Capítulo 16

Una tarde de verano

Mientras caminaba por las largas e inclinadas calles de París colindantes al Sena, André observaba entristecido la misma miseria que veía en sus rondas como guardia francés, esa miseria a la que no terminaba de resignarse. Niños descalzos y desnutridos, madres desesperadas suplicando por un trabajo o pidiendo limosna, jóvenes vendiendo su cuerpo al mejor postor; era demasiado: la ciudad estaba en decadencia.

Al pensar en los problemas de sus compatriotas, los suyos resultaban insignificantes... ¡Cuantos deseos tenía de que algún día todo eso cambie!

Desde que perdió la visión de su ojo izquierdo se suscitaron tantas cosas en su vida que, muy a su pesar, tuvo que dejar de frecuentar aquellos lugares donde se reunían de manera clandestina sacerdotes, nobles y plebeyos para hablar sobre la Nueva Era.

Esas reuniones alguna vez le hicieron creer que podía existir un mejor futuro para Francia, pero todo eso parecía ahora muy lejano, por el contrario, tenía el terrible presentimiento de que se acercaban tiempos mucho más complicados.

Ya cerca del bar donde había dejado a su caballo a buen recaudo, no pudo evitar recordar su gran aventura representando al Caballero Negro.

Por aquellos días, y aún sabiendo que no era lo correcto, André soñaba secretamente con repartir todo lo que había robado entre los pobres. Definitivamente no lo haría, él no era un ladrón, y por lo tanto, era plenamente consciente de que una vez terminada esa misión tanto Óscar como él tendrían que devolver todos los objetos robados a sus respectivos dueños, sin embargo no podía evitar fantasear con la idea de aliviar las penas y el sufrimiento de sus compatriotas de la misma manera en la que lo hacía aquel misterioso personaje.

André también recordó el momento en el que "el héroe del pueblo" hirió su ojo con su espada en su afán de desenmascarar a su imitador. Sabía que no debía bajar la guardia con el Caballero Negro, lo sabía, pero aquella noche no estaba lo suficientemente concentrado, y es que fue muy difícil para él tener que enfrentar a alguien a quien admiraba y respetaba por lo que hacía por la gente más necesitada, a pesar de saber que era un criminal.

Mientras pensaba en todo aquello y ya habiendo llegado al bar donde se encontraba su caballo, el nieto de Marión tomó una de las tantas mesas vacías que había en aquel lugar y pidió una cerveza, la cual le fue entregada de inmediato por uno de los meseros del bar.

Estaba tomándosela tranquilamente cuando de pronto, sin siquiera advertir que algo así pudiera pasarle en ese momento, su ojo derecho empezó a fallarle nuevamente.

- "No puede ser... Otra vez... " - pensó angustiado.

Desde hacía varios días no tenía ese tipo de episodios, había estado viendo perfectamente bien con ese ojo, sin embargo en ese momento su visión empezó a tornarse borrosa como en el pasado, y ahí, sostenido de su jarra de cerveza como si de una mano amiga se tratara, hacía esfuerzos para tratar de enfocar de manera correcta nuevamente, pero no estaba teniendo ningún éxito.

Con la respiración acelerada y el corazón agitado por el terror que sentía al pensar que se acercaba el momento en el que se quedaría completamente ciego, le rogaba a Dios que esa crisis también pase.

- "Por favor, no ahora..." - suplicó.

Y unos minutos después, comenzó a notar que poco a poco empezaba a recuperarse.

Aún nervioso, se tomó la cerveza que le quedaba en su jarra, pagó la cuenta y se levantó, no sin antes respirar hondo para tratar de calmarse por lo que acababa de ocurrir. Ya eran casi las seis de la tarde para ese momento, y debía retornar a la mansión.

Estaba más tranquilo con respecto a lo sucedido en su encuentro con Gerodelle, pero aún estaba molesto con Óscar por haber invitado al conde a su casa.

Si tenían algún tema de trabajo que resolver debieron hacerlo agendando una cita en el cuartel, o en su defecto, en el Palacio de Versalles, pero ¿por qué invitarlo a la mansión Jarjayes?, se preguntaba André, incluso sabiendo que estaba siendo un poco extremista al pensar así.

Pero es que Gerodelle no era cualquier ex compañero de trabajo. Aquel hombre le había propuesto matrimonio a Óscar, y siendo así, no le pareció apropiado que ella lo cite en su casa. Estaba celoso. No al nivel que lo estuvo cuando Oscar tomó la decisión de cambiar toda su vida sólo para alejarse de Fersen, pero si a un nivel lo suficientemente fuerte como para sentirse incómodo y frustrado, y es que esa situación le recordaba que no tenía una posición importante en la vida de su amada, era una persona cercana pero sin ningún derecho, ni siquiera el de abordar el tema con ella para explicarle cómo se sentía, ya que no podía exigirle consideraciones especiales siendo sólo su amigo.

No había nada que él pudiera hacer, al menos no en ese momento, y por eso ya montado en su caballo decidió emprender el viaje de retorno. Su temor a perder la vista no había disminuido, tampoco había disminuido su frustración por la invitación que le hizo su amada a su principal rival, pero la vida tenía que continuar.

De pronto, el fuerte repicar de unas campanas lo distrajo. Era un sonido que provenía de un viejo campanario ubicado en el centro de París, y André detuvo su caballo para dirigir su mirada hacia allá, y así poder ver lo que pasaba.

