con ironía. Izayoi le devolvió un gesto con el mismo sentimiento.

―Lo que yo creo es que el señor Higurashi estaba decepcionado de que fuera una niña, y que probablemente no mostrara la misma promesa que su hermana mayor.

―Qué tontería. Kagome es dedicada y muy buena persona.

―Estoy de acuerdo. E Inuyasha también lo pensó en el momento. Verás, en ese instante, él se tomó la actitud del padre de Kagome como un desafío. Así que fue más seguido al templo para buscar a Kagome y hablar con ella. Le parecía injusto cómo era tratada, y no sólo eso... ―la dama resopló―. Estaba empecinado en enfurecer más al señor Higurashi al darle tanta atención a Kagome ―¿Y qué me hará? ¡Soy el príncipe! Si se mete conmigo sería peor, así que lo intente, le había dicho Inuyasha muy decidido, tantos años atrás.

―Quizás no lo conozca mucho todavía, pero suena como algo que Inuyasha haría ―secundó Rin, controlando una risa ligera.

―Y gracias a eso, el sumo sacerdote se vio obligado a permitir que Kagome participaba un poco más. O por lo menos, se la dejaba ver más a menudo en los eventos del templo para guardar las apariencias, e Inuyasha siempre iba con ella. Disfrutaba especialmente la rabia que le causaba al señor Higurashi ―volvió a resoplar la dama―, porque no sólo Inuyasha lo había enfrentado públicamente. Toga y yo también le expresamos nuestra preocupación por la situación. De una forma mucho más educada y en privado, por supuesto.

»Aunque fuera una situación familiar que, en teoría, no nos concernía, se nos fue imposible quedarnos de brazos cruzados. Y en vista de que el sumo sacerdote no valoraba las aptitudes de su hija pequeña, nos ofrecimos a ocuparnos de su educación. Tal vez, como él insinuaba, Kagome necesitara algo más de ayuda que un niño promedio. Imaginarás que eso no le gustó, pero tuvo el efecto que buscábamos. Al menos ahora no la escondía ni la mantenía al margen.

―Y ella nunca tuvo problemas de aprendizaje, ¿no es así? ―atinó Rin, a lo que la dama negó con la cabeza.

―En lo más mínimo. De hecho, sus hermanos y madre se ocupaban diligentemente de su instrucción, pero el padre no quería reconocerlo.

―Sólo porque es una niña, que... ―se mordió la lengua para evitar el insulto que deseaba salir de sus labios.

―Cuando el señor Higurashi falleció un año después, la situación cambió drásticamente ―continuó la señora Izayoi―. El joven Sota se hizo cargo del templo, en conjunto a su abuelo, y se notaba la diferencia. Pese al gran respeto que se le tenía al sumo sacerdote, éste no era realmente abierto con la comunidad. Bajo la dirección de Sota, el templo hace más labores sociales, en especial para las personas más necesitadas.

―¿Su padre no lo hacía? ―se extrañó. Pensaba que los templos tenían el deber de velar por todos sus creyentes. E incluso los que no compartían su religión eran bienvenidos y alojados en caso de necesidad. Al menos así fue en la destrozada ciudad del segundo terrateniente que los acogió durante el viaje.

―No tanto como Sota. Estaba más enfocado en mantener las tradiciones, no solía relacionarse con las personas fuera de su círculo social. Pero gracias al nuevo enfoque de Sota, en el que también participaba la señorita Kikyo cada vez que su salud se lo permitía, el templo se convirtió en algo mucho más que un símbolo religioso. En especial cuando llegó la incertidumbre al estallar la guerra.

»Es curioso como cosas tan sencillas mantuvieron a la ciudad en calma. Clases de música, de poesía... Y las no tan sencillas, como la atención a los huérfanos, discapacitados y enfermos. La familia Higurashi se ha dedicado mucho a Montaña Blanca, y afortunadamente, Kagome puede ser parte de todo esto. No tiene mucho interés en recibirse de sacerdotisa, por lo que estudia duramente para ejercer la medicina. Su padre no lo hubiera permitido, seguramente, pero con Sota es diferente.

―Y después de todo este tiempo y tantos cambios, la amistad de Inuyasha y Kagome se mantuvo ―dijo Rin.

―Se fortaleció. Y más lo hizo cuando Toga falleció. Fue una época muy dura, pero Kagome no se apartó de su lado y él, pese a lo enojado que estaba por la situación... aceptó su compañía. Fue un gran consuelo para mi hijo.

Izayoi sonrió con algo de nostalgia y orgullo.

―De verdad me alegra mucho que se tengan el uno al otro.

Hubo un agradable silencio entre ambas mientras recorrían ese tramo de la calle. Ni siquiera la fría brisa le quitaba a Rin el calorcito interior que aquella historia le había dado.

―Inuyasha es muy afortunado de tenerla como amiga. Se nota cómo cambia su actitud cuando están juntos.

―Oh, sí. Estoy contando los días para que me diga que le propondrá matrimonio. Asumo que será en dos o tres años, más o menos.

Rin torció la cabeza hacia ella. La fortaleza se veía al final de aquella larga avenida a la que acababan de incorporarse.

―Disculpe si suena impertinente, pero... ¿No habría problema?

―¿Con qué cosa?

―Con la... diferencia entre ambos ―trató de que sonara lo más suave posible. Izayoi no era el tipo de persona que mirara mal a quien estaba por debajo de su estatus social, pero pensó que, por la posición que ostentaba, era casi una regla que deseara un matrimonio más equitativo para Inuyasha.

No soy quién para pensar así, se dijo ella, muy consciente de su caso en particular, pero siempre pensé que los nobles preferían uniones con otros nobles. Además... ¿no se lo exigiría el consejo también? No pudieron evitar mi boda con Sesshomaru, así que tal vez quieran controlar más la futura unión de Inuyasha.

Izayoi le dedicó una tenue sonrisa, nada ofendida por la pregunta. Con ella se había delatado sin advertirlo, pero no se lo diría.

