Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Lily Jill, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: This story is not mine, it belongs to Lily Jill. I'm just translating with her permission. Thank you, Jill, for letting me share another one of your stories! ❤️


Capítulo 4

Bella

Cuando la campana suena al final del día el miércoles de la semana siguiente, tomo mis libros y me dirijo hacia mi casillero sin ninguna preocupación. Una energía excitante llena el aire a mi alrededor, todos felices de haber sobrevivido a otro día de clases y emocionados de cruzar las puertas hacia la libertad.

No puedo recordar la última vez que sentí anhelo por algo.

En vez de correr hacia las puertas, suspiro y busco los libros que necesitaré para la tarea de esta noche, intercambiándolos por los que tengo en la mano. Metiéndolos en mi mochila, cierro mi casillero con un golpe y cuelgo la mochila sobre mi hombro, con rumbo a la salida con una sensación de inquietud, a diferencia de la euforia de mis compañeros de clase.

Es aún otra diferencia que me separa del resto de ellos, y no me molesta llegados a este punto. Cuando bajo los escalones hacia la acera, hago algo que amplifica lo diferente que soy a todos los demás.

Giro a la izquierda en vez de a la derecha, lejos del aparcamiento de estudiantes y hacia el corazón del pueblo. Mientras todos los demás habían estado contando los días para obtener sus licencias para conducir, yo había seguido con mi vida y dejado pasar ese hito.

Prefería caminar y supuse que conseguiría mi licencia cuando fuera necesario.

Incluso ahora, mientras camino lejos de la escuela con una mochila pesada colgada de mis hombros, no me molesta caminar.

Como siempre, estoy sola.

Es lo mejor, al menos para hoy de todos modos. Hoy es mi primer día de tutorías en el programa extracurricular en el pueblo, y como las crujientes hojas de otoño bajo mis pies en la acera, mis pensamientos están dispersos. Probablemente no sea la mejor compañía de todas formas.

¿Quiero ceder mi tiempo y pasarlo con niños hiperactivos y molestos después de la escuela?

No.

¿Tengo algo mejor que hacer?

También no.

—Te sacará de la casa —Esme había sugerido la otra noche en la cafetería cuando le había contado sobre la sugerencia del Sr. Clearwater sobre el Club de Niños y Niñas—. Puede que te termine gustando.

Había pasado los últimos días dejando que sus palabras se absorbieran como si pudieran convencerme de tratar de disfrutar mi tiempo aquí. Ella tenía razón—me mantendría fuera de la casa varias noches de la semana, y probablemente esté en casa cuando Liam o mamá están en casa, de todos modos.

No que ellos lo fueran a notar.

Esme Cullen es la única persona que notaría mi ausencia si siquiera puedo llamarlo así. No había comenzado con la intención de ir a la cafetería todos los días, pero después de mi primera visita con Esme meses atrás, terminé regresando para más que helados con salsa caliente.

No me sorprende que Edward sea como es.

La actitud cálida, positiva y alentadora de Esme hacia la vida es infecciosa, se le debe haber pegado a Edward. Lo veo ahora con cada momento que paso con ella en la cafetería. Lo veo en la manera que él actúa en la escuela; precavido con sus amigos mientras ellos actúan como tontos, y educado con la autoridad cuando es dirigido por profesores y administradores.

Él es diferente a las otras personas.

Como yo.

Y no puedo evitar admitir que acepté este trabajo extracurricular no porque se vería bien en las solicitudes para la universidad sino porque había una posibilidad de que involuntariamente pase tiempo con Edward Cullen.

No estoy segura qué dice eso de mí, pero es todo en lo que puedo pensar de camino al pueblo y hacia el programa ubicado en un espacio de oficinas recientemente renovado en la esquina. Hay un pequeño patio al costado y detrás del edificio, y por los dibujos hechos con tiza en la acera a su alrededor, asumo que he encontrado el lugar correcto.

Ajustando el peso de la mochila sobre mis hombros, inhalo profundo y obligo a mis pies a moverse hacia la entrada, esperando que haya tomado una buena decisión al venir aquí.

Todo lo que necesito es poner un pie adentro, y conozco mi respuesta.

