—4—

Yui estaba en su habitación. De pie, observando absorta a través de los cristales de la ventana mientras transcurría la tarde, sintiendo muy a su pesar, un débil fuego ardiendo en su garganta. La única forma de mantenerlo a raya era alimentarse de tanta carne roja como le fuera posible. Una rara solución, pero preferible.

Resopló con suavidad, cruzando los dedos sobre el pecho. Era la única manera de no traicionar su promesa a sí misma. Sus párpados se apretaron con frustración. Un ruido a sus espaldas la distrajo de sus pensamientos. Se giró y encontró a Shu con un nudillo en la puerta abierta. Sostenía su conocido semblante relajado y sereno, pero su pelo estaba despeinado y húmedo, señal de que lo había lavado recientemente. Al parecer, a Shu si que le gustaba bañarse. Yui se sonrojó ligeramente al pensarlo.

—Reiji quiere hablar contigo —informó imperturbable, mirándola de lejos.

Komori abrió la boca para responder, pero el vampiro le hizo un gesto con la mano y se dio la vuelta para marcharse. Yui se quedó sola de nuevo. Suspiró ante la frialdad de Shu mientras caminaba hacia el estudio de Reiji donde esperaba encontrarlo. ¿De qué quería hablar Reiji con ella ahora? Yui esperaba fervientemente que no tuviera nada que ver con la noche anterior. Realmente no quería hablar de ello.

Vacilante, se detuvo frente a la puerta cerrada del estudio del vampiro, preguntándose por qué Shu no le decía nada más. Sacudió la cabeza tratando de concentrarse, y golpeó suavemente un par de veces. Reiji la abrió inmediatamente, tanto que se quedó con el puño en el aire.

—Entra —concedió el vampiro, con un destello en su mirada que Yui no pudo interpretar.

Lo flanqueó percibiendo con placer que él también olía delicioso. Y sin estar segura de como proceder, Yui se detuvo en medio de la habitación y se giró para mirarle mientras él volvía a cerrar la puerta.

—Reiji-san… ¿De qué querías hablarme? —preguntó tímidamente.

—Toma asiento —ordenó Reiji.

Yui obedeció bajo la atenta mirada del vampiro. Se acomodó en el pequeño sofá mientras él estaba de espaldas a ella, jugueteando con algo en su escritorio.

—Me enteré de lo que sucedió anoche…—comenzó.

Los ojos de Yui se abrieron ligeramente y se agarró el vestido con las manos a la altura de las rodillas, agradeciendo que él aún siguiera dándole la espalda.

—Lo hablé con Subaru y pensamos… —Yui contuvo la respiración. Reiji se giró y se dirigió hacia ella con una bandeja en las manos—. Que lo mejor será evitar que se repita. —concluyó, haciendo tintinear las tazas en la bandeja mientras la colocaba en la pequeña mesa frente a ella. Se quedó observándola atentamente con sus ojos rasgados desde detrás de sus lentes.

—Al menos por ahora —añadió tanteando los ojos de la chica, que asintió con la cabeza, decidida. Reiji insinuó una sonrisa. Estaba contento con su reacción.

—¿Un poco de té? —le preguntó amablemente. Yui volvió a asentir, tranquilizándose. Se dispuso a tomar una taza cuando se encontró con sus dedos. Sintió que sus mejillas se sonrojaban un poco.

—Oh, ¿Te gustaría algo de azúcar? —volvió a preguntar en ese tono suave, apenas retirando los dedos.

—Estoy bien. Te lo agradezco. —respondió tímidamente, tomando la taza y acercándola a sus labios. Tomó un sorbo. Estaba caliente, y no hirviendo como la vez anterior.

Miró al vampiro impresionada mientras él también tomaba un sorbo. De hecho, Reiji no parecía tratarla con tanta dureza y maldad como lo había hecho en el estudio tiempo atrás.

—Ah es cierto, tengo algo para ti —dijo el vampiro, llamando su atención.