―Algunos más adeptos a las tradiciones podrán objetar, pero nuestro país ya es lo suficientemente fuerte; hemos superado muchos obstáculos y sufrido bastante ―exhaló largamente―. Hay veces en las que escoger la felicidad por delante del poder es más sabio. Quizás ocasione algunas molestias a los demás, pero creo que el resultado final vale la pena.

Rin recordó lo que el señor Hidaka le había comentado durante los últimos días del viaje, cuando se reunían cada noche y le hablaban de Shiroyama y sus costumbres tan diferentes a las demás. Jamás había pensado que aquella podría ser una de ellas. Valorar otras cosas más allá del poder que las buenas conexiones podían conseguir.

Sonrió al bajar la cabeza, sintiendo que el calor en su pecho se extendía por el resto de su cuerpo. Era un alivio escuchar esas palabras.

―Sería muy bonito que Kagome fuera parte de la familia ―comentó poco después.

―Oh, sí. Son algo jóvenes todavía, pero si al menos empieza a cortejarla formalmente dentro de poco...

―¿Y si ya lo está haciendo? Es tan penoso que no querrá que nadie más lo sepa, ¿no cree?

―Ah, eso sería tan injusto, ¡necesito verlo! ―se quejó la dama con indignación. La conversación siguió por ese rumbo hasta que llegaron a su destino varios minutos después, y ambas se dieron las buenas noches, apuntando con interés que Inuyasha todavía no había regresado. Ahora entendía por qué su tío, Shizu y Kanade ponían sus sonrisitas cada vez que ella se sonrojaba a causa de Sesshomaru.

Y si pudieran verme ahora, sería peor. Pero... no me importaría tanto, reconoció al abrir la puerta de los aposentos que compartía con él. Lo vio sentado en la mesa, rodeado de papeles, como era usual.

―¿Cómo estuvo la reunión con el consejo? ―preguntó al cerrar la puerta a sus espaldas. Sesshomaru la examinaba sobre el pergamino que leía, detallando los sutiles toques de maquillaje y las joyas que adornaban su cabello. Pero por más elegante y refinada que se viera, siempre la preferiría con el cabello suelto y poca o ninguna prenda de ropa. Sus hambrientos ojos revelaron lo que pensaba, y Rin se sonrojó sutilmente al acercarse a él y darle un beso en la mejilla, aprovechando para ver los documentos que revisaba.

―Se discutieron mayormente las cartas de los Hyogane. No están convencidos de las capacidades de Onigumo.

―Por lo que Kagome me dijo, no me extraña ―comentó, sentándose a su lado mientras se aflojaba el obi.

―Esa niña no lo conoce en absoluto ―observó él, pretendiendo dedicarle toda su atención a los informes frente a él―. No puede juzgar a alguien sólo por un mal presentimiento.

―Pero a ti tampoco te agrada, tienes que admitirlo.

―Por motivos diferentes.

―Ah, pero igual no te agrada ―apuntó, a lo que él comprimió ligeramente los labios―. ¿El señor Koga estará en la delegación de su país cuando le toque?

―No. No saldrá de su montaña en un tiempo, debe poner orden a su gente.

―Espero que sigas su ejemplo, entonces ―se inclinó hacia él luego de quitarse el obi, apoyando la cabeza en su hombro. Estaba de muy buen humor.

―Parece que disfrutaste la obra.

―¡Bastante! Oh, fue tan impresionante, Sesshomaru, ojalá hubieras podido venir. Bien, tu hermano casi muere del aburrimiento, ¡pero él no le prestaba atención! La historia fue encantadora, y el vestuario, y la orquesta que sonaba bajo el escenario realmente te metía de lleno en ese mundo ―suspiró extasiada al recordarlo. Aún repetía en su cabeza la tonadilla de apertura y cierre que habían tocado, era sumamente hermosa―. Lo que me recuerda... ―le dio una mirada con una ceja enarcada―. Qué interesante que te dieras el nombre de un dios, Yako.

Sesshomaru no dijo nada, sólo le devolvió la mirada en blanco.

―Ya no me extraña que me hayan mirado raro en el campamento cuando preguntaba por ti. El señor Koga incluso preguntó si eras un enorme perro que echaba veneno por la boca ―torció la cabeza en un gesto acusador, luchando para no sonreír―. Un poco pretencioso de tu parte, ¿no te parece? Creerte un dios...

El rostro masculino se giró levemente, pero ella se le acercó más para que no la evadiera.

―Es sólo un nombre ―le contestó él.

―Claro... No se te ocurrió uno común y corriente. Yako era sin duda la mejor opción ―asintió con toda lógica. Si lo veía bien, Sesshomaru parecía un poquito azorado, y era una visión tan rara que no quería perderse ni un solo segundo, incluso si eran imaginaciones suyas―. Aunque, tengo que admitir... ―rectificó al detallar sus apuestas facciones tan cerca―, que eso de ser un dios... tal vez no sea del todo una exageración.

Eso le devolvió su total interés.

―¿Un dios en qué, exactamente? ―le siguió el juego; sus ojos dorados la observaban fijamente. Rin sintió la necesidad de tomarle el pelo.

―En caligrafía, Sesshomaru. ¿Has visto tu letra? Es hermosa ―señaló los papeles como si fueran una maravilla increíble.

―¿Únicamente en eso? ―él no picó el anzuelo. Acarició sutilmente su cuello con la punta de los dedos hasta llegar a su tocado, del que fue retirando los adornos hasta que la melena cayó por su espalda. El acto de Rin flaqueó cuando sintió que su nariz rozaba su mejilla muy ligeramente, dejándole la piel de gallina.

―Tendrás que refrescarme la memoria.

Y él, muy complaciente como siempre en esos momentos, no tardó en hacerlo. Una vez más, los papeles acabaron en el suelo y Rin en su lugar, recibiendo y devolviendo muy gustosa todas sus atenciones.

Aquella deliciosa rutina era, sin lugar a dudas, su parte favorita del día. Ya no se sentía entumecida gracias a la constante práctica y su resistencia había aumentado, así que no le costaba tanto seguirle el ritmo... al principio. Todavía no estaba lo suficientemente acostumbrada como para corresponderle como le gustaría hasta el final, pero iba por buen camino.

