~°~°~ Capítulo XXVII: El Anahata ~°~°~
"Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, porque tiene miedo al fracaso. Le da vergüenza entregarse a otra persona y más aún rendirse a ella porque teme que descubra su secreto... el más triste secreto de cada ser humano: que necesita mucha ternura, que no puede vivir sin amor. Creo que ésa es la verdad. O al menos eso he creído durante mucho tiempo, aunque ya no lo afirmo tan categóricamente porque estoy envejeciendo y me siento fracasado. ¿Qué en qué he fracasado? Te lo estoy diciendo, en eso, precisamente en eso. No fui lo bastante valiente para la mujer que me amaba, no supe aceptar su cariño, me daba vergüenza, incluso la despreciaba un poco por ser diferente de mí, una burguesita de gustos y ritmos vitales distintos de los míos; y además temía por mí, por mi orgullo, temía entregarme al noble y complejo chantaje con el que se me exigía el don del amor. En aquellos tiempos no sabía lo que sé hoy... que no hay nada de lo que avergonzarse en la vida excepto de la cobardía, que hace que uno no sea capaz de dar sentimientos o no se atreva a aceptarlos."*
Suspiró. El significado de ese fragmento de Sándor Márai le mermaba cada centímetro de su ser. Desde hacía tiempo se había desligado de cualquier red social, y se refugiaba en aquello más cotidiano, más palpable: sus libros. No se detuvo en consumir más alcohol del que ya bebía e iniciar con el vicio del tabaco, haciendo que la nicotina se apodere poco a poco de sus sentidos, con la creencia de calmar su ansiedad y estrés –algo totalmente lejos de la realidad.
Sentado en un simple banco de madera, admiraba la hermosa acrópolis de Atenas, aquella que lo acogió en una época de incertidumbre y rebeldía contra lo impuesto por su padre, y que terminó disfrutando, amando. Se convirtió en su hogar. Ahora, aquel apartamento que lo había alojado por casi 9 años, parecía el doble de su tamaño debido a la ausencia de la mayoría de muebles y objetos. El silencio se interrumpió por la tonada de "Flying to the moon" que emitía su celular. Sonrió melancólico; recordar cuando dedicó aquella canción a todo pulmón, le hacía trizas su corazón.
—¡Cariño! ¿Cómo estás? ¿Qué tal la fiesta de despedida? —saludó el interlocutor cuando respondió el teléfono celular.
—Valentine... —lo nombró apenas en un susurro, ebrio. —Todo bien, bien. Ya en casa, listo para dormir —esas habían sido sus intenciones desde que ingresó, hace más o menos una hora, encontrándose con el enemigo número uno de la humanidad: el insomnio.
—Me da gusto escuchar que te lo pasaste bien.
Radamanthys se limitó a escuchar las anécdotas e historias a futuro que el individuo, que lo mantenía a flote, contaba con entusiasmo.
—Ya no te quito más tu tiempo de sueño, descansa lo suficiente. Ya tendremos todo el tiempo del mundo cuando vengas. Te juro que no aguanto las ganas de tenerte aquí, conmigo.
Reflexionó, chupó su cigarro, y luego de exhalar sonoramente, se despidió.
—Yo tampoco puedo esperar.
Decidió que ya no podía seguir hundiéndose en su miseria, y aceptar lo que la vida le ofrecía, a quien había estado ahí para él, en diferentes momentos de su vida. El sentimiento no era recíproco, pero, podía aprender a amarlo, ¿verdad? Se convenció de ello cuando terminó con los últimos dos cigarrillos que le quedaban. Al fin, el cansancio físico y mental lo venció; quedó tendido sobre su cama.
Había aprendido a controlar su respiración. La posición, y el peso de su cuerpo sobre sus piernas ya no le afectaba, la postura de su espalda, recta como si estuviera sostenida por una vara de bambú. Se dejó guiar.
En aquella travesía, por toda su columna vertebral, solamente le hacía falta liberar el Anahata, el Chakra del amor incondicional.
No se percató del momento en que dejó de escuchar la voz de Shaka que lo guiaba con el mantra. Por primera vez en todos los ejercicios de meditación, se vio únicamente a él mismo en la antigua ciudad de Atenas, recorriendo lentamente las calles inusualmente vacías. Las columnas, los templos, el cálido sol... Se sentía parte de alguna pintura de Apeles. La repentina ráfaga le alborotó violentamente sus cabellos sueltos, así como el quitón corto que llevaba, apenas por arriba de las rodillas.
Tosió, escupiendo algunas de las hojas secas que se le colaron por la boca, mientras se arreglaba la melena azulada para colocarla nuevamente sobre su espalda, y limpiarla de más hojarasca. En la fuente del centro de la plaza, observó que el viento había dejado algo, mejor dicho, a alguien. Sintió sed, pero su curiosidad era aún mayor. Se acercó para percatarse que era la sombra de una mujer, sentada sobre esa fuente decorativa. Con paso lento, y disimuladamente, quiso rodear aquella estructura para poder ver el rostro de la única persona que se encontraba con él.