Se puso de pie pasando por detrás de la chica, que le siguió con la mirada. Reiji tenía en sus manos la ropa de Yui, limpia y perfectamente apilada. Komori gimió con agradable sorpresa, se levantó y se alegró de tomar su conocida ropa en sus manos. Sonrió agradecida al vampiro.

—Pensamos que te gustaría tener tus prendas habituales de vuelta, aunque… ese vestido te sienta bastante bien. —apuntó insinuando una sonrisa traviesa. Sin embargo, a Yui esa vestimenta solo le recordaba a Cordelia.

—También tu uniforme escolar. Me gustaría que volvieras a las clases esta noche —continuó esta vez serio. Yui asintió con la cabeza obedientemente.

—Bueno, supongo que eso es todo. —concluyó

—Gracias, Reiji-san —Yui se apretó la ropa contra el pecho, sonriendo.

Contra todo pronóstico, el vampiro extendió una mano, acariciando suavemente la cabeza de la chica. Yui parpadeó, sorprendida y con la cara roja. Tartamudeó un «tengo que irme» y se escabulló avergonzada.

Volvió a su habitación, pensando en el repentino cambio de Reiji. Ciertamente, aparte de tal vez Shu y Kanato, los otros hermanos parecían haberse… suavizado con ella. ¿O solo eran ideas suyas? Mientras pensaba en ello, depositó cuidadosamente su ropa en la cama y fue a bañarse. Cuando regresó, sintiéndose más fresca, se congeló al instante con sorpresa. Laito estaba sentado cómodamente en su cama, mientras con una mano acariciaba la camisa rosa que Yui solía llevar.

—¿En verdad te cambiarás ese bonito vestido, Bitch-chan? —preguntó casi con hosquedad, ladeando la cabeza mientras la miraba, sonriendo.

—Laito-san, ¿qué haces aquí? —tartamudeó ignorando la provocación del vampiro. Se acercó a él lentamente, agarrando el vestido largo que tenía delante como si quisiera esconderse. Estaba en camisón ¡Por dios!

—Ven aquí —el vampiro la invitó, acariciando las sábanas a su lado con la mano. Temerosa de lo que pudiera hacer si se negaba, Yui aceptó su invitación.

—Aunque, si quieres, puedo ayudarte a vestirte —dijo con picardía, deslizando una mano cerca de la pelvis de la chica y acercando su rostro al de ella.

La cara de Yui se encendió y apretó más el largo vestido contra sí misma. Laito estaba lo suficientemente cerca como para permitir que sus respiraciones casi jadeantes se mezclaran. Yui se apartó un poco de la cama tratando de poner algo de distancia con Laito. Estaba tensa. Laito quería someterla.

Estuvo segura de ello cuando tras una breve risita, el vampiro alargó la mano, le quitó el vestido arrojándolo a otra parte, y la atrapó bajo su cuerpo en la cama. Yui se encontró con las muñecas sujetas por las manos del vampiro a ambos lados de su cabeza, su camisón peligrosamente levantado a la altura de la cadera y sus piernas aprisionadas entre las de él.

—O si no quieres que te vista —sonrió con picardía—, tal vez prefieras que te desvista…—sugirió acercándose para frotar su nariz en el pliegue del cuello de Yui—. Y retomar lo que dejamos pendiente en la iglesia —Yui arqueó la espalda, sacudida por un tremendo escalofrío cuando él le susurró la última palabra en un oído. Volvió a levantar la cabeza, y Yui pudo ver su expresión retorcida y sus mejillas sonrojadas.

—N-No…—susurró casi sin voz e intentó defenderse.

Yui era casi tan fuerte como él y le pilló desprevenido, por lo que consiguió liberar sus muñecas y deslizarse hacia un lado. Sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo de ponerse en pie cuando Laito le rodeó el abdomen con un brazo y la golpeó contra la cama con más violencia que antes, provocando un gemido de sorpresa en ella. Agarró las muñecas de la chica por encima de la cabeza en un vicio mortal mientras con la otra mano le agarraba la barbilla y le acercaba la cara a la suya.