Después de un largo y placentero rato, Rin recostó la espalda en el pecho de Sesshomaru, suspirando. Estaban sentados en la tina caliente, cansados y algo adormilados. O al menos ella lo estaba; conociendo a su marido, no tendría problemas en repetir un par de veces más.

Recorrió el músculo de su antebrazo, el cual apoyaba sobre su rodilla alzada, siguiendo una fina y larga cicatriz que acababa poco antes de su muñeca. Ya estaba acostumbrada a ver cada marca de su nívea piel, pero eso no significaba que su corazón dejara de estrujarse al pensar la clase de dolor por el que tuvo que pasar.

Una vez más, agradeció a cualquier Dios existente que hubiera regresado con vida.

―¿Cómo te hiciste esta?

―Con una espada, tal vez ―contestó Sesshomaru con desinterés.

―¿Y esta? ―tocó una mucho más profunda cerca de su rodilla.

―Una flecha.

―Rayos ―suspiró, acariciándola con el pulgar como si así pudiera hacerla desaparecer―. ¿Te costó mucho recuperarte? Se ve dolorosa.

―No. Mi padre cortó la flecha y continué peleando hasta el final de esa batalla. Sólo guardé reposo por una hora.

―Supongo que a él le desesperaba que no descansaras el tiempo necesario, ¿no? ―comentó con una sonrisa irónica.

―Se necesita más que una flecha para mantenerme en cama.

―Eso responde a mi pregunta ―se rió, reclinándose más hacia él. Dejó divagar su mente, cayendo poco a poco rendida por la calidez del agua perfumada y el rítmico latido que sentía en su espalda, hasta que recordó su caminata con la señora Izayoi de regreso a la fortaleza y lo que habían conversado.

―Sesshomaru, estaba pensando... ―ah, no sabía muy bien cómo tocar ese tema. Inuyasha no era precisamente la persona favorita de su esposo, y cada vez que lo mencionaba hacía una ligera mueca de hastío.

―¿En qué?

―En tu hermano.

―¿Precisamente ahora? ―Rin le dio un golpecito en la rodilla. Bien, estaba de mejor humor, tal vez no sería tan difícil.

―Sabes que te tiene algo de envidia, ¿verdad?

―Es evidente.

―Me refiero a que tú pudiste pasar mucho más tiempo con tu padre que él. La señora Izayoi me comentó que Inuyasha estuvo entrenando muy arduamente porque quería impresionarlo, y siempre tuvo deseos de que su padre viera cuanto había mejorado ―Sesshomaru guardó silencio, intuyendo adónde quería llegar―. Sé que ustedes no se llevan muy bien que digamos, pero... son familia. Me preguntaba... ¿Crees que podrías darle una oportunidad?

―¿Una oportunidad?

―Pensaba que quizás podrías entrenar con él alguna vez. Lo he visto de lejos, es bastante bueno. Tengo la impresión de que le gustaría conseguir tu aprobación.

―Dudo que le interese conseguir nada de mí ―espetó Sesshomaru con seriedad y una pizca de escepticismo.

―Inuyasha no te odia, Sesshomaru. Y sé que tú también lo aprecias... en el fondo. Muy, muy en el fondo ―este enarcó una ceja en su dirección, gesto que ella vio por el rabillo del ojo―. Ya que vas a volver a entrenarme a mí, pensé que podrías también tener alguna sesión con él. Puede que acabes sorprendiéndote.

―Es improbable.

―No lo sé. Si te digo la verdad, me recordó un poco a ti cuando te veía entrenando en Tesseimori con tu regimiento. Tienen estilos similares, aunque sus movimientos son más abiertos que los tuyos. Tú eres más preciso.

―¿Veías esos entrenamientos en Tesseimori? ¿Por qué?

―Eh... ―se encogió un poco, rehuyendo su mirada―. Sólo... quería aprender un poco más de tu técnica y esas cosas.

―¿Y qué fue lo que aprendiste? ―cuestionó, disfrutando su bochorno.

―Que se requiere un milagro para vencerte ―le dijo mordaz, recuperándose―. Y lo logré, así que los milagros existen. ¿Quién sabe? Quizás pueda repetirlo mañana ―de repente tuvo una idea y se giró para quedar cara a cara con él, haciendo un ruidoso chapoteo. Sus grandes ojos castaños estaban fijos en los dorados con decisión―. ¿Qué te parece esto? Si logro vencerte de nuevo... ya sea mañana o en un futuro cercano, le darás una oportunidad a Inuyasha.

―No parece muy posible.

―Pero tampoco imposible. Podría volver a pasar ―aseguró ella, rebosante de confianza.

―No veo por qué debería perder mi tiempo con él.

―Vamos, Sesshomaru ―lo tomó de las mejillas con ambas manos para que no dejara de verla y compuso su mirada de cachorrito más intensa en su haber―. Podrías hacerlo... ¿por mí?

El silencio que los rodeó fue pesado, más acompañado de esa expresión de aparente indiferencia por parte de su esposo. No quería ceder en lo más mínimo, pero ella tampoco quería rendirse. No se reiría, no lo haría. Ni siquiera quería parpadear y los ojos comenzaban a picarle, hasta que no pudo aguantarlo más y parpadeó, haciendo sin querer una mueca. Se perdió el fugaz desliz en la ecuánime expresión masculina.

―No te será fácil ―aceptó finalmente. Rin regresó su atención a él, encantada.

―Daré mi mayor esfuerzo ―le prometió, besándolo fugazmente en los labios. Y antes de que a Sesshomaru se le ocurriera vengarse de su descarada manipulación, se puso de pie y salió de la tina a gran velocidad―. Mejor salimos, llevamos mucho tiempo aquí dentro.

No dejó de sonreír con cierto aire de victoria mientras se secaba y le pasaba una toalla cuando él abandonó la tina, sin dejar de verla con ojos entrecerrados. Rin trataba con todas sus fuerzas de hacerse la desentendida, pero como siempre, fallaba miserablemente.

