Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo únicamente traduzco.

Villanela

Trabajo n.º 7:

Escriba una villanela. Debe tener una extensión de diecinueve versos con el siguiente esquema rítmico: aba, aba, aba, aba, aba, abaa. Tenga en cuenta que el primer y el tercer verso se repiten en orden alterno a lo largo de su poema. Los dos versos también estarán juntos para los últimos dos versos. Escoja el tema que quiera.

Inuyasha se palpó la frente antes de colocar la palma de nuevo sobre la de Kagome. Bajó las orejas mientras le tomaba la temperatura. Estaba ardiendo. Sabía que debería haberles hecho acampar para pasar la noche fuera en lugar de entrar en aquella aldea. Había esperado encontrar un sitio cerca del agua para que Kagome pudiera bañarse. Pero cada sitio que parecía adecuado tenía una horda de demonios al acecho. O estaba demasiado cerca del apestoso hedor a lobos. Cuando Miroku sugirió la aldea, pareció la solución perfecta, excepto por el hecho de que algún aldeano había estornudado sus enfermedades encima de Kagome y la había puesto enferma.

Así que… en realidad no era culpa suya que estuviese enferma. Era de Miroku.

Más tarde se le ocurriría un castigo adecuado para el monje, pero por el momento, Inuyasha tenía cosas más importantes de las que ocuparse. Kagome. Suspiró pesadamente mientras envolvía el traje de la rata de fuego alrededor de los hombros de la miko. Debería haberle dejado irse a casa cuando lo pidió ayer.

—Creo que Kagome está enferma —dijo Shippo mientras miraba su rostro sonrojado por la fiebre.

—Oh, ¿y qué fue lo que te hizo darte cuenta, idiota?

—¡No soy idiota, idiota!

—Estúúúúpido.

—¡Yo no soy el idiota que dejó que Kagome se pusiese enferma!

Inuyasha estaba levantando el puño para darle al zorrito varios coscorrones cuando oyó la voz de Kagome. Puede que hubiera sido baja y débil, pero no cabía duda de la amenaza en el tono.

—Inuyasha… —Se preparó para el «siéntate» que era seguro que estaba al llegar—. Pórtate bien —dijo.

Luego se acurrucó contra la calidez de su costado. Toda idea de pegarle al zorrito en la cabeza se desvaneció. Cielos, se desvanecieron todos los pensamientos sobre todo. Movió lentamente su brazo derecho, atrayéndola más hacia él. Era consciente de que había cuatro pares de ojos siguiendo cada movimiento suyo y esperaba que sus mejillas no estuvieran tan rojas como pensaba que probablemente lo estarían. Se rascó la cabeza con la mano izquierda, intentando aparentar desinterés.

—Kagome debería dormir un poco —dijo Sango mientras acariciaba la cabeza de Kirara—. Hay una aldea cerca…

—Nada de aldeas —dijo Inuyasha con la mandíbula apretada—. Los estúpidos humanos esparcen sus estúpidas enfermedades por todas partes. Kagome no va a volver a poner un pie en uno de esos agujeros llenos de enfermedades.

—Bueno, Inuyasha…

—¡Nunca más, Miroku!

El monje se atrevió a reírse, haciendo que Inuyasha gruñese de frustración.

—No puedes decirlo en serio, Inuyasha. ¿Esperas que la señorita Kagome duerma en el suelo o en un árbol durante el resto de su vida?

Inuyasha gruñó en respuesta antes de coger a Kagome en brazos y caminar hasta el otro lado del campamento. La dejó en el suelo y empezó a rebuscar en su mochila. Sacó su saco de dormir y se lo extendió, asegurándose de encontrar algo que hiciera de almohada. A continuación, encontró su kit se primeros auxilios y sacó el paquetito que contenía aspirinas. Lo sacudió y puso dos pastillas en su palma. Luego miró a Kagome, preguntándose si tal vez debería darle un poco más. Había veces en las que les daba tres a Sango o a Miroku, pero Shippo solo recibía una pastilla. Demasiado podía ser peligroso, pero sí que parecía sentirse destrozada. Al final, le dio dos enteras y la mitad de otra.

Una vez se hubo tomado su medicina, Inuyasha se sentó cerca de sus piernas y esperó a que ella se durmiese. La rama simplemente estaba demasiado lejos. Bueno… cualquier distancia mayor que la de un brazo era demasiado lejos, en realidad.

