¡Buenas!
Por fin me he decidido a escribir el último capítulo. Ha costado, sobre todo porque me resistía a terminar el fic y porque quería darle un buen final, ya que el capítulo 19 no me dejó del todo satisfecha. Creo que con este sí lo estoy. Ya me diréis vosotros. jeje.
Ahora solo queda continuar con Parte de tu mundo. Lo he dejado un poco parado porque estoy de vacaciones y últimamente no paro de salir y entrar de casa, así que no tengo mucho tiempo para escribir, pero pronto volveré con un nuevo capítulo.
Ahora, a leer y a disfrutar con el final de El hilo rojo.
¡Saludos!
Capítulo 20: Futuro marido
Tres semanas más tarde se celebraron los primeros juicios contra la banda de Arata. Desgraciadamente, Katsuki y su grupo tuvo que sentarse en la parte de los acusados. La UA había pagado para ellos los mejores abogados: se sentían ciertamente responsables por no haber podido proteger a sus antiguos alumnos cuando estaban a apenas un paso de convertirse en héroes profesionales.
Todos ellos pasaron por el estrado para dar su versión de los hechos. Explicaron detalladamente la vida que habían llevado junto a Arata después de que les borrara a todos la memoria y los separara de sus familias y amigos. Aseguraron que no habían tenido más opción que seguir las órdenes que aquel peligrosísimo yakuza, puesto que no tenían donde acudir.
Sus profesores también salieron como testigos y hablaron del día que la banda de Arata había aparecido en la UA y había secuestrado a varios de sus alumnos. Pero, sin duda, el que más se explayó en su declaración fue Izuku. Defendió a su pareja y a sus amigos con uñas y dientes, explicando todo lo acontecido. Esperaba que su influencia como uno de los mejores héroes del país sirviera para algo.
El juicio se alargó durante varios meses. Cada cierto tiempo, los implicados volvían a ser llamados para declarar. Por el estrado pasaron todos los detenidos que pertenecían a la banda de Arata y que se encontraban en prisión provisional.
Por suerte, los abogados habían conseguido un trato diferente para Katsuki y los demás. Se encontrarían en libertad vigilada. Tendría que ir todos los días a firmar a los juzgados para asegurarse de que no salieran de la ciudad bajo ningún concepto y se les retiraría el pasaporte. Fue un proceso muy cansado, que no se definió hasta meses más tarde. Los abogados de Katsuki incluso habían llevado a declarar al chico al que habían salvado la vida del derrumbe del edificio, así como a la madre y a la hija que habían retenido el día que habían pedido a la policía que Deku se presentara ante ellos.
—No nos hicieron ningún daño —dijo la madre—. Estábamos un poco asustadas, pero aseguraron que no nos tocarían y así fue.
—Ellos me salvaron —explicó el niño del edificio—. Sobre todo el chico de pelo rubio. Me sacó del edificio arriesgando su propia vida. Les estoy muy agradecido.
Aun así, la declaración que definió el juicio fue la de Yukio. Se sentó frente al juez que debía dictar sentencia acusado de pertenencia a organización criminal y de asesinato. Hasta ese momento, el juez se había mostrado escéptico con respecto a las declaraciones de Katsuki y los demás, puesto que todas las acusaciones se vertían sobre alguien que no podía desmentirlas y defenderse. Arata ya no existía, y eso complicaba sobremanera el juicio.
Sin embargo, las palabras de Yukio dieron un vuelco al caso.
—Todo lo que se ha dicho hoy en esta sala es verdad, señoría. Yo, como mano derecha de Arata, fui testigo de cómo esos chicos fueron secuestrados cuando apenas eran unos adolescentes menores de edad. Arata les borró por completo la memoria y los obligó a trabajar para él bajo amenazas y coacciones. Esos chicos estaban destinados a ser héroes, y Arata les robó todo: sus sueños, su futuro y su familia. —Hizo una pequeña pausa y cogió aire, intentando que la ira no lo embargara—. Arata ha destrozado la vida de muchas personas, incluida la mía. Por eso lo maté. Yo maté a Arata. Y no me arrepiento de nada.
El abogado de Katsuki se levantó entonces y dirigió su voz hacia el juez.
—Ya lo ha escuchado, señor juez. Hasta los propios miembros de la banda aceptan lo que ese hombre hacía en vida. Mis defendidos no son más que víctimas de su red de crímenes y maldad. ¿Cómo podría el Estado castigar a unos chicos a los que no fue capaz de proteger en su momento? ¡Estos muchachos eran menores cuando fueron secuestrados! ¿Quién se va a hacerse responsable de los años que han estado alejados de sus familias y de todo el sufrimiento por el que han pasado?
Por supuesto, no podían faltar las palabras de All Might, el antiguo símbolo de la paz, que pidió perdón a sus antiguos alumnos por no haber sido capaz de hacer nada por ellos.
—Si no hubiera sido por el joven Midoriya, esos chicos aún seguirían en ese infierno. Lo siento muchísimo. Esos chicos no son criminales. Son héroes. Han puesto en riesgo su vida luchando contra Arata y sus secuaces, buscando la libertad que nosotros no hemos podido darles.