Sesshomaru se preguntó cuántas veces tendría que pasar por lo mismo: el sucumbir a las peticiones de su audaz esposa. Ella creía que con sólo agitar sus pestañas y componer caras adorables podía tener todo lo que quería.

Rin secó una parte de su espalda que no había alcanzado aún y dejó un ligero beso sobre una cicatriz, regalándole una mirada cariñosa que le dejó la mente momentáneamente en blanco.

Maldición.

Razón no le faltaba.

...

La tarde del día siguiente, ambos se encaminaron al dojo privado cerca de los campos de entrenamiento de la fortaleza, en dirección contraria a los preciosos jardines que la señora Izayoi cuidaba con tanto esmero. Rin había pedido a los sirvientes que no los acompañaran, porque no le apetecía tener testigos de sus desesperados intentos por ganarle a Sesshomaru.

Y peor aún, de sus lamentables derrotas.

Como acababa de caer una densa nevada, el campo estaba despejado de actividad. No había más que algunos miembros del personal haciendo sus labores de limpieza a lo lejos. Lo mismo podía decirse del dojo, vacío y perfectamente preparado para su uso. Rin se tomó su tiempo para curiosear la amplia estancia, tratando de imaginarse a un Sesshomaru entrenando de niño con su padre, e Inuyasha, mucho más pequeño, tratando de seguir sus movimientos con una espada de juguete. La señora Izayoi le había contado que era una vista muy común en el dojo esos días, y le hubiera encantado encontrar alguna pintura que la conmemorara.

Se despojó de su abrigo, guindándolo en el perchero al lado de la entrada y se alisó innecesariamente las mangas de su blanco haori. Era la primera vez que usaba un traje de entrenamiento de su talla: se sentía mucho más ligero y cómodo que ese saco viejo que tuvo que vestir por años. Su marido le dio una mirada al acercarse con las espadas de madera, de seguro pensando en algo similar.

―No deberíamos estar haciendo esto ―dijo para su sorpresa.

―¿Qué? No puedes retractarte ahora, ¡sé que puedo recuperar la práctica!

―No lo digo por eso ―bajó los ojos por su cuerpo―. Podrías estar encinta.

―Oh... ―Rin también dirigió la vista hacia su vientre y se palpó con una mano como si intentara sentir alguna diferencia―. Aún es demasiado pronto para saberlo.

Le había llegado el periodo poco después de la boda, así que si estaba embarazada sería de apenas un par de semanas como mucho.

―Pero podrías estarlo.

―Mayor motivo para que seas considerado ―propuso con inocencia. Sesshomaru resopló en silencio; no la haría cambiar de parecer.

―Repasemos lo básico.

―Y luego a la batalla ―asintió enérgicamente, apretando la espada y asumiendo posición. El semblante masculino vaciló al recordar sus largos entrenamientos con una Rin de quince años en Tesseimori; solía tener ese mismo entusiasmo que la hacía arrugar levemente las cejas y morderse los labios. No había cambiado mucho.

―Ya veremos.

Durante la siguiente hora, como si fuera la primera sesión de entrenamiento que hubieran tenido jamás, Sesshomaru se dedicó a guiarla en las formas y movimientos, corrigiendo de vez en cuando sus brazos y pies. Alargando la lección sin necesidad, pues ella recordaba todo bastante bien y casi no cometía errores. Le confesó que había estado practicando en sus horas libres y él reconoció, aunque no en voz alta, que hacía un buen trabajo.

Después de hacerla repetir ataques y bloqueos una y otra vez, vio que no tenía sentido aplazarlo más. Podría estar cansada, pero se empeñaba como si su vida dependiera de ello.

Cuando accedió al combate de práctica, Rin le sonrió muy satisfecha y ajustó su pose.

―No creas que caeré en el truco de la última vez ―advirtió Sesshomaru antes de empezar.

―No pensaba hacerlo, porque no vas a tirarme al suelo en un despliegue de crueldad. ¿O sí lo harás? ―pestañeó ella con coquetería. Él se negó a reconocer que su manipulación surtía algún efecto.

―Prepárate.

Y comenzaron. No fue brusco ni la hizo caer ni una sola vez, pero eso no significaba que se lo pusiera fácil. Bloqueaba sin esfuerzo y la obligaba a moverse en exceso para evadirlo y darle alcance al momento de atacarlo. Su cuerpo más grande sin duda era una ventaja contra ella, que debía dar más pasos para llegar a él. En menos de diez minutos ya la tenía pidiendo un descanso. No había estado ni cerca de desarmarlo, pero no parecía muy frustrada por esto. Al contrario, se veía pensativa, sin duda trazando estrategias para lograr su objetivo.

Sesshomaru, que había estado en contra del combate en primer lugar, se encontró disfrutándolo más de lo que imaginó. No se comparaba en absoluto a las prácticas con oponentes más equitativos, y ni hablar de una pelea real, pero era entretenido verla estudiando sus movimientos con ojo crítico e intentar llegar a sus pocas aperturas.

―¿Otro descanso? Realmente has perdido facultades ―le enarcó una ceja otros diez minutos después. Rin le frunció el ceño mientras trataba de recuperar el aliento.

―Dame algo de crédito, han pasado más de seis años desde la última vez que hicimos esto.

―Es cierto, podría ser mucho peor. Pero también podría ser mejor.

―Nunca dije que podía derrotarte fácilmente.

―Aseguraste que no era imposible, pero demuestras lo contrario.

―Había olvidado lo pedante que eres en el entrenamiento ―suspiró, apoyada en sus rodillas.

Sentía el sudor bajándole por la espalda, las piernas le temblaban y tenía puntitos negros inundando su visión. Y eso que creyó haber mejorado su resistencia, ¡pensó que le serviría para esto! Claramente se equivocó.

Lo vencí una vez y puedo hacerlo de nuevo, pero... ¿cómo? Levantó el rostro para verlo, estaba tan impasible como siempre. Una ligera sonrisa curvaba sus finos labios. El desgraciado se regocijaba de su sufrimiento y eso le hizo querer lanzarle algo a la cara para borrar su expresión burlona.

