El palpitante fruto de Rita dejó escapar un delicioso aroma que Luna pudo reconocer con facilidad; los recuerdos de un jarro relleno con frutas amarillas y etiquetado con una bandera similar a la de Texas entraban plácidamente en su mente. Tan pronto como pudo, comenzó a besar esos labios con los de su boca, asentando su rostro sobre el pubis de su madre.

Pero las manos que se posaban sobre sus mejillas le habían alejado un poco de su postre.

—Es un buen comienzo, hun. Pero yo ya estoy bien mojada. ¿Por qué no... "repartes" mi mandarina ahora?

—¿Cómo...? ¡Oh!

Mientras una mano de la mujer se posaba bajo el mentón de su hija, la otra se dirigió hacia su vagina. Con sus dedos apartó los labios, develando el fruto que Luna debía comer apasionadamente. Los jugos goteaban lentamente por la apertura, brillando a la luz de Selene. El aroma que Luna había reconocido se volvió más intenso; su boca se hacía agua. No ayudó que Rita forzase su boca a abrirse con el pulgar de la mano que aún acariciaba su rostro.

—Alguien parece estar hambrienta... ¿Estás lista para comer, Luna?

—Ajáh.

Apenas la joven comenzó a chupar el pulgar, la mujer movió el resto de su mano a su mejilla, acariciándola luego con el dedo que estuvo en la boca de su hija. Relamiéndose los labios mientras miraba la respiración del lugar donde vino, Luna se acercó lentamente con la lengua presta para probar los jugos que invitaban a cualquier cosa dentro.

—Eso, Luna. Acércate con los sentidos bien abiertos- ¡Oh! Ooohhhh.

La rockera había dado una prolongada lamida a lo largo y ancho de su deliciosa ostra, empapándose la lengua con sus jugos. Cuando los ojos de Rita y Luna se volvieron a encontrar, la mujer se dio cuenta que su hija ya no era la misma; el brillo de sus ojos se había opacado, ya que sus pupilas habían aumentado instintivamente.

Como un tiburón habiendo dado un tarascón y dejando a su presa desangrándose, Luna arremetió nuevamente sobre la vagina de su madre, lamiéndola como si de un helado en pleno verano se tratase. Lo único que pudo hacer la mujer contra el frenesí de su hija fue agarrarla del pelo suavemente mientras se mordía el dedo índice de la otra mano.

Rita sabía que el ventanal no sería suficiente para ahogar sus gemidos. Tampoco su dedo aguantaría la presión que sus mandíbulas ejercían al no permitir el flujo de su gozosa voz. Luna tampoco era de gran ayuda para mantener el relativo silencio; mientras sus manos recorrían su propio pecho e ingle y sus dedos jugueteaban con cualquier saliente endurecida de su cuerpo, experimentaba tanto con su boca como con su primera puerta de salida.

Los dientes de la música daban ligeras dentelladas sobre los labios y clítoris de su madre, haciéndole dar espasmos de sorpresivo placer. Luna pudo saborear la dulce crema que faltaba para disfrutar de la papaya de Rita a gusto. Empero, sus dientes se encontraron nuevamente con el pulgar de la mujer, guiándola a su pecho al agarrarla gentilmente con su mano desde su mentón. Al subir, dejó de juguetear con su cuerpo para posarse sobre las amplias caderas de su progenitora.

—Vaya, Luna. No sabía que habías tomado lecciones de tu padre para comer conejo. Recuerda lo que debes hacer siempre antes de hacer cualquier cosa con tu pareja, hun.

La sonrisa de Luna se había torcido en una atrevida mueca; al igual que un animal al que le han interrumpido la merienda, mordisqueaba juguetonamente el pulgar dentro de su boca. Pero lo escupió después de unos momentos, respondiendo socarronamente:

—¿Debo pedirte permiso para todo, Rita? Parece que quieres educar a una sumisa más que a una amante...

Rita ahogó una carcajada, sonriendo con sorna mientras aún miraba a su hija fijamente a los ojos. Sin embargo, antes que pudiese responder ante la provocadora acusación, Luna había llevado su boca al seno izquierdo de la mujer, posando sus labios sobre el pezón. La madre no pudo evitar el escape del gemido de su boca, llevando su mano nuevamente sobre la cabeza de la joven.

—¿De veras... parece que estoy... "entrenando" un juguete? Esas son... palabras mayores, Luna. Así como lo... es tu lujuria ahora... ¡Oye! ¡Cuidado con esos dientes!

Hace catorce años que Luna no había hecho aquella gracia con sus pezones. Si bien la succión instintivamente prospectaba la leche materna, el sentimiento tras aquel gesto ya había trascendido la búsqueda de alimento. Era el placer puro el objeto de esos codiciosos labios.