Katsuki siempre echaba la vista atrás para ver a Izuku, que se encontraba sentado un poco más atrás. El joven siempre parecía nervioso y terriblemente cansado, pero cuando sus miradas se cruzaban, le dedicaba una sonrisa tranquilizadora y formaba una frase con sus labios:
Te quiero.
Aquello daba fuerzas a Katsuki, que asentía y volvía a prestar atención a todo aquello que estaba ocurriendo a su alrededor.
Llegó el día en que se dictaría sentencia. Katsuki entró en los juzgados de la mano de Izuku. Se besaron y cada uno se dirigió a su propio asiento. Kirishima le dio un golpecito en el brazo para tranquilizarlo, pero parecía tan nervioso como él. Ashido se apoyaba contra su hombro con abatimiento, y Sero y Jiro no dijeron una sola palabra a pesar de que Kaminari intentó destensar el ambiente con alguna broma.
El juez entró en la sala con paso solemne y tomó asiento con tranquilidad. Katsuki sentía que podría vomitar en cualquier momento. Los nervios se le asentaron en el estómago y el corazón le latía con tanta fuerza que se sentía mareado.
Volvió a mirar a Izuku. Este mostró una sonrisa temblorosa. Sus ojos verdes estaban humedecidos y llenos de miedo. Katsuki se llevó las manos a la cara. Si lo enviaban a la cárcel, todo llegaría a su fin: sus sueños de convertirse en un héroe, sus esperanzas en un futuro mejor, su ilusión de una vida junto a Izuku. Tendría que renunciar a todo aquello que le hacía feliz.
Pero lo que más le dolía con diferencia era la sola idea de tener que olvidarse de aquel chico que había estado a su lado durante todo aquel tiempo. Sabía que Izuku insistiría en esperarle hasta que saliera de la cárcel, pero no podía consentir que perdiera su vida y su juventud por alguien que no podría estar a su lado cuando se sintiera triste o solo, por alguien que no podría besarlo cada mañana ni hacerle el amor por las noches, alguien que no podría escuchar sus anécdotas ni sus preocupaciones. Izuku no se merecía una vida de espera.
—¿Estás bien, Bakubro? —le preguntó Kirishima en un susurro.
—Kirishima…
—Sí, ¿qué pasa?
—Si nos libramos de esta, le pediré a Deku que se case conmigo.
—¿Qué? ¿En eso es en lo que estabas pensando?
Katsuki asintió seriamente.
—Trabajaré duro, le compraré un buen anillo y se lo pediré. Pero si la cosa va mal… —respiró hondo y apretó los puños—… me olvidaré de él para siempre… para que pueda ser feliz.
Kirishima se limpió una lágrima que amenazaba con salir de su ojo.
—Tío, eso es tan varonil —lloró—. Será una gran boda. Prométeme que seré tu padrino.
Katsuki sonrió.
—Puedes asegurarlo.
El juez pidió silencio y comenzó a leer la sentencia. Después de ampararse en decenas de leyes, fue mencionando a cada uno de los acusados. Los primeros fueron los criminales más cercanos a Arata. Estaba claro que nadie les libraría de la prisión. Después, le tocó el turno a Yukio: el asesinato de Arata agravó la situación y fue condenado a treinta años de cárcel que aceptó con tranquilidad. Finalmente, llegó el turno de Katsuki y los demás.
—Se han tenido en cuenta todos los factores que rodeaban a los acusados: que fueron secuestrados cuando eran menores de edad, que nadie pudo protegerlos, que se les borró la memoria y se les obligó a trabajar bajo las órdenes del yakuza Arata. Sin embargo, la ley es la ley, y la realidad es que los acusados han pertenecido a una organización criminal durante tres años, y aunque sus delitos fueran menores, su actividad delictiva debe ser castigada.
Llegados a este punto, todos los presentes aguantaban la respiración. En la mente de Katsuki todo empezó a desmoronarse: sus ideas sobre comprar un anillo, arrodillarse ante Izuku para pedirle matrimonio, su boda… Las palabras del juez estaban acabando con todo.
—Así pues, condeno a los acusados Bakugo Katsuki, Kirishima Eijiro, Kaminari Denki, Jiro Kyoka, Ashido Mina y Sero Hanta a terminar sus estudios de héroe y realizar servicios a la comunidad durante los próximos tres años, en los que el 80% de su sueldo irá destinado a pagar la multa que les impone este tribunal.
El juez dio un golpe con el mazo y los acusados se miraron entre sí. A su espalda, sus familiares gritaban de alegría, pero ellos no podían creerlo.
—¿Significa que no iremos a la cárcel? —preguntó Jiro al borde de las lágrimas.
—No me lo puedo creer… —murmuró Ashido—. ¡No me lo puedo creer! —gritó entonces, abrazando a Kirishima y besándolo repetidas veces.
Kirishima miró a Katsuki con una sonrisa radiante.
—¡Parece que vamos a tener boda, Bakubro! —exclamó.
—¡Kacchan! —Izuku corría hacia él con las mejillas empapadas. Katsuki sintió que el corazón se le encogía. Alzó a Izuku por los aires, eufórico—. ¡Lo conseguimos, Kacchan! ¡Lo conseguimos!