—¿No tenéis nada que hacer? —les soltó a los demás, que estaban mirando con demasiado interés.

Sango y Kirara decidieron que era un buen momento para entrenar. Miroku se dio cuenta de repente de que era hora de meditar. Y Shippo simplemente se dio cuenta de que no les quedaba leña y que necesitaban más. Con los demás fuera de la vista, el demonio perro fue capaz de respirar con un poco más de facilidad. Apoyó la mano en su pierna y le dio palmaditas suavemente, algo que su madre solía hacer por él cuando estaba enfermo de pequeño.

—Gracias —susurró.

—Duerme un rato, Kagome.

Gimiendo, ella cambió de posición, intentando ponerse cómoda.

—No puedo. Tengo que hacer mi trabajo. Tengo que escribir mi villanela. Tengo que entregarla mañana por la mañana.

—Pues irá con retraso.

—Ella no acepta trabajo con retraso. —Sonaba un poco demasiado cercana a las lágrimas para la tranquilidad del hanyou—. No quiero suspender.

Inuyasha le apartó el pelo de su sonrojado rostro afectuosamente.

—No vas a suspender. Vete a dormir. No dejaré que suspendas.

Tal vez fue la fiebre, o tal vez fue la pura determinación en la voz de Inuyasha, pero Kagome estuvo profundamente dormida para cuando los demás volvieron al campamento. Todos permanecieron en silencio, la amenaza de muerte a cualquiera que molestara a la miko era clara. Miroku se sorprendió un poco, y se puso un poco nervioso, cuando el demonio perro le indicó que lo siguiera hacia el bosque. Con una severa mirada, Inuyasha les dejó claro a los demás que debían cuidar de la chica enferma.

Miroku siguió a Inuyasha, pero no fueron lejos. Solo lo bastante lejos para estar fuera del rango auditivo humano del campamento, lo que no ayudó a los nervios del monje.

—¿Qué es una villanela?

—¿Qué?

—Una villanela. Kagome dijo que tiene que escribir una para su trabajo para mañana.

Miroku sonrió con alivio.

—Ah, sí. Recuerdo que la señorita Kagome nos habló antes del trabajo. Es un poema que tiene un patrón de escritura muy concreto donde los versos se repiten a lo largo del mismo. ¿Por qué deseas saberlo?

—Voy a escribirla para ella.

La sonrisa del monje se convirtió en una expresión de sorpresa.

—Tú… vas a escribir un poema… ¿para la señorita Kagome?

Inuyasha le pegó en la coronilla.

—Para su trabajo, idiota. No es como si le estuviese escribiendo un poema de amor, ni nada así. —Apretó los puños, dándose cuenta de que pegarle a Miroku en la cabeza justo antes de pedirle un favor probablemente no era la mejor manera de proceder. Oh, bueno, demasiado tarde. Así que respiró hondo y volvió a hablar, esta vez con un poco más de calma—: Quiero que ayudes.

—¿Ayudar? ¿Quieres que lo escriba yo?

Inuyasha contuvo valientemente su deseo de pegarle al monje, aunque no pudo contener el tic encima de su ceja. Sabía que su irritación era irracional. Después de todo, que Miroku escribiese el poema en lugar de él era una suposición lógica. Pero Inuyasha no quería que el monje hiciera esto por ella. Era SU trabajo.

—Solo escribe lo que te diga que escribas. —Miroku paró de hacer preguntas y asintió. Por ello, Inuyasha se sintió agradecido. No estaba seguro de cuánto tiempo iba a ser capaz de mantener su temperamento bajo control. Que Kagome estuviera enferma lo ponía nervioso e inquieto—. Será fácil —dijo con más confianza de la que sentía—. Simplemente escribiré sobre Naraku.

Miroku tosió, intentando sacar las palabras con las que se estaba atragantando.

—Quieres escribir un poema para la señorita Kagome… ¿sobre Naraku?

—Bueno, sí. Es una villanela, ¿no? No hay mayor villano que Naraku.

—Una villanela es un estilo, Inuyasha. No tiene que ser sobre un villano.

El demonio perro empujó una hoja de libreta que había encontrado en la mochila de Kagome hacia Miroku.

—Tú escribe lo que te diga que escribas.

Con un encogimiento de hombros, Miroku cogió el papel y se sentó en la raíz que sobresalía de un árbol. Prestó atención mientras Inuyasha empezaba a pronunciar la rima. Solo hubo algunos momentos en los que Miroku tuvo que recordarle al demonio perro el patrón de escritura.