Sin embargo, Luna no había olvidado sus manos, las que llevó a juguetear tanto con el seno derecho de Rita como con su vagina. A pesar su considerable inexperiencia con su boca, los dedos replicaban veteranos periplos sobre su propia fruta.

—¡No puedo creerlo! A tu padre le tomó cinco citas para... hacerme sentir... ¡esto!

Luna abrió brevemente los ojos con el objetivo de mirar fijamente a los de su madre. Instintivamente, estos se dirigieron primero al ventanal. A pesar del reflejo de la luz de nuestro satélite sobre el vidrio, la música pudo percibir claramente lo que ocurría dentro. Y aquello la hizo moverse rápidamente a la otra esquina del jacuzzi.

Sam se había despertado y levantado de la cama. Tambaleándose aún, caminó en dirección al baño en un primer momento. Sin embargo, habiéndose fijado en las desprolijas prendas en el piso del cuarto, se dirigió al ventanal, donde pudo ver a Luna y a Rita compartiendo un baño al desnudo en la terraza.

Abierto el ventanal de par en par, Sam caminó hacia la bañera, ocupada por las dos mujeres que aparentemente habían interrumpido su diversión. Luna intentó cubrir su desnudo pecho, mientras que Rita solo guardaba un suspicaz silencio...

—¡Buuuah! Así que... la franqueza aflora en la piel. ¿Cómo está el jacuzzi?

Rita fue quien atinó a dar una respuesta.

—¡Exquisito! ¿Por... por qué no te nos unes, Sam?

Luna miró confundida a su madre y a su enamorada; "¿¡qué carajos quieres lograr con eso, Rita!?". La música rubia mirada divertida aquella desconcertante inhibición que ambas mujeres desnudas en la burbujeante bañera habían mostrado. Bueno, al menos la muchacha lo mostraba; la mujer se había relajado y mostraba a la joven sus maduros atributos.

—Me encantaría, pero... no. Solo me levanté para mear y de ahí volveré a la cama. Lindos piercings, señora Loud. Parecen ser algo pesados.

—¡Gracias, querida! Son algo voluminosos, pero se sienten muy bien... Además, se ven lindos, aunque algo picantes. Luna también tiene los suyos. ¿Quieres mostrarlos, hun?

Su rostro se había ruborizado totalmente frente aquella sugerencia. A pesar de haber saboreado a placer el vientre que la había traído al mundo hasta hace unos minutos, no sentía la misma comodidad para mostrar sus erectos pechos en ese momento.

—¿En otra... ocasión...? ¿Quizás...?

—¿También usas piercings, Luna? ¡Qué genial! Solo para saber, ¿son anillos?

—Eh... no... Son, este... barras con bolas... Chicos, ónices...

—Deben verse preciosos. Bueno, debo ir. Mi vejiga no aguantará más la cerveza de esta noche. ¡Nos vemos en la mañana! No se me resfríen, por favor.

Con esas palabras, la muchacha entró al cuarto donde se alojaban. Cuando parecía que Rita iba a relajarse y dejarse mecer por las burbujas, recordó:

—Estaremos bien, dulzura. Solo pasaremos unos momentos más acá y nos iremos a dormir. ¿Puedes traernos unas toallas, por favor?

—¡Claro! Espérenme un momento.

Los pasos de la muchacha bajaron su volumen, para luego ser enmudecidos por el breve rechinar de una puerta y por el ventilador interno del baño.

Nuevamente solas, Rita y Luna solo podían mirarse fijamente, aunque la mujer en realidad solo parecía esperar a que Sam volviese por las toallas. Pero su sonrisa sardónica volvió cuando sus ojos se posaron sobre los de la muchacha, quien mantenía su ansioso rictus.

—¿Por qué no quisiste mostrarle tus senos, Luna? Creí que esta noche estabas algo más atrevida, hun.

—No... no lo sé, mum. Quise mostrarte lo que había aprendido, pero... Con ella... con Sam... es distinto, ¿sabes? No puedo explicarlo.

La madre soltó una carcajada.

—¡De verdad estás enamorada! ¡Qué ternura!

—¡Mamá! Es solo que... ¿No te molestó que mirase tus pechos, o que no se preguntase por qué...?

—Parece ser bastante abierta a muchas cosas, querida. Y bueno, si es capaz de no importarle un bledo nuestro baño al desnudo, creo que puedes decirle lo que sientes por ella sin poner en riesgo tu amistad con ella.

—Si tan solo supiera lo que estábamos haciendo...