Katsuki no sabía qué decir. Temía que se le escaparan las lágrimas de los ojos si abría la boca. Abrazó a Izuku con fuerza y se dejó besar por el chico de rizos.
—¡La parejita feliz, por fin! —exclamó Kaminari, abrazándolos a ambos.
—¡Mierda por cerebro, siempre molestando! —gritó Bakugo.
Kirishima se unió al abrazo, seguido de Mina y Jiro. Katsuki intentaba escapar de la prisión de brazos, pero Sero los unió a todos con una de sus cintas y se unió a ellos.
—¡Me estáis asfixiando! —gritaba el rubio.
Kaminari hacía bromas obscenas; Izuku reía sin parar. Era un día de celebración. El día en que todos ellos habían conseguido la libertad.
Katsuki había encontrado el anillo perfecto. Lo había visto un día en el escaparate de una joyería y había decidido que ese, y no otro, sería el anillo que le entregaría a Izuku. Sin embargo, la joya costaba mucho más de lo que podía asumir con lo poco que ganaba. Después de terminar su formación como héroe, había empezado a trabajar en una agencia cercana a la UA, pero su contrato era de prácticas y ganaba una miseria. A ello había que sumarle que el 80% de su sueldo se lo llevaría el Estado durante los siguientes dos años, por lo que apenas le quedaba dinero para asumir un costo tan elevado.
Lo había meditado durante algún tiempo, planteándose la posibilidad de comprar un anillo más económico, pero no podía quitarse de la cabeza el que había visto en aquella tienda. Después de mucho reflexionar, se había presentado en la joyería y había llegado a un trato con el joyero: él le reservaría aquel anillo y Katsuki iría pagándole mes a mes hasta completar el precio, pero hasta entonces no podría llevarse el anillo.
Katsuki le había explicado a sus padres la razón por la que no podía ayudarlos económicamente más que con unos pocos cientos de yenes al mes y estos no habían puesto ningún impedimento. Mitsuki estaba entusiasmada de pensar que Katsuki iba a pedirle matrimonio a Izuku, al que quería como un hijo.
Pasaron los meses y Katsuki iba marcando en un cuaderno la cifra que le quedaba por pagar. Había pasado un año y medio cuando por fin pudo tener en sus manos el preciado anillo. Satisfecho, se lo guardó en el bolsillo del pantalón y caminó hacia su casa fantaseando con el momento en el que se lo entregaría a Izuku. Primero lo llevaría a cenar a su lugar preferido; después, caminarían un rato agarrados de la mano y lo llevaría hasta un rincón donde crecían cientos de bocas de dragón, sus flores preferidas. Ese sería el momento en el que le pediría que se casase con él.
Sin embargo, pasó una semana y no tuvo la oportunidad de ver a Izuku. El héroe siempre estaba demasiado ocupado. La semana anterior tampoco había tenido demasiado tiempo libre. Apenas se habían visto un par de horas durante el domingo. Hablaban todas las noches por teléfono antes de irse a dormir e Izuku le explicaba que últimamente estaban teniendo más trabajo del habitual en la agencia y apenas le quedaba tiempo libre.
—No te fuerces demasiado. Acabarás enfermando —le decía Katsuki.
—Tranquilo. Estoy bien.
—Llámame en cuanto tengas un rato libre. Podríamos ver una película o ir a cenar.
—Claro. Eso me gustaría mucho. Buenas noches, Kacchan.
—Buenas noches.
—Te quiero —le decía antes de colgar, y él se aferraba con fuerza a esas palabras.
Pero pasaron los días e Izuku nunca parecía tener tiempo libre. Cada vez pasaban menos tiempo juntos y Katsuki comenzó a sentirse inquieto.
—Últimamente tenemos mucho trabajo en la agencia —le dijo una vez que le había preguntado directamente por su falta de tiempo—. Esta tarde he quedado con Todoroki-kun para trazar un plan para la nueva misión que nos han asignado.
Katsuki había bufado. Hacía unos meses que Todoroki había decidido dejar la agencia de su padre y trasladarse a la misma en la que trabajaba Deku en Musutafu. Últimamente, el bastardo mitad y mitad pasaba más tiempo con Izuku que él.
—Lo siento, Kacchan. Pronto tendré menos trabajo y te lo compensaré. Te lo prometo.
Esa promesa se repetía una y otra vez, pero nunca llegaba a cumplirse. Katsuki estaba empezando a cansarse de guardar el anillo en el bolsillo de su pantalón por si surgía la ocasión adecuada.
—Podrías venir mañana por la noche a casa de mis padres —le había propuesto—. Es su aniversario y van salir a cenar. Prepararé katsudón y después podríamos ver una película. No volverás muy tarde a casa.
Al otro lado de la línea, se había hecho un silencio titubeante. Katsuki frunció el ceño. Empezaba a tener la sensación de que debía suplicarle a su novio para poder pasar tiempo con él.
—Tch, da igual —masculló al ver que Izuku se decidía a darle una respuesta—. Olvídalo.
—¡No, no, espera! —le dijo—. Sí que me gustaría ir a cenar contigo. Adelantaré todo el trabajo que pueda y estaré allí a la hora que me digas.
—Está bien. Nos vemos aquí a las 19:00.