—No creo que la señorita Kagome tenga permitido usar tales palabras en sus trabajos —dijo Miroku mientras el bolígrafo que estaba usando se cernía sobre el papel. Era una pena que Inuyasha no hubiera traído un lápiz en lugar de un bolígrafo. Habría sido más fácil, y más limpio, borrar en lugar de tachar secciones. Y reescribir. Y reescribir. Y… bueno… había mucho que reescribir.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Shippo mientras llegaba desde la dirección del campamento y saltaba sobre el hombro de Miroku.

—Estamos ayudando a la señorita Kagome con sus deberes. Inuyasha está recitando un poema y yo lo estoy escribiendo.

—¿Inuyasha está escribiendo un poema?

—Sí.

—¿Para Kagome?

—Sí.

Shippo le echó un vistazo al papel.

—¿Inuyasha dijo esto?

Miroku asintió.

—Vaya, ni siquiera sabía que él supiera lo que significaba «destripar».

—Puedo oírte, ¿sabes? —se quejó el hanyou mientras se paseaba por el claro intentando pensar en más palabras que rimasen.

Shippo volvió a mirar el papel antes de sonreírle ampliamente al demonio perro.

—¡Y encontraste algo que rima con eso! ¡Es el mejor poema del mundo!

Inuyasha sonrió ampliamente con orgullo, echándole un vistazo al papel.

—Sí, ¿verdad? —Volvió a darle el papel a Miroku—. Escríbelo otra vez y ahora hazlo más en limpio. Voy a ir a ver cómo está Kagome.

Inuyasha desapareció en un destello plateado y rojo. Miroku se dispuso a reescribir el poema en limpio mientras Shippo observaba. Cuando el monje estaba terminando la cuarta estrofa, apareció Sango, tenía curiosidad por saber qué estaba pasando. Shippo le explicó lo del poema. La exterminadora de demonios leyó por encima del hombro de Miroku.

—¿No cree que tal vez debería hacer el poema menos… sangriento? Es un poco gráfico.

Miroku dejó el bolígrafo de golpe, cerró los ojos y respiró hondo. Cuando los abrió finalmente, estaba casi calmado.

—Dejaré que se lo expliques a nuestro bastante violento y obstinado compañero.

—¿Sabe? En realidad, tiene bastante buena pinta tal y como está. —Sango le sonrió a Miroku y se apartó del trabajo de escritura.

El trío volvió al campamento con Shippo dándole vueltas a sus partes favoritas del poema. Miroku parecía cansado y Sango parecía ligeramente afectada. Cuando llegaron al campamento, se dieron cuenta de que el saco de dormir de Kagome volvía a estar enrollado (sin cuidado, pero atado con fuerza) y que su mochila volvía a estar llena. La propia chica estaba durmiendo profundamente en los brazos de Inuyasha.

—¿Vais a algún lado? —preguntó Miroku.

—Cállate y dame sus cosas.

Sango atravesó el campamento para tomarle la temperatura. No le pasó desapercibida la forma en la que los brazos de Inuyasha se apretaron alrededor de la chica, ni cómo se giró ligeramente, como si estuviera conteniéndose para no apartar a la chica del roce de la exterminadora. Ella creyó haber hecho un trabajo bastante bueno ocultando su sonrisa ante la forma en que él le estaba gruñendo inconscientemente. Aunque frunció el ceño cuando sus dedos tocaron la piel de Kagome.

—¡Está ardiendo!

Esta vez, Inuyasha SÍ la apartó de la exterminadora.

—¡Keh, eso ya lo sé! —Se movió un poco para poner más cómoda a Kagome—. Está empeorando. La voy a llevar a casa. —Se detuvo un momento—. No nos es útil así. Solo estorbará.

—Es casi tan delicado con las damas como Miroku —le susurró Shippo a Kirara, que maulló en señal de conformidad.

Gruñendo en alto sobre humanos estúpidos, su estúpido reparto de enfermedades y sus estúpidos cuerpos frágiles, Inuyasha cogió los deberes, la mochila y el saco de dormir de un sonriente Miroku y partió hacia el pozo. Kagome estaría más a salvo y más cómoda en su propia cama. Inuyasha solo exhaló un suspiro de alivio cuando la luz del pozo se los tragó.

