Disclaimer: los personajes de Twilight son de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Rochelle Allison. Yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Rochelle Allison. I'm only translating with her permission.


Capítulo 32

Columpio de Llanta

Los árboles detrás de nuestra nueva casa son altos, sus troncos gruesos y sus ramas largas, perfectos para trepar. Cuando me acuesto bajo ellos y miro arriba, son hojas y más hojas, puramente verdes e increíbles con su rebeldía, pedazos del cielo azul entre ellas.

Edward instala un columpio de llanta antes que los niños regresen a casa por el receso de primavera. Ellos pasan horas afuera en el frío húmedo, entrando solo cuando están hambrientos, sudados y exhaustos.

Abandonar la casa que compartí con Jacob fue más fácil y difícil de lo que había anticipado.

Al vaciarla de todas nuestras posesiones, veo que él se encuentra en todas partes: en el deck que nunca reparó, la manta que su hermana hizo para nosotros, el sistema solar móvil que colgaba sobre la cama de Sophie.

Y el trampolín.

Quiero deshacerme de él, mayormente porque me aterra más que nunca después del brazo roto de Sophie, pero ella pelea con uñas y dientes conmigo hasta que Edward le muestra el columpio de llanta.

Lo vendemos en una venta de garaje, una semana antes de mudarnos, junto con otras cosas que se han vuelto innecesarias.

El último domingo de marzo, un grupo de amigos y familia vienen y nos mudamos. Es un día difícil, física y emocionalmente, pero al final de la tarde hemos terminado. Estoy abrumada, atrapada entre querer buscar la vieja casa y llevar las cosas a la nueva. Al final, tomo el consejo de Leah y le pago a alguien para que lidie con la vieja casa. Ahora que está vacía, recuerdo lo grande que es y no tengo la energía de ir cuarto por cuarto, limpiando y preparándola para ser rentada.

~WoWY~

Qué loco lo rápido que nos acostumbramos a la casa nueva y la calle nueva. La basura la recogen el mismo día, pero un poco más temprano. Cada vez que salgo, veo a alguien caminando con su perro. También hay más corredores y mujeres caminando con cochecitos.

Le comento esto a Edward, quien no parece haberlo notado. Lo llamo vivir en un Vecindario Acaudalado.

Pero me encanta la casa de Edward. La cocina es nueva y me hace querer usarla. El cuarto de Sophie es más grande del que tenía antes y tiene una ventana que da al patio trasero. Su cuarto era un cuarto de invitados así que lo vamos a estar repintando y redecorando pronto.

La primavera da paso al verano; Jaime viene y va y entonces se queda por un tiempo. Él está más alto ahora, mucho más alto que Sophie y me pregunto si esto continuará o si ella crecerá más que él una vez que llegue a la pubertad.

Paso mis días escribiendo y editando y hablando con mi editora en Seattle. Las horas de Edward siguen siendo largas y tediosas, pero ya ha comenzado a planear la salida del hospital y tendrá un consultorio privado a comienzos del otoño.

Mientras tanto, mi mirada está en el calendario, contando los días para la boda. Aunque quiero que sea simple y pequeña, aún hay mucho por hacer y estoy contenta de permitirle a mi madre y a Esme que me ayuden.

Estoy emocionada pero Edward está entusiasmado. Pasamos la noche anterior despiertos hasta tarde, hablando sobre cómo queremos que sean nuestras vidas, lo cual es un poco tonto porque ya tenemos una vida ahora mismo. Espero que siempre hagamos esto, hablar sobre nuestras vidas, sobre nuestros futuros y las cosas que soñamos para ellos.

Edward y Jaime se van temprano en la mañana con Carlisle. Me tomo mi tiempo para prepararme, disfrutando del ritmo suave y lento con mi hija, Leah y Alice.

No hay damas de honor o padrinos de boda.

Solo nosotros, casándonos.

No creo que las personas tengan la intención de que su lista de invitados sea tan larga como termina siendo. Cuando llego a la iglesia y encuentro a Edward al frente, estoy sorprendida y nerviosa por el estacionamiento lleno.

Además del hecho de caminar hacia el altar juntos, la ceremonia es simplemente tradicional. Decimos nuestros votos; intento no llorar y fallo. Dejo caer mis flores y Jaime las recoge.

Cuando soy su esposa y él es mi marido, salimos como llegamos, seguidos por las personas que más amamos. Todos están dando besos y abrazos, tomando miles de fotografías y hablando al mismo tiempo.

El cielo se encoge de hombros y dice al diablo y dramáticamente, nos arroja gotas en vez de arroz mientras nos apresuramos hacia nuestros coches.

La recepción es en un club de campo en Port Angeles. Comemos y bailamos y tomamos más fotografías. Me doy cuenta que las bodas son irreales, especialmente cuando es la tuya. Estoy abrumada por cuantas personas parecen estar apoyándonos. Si ellos tienen dudas o reservas —y estoy segura que algunos de ellos deben tenerlas— las esconden bien.