A lo lejos, alcanzó a ver a una pareja saliendo por el amplio portón de una antigua iglesia, entre muchos aplausos y algarabía. Acababan de casarse, y al parecer eran personas muy queridas ya que había mucha gente que se arremolinaba a su alrededor para felicitarlos.

Ella tenía la tez blanca, era delgada, rubia, y no muy alta, y él, blanco también pero con el cabello castaño oscuro, era alto y fornido.

Cuando aquel hombre levantó en brazos a su esposa - como parte de la tradición - mientras sus allegados vitoreaban emocionados, André no pudo evitar imaginar que así se verían Oscar y él como recién casados. Qué fácil podía llegar a ser amarse para algunos... y qué difícil podía llegar a serlo para otros.., pensaba André con melancolía, y se quedó unos segundos más observándolos, pero luego retomó su camino a casa, sin saber que aquellos jóvenes, a quienes acababa de ver iniciando su vida como esposos, no eran otros que Bernard Chatelet y Rosalie La Moliere.

...

Minutos más tarde, en la mansión Jarjayes, Óscar, ya cómodamente vestida y envuelta en una delgada manta, esperaba por André en el recibidor.

Esa semana había sido tan agotadora para ella que a pesar de tratar de evitarlo a toda costa, se había quedado dormida en uno de los amplios sillones del salón.

André atravesó la puerta, y al verla así se olvidó del enojo que sentía, la miró tiernamente y se acercó a ella para llevarla a su habitación, pero Oscar se despertó al sentir sus pasos.

- André, que bueno que ya llegaste... - le dijo algo adormecida. - ¿Qué hora es?...

- Aún no son las siete... pero ¿qué haces aquí?...¿Por qué no fuiste a descansar a tu habitación? - le dijo él, con una dulce sonrisa.

- André, por favor, siéntate... - le dijo Oscar, sin responder a sus preguntas.

André avanzó lentamente hacia ella y se sentó a su lado, aunque en ese momento la vio tan agotada que hasta prefería que se vaya a descansar.

Luego, ella dirigió su cuerpo y su mirada hacia él, y le dijo:

- André, hoy viste a Gerodelle aquí porque yo le pedí que viniera para tratar con él un asunto personal.

Él se paralizó. Toda su hipótesis giraba alrededor de la idea de que lo citó para ver un tema de trabajo, pero lo que le estaba diciendo Óscar era distinto, y mil pensamientos comenzaron a perturbar su angustiada mente.

- Como sabes, hace un tiempo Gerodelle le pidió a mi padre mi mano en matrimonio y yo lo rechacé, sin embargo nunca le expliqué mis motivos para hacerlo. Habiendo compartido tantos años de trabajo juntos, y siendo Gerodelle un compañero leal, pensé que lo correcto sería abordar el tema de manera directa con él, y hoy por fin pude hacerlo. - le comentó ella mirándolo a los ojos.

- Óscar, no tienes que contarme todo eso... - le dijo él.

- Pero quiero hacerlo, porque no quiero que hayan malos entendidos entre nosotros. - le respondió ella, y él se sorprendió por sus palabras.

Oscar prosiguió:

- André, Gerodelle ya sabe por qué nunca podré aceptar una propuesta suya, y nunca más volverá a tocar ese tema. Me ha dado su palabra y me consta que siempre la ha respetado. - le aseguró.

Absorto, el nieto de Marion se preguntaba qué podía haberle dicho Óscar al conde para que se rinda, si hasta hacía sólo un par de horas se veía muy decidido a pelear por ella. También se preguntaba por qué Oscar le estaría contando todo eso... ¿Acaso era la antesala para explicarle, también a él, las razones por las cuales nunca podría corresponder a su amor, al igual que lo hizo con Gerodelle?

Nunca habían tenido esa conversación. Luego de que André le confesara sus sentimientos a su mejor amiga ninguno de los dos había vuelto a tocar el tema, y André temió que Oscar lo aborde en ese momento.

Se había perdido en ese temor cuando de repente sintió una presión en el pecho y bajó la mirada. Era Óscar, la cual parecía haberse quedado dormida nuevamente, y había apoyado su cabeza sobre él.

- "Pobrecita...Trabaja demasiado..." - pensó André volviendo a la realidad, y acercó su mano a su cabello con la intención de acariciarla, pero ella, aún con los ojos cerrados, se dirigió nuevamente a él, y eso lo detuvo.

- André... - le dijo ella con voz dulce pero cansada. - Yo nunca me casaré con un noble... - y diciendo esto, cayó profundamente dormida.

Sin poder evitarlo, los ojos de André empezaron a llenarse de lágrimas, y él levantó la mirada para evitar que éstas cayeran sobre el rostro de su amada. Recién ahí comprendió cuanto le había dolido que el ex pretendiente de Oscar la visite sin que él pudiese hacer nada para evitarlo.

Pero ella había puesto sus propios límites al respecto; ahora le aseguraba que no dejaría que ningún noble - incluyendo a Gerodelle - vuelva a su casa para cortejarla, y escuchar eso de los labios de su amada pesó tanto en su corazón que hizo que recupere la esperanza de conquistar su amor.

Después de varios segundos contemplándola más enamorado que nunca, André se incorporó lentamente - y tratando de no despertarla - del sillón donde había estado sentado, y luego, de la misma manera que lo hizo aquel hombre esa misma tarde en una antigua iglesia del centro de París, levantó en brazos a su amada para conducirla a su habitación.

...

Fin del capítulo