Piensa, Rin, piensa... debe tener una debilidad, debe haber algo que...

Oh.

Lo tengo.

No dejó que su rostro revelara la súbita idea, porque no estaba segura de que daría resultado, pero valía la pena intentarlo. Respiró profundo y se incorporó, posicionándose para reanudar el combate.

―Estoy lista.

Continuaron tal cual como habían estado haciéndolo y esta vez, en el crucial momento que Rin hacía fuerza para empujarlo al chocar espadas, retrocedió rápidamente con la esperanza de hacerlo perder el equilibrio. Pero como él apenas oponía resistencia, obviamente no funcionó. Rin no se movió, sólo se le quedó mirando con ojos entrecerrados, evaluando su estrategia. O eso pensó él.

―¿Qué estás haciendo? ―cuestionó al verla bajar la espada. Ella se llevó una mano al cuello del haori y lo jaló para revelar su hombro, creando un sutil escote. Su piel estaba sonrosada y perlada de sudor. Rin compuso un rostro inocente y dijo:

―Ríndete.

Se quedó rígido. Usaba la misma táctica que la noche anterior para hacerlo ceder, pero no caería. Rin, intuyendo lo que pensaba, bajó un poco más la tela y desvió la mirada. Su acto se tambaleaba porque le daba mucha risa hacer semejante tontería.

―Dije que no caería en tu truco ―espetó Sesshomaru con rigidez.

Sin embargo, no podía dejar de ver el camino que trazaban esas pequeñas gotas de sudor al bajar desde su cuello hasta perderse bajo la ropa que aún cubría su pecho. Apretó los dientes, deseando seguir ese recorrido sin ninguna interrupción.

―Esto no lo hice la última vez ―negó ella con tranquilidad. Cuando lo volvió a mirar, estaba más cerca y parecía enfadado. Se apresuró a reacomodar su ropa, lamentándose por no haberlo logrado, pero una pesada mano masculina se lo impidió.

Sus ojos dorados estaban oscurecidos, demasiado fijos en esa porción descubierta de piel. Rin se quedó quieta, esperando su siguiente acción.

Y cuando él clavó su mirada en sus ojos castaños, supo que había ganado.

No puede ser.

Antes de poder siquiera sonreír incrédula, la besó con fuerza, como si descargara su frustración consigo mismo. Rin tomó su rostro con ambas manos, transformando el intercambio en uno más suave y pausado. Se había propuesto hacerle bajar sus defensas, pero no creyó que se enojaría. Pensó que lo encontraría divertido y la castigaría entrenándola sin descanso por otra hora más.

Y bien... lo haría, pero no del modo en que ella imaginó.

―E-espera... ―se apartó un poco cuando su boca besaba ávidamente su cuello y retiraba un poco más la ropa de sus hombros―. ¿Y si entra alguien?

Sesshomaru vio fugazmente hacia la puerta, sopesando el riesgo, y la llevó hacia un lateral de la sala, tomándola de la muñeca sin decirle una palabra. Acabaron en un pequeño almacén repleto de espadas de madera, colchonetas y material de práctica, con una ventanita alta como única fuente de luz. Se suponía que debía hacer mucho frío ahí adentro, pero Rin sólo sentía un sofocante calor.

Acabó siendo aprisionada entre su esposo y la pared, casi consumida por sus voraces besos. Las manos masculinas la recorrían, aflojando cintas y quitando ropa para entrar en contacto directo con su piel, con una sensación de urgencia que no la dejaba seguirle el paso.

―Sesshomaru... un poco más... a-ah... despacio ―logró articular con dificultad. Era como esa noche en la caravana; parecía que Sesshomaru hacía una carrera contra el tiempo para explorar su cuerpo de mil maneras diferentes.

Cuando sus preciosos ojos dorados la miraron sin soltar el pezón que mordisqueaba, Rin inhaló profundo y sintió un fuerte latigazo en el vientre.

―Atente a las consecuencias ―le dijo con esa voz ronca que la volvía loca. Por más veces que hubieran hecho esto a esas alturas, las sensaciones siempre eran tan intensas como la primera vez.

―Honestamente... no creí que funcionaría ―se disculpó ella con una nerviosa sonrisa, haciéndolo arrugar el ceño. No importaba que dijera la verdad, él no le creía. Y no podía culparlo, acababa de perder su apuesta casi accidentalmente.

Sesshomaru bajó la hakama púrpura de Rin y posó una rodilla en el suelo mientras le abría el haori, dejando un reguero de besos y mordiscos desde su vientre hasta sus muslos. Antes de que ella pudiera replicar, ya estaba atacando su entrepierna con la lengua de una forma que la hizo ver las estrellas. Las rodillas le temblaron y tuvo que apoyarse en sus anchos hombros para no derrumbarse. Él no se detuvo hasta que escuchó brotar su nombre de entre sus labios, estremeciéndose al llegar al clímax.

Sesshomaru volvió a incorporarse, sujetando la débil figura de su mujer que luchaba por permanecer de pie, y abrió sus propios ropajes sólo lo suficiente como para liberar aquella parte de su cuerpo hinchada y palpitante.

―También quiero... ―pero él la cortó antes de terminar.

―Después.

La tomó de las caderas y la alzó en el aire, recargando su espalda contra la pared y se hundió en ella con un gruñido bajo y gratificante. Rin lo abrazó del cuello con las pocas fuerzas que le quedaban, gimiendo entre cada deliciosa arremetida.

―Ah... Mi espalda... duele... ―dijo entrecortadamente momentos después. Aún vestía su haori, pero estaba tan desacomodado que apenas la cubría y se raspaba con la pared.

Sesshomaru la separó y ella, al quedarse sin ningún apoyo, se aferró más a él, tratando de corresponder los movimientos de sus caderas, pero era difícil. Era una posición nueva, y al estar tan cansada por el entrenamiento y su primer orgasmo, no encontraba fuerzas suficientes para responderle con la misma energía.

―No me sueltes... ―suspiró, mordiendo su cuello para acallar los gritos que quería dejar salir.

―Nunca.

