Percy tuvo un mal presentimiento. Cuando le dijo eso a Dean, Dean lo interrumpió, diciendo que el monstruo necesitaba ser cazado.
Percy deseó haber discutido más.
Entonces fueron a cazar al monstruo.
...
—¿A cuántos los calibraste? —preguntó Sam, mirando los dos paralizadores en las manos de Dean.
—A cien mil voltios —sonrió Dean.
—Sí querías electricidad, podríamos haber llamado a Jason —murmuró Percy, sabiendo que ninguno de los dos hermanos lo escuchó.
—Demonios —Sam levantó una ceja impresionado.
—Sí, quiero a este rawhead rostizado. Pero, recuerda, solo tienes un tiro con estas cosas. Así que no falles.
...
Bajaron los escalones del sótano, moviendo sus internas a su alrededor. Hubo un sonido proveniente de un armario, y se movieron con cautela hacia él.
—A las tres —susurró Dean—. Una. Dos. Tres —abrió la puerta, revelando a dos niños, un niño y una niña, ambos agachados y tapándose los oídos.
—¿Sigue aquí? —Sam susurró, y vio a los niños asentir.
—Bien —dijo Dean—. Tómense de la mano, los vamos a sacar de aquí. Muévanse, muévanse —se dirigieron a las escaleras—. ¡Corran!
Sam comenzó a llevar a los niños arriba, pero una mano lo agarró de la pierna y lo derribó. Percy subió corriendo las escaleras y agarró a los niños, esquivando la mano cuando trato de agarrarlo. Dean ayudaría a Sam.
Cuando Percy salió, hubo un pequeño problema. Los niños no lo soltaban.
—Por favor, suéltenme, por favor, tengo que volver allá abajo —siseó, tratando de apartar sus manos.
Sam se asomó por el marco de la puerta y Percy lo vio devolverse rápidamente. Probablemente estaba bajando las escaleras corriendo.
Su corazón se llenó de terror en el momento en que escuchó a Sam gritar: —¡Dean!
...
—Señor, lamento decirlo —dijo la recepcionista del hospital—. Pero no parece haber datos del seguro.
—Ah, claro —dijo Sam, entregándole a la recepcionista una tarjeta de crédito—. Eh, aquí está.
—Muy bien, Sr. Berkowitz —dijo la recepcionista, mirando la tarjeta.
Sam luego notó a dos policías y se acercó, agarrándose del brazo de Percy. Percy no había hecho nada desde que vio a Dean tirado en el suelo. No se movería a menos que alguien lo convenciera de hacerlo, y sus ojos habían estado mirando a la nada todo el tiempo.
—Señor, podemos terminar luego —dijo uno de los policías, mirando a Percy.
—No, no, está bien —dijo Sam—. Había tomado un atajo por el vecindario. Y al pasar por ahí escuchamos unos gritos que venían de esa casa. Nos detuvimos y entramos.
—¿Hallaron a los niños en el sótano?
—Sí.
—Pues gracias a Dios.
Sam vio a Percy temblar ante eso. La mayor emoción que el semidiós había mostrado en todo el día.
—Disculpen —le dijo Sam a la policía, notando que un doctor caminaba hacia ellos.
—Sí. Gracias por su ayuda.
—Oiga, doctor. ¿Él está…?
—Descansando —dijo el doctor, con el ceño fruncido.
—¿Y?
—La electrocución causó un ataque cardiaco. Muy grave, lo temo. Su corazón… está dañado —el doctor parecía genuinamente triste, y Percy comenzó a temblar en el agarre de Sam.
—¿Está muy dañado? —Sam susurró.
—Hicimos lo que pudimos. Trataremos de tenerlo cómodo en este punto. Pero, yo le doy un par de semanas, máximo, tal vez un mes de vida.
—No, no —dijo Sam mientras Percy comenzaba a llorar en silencio—. Tiene… tiene que haber algo que hacer, algún tratamiento.
—No hacemos milagros —dijo el doctor, frunciendo el ceño profundamente—. Lo siento mucho.
...
—¿Han visto la televisión de día? —preguntó Dean una vez que Sam y Percy entraron a su habitación, sonando débil—. Es terrible.
Percy inmediatamente se acercó a Dean, quien rápidamente abrió los brazos. Percy se subió a la cama a su lado, aceptando el abrazo y temblando ligeramente.
Dioses, Dean odiaba ver a Percy así. Lo odiaba tanto.
—Hablé con tu doctor —dijo Sam, frunciendo el ceño.
—El oso cariñosito —Dean miraba la televisión—. Uf, quisiera cazar a ese monstruo.
—Dean.
Dean finalmente miró a Sam y apagó la televisión, —Sí. Tal parece que te vas a ir de aquí sin mí.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Sam—. Yo no te a dejar aquí.
—Oye, más vale que cuides mi auto —dijo Dean, luciendo serio—. O te vendré a jalar los pies.
—Eso no es gracioso —dijo Sam, pero para su sorpresa, Percy dejó escapar un bufido cansado.
—Ah, vamos, sí lo es —dijo Dean, mirando a Sam. Hubo un largo silencio y Sam bajo la mirada, luchando contra las lágrimas. Dean suspiró—. Oye, Sammy, qué te puedo decir, era peligroso. Me tocó la mala suerte. Fin de la historia.