—Oh… me gusta cuando haces eso, pero ambos sabemos que no me vas a detener —dijo clavándole su mirada excitada. Yui se retorció bajo él y trató en vano de liberar sus muñecas de su agarre, gimiendo luego de una creciente agitación.

Entonces la mano del vampiro abandonó su barbilla y comenzó a deslizarse hacia abajo hasta acariciar uno de los muslos desnudos de Yui, que abrió los ojos y frotó las piernas con desesperación. El vampiro sonrió, luego sus dedos tomaron el dobladillo del delicado camisón y comenzaron a levantarlo con lentitud.

—La-Laito-san… por favor —la chica le suplicó con lágrimas en los ojos y removiéndose cuando ya se le veía la ropa interior, entonces repentinamente, se oyó un portazo detrás de ellos. Ambos se volvieron hacia la puerta muy abierta.

—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —gritó Ayato, angustiado.


—5—

En un abrir y cerrar de ojos, la escena cambió. Ayato estaba de pie junto a la cama, al igual que Laito. Los dos vampiros se miraron fijamente, uno frente al otro. La mirada de Ayato estaba llena de advertencia, mientras que el otro le correspondía con ojos arrogantes. Yui parpadeó. Un golpe seco. Y la sangre goteaba de la mejilla de Laito. Yui estaba confundida viendo la escena borrosa, quizás por las lágrimas que estaban a punto de caer, y que trató de apartar.

—Cálmate hermano, Bitch-chan y yo sólo estábamos jugando. —se excusó Laito en tono inocente, levantando las manos en el aire. Hubo un momento de silencio.

—Ve a cambiarte, tenemos que ir a clase —increpó Ayato en un tono que no admitía réplica.

—Por supuesto —el otro respondió mostrando indiferencia—. ¡Nos vemos luego, Bitch-chan! —sonrió a la chica y se dio la vuelta para marcharse, en silencio. Como si no hubiera pasado nada.

Yui se quedó atónita. Las acciones de Laito antes de la llegada de Ayato realmente la habían desestabilizado. El silencio que reapareció en la habitación al instante de la salida del vampiro la preocupó. Levantó la cabeza, encontrándose con los ojos de un Ayato bastante hosco y silencioso. Entonces recordó el estado en que se encontraba y, ruborizándose visiblemente, se sentó rodeando sus rodillas cerradas con los brazos. Estaba demasiado avergonzada para tener el valor de levantarse e irse. Ayato se sentó entonces en la cama junto a ella, haciendo que se estremeciera levemente. Con un brazo apoyado en una rodilla doblada, la miró por un momento.

—No puedes resistirte a ninguno de nosotros ¿Eh? —dijo después de un rato, pasándose una mano por el pelo rebelde.

A Yui le llamó la atención el matiz de arrepentimiento que percibió en el tono de voz del vampiro. Ella estaba a punto de decir algo, cuando él cogió el uniforme de la chica de la maraña de ropa que había junto a ellos, y se lo tiró a la cara.

—Ve a prepararte, antes de que se me ocurra hacer algo imprudente a mí también —se burló a la vez serio y juguetón.

La chica se quitó la ropa de la cara roja y ligeramente azotada. Estaba por replicar, pero solo atinó a boquear cómo pez fuera del agua, al encontrar la cara de Ayato a pocos centímetros de la suya. Sin darle tiempo a raccionar, Ayato posó sus labios sobre los de ella. Yui se quedó quieta y abrió grandes los ojos. Los labios del vampiro eran suaves, cálidos e impetuosos, tal y como ella recordaba. Su rostro se apartó de repente, dejándola desconcertada y ligeramente… ¿Decepcionada? Ayato le sonrió entonces con su habitual picardía y arrogancia.

—Que no se te olvide a quién perteneces —subrayó repentinamente serio. Luego, sin darle tiempo a asimilar sus palabras, se levantó y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Yui se quedó mirando la puerta durante unos segundos, boquiabierta y confundida por el comportamiento de los dos vampiros. Sin embargo, sólo pudo concentrarse en el beso de Ayato. Quizás porque era algo mucho más inocente que, pues, Laito. De hecho, el beso de antes había parecido una advertencia ¡Como si se hubiera buscado que Laito la atacara! Con la cara roja ahuyentó los pensamientos perturbadores y se levantó de la cama.