Fue inútil. Cada paso que daba, parecía como si retrocediera. Caminó más rápido, pero no podía ver el frente de aquella sombra. ¿Qué ocurría? Comenzó a desesperarse.
—¿Kanon? —el llamado lo sobresaltó, haciendo exclamar un pequeño grito, y voltear de inmediato.
—Yo, ella... —cuando volteó a ver donde estaba la sombra, ya no había nada. —¿Qué es esto? ¿Y quién eres tú?
Otra figura apareció, no, era la misma, pero esta vez se asomaba por donde salía el sol, haciendo difícil poder verla con claridad. Era una mujer, con su piel de aceituna, con un quitón aguamarina sostenido por una fíbula dorada con forma de ave. Sobre su hombro, se recargaba una larga cabellera de un color tan negro que con el brillo del sol se miraba azulado, como los clarineros. Sus ojos, color mar, eran preciosos, podía perderse en ellos.
Kanon no daba crédito a lo que veía, quien se le acercaba con pasos lentos y firmes.
—Mamá... —reconoció, sorprendido, casi en un suspiro.
—Hijo mío —extendió sus brazos para recibir al griego, quien corrió hacia ellos sin pensarlo.
Aquel abrazo lo llenó de regocijo, y de una calidez que lo nutría desde sus entrañas. Se separó de ella, sosteniéndole las manos, percatándose que ahora era más alto que ella y que debía bajar la vista para verla. Apreció su rostro, no podía creer que la estaba viendo, que podía ver los ojos que hacía tiempo había olvidado.
—Mi dragón marino... —le sostuvo su rostro con sus manos. —Te has convertido en todo un hombre. Estoy tan orgullosa.
—Pero... te olvidé... —mencionó con reproche. —Olvidé tu rostro y cada recuerdo tuyo... lo enterré muy dentro —recalcó frunciendo su rostro. —Y ni siquiera fue por el accidente. Perdóname, por favor, perdóname por olvidar.
—Amor, no tengo nada que perdonar – lo abrazó por la cabeza, y depositó algunos besos en ella. —Solo tú puedes hacerlo, yo no te recrimino nada. Eras un niño muy pequeño y yo tuve que irme muy rápido.
—Pero mi reacción no fue la adecuada. No sabía qué hacer.
—Ven acá —le dijo sentándose a la orilla de la fuente, jugueteando con el agua. —Si miras a un perro y le das de comer, instintivamente se te acercará. Pero si lo golpeas, ya no confiará en ti, porque recordará ese evento doloroso y actuará con base a ello. Puede tener mucha hambre, pero el dolor no es agradable. Puede que el perro gruña y te intente atacar, o puede que sea sumiso y escape.
—A nadie le gusta ese dolor, pero puedes repetirlo, o también puedes huir... o provocar más daño.
—Aunque hay situaciones de las cuales no puedes escapar. Es como, si en una tormenta eléctrica, uno de los rayos destruye tu casa... Lo perdiste todo, tienes que empezar desde cero. ¿Qué haces ante ello? Es algo totalmente inesperado, y buscar culpables es absurdo, no ayuda en nada.
—Entiendo, nadie tiene poder sobre las situaciones, o sobre lo que los otros harán, pero si tengo control sobre cómo reaccionar.
—Si, y solo tú tienes el control sobre qué hacer. Pero también hay que aprenderlo. Si puedes darte cuenta de tu reactividad, puedes responder a ella más fácilmente, y no solo repetir las reacciones.
—Cuando te perdí, bloqueé todo de tí, de la persona que más amaba. Y creo que lo mismo hice con Radamanthys. La vida da golpes, y no se puede escapar de eso.
—Pero esos momentos te transforman. Y si no lo hace, se vuelve a repetir, hasta que cambie algo. Somos parte del todo, y todo se transforma todo el tiempo. La vida es dinámica.
—Pero, ¿por qué debe ser así? Tu partida fue muy difícil... Mi corazón se rompió y no sabía qué hacer con ello... ¿Qué se hace ante esa transformación? ¿Cuándo tu corazón se hace trizas?
—Llorar... porque así es el amor, el amor verdadero se transforma en dolor cuando amas de verdad.
Kanon abrazó a su mamá y lloró. En ese momento, su cuerpo se hizo muy chiquito, regresó a ser niño, para llorar la vida que había abandonado a su madre, dejando una herida abierta en el interior del infante, una que estaba sanando. La mujer lo cargó, con ternura, y caminó sobre los jardines llenos de flores con aromas agradables.