Y colgó. Sentía un regusto amargo en el estómago. Parecía que Izuku cada vez ponía más impedimentos para verle.
A pesar de todo, cuando vio a Izuku aparecer por la puerta con su acostumbrada sonrisa, se olvidó por completo del enfado del día anterior. El chico de ojos verdes había traído mochis para el postre y una de las películas favoritas de ambos.
Charlaron mientras Katsuki terminaba de preparar la cena y comieron tranquilamente como si nada hubiera ocurrido. En ese momento, todas las dudas se disiparon en la cabeza del rubio. Había estado sacando las cosas de quicio. Era normal que los héroes tuvieran más trabajo del habitual en ciertas temporadas. Él mismo había pasado semanas trabajando sin descanso.
Decidió que le daría el anillo aquella misma noche, aunque no hubiera llevado a Izuku a cenar a un restaurante ni estuviera rodeado de sus flores preferidas.
Mientras Izuku recogía la mesa, Katsuki preparó el salón para el gran momento. Iluminó el lugar con una luz tenue, puso la película en el reproductor de DVD y se metió la cajita con el anillo en el bolsillo. Izuku se acurrucó junto a él en el sofá, apoyando su cabeza contra su brazo.
Katsuki tragó saliva y su corazón comenzó a desbocarse con solo pensar en que había llegado el momento. Miró de reojo a Izuku, que mantenía la atención puesta en la película, y pasó su brazo por la cintura del chico para acercarle un poco más a él. Llevó entonces la mano izquierda al bolsillo de su pantalón y sacó la cajita.
—Oi, Izu…
Se detuvo en seco cuando comprobó que su novio se había quedado completamente dormido contra su pecho. Se llevó la mano a la cara y ahogó una exclamación de frustración.
Apagó la televisión y se quedó mirándolo: tenía unas grandes ojeras negras bajo sus ojos. Y realmente parecía exhausto. Acarició sus rizos y suspiró con resignación mientras dejaba el anillo encima de la mesa.
Envolvió a Izuku en una manta y lo llevó en brazos hasta su habitación. Lo acomodó en la cama y lo besó en los labios antes de decidir que necesitaba dar un paseo nocturno por las calles de Musutafu.
Llamó a Kirishima y le preguntó si le apetecía tomar una cerveza con él en el centro de la ciudad. Al notar el abatimiento en su voz, Kirishima no dudó en aceptar la oferta. Se vistió con lo primero que encontró y salió dejando atrás a Izuku y ese maldito anillo.
De camino al bar, se encontró de frente con Todoroki, que caminaba junto a Momo Yaoyorozu. La chica llevaba un vestido azul y le brillaban los ojos cada vez que miraba a Shoto. El joven Todoroki vio a Katsuki y levantó la mano para saludarlo. El rubio frunció el ceño y gruñó.
—Hola, Bakugo. Hacía tiempo que no te veía. ¿Cómo está Midoriya?
—Dímelo tú, mitad y mitad —masculló—. Pasa más tiempo contigo que conmigo.
Todoroki enarcó una ceja.
—¿Cómo dices?
—Últimamente no para de trabajar. Está agotado. Si sigue así va a caer enfermo. No deberías presionarlo tanto con planes y tácticas fuera de vuestro horario laboral. Ya sabes que el nerd es un adicto al trabajo.
—No sé de lo que me hablas, Bakugo. Hace semanas que no veo a Midoriya fuera del trabajo.
—¿Qué dices? Estuvisteis juntos el jueves por la tarde.
—Me temo que te equivocas, Bakugo-kun —intervino Momo—. Todoroki-kun estuvo en mi casa el jueves.
Katsuki frunció el ceño, confundido.
—Pero… Deku me dijo… Da igual —concluyó, de mal humor—. Tengo que irme.
Estaba enfadado, confundido, decepcionado. Izuku le había mentido y no sabía por qué.
En los días siguientes, Izuku volvió a utilizar a Todoroki como excusa para no quedar con él. Por supuesto, Katsuki ya sabía que todo aquello era mentira, pero no quería enfrentar a su novio mediante algo tan impersonal como una llamada de teléfono. Quería mirarlo a los ojos y pedirle explicaciones, pero ¿cómo? Izuku nunca estaba disponible, y él estaba comenzando a perder la paciencia.
Un par de veces decidió buscarlo en casa de su madre una vez que había anochecido, pero Inko siempre le decía que se había ido a la cama temprano. Katsuki no se lo creía. Inko parecía nerviosa. Nunca se le había dado bien mentir.
Una noche, la desesperación pudo con él y decidió introducirse en la habitación de Izuku por la ventana que daba a la parte trasera del edificio. Izuku tenía la costumbre de dejarla abierta para ventilar. Se sirvió de sus dotes para la escalada y de su quirk para llegar hasta allí y colarse a través de las cortinas. Creía que encontraría a su novio dormido, pero la cama estaba vacía.
El sudor comenzó a caerle por la frente. Tomó asiento para recuperar el aliento e intentó tranquilizarse.
¿Qué estaba pasando? ¿Dónde demonios se estaba metiendo Izuku? Miles de locas ideas pasaron por su mente y sintió una amarga sensación en el pecho. ¿Y si Izuku había conocido a otra persona? ¿Estaría preparando el terreno para cortar con él?