Después de eso empezó a cambiarse. Al cabo de unos minutos salió de la habitación, preparada, y con pasos vacilantes se dirigió a la entrada de la finca. Allí la esperaba la habitual limusina blanca, cuyos cristales polarizados le impedían ver el lujoso interior y los largos asientos de cuero blanco donde seguramente estaban sentados los seis hermanos, esperándola. Ansiosa, se apresuró a abrir la puerta y entrar. Como imaginó, seis pares de ojos se fijaron en ella. Sin encontrar ninguna mirada, se colocó entre Kanato y Subaru, en la esquina.

—Finalmente. Ahora podemos irnos. —apuntó Reiji, que se sentó en el lado opuesto de Yui.

La puerta estaba cerrada y se oía el ronroneo del motor al arrancar en lugar de su rugido. En el camino nadie habló. Yui, que mantenía la cabeza agachada y las manos apoyadas en su corta falda negra, sólo miraba a los vampiros de vez en cuando. Todos parecían absortos y nadie miraba en su dirección.

Sólo Subaru, que miraba por la ventana con una mano apoyando la barbilla ligeramente levantada, se cruzaba de vez en cuando con la mirada de Yui, que enseguida bajaba la cabeza, porque la pillaba mirando en su dirección. En realidad, también porque los profundos ojos carmesí de la vampiresa la hacían bastante imponente.

Cuando llegaron, la puerta fue abierta por el conductor y poco a poco los hermanos comenzaron a salir. Yui fue la última, junto con Subaru. La chica salió al aire libre, pero cuando estaba a punto de caminar, una mano la retuvo. Sorprendida, se giró y vio que Subaru la miraba con el ceño fruncido.

—Ten cuidado —indicó con voz áspera, pero sus ojos expresaban preocupación.

Le soltó la mano y acarició por un momento las solapas blancas del moño de su uniforme. Luego pasó por delante de ella sin decir nada más. Olía hermoso. Muy dulce y delicado. Yui se volvió, siguiéndolo con la mirada, y parpadeó. Estaba bastante desconcertada. ¿Se refería Subaru a los acontecimientos de la tarde? Y si es así ¿Cómo se había enterado? La chica se sonrojó de todos modos, porque Subaru había demostrado que se preocupaba por ella.

Entró en la escuela cuando la limusina se fue. Se dirigió al aula y encontró allí a Kanato y Ayato, por supuesto. Se encontró con los ojos de Kanato, que le sonrió con nostalgia desde su escritorio.

Yui desvió la mirada, confusa, y fue a sentarse a un pupitre junto al que se extendía el cristal teselado. Miró la media luna que brillaba en el cielo por un momento, y luego se volvió para mirar a Ayato, quien con los brazos detrás de la nuca y las piernas cruzadas apoyadas en el banco de madera, esbozó una pequeña sonrisa en su dirección. Yui asintió con una sonrisa. Entonces sonó el timbre y los tres se prepararon para el comienzo de la clase.

Al final de la última hora, Yui empezó a guardar sus cosas. Después de que la campana había sonado, Kanato había salido en silencio mientras Ayato se detuvo un momento.

—Te esperaremos fuera —le señaló mirando por encima de su hombro.

Yui cerró su maletín y se dirigió apresuradamente hacia la entrada del aula, chocando de repente con algo. Gimió sorprendida al perder el equilibrio y caer. La atraparon de un codo antes de que llegara al suelo y la levantaron de un tirón.

—Cuidado, Bitch-chan —rio Laito, mientras la estrechaba contra su pecho.

Yui levantó la cabeza, con un ligero rubor en la cara.

—Laito-san, uhm, disculpa —tartamudeó, presionando sus manos contra el pecho del vampiro para liberarse de su agarre.

—¿Qué te parece si damos un paseo? —musitó soltando de mala gana a la chica. ¿Un paseo?

—Pero los demás nos están esperando…—replicó Yui con poca convicción, con una mano hecha un puño sobre su pecho.