Como tenía las manos ocupadas, al demonio perro no le quedó más remedio que darle una patada a la puerta para que alguien los dejase entrar. También gritó, por si no habían oído las patadas en la puerta. Estaba a dos segundos de arrancar la puerta de sus goznes cuando la madre de Kagome la abrió con una cálida y tranquila sonrisa.

—Vaya, hola, Inuyasha. —Se apartó de la puerta, abriéndola más para que pudiera entrar—. ¿Kagome está dormida?

—Está enferma.

—Cielos. —Palpó la frente de su hija y frunció el ceño.

Inuyasha se puso automáticamente a la defensiva.

—Le di dos y media de esas cosas que se trae que llama pastillas. —Se tensó, listo para una discusión o una reprimenda. Pero lo único que hizo la madre de ella fue sonreírle suavemente y darle las gracias por traer a su hija a casa. Le dijo que la llevara arriba y la metiera en la cama, y que le llevaría medicina.

Una vez que Inuyasha se aseguró de que Kagome tomase la medicina y se hubiese vuelto a dormir, bajó las escaleras y encontró a su madre. Como siempre, la encontró en la cocina. Tenía una taza de té delante de ella y un tazón de ramen humeante en el sitio enfrente de ella en la mesa.

Fijó la mirada en el tazón. Quiso exigir que comprendiera que no era culpa SUYA que Kagome se hubiese puesto enferma, que SÍ cuidaba bien de ella. Pero había una diminuta parte de él que se sentía culpable, que siempre se sentía culpable cada vez que Kagome estornudaba siquiera. Y estaba el miedo. Miedo a que su madre intentase alejar a Kagome de él. No es que pudiera, pero podía intentarlo. Y entonces Kagome tendría que tomar una decisión. ¿Y si no lo escogía a él por encima de su familia? Luego, empezó a enfadarse.

Antes de que pudiera decirle a su madre que no había posibilidad alguna de que fuera a apartar a Kagome de él, la mujer más mayor le sonrió.

—Gracias por cuidar tan bien de mi hija.

Se sonrojó y su ira desapareció.

—Keh.

De repente, le volvió el apetito y devoró rápidamente su ramen. Un segundo tazón apareció ante él justo cuando sorbía la última gota del primero. Tras su tercer tazón, recordó el poema.

—Le escribí un poema a Kagome.

Ups. Mal expresado, se dio cuenta cuando la mujer le SONRIÓ AMPLIAMENTE. Tenía las manos cerradas por encima de su corazón y sus ojos se habían vuelto brillantes y soñadores. Volvió a sonrojarse y luego empujó el poema por la mesa hacia ella.

—Necesito que le lleve esto a su instituto.

—¿Oh?

—Para sus deberes.

—Ohhh. —La mujer pareció desinflarse literalmente. Inuyasha casi se sintió mal por ello—. Lo escribiré en el ordenador y se lo llevaré a su profesora por la mañana.

Vio que alisaba la página y empezaba a leer. La vio encogerse. Leyó un poco más y se encogió un poco más. En cierto momento, se puso un poco verde.

—¿Puedo hacer una sugerencia?

Él se encogió de hombros.

—Claro.

—Tal vez sería mejor que no mencionases qué partes del cuerpo estaban siendo… separadas del cuerpo.

—¡Pero esa es la mejor parte!

Ella se aclaró la garganta.

—Sí. Es muy… descriptivo… pero sus profesores puede que no sientan que es apropiado para clase.

—Kagome dijo que podía escribir sobre lo que quisiera. Algo sobre libertad artística. —Se cruzó de brazos.

—Sí, eso es verdad. Pero… —Bajó la mirada al papel, mordiéndose el labio. Inuyasha la vio sonreír de repente y volver a mirarlo, intentando ocultar esa misma sonrisa—. Pero sabrán que no fue Kagome la que escribió el poema si lo dejas así. Tendría muchísimos problemas por hacer trampa.

Descruzó los brazos y una mano fue hacia su espada. Entrecerró los ojos y le relucieron con ira.

—¿Problemas? ¿Qué clase de problemas? ¿Qué se piensan que van a hacerle a Kagome?

La mujer parpadeó con rapidez, sobresaltada ante el cambio en su comportamiento. De repente, lo vio como un guerrero, el protector de su hija, en lugar de solo su amigo. Se le vinieron lágrimas a los ojos cuando se dio cuenta de cuánto se preocupaba el joven que tenía delante por su única hija. Desafortunadamente, las lágrimas en sus ojos hicieron que el hanyou asumiera que el castigo de Kagome iba a ser algo horrible.