—No, no… Izuku no es así. Él siempre va de frente. Él no me dejaría de esta manera—se dijo.
Y sin embargo, no podía dejar de pensar en esa posibilidad. Hacía casi dos meses que desde que Izuku había comenzado a alejarse de él. Apenas se veían, Izuku le mentía descaradamente, y ahora había descubierto que ni siquiera dormía en su casa.
El dolor que sentía en el pecho empeoró y sintió deseos de vomitar. Tenía que acabar de una vez por todas con esa situación, o de otra manera, la situación acabaría con él.
Cogió su móvil y llamó a Izuku. El contestador saltó de inmediato. Apretó el aparato con tanta fuerza que la pantalla estuvo a punto de quebrarse. Escribió un mensaje y le dio a enviar antes de salir por el mismo sitio que había entrado:
«Estaré en el parque Matsumoto. Si no te reúnes conmigo en menos de una hora, daré por terminada nuestra relación.»
Katsuki lo esperó por más de una hora sentado en uno de los columpios del parque. A medida que pasaban los minutos e Izuku no daba señales de vida, su corazón se resquebrajaba más y más. Cada cinco minutos revisaba su reloj y miraba hacia la entrada del parque. Era la una de la madrugada y no había un alma por la calle.
Una hora y cuarto. Nada. Ni un sonido. Ni una voz llamándolo.
Una hora y veinte minutos. Ni una llamada. Ni un mensaje.
Una hora y veinticinco minutos. Ni siquiera el sonido de unos pasos lejanos.
Una hora y media. Una lágrima se deslizó por su mejilla.
Sacó el anillo que todavía guardaba en el bolsillo y lo observó durante unos segundos. Era una joya hermosa de oro blanco con una hilera de pequeños diamantes. Conseguirlo no solo le había costado una fortuna, sino también un esfuerzo diario durante un año y medio. Había puesto toda su ilusión para darle lo mejor al amor de su vida, y había acabado con el corazón destrozado.
Apretó el anillo en su puño y lo lanzó con fuerza hacia el césped del parque. Con suerte, alguien lo encontraría y se lo quedaría pensando que era una baratija.
Se limpió con furia las lágrimas que inundaban su rostro y salió del parque sin rumbo fijo. No quería regresar a su casa. No podía enfrentar a sus padres y decirles que todo se había ido a la mierda, que los Bakugo y los Midoriya no serían una familia después de todo y que había tirado el anillo que tanto le había costado pagar.
Se encontraba recorriendo una de las desiertas calles de Musutafu cuando escuchó unos pasos a lo lejos. Alguien se acercaba corriendo a toda velocidad. Podía escuchar una respiración agitada y unos sollozos desesperados que la acompañaban.
—¡KACCHAN!
Katsuki se giró. La silueta de Izuku se dibujó bajo las farolas a medida que rompía la distancia entre ambos. Se detuvo apenas a un metro de él y se apoyó sobre sus rodillas para recuperar el aliento. Iba vestido con un chándal viejo lleno de manchas de pintura y polvo. Su cabello caía desordenado por su frente, y en sus mejillas se mezclaban las lágrimas y el sudor.
—¡Acabo de ver tu mensaje! —se excusó. Llevaba el móvil fuertemente apretado en la mano derecha—. ¡Lo siento, acabo de verlo! —aseguró.
A Katsuki se le formó un nudo en la garganta al escuchar el tono lleno de angustia de Izuku, pero su orgullo pudo más y desvió la mirada hacia otro lado. Izuku se acercó un poco más a él.
—Lo siento —repitió el joven—. Estás enfadado, ¿verdad? Estás enfadado porque últimamente te he descuidado mucho, ¿no es así? ¿De verdad quieres que rompamos?
—Me has estado mintiendo —le acusó Katsuki, mirándolo a los ojos—. Sé perfectamente que no has estado con Todoroki ninguno de los días que me dijiste. Y sé también que no has estado durmiendo en tu casa.
Los labios de Izuku temblaron.
—No es lo que piensas —murmuró.
—Ah, ¿no? Y según tú, ¿qué es lo que estoy pensando?
—¡No te estoy engañando con otro, Kacchan! —exclamó desesperado.
—¡Ya lo sé! —gritó Katsuki—. ¡Sé perfectamente que no serías capaz de hacerme algo así! Pero entonces, ¿qué cojones está pasando? ¿Por qué nunca tienes tiempo para mí? ¿Por qué me mientes una y otra vez? ¿Por qué todo el tiempo estás agotado? ¿Qué me estás escondiendo, Izuku?
Katsuki tenía tanta tensión en el cuerpo que empezaba a dolerle horriblemente la cabeza. Mantenía los puños y la mandíbula apretados, y de sus manos escapaban pequeñas explosiones.
Izuku se limpió las lágrimas con el dorso de sus manos y envolvió la cintura de Katsuki entre sus brazos, pero este no le devolvió el abrazo.
—Perdóname —murmuró—. Yo solo quería darte una sorpresa. Dentro de una semana es tu cumpleaños y… se me acababa el tiempo.