—No hables así, ¿quieres? —Sam frunció el ceño—. Aún tenemos opciones.
—¿Cuáles opciones? Sepultura o cremación. Sé que no es fácil. Pero, voy a morir. Y no puedes evitarlo.
—Ya verás.
...
Percy estaba sentado en la cama de la habitación del hotel. Dean quiso que regresara. Eso no significa que haya hecho nada. Ha estado hecho un ovillo debajo de las sábanas durante todo el tiempo que ha estado allí. Apenas se ducho, no comió, y si no fuera un hijo de Poseidón, se habría deshidratado. Sam intentó que hiciera algo, cualquier cosa, pero el semidiós normalmente hiperactivo no se movía.
Percy volvió a la realidad cuando escuchó a Dean decir: —Me di de alta solo —su novio estaba pálido y tenía profundas ojeras, y estaba apoyado pesadamente contra el marco de la puerta.
—¿Estás loco? —cuestionó Sam.
—Ah, no moriré en un hospital donde las enfermeras no son sexys —Dean entró en la habitación, apoyándose en todo lo que tenía a su alcance.
Sam bufó y cerró la puerta, —¿Todo esto de me rió enfrente de la muerte? Es mentira. Y eso se te nota.
—Si tú lo dices —dijo Dean—. ¿Qué, no has dormido? Te ves peor que yo.
Sam ayudó a Dean a llegar a la cama donde estaba sentado Percy. —Sí, he estado en internet estos tres días. Llamé a todos los contactos de papá.
—¿Para qué? —cuestionó Dean, inmediatamente pasando un brazo alrededor de Percy.
—Por información —dijo Sam—. Uno de sus amigos, Joshua, me respondió. Me dijo de un sujeto en Nebraska. Un especialista.
—No vas a dejarme morir en paz, ¿eh?
—No te dejare morir y ya. Iremos.
...
El impala avanzó a trompicones por un camino de tierra y finalmente se detuvo frente a una gran carpa de circo blanca instalada en medio de un campo. Percy notó que muchos se abrían paso por el suelo fangoso, en andadores o ayudados por otros.
Sam salió rápidamente del auto para ayudar a Dean, lo que Percy sabía que a su novio no le gustaría. Solo miró el letrero por un momento, ni siquiera intentó leerlo. Las palabras de todo habían estado nadando desde el ataque cardiaco de Dean.
Percy salió del auto, mirando la carpa. Tenía una sensación extraña. No era particularmente bueno o malo, pero había un zumbido en el aire.
—Te ayudo —dijo Sam, tratando de ayudar a Dean.
—Gracias, yo puedo —Dean empujó enojado a Sam—. Eres un mentiroso. Dijiste que veríamos a un doctor.
—Yo dije a un especialista —dijo Sam—. Dean, se supone que este señor es legítimo.
—No puedo creer que me hayas traído a ver a un señor que cura personas en una tienda.
Una anciana pasó con un paraguas, —El reverendo Le Grange es un gran hombre.
—Sí, gracias —dijo Dean.
Los chicos pasaron junto a un hombre enojado que discutía con un policía: —Tengo derecho a protestar. Ese hombre es un fraude. Y está estafando a estas personas quitándoles su dinero.
—Señor, este es un sitio de oración —dijo el policía—. Por favor. Váyase —se alejaron.
—Ese no es parte del rebaño —Dean hizo una mueca. Mientras decía esto, una mujer notó que él y Percy estaban tomados de la mano, y les envió una mirada de disgusto.
Sam no notó a la mujer —Cuando la gente ve algo que no puede explicar, hay controversia.
—Pero, por favor, Sam, ¿un curandero? —Dean hizo una mueca.
—Tal vez sea tiempo de tener fe, Dean.
—¿Sabes qué tengo fe? En la realidad. En saber lo que sucede.
—¿Cómo puedes ser escéptico? —preguntó Sam—. ¿Después de todo lo que has visto?
—Exacto —dijo Dean—. Las veo, sé que son reales —Percy sabía que por la forma en que Dean apretó su mano, no era solo eso.
—Pero si crees que existe el mal, ¿por qué no crees que haya un bien también?
—Porque he visto lo que el mal le hace a los buenos.
—Tal vez Dios obra en forma misteriosa —dijo una joven, al escuchar la conversación.
Dean se giró para mirarla y sonrió, —Tal vez sí. Creo que acabo de cambiar de opinión —Percy inclinó la cabeza. Dean estaba coqueteando de nuevo. Dean estaba nervioso.
—Si, eso veo.
Dean le tendió la mano, —Yo soy Dean. Él es Percy. Y él es Sam.
—Layla —se presentó la joven, estrechando la mano de Dean—. Si no eres creyente, ¿qué haces aquí?
—Al parecer mi hermano cree lo suficiente por ambos.
Una mujer mayor se acercó a ellos y pasó un brazo por los hombros de Layla, —Vamos, Layla. Va a empezar —la mujer les sonrió y luego entraron.
—Apuesto a que ella si obra en forma misteriosa—dijo Dean, mirando a Layla. Tenía una sensación extraña.