Y está bien.

Después de todo, nos encontramos solos en nuestro cuarto de hotel y él me ayuda a quitarme el vestido y me sigue al baño. Me observa quitar el sudor de mi piel y el maquillaje del rostro y yo lo ayudo a alcanzar lugares que no puede, e incluso los que sí. Nos besamos contra la pared, resbaladiza y húmeda, hasta que le pido que me lleve a la cama.

El sexo siempre es sublime con Edward. Esta noche es incluso mejor.

Me acuesto sobre la cama y él se desliza dentro de mí, separando mis piernas aún más y agachándose para besarme. Me tienta, dejando que su punta me frote de arriba abajo hasta estar ansiosa y sensible y más que excitada. Envuelvo una mano a su alrededor y lo aprieto, contenta por cómo sus ojos se cierran mientras lo guío adentro.

Lo hacemos por una eternidad. Hacemos el amor lento y dulce. Él levanta mis piernas y me toma profundo, girándome sobre mi estómago y embistiendo fuerte por detrás.

Él es divertido y

me encanta, lo amo, amo su cuerpo y

lo que le hace al mío.

Lo que me hace a mí. Mi cuerpo, mi corazón.

Descansamos, probamos pastel, queso y frutas. Él succiona la piel de mi cuello, sabiendo que me vuelve loca, y yo succiono la piel cerca de sus caderas, sabiendo que lo excita.

La luz más tenue se asoma por el espacio entre las cortinas. El sol quiere salir.

Nos quedamos dormidos.

~WoWY~

En otoño, Edward está trabajando a tiempo completo en Forks.

Me encargo de la recepción en su oficina, trabajando en mi escritura cuando hay tiempo para hacerlo. Decimos que vamos a contratar a alguien oficialmente para que se encargue de la recepción, pero las semanas se transforman en meses y a ninguno de los dos nos parece importar.

Sophie está en tercer grado ya. Juega al fútbol, lee Roald Dahl y es invitada a las pijamadas. Está volviéndose traviesa y sarcástica así que estoy feliz de que Edward está cerca para ayudar cuando ella intenta ser insolente conmigo.

Aún así, ella es mi bebita. Algunos de mis días favoritos son cuando llueve y no se puede hacer nada más que galletas y tirarnos en el sofá a mirar películas, tranquilas y disfrutando de la vida.

Me asombro no solo del matrimonio entre Edward y yo, sino de nuestras vidas, nuestras familias, nuestros hijos, nuestro hogar. Están enlazados de la mejor manera, desordenado, seguro y acogedor.

Áspera, maravillosa y agridulce, la vida se mueve demasiado rápido, escurriéndose de nuestros dedos como arena. Todo lo que puedo hacer es notar las cosas buenas cuando puedo, y éstas suceden todo el tiempo. Pienso en los años que pasé triste adentro y a veces lloro por ese yo.

Deseo poder abrazarla, acariciar su cabello y decirle que las cosas mejorarán.

Tanto.

De la mejor manera.

~WoWY~

Ella vuela, sus ojos cerrados mientras se echa hacia atrás en el columpio de llanta.

Su cabello cae tras ella, sus rizos marrones en el viento.

Los días están acortándose, enfriándose, ráfagas de viento levantan hojas. El sol es escaso y brillante, haciendo que los rojos del otoño más rojos y lo que queda de nuestro jardín más verde.

Cierro mi sudadera hasta mi barbilla y tomo un sorbo de té caliente, calentando mis manos al curvarlas alrededor de la taza.

Sophie está dando vueltas en círculos ahora, torciendo la soga hasta que no pueda más y entonces se acomoda y deja que la llanta gire, sus chillidos encantados retumbando. Es imposible no sonreír cuando ella está así de despreocupada y feliz y siendo tan Sophie.

Está creciendo tanto, puro brazos y piernas; tengo problemas para creer que ella salió de mí, que ella comenzó como una chispa diminuta.

La puerta detrás de mí se abre y escucho antes de ver a Jaime salir, recién bajado del avión, seguido por su padre.

—Mi turno —dice como saludo, riéndose cuando Sophie se tambalea sin elegancia al bajarse de la llanta.

—Hola, J —digo, dándole un abrazo afectuoso. Él me devuelve el abrazo fuerte pero rápido... siempre le toma un día o dos acostumbrarse a mí de nuevo.

Y está bien.

Edward se sienta detrás de mí, sus piernas largas a mi alrededor, cálidas, sus dedos bajando la capucha así puede descansar su mentón sobre mi hombro.

Me reclino contra él.

—¿Cómo estuvo?

—Bien. Mucho tráfico.

—Estoy contenta de que estés en casa.

Sus besos me hacen temblar por dentro.

—Yo también.