—Qué intenten tocarla después de que termine yo con ese instituto —gruñó mientras salía con furia hacia la puerta con intenciones letales.

—¡No! —Se puso en pie de un salto y corrió para agarrar el borde de su manga—. No sería TAN malo, Inuyasha. Solo puede que le pongan un suspenso.

—¿Suspenderla?

—Sí.

—Le prometí que no suspendería.

La madre de Kagome contuvo la respiración mientras veía que Inuyasha pasaba la mirada del papel sobre la mesa a la puerta principal.

—Supongo que podría hacer unos pocos cambios.

La siguiente hora transcurrió delante del ordenador mientras Inuyasha dictaba una vez más los cambios de su poema. Cuando estuvo satisfecho y se negó a hacer más cambios, volvió arriba para sentarse con Kagome.


Naraku, tu hora está al llegar.

Reiré mientras destripo.

Tu muerte hemos de aclamar.

Naraku, tu hora está al llegar.

Que pidas clemencia es improductivo.

Más miedo no has de causar.

Ni una lágrima se va a derramar.

Vivir no te será permitido.

Tu muerte hemos de aclamar.

Naraku, tu hora está al llegar.

Mi sed de sangre llega al infinito.

Mientras aquí hayas de estar.

Tu carne he de abrasar.

No dudaré por ningún motivo.

Tu muerte hemos de aclamar.

Venganza por todo lo que afirmo amar.

Por el sufrimiento que has producido.

Naraku, tu hora está al llegar.

Tu muerte hemos de aclamar.

Los papeles se arrugaron en la mano de Kagome mientras abría iracunda de golpe la puerta de la pagoda del pozo e iba ofendida hasta el pozo. Con movimientos intensos, tiró de la mochila y le dio una patada al pozo antes de subirse sobre él. ¿Cómo ha podido hacerme esto? No podía recordar una época en que hubiera estado más furiosa con Inuyasha. Y había estado muy furiosa en el pasado.

Cuando sus pies tocaron la tierra quinientos años en el pasado, Kagome levantó la mirada y vio un par de ojos dorados y un par de ojos verdes mirándola. Eran casi lo suficientemente lindos para derretir su ira. Aferró el papel más fuerte en su puño. Pero no lo suficientemente lindos.

Demasiado enfadada como para preocuparse por la elegancia, Kagome trepó hasta lo alto, ignorando la ayuda de Inuyasha. Abrió la boca para explotar contra él cuando notó algo raro.

Inuyasha la estaba mirando con la expresión más extraña en sus ojos. ¿Esperanza? ¿Por qué podía sentirse esperanzado? ¿Orgullo? Sí, podía imaginar que estaría orgulloso de este poema. Oyó que el papel crujía, recordándole que se suponía que debía estar enfadada. Pero era muy difícil mirarlo mientras prácticamente daba saltitos y tenía un aspecto tan impresionantemente lindo. ¿Por qué no podía estar mirándome con el ceño fruncido? Es fácil estar enfadada si frunce el ceño.

Luego estaba Shippo. Tenía la misma expresión esperanzada, excepto por el hecho de que él SÍ estaba dando saltitos de emoción. No paraba de mirarla a ella y luego a Inuyasha. Y entonces notó que el zorro también parecía orgulloso. Orgulloso de… ¿Inuyasha?

Vale… demasiado raro.

—¿Leíste el poema? —preguntó Shippo finalmente mientras saltaba a sus brazos—. ¡Lo escribió Inuyasha! ¡Pero yo ayudé!

—No mientas, enano. No lo hiciste.

—¡Sí que lo hice! ¡Le dije a Miroku que no podía quitar las mejores partes! —Se movió al hombro de ella y sacó la lengua—. Te gustó, ¿verdad? Era muy bueno, ¿no? ¡La parte con las entrañas era la mejor!

Kagome movió la mirada hacia donde el monje y la exterminadora de demonios estaban de pie. Ambos parecían estar también interesados en su reacción.

—¿Entrañas? —Bajó la mirada al papel que tenía en la mano. Suponía que Inuyasha debía de haberlo editado un poco. ¡Menos mal! ¿Entrañas? No pudo evitar tener una mórbida curiosidad por lo que decía el poema original—. ¿Miroku también ayudó?