...
La carpa estaba llena de gente buscando asientos, y había un pequeño escenario con un atril al frente.
Dean miró a su alrededor, luego inclinó la cabeza hacia una esquina de la tienda, —Paz, amor y confianza —Percy siguió la mirada de Dean y encontró una cámara de seguridad.
Sam envolvió un brazo alrededor del hombro de Dean cuando trató de sentarse y entonces lo llevó más cerca del frente, —Ven.
—¿Adónde vas?—siseó Dean.
—Iremos al frente —dijo Sam.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Ven —Sam movió a Dean por el pasillo.
—Oh, por favor, Sam —gruñó Dean.
—¿Estás bien?
—Esto es ridículo —Dean apartó las manos de Sam—. Ya déjame.
—Perfecto —Sam soltó a su hermano, solo para señalar tres asientos vacíos detrás de Layla y su madre.
—Sí, perfecto —dijo Dean sarcásticamente.
—Tú a la izquierda —Sam se sentó primero, mirando a Dean. Percy solo suspiró y se sentó en el medio. Estaba agradecido cuando su novio tomó su mano, a pesar de que Dean se quejó todo el tiempo.
Un ciego, Roy Le Grange, se acercó al atril asistido por una mujer: —Cada mañana, mi esposa, Sue Ann, me lee las noticias. Nunca son buenas, ¿o sí? —la multitud expresó su concordancia—. Parece que siempre hay alguien que cometiendo algún horrible acto inmoral. Pero yo les digo, Dios está viendo.
—Sí, es verdad —murmuró la multitud.
—Dios recompensa al bueno y castiga al corrupto —la multitud asintió, aclamó y susurró ante sus palabras—. Es el Señor quien está curando aquí, amigos. Él es quien me guía para elegir a quién curar ayudándome a ver sus corazones —la multitud murmuró.
Dean se inclinó hacia Percy y habló en voz baja: —Sí, y sus billeteras.
—¿Eso crees, amigo?
La multitud inmediatamente se quedó en silencio.
—Lo siento —dijo Dean.
—No, no —dijo Roy—. Está bien. Solo cuida lo que dices cerca de un ciego, tenemos buenos oídos —la multitud se rió—. ¿Cómo te llamas, amigo?
Dean vaciló, luego se aclaró la garganta, —Dean.
—Dean —repitió Roy, asintiendo para sí mismo—. Quiero que subas aquí conmigo.
La multitud aplaudió. Percy notó que Layla y su madre no se movían. Sue Ann pasó al centro del escenario, sonriéndole a Dean.
—No, está bien —Dean negó con la cabeza, agarrando la mano de Percy con fuerza. Percy le devolvió el apretón.
—¿Qué estás haciendo? —Sam susurró, inclinándose sobre Percy.
—Tú, tú viniste aquí a ser curado —preguntó Roy.
—Pues, sí —dijo Dean vacilante—, pero aah… —la multitud aplaudió e hizo sonidos de aliento— …tal vez debería elegir a alguien más.
Sam miró a Dean como si estuviera loco y la multitud aplaudió con fuerza.
—Yo no —dijo Roy—. Yo no te elegí, Dean, fue el Señor.
—¡Sube! ¡Con confianza! ¡Qué estás esperando! —la multitud gritó, cada vez más emocionada.
—¡Sube allá! —Sam dijo emocionado.
Dean se levantó de mala gana, soltando a Percy. Se movió hacia el escenario, con la ayuda de Sue Ann, luego se paró junto a Roy. Los dos parecieron tener una conversación rápida, y Percy frunció el ceño.
Quería tanto que Dean mejorara. Pero una cosa que nunca hizo fue intentar detener la muerte. ¿Dios realmente sanaría a Dean? Eso esperaba. Dios les debía tanto.
Roy se dirigió hacia la multitud: —Oren conmigo, amigos.
La multitud levantó sus manos, uniéndolas entre sí. Roy levantó las manos en el aire, luego colocó una en el hombro de Dean y la otra a un lado de su cabeza.
—Estoy listo —se dijo Roy a sí mismo—. Estoy listo.
Percy vio los ojos de Dean ponerse vidriosos. Observó a su novio caer de rodillas.
Sus ojos fueron atraídos hacia algo en el frente de la tienda. Algo que no había visto en mucho, mucho tiempo.
Allí estaban las tres Parcas, hilando. Un trozo de hilo no se veía tan bien. Era delgado y parecía estar a punto de colapsar. Mientras Percy observaba, pareció sanar.
Luego, las Parcas agarraron un trozo diferente de hilo, este se estaba marchitando ante sus ojos, y dijeron al unísono: —Este es el destino, Perseo Jackson. Esto estaba destinado a ser —luego cortaron el hilo.
Percy se sintió enfermo. Su cara estaba ardiendo, necesitaba un poco de agua y tenía un nudo en el estómago.
Allí estaba Dean, con los ojos bien abiertos por la sorpresa por algo que Percy no podía ver, luciendo perfectamente saludable.
...
—Entonces, ¿te sientes mejor?