—¿Qué tiene que ver todo esto con mi cumpleaños? —preguntó el rubio un poco más tranquilo—. ¿Qué puede ser tan grande como para mantenerte ocupado todo el tiempo?
Izuku se separó de él y lo tomó de la mano.
—Ven. Te lo enseñaré.
Izuku lo guio por aquellas calles oscuras en silencio. Mientras caminaban, Katsuki notó que las manos del chico se encontraban llenas de callos y tiritas. Le dio la sensación de que sus muñecas estaban un poco más delgadas que hacía unos meses, y más que nunca, se preguntó qué habría estado haciendo su novio durante todo ese tiempo.
Izuku tiró de él hasta llevarlo a una de las calles principales de la ciudad. Finalmente, se paró delante de un local sin nombre que tenía las puertas cerradas. Sacó una llave del bolsillo y abrió. Al dar la luz, Katsuki pudo comprobar que era una amplísima estancia que estaba en plena reforma. Todavía podían verse algunos cables sueltos por el suelo. Las paredes estaban a medio pintar y había varias cajas con los materiales necesarios para montar mesas y sillas de escritorio en uno de los rincones. Al final de la estancia, había una puerta con unas escaleras que ascendían al piso superior.
—¿Qué es esto? —preguntó Katsuki.
Izuku se acercó a un objeto que había en una de las esquinas tapado con una tela y lo destapó: era un gran cartel de elegantes letras verdes y naranjas que decía:
D & D
Agencia de héroes
—Es nuestra agencia —explicó Izuku con timidez—. De Deku y Dynamight. O al revés, porque la inicial es la misma —rio.
—No lo entiendo… ¿Cómo…?
—Se me presentó la oportunidad de adquirir este local a muy buen precio —dijo Izuku—, pero aun así, era mucho dinero. Así que empecé a hacer horas extras en la agencia. Pero cuando compré el local, me quedé sin dinero para las reformas y los materiales. Así que empecé a trabajar aquí en mis ratos libres y en los fines de semana…
Katsuki no se lo podía creer. Miraba a su alrededor asombrado y después a Izuku, que agachaba la cabeza con una sonrisa avergonzada.
—¿Tú has hecho todo esto… solo?
—Sí… Aún falta bastante trabajo, pero tenía la esperanza de tenerlo preparado para tu cumpleaños. ¿Sabes? Incluso antes de abrir, ya tengo varios currículos en mi correo electrónico. Cuando los héroes de la zona se enteraron de que pensaba abrir una agencia de héroes, empezaron a preguntarme si podrían optar a una entrevista para trabajar con nosotros —volvió a reír, pero no miraba a Katsuki a los ojos.
—Izuku…
—Esto no es todo —lo interrumpió—. Todavía tengo otra sorpresa.
—¿Otra más?
Izuku asintió. Volvió a tomar a Katsuki de la mano y salieron del local. Caminaron un par de minutos hasta un edificio cercano y tomaron el ascensor hasta la tercera planta. Izuku se paró frente a una de las puertas del edificio y sacó otra llave. Después, lo invitó a entrar.
Era una casa preciosa de dos habitaciones, con paredes pintadas en color crema y una pequeña terraza que daba al salón. Todavía había varias cajas sin desembalar y objetos de todo tipo esparcidos por las mesas y sillas de las habitaciones.
Katsuki miró a Izuku con desconcierto y lo descubrió jugando con los dedos de sus manos mientras su cara se volvía de un intenso color rojo.
—¿De quién es esta casa?
—Mía… —dijo—. Es decir, nuestra. Bueno, solo si tú quieres…
—¿Qué?
—Le pedí un poco de dinero prestado a mi madre para alquilar esta casa —confesó—. El día de tu cumpleaños también quería pedirte que viviéramos juntos. Estaba preparado la casa para…
—¡¿Qué?! —exclamó Katsuki. Varias explosiones surgieron de sus manos e Izuku se pegó a la pared, espantado. El rubio lo acorraló colocando sus manos a cada lado de la cabeza de Izuku—. ¿Quieres decir que has estado trabajando en la agencia y en esta casa al mismo tiempo? ¿Y todo esto mientras trabajabas de héroe?
—Sí, yo… —Una nueva explosión—. ¡Ka-Kacchan, vas a quemar las paredes y no me devolverán la fianza!
—¡Olvida la jodida fianza! ¿Acaso estás loco? ¿Qué tiempo te ha quedado para dormir o para comer?
—¡Estoy bien, Kacchan!
—¡Mentira! ¡Mira esas malditas ojeras! ¿Cuándo vas a aprender a tener un poco de respeto por tu bienestar personal, maldito Deku?
Katsuki se sentía fatal. Todo ese tiempo había estado blasfemando y rabiando porque Izuku no le prestaba la suficiente atención, y resultaba que ese idiota había estado dejándose la salud para cumplir el sueño del que ambos habían hablado hacía casi dos años. Había estado luchando por un futuro juntos.
Izuku infló las mejillas y frunció el ceño.
—Oye, si no quieres vivir conmigo, está bien, pero no hace falta que me grites.
—¡Te grito porque estaba preocupado! ¡Y claro que quiero vivir contigo, estúpido Deku!
—¡Pues no lo parece! ¡No era esa la reacción que esperaba después de haber trabajado tanto!