—Feh, él solo escribió lo que le dije yo. —El orgullo en su voz fue inconfundible.

—Hubo MUCHO que escribir —le aseguró Miroku, ignorando la mirada de muerte de Inuyasha.

Sango fue hasta Kagome y le sonrió.

—Estuvieron trabajando en esa tarea durante horas. Deberías haberlos visto. Nunca antes los he visto trabajar así de juntos en nada. —Se volvió hacia sus compañeros masculinos y les sonrió a ellos también—. Es de lo único de lo que han hablado desde que te fuiste.

Bueno, porras. Ahí se iba lo que le quedaba de ira.

Sango sugirió que volvieran a la cabaña de Kaede para comer antes de marcharse en busca de Naraku y de los fragmentos de la esfera. Miroku y Shippo la siguieron. Kagome no se movió ni un centímetro. Bajó la mirada al papel que tenía en la mano y lo leyó en silencio.

Srta. Higurashi:

Su profesora ha llamado nuestra atención sobre el poema que escribió para su trabajo de escritura creativa. Nos preocupa que tal vez tenga algunos problemas de ira que tenga que solventar, o que esté teniendo dificultades en casa o con amigos. Somos conscientes de que ha estado teniendo muchos problemas con su salud física, pero sentimos que tal vez su salud mental se haya visto desatendida.

Le hemos escrito a su madre y hemos incluido una copia de su poema, así como instrucciones de que vaya a ver a un profesional. Incluimos los nombres de diversos psicólogos para que pueda escoger, así como nuestro horario de oficina. Esperamos verla pronto.

Dra. Kinomoto

Orientadora

La ira empezó a brotar de nuevo, solo un poco. Pero antes de que pudiera avivarse hasta convertirse en llama, sintió la mano de Inuyasha en su frente. Vio con diversión que él se tocaba la cabeza y luego de nuevo la de ella. La mirada de preocupación en sus ojos la conmovió, y la satisfacción vanidosa de que su temperatura hubiera vuelto a la normalidad (él se atribuía todo el mérito por eso) le tocó el corazón, y ni siquiera pudo recordar por qué debía estar enfadada.

—¿Dijeron algo sobre el poema?

Ah, sí, el poema.

—Sí, Inuyasha, lo hicieron.

—¿Les gustó?

—Eh… no pueden parar de hablar de él.

Él sonrió con satisfacción. Podría haber jurado que andaba con brío mientras recogía su mochila y se la echaba sobre el hombro.

—¿Lo leíste? —No la miró a propósito cuando preguntó. ¡Y maldito fuera, la verdad era que sonaba ansioso!

—Sí.

—¿Te gustó?

Sabría en un segundo si le mentía. Se giró para mirarla y, por primera vez, ella sintió que era la que podía oler el miedo. Miró los papeles que tenía en la mano, metiendo la nota de la doctora por debajo del poema. Volvió a mirarlo. Luego miró a Inuyasha.

—Nunca he leído un poema que me haya gustado tanto en toda mi vida —dijo con completa y absoluta honestidad—. Gracias.

Él había escrito esto para ella cuando estaba enferma. Era una cosa tan abnegada que hacer por su parte. Y evidentemente le había llevado muchas horas hacerlo. Si había pasado horas aquí, trabajando en él con Miroku, y luego lo había vuelto a cambiar más tarde… Había trabajo muy duro en él. Por ella. Sí, era un poema ligeramente perturbador. Sí, iba a ser doloroso y un poco humillante ir a sesiones obligatorias de orientación para el control de la ira. Pero aun así… Lo había hecho por ella.

Alisó el poema y luego lo dobló con cuidado. Tras guardárselo en el bolsillo, le dio la mano y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa.

—Te dije que no dejaría que suspendieras —le recordó mientras la conducía de regreso a la aldea—. Siempre cuidaré de ti.

Lo dijo en voz tan baja que Kagome casi no lo oyó. Probablemente no había pretendido que lo oyera, así que giró la cabeza para que él no viera su expresión. Estaba segura de que era todo sonrojos y sonrisillas. Afortunadamente, no estalló en un humillante ataque de risitas. No pudo, no obstante, evitar que su mano apretara la suya suavemente. Yo también cuidaré de ti siempre, le prometió.

De verdad que era, decidió, el mejor poema que hubiera leído nunca.