—Estoy bien, Sam —dijo Dean, sonando infeliz. Estaban sentados en una habitación en un hospital, y mientras Dean había sido el que se había hecho el chequeo, Percy era el que se veía peor.
Todavía se sentía caliente, y Dean podía sentir el calor que irradiaba la mano de su novio. Percy acababa de decir que estaría bien.
—Bueno, según los exámenes, no hay nada mal en su corazón —una doctora entró en la habitación, leyendo unos papeles—. Ni señales de que hubo. Un hombre de su edad no debería de tener este problema, pero, aun así es extraño.
—¿Cómo que extraño? —preguntó Percy, temblando levemente incluso mientras usaba la chaqueta de Dean.
—Es que ayer una joven como usted —miró a Dean para esta parte—, veintisiete años, atlética. De repente un infarto.
—Gracias, doc —Dean frunció el ceño.
—No hay problema —la doctora se fue.
—Qué raro —dijo Dean.
—Tal vez es coincidencia —Sam le restó importancia—. Y eso pasa todo el tiempo.
—No es cierto.
—Dean, ¿tenemos que ser desagradecidos? ¿Por qué no agradeces que te hayan salvado la vida y se acabó?
—Porque no me quitó esa sensación, por eso —Dean frunció el ceño.
—¿Qué sensación? —preguntó Sam.
—Cuando fui curado, yo me sentí… mal. Sentía frío. Y por un segundo… vi a alguien. Era un anciano. Y yo sé, Sam, que era un espíritu.
—Pero si había alguien allí, Dean, yo lo habría visto también. Porque yo he visto muchas cosas raras.
—Discúlpame, maravilla psíquica. Pero vas a necesitar fe en esto. Sam, tengo que confiar en una sensación como está.
—Está bien —suspiró Sam—. ¿Y qué quieres hacer?
—Investiga lo del infarto —dijo Dean—. Visitare al reverendo.
...
—Tienes razón —dijo Percy mientras conducían, Sam fue dejado atrás.
—¿Acerca de? —cuestionó Dean, su mano tensa sobre el muslo de Percy. No estaba teniendo un buen día.
—No fue la obra de Dios —dijo Percy, con los ojos vidriosos por un momento—. No me gusta esto, Dean. Snip snip.
Lo último desconcertó a Dean, pero para Percy parecía significar el mundo.
—Snip snip —susurró Percy.
...
Estaban sentados en sofás con Roy Le Grange y Sue Ann les estaba llenando los vasos.
—Me siento bien —dijo Dean—. Solo trato de… darle un sentido a lo que pasó.
—Los milagros pasan —dijo Sue Ann—. Los milagros suceden a menudo con Roy.
—¿Cuándo empezaron los milagros? —Percy le preguntó a Roy.
—Desperté una mañana estando ciego —explicó Roy—. Los doctores descubrieron que tenía cáncer. Me dijeron que tenía un mes. Así que oramos por un milagro. Yo estaba débil, pero, le dije a Sue Ann que siguiera orando. Yo caí en coma. Los doctores dijeron que no despertaría, pero, lo hice. Y el cáncer se había ido —Roy se quitó las gafas de sol, revelando sus ojos blancos lechosos—. A no ser por los ojos, nadie me creería que si lo tuve.
—Y entonces pudo curar personas —concluyó Dean.
—Lo descubrí después, sí. Dios me bendijo en muchas formas.
—Y su rebaño creció de repente —agregó Sue Ann—. Y esto es sólo el principio.
—¿Puedo preguntar algo más? —dijo Dean.
—Claro que puedes —sonrió Roy.
—¿Por qué? ¿Por qué a mí? De todos los enfermos, ¿por qué a mí?
—Como ya te dije antes, el Señor me guía. Miré en tu corazón, y tú sobresaliste del resto.
—¿Qué vio en mi corazón? —Dean preguntó tranquilamente.
—A un joven con un importante propósito —dijo Roy—. Algo que hacer. Que no ha terminado.
Dean y Percy no habían podido ocultar la sorpresa en sus rostros, aunque lo hubieran intentado.
...
Dean y Percy salieron de la casa de Roy e inmediatamente notaron a Layla y su madre.
—Dean, hola —Layla sonrió. Le dio a Percy un asentimiento.
—Hola —dijo Dean.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Layla.
—Muy bien —Dean hizo una mueca—. Curado, creo. ¿Qué haces aquí?
—Ya sabes, mi mamá, quiere hablar con el reverendo.
Sue Ann salió al porche, —¿Layla?
—Sí, aquí otra vez —dijo Layla suavemente.
—Lo siento, pero, Roy está descansando —dijo Sue Ann—. No verá a nadie ahora.
—Sue Ann, por favor —suplicó la señora Rourke, la madre de Layla—. Es nuestra sexta vez, tiene que vernos.
—Roy conoce la situación de Layla. Y él está dispuesto a ayudar en cuanto el Señor lo permita. Tenga fe, señora Rourke —Sue Ann volvió a entrar.
La señora Rourke se volvió hacia Dean, frustrada, —¿Para qué viene aquí? Ya tiene lo que quería.
—Mamá —Layla frunció el ceño—. Basta.
