Ownership

Disclaimer:

Los personajes pertenecen a S. Meyer; la historia es mía.


«Amarte fue la forma más exquisita de auto destrucción»


Capítulo 5: Disculpa

Edward besó cada uno de los moretones que él mismo había causado; los de mis brazos y cintura.

Me miró con sus ojos verdes y vidriosos, como siempre que me lastimaba.

—No volverá a suceder, te lo prometo. Esta ha sido la última vez.

¿Cuántas veces había escuchado eso?

—Te amo.— Respondí, ignorando su juramento. Prefería vivir con la ansiedad de estar con él antes de tener que pasar por el sentimiento de vacío que se producía en mi con tan solo pensar dejarlo.

—Yo mucho más, amor.

Él me seguía besando lentamente, mi vestido con toda la calma del mundo, estudiándome como si nunca hubiésemos estado juntos. Sabía que hacerme el amor lentamente era su forma de disculpa, pero estaba comenzando a exasperarme.

Gruñí, jalándolo del cabello y obligándolo a poner su cara frente a la mía.

—Basta de esa mierda— dije—, estoy frustrada y necesito que me cojas. Sólo así te voy a perdonar.

Sus ojos se abrieron sorprendidos, pero no tardaron en oscurecerse producto de la excitación; a él también le gustaba duro, sin contemplaciones.

No me contestó, en cambio me tomó de la parte trasera del cuello y estrelló sus labios contra los míos en un beso lleno de ansiedad; él marcaba el ritmo y me consumía, siempre había sido así. En la cama yo siempre era sumisa con él, me excitaba ser menos que él. Desde siempre yo había sido la muñequita que Edward tenía que proteger, pero cuando cogíamos, era una cosa completamente distinta. Él no se contralaba.

Pasó sus manos ansiosas por mi cuerpo, quitándome el vestido y el brasier en el progreso. Beso mis pechos sin contemplaciones; amasando y mordiendo a voluntad.

—Basta de juegos previos. — Gruñí.

Él sonrió. Era de esas pocas veces donde yo ordenaba y él obedecía.

—Como digas, belleza.

Se alzó ante mí, desabrochando la hebilla de su cinturón y quitándose el jean, llevándose su bóxer en el proceso. Ni siquiera me quitó la tanga, sólo la hizo hacia un lado y se enterró en mí, clavándome su gruesa polla. Pegué un gritito de placer, sintiéndome repentinamente estirada.

—Joder— gimió—, siempre estás tan mojada para mí, bebé. Eres una pequeña zorra.

Gemí también, encantada por sus palabras. Amaba que me hablara sucio, sólo lo odiaba cuando él estaba enojado y este no era uno de esos momentos.

Edward empujó fuertemente en mí; gracias a la forma de su verga siempre tocaba en mi punto de placer. Me estremecí, gimoteando aturdida por las sensaciones. Él tenía una mano en la base de la cama para darse impulso y con otra me acariciaba y pellizcaba los pezones, intercalando entre ellos. Mis piernas estaban en sus hombros y yo no podía dejar de gemir.

Siempre que me tenía así las cosas eran rápidas para mí; él sabía cómo montarme. Yo lo apresaba con mi coño, sabiendo que esto le gustaba y lo ponía al límite.

—Me encanta, belleza— gimió cuando lo ordeñé—. Sigue así, bebé.

—Más fuerte— Chillé, sintiendo el familiar tirón de mi vientre formarse. Edward aumentó el ritmo de sus embestidas, haciendo que incluso doliera un poco, lo que sólo me excitó más. No pude soportarlo; me vine sobre él gritando su nombre y exprimiéndolo con las paredes de mi coño, logrando que él regara su semilla en mí.

—Mmmh. — Gimoteé satisfecha una vez que fui consciente de todo a mí alrededor. Edward seguía encima de mí con su verga aún dentro, pero no estaba recargando su peso en mí. Recargó su frente sudorosa con la mía.

—Me encantas, amor. Sólo tú eres capaz de darme tantos orgasmos al día.— Sonrió, visiblemente cansado. Él y yo ya habíamos tenido sexo antes del almacén y con el de ahora, habían sido demasiados rounds, incluso para nosotros.

Me reí debajo de él.

—Te amo.— Lo besé despacio. Él me devolvió el beso ansioso, pero luego se hizo a un lado y se acostó conmigo en la cama, atrayéndome hacia su pecho.

—Perdóname por lo de hoy— repitió—. Odio lastimarte, no me di cuenta de que te estaba presionando tanto como para hacerte moretones.

Traté de no ser mordaz y contestarle con un bufido. Siempre decía lo mismo, "no me gusta", pero lo terminaba haciendo.

En cambio, mordí el interior de mi mejilla para reprimir mi amargura y le sonreí tiernamente. Él era el hombre del que estaba enamorada y unos cuántos cardenales no cambiarían eso, después de todo a veces él recibía lo mismo de mi parte.

—Si, Edward— Le dije, sin poder evitar que la amargura se filtrara un poco en mi voz—. Sólo confía en mí cuando te digo que no está pasando nada y deja de celarme de esa manera tan hosca.— Pedí.

Él se tensó.

—No me hables en ese tono. No me quiero enojar de nuevo contigo.

Ay, bebé. Eres tan voluble.

Se lo concedí. Como siempre.

—Perdón, amor.

Suspiró, relajándose.

—¿Qué te parece si para arreglarlo vamos mañana a dar un paseo, tal vez al cine?— Sonrió de repente.

Me apreté a su pecho, contenta de que todos los problemas entre nosotros se habían acabado. Al menos por hoy.

—Me parece bien, lo único que quiero pasar es tiempo contigo.

—Hecho, amor.

Sonreí, acomodándome en su pecho y pegándomele como estrella de mar. Me quedé ahí durante unos minutos, escuchando sus suaves ronquidos una vez que se quedó dormido.

Lo que mi vida había sido antes de Edward Masen sólo lo podía calificar como infierno.

Primero me moriría antes de estar sin él.