Antes que Luna continuase con su reproche, el ventilador del baño se había apagado. Habiendo cerrado la puerta, Sam caminó hacia la cajonera del cuarto, abriendo unos cajones antes de exclamar:

—¡Encontré una toalla! Ya encontraré la otra pronto.

Empero, tras unos breves minutos, solo volvió con una gran toalla amarilla.

—Lamento entregar solo esta, pero es la única que encontré.

—Está bien, Sam. Estaremos bien. Nos las arreglaremos.

La música rubia dejó la toalla sobre la baranda del balcón, dándose media vuelta hacia la bañera y admirando brevemente los desnudos hombros y espalda de Luna.

—¿Se secarán juntas? Si es así... ¿podría verlas hacerlo?

Rita había ya enarcado sus comisuras para preguntarle a Luna y esta última a sentir bastantes escalofríos en su cuerpo cuando Sam dejó escapar una risotada. A pesar de sentir el terror por unos instantes, la muchacha pudo percibir cómo las mariposas en su estómago se multiplicaban y sus aleteos solo llenaban el vacío de sus entrañas.

—¡Estoy bromeando, estoy bromeando! Nunca se me ocurriría pedirles algo tan... obscenamente morboso. Ya lo he pasado bastante bien esta noche. Gracias por los tragos, señora Loud...

Ya habiendo llegado al dintel del ventanal, la muchacha rubia había caminado hacia atrás desde el balcón, mirando a las dos mujeres desnudas dentro del jacuzzi durante todo el trayecto.

—Me puedes decir Rita cuando quieras, Sam.

—Bueno, Rita. Gracias por la velada. Y Luna.

Sus sentidos se tensaron ante la súbita mención de su nombre. A pesar de ello, no dejó de cruzar sus brazos sobre el pecho.

—¿Sí?

Las manos de Sam se acomodaron tras su lumbago, mirando a Luna con cierta inocencia beoda.

—¿Te parece bien si algún día de estos, tú usando ese mismo tuxedo y yo el mismo vestido, salimos a una cita?

Rita sonreía excitada ante aquella pregunta, mientras que Luna había quedado impertérrita; ¿a qué carajos le tenía miedo al final?

—¡Sí! ¡Claro que...! Quiero decir, por supuesto, Sam. ¿El próximo viernes?

—No recuerdo qué cosa tener en ese día... Pero me lo recuerdas en la mañana, ¿ya?

A pesar de todos los tabúes rotos en aquella noche, de la suspicaz desnudez que rodeaba tanto a ella como a su propia madre y de haber pasado la velada solo con ella propiamente tal, el ligero beso en su mejilla y la invitación a una cita fueron todo lo que ella valoró.

—¡Buenas noches, Rita! ¡Buenas noches, Luna! Nos vemos mañana.

—Nos... nos vemos mañana, Sam...

Unos momentos después, los ronquidos inmediatos y el crujir del armatoste y de los resortes del colchón se confundieron en un solo estruendo. La única certeza para las mujeres en la bañera era el pronto sueño de la muchacha rubia.

Rita sonreía ufana a Luna, pero no era una mueca relajada o con una absoluta confianza. La muchacha le devolvió el gesto, llevando sus manos hacia su panza. ¿Cómo diablos...? No, mejor, ¿por qué Sam se tomó con toda naturalidad aquel baño entre una madre y una hija? ¿Y por qué le pidió a la joven una cita romántica a pesar de lo visto?

A pesar de la constante intensidad del burbujeo dentro de la tina, el ambiente entre la mujer y la muchacha languidecía rápidamente; ¿qué diablos harían después de esa noche? Pero la expresión de Luna, más allá de borrar su sonrisa, mutó varias veces; rumiaba el conflicto de sentimientos. Rita solo podía mirar con sincera curiosidad, enarcando una ceja y manteniendo sus labios plegados hacia un extremo.

—Mum... ¿puedo seguir pidiéndote consejo?

—Cla... claro que sí, querida. Ven acá, hun.

La mujer extendió sus brazos para recibir a su hija, abrazándola tiernamente. La respiración de su madre calmó lentamente a la muchacha, quien dejó su cabeza reposar sobre su pecho. La luz de la luna era la única fuente de iluminación sobre la terraza, dándole a las mujeres un aura de paz.

Pero minutos más tarde se tornó en el foco para expresar su complicidad; tal como en su sueño, el baño de la blanca luz acompañaba a sus tiernos y prontamente lascivos ósculos.

"Bueno, todas brillaremos. Como la luna, el sol y las estrellas", pensó Luna mientras volvía a hundir sus dedos en la deliciosa papaya de Rita.

Fin del Capítulo Siete.