Sin importar cuánto frío hiciera afuera, ese pequeño depósito se mantuvo caliente por el resto de lo que tenía que ser su sesión de entrenamiento.

Rin apoyó la frente en el hombro masculino, con la respiración agitada y espasmos recorriéndola de arriba a abajo. Estaba muerta, no sería capaz de moverse por un buen tiempo. Creo que no fue buena idea haber liderado la segunda ronda... Todo por no querer quedarse atrás, por querer devolverle cada sensación que él le ocasionaba.

Prácticamente lo había hecho cambiar de lugar, apresándolo contra la pared hasta que acabó sentado, con ella sobre él... Y ahí seguía, varios minutos después de haber terminado, incapaz de volverse a levantar.

Poco a poco sus sentidos se recuperaban conforme el cosquilleo del clímax se desvanecía, y con ellos, su juicio y vergüenza hicieron acto de presencia.

No podía creer que lo hicieron tan lejos de sus habitaciones... ¿y si alguien los hubiera encontrado? ¿Y si la escucharon desde afuera?

Cómo se alegraba de haberle pedido a los sirvientes que los dejaran solos...

Ah, pero también acababa de recordar un pequeño y crucial detalle.

―Esto significa... ¿qué te vencí? ―suspiró con una minúscula sonrisa al caer en cuenta de ese pequeño detalle.

―No fue una victoria honesta ―puntualizó Sesshomaru. Después de lo que acababan de hacer, había menos reprimenda en su voz. Sin duda ya no le molestaba tanto haber caído en su trampa.

―En la guerra todo se vale ―rascó distraídamente el hombro masculino, haciéndose la inocente. No tenía que ver su rostro para saber la clase de expresión que le dedicaba―. De verdad no creí que funcionaría.

―Por supuesto que no ―resopló de vuelta. Rin se mordió los labios para que no se le escapara una risita. Había subestimado lo apasionado que podía llegar a ser, aunque a esas alturas ya se suponía que debería saberlo de sobra.

Pero ella tampoco podía hablar mucho, no después de como tornó las cosas durante la segunda vez.

―¿Estás enojado? ―quiso saber, medio en broma, medio en serio, viéndolo furtivamente por la esquina del ojo.

―No.

―¿Aunque ahora tengas que entrenar con tu hermano?

Él guardó silencio. Al parecer se había olvidado de ese pequeño asunto, y ahora su respuesta se había vuelto afirmativa.

Rin se percató de su inmediato cambio de humor y sintió un pequeño peso en el estómago. No estaba para nada contento... rayos, y era culpa suya. Tal vez todo eso del trato no había sido buena idea después de todo. Se separó un poco de su pecho, sólo lo suficiente para verlo apenada a los ojos.

―Creo que no tuve que sugerirlo. No tienes que hacerlo si no quieres.

Bajó la cabeza, algo molesta consigo misma por haberlo puesto en esa posición. Ella, que se enorgullecía de conocerlo bastante bien, había obviado el hecho de que detestaba ser obligado a hacer algo que no quería. O bien, tal vez sólo lo había pasado un poco por alto, pensando que no le importaría demasiado.

―Un trato es un trato.

―¿Seguro? No quisiera obligarte a hacer algo que detestes.

―No me estás obligando, dije que lo haría ―observó él llanamente, retirando un mechón de oscuro cabello del hombro femenino. Observó brevemente el cuerpo desnudo sobre el suyo antes de regresar su atención a su rostro―. Espero que no emplees esa técnica contra un enemigo real.

Ahora Rin no pudo contener la risa.

―Mis armas más letales están reservadas exclusivamente para mi señor esposo ―afirmó con solemnidad―. Ya van dos veces que te derroto. ¿Lo ves? Los milagros sí existen.

―Eso no fue un milagro ―fue una torpe, pero efectiva táctica de seducción. Y él, como si fuera un adolescente desbocado, había caído de cabeza.

Siempre creyó que tenía un férreo control sobre sí mismo, pero claramente no contó con el efecto que Rin tenía sobre él.

Ella volvió a recostarse, acunando la cabeza bajo su barbilla y suspiró.

―¿Podemos quedarnos un rato más? Todavía no me he recuperado.

―¿Te lastimaste la espalda?

―No, no fue por mucho tiempo ―respondió algo avergonzada. Sesshomaru se movió apenas lo suficiente para asomarse mientras movía su melena, examinando su piel. Se encontraba algo irritada por la fricción contra la pared, pero no era nada que un ungüento y un par de horas no pudieran borrar―. Además de mi bien merecida victoria, creo que fue un buen entrenamiento, ¿no te parece?

Casi soltó otra risa por la amarga expresión que puso Sesshomaru, y no pudo resistirse a besarlo.

―¿Lo repetimos en cinco días al anochecer, Yako? ―lo miró coqueta en cuanto se separaron. Sesshomaru no dejaba de ver sus labios.

―Me parece bien.

Se quedaron en ese pequeño depósito, desnudos, despeinados y recuperándose poco a poco de las últimas horas de intensa actividad, conversando sobre el entrenamiento y los viejos tiempos con una arrolladora nostalgia.

A Rin le pareció gracioso que, aún después de todo, mantuvieran vivas sus tradiciones al tener sus encuentros clandestinos, ocultos de la vista de los demás. Aunque ahora por motivos muy diferentes.

Y mucho más placenteros.

...

Rin salía del jardín de la señora Izayoi; acababa de llevarles de comer a los cisnes que había recibido en su boda, como hacía casi todas las tardes a la misma hora. No eran criaturas domesticadas, y se notaba que no les gustaba la atención humana, por lo que procuraba no molestarlos demasiado cuando iba a verlos. Sólo quería cerciorarse de que estuvieran bien adaptados a su entorno y gozaran de buena salud, y por lo menos así parecía a la distancia. Sería bonito que, al llegar la primavera, hubiera polluelos pululando alrededor de sus padres en el estanque.

Sonrió un poquito al pensar que, tal vez, para ese entonces ya tendría un bebé en el vientre.