—No, Layla, esto es demasiado —espetó la señora Rourke—. Hemos venido a cada servicio. Debería dejar de elegir extraños antes que a ti. Extraños que ni siquiera creen. No puedo orar con más intensidad.
—Layla, ¿qué tienes? —Dean preguntó en voz baja.
—Tengo una cosa… —Layla habló vacilante.
—Un tumor cerebral —siseó la señora Rourke—. Es inoperable. En seis meses, los doctores dicen qué… —Layla puso una mano en el hombro de su madre.
—Lo siento —dijo Dean.
—Está bien —dijo Layla.
—No, no está bien —la señora Rourke miró a los ojos de su hija, luego se volvió hacia Dean—. ¿Por qué usted merece vivir más que mi hija?
La señora Rourke se alejó, Layla la siguió después de un largo y tembloroso suspiro. Dean y Percy las vieron irse, Dean se tomó un momento para mirar hacia la casa de Roy y Sue Ann.
...
La pareja entró en su habitación de motel, el rostro de Percy todavía un poco sonrojado. Dean arrojó sus llaves sobre la cama, mirando a Percy por un momento. El semidiós se estaba sentado con su chaqueta puesta, aunque temblaba como si no la tuviera.
—¿Qué encontraste? —preguntó Dean, mirando a Sam, que estaba sentado detrás de la laptop.
—Lo lamento —dijo Sam en voz baja.
—¿Qué? ¿Qué paso?
—Marshall Hall murió a las cuatro y diecisiete.
—A la hora que fui curado —dijo Dean, atónito.
—Sí —asintió Sam con tristeza—. Así que, armé una lista de todos los curados y hay seis personas el año pasado, y revisé los obituarios de aquí. Cada vez que alguien es curado, alguien más muere. Y la víctima siempre muere del mismo síntoma que le quitan al enfermo.
—¿Sí alguien es curado de cáncer, muere de cáncer? —cuestionó Dean.
—De algún modo —asintió Sam—. Le Grange… cambia una vida por otra.
—Espera, espera —Dean negó con la cabeza—. Entonces, ¿Marshall Hall murió para salvarme?
Sam parecía triste, —Dean, habría muerto de todos modos. Y alguien más se habría curado.
Percy bajo la mirada, frunciendo el ceño mientras susurraba, —Snip snip —Dean estaba demasiado distraído para darse cuenta.
—No debiste traerme aquí —dijo Dean.
—Dean, trataba de salvar tu vida.
—Pero, ahora alguien está muerto por mí.
Percy negó con la cabeza, murmurando: —El destino lo decretó —Dean todavía no se dio cuenta.
—Eso yo no lo sabía —dijo Sam—. Lo que no logró entender es cómo lo hace Roy. ¿Cómo es que cambia una vida por vida?
—O él no lo hace —dijo Dean—. Algo más lo hace por él.
—¿De qué hablas?
—El viejo que vi en la tienda. No quería creerlo, pero lo sabía.
—¿Sabías qué? ¿De qué estás hablando?
—Solo hay una cosa que puede dar y quitar vida así —dijo Dean, frunciendo el ceño ante la cara confundida de Sam—. Se trata de la muerte.
...
Los chicos estaban sentados en la mesa, los brazos de Percy estaban siendo usados como almohada. Se había olvidado de lo mucho que apestaba ver a las Parcas.
—¿En serio crees que se trata de la muerte? —preguntó Sam—. ¿Del ángel de la muerte, que recoge tu alma y todo eso?
—No, no, no, no LA muerte, una muerte —enfatizó Dean—. Hay una muerte en casi todas las culturas de la tierra, tienen muchos nombres diferentes, es posible que haya más de uno.
—Pero dijiste que era un viejo con traje.
—¿Y qué, crees que debería haberla visto con una bata negra? Tú dijiste que el reloj se detuvo, ¿no? Las muertes paran el tiempo. Y solo puedes verlas cuando vienen por ti, por eso la vi y tú no.
—Ah, tal vez.
—Nada más puede ser, Sam. La pregunta es ¿cómo Roy controla a la muerte?
—Esa cruz.
—¿Qué? —Percy gruñó.
—Había una cruz, la noté en la tienda, sé que la he visto antes —Sam comenzó a rebuscar en algunos papeles y luego resopló, mostrándole un tarot a Dean (Percy no planeaba levantar la cabeza para ver la cruz)—. Esta.
—¿Un tarot? —Dean tomó la tarjeta.
—Tiene sentido. El tarot data desde el inicio de la era cristiana, ¿cierto? ¿Cuándo algunos curas aún usaban magia? ¿Y algunos se cambiaron al lado oscuro? ¿La nigromancia para alejar a la muerte o para acercarla?
—¿Roy usa magia negra para llamar a la muerte?
—Si es él, está jugando con fuego. Es como ponerle una correa a un tiburón.
—Nada de eso es difícil o imposible —gruñó Percy.
—No todo el mundo es un poderoso semidiós hijo de Poseidón, Percy.
—No todo el mundo es una perra tampoco, Dean, pero aquí estás —Percy finalmente levantó la vista, solo para arrebatarle la taza de jugo de naranja a Dean.
—Detendremos a Roy —Dean tomó la taza de Percy una vez que terminó de beberla, enjuagándola en el fregadero.