—¡Estoy desahogándome, ¿vale?! ¡Necesito soltar toda la tensión que tenía acumulada de alguna forma!
Esas últimas palabras se quedaron flotando en el aire. Ambos se miraron intensamente mientras respiraban con agitación. Izuku fue el primero en reaccionar: agarró a Katsuki de la camiseta y tiró hacia él para besarlo en los labios apasionadamente. Kacchan se pegó a él todo lo que pudo y utilizó su dedo pulgar para abrir la boca de Izuku e introducir su lengua en ella. Después de tanto tiempo sin besarse, aquellos labios le sabían a gloria.
Tomó a Izuku por los muslos y lo guio para que rodease su cintura con las piernas. Izuku acariciaba su cabello rubio y gemía dentro de su boca mientras Katsuki recorría su cuerpo con las manos.
—¿Hay algún lugar en este caos de casa donde pueda arrancarte la ropa? —preguntó Katsuki en un erótico susurro.
—El sofá —contestó Izuku en éxtasis.
El rubio sonrió. Claro, el sofá. El lugar donde todo había comenzado. ¿Qué mejor lugar para inaugurar su hogar?
Katsuki caminó hacia el lugar indicado esquivando cajas y objetos con Izuku entre los brazos, y lo dejó caer entre los cojines del sofá. Se quitó la camiseta y la tiró a un lado. Después, se deshizo de la Izuku y comenzó a clavar sus dientes y pasar su lengua por cada centímetro de la piel del chico de ojos verdes.
—Una buena manera de soltar la tensión, ¿eh? —rio Izuku.
—Joder que sí.
El rubio tiró de los pantalones y de la ropa interior del chico, dejándolo completamente desnudo. Se introdujo entre sus piernas y jugó con sus muslos, apretándolos, mordiéndolos, besándolos… Adoraba ver a Izuku estremeciéndose con cada roce que le proporcionaba.
—Te he echado de menos, Kacchan —suspiró Izuku.
—¿A mí o a mis caricias? —bromeó Katsuki.
Izuku rio.
—A los dos.
—¿Y de quién es la culpa? —lo provocó mientras llevaba las manos a sus nalgas y pasaba su lengua por todo su torso.
—Tuya.
—¿Mía?
—Sí, tuya —repitió Izuku juntando sus labios de nuevo y llevando las manos a la correa de Katsuki—. La culpa es solo tuya por ser tan sexy y por tocarme de la manera en la que lo haces.
—Eso es verdad: soy jodidamente sexy.
Ambos rieron y volvieron a besarse. Izuku se deshizo de los pantalones del rubio y a partir de ese momento solo se separaron de la boca del otro para tomar aire. Hicieron el amor tantas veces que perdieron la cuenta. De forma frenética y apasionada al principio, y lenta y romántica después. Izuku se quedó afónico de tanto pronunciar su nombre, y a Kacchan se le secaron los labios de tanto usarlos.
Eran las tantas de la madrugada cuando sus cuerpos sucumbieron al cansancio, y se abrazaron desnudos y empapados en sudor mientras continuaban enlazando sus lenguas.
—Izuku, cásate conmigo —dijo Katsuki entre beso y beso—. Cásate conmigo.
Izuku mostró una sonrisa enamorada y asintió.
—Sí —respondió en un susurro.
Minutos después, ambos se quedaron dormidos en el sofá.
Al día siguiente, Izuku despertó con el olor de las flores. Seguía en el sofá desnudo, pero Katsuki le había tapado con una manta en algún momento de la noche. Pestañeó con cansancio y lo primero que vio fue un ramo de bocas de dragón encima de su pecho.
—Buenos días, nerd —dijo Katsuki, que se encontraba sentado en el suelo con la espalda apoyada en el sofá.
Izuku se incorporó frotándose los ojos y agarró las flores con una sonrisa adormilada. Abrazó el ramo y olió aquella maravillosa fragancia. Después, se dio cuenta de que encima de la mesa había una bandeja con zumo de naranja, café y tortitas con fresas.
—Kacchan, ¿qué es esto? —rio Izuku.
—Había pensado que podíamos celebrar nuestro compromiso como es debido.
—¿Com-compromiso? Entonces, ¿lo que dijiste anoche iba en serio? —preguntó totalmente sonrojado.
—Tú me dirás —respondió Katsuki, señalando con los ojos la mano derecha de Izuku.
El chico siguió su mirada y lo vio: un hermosísimo anillo de finos diamantes que decoraba su dedo anular. Se llevó la mano izquierda a la boca sin dejar de mirar la joya. Una lágrima amenazó con escapar de uno de sus ojos.
—¡Kacchan, es precioso! Entonces, ¿es cierto? ¿Nos vamos a casar? —volvió a preguntar con una sonrisa radiante y los ojos más brillantes que Katsuki había visto nunca.
—Solo si tú me aceptas.
Izuku se lanzó a sus brazos y Katsuki enterró su nariz entre sus rizos despeinados.
—Te quiero—sollozó el chico de ojos verdes.
—Te quiero, nerd. ¿Quieres una fresa?
Izuku rio.
—Sí, por favor.