Para ser sincera, aunque le entusiasmara mucho la idea ―pasaba varios minutos dándole forma a esa criatura, tratando de adivinar a quién podría parecerse más―, debía admitir que también le provocaba algo de temor. El embarazo y el parto no eran procesos muy agradables ni fáciles para la mayoría de las mujeres, y siempre habría riesgos.

Recordaba a menudo el parto de Shizu, lo doloroso que le había parecido. Se ponía ligeramente enferma cada vez que pensaba en eso. Cómo se estiraba para que saliera la pequeña Shiori, la cantidad de sangre... sacudió la cabeza para apartar esas imágenes.

Y también... no podía evitar pensar en su madre, que había muerto en el ataque a su aldea justo cuando estaba por dar a luz. Una gran tristeza se cernía sobre ella al reconocer que, aparte de ese espantoso suceso, no podía recordar mucho más de ella. Y nada en absoluto de su padre.

Si ella moría durante el parto... o si moría después, cuando su hijo fuera muy pequeño... Rin también sería un recuerdo borroso, o tal vez ni siquiera eso.

Intentaba con todas sus fuerzas desechar esas ideas tan pesimistas, pero pensaba en lo poco que podía recordar de su madre, y el dolor en su pecho crecía.

Se adentró en uno de los pasillos externos del castillo en compañía del señor Jaken. Debía escribirle a su tío y pedirle que le contara todo lo que sabía sobre sus padres. Quizás tuviera alguna de sus pertenencias; alguna carta vieja, un objeto de la niñez... lo que sea. No sabía cuándo volvería a Tesseimori, por lo que no quería quedarse en la oscuridad hasta entonces. Quería saber más de ellos, de su propia historia. Su tío dijo que la amaban... le gustaría poder recordarlo.

―¡Mi señora, debemos ir cuanto antes! ―Jaken la sacó de su trance con su estridente voz.

―¿Qué está pasando, señor Jaken?

―¿No lo ha oído? ¡Myoga dijo que el amo Sesshomaru y el joven Inuyasha están batiéndose en duelo!

―¿Qué? ¡Oh, tenemos que ir! ―y se apresuró a seguirlo hasta el otro lado de los terrenos externos, donde había mucha más afluencia que en los jardines. Era día de entrenamiento, así que estaba repleto de reclutas, instructores y soldados que formaban un círculo en la arena de combate principal. Todos se hicieron a un lado cuando Jaken anunció ruidosamente su presencia y pudieron colocarse en primera fila.

Rin había pedido a los sirvientes que le avisaran si su marido y cuñado tenían un entrenamiento juntos. A estos les pareció una petición extraña, pues eso nunca había sucedido, pero de todas formas prometieron mantenerla al tanto, ya que no sabía en qué momento Sesshomaru podría cumplir su parte del trato entre sus reuniones y trabajo.

Los hermanos combatían de manera magistral, armados con verdaderas espadas: la blanca Bakusaiga de Sesshomaru, cuyo filo destellaba reflejos verdes, y la Tessaiga de Inuyasha, que era la vieja espada restaurada de su padre.

―El joven Inuyasha ha mejorado mucho ―comentaban a su lado mientras ambos hermanos se lanzaban certeros golpes. Inuyasha tenía el ceño muy fruncido y los dientes apretados, mientras que Sesshomaru se veía más tranquilo. Oh, pero Rin lo conocía lo suficiente como para saber que, por su manera de entrecerrar los ojos, no estaba precisamente jugando.

Era bastante rudo, se notaba que usaba toda su fuerza en repeler los ataques, e incluso Inuyasha hacía muecas de dolor si lo alcanzaba una patada en el estómago. Algo que hacía más letal el estilo de Sesshomaru era que no sólo se valía de su espada, sino de todo su cuerpo. Era capaz de coordinarse a la perfección para combinar sablazos, puños y patadas en puntos estratégicos para derribar a su oponente.

Rin sólo lo había visto hacer esto desde lejos, puesto que con ella se limitaba únicamente al uso de la espada, y muy de vez en cuando hacía algún barrido de pies para tumbarla. Su marido sin duda era todo un caballero... pero solo con ella.

―Pero sigue sin ser un verdadero desafío para el señor Taisho. Tampoco se pueden comparar después de que éste pasara seis años en el campo de batalla.

―Claro que no, pero el príncipe es capaz de mantenerle el ritmo. Eso es bastante admirable.

Y lo era, porque no le dejaba mucho espacio a Sesshomaru para contraatacar antes de que dirigiera la espada hacia otro lado. Sus movimientos eran certeros, pero, tras estudiarlos un momento, se percató del problema.

―Se está precipitando demasiado ―dijo ella a nadie en particular, captando la atención de esos hombres y de Jaken―, va a cansarse si sigue así.

―El señor Taisho lo provocó, no me extraña que el joven Inuyasha esté algo desesperado ―le respondieron―. El príncipe es muy fuerte, pero le cuesta enfocarse.

―Y mi señor toma ventaja de esto. Cuando se quede sin aliento no le costará nada vencerlo. ¿No se ha dado cuenta el príncipe Inuyasha? ―preguntó, dirigiéndose al guardia que le contestó.

―Supongo que lo sabe, mi señora, pero si el joven Inuyasha tiene un defecto pese a su maestría...

―¡Maldito! ―regresaron la atención a la arena, donde Sesshomaru había aprovechado un desliz de su hermano e hizo una maniobra con las piernas para que perdiera el equilibrio. Inuyasha se tambaleó peligrosamente, agitando su espada para bloquear otro ataque, pero fue inútil. Sesshomaru lo había desarmado y derribado―. ¡Eso no vale, Sesshomaru, hiciste trampa!

―... es que su temperamento a veces lo supera ―completó el guardia. Los espectadores rompieron en vítores y exclamaciones de asombro.

―¡Se supone que era una pelea con espadas, pero no dejabas de patearme!

―¿Vas a reclamarle a un oponente real si no se adhiere a un solo estilo? ―cuestionó Sesshomaru a su vez, enarcando una ceja―. La espada no es tu única arma, Inuyasha ―le ofreció una mano para que se levantara, y ante la sorpresa de los espectadores, Inuyasha la tomó―. No sólo ataques agitándola. Otra vez.