—¿Y cómo? —preguntó Sam.
—Tú sabes cómo.
—Un momento, ¿de qué estás hablando? No podemos asesinar a Roy —siseó Sam.
—Sam, él está jugando a ser Dios, diciendo quién vive y quién muere. Y eso es ser un monstruo.
—No asesinaremos a un ser humano, Dean. Así no seremos mejores que él.
—No podemos matar a Roy, no podemos matar a la muerte —dijo Dean—. ¿Tienes alguna otra idea brillante?
—De acuerdo. Eh… si Roy usa una especia de hechizo contra la muerte, tenemos que… que saber cuál es. Y romperlo.
...
—Si Roy usa un hechizo, debe tener un libro —dijo Sam, saliendo del impala cuando se estacionaron.
—Ve si lo encuentras —Dean miró su reloj—. Y rápido, el servicio empieza en quince minutos. Yo retrasaré a Roy.
—Roy Le Grange es un fraude —dijo el manifestante, tendiéndole un folleto a Dean—. No es curandero.
—Amén hermano —Dean aceptó el folleto.
—Sigue trabajando —dijo Sam.
—Lo haré —dijo el hombre, sorprendido.
...
Dean y Percy caminaban lentamente por el pasillo cuando sonó el teléfono de Dean.
—¿Qué encontraste? —preguntó Dean, inclinándose para que Percy también pudiera escuchar.
—Roy elige víctimas que él cree… inmorales —el ceño fruncido de Sam era claro en su voz, y Percy sabía que tenía algo que ver con la sexualidad—. Y creo saber quién es el siguiente. ¿Recuerdas al inconforme?
—¿El del estacionamiento? —preguntó Percy.
—Sí. Voy a buscarlo. No dejen que Roy cure a nadie, ¿oyeron?
Dean colgó y se movió hacia el frente de la tienda, Percy lo siguió de cerca.
...
—Layla —dijo Roy desde el frente de la tienda—. Layla Rourke. Sube aquí hija —la multitud estalló en aplausos satisfechos. Layla miró a su alrededor, atónita, y luego abrazó a su madre.
—Oh, Dios —murmuró Dean, mientras Percy susurraba algunas maldiciones griegas.
Cuando Layla pasó juntos a ellos en el pasillo, Dean la agarró del brazo, —Layla, escúchame. No subas ahí.
—¿Por qué no? —exigió Layla—. ¡He esperado meses!
—No puedes dejar que te cure.
—No lo entiendo, Roy te curó a ti, ¿no? ¿Por qué no dejar que lo intente?
—Porque si lo haces algo malo va a pasar. No puedo explicarte. Tienes que creerme.
Se miraron el uno al otro durante un largo momento.
—Layla —dijo Sue Ann, con la mano extendida.
—Por favor —susurró Dean.
Layla miró de la mano extendida de Sue Ann y luego a su madre. Miró a Dean y negó con la cabeza.
—Lo lamento —dijo Layla.
—¡Layla, Layla!
Layla y Sue Ann subieron al escenario, la multitud seguía aplaudiendo, sin darse cuenta de lo que significaría salvar a Layla para otro hombre. Para otra vida.
...
Percy estaba sentado en su asiento, mirando como Roy estaba a punto de poner su mano sobre el hombro de Layla. Esperaba que el plan de Dean funcionara.
—¡FUEGO! ¡Corran, la tienda se incendia! —Dean gritó desde algún lugar en la parte trasera de la tienda. Todos comenzaron a levantarse y evacuar. Layla estaba de pie al frente, con los ojos muy abiertos.
—¡NO! —la señora Rourke se apresuró hacia el escenario—. No, por favor. Por favor, esperen, por favor. ¡Reverendo, por favor, por favor! ¡No se detenga, por favor!
Percy suspiró y se puso de pie, acercándose a Dean, que observaba todo esto con impotencia.
—Amigos, salgan de la tienda por favor de manera ordenada… averiguaremos que sucedió y volveremos aquí —dijo Roy, sonando preocupado.
Dean sacó su teléfono, colocándolo de manera que Percy pudiera escuchar de nuevo, luego dijo: —Lo hice, detuve a Roy.
—David, creo que él está bien —dijo Sam. Hubo un momento de silencio, luego un grito de David—. ¡Dean, no funcionó! ¡La muerte no se va!
...
—Te estoy diciendo que eso no debe haber funcionado —dijo Sam por teléfono, respirando con dificultad mientras intentaba ayudar a David—. Roy no es el que controla esta cosa.
—Entonces, ¿quién rayos es? —Dean siseó, pero su atención fue captada por Percy señalando a Sue Ann, que estaba de pie al lado del escenario y frente a una esquina, recitando—. Sue Ann —Dean corrió hacia ella, Percy se quedó atrás. No era necesario para esto. Dean agarró a Sue Ann y la hizo girar, y ella agarró algo alrededor de su cuello. Algo que Percy sabía que era esa cruz que en realidad nunca miró.
—¡Oficial! —Sue Ann gritó, metiéndose el collar debajo de la blusa mientras miraba a Dean—. ¡Ayúdeme!