—Ellos entenderán… vamos, ven conmigo —el vampiro la instó, tomándola del brazo y arrastrándola.

—Espera, Laito-san…—intentó replicar nuevamente, en vano. Salieron al aire frío de la noche. La limusina no estaba allí esperándolos.

—Vamos, Bitch-chan, no pongas esa cara. Será divertido —vaticinó Laito, con las manos metidas en los bolsillos de su elegante chaqueta negra, burlándose de la expresión de incertidumbre de la chica.

Yui le miró resignada, y observó la marca roja en la mejilla izquierda del vampiro. Él pareció darse cuenta y ladeó la cabeza, sondeando su expresión. La joven apartó la mirada y, mientras sus mejillas se coloreaban, comenzó a seguir al vampiro.


—6—

—¿A dónde vamos? —preguntó Yui mientras caminaba junto a Laito, agarrando el asa de la pesada mochila con ambas manos.

Aquella noche el cielo estaba despejado, por lo que las numerosas estrellas, que brillaban de forma intermitente, eran claramente visibles. No había viento, pero hacía bastante frío: las manos de la muchacha se habían entumecido por la escarcha, y sus mejillas debían de estar tan coloreadas como las de Laito. Por no hablar de las nubecitas de aliento que se veían salir de sus labios con cada respiración.

—A un pequeño y agradable lugar para comer —el vampiro decidió responder, en voz baja.

Tenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo negro y su elegante sombrero ligeramente levantado. La chica sonrió tímidamente y siguió caminando, hasta que un pensamiento cruzó rápidamente su mente. Se detuvo, mirando a Laito con los ojos muy abiertos. Inmediatamente se dio cuenta de que la chica se había quedado atrás, de hecho se giró para ver sus ojos con curiosidad.

—No querrás decir…—Yui empezó a tartamudear, aterrada. ¿Por eso la había invitado a dar un paseo? ¿Para incitarla a alimentarse de sangre humana de nuevo? ¿Será que quería aprovecharse de su debilidad y luego humillarla otra vez? Los ojos se le pusieron vidriosos.

—Cálmate, Bitch-chan —dijo Laito, devolviéndola a la realidad. Parecía impresionado.

—Quiero ir a un restaurante —aseguró esta vez en tono irónico—. Pero si te apetece aquel delicioso néctar, entonces…—le sonrió burlonamente, mostrando sus afilados caninos.

—¡No, no! ¡Estoy perfectamente contenta con el restaurante! —la chica se apresuró a responder, intimidada y gesticulando con la cara roja.

Pasó junto a él con pasos rápidos y dobló la esquina, mientras detrás de ella oía la risa traviesa y genuina del vampiro. Pronto la alcanzó y rodeando sus hombros con un brazo, la guió para que cruzaran la calle, llegando a la acera de enfrente.

—Vengo aquí a menudo. —apuntó Laito, mirando en dirección a una gran puerta corredera cerrada. Era de madera clara, adornada con placas negras en las bisagras y asas pintadas de blanco.

Yui sonrió.

—Hacen un excelente Tempura —sonrió el vampiro, mientras deslizaba la puerta para abrirla.

La joven respondió con una sonrisa de satisfacción. Entraron juntos, y Komori olfateó inmediatamente el tentador olor a comida frita. El interior era acogedor y sencillo. Delante de ellos había un mostrador de madera oscura, desde el que una mujer mayor sonreía a los que entraban. A la izquierda había una pequeña sala donde estaban dispuestas unas cuantas mesas, todas lacadas en negro. Cada mesa estaba cubierta con un mantel en tono rojo. En las paredes grises de alrededor, había akachōchin negras con un borde rojo en la parte inferior.

—Has llegado justo a tiempo. Estábamos a punto de cerrar —informó la anciana. De hecho, no había ni un alma allí ni en la calle. Yui se preguntó por un momento qué hora sería.

—Bueno. Vamos a pedir dos tempuras y dos tazas de té. —señaló Laito, sonriendo.