Edward es el primer rostro que veo cuando entro, y asiente en saludo en mi dirección a través de la puerta de cristal abierta de una oficina. La mujer con la que se encuentra me ve también y me señala que me una a ellos. Con piernas temblorosas, entro a la oficina y saludo a la directora del programa, Irina Denali, y antes de darme cuenta, me tienden manuales para el personal, mapas del lugar y el programa a seguir cada día.

Los papeles se agitan en el ajetreo que aparentemente es Irina, las manos de Edward rápidamente capta una hoja que cae de su escritorio al suelo, y capto su mirada cuando lo atrapa en sus dedos. Contengo mi risita ante la expresión abrumada en su rostro, contenta de que no sea la única luchando para seguir la intensidad de Irina. Él sonríe y ríe de como ella no ha notado su movimiento en su emoción por que comencemos, nuestras miradas intercambiando palabras de comprensión.

¿En qué nos metimos?

¿Quizás será divertido?

Estoy contento de conocer al menos una persona aquí.

—Bien, después que los niños comen su aperitivo, usualmente nos dividimos en grupos para ayudar con la tarea —anuncia Irina, llevando sus codos hacia adelante sobre su escritorio desordenado—. Inglés y matemática son dos de nuestras asignaturas más pesadas, así que estamos buscando añadir otro tutor para cada uno de esos grupos. ¿Alguna preferencia? —Ella mira entre nosotros dos.

—Edward puede encargarse de inglés —ofrezco, mirándolo con cuidado—. Él tiene las calificaciones más altas en esa asignatura.

—¿Acaso todos saben eso? —Se ríe, un suave rosa cubriendo sus mejillas ante mi comentario.

—Prácticamente —respondo. Miro de nuevo a Irina—. Puedo encargarme de matemática.

—Funciona para mí —concluye Irina, poniéndose de pie—. Después de eso, a algunos les gusta ir afuera, si el clima lo permite, y a algunos les gusta permanecer en sus mesas y simplemente charlar o hacer manualidades u otras cosas divertidas. ¿Listos para un tour?

Asentimos, e Irina me dice que deje mis cosas donde están mientras caminamos alrededor de las instalaciones. Es pequeño, considerando el número de niños registrados para el programa, pero parece que funciona para todos aquí. Está vacío ahora, ya que la primaria no sale tan temprano como la secundaria, dándonos a Edward y a mí, y los demás voluntarios, tiempo para llegar aquí y preparar todo antes que los niños lleguen. Edward y yo observamos como dos personas sacan aperitivos y bebidas de las cajas en el armario y los acomodan a lo largo de las mesas para los niños una vez que lleguen aquí.

Todo parece lo suficientemente fácil, y cuando los niños comienzan a llegar media hora más tarde, pienso que no será tan malo.

Especialmente si quiere decir que estaré aquí con Edward tres días a la semana.

Decidimos nuestros horarios en la oficina de Irina antes de irnos tres horas más tarde, acordando venir los días que no interfieran con el entrenamiento de Edward. A pesar del perpetuo estado de frenesí que parece seguir a Irina donde sea que vaya, parece ser una increíble directora para la cual trabajar, y nos tiende a Edward y a mí una hoja de papel verde con su firma junto a la fecha.

—No se olviden de estos —dice mientras giramos para irnos—. Necesitarán prueba de sus horas de voluntariado.

Tomamos los papeles y nos despedimos, dirigiéndonos hacia la puerta con un saludo con la mano. Hace más frío que cuando llegamos temprano, el frío de noviembre en el aire sopla mi cabello sobre mi rostro mientras envuelvo mis brazos alrededor de mi pecho en busca de calor y Edward mete sus manos en los bolsillos de su chaqueta.

—No parece ser tan malo —digo débilmente, girando mi pie sobre la acera, así estoy frente a él.

Él asiente.

—De hecho, no. Estaba imaginando niños chillando y un caos en general. Parece bastante tranquilo en realidad.

—Siempre podemos renunciar una vez que nuestras solicitudes estén terminadas —sugiero.

Edward se encoge de hombros, pateando una hoja marrón y crujiente en la acera.

—Sí, quizás. Mientras que no se entrometa con el básquet, creo que esto puede funcionar.

—Ella parece bastante flexible —respondo—. Dudo que sea un problema.