Dean retrocedió, asintió y miró a Sue Ann como si no esperara nada mejor. Rápidamente, dos oficiales lo agarraron con dureza y se lo llevaron.
Lo sacaron a empujones de la salida, seguidos por Percy y Sue Ann. Dean se soltó del agarré de los oficiales una vez que salieron.
—Esto no lo entiendo —dijo Sue Ann—. Después de lo que hicimos por usted. Después de que Roy lo salvó. Estoy muy decepcionada, Dean —Dean no dijo nada, solo miraba fijamente. Se volvió hacia los oficiales—. Déjenlo ir. No presentare cargos. El Señor hará con él lo que… lo que crea mejor.
Los oficiales rodearon a Dean, y uno de ellos dijo: —Si lo vemos aquí otra vez, le infundiremos el temor a Dios, ¿entiendo?
—Sí señor, el temor a Dios —asintió Dean—. Entiendo —los oficiales le dieron un último empujón. Dean suspiró y se giró, solo para encontrar a alguien parado frente a él—. ¿Layla?
—¿Por qué hiciste eso Dean? —exigió Layla—. Pudo ser mi única oportunidad.
—Él no cura.
—Te curo a ti.
—Sé que no es justo, y desearía poder explicarte —dijo Dean—. Pero, Roy no es la solución, lo siento.
Layla negó con la cabeza con tristeza, —Adiós Dean —ella comenzó a alejarse, y Dean miró hacia el cielo, hacia una constelación que conocía bien. Sintió la mano de Percy deslizarse en la suya, y realmente esperaba que Sue Ann lo viera. Ella tendría un ataque. Layla se dio la vuelta justo cuando Dean bajaba la mirada, y no parecía importarle lo que hacían—. Te deseo suerte. En serio.
—Lo mismo a ti —dijo Dean, con la voz quebrada. Layla se giró para alejarse de nuevo, y Dean dijo algo en voz baja.
—Sesión privada esta noche, sin interrupciones —le dijo Roy a las Rourke mientras la pareja pasaba junto a Sam, que estaba esperando cerca de él—. Te doy mi palabra, sanaré a tu hija.
—Gracias reverendo. Dios lo bendiga.
...
Sam estaba sentado en su cama en la habitación del motel, —Entonces Roy realmente cree.
—No tiene idea de lo que hace su esposa —asintió Percy, agradecido de que la fiebre por las Parcas parecía haberse desvanecido en su mayoría.
—Yo encontré esto —Sam le entregó un libro a Dean, observándolo mostrárselo a Percy—. Escondido en sus libros. Es antiguo. Escrito por un cura renegado. Y hay un hechizo aquí para atrapar a la muerte.
—Debe ser un gran hechizo —dijo Dean.
—Sí. Tienes que construir un altar negro con cosas horribles. Huesos, sangre humana. Cruzar la línea así, la esposa. Magia negra. Perversión. Del mal.
—Desesperada —agregó Dean—. Su esposo moría, hizo lo que fuera para salvarlo. Estaba usando ese hechizo para evitar que la muerte se llevará a Roy.
—Engañó a la muerte, literalmente —murmuró Percy, frunciendo el ceño. Le recordaba a su búsqueda de Tánatos, en cierto modo.
—Pero, Roy está vivo, ¿para qué seguir usando el hechizo? —cuestionó Dean.
—Claro —asintió Sam, frunciendo el ceño—. Para que la muerte mate a quienes ella cree inmorales.
—Que Dios nos salve de las personas que creen que hacen el trabajo de Dios.
—Tenemos que romper ese hechizo, Dean.
Dean miró la imagen de la cruz en el libro (esta era la primera vez que Percy la veía), —Sue Ann tenía una cruz cóptica como esta. Y cuando la dejó, la muerte se apartó.
—¿Crees que debemos hallar la cruz o destruir el altar? —preguntó Sam.
—Tal vez todo. Lo que sea, debe ser pronto, Roy curará a Layla esta noche.
...
El impala entró sin luces en el estacionamiento de la carpa de la iglesia y luego se detuvo.
—Es el auto de Layla —dijo Sam—. Ya está aquí.
—Sí —Dean asintió con tristeza.
—Dean…
—Si Roy hubiera elegido a Layla y no a mí, ella estaría sana ahora. Y si no se cura hoy, ella morirá en un par de meses.
—Lo que le está pasando es horrible. Pero, ¿qué vas a hacer? ¿Dejar que alguien muera para salvarla? Tú ya lo dijiste Dean, no puedes jugar a ser Dios.
Dean se sentó sin hablar por un largo momento, luego salió del auto. Sam y Percy lo siguieron. Se acercaron a la tienda y miraron dentro. Roy le estaba hablando a un pequeño grupo de fieles, que incluía a Layla y su madre.
—Todos en rueda, por favor, todos en rueda —dijo Roy—. Vengan aquí, vengan.
—¿Dónde está Sue Ann? —preguntó Percy.
—En la casa —dijo Sam, y se dirigieron hacia el edificio.
—Busca a Sue Ann —le dijo Dean a Sam—, te alcanzaremos.
—¿Qué van a…? —Sam fue empujado por Dean.
—¡Oigan! —Dean vio a los dos oficiales bajando las escaleras de la casa—. ¿Pondrán el temor de Dios en mí?