Y volvieron a la contienda, tan concentrados que apenas notaban al público. Inuyasha estaba frustrado y le costaba concentrarse, pero demonios, cómo lo intentaba. No seguía precisamente las instrucciones de su hermano, sino que hacía todo lo posible por dejarlo en el suelo de cualquier manera posible.

Estuvieron así por varios minutos más, en los que el mayor superó al menor otras cuatro veces hasta que declaró que era suficiente, por mucho que Inuyasha exigiera hacerlo otra vez.

―¡Quiero la revancha, Sesshomaru! ¡Esto no se quedará así!

―Cambia tu estrategia si quieres cambiar el resultado ―espetó él con calma―. Te lo he estado diciendo durante toda la pelea, pero te niegas a escucharme.

―¡Porque lo único que haces es criticarme! ¡Mi estilo no tiene nada de malo!

―Si lo que quieres es un cumplido, tendrás que esforzarte más que eso. Quizás tengas más suerte la próxima vez.

―¡Ya verás, te haré morder el polvo!

Sesshomaru abandonó la arena de combate con paso elegante, como si aquel enfrentamiento no le hubiera supuesto ningún esfuerzo. Apenas tenía algún mechón de cabello fuera de lugar, y su rostro permanecía inmutable. Llegó hasta Rin, enarcándole una ceja a lo que ella le sonrió con complicidad. Se marcharon juntos, con Jaken detrás lanzando comentarios a nadie en particular acerca de lo grosero que era Inuyasha.

―Parece que te divertiste ―le dijo Rin.

―No veo dónde encontraste similitudes en nuestras técnicas.

―No en cómo luchas ahora, pero antes eras más o menos así ―y ante su mirada disgustada, agregó―. ¡Es verdad! Eras mucho más agresivo, ahora te tomas tu tiempo para analizar las cosas. La primera vez que nos enfrentamos eras muy lanzado y directo.

―No hay punto de comparación ―siguió negando él.

―Técnicamente... ―Rin se calló al sentir sus acusadores ojos―. Está bien, no lo hay. ¿Pero sabes una cosa? Me di cuenta de que tenías razón en algo. No fuiste nada inclemente conmigo esa vez.

Con eso, el fastidio en las facciones de Sesshomaru se desvaneció y le dedicó una minúscula sonrisa de superioridad. Bien, podía concederle eso. Después de ver como trataba a su hermano era justo admitirlo.

Aunque también se percató de que nunca negó el no haber disfrutado ese combate, e incluso había aceptado la revancha. Se sentía bien saber que ella también tenía razón al pensar que los hermanos no se detestaban tanto como querían creer.

Pero eso, en definitiva, no se lo diría.

Jaken, varios pasos por detrás de ellos, los observaba interactuando como si se hubieran olvidado de que los acompañaba. Era la primera vez que los veía de esa manera, tan relajados y absortos el uno en el otro, incluso si era en una simple conversación que él apenas comprendía. Pero lo que lo dejó helado fue ver la sonrisa en el rostro masculino. Nunca lo había visto sonreír.

―Oh, por cierto ―dijo Rin, ajena a como los miraba Jaken―, me alegra que reconozcas que una espada no es la única arma que se puede usar durante una pelea.

Y con esto, la pequeña sonrisa de Sesshomaru se desvaneció, dándole paso a un fruncimiento de cejas que ella encontró muy divertido.

Jaken se quedó algo rezagado hasta que se perdieron de vista en dirección al castillo, sin darse cuenta de esto. Tal vez nunca supieron que él estaba ahí.

Suspiró, aún sin poder creérselo, y tomó un camino diferente. Sentía que había sido testigo de algo que no tenía que haber visto en primer lugar. Una breve mirada a la vida privada de los regentes de Shiroyama. O visto de otra forma, de una pareja común y corriente, muy cómoda en la compañía del otro. Era raro ver al señor Sesshomaru así, pero...

Debía admitir que le sentaba bien estar enamorado.

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Aaah cómo me encantó escribir este capítulo. La obra de teatro, la caminata con Izayoi, la apuesta SessRin y su entrenamiento, en el cual Rin ganó limpiamente y no me importa lo que diga nadie, eso no fue juego sucio, sólo aprovechó su clara ventaja sobre su marido. Bueno, tampoco es que a él le haya molestado tanto perder

Aunque haya sido una entrega sencilla y tranquila, con ella conocimos parte del pasado de Kagome y el cruel trato que recibió de su no-padre. Por suerte Inuyasha estuvo ahí para ella y la ayudó mucho a mejorar su situación. Será un chico cabezota e impulsivo, pero tiene su corazón en el lugar correcto 💖

Por cierto, no sé si lo habrán notado, pero la obra que estaban viendo era "The Monster's Bride", un oneshot que hice hace mucho tiempo. Vayan a leerlo que está bonito. *fin del espacio publicitario*

Pasando a los reviews, ¡uff! Como que la gran mayoría se llevó una buena sorpresa por la revelación. Jejejeje voy a mentir, estaba sonriendo malévolamente mientras leía sus comentarios, fue súper divertido 😆 Mil gracias a las preciosísimas que dejaron sus impresiones a lo largo de la semana: Any-Chan, Irasue14, Rinmy Taisho, TaishoScott, Cath Meow, Drako lightning, Rucky, , Leylanichet7532, Presefomina, Setsuna chaan, Genegab14, Eva, LordThunder1000, MarcelaR, Aoi Moss, Kunoichi2518, Tania, Lin Lu Lo Li, Kami no musume XD, Kassel RG, Yaniie y Luce. No saben cuánto me alegra que estén disfrutando tanto esta historia 💖

¡Y hasta aquí llegamos! Muchísimas gracias por leer y estar al tanto de las publicaciones, son todas unos solecitos preciosos que merecen un millón de cosas buenas. Ah, y les parece que este capítulo es la calma antes de la tormenta...

Tienen razón juasjasudajdasuda ahí les dejo eso, ¡byeeee!