La anciana asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta que había detrás de ella, que seguramente conducía a la cocina. Yui siguió a Laito al vestíbulo mientras éste tomaba asiento en la mesa más cercana. La chica se sentó frente a él, agradecida por haber dejado el maletín en el suelo.

—Entiendo que no te gustan mis atenciones…—aseveró Laito, tras un largo momento de silencio. Inclinó la cabeza, apoyándola en la palma de la mano, estudiando el rostro sonrojado de la chica con una sonrisa de satisfacción.

Yui quedó impresionada por su franqueza. ¿Así que esa era la razón por la que quería salir? Para saber si le gustaban o no sus «atenciones» Sin embargo, por la forma con la que la miraba fijamente, parecía ya saber la respuesta, y también parecía ser incoherente con lo que acababa de decir.

La chica cerró los dedos en un puño bajo la mesa, confundida, sin saber qué decir. Afortunadamente, un momento después la tan esperada Tempura se colocó ante sus ojos, acompañada de una humeante taza de té. Las gambas tenían un aspecto delicioso, cuidadosamente colocadas junto a un bol de salsa oscura y unas verduras de aspecto crujiente.

Los dos intercambiaron una mirada de comprensión, tras lo cual comenzaron a comer en silencio. Después de que Laito pagara la cuenta, él y la chica salieron del restaurante, listos para la hora de cerrar.

Yui se sintió llena y satisfecha: la cena había sido deliciosa. Junto con el vampiro, comenzó a caminar por la acera, sintiéndose serena.

—Bitch-chan ¿Siempre estás tan callada? —preguntó el vampiro en un tono casi burlón.

Yui esbozó una sonrisa sesgada, sabiendo a qué se refería Laito. Quería retomar la conversación de antes ¿Pero qué esperaba que le dijera?

—Me asustas un poco, Laito-san —confesó impulsivamente, pero siguió mirando al frente. Sintió la mirada del vampiro sobre ella. Un momento después, un brazo rodeó su cintura y ella sintió su aliento en el cuello.

—Si, será mejor que temas —susurró casi siniestramente.

La chica se sonrojó, tratando de descifrar sus palabras mientras seguía caminando cerca de él. En un momento dado, Laito se detuvo. Komori hizo lo mismo y le miró desconcertada. El eco de una carcajada hizo que la mirada de Yui se dirigiera en la misma dirección que la de Laito.

En la acera de enfrente, frente a la entrada de un lujoso hotel, un hombre y una mujer hablaban y reían animadamente. La mujer era bastante joven y atractiva, y llevaba un vestido negro largo y ajustado que se ceñía perfectamente a su delgado físico. Siguió riendo, echando la cabeza hacia atrás y acariciando el pecho del hombre con una mano. Este último iba vestido de forma bastante elegante y formal, pasando una mano por la espalda de la chica mientras le hablaba.

Yui abrió mucho los ojos. El hombre le resultaba familiar: el pelo corto color ceniza, las gafas de montura fina, los ojos muy claros. Recordaba haberle visto antes en algún sitio.

—Vamos. —dijo Laito de repente, apretando con sus dedos el costado de Yui y obligándola a continuar.

La joven lo miró algo confusa, luego miró por encima del hombro y se dio cuenta de que el hombre los estaba mirando. Interceptando los ojos de Yui por un momento, el hombre susurró algo al oído de la chica, que asintió; luego dio un paso atrás.

—Viene para acá ¿Verdad? —preguntó Laito, molesto.

Komori asintió, alarmada. El vampiro se congeló y se dio la vuelta, dejando atrás a Yui, que desconcertada miró primero a Laito, que permanecía imperturbable, y luego al hombre acercándose a los dos con una expresión indescifrable. Cuando se detuvo frente a ellos, se pasó una mano cubierta por un guante blanco por el pelo y sonrió levemente.

—Qué sorpresa verte aquí, Laito —saludó con una actitud arrogante. ¿Así que se conocían?

—Lo mismo digo, Karl.—respondió el vampiro sin emoción.

Karl. Yui abrió los ojos.

Karl… Karl Heinz. El progenitor de la familia Sakamaki.