—Dudo que Irina incluso note si estuviera allí o no —Edward ríe—. ¿Viste la pila de papeles en su escritorio? Apenas puede ver sobre ella.

—No podría imaginar dejar que las cosas simplemente... se acumulen así.

—¿Qué, así no es cómo haces tu tarea de la escuela? —Edward suelta una risita, bajando la mirada a sus zapatillas en la acera.

—Por supuesto que no —bufo, fingiendo estar molesta de que él pudiera pensar que trabajaría en tal desastre.

—Puedo imaginarlo. —Se ríe—. Todos los objetos perpendiculares sobre tu escritorio en casa. —Mueve sus manos, así se unen en un rincón perfecto.

—Mira. Si no es el ángulo perfecto, es un ángulo erróneo. —Intento ser seria, pero se me escapa una sonrisa, y él la devuelve con una de las suyas en mi dirección. Las farolas sobre nuestras cabezas nos cubren de un color amarillo gastado pero no hace nada para esconder lo naturalmente apuesto que él es. Ojos verdes del color de la Ciudad de las Esmeraldas, piel perfecta, nariz pequeña, mandíbula filosa. Labios que me hacen pensar en cosas sobre las que solo he leído. Y debajo del cabello salvaje y cobrizo en su cabeza, hay una mente tan brillante como él luce. Suspirando, sacudo la cabeza y miro de vuelta al suelo mientras comenzamos a caminar juntos—. Haces que parezca fácil.

—¿Hacer que parezca qué fácil? —pregunta, sus manos aún en la profundidad de los bolsillos de su chaqueta. Exhala el aire de su boca solo para verlo flotar frente a su rostro.

—Estudiar. Tus calificaciones —respondo—. Apuesto a que escribes y entregas tus tareas mediante la aplicación de Google en tu teléfono.

—De hecho, no —contesta, riéndose por un momento antes de ponerse serio—. A menudo comienzo a leer el día que se nos asigna y solo, no lo sé, analizo minuciosamente cada capítulo uno a la vez.

Contemplo sus palabras.

—¿En serio? Mmm.

Edward Cullen, popular en la escuela pero aún un misterio para todos de muchas maneras, ha divulgado una parte de sí mismo a quien no puedo evitar pensar en nadie más que a mí. Me ha compartido algo pequeño, casi trivial, pero es algo que lo hace a él, él.

Es una capa de sí mismo que nunca revela.

Deseo tener algo más qué decir sobre su revelación, pero me he quedado sin palabras. No es mucho lo que él me dijo; estoy más asombrada que me lo haya contado a mí. Puedo decir por la manera que su ceño se frunce que él está preguntándose si ha compartido de más.

—Tiendo a pensar demasiado las cosas. —Está anunciando un hecho—. Siempre lo he hecho.

Asiento, envolviendo mis brazos más firmemente alrededor de mi pecho mientras caminamos.

—Así que, ¿comenzar las cosas con anticipación te da tiempo de regresar y arreglar los errores o algo?

Se encoge de hombros.

—Sí, supongo. Cuando la unidad está terminada, la conozco más de lo que me conozco a mí mismo. —Edward se ríe por la nariz.

—Supongo que eso explica por qué eres el más inteligente de la clase.

—No diría que soy el más inteligente —corrige Edward—. Son solo calificaciones. Tú podrías ganarme en un debate cualquier día de la semana.

—Podría ganarle a cualquiera —le recuerdo.

—Eso lo puedo ver —concuerda Edward, bajando el ritmo una vez que nos acercamos a su coche estacionado en la calle—. Aquí estoy yo.

—Está bien —digo, asintiendo mientras volteo a mirarlo, aún caminando hacia atrás—. ¿Estarás aquí el viernes?

—Sí, tenemos un partido después de la escuela mañana.

—Okey. Nos vemos. —Saludo con la mano y me doy la vuelta, ajustando la mochila sobre mi hombro cuando él me llama mientras continúo caminando.

—¿En serio vas a caminar a casa?

Giro sobre mis pies y lo fulmino con la mirada suavemente.

—Todos saben que no conduzco —anuncio.

—Sí, lo sé, pero asumí que alguien te recogería para llevarte a casa.

Inhalo profundo, asimilándolo en mis pulmones antes de exhalar todas mis frustraciones.