Los oficiales dejaron caer sus cafés y corrieron hacia Dean, quien salió disparado, arrastrando a Percy detrás de él.
...
Dean se deslizó en silencio al lado de una caravana con Percy pisándole los talones. Los oficiales estaban al otro lado de la caravana con linternas.
—¿Lo ves? —preguntó el oficial uno.
—No —dijo el oficial dos.
Dean se levantó lentamente junto a la ventana del pasajero, mirando detrás de él y de Percy en busca de cualquier señal de que los oficiales se acercaran. Un perro grande saltó a la ventana de repente, ladrando salvajemente. Dean retrocedió. Los oficiales estuvieron a punto de pasar sus linternas por debajo de la camioneta, pero en cambio apuntaron al perro que aún ladraba.
—Perro loco —murmuró el oficial uno. Siguieron adelante. Dean y Percy habían trepado hasta el techo, y Dean se asomó por el borde, observándolos alejarse. Él suspiro de alivio.
...
Se dirigían hacia la tienda cuando se apagaron algunas luces. Se detuvieron, miraron hacia atrás y vieron cómo se apagaba la línea de luces que iluminaba el camino. Dean miró hacia adelante, y Percy vio que los ojos de su novio se centraron en algo que no podía ver.
La muerte estaba detrás de su novio.
...
Percy observó con terror cómo Dean convulsionaba. Sostuvo a su novio mientras se arrodillaba, llorando mientras los ojos de Dean se nublaban.
—Vete —murmuró Percy—. Apuesto a que eres mucho más feo que Tánatos —las burlas no funcionaron.
Unos largos y aterradores momentos después, Dean suspiró contra Percy, jadeando mientras sus ojos volvían a enfocarse.
—Gracias a Dios —susurró Percy, abrazando a Dean con fuerza—. Gracias a Dios.
...
Llegaron al impala justo cuando Sam se acercaba, Percy sostenía la mano de Dean con fuerza.
—¿Estás bien? —Sam cuestionó una vez que llegó allí, mirando a Dean.
Dean asintió con la cabeza, —Muy débil.
—Sí… Pues suban, vámonos —subieron al auto, Percy tomó el asiento del pasajero, todavía agarrado con fuerza la mano de Dean.
...
Dean estaba sentado en la cama, mirando a la nada. Percy estaba a su lado, con la cabeza apoyada en el hombro de su novio y sus ojos estaban cerrados.
—¿Qué tienes? —Sam cuestionó, mirando a su hermano.
—Nada —dijo Dean.
—¿Qué tienes? —Sam preguntó más suavemente después de unos segundos.
—Hicimos lo correcto hoy, ¿verdad? —Dean preguntó en voz baja.
—Por supuesto que sí.
—No lo siento así —Dean bajó la cabeza.
Llamaron a la puerta.
—Yo abro —dijo Sam. Él abrió la puerta. Era Layla—. Hola, Layla —dijo Sam—. Adelante.
—Hola —dijo Layla. Entró y Dean se levantó rápidamente—. Sam… llamó —dijo Layla, mirando a Dean—. Dijo que… querías despedirte.
—Voy por… una soda —dijo Sam, de pie tímidamente en la puerta.
—Yo también —dijo Percy rápidamente, y los dos salieron, cerrando la puerta detrás de ellos.
Después de un momento de silencio, Percy dijo: —Estuvo bien lo que hiciste. Llamar a Layla.
Sam asintió, —Sí —hizo una mueca de repente y se detuvieron frente a la máquina expendedora—. ¿Puedo preguntarte algo? Bueno, ¿varias cosas?
Percy asintió, —Sí, adelante.
—¿La gente… la gente los trata como inmorales a menudo? —Sam preguntó en voz baja—. ¿Qué… qué les hacen?
Percy inclinó la cabeza. —Sí, algunas personas son bastantes groseras. En su mayoría son malas miradas y burlas. Algunas palabras malas, entre algunas otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
—Espero que nunca tengas que presenciar las otras cosas —dijo Percy en voz baja, contando su cambio. Mientras ponía las monedas en la máquina expendedora, miró a Sam—. No todos los cristianos son malos, Sam. Eso lo sabemos. No tienes que parecer tan culpable.
Sam se sonrojó y dijo: —Simplemente no entiendo cómo las personas que hacen el trabajo de Dios los consideran inmorales. No son inmorales.
—Lo sé —Percy se rió—. Pero la Biblia dice que es malo. Por supuesto, sé que la Biblia está llena de errores de traducción, errores tipográficos, etcétera. Pero eso… no estoy seguro de si estaba destinado a incluirse o no —frunció el ceño ligeramente—. Las personas malas con un Dios bueno no son buenas personas. Por eso Dean no cree en Dios, Sam. La Biblia dice que los que creen en Dios van al cielo, pero muchas personas que creen no se lo merecen, y muchos que no creen si se lo merecen. Si no fuera un semidiós, si no entendiera cómo funciona todo… creo que tampoco creería —miró a Sam con una sonrisa, agarrando su Coca Cola—. Pero, no importa. Siempre tengo mis propios dioses, de todos modos.