Katsuki agarró una del plato y se la puso en la boca. Izuku mordió la fruta con cuidado de no manchar la manta que le cubría las piernas. Katsuki se acercó hasta su mejilla y la mordió con suavidad.
—¿Qué haces?
—Yo también quiero mi fresa —contestó.
—Mis mejillas no son fresas —protestó Izuku.
—Mmm… No lo sé. Rojas y llenas de pecas. Parecen fresas.
Izuku cogió una fresa real y se la dio a Katsuki para que se callara. Entonces, se fijó en sus pantalones.
—¿Por qué tienes las rodillas llenas de tierra?
—Haz como si no lo hubieras visto —le pidió.
—Kacchan, ¿de dónde has sacado las bocas de dragón a estas horas? No hay ninguna floristería cerca.
—Del mismo sitio del que he sacado el anillo —respondió, divertido. Izuku enarcó una ceja, confundido—. Quizás nos llegue una pequeña multa por daños a la propiedad pública.
—¿Te has llevado las flores de un lugar público? —exclamó.
—¡No! ¡Solo las he cogido prestadas!
—¿Cómo se cogen prestadas unas flores que has cortado? —Katsuki rio—. No puedes hacer esas cosas. Ahora eres un héroe.
—No es para tanto. Nadie echará de menos un puñado de flores. Había muchas más en el lugar del que las cogí —intentó convencerlo—. Son tus preferidas, ¿no?
—¡Sí, pero…!
—Entonces deja de quejarte y desayuna —le dijo, plantándole un beso en los labios. Después, le dedicó una sonrisa malévola y besó uno de sus hombros desnudos—. Hoy vas a compensarme por esos dos meses en los que me has tenido abandonado.
—Tengo que ir a trabajar, Kacchan —le dijo estremeciéndose cuando notó los dedos de Katsuki recorriendo su espalda—. Y tú también.
Katsuki negó con la cabeza.
—Hoy vamos a tomarnos los dos el día libre. Ya he llamado a ambas agencias. Tenemos un virus potencialmente contagioso que nos hará quedarnos en casa al menos hasta mañana.
—¿No crees que eso es un poco irresponsable? —sugirió.
—Has trabajado mucho últimamente. Te mereces un descanso —susurró Katsuki, dejando un rastro de besos que iba desde su cuello hasta sus brazos.
—Si me quedo aquí, no me vas a dejar descansar, mentiroso —rio Izuku.
—Pero puedo hacerte sentir muy bien —dijo contra sus labios.
Para ese momento, Izuku ya se había perdido a sí mismo. Era fascinante la facilidad que tenía Katsuki para hipnotizarlo. Con apenas unas caricias y las palabras adecuadas, hacía que Izuku se derritiera.
Katsuki se deshizo de la manta que cubría a su novio y lo sentó a horcajadas sobre sus piernas como había hecho la primera vez que se habían besado. Mordió la línea de su mandíbula y lamió su cuello.
—Entonces, ¿cuál es el plan de ataque, dios de las grandes explosiones, Dynamight? —preguntó Izuku mientras ayudaba a Katsuki a quitarse la camiseta.
—Me alegro que me lo preguntes: paso 1: sexo salvaje con mi futuro marido. Paso 2: pedir que nos traigan comida de algún restaurante cercano. Paso 3: sexo salvaje con mi futuro marido.
—¿Otra vez?
—Esta vez en la bañera —puntualizó—. Paso 4: ver una película tumbados en el sofá. Paso 5: sexo salvaje con mi futuro marido.
—¿Siempre tiene que ser salvaje?
—Está bien: sexo romanticón con mi futuro marido. Y, finalmente, paso 6: salir de incógnito por la noche para ir a cenar con los suegros y anunciarles la noticia.
Con cada paso, Izuku tenía que esforzarse más por no echarse a reír.
—¿Por qué de incógnito?
Katsuki se encogió de hombros.
—Se supone que estamos enfermos.
—¿Crees que podré caminar para esta noche?
—Esperemos. Sería un poco incómodo tener que explicarle a tu madre por qué te llevo en brazos.
—¿Y no sería más conveniente reducir los tres pasos de sexo salvaje a solo dos pasos?
—¡Somos héroes, Deku! Debemos ser minuciosos y seguir el plan meticulosamente si queremos tener éxito en la misión.
Izuku ya no se podía contener más. Estalló en una carcajada y no pudo parar de reír.
—¡E-eres un idiota! —dijo entre carcajada y carcajada.
—¿Te parece bonito llamar idiota a tu futuro marido?
—Te han gustado esas dos palabras, ¿eh? "Futuro marido".
—Suenan demasiado bien para dejar de repetirlas.
Izuku sonrió y lo besó dulcemente en los labios. Después unió sus frentes y cerró los ojos. Ambos permanecieron en silencio durante unos instantes, simplemente sintiendo la presencia del otro, escuchando sus respiraciones y los latidos de sus corazones. Por fin tendrían todo lo que habían soñado durante los últimos años: formarían un buen equipo en el trabajo y en la vida; se casarían; vivirían juntos… Después de tanto sufrimiento, ¿qué más podían pedir?
—Sí que suenan bien —reconoció—. Pero sonará mejor cuando sea solo "marido".
Izuku volvió a besarlo en los labios. Por fin todo iba bien.