—Bueno, sabes lo que dicen sobre asumir.

—Supongo que sí —responde Edward—. ¿Quieres que te lleve?

Normalmente, diría que no. Mi casa no está tan lejos; puedo verla desde lo lejos, sentada sobre una colina solitaria, apagada excepto por la luz del porche que había dejado encendida esta mañana antes de salir hacia la escuela.

Vacía y llamándome.

Justo entonces, mechones sueltos de cabello de mi trenza soplan sobre mi rostro cuando la ráfaga de viento se acelera.

Suspirando, no puedo evitar pensar en lo bueno que sería estar en un coche cálido en vez de estar atrapada en el frío otoño de noviembre.

—¿No te molesta?

Edward sacude la cabeza.

—Para nada.

Asintiendo, regreso hacia su coche con mi ceño fruncido de la misma manera que el de Edward estuvo cuando reveló cómo él, el chico más inteligente y modesto en la escuela, se aboca de lleno a sus lecturas. Parece que ninguno de nosotros estaba preparado para compartir partes de nosotros mismo con nadie esta noche, pero no obstante, ambos lo hicimos.

Incluso si él tuviera sus suposiciones, sabe que mi caminata nocturna no es preocupación ni de mi madre ni de mi hermano.

Es desconcertante pero también reconfortante compartir esta parte de mí misma con Edward.

—Gracias —mascullo, observando mis dedos una vez que cierro la puerta y él gira la llave para encender el coche. Ajusta la calefacción, mi cuerpo inmediatamente ansiando el calor de sus asientos y un descanso del viento.

—No es nada, Bella —responde, saliendo hacia la calle principal del pueblo. No está vacía ya que solo es pasada las seis de la tarde, así que él sigue al tráfico mientras encuentra algo para que escuchemos de camino a mi casa.

—No tienes que hacerlo cada vez que trabajemos juntos —digo mientras giramos en mi calle. Siento su coche comenzar a subir la colina hacia mi casa. No quiero que él se sienta obligado a llevarme a casa—. No siempre está así de ventoso.

Edward se ríe y sacude la cabeza, la sonrisa en mi rostro recordándome por qué siempre he tenido una debilidad por él estos años.

—Mira, estamos aquí, y solo nos llevó tres minutos. Literalmente está de camino a mi casa.

—No sabía si ibas a ir directo a casa. Quizás tenías básquet o que recoger a tu mamá o algo.

—No esta noche —responde. Detiene el coche cuando estamos en la entrada de mi casa—. ¿Usualmente caminas de aquí a la cafetería?

—No está lejos. —Me encojo de hombros casualmente—. Y tu mamá y los helados valen la pena.

Edward asiente en acuerdo antes de preguntar:

—¿La ves mucho? ¿A mi mamá?

—Varias noches a la semana si terminé mi tarea —le digo.

—¿Y a tu mamá no le molesta? ¿Que salgas y camines a casa en la oscuridad?

Me detengo por un minuto, preparándome para darle otro fragmento de mi vida que no estoy particularmente ansiosa por compartir con nadie.

—No. Ella no está en casa lo suficientemente a menudo para tener una opinión de todos modos.

—Oh.

Asintiendo, me estiro para tomar mi mochila y vuelvo a mirarlo en la luz de la luna que baila en mi entrada.

—Bueno, será mejor que me vaya. Tengo que asegurarme que todos los ángulos en mi escritorio estén exactamente dónde los dejé —bromeo, posando una mano sobre la manija—. Gracias por traerme.

—Cuando quieras. —Asiente. Sus ojos captando los míos cuando estoy a punto de bajar—. ¿Te veré el viernes?

Y por primera vez, tengo algo en común con todos los otros niños de secundaria de mi edad alrededor del mundo. A diferencia de esta tarde después de la escuela, cuando no tenía nada que anhelar en mi vida, de repente estoy contando las horas para regresar el Club de Niños y Niñas.

Bajando del coche, tomo mi mochila y la lanzo sobre mi hombro antes de mirar a Edward.

No puedo contener la pequeña sonrisa que aparece en mi rostro. Sé que él la ve porque, en efecto, veo una similar adornando su rostro también.

—Sí. Te veré el viernes, Edward.