—Pocos se dan cuenta, que esto llamado amor es lo que nos sostiene, nos mantiene vivos. Y este amor no va a ningún lado. Pude abandonar mi plano existencial físico, pero el amor por ti y tu hermano nunca se fue, y no se irá. Nunca —Lo dejó sentado sobre una enorme flor de loto, con sus pétalos rebosando en color fucsia.
—Mamá... Te amo... —dijo con su voz de niño.
—Y yo te amo a ti, Kanon. Esto también se transforma, déjate amar —le levantó el flequillo de la frente y depositó un tierno beso, antes de que otra corriente de aire se la llevara en forma de hojarasca.
Se permitió llorar más. Regresó a su forma adulta, continuaba sobre la flor de loto.
Recobró el sentido de su realidad física, en la postura de padmasana, rodeado de los jardines de jazmín, con Shaka frente suyo. De sus ojos corrían lágrimas fluidas y sus pulmones se llenaron del aire aromático que golpeó en su rostro. Los últimos rayos del atardecer se divisaban en tonalidades cálidas, y la presión en su pecho ya no existía.
Se limpió las lágrimas y se dejó caer de espaldas, riendo como un pequeño en un parque de juegos, totalmente libre, sin presiones, sin bloqueos.
"La energía del amor de tu madre hacia ti y tu hermano fluye a su alrededor, renaciendo en la forma de un nuevo amor." Rememoró lo que Shaka le había mencionado anteriormente.
Reaccionó, ahora lo entendía. Se sentía ligero, pero todavía quedaba una espina que debía quitar. Ahora que él sabía lo que quería, precisaba tener una respuesta clara. Necesitaba verlo y enfrentarlo con las herramientas con las que contaba ahora.
Se disculpó con Shaka por la inesperada decisión de irse en ese mismo momento. Él lo entendió. Kanon se despidió y agradeció al Lama y a todas las personas con las que compartió, prometiendo llegar a visitarlos. Arregló sus cosas en un tiempo récord, percatándose que la oscuridad de la noche ya inundaba el cielo y que pronto no habrían buses que lo llevaran a su objetivo: el departamento del inglés.
Llegó corriendo a la estación, justo a tiempo para tomar el último autobús. Al llegar a la ciudad, se armó de valor para continuar con su plan. Sin embargo, el tránsito de la ruta le tomaría mucho tiempo. Su ansiedad: era domingo por la noche; desconocía la hora de partida de Radamanthys; no tenía manera de comunicarse con nadie, ya que su teléfono no tenía la batería cargada. No tenía otra opción, más que volver a correr. hasta que sintió que sus piernas le quemaban.
Se sostuvo en el barandal de las gradas del pequeño edificio de tres niveles. Debía subir al segundo y caminar hacia el fondo a la derecha, donde se encontraba su objetivo: la puerta con el número "8". Jadeó con apremio, enjugándose el sudor de su frente con su camisa. Media vez recuperó el aliento con su garganta seca, subió las gradas de dos en dos, urgido.
No podía saber si había alguien dentro de aquel lugar, las ventanas daban hacia el otro lado y por la puerta nunca se podía evidenciar el reflejo de alguna luz en el interior. Agitado, con el corazón palpitando a velocidades peligrosas, se atrevió a tocar con sus nudillos. Una vez fue quedo, y dubitativo, la segunda fue con más firmeza.
Silencio.
El tiempo de espera le ayudó a recuperar la respiración, a regular su circulación sanguínea por la carrera que acababa de realizar. Tragaba saliva, entre nervioso y sediento. La adrenalina no le había dejado recordar que no había comido más que el desayuno de ese día, ahora, con la expectativa, sentía que su estómago se estrujaba, por los nervios.
Tocó una tercera, una cuarta vez.
Se sorprendió cuando la vecina de al lado abrió su puerta de golpe, y al verificar que no la buscaban a ella, volvió a cerrar con todo y cerrojo. El llamado había sido lo suficientemente audible.
Fijó su mirada en sus zapatos deportivos. Había perdido LA oportunidad. El hombre al que buscaba, ya no estaba. Solo se escuchaba la llovizna que iniciaba, anunciando la próxima lluvia, oscureciendo el pavimento y mojando las hojas de los árboles.
Como si de un milagro de voluntad se tratase, escuchó el sonido metálico de la perilla, a la vez que ésta se movía. La puerta se abrió.
Se llenó los pulmones de aire, armándose de valor para levantar el rostro y darse cuenta de la realidad.
~°~°~°~ Continuará ~°~°~°~
*Fragmento de "La Mujer Justa", del autor Sándor Márai.
Ah! Llevaba tiempo de querer profundizar un poco más con Kanon. Nos guste o no, la conexión que tenemos con la madre es bastante fuerte, y (como diría Rasputia) "quieras o no", esa relación nos marca en varios momentos de la vida.
Y pues bueno, a ver... ¿Quién abrió esa puerta?
